viernes, 15 de marzo de 2013

"Cautivos del Mal" (The Bad and The Beautiful)


"The Bad and The Beautiful" es una gran película sobre las películas.
Hollywood se preció en contarse en títulos como éste, entre su legendaria vanidad y su necesidad de disuadir de sí mismo.
Detrás de las historias de éxito, debajo de los más importantes films, nos dijo que hay trabajo duro, desazón moral y, según "The Bad and The Beautiful", un hombre sin escrúpulos, un malvado seductor que extrae cine y consigue éxito a cambio de vender su alma.

Kirk Douglas

En una de sus mejores interpretaciones, Kirk Douglas incorpora a Jonathan Shields, heredero de un patrimonio cinematográfico que recuperará desde la ruina.
En su camino, se cruzarán tres individuos, que lo amarán y lo detestarán a partes iguales. Ellos son los que nos cuentan a Jonathan, a golpe de tres flashbacks.
La sofisticada estructura narrativa de "The Bad and The Beautiful" habla de las deudas que mantenía toda obra ambiciosa con "Ciudadano Kane" y, en este caso, también con la tradición noir. 
Porque, para contar a un hombre malo, se requieren sombras.


Serán precisamente las sombras la clave de los primeros éxitos de Jonathan que, a la manera de Val Lewton, consigue ejemplares piezas de terror desde materiales muy baratos. 
"The Bad and The Beautiful" ilustra el proceso de producción de la serie B para contar el cine en su estado más básico: cómo sugestionar a las audiencias con el desconcierto, la oscuridad, el suspense.
Es el director Fred Amiel (Barry Sullivan) el aliado de Jonathan en esos momentos. 


Shields consigue el estatus de productor de categoría, y "The Bad and The Beautiful" se centra en el cine como creador de estrellas, como el asegurador de hipnosis a través de rostros nuevos, especiales, sin que el talento dramático sea decisivo.
A ese respecto, para el personaje de Georgia Lorrison no hubo otra mejor que Lana Turner. 
"No eres buena, pero el público sólo te mira a ti. Eres una estrella", le dice Jonathan a su descubrimiento, una niña alcohólica, obsesionada con el recuerdo de su padre muerto e insegura ante sus posibilidades de triunfar en el cine.
Jonathan decide enamorarla para consagrarla, para reinventarla.

Kirk Douglas y Lana Turner

Basada en Diana Barrymore, Georgia también es Judy Garland, la que fuera ex esposa del director de "The Bad and The Beautiful": el siempre elegante, insinuante, rítmico Vincente Minnelli.
Minnelli fue el único director que apostó por una Lana Turner inusual y, sin duda, supuso el papel más importante de la diva, en el que está menos falsa y donde se permite gritar y patalear en la gran escena del arrebato en el coche.
Lana está tan magnífica que, cuando termina su relato, se la echa muchísimo en falta a continuación.

Lana Turner y Gilbert Roland

A pesar de ello, Dick Powell irrumpe circunspecto y genial como James Lee Bartlow, aclamado escritor sureño, al que Shields demanda para que guionice su superproducción definitiva. 
La frívola esposa de Bartlow, Rosemary (Gloria Grahame), comienza a resultar un problema para la concentración del escritor. 
Shields atacará de nuevo y sin piedad.

Dick Powell y Gloria Grahame

Los tres cautivos del mal rinden apropiado desprecio a la figura del ambicioso Shields, que los usó para ascender y ahora, desde el ostracismo, se permite pedirles volver a trabajar juntos.

Barry Sullivan, Lana Turner y Dick Powell

"The Bad and The Beautiful" funciona como melodrama de alto nivel, lleno de ingenio y con una frescura que sería responsable de su inesperado éxito. 
Pero, ante todo, es una fascinante radiografía de cómo se hacían las películas en el tiempo donde los productores decidían y el sistema de estudios cobijaba. 
"The Bad and The Beautiful" entra en los nervios de los rodajes, se cuela en los saraos donde se cierran proyectos y serpentea por toda la expectación ante películas que pueden significar mucho o costar todo.


Además de la referencia a Val Lewton, el personaje central de "The Bad and The Beautiful" se ha entendido como una mezcla de David O. Selznick y Orson Welles; los hombres de cine cuestionados y obsesivos, que entendían sus películas como la extensión de su marca. El cine como riesgo total, como egolatría suprema.
El pecado de la magnificencia tiene su precio y aparece cuando Shields se enfrenta a uno de sus directores; éste le recuerda que las películas se producen con megalomanía, pero han de dirigirse con humildad.


