jueves, 24 de enero de 2013

Bradley Cooper

 

Bronceado eterno, pelazo glorioso, ojos azulísimos, sonrisa de triunfo norteamericano, cuerpo siempre a punto e incluso la revista People se atrevía a llamarlo el hombre más sexy de 2011.
Y, aún así, no conozco a nadie que se confiese entusiasmado cuando se estrena una película de Bradley Cooper. 


La incapacidad de Hollywood de convertir al bueno de Bradley en estrella imprescindible, pese a promocionarlo hasta la saciedad e incluso nominarlo al Oscar, podría definir a la perfección la decadencia y/o pereza de la gran industria.
No hay nada malo en Bradley. De hecho, es un encanto y está muy bueno, tan rubio, tan suavemente rústico. Verlo es un placer. 
Pero falta algo en esa ecuación; ese "it" que Hollywood persigue desde sus orígenes y ahora sólo consigue en muy contadas ocasiones.


Como figura, Bradley Cooper es descartable, pero nada detestable. 
Y, de hecho, si sorpresa fue verlo en la categoría de mejor actor para los próximos premios de la Academia, más sorpresa ha sido descubrir que se lo merece.


"Silver Linings Playbook" es un indie de lujo y, como tal, cumple con los requisitos del estilo weinsteniano, ese que ya es casi un género más en el cine norteamericano. 
Es decir, gente que viste de chándal, pero posee un gusto musical impecable, dentro de películas que se presumen rompedoras y originales y pronto devienen en tradicionales comedias románticas.
Sin embargo, dentro de esa tónica - cada año, un poco más irritante -, "Silver Linings Playbook" es un título bastante agradable y, a veces, brillante.


Bradley está como nunca; sin duda, porque tiene un papel bombón - un fracasado bipolar en busca de una segunda oportunidad - y está dirigido con mucho tacto. 
Tan convencido me he quedado con Bradley en "Silver Linings Playbook" que, si su entrañable Pat Solitano le roba el Oscar al inevitable Abe Lincoln, no seré yo quien proteste. 


Bradley, que nombró en cierta ocasión a Daniel Day-Lewis como su actor favorito, sabe que es el underdog de su categoría y no le importa. 
Nuestro chico ha llegado lejos y se paseará por la alfombra roja para hacer su trabajo: arrancar suspiros.
Suspiros dice arrancar de Zoë Saldaña, pareja actual, aunque los rumores sobre una presunta homosexualidad, constantes desde el principio de su carrera, se han reavivado en los últimos días. 


Los que lo niegan dicen que es el más obvio, tradicional y rastrero ataque contra un leading man hollywoodiense; otros aseguran que es la explicación lógica detrás de esas novias fugaces y poco creíbles.
En cualquier caso, como diría Jodie Foster, privacidad, por favor, privacidad.


Entre lo próximo de Bradley, repetirá y química con Jennifer Lawrence para el drama de época "Serena", participará en la tercera parte de la exitosa "The Hangover" y volverá a ponerse bajo la batuta de David O. Russell.


Toda la suerte del mundo y, tal como le dirá su madre, su agente, sus estilistas y sus publicistas, sonríe, Bradley, siempre sonríe. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Más Allá de Leo


- ¿Y de dónde eres, tío?
- De Rumanía - contestó Leonardo.
- Oh - pensé yo.
Le dije que tenía que ir al baño y no volví a su lado. 
Aquella había sido una de tantas noches en mi bar habitual. Esa noche, bebía mi copa, apoyado en la pared, y él estaba cerca, hablando con un amigo. 
Lo miré y me recordó a alguien. No me pareció demasiado guapo, pero, sin duda, era muy atractivo. 
Volví a fijarme en él y se dio cuenta. Me devolvió la mirada con anhelo y, cuando mis ojos regresaron a él, no perdió tiempo y me dijo:
- Hola.
Empezamos a hablar y parecía prometedor. Luego me dijo que era rumano y entonces me acordé de los vecinos de ese país que tuve que soportar durante varios años. 
Desconfiar era quizá oportuno, especialmente a esas horas y en ciertos lugares. Pero pasar de él desde que me dijo de dónde venía fue un señor acto de xenofobia.


