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lunes, 12 de enero de 2015

Clase y Horterez


Sabe usted bien de mi amor por los melodramas clásicos y la vertebral importancia que han tenido en mi vida. De algún modo, la reflejan y la cuentan, por lo que expresan abiertamente, por lo que significan de manera implícita o por las actitudes que se transfieren. ¿Era yo melodramático o me hice melodramático de tanto verlos? Ambas respuestas son correctas. 
El otro día me puse un título esencial que, a pesar de recordar a la perfección, sólo lo había visto en una ocasión. 
Hablo de "Stella Dallas", dirigido por King Vidor, allá por 1937. 
La película debe la mayor parte de su atractivo a la interpretación de Barbara Stanwyck; Stella Dallas es uno de sus mejores papeles, su personal favorito y muy decisivo en su mitificación. 


"Stella Dallas" es un cuento de maternidad y sacrificio, temas clave en los dramas para mujeres, y como en los más crueles y potentes, al final, no quedan pañuelos. Es una película muy lacrimógena; quizá por eso, sólo la había visto una vez. Hay que ir preparado.
La protagonista es una mujer de clase obrera que tiene una hija tan encantadora que es recibida en los círculos de la alta sociedad. Stella Dallas pronto se convierte en un obstáculo para la ascensión de su querida hijita por una cuestión de forma: es una señora estridente y de gustos pretenciosos que no tiene la más mínima clase.
En una escena clave, Stella se pasea en medio del country club vestida poco menos que como un árbol de Navidad. Los amigos de la hija se ríen de ella, sin saber quién es. Y la hija, avergonzada, sale corriendo de la cafetería sin ser vista por la basta de su madre.
Finalmente, Stella se enterará de la opinión de la aristocracia sobre su aspecto, mientras la película la representa cada vez más vulgar, más sobrevestida y sobremaquillada, manifestando su inadecuación de una manera progresiva.
La hortera tiene que dejar paso. Su hija pasa la puerta giratoria, pero ella no puede acceder a lo selecto, a lo elevado, porque, sencillamente, no es fina ni tiene la necesaria educación.


La pobre Stella Dallas no conocía la máxima de la elegancia - "menos es más" - y tampoco estaba enterada de otras lecciones de la separación social más efectiva de todas: la que diferencia a los que son refinados de los que no lo son. 
Es el clasismo en su máxima expresión, porque dicta que, aunque tenga usted dinero e intención, nunca traspasará la puerta. Jamás dejará de ser lo que fue. Y cuanto más lo ambicione y se le vea el plumero, más persona de mal gusto será. 
La concepción popular de la horterez nace del fenómeno del nuevorriquismo. Los "nuevos ricos" son detectados enseguida como despilfarradores, ostentosos y con ademanes de pretensión. 
En realidad, es la opinión que las familias ricas de toda la vida tienen reservada para los recién llegados, aquellos que mirarán con lupa y quizá nunca acepten en sus filas, pese a mantener negocios con ellos e incluso aunque los dichos advenedizos estén más forrados.


El dinero no toma las riendas en esa apreciación; lo toma el sentido de la clase. 
En los años formativos de Estados Unidos, ese cerrar de puertas está presente en el espíritu de muchas sagas. 
Un caso real es Molly Brown, la campesina que descubrió un filón de oro en sus tierras y se hizo multimillonaria de la noche a la mañana. 
Repudiada en la alta sociedad internacional por su campechanía y falta de modales refinados, Molly es el emblema de la enriquecida inasimilable.


En "El Gran Gatsby", el héroe de la historia es un nuevo rico y toda la historia es una metáfora de la imposibilidad de traspasar unas puertas, incluso con todo el dinero del mundo. Los Buchanan rechazan su traje rosa y su sentimentalismo. Ellos son la aristocracia, el reducto de la dominación británica, aún presente en los años de las meteóricas fortunas americanas, que proporcionaba el oro, el petróleo o el contrabando de licores.
Esa oposición entre los viejos fortunones y los nuevos billetes es también la oposición entre el Viejo Continente, entendido como fino, culto e historiado, frente al Nuevo, que es básico, cursi y habla como si mascara un eterno chicle.