"The Bad and The Beautiful" expresa la ironía de esa arrogancia que promueve, crea y consigue el cine en mayúsculas, mientras arruina moralmente a sus responsables.
Uno de los personajes recuerda que Jonathan Shields podrá ser nombrado como un ser muy malvado y sin escrúpulos, pero muchas de sus películas se incluyen en listas de lo más infaltable del séptimo arte. 
Quizá la propia "The Bad and The Beautiful" también deba incluirse en ellas.
Porque "The Bad and The Beautiful" no sólo cuenta el cine de 1952, sino que, en sí misma, es una lección de cine para cualquier época. 
Está llena de todo lo que se sabía entonces y de lo mucho que se ha olvidado por el camino.


Vincente Minnelli, reconocido responsable de fastuosos musicales para la Metro Goldwyn Mayer, demostró con "The Bad and The Beautiful" que tenía el mismo gusto y estilo para cualquier otro género, y esta obra se cuenta entre sus películas más personales.
Diez años después, Minnelli reuniría a parte del talento de "The Bad and The Beautiful"  - entre ellos, Kirk Douglas y el guionista Charles Schnee - para dar una mirada actualizada a Hollywood. 
Fue la histérica, fracasada, alucinante "Dos Semanas en Otra Ciudad", que recogía un cine norteamericano desesperado y vendido a los empresarios internacionales, donde los grandes artistas del ayer no encontraban ni trabajo ni paz, una vez descalabrado el sistema de estudios.
Aunque distintas y más redonda la primera aventura que la segunda, "The Bad and The Beautiful" y "Dos Semanas en Otra Ciudad" conforman una fantástica sesión doble para los cinéfilos de pro y para los devotos de los dramas vestidos de exquisito exceso.

jueves, 14 de marzo de 2013

Eric Bana


Un comentado anuncio de perfume lo trae de vuelta al imaginario maromial y se imponen los interrogantes.
¿Dónde has estado, bello Eric Bana? ¿Por qué hemos sabido tan poco de ti durante todos estos años?


Recuerdo postear a Eric de manera urgente e inexcusable en mis primeros tiempos bloguísticos; por entonces, era uno de mis maromos favoritos y también una de las razones para soñar con Australia. 
Porque, según lo visto en el cine y la televisión, esa nación ha de ser un colmado de hombretones de los que no se encuentran por mi calle.


Pero el tiempo pasó, y pese a que fue un sueño en "Troya", Hollywood lo llamó "Hulk" y Spielberg lo embarcó en "Munich", Eric Bana no suscitó demasiado entusiasmo entre el público mayoritario, ni tampoco figuró rutilante en las agendas de los productores.
Como actor y figura, es un tanto soso, para qué nos vamos a engañar.


Aún así, Bana puede no ser el chico más carismático de la Tierra, pero los últimos leading men de Hollywood lo son mucho menos. 
Empiezo por Taylor Kitsch, sigo por Sam Worthington y no termino.


Aunque trabaja poco, se le ve menos y no despierta grandes noticias, Eric ha permanecido activo y bien guapo, y su papel de villano en el remozado de "Star Trek" quizá lo haya mantenido en la retina de las audiencias. 


Y sólo basta con ver la reacción que suscitó ayer en Facebook la noticia de que Eric vendría a "El Día del Maromo". 
Ha batido el récord de "megusteos", el mismo que hasta ahora ostentaba Paul Newman.


Porque sí, queremos más Bana. Lo exigimos. 
En el anuncio de Bvlgari aparece mejor que nunca, con unos cuarenta y cuatro años gloriosos, que añaden unas canas mortales de necesidad a la apoteosis maromística. 
¿Es el retorno de Eric?
Con ese pelazo, ese pecho para caerse delante de él de la pura impresión y esas orejotas que ríete de Clark Gable, Eric Bana es, como reza el anuncio, un Man Extreme. 


Quizá el secreto siempre ha estado en esa cara de chico adorable, con pinta de modesto y tranquilo, en exquisito contraste con ese armario que tiene por cuerpo.
Pecado, pecado.


Rezaremos por volver a verlo tan troyanamente shirtless como en "Troya", donde se zampaba sin complejos a Brad Pitt, Orlando Bloom y a todos los que lo descubrimos entonces, hace poco más de nueve años. 