A la semana siguiente, llegué al mismo bar. Leonardo estaba allí y me volvió a saludar a lo lejos. Con la mirada me pidió que me acercara. 
Quizá el alcohol me hizo olvidarme de mis prejuicios y hablamos, hablamos, hablamos. Al rato, nos besamos. 
Más tarde, acabamos en mi casa. Yo miraba de reojo la cartera y el ordenador entre beso y beso, por si Leonardo no fuera lo buen chico que parecía. Aún desconfiaba.
Recuerdo con mayor nitidez la mañana siguiente, cuando sentí por primera vez su calor. 
Ya habíamos follado, pero ese despertar, al volvernos a tocar, entre el sueño y nuestras erecciones, fue cuando empecé a sentir a Leonardo.
- Me lo he pasado muy bien.
- Yo también - contesté.
- Qué pena que no te gusten los chicos rumanos.
- He cambiado de opinión.
- ¿Quieres que nos veamos otro día? - me pidió, mientras se hundía en mi cuello.
- Claro.
 Me llamó esa misma noche, para preguntar qué tal estaba.
Al día siguiente, quedamos después de cenar en otro bar, más íntimo. Hicimos por conocernos, por caernos bien. 
Me dijo que era de Transilvania. Como el Conde Drácula, añadí. Él puso cara de "siempre me dicen lo mismo" y yo me reí.


La barra trasera del bar estaba cerrada y ahí pudimos estar solos. Nos besamos y magreamos como animales. Lo recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida. Leonardo y yo, y nadie más, ni siquiera el tiempo.
Más que rumano, físicamente parecía italiano. Tenía el pelo muy negro y fuerte, la nariz recta y distinguida. Los ojos, preciosos. 
Los rasgos de la cara le hacían una expresión muy melancólica. Cuando sonreía, cualquiera diría que le devolvía la fe al mundo.
No tenía cuerpazo, pero lo compensaba sobradamente con la polla... Oh, Dios, qué milagro de la Naturaleza. Qué calor.


Me contó cosas de su vida. En Rumanía, llegó a servir en el ejército. Emigró por trabajo, y también porque, según él, el asunto gay en su país no está muy aceptado. 
Había llegado a España hace un par de años, en autobús desde Rumanía. Viajó durante 48 horas.
- Pero vi toda Europa.
Cuando llegó a Madrid, sólo sabía decir "Hola". Ahora hablaba y escribía perfectamente castellano, sin haber acudido a ninguna clase de idiomas.
Le gustaba España. Allí tenía su familia, sí, y aquí estaba solo, pero tenía amigos y trabajo.
Leonardo trabajaba de pinche en la cocina de una pastelería. 
Yo le dije que, el día menos pensado, iría a esa pastelería, pediría dar las gracias personalmente al cocinero, entraría donde estaba él y le agarraría el paquete mientras trabajaba. 
No falla que les hagas imaginar una sexualización de su ambiente laboral. Se vuelven locos del morbo.
- ¡Feo!
- ¡Tú más! - le respondí.
Nos vimos varias veces más. Él llegaba cansado, porque venia de trabajar largas horas. Se iba después del sexo. Me dijo que no podía conciliar el sueño con alguien al lado.
Durante esas semanas, ambos estuvimos con otros chicos, pero, poco a poco, al menos por mi parte, sólo pensaba en Leonardo. 
Él me dijo que yo era su favorito. Yo no le dije que me gustaba muchísimo, que quería algo más con él.
- Tu nombre suena a DiCaprio.
- En realidad, me llamo Leonte. Lo de Leonardo era para hacerlo más español.
- Vale, Leo entonces.


Le confesé a mi mejor amigo que Leonardo/Leonte me tenía en sus manos. Era el mejor polvo del mundo y, además, era un chico decente, educado, nada petardo, de los que nunca se encuentran. 
Conocerlo coincidió con mi cumpleaños y yo sólo quería a Leo para celebrarlo. Se lo dije y él me dejó un mensaje en el buzón de voz, con aquel acento de Vlad Drakul:
- Hola, Jossse, soy Leo. No te prrrrrometo nada, pero prrrrocuraré pasarrrme.
Llegó y fue el mejor 5 de octubre posible. Me trajo una tarta de chocolate, me folló y me deseó que cumpliera muchos más. 
Cuando se marchó, vivía yo pletórico en mi cama, sin saber que aquella iba a ser la última noche que pasaría con Leo.