Así pues el kitsch. Hay gente que no sabe de estilo ni sabrá nunca, dicen las reglas del protocolo, de la educación y de todo lo que significa sentarse a la mesa como si se tuviera un palo por el culo. 
Hay gente que sólo se pone más abalorios babilónicos encima, como Stella Dallas, y, cuando abre la boca, deja en evidencia lo que ya sospechábamos: es un hortera.
Y la separación social pervive, lógicamente, cuando no hay dinero de por medio. Y lo ha hecho históricamente entre blancos y demás etnias, entre barrios altos y barrios bajos, entre universitarios e iletrados, entre norteños y sureños, entre urbanitas y pueblerinos. 
Es usted un basto, porque no sabe hablar, porque grita mucho, porque no se ha leído un libro en su vida, porque acaba de agarrar un palo y se aproxima hacia mí.


La huida de la horterez y la bastez cuenta la historia de muchas sociedades. Sin ir más lejos, aquí en mi tierra, hay un término para definir a la gente cafre: magos. 
No tiene nada que ver con los señores que hacen magia y supongo que, lingüística mediante, será una derivación de "majos". 
En principio, era la manera de nombrar a la gente del campo. Ahora, cuando te dicen "mago" es aludir a lo poco fino que eres, desde los rústicos rasgos faciales que tienes hasta las ocasionales patadas al diccionario que propinas. 
Todos huimos de parecer magos por estas latitudes del mismo modo que siempre terminamos haciendo alguna magada. 


Es la misma fuga de la entera civilización: escapar de la barbarie y de todo lo que recuerda a ella. De manera profunda, es la pugna entre lo que aspiramos a ser y lo que dejamos atrás. 
Volviendo al melodrama, otro que plantea esa lucha y lo hace con madre doliente de por medio es, por supuesto, "Imitación A La Vida". 
Cargado además con el potente tema de la raza - la madre de Sarah Jane la entorpece porque es negra -, la maternidad tiene una simbología propia: la mamá es la tierra, esa que nos atrapa en nuestra necesidad continua de elevarnos, de trascender nuestra condición de animales. 


La finura como coto privado de los sueños explica gran parte de nuestro encanto por la ficción. Al menos, por un tipo de ella. 
La elegancia ultrarefinada se llama glamour, porque motiva la hipnosis en su mezcla privada de perfección y distinción. Así, soñamos con universos glamourosos, donde todo es elevado y deseable.
El cine clásico de Hollywood debe su propia glamourización a eso de la clase, la continua sensación de riqueza, la nula ofensa estética y el saber estar. 


Es curioso que se autodefina como elegante cuando, en su propia esencia, es infinitamente kitsch. 
Sus mismas estrellas eran nuevos ricos - Barbara Stanwyck era una niña pobre de Brooklyn, sin ir más lejos - y toda la opulencia, temas y temores de las películas que producían era genuinamente norteamericanas. 
Por ejemplo, esos melodramas, comedias, musicales y thrillers concuerdan e insisten, una y otra vez, que el enriquecimiento material no trae la felicidad.
¿Era acaso la lección moral que se recordaban a sí mismos?


Cuando era adolescente y veía esas películas, me las creía y las vivía muy intensamente. Lo peor es el contraste tan brutal que se producía con la realidad que me rodeaba. En realidad, todavía sucede.
Es la voluntad de querer vivir en un mundo donde la gente sea delicada y, además, buena. 
Está claro que son posturas irreconciliables en más ocasiones de las deseadas y tanto aristócratas como brutos gustan de intercambiarse los papeles, especialmente los peores. Y las líneas son difusas. Cada vez más.
Pero yo buscaba seres como los que salían en las películas: con sentido del humor, con frases justas y con ojos dispuestos a enamorarse. La gente fina ideal, con la clase suficiente para decir I love you en el momento preciso.
Sé de muchos que buscan a esa gente. Cuando emigran a países del Norte, cuando viajan a las ciudades, cuando se hacen pasar por blancos, cuando aprenden modales o cuando se casan con gente importante. Sé también que muy pocos la encuentran, porque no existen los finos de I love you. Al menos, no existe una sociedad que sea fina de I love you. 
Sólo seres disgregados, de esos que se creen las películas y sueñan con imitarlas a la vida. 
La única solución es seguir llamándonos en la oscuridad, aunque teniendo presente que todos hacemos caca, todos tenemos legañas en los ojos y todos cambiamos de opinión, podemos ser crueles y nunca poseemos la fase precisa y refinada para terminar una chispeante conversación. 
También dicen que decir I love you no es tan importante.