Cómo pasa el tiempo, sí, pero las ganas de Bana se mantienen y ahora se reavivan con fuerza. 
Una de dos: o Hollywood lo relanza inmediatamente, o yo me planto en Melbourne.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Sueños y Otras Mierdas (Un Cuento del Futuro)


Millones de años después, encontraron mis restos.
El yacimiento había concluido oficialmente a las siete de la tarde, pero se encontró un lago helado por accidente y los arqueólogos de Orión decidieron reanudar el trabajo al día siguiente. Dentro del lago, hallaron mi esqueleto. 
Comprobaron la temperatura, extrajeron cuidadosamente una muestra del catafalco y lo dataron, sin margen de error, a la hora del Colapso.
Iván, jefe de la excavación, observó mis huesos y decidió llamar a la Profesora.
La Profesora apareció al día siguiente en la Tierra. Una polvareda de arena desértica precedió el aterrizaje de la nave, y ella se bajó renqueando, como siempre, y mirando a Iván con cara de pocos amigos.
- Espero que me hayas traído hasta aquí para algo importante - le dijo con esa severidad que muchos de sus alumnos confundían con desprecio.
La Profesora e Iván caminaron a marchas forzadas hasta el yacimiento donde se había encontrado mi esqueleto, millones de años después de mi muerte. 
Hasta el descubrimiento, mis huesos reposaban intactos en el abrigo de una montaña.
Era un sitio impracticable, donde los arqueólogos se aventuraron tras prospectar el terreno desde el aire y entender que había gran cantidad de restos de los terrestres, aquellos que vivimos antes del Colapso, los que morimos por él.


Durante el camino, la Profesora miró sin demasiado detenimiento el paisaje de la Tierra.
La Naturaleza era la soberbia residente de la Tierra y la única superviviente del Colapso. Según muchos científicos, la causante del mismo.
En el planeta Orión - de donde venía ella, de donde procedían los demás arqueólogos -, la Tierra, tan hermosa, llena de valles, cordilleras, lagos, acantilados y olas que rompían, se había popularizado en la publicidad como A beautiful place to live in.
La Profesora era lo suficientemente vieja para haber conocido el día en el que Orión descubrió la Tierra, aquel planeta de improbable belleza, deshabitado y lleno de misterio. 
La Profesora también estuvo entre las primeras partidas exploradoras, las que descubrieron que había existido una civilización, la mía, la nuestra. 
Descubrieron que habíamos muerto todos en una serie de catástrofes que los investigadores quisieron llamar el Colapso.
La idea de otra raza humana, tan parecida a los habitantes de Orión, suscitó una ola de romanticismo en el planeta descubridor. 
La posibilidad de que hubiesen coexistido ambas civilizaciones, sin saber nada la una de la otra, y que una pereciese frente al silencio de Dios y del Universo ocupó poesía, literatura de ciencia ficción y sueños adolescentes para toda una generación de orionienses.
Por entonces, se pensó en la Tierra como un destino turístico o incluso un lugar de emigración, pero los habitantes de Orión prefirieron quedarse en Orión.


Los estudiosos del pasado - entre ellos, la Profesora - se lanzaron a hacer una investigación seria e integral sobre las costumbres de los terrestres antes del Colapso.
Durante años, se organizaron excavaciones arqueológicas de alto nivel y se descubrió prácticamente todo acerca de la vida humana en la Tierra.
La Profesora llegaba a sus clases en la Universidad Knickerbocker con barro en los zapatos, recién desembarcada de la nave espacial, y contaba lo que acababa de extraer en el planeta perdido. A veces, hasta traía el mismo objeto. El aspa de una lavadora, una taza dibujada, una placa informática, una pila alcalina, la pinza que había sujetado el pelo de una mujer, huesos, huesos y más huesos.
Al final, la Profesora delegó el trabajo de campo entre sus alumnos más aventajados y se limitó a sus clases en la Knickerbocker. 
Iván fue uno de los privilegiados en ser elegidos para el trabajo de excavación en la Tierra, y la Profesora le confió la responsabilidad de ponerse en inmediato contacto con ella si encontraba lo importante.
Aquella mañana, mis restos parecían importantes para Iván, que sacó a la Profesora del planeta Orión y la trajo a la Tierra, lugar que no pisaba en cinco años.
En aquel momento, sólo los arqueólogos vivían en la Tierra y de manera temporal. 
La Tierra era poco más que un parque natural.
 - A beautiful, boring place to live in - aseguró la Profesora, mientras caminaban hacia el yacimiento.
Se rodaban algunas películas exóticas, que tuvieron cierta fama en las sobremesas televisivas de Orión, y, a veces, llegaban aeronaves repletas de jubilados, decididos a contemplar el planeta antes de morir.
En la Tierra, por derecho propio, sólo vivíamos nuestros restos, aquellos que permitía la vengativa, triunfante Naturaleza. 


