Mostrando entradas con la etiqueta James Bond. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta James Bond. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Nosotros y El Cine


Amo esta foto. Además de ser tan graciosa de un modo tan sencillo, expresa mucho de lo que significan las películas, de la experiencia que otorga el cine, de todo lo que permiten sus imágenes y de porqué nos gusta hasta el punto de la obsesión.
Por un lado, está el hecho de que una niña sea la protagonista.
El amor por el cine empieza cuando somos más pequeños que los carteles, cuando las imágenes son monumentales a nuestros ojos frescos, que lo observan todo por primera vez.
El cine comienza para nosotros desde nuestra credulidad infantil, y como todas las primeras y devastadoras impresiones, no se olvida y aspira a repetirse. Entre lo que vimos y lo que nos impidieron ver, ahí se encuentra la raíz de la magnífica enfermedad llamada cinefilia.
Por eso, hay que llevar a los niños al cine. Por eso, me encanta que esa niña esté en el cine, cualquiera que sea la película que vaya a ver. 

Greta Garbo

La escena de la niña y "Skyfall" también es significativa porque es la imagen congelada, muda y expresiva de una acción en proceso. 
El cine, como bien se ha dicho muchas veces, es kiss kiss bang bang. Es acción hasta cuando es intimista; cuenta cambio incluso si parece plácido. 
Las grandes películas se transforman ante nuestros ojos, se dan la vuelta como calcetines y enseñan los reveses de sus historias, de sus artilugios visuales, de su sensibilidad.
Para ello, hay que detener al sospechoso, conseguir a la chica o rectificar, hacer las maletas y desaparecer en el horizonte. Así se comportan los personajes.
El cine es ese movimiento, capturado y serializado y crea la ilusión de que el mundo, las vidas y las personas siempre están en constante mutación.
La foto de la chavala asustada por James Bond también nos cuenta la fascinación por el cine como acontecimiento, vivido en grandes cartelones, lleno de anticipación, mística y glamour. 
El cine es industria, consumo y comercio; es esa la manera de rentabilizarlo, de que sea posible hacer más, pero también el peligro de que se frivolice, de que sea una mierda, de que todo lo que se produzca se haya visto con anterioridad. 

Coreografía de Busby Berkeley

En cualquier caso, la seducción del cine comercial y sus estrellas, al menos en ciertas épocas, está fuera de toda duda, y la escena de la niña tiene más diversión porque ya conocemos a Daniel Craig y cómo se las gasta.
En ese sentido, también el cine es sorpresa y si nosotros fuéramos la chavala, recién salidos de la proyección, podríamos echarnos para atrás, gritar un "Aaaaah" y decir: "¡"Skyfall" es buenísima! ¡El mejor Bond de todos los tiempos!." 
Ni previsiones ni estudios de mercado ni prejuicios serán decisivos en el resultado de una película, cuyo secreto será desvelado sólo cuando se vea. 
Lo apropiado es creerse las opiniones de críticos, audiencias y amigos hasta cierto punto e ir al cine sin complejos, a la espera de ese "Aaaaah" maravillado.

"El Increíble Hombre Menguante"

Nuestra aguerrida nena se pone delante de la pistola de Bond e ignora que también simboliza una de las estrategias con las que el séptimo arte juega a placer: la descontextualización. 
Es decir, esa foto es todo lo graciosa que no sería contemplar en la vida real a un hombre apuntando con un arma a una niña. 
Hablo de la posibilidad de conectar y desconectar con la imagen, de dejarnos seducir o de abuchearla, de recortar sus imágenes y pegarlas en nuestra pared para manifestar nuestra adoración por ellas y, en definitiva, de la propia naturaleza del cine como collage, que copia, imita y coordina sensaciones vividas para proveer otras nuevas. 
Y, sobre todo, ponerse frente a Bond e interpretar como una de sus víctimas habla del definitivo sueño que brindan las películas: poder participar en ellas. 
Como Buster Keaton en "Sherlock Jr." o Mia Farrow en "La Rosa Púrpura de El Cairo", la experiencia de contemplar y ver cine es tan contundente que traspasaríamos con gusto la frontera entre realidad y ficción, para que ésta se convierta en aquella, y viceversa.
Como no podemos hacerlo, nos conformamos con aceptar que las películas son nuestras. Las han hecho por y para nosotros, nos pertenecen. 
Las veamos en la oscuridad de una sala o desde nuestros sillones, las sentimos propias. Nos indignamos si nos decepcionan y nos cabreamos cuando alguien osa atacar aquellas que consideramos predilectas.
Sí, las películas son nuestras. Lo hemos dicho muchas veces: por su condición de espejo, esclarecedor o favorecedor, auténtico o escapista, alegre o triste.