Probablemente, si saliera a la calle y dijera: "¡Oh, amo esta ciudad, ¡es divina! ¡la amo!" y, acto seguido, me pusiera a bailar cual Gene Kelly, la gente miraría con pasmo para luego decir: "Ya se emocionó el muy basto". 
También lo dirían si me observaran con unos escrupulosos modales en la mesa, acudiendo a eventos vestido de pulcros trajes de chaqueta o dirigiéndome a todo el mundo con palabras entresacadas de un poemario.
La finura es lo que todos quieren y, a la vez, tanto critican en los demás, especialmente cuando la ven como una presunción que ajusticiar.


Recuerdo ahora un profesor de la Universidad. Él se hacía un señor muy intelectual y un tanto arrogante, lo que motivaba que ciertas compañeras de clase se enfureciesen y mencionasen un pasado no tan elevado. "Su hermana es poco menos que una terrorista y él se limpió la boca del pan con aceite antes de ayer".
No hay nada como echar abajo, sí. Es la única explicación a las coordenadas diferenciales entre finura y horterez. Eres el más paleto, ¡léete un libro! Te haces el lord inglés, ¡bájate del caballo! 
Como vivimos en tiempos irreverentes, lo hortera y lo basto han encontrado diariamente su vindicación en todas las formas posibles. 
Desde el descubrimiento de lo estridente hasta la proliferación de fusiones musicales, para conectar con el público que adora el glamour, pero lo quiere aleado con ostentación, formas brutas e impactantes y sonidos directos y viscerales. 
Explíquese así el éxito de Jennifer Lopez o del reggaetón, que van derechos a la gente que no puede ser fina ni intentándolo. 
En realidad, hay algo honroso en ese triunfo: es la tan esperada venganza de Molly Brown.


Todavía nos aferramos a la verdad: por mucho que implique una diferencia social injusta y brutal, es mejor ser educado que ser bruto. Es mejor leer un libro que darle patadas a un balón. Y es mejor hablar con serenidad que estar dando becerridos desde que usted se levante hasta que se acueste.
Muchas veces he intentado relacionarme con gente, digamos, poco cultivada y salgo más escaldado que Viridiana. 
Qué cruel es la existencia social. Tal como si fueran Stella Dallas, ¿hay que apartar a los brutos de nuestros sueños?


Quizá el problema no esté en los modales. 
Puede usted ser mi amigo si no sabe agarrar la cuchara, si se chupa los dedos o si dice "pograma". Y puede usted ser mi enemigo si es primo de Emma Thompson, está leído y entendido en cinco idiomas, doscientos másters y trescientas cucharadas de caviar y es el hijo de puta más grande que ha conocido televisor.
Pero la vertiente básica es la ignorancia. Los brutos no son brutos por ser brutos, sino porque son ignorantes. Y los finos pueden ser los más brutos de todos cuando no han aprendido ninguna de las lecciones de sus selectos colegios.
La ignorancia no pasa por los libros que se han leído ni por los estudios que se han podido superar, sino en el provecho mental que se saca de las experiencias. La ignorancia se cura con el aprendizaje de los errores. Con un "menos es más" interior. Léase un libro de estilo, pero que sea bueno.
Es la ignorancia lo que destruye las cosas particularmente hermosas de la vida: lo que es fino de verdad y lo que es bruto de manera enternecedora. 
Tengamos clase y seamos horteras hoy, my friend. Seamos como nuestras madres o todo lo contrario.
Seamos lo que seamos, déjeme ahora que me tire un pedo, por favor, y enseguida hablamos de amor. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Aquellas Mujeres, Estos Hombres


Me pregunto si existe un archivo mayor de películas en el mundo que el albergado por Emule, de manera tan accesible e inmediata. Lo dudo. Ripear un DVD es cosa de un programita y veinte minutos. Y está todo ahí. Alguna copia habrá de la película que no has visto o de la película que quieres volver a ver.
Hoy hablo de las que he vuelto a ver y un capítulo muy especial lo componen esos festivales de féminas que solía incluir antaño en mi listas de películas favoritas. 
Alguno de esos carnavales de damas todavía se cuela en dicha lista - renovable y cambiante, como debe ser - y muchos de vosotros todavía podéis repasarla y decir: "uh, mucha mujer". 