La Profesora escaló con ayuda de dos estudiantes la encrespada cumbre hasta llegar a la cueva donde estaba mi esqueleto. 
Llegó, vio el yacimiento y refunfuñó:
- ¡¿Me traes aquí para un saco de huesos y una placa informática?!
Iván se puso nervioso, quién no, ante la Profesora, pero tomó aire y pudo explicarse:
- Es la posición. Mira cómo murió, fetal, agarrando el ordenador contra su cuerpo, como si quisiera proteger algo. Quizá sea un secreto, quizá sea lo que llevamos buscando durante todos estos años.
La Profesora se agachó y contempló mis pobres huesos con detenimiento. 
Iván la entendió escéptica, pero ella quiso curarse en salud. 
Se incorporó y ordenó extrema cautela en la extracción del yacimiento. Todo debía ser tratado e investigado, desde los coprolitos hasta las trazas de tejido. Quién era yo, qué comía, qué dejaba de comer, de qué me hubiese muerto si no hubiese perecido en el Colapso. 
- Quiero conocer a este Huesitos a la perfección - dijo la Profesora a todos los arqueólogos, que se pusieron a trabajar sin rechistar.
Luego se dirigió a Iván.
- La placa informática, lo primero. Te ocupas tú solo y me dirás inmediatamente lo que has encontrado. No importa la hora. Me encontrarás despierta en el Mirador Nueva Orión.
En el Mirador Nueva Orión, mientras esperaba noticias de Iván, la Profesora se permitió imaginar que, por fin, había encontrado la respuesta a su pregunta.
Siete años antes de encontrarme, la Profesora había publicado un libro que suscitó mucha polémica. "Los misterios del Colapso: El verdadero destino de los terrestres".


En su libro, la Profesora recopilaba todo lo que sabían los investigadores de Orión sobre la raza terrestre, pero, en su segunda parte y conclusión, la incansable arqueóloga se preguntaba lo que nadie se había cuestionado. Quiénes éramos realmente, qué pensábamos, qué futuro nos reservábamos si no hubiésemos muerto.
A través de lo descifrado en placas informáticas, la Profesora entendía que nuestra civilización anhelaba dinero, fama y amor, pero éstos no eran más que sueños prefabricados por el sistema. 
Era imposible averiguar cuáles eran nuestras aspiraciones profundas, como raza, como planeta. 
"¿Veían la eternidad? ¿Cuáles eran sus verdaderos sueños? ¿Hacia dónde caminaban los terrestres? ¿Acaso esperaban el final? ¿Es que lo aceptaban?", escribía la Profesora.
La Profesora quería conocer el sentimental porqué de nuestro fin.
Esas preguntas generaron mucha controversia y muchos científicos señalaron que una mujer adicta a los datos, tan empírica por un lado y tan racionalista por otro, se había vendido a cierta meditación filosófica. Uno de ellos le preguntó si secretamente amaba la poesía o si se sorprendía a sí misma tarareando canciones cursis en el desayuno.
Tras la publicación, la Profesora no cejó y pidió a sus investigadores que descubrieran los verdaderos sueños de los terrestres, más allá de las películas idealistas, de las relaciones sentimentales y de las expectativas económicas.