Le envié un mensaje noches más tarde y no me contestó. Me lo encontré horas después y se excusó, diciendo que lo acababa de mirar, que no me enfadara. Que yo era su favorito, que nos veíamos al día siguiente.
Dejé de esperar pronto, mientras pensaba en los motivos. ¿Fue por lo que yo era? ¿Fue por lo que no era? ¿Algo le había molestado? 
Le eché la culpa a aquel momento cuando nos estábamos besando y, de repente, la magia se rompió por un instante y quedó el vacío. 
Yo regresé de ese vacío. Me preguntaba si él no lo superó. Si lo notó y supo que no había nada más que decir entre nosotros.


¿Recuerdas las aplicaciones de los primeros tiempos del Facebook? Aquellas que te decían "¿Qué personaje de tal serie eres?" o "Pídele un consejo a tu madre". Yo encontré una que decía: "Pide la puta verdad".
Yo pedí la puta verdad a la aplicación y la respuesta fue como si me la diera Dios: "Él sólo te quiere por el sexo".
Leo nunca me mintió. Dijo que no buscaba nada serio, las relaciones se le hacían muy pesadas y le gustaba estar solo. Quizá, porque lo había estado muchas veces en su vida, viajando entre tantos países, aprendiendo idiomas de los que sólo conocía una palabra, caminando por calles muy lejos de casa, sin poder dormir en camas ajenas donde sólo buscaba un poco de calor de los extraños.
Nos tropezamos varias veces de casualidad y hablábamos más fríamente. 
Yo tenía que buscar el modo de odiarlo para poder olvidarlo. Y cuando lo vi ligando con un chico parecido a mí, decidí que ese sería el momento.
La última vez que nos acercamos fue unos meses después.
- ¿Y qué? ¿No tienes novio?
- No, ya sabes que no tengo suerte.
- ¿Y aquel chico con el que te vi aquella vez?
- Bah, ese me duró menos que tú.
- Vaya.
Nos miramos, nos sonreímos. Nos entrelazamos las manos. Nos dimos el último beso de nuestras vidas. Dijo que se tenía que marchar, como siempre. Y yo me olvidé del orgullo:
- Llámame cuando quieras.
Pasaron los años y lo vi en contadas ocasiones, cada vez menos. Nos saludábamos a lo lejos. A veces, dos besos, pero seguíamos nuestro camino. Desapareció, desaparecí.
Una noche del último verano, él salía cuando yo entraba. Del mismo bar donde nos habíamos conocido tres años antes. 
Se sorprendió al verme tras tanto tiempo y tardó en reaccionar.
- Hola. - le dije yo, recordándole la primera palabra que supo de nuestro idioma.
- Hola. - me contestó él, con esa sonrisa que devuelve la fe al mundo.


Creo que, cuando uno nunca ha encontrado el amor, tiene que recordar el calor. Y el de Leo puedo sentirlo ahora mismo.
Podré decir mil veces que lo odio, que él se lo perdió o que lo mío es un caso de fiebre transilvana. Pero sé que fui feliz durante unos instantes. Y siempre sonrío cuando recuerdo aquellos días y noches con Leo, como si fueran lo más cercano a vivir una vida de verdad, sin imitación posible.
Así que, guapo, si alguna vez lees esto, ya sabes: Llámame cuando quieras.

martes, 22 de enero de 2013

El Mundo Según Cary Grant


Clase magistral de elegancia al precio de una entrada de cine, Cary Grant enseñó al mundo cómo llevar un smoking, cómo sujetar el cigarrillo y cómo seducir con una sola mirada, desde que se quitaba el abrigo en la más romántica cena hasta el momento en que servía el café de la mañana siguiente.
Con el tiempo, tal maestro de la exquisitez se reveló inalcanzable y esa lección no ha conocido alumno que repitiera la alquimia.
Una estrella de las que esculpieron el factor Hollywood, Grant se confirmaría con el tiempo como un actor para las generaciones, cuya sutileza e intensidad serían redescubiertas. Para vindicarlo, muchos críticos se han apresurado a decir que es el mejor actor cinematográfico de todos los tiempos.
En cualquier caso, Cary fue uno de esos raros e irrepetibles placeres que se encuentran una vez en la vida y cuyo alcance sólo se entiende cuando se pierden. 