¿Por qué? Ay, qué pregunta. Cierto gurú-profesor me contó en una ocasión que siempre tenía un alumno, preferiblemente homosexual, que demuestra su pasión desenfrenada por clásicos con hembras como protagonistas, desde "Eva Al Desnudo" hasta "Que el Cielo la Juzgue".
Como el profesor en cuestión era adorador de lo freudiano, me conminó a que escribiese un texto introspectivo sobre la razón de la pasión, ahí es nada.
¿Por qué nos gustan tanto las películas con mujeres? ¿Por qué nos gustan tanto las películas con esas mujeres?
La dificultad de responder está en su propia facilidad. Los homosexuales solemos estar más en contacto con el lado femenino, tanto a niveles emocionales como conductuales.
La razón no la tengo muy clara, porque no he llegado a una idea de porqué lo afeminado se relaciona necesariamente con la inclinación por el mismo sexo. 
¿Somos afeminados porque somos homosexuales o somos homosexuales porque somos afeminados?
¿Buscamos en otros hombres la machunez que no tenemos o desear a otros hombres implica que nos comportemos como divas/perras, más que nunca en sociedad?
Seguro que hay una imperfecta respuesta científica, esa que he sido muy vago en averiguar.
No todos los homosexuales que conozco son afeminados, aunque, si te digo la verdad, siento que unos sobreactúan y otros se reprimen.
Quizá es una cosa afecta a todos los hombres. El deber de ponerse serio y las ganas de volverse loca.


Pero existe algo bien arraigado en ese frenesí por la celebración escénica de lo femenino, porque muchas de esas películas me gustaron mucho antes de enterarme que solían encantarle a todos los maricones del mundo entero.
Valga el caso de "Mujeres", "Tía y Mamá" o "El Valle de las Muñecas", que me fascinaron profundamente y, por entonces, ignoraba que eran legendario objeto de adoración gay.


Incluso después de enterarme que eran clásicos mariquitas, seguía sin apreciar lo súper mariquitas que son esas películas.
Por entonces, no sólo me emocionaban profundamente, sino contenían la más básica expresividad que debía demandarle a una película. Mujeres, vestidos, joyas, melodrama, mucho sufrimiento, el paso del tiempo. Y mujeres, mujeres, mujeres. Gritando, llorando, portándose como cabronas, redimiéndose, desorbitando los ojos.


Muchos cronistas aluden a esas películas como una mirada superficial a lo femenino y, en ciertos aspectos, tienen razón.
Ya lo dije a próposito de "Mujeres", una película donde no aparece ni un solo hombre y se centra en los escenarios preferidos por las damas: el salón de belleza, la perfumería, la tienda de ropa y, por supuesto, el cuarto de baño, que, de hecho, es donde se desarrolla el clímax.
La película es una obra maestra y se acabó la discusión, pero más que mujeres, son unas hembras de armas tomar que gravitan en torno a las garras que les colocan sus manicuras para luchar felinamente por sus hombres de aprecio. Son tan hembras que, sí, ya lo habrás averiguado: parecen maricones disfrazados.


Hablemos de otra película con Rosalind Russell, que era una actriz bastante ambigua. No era nada sexy, más bien hombruna, pero siempre estaba sobrevestida y sobrecargada de atributos. 
En su vehículo de desesperación por ganar el Oscar, "Tía y Mamá", interpretaba a una hedonista de los años veinte que enseñaba a su amado sobrino que "la vida es un banquete y hay muchos tontos muertos de hambre".



La primera vez que vi "Tía y Mamá" no podía parar de llorar. Me resultó tan conmovedora la historia de una mujer intentando acercarse a un niño y enseñarle los disfrutes de la vida por encima de los deberes de la estricta sociedad... Para mí, era liberador. 
¿Por qué los gays aman "Tía y Mamá"?, preguntan en el foro de Imdb. Algunos dicen: "porque querríamos haber tenido una tía como ella".
Y muchos, la mayoría, y también los críticos y opinadores, aseguran que Mame es la definitiva drag queen. No es sólo que nos identifiquemos con el sobrino, necesitado de ese despertar, sino que queremos ser ella, al representar esa libertad alegre, consentida y desprejuiciada, la misma que se cambia de vestido, peluca y decorado en función de la fiesta.