Robert Taylor e Irene Dunne en "Sublime Obsesión"

Pero el cine también habla de lo que vive por debajo de nosotros, de nuestros sueños más viscerales, de aquello que no nos atrevemos a confesar.
El cine conecta con nuestra represión de seres civilizados. En las películas, la gente no pierde el tiempo y se besa en el momento justo, dispara cuando tiene que hacerlo y, si se abstiene de hacer algo, todo tendrá una significación, una trascendencia. Como decíamos, el cine se mueve hasta cuando nuestra vida se detiene.
Permite hacer todo lo que no hemos hecho hoy ni lo que haremos mañana. 
Yo mismo pensaba en qué atracción profunda hay detrás de mis géneros favoritos. 
Entendí que el western me sube a lomos del caballo que nunca he sabido montar, mientras el cine bélico me sitúa en la guerra, a mí, que no valdría como soldado. 
El musical me permite cantar y bailar, dos cosas que no sé hacer bien, en escenarios que no existen, donde toda expresión de alegría está permitida.
Y el melodrama me otorga la posibilidad de llorar, sufrir y poner miradas tensas en la piel de aquello que jamás seré: una mujer.

"La Rosa Púrpura de El Cairo"

El cine habla de nuestras opresiones, de nuestros anhelos íntimos, de lo que queremos ser, de lo que no hacemos, de lo que odiamos de nosotros mismos. 
Cuando nació, abrió una ventana al mundo; no sólo para ver otros países y otros lugares, sino para hallar nuevos lugares de la mente. El mejor cine es expresionista y/o impresionista. Expresa e impresiona, desde la mente hasta los ojos.
El cine cuenta lo que opinamos sobre el mundo, desata corsés, aspira a transformarnos. También nos lleva la contraria, nos oprime con falsas promesas o nos aliena.
Sea industrial o intelectual, comercial o artístico, la huella de su validez está en la calidad.
Es lo que calibra su importancia. Que su optimismo sea honesto, que su pesimismo sea verdadero. Que cuente con finura que vivir es bello o que hay un nazi dentro de cada uno de nosotros.

Dominique Sanda y Stefania Sandrelli en "El Conformista"

Todo cine, descifrable o enigmático, busca hacernos cómplice de su mirada. Porque la mirada de la cámara es la opinión de los artistas cinematográficos sobre el mundo. 
Los mejores directores son aquellos que poseen un ojo más exuberante, más sensible, más personal. Quizá no coincidamos con esa visión, pero si es convincente, se debe apostar por el viaje.

Olivia de Havilland en "Hush... Hush, Sweet Charlotte"

Hoy yo te propongo un viaje por el cine, y sirva este anterior texto como introducción a "Yo La Perdí En El Cine", lugar semanal donde hablaremos de nosotros y del séptimo arte, a través de sus temáticas, de su relación con el mundo, la sociedad y la cultura, de su evolución y nuestros propios cambios.
El cine inspira a hacer cine, nos habla de la conciencia, del futuro, del pasado, de la guerra, de la falsa paz. Puede ser detallista, superficial, camp o censurarse a sí mismo. Habla del esplendor, de los mejores años de nuestra vida, de aquello que da miedo y placer, de la sed de mal y de los puñetazos de justicia. 
Sus imágenes se precian en viajar desde las llaves del bolsillo hasta las naves espaciales, mientras sus vibraciones se viven desde las encendidas retinas hasta los soplos al corazón.
Cada semana, grandes películas servirán para descifrar un topic de las pantallas, desvelando lo que perdimos en el cine junto con todo aquello que ganamos.
Será un paseo por la Historia del medio, pero desordenado, sin atenerse a cronología y sin mayor guía que la intuición.
El cine es un arte preparado y meticuloso, pero bien se sabe que las mejores cosas han salido sin guión y bajo la imprevisión. Todas las películas que abrieron y abren caminos son aquellas que respiran, desafían y sorprenden hasta al que las firma.
Así se querrá nuestro propio viaje todos los miércoles. Claqueta y comenzamos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Multipantalla y Pastiche