En su época de gloria, el acento transatlántico, el hoyuelo en la barbilla - "¿cómo te afeitas ahí?", le preguntaba Audrey en "Charada" -, la sensualidad un tanto ambigua y la sonrisa de un millón de dólares alumbraban comedias, melodramas e intrigas. Siempre se interpretó a sí mismo, jamás incorporó a ningún malvado, nunca ofreció una mala actuación.
Su mirada era tranquila y se sentía incendiaria. Se soñaba con Cary, se soñaba en ser como Cary. 
Desde el primer día en que las cámaras de Hollywood pusieron los ojos en él, la noticia corrió como la pólvora: Cary Grant era elegante hasta en el váter.


Nacido en Bristol, la infancia de Archibald Alexander Leech fue un cuento de tristeza, que ni él mismo llegó a creerse.
Su madre desapareció de la casa y su padre le informó que se había ido durante una larga temporada. Archibald creció pensando que su madre había muerto, mientras su padre se volvía a casar y también lo abandonaba.
Sólo cuando cumpliera veinte años, Archibald, ya convertido en Cary Grant, descubriría que su madre seguía viva, confinada en un sanatorio mental, pasto de depresiones clínicas que arrastraba desde la muerte de un hijo anterior.
Cary se reencontró entonces con su pobre madre, quizá para contarle que las cosas marchaban bien. 
De Bristol a Nueva York, fue cuestión de giras, estaciones y teatros, donde se desarrolló su habilidad para la comedia, aquello que luego lo haría tan grande en pantalla.


Su primera película de relevancia fue "La Venus Rubia", donde hacía de chulo de nightclub para Marlene Dietrich.
Pero sería el éxito de "She Done Him Wrong", junto a Mae West, lo que aseguraría la estancia de Cary en Tinseltown. Se podría decir que Mae fue quien primero intuyó a la revolución en Cary Grant, a esa mezcla exacta.
En la comedia screwball "The Awful Truth", apareció el impecable comediante, el ser que inventó él mismo, británico y americano al mismo tiempo. 
Cary era aquello que buscaba incansablemente el Hollywood glamouroso de entonces: una versión ligera de elegancias europeas, donde el champán fuera tan comprensible como un vaso de Coca-Cola.

Con Irene Dunne en "The Awful Truth"

Cary Grant, intuitivo antes que metódico, como lo eran todas las estrellas del momento, se movería entre géneros con destreza y honestidad, pero los escenarios sofisticados fueron terreno primordial a lo largo de su carrera.

Con Katharine Hepburn en "Historias de Filadelfia"

Diera la réplica a Katharine Hepburn, Grace Kelly, Ingrid Bergman o Deborah Kerr, el enredo, el amor, la seducción, la intriga y la mascarada se vivían en luminosos cruceros, en áticos neoyorquinos con vistas a la gloria o en habitaciones de hotel, donde lo mejor estaba a punto de pasar cuando Cary ponía el cartel de "No molestar" en el pomo de la puerta.

Con Ingrid Bergman en "Notorious"

Hitchcock lo señalaría como actor favorito - "el único al que he querido realmente", diría -, y la sardonia Cary se reveló explosiva en clásicos como "Notorious", "Atrapa Un Ladrón" o "North By Northwest".
Sus dos mejores incursiones en el melodrama se llamaron "None But The Lonely Heart" y "Penny Serenade", que le reportarían sus únicas nominaciones al Oscar.
En "Penny Serenade", una película de apariencia cándida y contenido venenoso, es mayor veneno gracias a él. En ella, su personaje habitual se va destruyendo ante nosotros a medida que la trama se torna brutalmente melodramática.
De llorar y no parar.

Con Irene Dunne en "Penny Serenade"

A propósito de Irene Dunne, pareja en "The Awful Truth" y "Penny Serenade", Cary diría: "Su tempo era maravilloso. Era tan buena que hacía fácil la comedia. Si lo hubiese hecho parecer difícil, habría ganado el Oscar".
Cary estaba hablando de Irene, pero bien podría haber estado hablando de sí mismo. Confesó su repugnancia hacia el Método, mientras muchos críticos de la época dudaron de sus habilidades y nunca recibió un premio importante. 
Todos los epítetos que se le dedican hoy, una y otra vez, parecen una enmienda a la ceguera de entonces.

"North By Northwest"

Como leading man se contó eterno, por lo que sorprendió a propios y extraños cuando anunció que abandonaba las pantallas en 1966. 

Con Audrey Hepburn en "Charada"

Dejó de teñirse el pelo, apareció canoso y nuestras madres aseguraban que aún era el hombre más guapo del mundo. 
La búsqueda de estabilidad tras el nacimiento de Jennifer, su único retoño, fue la excusa, pero quizá también entendió la necesidad de una retirada a tiempo, cuando no había perdido nada, cuando ya lo tenía todo.