Titulos como este y otros encuentran en su exceso sin medida una involuntaria comunicación con ese público que debe callar sus sentimientos, reprimir sus maneras y esperar pacientemente el día en que lo femenino triunfe y lo machista se doblegue.
Decía yo que por entonces no sabía con exactitud la causa de la pegada especial que tenían esas películas en mí. Ahora, con el paso del tiempo, mayor y con ojos más tranquilos, las cosas han cambiado. Y vuelvo a ver esas películas y me importan mucho menos. Son bonitas y emotivas, sí, pero me las creo poco. Antes me identificaba emocionalmente con todo lo que sucedía, ahora admiro los estilos, desde fuera, a veces con una sonrisa. "Tía y Mamá" me parece ahora el mejor drag show de la Historia antes que aquel relato encantador de hedonismo. ¿La vi demasiado, no era tan buena o las cosas cambian?
Lo que sí ha cambiado es que la atracción ha dado un timonazo.
Había visto toda la vida a tipos como Gary Cooper o Errol Flynn y me he enterado anteayer de lo maravillosos que son. Ahora los miro más a ellos. Me fascinan muchísimo más que ellas en estos últimos tiempos.
Me atraen no sólo sus físicos, sino sus modos de comportamiento y su descomunal, aunque elegante virilidad. 


Por ejemplo, una película como "La Huida" me tenía más pendiente de la actriz - Ali MacGraw - en otros tiempos. Cómo se comportaba, cómo se vestía, cómo amaba. Ahora mi atención está en el actor - Steve McQueen - y exactamente en lo mismo: cómo se comporta, cómo se viste, cómo ama.


¿Por qué? ¿Por qué?, preguntarán los freudianos y no freudianos de la sala. ¿Qué te está pasando, Josito? ¿Acaso disfrutas más con el western que con el melodrama? ¿Ahora no eres un gay de San Francisco sino un recio sodomita del ejército espartano? ¿Se te ha quitado lo mariconsón o vas de guay?


Maticemos, señores. 
Si me gustan los hombres, es lógico que me sienta atraído por lo masculino. Cómo son, por dónde se mueven, qué hacen, cómo se les marca el culo con los vaqueros. Y hasta en qué piensan. 
Por lo tanto, más que una negación, lo veo como un avance. 
He salido de las faldas protectoras de esas mayúsculas mujeres del cine  - que no son más que nuestras madres y hermanas mayores en glamourosa representación  - y, sin miedo, me he acercado a los hombres. 
De paso, me he acercado a mí, que me consta que también lo soy.


Suele suceder con muchos homosexuales, normalmente temerosos en edades juveniles de acercarse a otros chicos, y así preferimos vivir rodeados de niñas y mujeres; históricamente, han sido más comprensivas. 
Las mujeres también han tenido parecidos problemas a los nuestros y, por eso, los gays adoramos tradicionalmente las women's pictures del Hollywood clásico: esa relación entre dolor, represión y manifestación emotiva de lo que permanece oculto. Son películas de la vindicación de un sentimiento, algo que no nos suele ser ajeno.
Y entonces, ¿qué? ¿Ya lo he superado y ahora sólo me das machos con los que hablar? 
En términos generales, diríase que no necesito tanto la compañía femenina como en los ayeres y, cinematográficamente, se traduce en que no me embriaguen tanto las películas que las honran.
Los miro más a ellos, sí. Pero mentiría si dijera que las he olvidado, que ya no me emocionan, que no me identifico con ellas.


No he abandonado a las mujeres, ni a las de Cukor ni a las de verdad, sólo vivo un proceso de reconciliación. 
Una reconciliación íntima que debería vivir todas las personas, sean homosexuales, heterosexuales o devotos de las cacatúas. La reconciliación entre lo femenino y lo masculino. Sí, lo femenino y lo masculino que tenemos aquí dentro y lo poco de ello que expresamos ahí fuera. 


Ahora quiero vestirme como Rosalind Russell con la misma pasión que adoraría montar a caballo como Gary Cooper. Quiero amar con ojos titilantes tanto como rescatar a los que sufren. 
Quiero ser la mejor y quiero ser el héroe. Quiero ser la más paria y el más sufriente. Equivocarme y demostrarlo o quizá callarlo. Quiero ser un hombre y quiero ser una mujer, esta noche y para siempre. 