El sueño de la Ilustración fue la Enciclopedia. El deseo del posmodernismo, convertir al ser humano en una enciclopedia andante.
En el mundo de la multipantalla, el Internet Movie Database y el clic decisivo, aparecimos nosotros. Los que miramos, recibimos datos y sabemos más que nadie de todo. 
Podría decirse que conformamos la sociedad que mayor cantidad de estímulos sensoriales ha recibido en la Historia de la Humanidad. Y a toda velocidad y en el menor espacio.
Internet, el mundo smartphone y las televisiones son quienes nos multiplican la ilusión de la información y la provocación del saber; sin embargo, resta la verdad de que la desproporción sólo propicia empacho neuronal.
Discriminar, distinguir, depurar y quedarse con lo valioso entre todo ese marasmo de datos, noticias y vídeos sería esa utopía de paz para nuestros cerebros.


Los horizontes marcados por la sociedad de la información fueron precisamente derribar cualquier horizonte. No hay límite más que el propio decoro en la búsqueda y la recopilación, ya sea la filmografía completa de Orson Welles o los papeles del Departamento de Estado. 
Finalmente, somos enciclopedias andantes.
Hoy podríamos averiguar a golpe de clic quién fue Lucille Bremer y porqué se retiró del cine en 1948. Podríamos tener una imagen de Hollywood en 1948. Podríamos saber lo qué ocurrió ese año. 
Podríamos escribir un relato sobre Lucille Bremer caminando por Hollywood, abandonando la Metro Goldwyn Mayer. Tenemos las herramientas para que la imagen sea la más exacta. 
Y ya no hace falta ir a ninguna biblioteca, ni preguntarle a sus familiares, ni siquiera poner el pie en los lugares del suceso. Todo está en Google.

Hollywood, 1948

Significa poder hacer Historia desde nuestra antihistoria. Somos la sociedad que bebe de otras, que mezcla, depura y construye pastiches. 
El cine, la televisión y demás pantallas son el ejemplo perfecto de nuestra sed de popurrí. 
Esta noche, podremos ver un episodio de "The Good Wife", una película de Bertolucci, un musical con Doris Day, poner una playlist de música ochentera en el Spotify o buscar imágenes de yacimientos arqueológicos en los buscadores. O contemplar lo que postean nuestros amigos en el Facebook y seguir los caminos donde nos lleven sus publicaciones.
Nuestra experiencia vital reside en contrariarla, en robar la de otros o, en todo caso, reversionarla. Mezclarla a antojo, descontextualizarla, parodiarla.
Como decía, el cine es calibrador de estas modas y sensaciones.

Tira cómica, estilo siglo XXI

Como nunca te acostarás sin saber algo nuevo - y menos hoy en día - te explicaré, muy ligeramente, los tres estadios en los que suele separarse históricamente el cine universal y, por extensión, las tendencias audiovisuales.
En líneas generales, podría hablarse de clasicismo, modernismo y posmodernismo.
El clásico se resume en el Hollywood de los años treinta, cuarenta y cincuenta, y la palabra que lo podría definir es la armonía, tanto de fondo como de forma. 

Carole Lombard y Clark Gable

Por su parte, el modernismo encuentra su mayor ejemplo en los cines europeos vividos y elogiados después de la Segunda Guerra Mundial. 
Es el cine del compromiso, intelectual y emocionalmente ambicioso y, para muchos, el único con algo de verdad.

"Los 400 Golpes"

Y, por último, el cine posmoderno, que nace de la imposibilidad de ser original. 
Si no puedes cantar, rapea; si no tienes ninguna idea nueva, haz cine por el cine. Su eclosión se vivió en los años ochenta y es rey indiscutible en la actualidad.