Aunque sólo tuvo una hija, Cary Grant se casó en seis ocasiones.
Entre los más conocidos y cuchicheados de sus matrimonios, se alinea la multimillonaria Barbara Hutton, la llamada "pobre niña rica". 
Los llamaron "Cash and Cary", pero él repitió mil veces que no se había casado con Hutton por dinero.

Con Barbara Hutton

La aparentemente sunshiny Betsy Drake fue otra esposa notoria, por cuanto se cuenta como la responsable de introducir a Cary en el LSD. Según él, encontró la paz en el ácido.
Su hija Jennifer nacería de su quinto matrimonio, con la actriz Dyan Cannon, y se diría entonces arrepentido de no haber tenido más hijos.

Con Jennifer y Dyan Cannon

Como gran ambiguo, los escarceos de Cary con hombres han sido fuertemente indagados y, a día de hoy, la bisexualidad de Grant parece un hecho. 
Se cuenta que tuvo un romance con el diseñador Orry-Kelly durante sus primeros años en Nueva York y, sin ir más lejos, no hay fotos para la cultura gay más fabulosas como las que retratan su convivencia con Randolph Scott, con quien vivió durante temporadas.

Piscineando con Randolph Scott

"No tengo nada en contra de los gays. Sólo que yo no lo soy", afirmaba en 1980. Su hija y sus mujeres han desmentido las relaciones homosexuales del actor. "Cuando nos casamos, follábamos como conejos", explicitaría la siempre marchosa Betsy Drake.
En vidas tan veleidosas, al final, siempre quedó el misterio, ese indispensable capítulo en toda leyenda.
Para refutar la leyenda, para darle un último episodio, para decirle que Hollywood había sido más Hollywood gracias a él, la Academia le entregaba un Oscar honorífico.
Cary se emocionó y se enjugó las lágrimas con la mano, demostrando que, más que elegante, había sido un gran tierno.


Aunque apartado de las pantallas, siguió activo entre Fabergé, sus Cadillacs y aquellas giras teatrales donde el espectáculo era su nombre. Preparándose para una aparición pública en Iowa, una hemorragia cerebral se tornaba fatal, allá por 1986.
Tenía 82 años y el muy magistral estaba forrado hasta las cejas. 
Cuando murió, la noticia corrió como la pólvora: Cary Grant había sido elegante desde el primer día hasta el último.


"Intenté ser aquel que quería ser, y al final, me convertí en esa persona. O él se convirtió en mí. O, quizá, nos encontramos a mitad de camino".
Como todo lo mejor de la vida, ni siquiera el protagonista lo comprendió.
Un periodista le preguntó aquello de: "¿Sabe usted que todos desearían ser como Cary Grant?". Él, con aquella suave sonrisa, respondió: "Oh, amigo mío, yo también lo desearía".

lunes, 21 de enero de 2013

La Primavera de Nuestra Ignorancia


En un debate/gallinero televisivo, el momento más risible sucede cuando un contertulio demanda a su adversario que se informe antes de hablar. 
- ¡Documéntese! ¡Documéntese!.
Lo exige como si, en este mundo, en esta época, en esa televisión, fuera necesario saber de algo para abrir el pico.
Los últimos años serán recordados como una época de grave crisis económica, pero también pasarán a la Historia como el momento donde todo el mundo opinaba sin tener ni puñetera idea de gran cosa.
Tras siglos de censuras, miedos al ridículo y complejos por la propia ignorancia, llegaron para quedarse las nuevas tecnologías. Éstas se dijeron amigas del democrático ejercicio de derechos como la expresión, la comunicación y la información. 
La perversión está servida. Aquel que antes no hablaba jamás ahora lo puede hacer todo el día, en todos los asuntos, le conciernan o no, le suene de algo la cuestión o simplemente se lo pida el cuerpo. 
No importa lo que diga; a usted, ahora, se le pide opinión.