No hubo llamadas a ese respecto, hasta que descubrieron mi esqueleto agarrado al ordenador. 
Por entonces, habían pasado los años. 
Iván estaba harto de sacar pilas alcalinas, memorias USB y sonajeros de plástico de los yacimientos, y ni la Profesora ni el equipo esperaban encontrar nada sobre el último y definitivo misterio del Colapso.
Pero, aquella tarde, algo de fe se reavivó.
La Profesora esperaba y esperaba en el Mirador, al tiempo que los investigadores limpiaban a pincel mi fémur, partían mi dentadura en trozos y procesaban las fibras textiles.
- Estaba dentro de una maleta de viaje. Se escondió dentro de una maleta de viaje. Murió dentro de ella - concluyeron sobre mí.
A la una y media de la madrugada, Iván llegó con los resultados de su análisis informático. 
En la habitación del Mirador Nueva Orión, la Profesora miraba por el enorme ventanal. El inmenso e insensato paisaje de ese planeta, del que sabía tanto y aún no era capaz de comprender.
- Nada, ¿no? - preguntó la Profesora, sin darse la vuelta.
- Nada - dijo Iván, colocando el dossier sobre la mesa.
Antes de marcharse, Iván quiso añadir algo más:
- Es lo más cerca que hemos estado, de todos modos. Entre los archivos de documento, he encontrado un texto. Sólo una línea, como el título de una novela, un artículo o un ensayo. Parece que no tuvo tiempo para empezarla. Se llamaba "Sueños y Otras Mierdas".
La Profesora se contuvo las lágrimas de frustración. Tan cerca y tan lejos. Cuando la nave despegó al día siguiente, sabía que nunca volvería a pisar la Tierra.
Se decidió que mi esqueleto viajaría también a Orión, para ser expuesto en algún museo.
Mientras la nave ascendía, las luces y sombras del amanecer acariciaron las cuencas que solían contener mis ojos.


Hoy mi cráneo se exhibe en el Museo de Arqueología Interplanetaria. Miro sin mirar, sueño sin soñar.
Lejos de casa, en el planeta Orión. 
"Orión, el eterno", le dicen los poetas, "el mundo que nunca murió".

martes, 12 de marzo de 2013

El Magnífico Orson


Orson Welles era ese chico enorme cuyo prodigioso cabezón contenía el mayor talento de su generación.
Fue autor de cine antes de que se pusiera de moda el cine de autor, fue personalidad sobre industria, fue una bendita anomalía, un extraño hasta para sí mismo, un loco en un mundo patas arriba.
Orson, el genial, Orson, el visionario, Orson, el imprudente, Orson, el magnífico. 
Hollywood ni lo entendió como personalidad ni lo vio rentable como cineasta y lo condenaría a los márgenes de su agenda, al retorno puntual, a la repetida frustración de una carrera marcada por una primera película.
Orson Welles fue también imponente actorazo, con esa mirada, esa voz y ese físico baronial. Se lo reconoce como uno de los galanes más inclasificables de los años cuarenta, para que las décadas y los kilos lo reconvirtieran en secundario indispensable.
La interpretación se convertiría en su trabajo recurrente, en su fuente de ingresos, en aquello que le permitía seguir en contacto con el cine. 
Lo que le daba la esperanza de volver a ponerse detrás de la cámara.


Las oportunidades fueron contadas y sometidas a todo tipo de ingerencias. Problemas presupuestarios, rodajes que no comenzaban, posproducciones infernales, montajes, remontajes. 
Y, al final, la desazón de no poder conseguir la obra única, la pieza completa. La mirada del genio, comprometida ante una industria que sólo entendía de cifras.
Pero quedó  tiempo y encontró espacio para dejar un puñado de grandes películas. Y hasta su film más alienado e incompleto es más fascinante que la mejor obra de muchos otros.
Los cinéfilos lo revisitan, los aspirantes a cineastas lo estudian y el mito lo laurea como lo que fue: el artista cinematográfico más influyente del siglo XX. 


La infancia de Orson Welles fue apropiadamente novelesca, y vivió entre una educación elevada y las desgracias que hicieron pasto de su familia.
Sus padres, acomodados pero infelices, lo dejaron huérfano antes de que Orson alcanzara la adolescencia. 
Él se secó las lágrimas y siguió los pasos del mundo artístico, avivado por una creatividad que despertaba entre maestros, tutores y escuelas.
Todo en Orson fue prematuro, inquieto, incansable; una sed de escena que lo emplazó pronto en los teatros neoyorquinos. 
Sus vanguardistas adaptaciones de clásicos despertaron a la ovación y sus balas de talento caían sobre Broadway donde cambió el juego con su "Julio César".


Mercury Theatre cimentó la reputación con apenas veinte años. 
Aparecían las emisiones radiofónicas de clásicos y novelas famosas, donde su voz barítona, envolvente, tan viril, llegaba a las ondas de aquellos años treinta.
El principio fue notorio. Contó "La Guerra de los Mundos" como si fuese un noticiario y la leyenda relataría que el país entero pensó que llegaban los marcianos a Connecticut.
La revisión histórica nos dice que hubo mucha exageración en torno al pánico de la nación en 1938, pero el experimento quedó como un clásico de la sugestión de las masas y la popularidad de Orson Welles creció.