Quiero ser yo mismo y todo lo contrario. Ya me enseñaron las películas: soy un ser humano y ya me vale actuar como tal.

miércoles, 11 de junio de 2014

Emociones del Melodrama


Para sus defensores, el melodrama es el género de las emociones. Para sus detractores, es el subgénero de ciertas emociones. 
¿Quién teme al melodrama?, diría la Historia del Cine, que lo conoce muy bien y, aunque lo haya evitado en muchas ocasiones, se deja seducir una y otra vez por sus resortes, por sus historias, por sus crescendos.
El melodrama no murió ayer ni nació en el siglo pasado. No es de la época de tu abuela, ni es coto del cine. No es sólo el florido dramón de tarde de domingo que hace llorar a tu madre - y a ti mismo si te descuidas -, y su misión no se limita a arrancar las lágrimas.


Si algo lo define, es la exageración, para propiciar emoción directa y natural en el público. 
Nació en el siglo XVIII en la escena teatral, y sus condimentos artificiales para levantar a la audiencia de sus asientos y poner la boca en O iban acompañados de una orquesta. De ahí lo de melodrama: drama con música.
Ese escenario de trampas, giros, ocurrencias y precipicios argumentales ha sido tomado con escasa seriedad desde el primer día y decir "melodrama" o "melodramático" se usa por muchos como un término peyorativo, aludiendo a la escasa sutileza del conjunto, a sus personajes estereotipados y a su sensacionalismo.
Aún así, el melodrama se las ha arreglado, no sólo para confirmarse como un género popular, mutable e imperecedero, sino también para colarse en la tinta de los grandes genios.

"Europa '51"

Muchos prohombres han escrito y dirigidos melodramas de gran calado, que hablan de la expresividad universal de los temas que suele versar y de cómo los aborda,
Parafraseando a Sidney Lumet, el drama a secas es la historia que emerge de sus personajes, mientras en el melodrama son los personajes quienes emergen de la historia.

"Antes De Que El Diablo Sepa Que Has Muerto"

Si nos ponemos generosos, podríamos decir que el melodrama está en gran número de pantallas. El cine norteamericano es melodramático de base, pero también buena parte del hispanoamericano, del italiano, del japonés y hasta del alemán gustan de las atmósferas hipercargadas, de las tragedias domésticas enfrentadas a sociedades opresivas y de las cuitas derivadas de la condición femenina.

"Que El Cielo La Juzgue"

El melodrama aparece sin anunciar. 
Si es cierto que hay algunos perfectamente identificables, muchos melodramas o películas melodramáticas se han colado en la retina del público, que no sabía que pagaba por ver un melodrama o que ignoraba que la película no le gustaba por ser precisamente melodramática. 
He ahí "Lo Que El Viento Se Llevó" o "Titanic", vendidas como "historias de amor y catástrofe" cuando su potencia está construida en función de esa acumulación de emociones propia del género.
Por tanto, la primera pregunta de hoy sería: ¿Qué es un melodrama y qué no lo es? 
Pongamos un ejemplo recurrente, aludiendo a dos películas estrenadas en el mismo año, que versan sobre un argumento similar, aunque no podrían ser radicalmente más diferentes: "Imitación A La Vida", de Douglas Sirk, y "Sombras", de John Cassavetes.
En ambas, hay una secuencia donde un chico se entera de que su novia es mulata. Se sienten engañados y ambos reaccionan violentamente.

"Shadows", el antimelodrama

En "Sombras", el tratamiento rehuye por completo el melodrama. Es una película realizada con pocos medios en Nueva York, por el actor John Cassavetes que se estrenaba en la dirección y abría el cine independiente norteamericano. 
La secuencia está tratada con intimismo, delicadeza y sinceridad, beneficiada de la improvisación, donde los gestos, las manos, los tiempos muertos provocan una sensación de dolorosa mediocridad. Vive a la busca de una emoción subterránea, que, para el gran público, resultará aburrida. En cualquier caso, y en 1959, era un soplo de aire fresco en un cine viciado por los estereotipos y la mecanización.
Al otro lado del Atlántico, irrumpía la misma secuencia en Hollywood, y de la mano del maestro del melodrama, Douglas Sirk. 
La secuencia en que Troy Donahue se entera de que Susan Kohner tiene una madre negra no puede ser más tremenda.
Empieza lenta, sibilina, donde él va suministrando la información poco a poco, canallamente, mientras el gesto de ella pasa de la sonrisa a la mueca, mientras la música - jazzística, alocada - empieza a subir poco a poco. La complicada escenografía sirkiana, el apabullante color amarillo del vestido, comienzan los gritos, los golpes, la sangre. La deja tirada en el fango, llorando y llena de mierda. 
Se insinúa que también la viola, pero es ahí donde Hollywood pone el freno bruscamente tras meter la directa.