En las redes sociales, los noticiarios las solicitan expresamente. "El presidente del Gobierno está haciendo esta chapuza, ¿usted qué opina?" Y una cantidad desproporcionada de gente ejerce su derecho a la expresión y también su derecho a promover la vergüenza ajena.
Porque el futuro no es el lugar del mensaje único que predecía Orwell. El futuro es el universo de la multipantalla furiosa. 
Un torrente de datos - que no información - se nos vierte encima a diario y a todo individuo se le solicita que formule un comentario, que se posicione de manera inmediata. 
Detrás, hay una degradación de la democracia en toda regla, porque, en realidad, no se está ejerciendo un derecho, sólo se promueve griterío.
La gran mayoría de las opiniones vertidas demuestran una incultura desoladora. Cómo se redactan esas opiniones, cómo se expresan, el contenido de las mismas, lo que se contestan unos a otros. Y, de la discusión al follón, hay dos pulsadas de Enter. 
Y, aunque el individuo tenga habilidades para expresarse, la mayoría de las ocasiones no sabe de lo que está hablando, porque es imposible que lo sepa. No ha estado allí, no conoce los datos de primera mano, no ha leído nada sobre la materia. Sólo sabe escribir bien y despertar aplauso.
La ignorancia social, entendida como necesaria, cotidiana, retroalimentada, aceptada, promovida, aparece en todas las esquinas del sistema. 
Desde los orígenes de la humanidad, la inopia del pueblo es cimiento del poder. Como protagonistas, ahí están la condición mistérica y ritual de la religión, las investigaciones clasificadas, las altas cúpulas o los secretos inconfesables de los Estados. Éstos se dicen guardados del conocimiento de los ciudadanos tanto para protegerlos como para tenerlos bien sujetos y controlados.
Y esa ignorancia, perpetua condena de las civilizaciones humanas, reaparece en cada telediario. Cuando empiezan a hablar de economía, podrían expresarlo en chino mandarín. No se entiende nada. 
Al poder le encanta que el sistema financiero sea un galimatías. Y, de hecho, la mayoría de los políticos sabe tanto sobre la materia como cualquiera de nosotros.


Lo trágico es que, hoy y ahora, usted podría perfectamente documentarse al respecto e intentar acercarse al entendimiento de los problemas. Pero esta sociedad prefiere dirigir dedos acusadores antes que sentarse a leer. 
En esas peticiones expresas de opinión que hacen los periódicos a través de Internet, muchos de los comentarios se fundamentan en que toda la culpa la tienen los políticos, a los que se llama repetidamente mentirosos, ladrones y oportunistas. 
Nadie duda de que lo sean, pero si se viera más allá, si se conociera cómo se estructura el poder, muchos entenderían la condición títere de esos políticos. Son únicamente una pantalla, una vulgar diana para fáciles dardos. 
Quizá son también el espejo prístino de los defectos de la sociedad.


Junto a la pereza propia sobre la búsqueda de la verdadera información, deviene la inopia. Preferir no saber. La ignorancia, al fin y al cabo, nos salva de la culpa.
El secreto que guarda el poder nos oprime, pero también es cierto que la sociedad desarrolla hacia él una relación conflictiva, que lo equipara a un personaje de Tennessee Williams. Toda la obra pidiendo la verdad y, cuando la consigue, está a dos minutos del suicidio. 


Es la gran mentira detrás de la llamada sociedad de la información. En realidad, es sólo la sociedad de la televisión. Esa que confunde saber con cultura de masas, el kitsch con el arte, las películas nominadas al Oscar con el buen cine, la expresión con el jaleo.
La tendencia a la ignorancia, esa que se intenta disimular a base de metralleta de opiniones y/o fastuosas palabras, aparece en consonancia con la pésima preparación general. 
Es decir, no hace falta saber de nada para ejercer un trabajo. Lo apropiado es disimular. Los críticos de cine simulan que saben de lo que están hablando, el camarero que te atiende en el restaurante simula saber de gastronomía, Josito Montez simula saber mucho de sociología.
Es el auténtico milagro del capitalismo. Que nuestras ignorancias puedan ser primaveras, que nuestros cristales puedan ser diamantes, que nuestras imitaciones puedan ser vidas.
Porque, en este mundo, no se trata de lo que seas, de lo que hayas sido, de lo que estés hecho o para lo que estés destinado. 
Se trata de cómo vendas humo por oro. Se trata de que lo embotelles, lo empaquetes y lo formules. Se trata de que no tengas nada, pero lo hagas parecer todo.
Así, para prepararse para cualquier debate de este mundo, más que documentarse, aprenda usted a cantar las mañanitas.

viernes, 18 de enero de 2013

"La Caída de Los Dioses"


La película más discutida de Luchino Visconti, "La Caída de Los Dioses" se cuenta como el primer título de su "Trilogía Alemana", definida así por el propio director italiano e iniciada con la voluntad de indagar en la Historia germánica, a la búsqueda de una imagen amplia y precisa de la cultura europea.
En esta ocasión, el maestro Visconti se concentró en la ascensión del nazismo, argumentada desde la decadencia y caída de una poderosa familia de industriales. 
El resultado de la operación fue una de las películas más fabulosamente excesivas de su época, que despertaría a opiniones encontradas entre el público y la crítica. 