Además de escritor, guionista, director, dramaturgo, Orson se decía mago, pintor, viajero, coleccionista, seductor. 
Su llegada a Hollywood se esperaba en el crepúsculo de la década, y la RKO terminaba por firmarle el mejor contrato que ha recibido un director cinematográfico jamás. Es decir, la libertad absoluta.
Salvo restricciones presupuestarias, Orson tenía todo a su alcance y nada en contra para desplegar su ópera prima. 
Herman Mankiewickz le daría la idea: un roman à clef sobre William Randolph Hearst, el poderoso magnate de las mentiras impresas y aclamado como la quintaesencia del éxito genuinamente norteamericano.
Para la creación de "Ciudadano Kane", Welles y Mankiewicz también se valieron de la saga de otros poderosos de la época e incluso de la propia infancia de Welles, el que fuera niño talentoso dejado en manos de tutores y expertos que se lo llevarían lejos de casa.


Tras finalizar el rodaje de la película, corrieron los rumores en torno a Hollywood sobre el contenido de "Ciudadano Kane" y Hearst, aludido e irritado, llamó al boicot. 
Como resultado, la película recibiría una exhibición limitada y supuso una decepción comercial.
Welles y Mankiewicz ganaron el Oscar al mejor guión original, pero "Ciudadano Kane", aplaudida y aclamada por muchos críticos, se sintió incomprendida y extraña por otros tantos, y al público no le gustó demasiado.
El tiempo colocaría en su sitio a esa obra impactante, perturbadora, llena de sabiduría.
Es la primera película más rara de la Historia del Cine, por esa sensación que desprende de completa realización y madurez expresiva. 
Y también por todo lo que Orson demostraba conocer sobre la vida, la muerte y el paso del tiempo con apenas veinticuatro años.


Como actor, también supuso un debut de calado y, con él, trajo a su equipo artístico de Mercury Theatre. "Ciudadano Kane" sería primer paso para actores tan imprescindibles como Joseph Cotten o Agnes Moorehead.


Comenzaban los recelos en la industria ante el joven Orson, pero éste no cejaba y proponía segunda película. 
"The Magnificent Ambersons", esplendoroso drama sobre la decadencia de la aristocracia norteamericana, fue sometido a un montaje carnicero por la RKO, que hasta se preció en añadirle un final feliz.
La estrategia del estudio no funcionó, en todo caso, y el doble fracaso comercial ponía a Welles en una situación difícil en Hollywood.

En el rodaje de "The Magnificent Ambersons"

A pesar de ello, su personalidad y fuertes opiniones sobre lo que ocurría en un mundo en guerra lo llevaron a ocupar más hueco del que esperaría tal infausto principio.
Su única película taquillera de aquellos primeros años se llamó "El Extraño", que abordaba el inquietante tema de los nazis huidos, esos que bien podían cambiarse el nombre y asentarse en cualquier plácida comunidad norteamericana.

Como Charles Rankin en "El Extraño"

Orson dio una interpretación a la altura de la inquietud, y su mirada tensa y voz imponente también se derramaron generosas en películas no dirigidas por él oficialmente, pero wellesianas de principio o fin. 
Fue el caso de "Jane Eyre", nunca tan guapo como Edward Rochester.

Con Joan Fontaine en "Jane Eyre" (1943)

Y, sobre todo, "El Tercer Hombre", donde incorporó a Harry Lime, villano escalofriante que se esconde por las cloacas de una expresionista Viena.

Con Joseph Cotten en "El Tercer Hombre"

Por entonces, trascendía su matrimonio con Rita Hayworth, segunda y más famosa esposa, de quien quedarían buen recuerdo, portazos, su hija Rebecca y una película alocada, con el sabor del fracaso y el aroma del culto: "La Dama de Shanghai".

Con Rita Hayworth en "La Dama de Shanghai"

No terminaría la década sin exiliarse voluntariamente en Europa.
Entre países y filmografías, se contarían sus siguientes proyectos, siempre atenazados por los problemas en la producción y los conflictos con los montajes finales. 
La búsqueda de financiación fue caballo de batalla para Welles. 