"Carrie" vs. "Kill Bill"

Es el cine de la imitación, el homenaje y el plagio. En realidad, es un callejón sin salida, porque cuanto más posmodernas han sido las películas, menos alternativas ha habido de ser otra cosa. 
Pretendiendo ser clásico o moderno hoy en día, serás igualmente posmoderno, porque estarás imitando a otros.
Todos los directores contemporáneos lo saben. 
Ahí está Joe Wright, que la ha emprendido con enésima adaptación de "Anna Karenina". 
Wright debió entender a priori que no existía ninguna causa razonable para resucitar cinematográficamente a la heroína de Tolstoi en 2012.

Keira Knightley en "Anna Karenina" (2012)

Así, ha desplegado un pastiche con el faro del amaneramiento. 
Teatraliza la obra para hacerla más claustrofóbica y refuerza el artificio para entonar la fatalidad de la historia. 
El problema principal es que se queda a medio camino. Esa "Anna Karenina" es una intentona de Powell y Pressburger que se revela como un Luhrmann flojo.
A la película le faltan unas décimas de fiebre y un brote más de locura. Si quería verdaderamente convertir a la Karenina en novela rosa, Wright debería haber apretado el acelerador y llegar hasta el final. 
Porque ahora el posmodernismo no es revolución fílmica, sino requisito indispensable. 
Hay que ser paródico, kitsch y autoreferencial. Y, cuanto más aberrante y amariconado, más éxito tendrá la empresa artística. Las medias tintas nunca fueron menos tintas.


Sam Mendes también lo sabe y "Skyfall" reconvierte a un personaje tan sujeto a fritos y refritos como James Bond en el héroe de un popurrí hitchcockiano. 
En "Skyfall", la película más sorprendente de la saga Bond, hay homenajes declarados a casi todas las películas de Alfred e incluso se sustituye la tradicional historia de amor fatal de 007 por un conflicto freudiano con M.
Es una película netamente posmoderna, en el sentido de que se asume incapaz de aportar algo nuevo desde el primer minuto. 
El estilo y la estilización son las herramientas básicas para enmascararlo.

Daniel Craig en "Skyfall"

Y, cuando la acción de esa "Skyfall" baja al metro de Londres, el homenaje va más allá y llega a Brian de Palma, genuino cineasta posmoderno.
Es la ironía. Ahora se copia a los que ya copiaban. 
Sucedía, de manera descarada, con la irrupción de Lady Gaga en la escena musical: decíase imitadora de artistas que, en su día, fueron hijos putativos y/o réplicas confesas de otros.

Martine Carol en "Lola Montes"

Del arte por el arte se deviene a la copia por la copia. El placer por la recolección de cosas, no sólo vistas con anterioridad, sino mil veces imitadas. 
Tócala otra vez, Sam: esa ventana indiscreta nos gustó en 1954, en 1981 y en 2013. 
Y no hay engaño, porque el espectador ha visto tanto que es consciente de que está consumiendo una imitación. 
Probablemente, hasta se haga una sesión doble de "Camille" y "Moulin Rouge!" cuando llegue a casa.

Nicole Kidman y Ewan McGregor en "Moulin Rouge!"

¿A dónde llegaremos?, diríamos con la aflicción de la gente temerosa del futuro. 
Una gloriosa página del Facebook se llama "Tanto posmodernismo y tanta hostia ya", pregonando la necesidad de superar una corriente incorrecta que gobierna desde hace cuatro décadas. 
¿Estaremos condenados al pastiche para siempre? ¿O acaso la originalidad no ha existido jamás? 
¿No era "El Nacimiento de una Nación", en esencia, un popurrí novelesco? ¿No era la "Anna Karenina" de Greta Garbo tan kitsch como la de Keira Knightley?
Las líneas fueron difusas desde el primer día. Las generalizaciones se dicen peligrosas como inevitables las derivaciones.
Como siempre, yo me inclino por elogiar el gran cine de los setenta. 

Al Pacino en "El Padrino II"

Quizá, porque era el encuentro de lo clásico, lo moderno y lo posmoderno, de la armonía, la materia gris y el homenaje. 
Otra mezcla, sí, pero con la distinción de una aleación perfecta y, tal vez, irrepetible, como cualquier momento de equilibrio en tiempos de exceso. 
No hay que preocuparse. Si sucede otra vez, serás el primero en saberlo. El milagro aparecerá inmediatamente en tu multipantalla existencial.