Susan Kohner y Troy Donahue en "Imitación A La Vida"

Es la escenificación del dolor de una mujer presa de un sistema de valores, conseguido con la levadura de los aditivos cinematográficos, sublimada por un director profesionalísimo. 
"Imitación A La Vida" es de todo menos aburrida y fue un éxito comercial, pese a tratar con elementos dramáticos pasados de moda - era un remake de una película de los años treinta - y resultar altamente artificial.
En el momento en que los melodramas de Douglas Sirk eran vistos como el acabóse por gran parte de la crítica, habría que señalar que era un género dado de vuelta, pese a su paradójica vigencia y renovable atracción taquillera. 
Pero, ¿cuándo empezó el melodrama en el cine? ¿Cuándo terminó?


Si nos remontamos ahora al cine mudo, gran parte de las obras de ese período usan el melodrama como manera de atrapar. El género de la expresividad mayúscula era necesario en películas sin más sonido que la música que las acompañaba en los cines.
Es un placer encontrarse melodramas totales, previos a la censura. 
Ahí está Frank Borzage, que, desde "El Río" hasta "El Séptimo Cielo", relata cómo el amor es una conjunción innegable entre el cuerpo y el espíritu. 
Sus personajes se desean con mutua carnalidad y, al separarse, viven en el recuerdo del otro, unidos por la inquebrantable fe que otorgan los sentimientos.

Janet Gaynor y Charles Farrell en "El Séptimo Cielo"

"El Séptimo Cielo" es un melodrama ejemplar, que no sólo juega a las emociones, sino que transmite la sinceridad que hay detrás del director que las maneja. Tiene de todo: pobreza, amor, Dios, separación y guerra.
La guerra es importante en el melodrama, porque consigue un efecto propio del género: que sus protagonistas se separen, que el tiempo pase, que la vida cambie por completo y para siempre.

"El Séptimo Cielo"

Con la llegada del Código de Censura y la victoria del sexismo en el cine norteamericano, la cosa melodramática quedó derivada a las women's pictures, donde el género se reservó a las hembras y sus dolores, aunque no dentro de un tratamiento precisamente feminista. 
Las divas del cine encontraron sus mejores oportunidades de lucimiento interpretando a madres dolorosas, alcohólicas en redención o pecadoras arrepentidas, que iluminaron plateas y hacían llorar al más pintado.

Irene Dunne y Charles Boyer en "When Tomorrow Comes"

Por aquello de la escasa sutileza del melodrama, éste ha sido guante para actrices con un registro, digamos, limitado, que requieren de muecas, miradas tensas y ceños fruncidos, ante escandalosas revelaciones melodramáticas, desde que tu madre necesita un sanatorio mental hasta que tu hija está liada con tu flamante marido.
Hoy vemos esas películas desde una irresistible óptica kitsch, pero hay que entender que estaban hechas con serias intenciones y conmovían profundamente a las mujeres a las que estaban dedicadas, que se veían identificadas, que no liberadas, en esos retratos.

Joan Crawford y Ann Blyth en "Mildred Pierce"

El melodrama siguió adelante, contra viento y marea, y de algún modo, se convirtió en la manera de abordar muchos materiales. 
Es algo que Hollywood aún hace: el tratamiento melodramático de cualquier cosa. 
Por ejemplo, en los años cincuenta, se publicó una novela que destripaba los secretos de una localidad de Nueva Inglaterra, podrida por la envidia y la represión. Su título era "Peyton Place". 
¿Qué hizo el cine cuando quiso adaptar el bombón? Aligerar y melodramón de Lana Turner al canto.

Lana Turner y Lee Phillips en "Peyton Place"

Fue por entonces cuando el sexo volvía al melodrama y, pronto, se hizo el recurso primario con el que jugar. El morbo y las atmósferas morbosas han sido pradera natural del género, más aún desde aquellos años cincuenta. 
Habría que nombrar a Delmer Daves que, curtido en excelentes westerns, transitaba al melodrama tras su precisamente melodramático western "El Árbol del Ahorcado".

Connie Stevens y Troy Donahue en "Parrish"

Los melodramas de Daves palidecen en comparación con los de Douglas Sirk, pero son muy interesantes, más eróticos y algunos tan escandalosamente menospreciados como "Youngblood Hawke".