"Macbeth"

"Creo que cometí un error siguiendo en el cine... Hubiese tenido más éxito si lo hubiese dejado y me hubiese quedado en el teatro, o me hubiese metido en política o reconvertido en escritor. He gastado gran parte de mi vida buscando dinero e intentando seguir adelante... intentando hacer mi trabajo en algo tan terriblemente caro como el cine. Y he gastado mucha energía en cosas que no tienen nada que ver con las películas. Al final, era un 2% cine y un 98% buscarse la vida. No es buena manera de vivir", diría con el tiempo.

"Mr. Arkadin"

Sin embargo, la sed de celuloide se impuso sobre cualquier segunda decisión, y las películas de Welles siguieron adelante, entre Europa y algún retorno puntual a Norteamérica. 
Todas conflictivas, todas recuperables, todas inusuales; follies que desenmascaran a poderosos, dramas que indagan en la naturaleza humana, imborrables adaptaciones de Shakespeare, noirs transgresores, experimentos audiovisuales.

Con Joanne Moreau en "Campanadas a Medianoche"

"Mr. Arkadin", "Macbeth", "Otelo", "Touch of Evil", "Campanadas a Medianoche", "El Proceso", "Fraude"; las películas que empezaba a devorar una nueva generación de cineastas, fascinados por la personalidad impuesta de un creador sobre lo que realizaba.
El autor de cine antes del cine de autor.

Como Hank Quinlan en "Touch of Evil"

En esos títulos, sus audacias expresivas, su complejidad narrativa y su vasta cultura aparecen fuertes y valientes sobre la mala suerte que acompañó a esas aventuras cinematográficas. 
Al final, Orson encontraba tiempo para oír la ovación y para ser el mejor presentador de su propio cine.


"No estoy resentido por el tratamiento que me dio Hollywood, sino por el que dio a Griffith, a von Sternberg, a von Stroheim, a Buster Keaton y a tantos otros", aseguró para explicar porqué no fue a recoger personalmente el Oscar honorífico que la Academia le concedió en 1971.
John Huston subrayó la hipocresía de la industria, que le otorgaba un premio, pero no le daba trabajo como cineasta.
La opción fue siempre la interpretación.
Como actor y divo de escena, el puro y la creciente obesidad lo hicieron más grande que la vida, y ahí aparecía en películas buenas, malas y malísimas, desde el principio de su carrera hasta el final de sus días, incluyendo filtreos con el teatro y la televisión.
Su voz narradora terminaría por hacerse inconfundible para el público. Orson narró desde "Duelo Al Sol" hasta anuncios publicitarios en los años ochenta.


En la última etapa de su vida, su amor se llamaba Oja Kodar, la misma mujer misteriosa que aparece en la maravillosa "Fraude". 
Sin embargo, él nunca llegó a divorciarse de su tercera esposa, Paola Mori, a quien dejó embarazada en el rodaje de "Mr. Arkadin" y con quien desposó poco menos que a punta de pistola, ante las exigencias de la muy tradicional familia de Paola.
La guerra fría entre Oja y Paola medió los últimos años de su vida privada, así como la celebración del funeral y la recuperación postrera de sus películas incompletas. 
Tras la muerte de Paola, su hija Beatrice se ha hecho esa heredera infranqueable, que demanda, dilata y dice que no a los que le suplican exhibición y distribución de los incunables de su padre. 
Beatrice Welles es el ejemplo preclaro del kafkiano procedimiento del copyright, del que el propio Orson se sacaría un peliculón si estuviera vivo.
Porque, lamentablemente, Orson murió un día. De un ataque al corazón, a los 70 años, en Los Ángeles. Pocas horas antes, había concedido una entrevista para televisión.
Lo encontraron con la cabeza fulminada sobre la máquina de escribir. El maestro estaba trabajando en un guión de cine.
 

Orson, el amado, Orson, el envidiado, obsesión para muchos y también para quien esto redacta, fue un lujo supremo y uno de los grandes responsables de que se pueda escribir la palabra "Cine" con esa mayúscula.
"Una película nunca es realmente buena a menos que la cámara sea el ojo en la cabeza del poeta", dijo para intentar contarse.


Sus secretos, sus reflexiones y ese insuperable encuentro entre el espectáculo barroco y la reflexión intelectual se han contado y recontado en numerosos estudios y biografías. 
Pero la manera de conocerlo, entenderlo y disfrutarlo está en sus películas, sus joyas, todas, desde la primera a la última.


Orson Welles fue un verdadero dios. Un dios con dos cojones bien grandes y la sublime necesidad de contar el mundo al mundo.