Su colección de imágenes, ocurrencias e impactantes giros la consagraron como toda una leyenda, como un santo y seña del cine escandaloso que vertebraría los intereses y la imaginación de muchos cineastas durante una década.


"La Caída de Los Dioses" se anticipaba a la imagen de la Alemania de entreguerras que luego popularizaría "Cabaret". 
La aberración sexual y la violencia física y moral se viven en un universo decadente y asfixiante, donde los viejos valores perecen en un abrir y cerrar de braguetas. 
La irrupción y victoria del nacionalsocialismo conformarán la puntilla de una sociedad destruida de raíz.


"La Caída de Los Dioses" comienza con la reunión de la familia Von Essenbeck, a tenor del cumpleaños del patriarca.
La noche, caldeada y azotada por las discusiones políticas, se interrumpe con la noticia del incendio del Reichstag, golpe nazi que precede al golpe que se vivirá en la familia.
El patriarca, dudoso ante demostrar simpatías hacia los nazis, es asesinado en su dormitorio y se produce un significativo cambio de poder.
Los planes del arribista, macbethiano Frederick Bruckmann (Dirk Bogarde), que cuenta con el apoyo de su amante, la enjoyada bruja Sophie (Ingrid Thulin), se ponen en marcha.

Ingrid Thulin como Sophie

El definitivo coup de Bruckmann para hacerse con el poder siderúrgico se opondrá a otro hecho histórico: la Noche de los Cuchillos Afilados.
Sin embargo, toda ascensión es paradójica y Bruckmann despierta a la realidad de que no ha entendido exactamente qué significa el nazismo. Quizá, éste aparece en la cara de Martin (Helmut Berger), el terrorífico hijo de Sophie y la aberrante personificación de los pecados de su madre.
La revancha de Martin simbolizará la destrucción de todo lo conocido, de todo lo comprensible, de todo lo lógico, que significó la victoria de Hitler en Alemania.

Helmut Berger como Martin

Visconti aborda la Historia bajo un discurso estilístico, donde la mirada significativa, cargada de intención, se impone sobre la formalidad documental.
Así, la caída de las SA se cuenta a través de una secuencia larguísima, donde la maldita guardia pretoriana se lanza a su última orgía homosexual, terminada por la irrupción del ejército, que acaba con ellos al estilo gángster.


Las cuitas de los personajes se iluminan a la manera de un melodrama hollywoodiense, con colores básicos que vigilan sus perversos planes, mientras las tropelías pederastas de Martin aparecen contadas desde una luz cotidiana y desoladora.
Si las pretensiones shakespearianas son demasiado obvias, "La Caída de Los Dioses" corre a tocar la magnificencia desde su primera imagen, donde los títulos de crédito se imponen sobre los altos hornos, retratados como el Infierno nazi al que se va a asistir.

Helmut Griem y Helmut Berger

"La Caída de los Dioses" es magnífica hasta en su simplismo freudiano. Resulta algo tan básico como verdadero que la manera de entender el nazismo sea finalmente a través de la venganza del hijo nunca querido contra una madre indiferente.
La recreación de dicha venganza compone una de las escenas más desconcertantes y estremecedoras de la Historia del Cine. Es también el único posible final para una película tan saturada y alucinante como ésta. 


Para los amantes de la Historia, "La Caída de Los Dioses" será una película especialmente interesante, al abordar un fenómeno como la ascensión del nazismo desde un punto de vista social, económico y moral. 
Una visión integral, quizá entonada, pero comprometida, esclarecedora, que señala los caprichos de la aristocracia y la perversión de la democracia como las causas decisivas.

Charlotte Rampling

Y para los devotos de peliculones transgresores, de aquellos que encontraban verdad a través de darle patadas al timorato estómago de las audiencias, "La Caída de Los Dioses" es estación infaltable desde su estreno en 1969.


Contemplarla con la boca abierta siempre se dijo lo apropiado.