Suzanne Pleshette y James Franciscus en "Youngblood Hawke"

El taquillazo de "Peyton Place" pudo ser suficiente para el relanzamiento del melodrama, pero fueron las obras de Douglas Sirk al servicio de Ross Hunter las que hablaron de un giro manierista, que pasó desapercibido entonces.
"Obsesión", "Sólo el Cielo lo Sabe" o "Imitación a La Vida" resumen las hipercargadas licencias que se tomaría el melodrama, remozando viejas y muy moralistas historias, con nuevo frenesí neurótico-sexual. 
El tiempo las revisaría y se encontraría con un remarcable estilista detrás de la cámara, cuya compleja puesta en escena parecía insinuar y contar mucho más que el ultraemocionado, casi onírico relato de la superficie.

"Sólo El Cielo Lo Sabe"

Sirk abandonó Hollywood en 1959, aunque Ross Hunter seguiría produciendo obras similares durante los siguientes años, si bien en manos de directores menos distinguidos. 
Hacia 1966, su revisitación de "Madame X", o la historia de la homicida que se entera de que el abogado que la defiende es el hijo que abandonó tiempo atrás, fue última parada y evidencia de la inadecuación dentro de la inadecuación. 
¿Moría el melodrama?

Susan Hayward y John Gavin en "La Calle de Atrás"

La televisión sería el refugio y también el campo a sus anchas. 
El primero fue "Peyton Place", continuación de la película y el origen mitocondrial del serial de lujo de la televisión. 
Como venía interrumpida por publicidad de jabón para la lavadora, los críticos comenzaron a llamar a estas historias "soap operas" o "sudsers". Óperas del jabón o jabonosas, que aludían al público femenino-hogareño al que iban dirigidas y también a las ilusiones que propiciaban, digna de burbujas.

Ryan O'Neal y Barbara Parkins en "Peyton Place"

Soap operas, culebrones, telenovelas, más lujosas o más cochambrosas, han sido todas repudiadas por el ojo analítico, entendidas como la explotación de los sentimientos humanos, desde sus tristezas por sus amores imposibles hasta sus ganas de hacerse rico. 
Las victorias de estos dramas catódicos nacieron de sus astucias, y muchos de ellos han superado el snobismo de los otros y han hecho su trabajo: parar naciones enteras con la promesa de un siguiente capítulo, aún más emocionante.


Si corrieron nuevos vientos en Hollywood y las escenografías del melodrama clásico nunca han vuelto al cine comercial, el melodrama se desliza hábilmente en los grandes éxitos, incluso el día después de que pasara de moda. 
Cuatro años después de "Madame X", la película más taquillera era "Love Story", que, de nuevo, vendía el melodrama más cursi bajo la faz de una honesta historia de amor.
El posmodernismo adora el melodrama y muchos directores lo entienden como la manera más pura de entender el cine, ya hablemos de Pedro Almodóvar o de Todd Haynes, que se permitía un casi clínico homenaje a Douglas Sirk con "Lejos del Cielo".
Pero la obra que yo citaría de Haynes es su subterráneo cortometraje de debut: "Superstar: The Karen Carpenter Story". 
Una joya que se atreve a contar la historia de la cantante de los setenta con Barbies en lugar de actores.
"Superstar" habla de una trágica vida sucumbida a la anorexia, en función de los muñecos más falsos que existen y bajo las canciones imposiblemente idílicas de los Carpenters. 
Es un corto que expresa cómo entendemos la vida de los famosos: como un tristísimo, artificialísimo melodrama.

"Superstar: The Karen Carpenter Story"

Es curioso que cuanto más pesados sean los cortinajes que se imprima el cine sobre sí mismo, más se conmueve el personal. 
El melodrama es, por tanto, un género de las masas, cuyos seres se sienten más individualizados al ver y sentirlo. Al fin y al cabo, su argumento básico es el drama de un individuo oprimido y/o enfrentado al lugar donde vive.
Si entendemos la vida de los célebres de manera melodramática y nos emocionan las películas melodramáticas, ¿somos nosotros también melodramáticos? ¿Es contarnos a golpe de melodrama la manera de dar un sentido larger than life a nuestras existencias?

Juanita Moore y Susan Kohner en "Imitación A La Vida"

Y la última pregunta, ¿hicimos nosotros que el cine fuera melodramático? ¿O fue el cine quien nos hizo melodramáticos?
Hay que tensar mucho el labio, abrir bien los ojos y agarrarse el collar de perlas para contestar estas cuestiones.