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miércoles, 9 de julio de 2014

Rebeldes Con Cine


Reniegue de la excesiva tranquilidad, desconfíe de las promesas de paz. El cine contó la guerra, el tumulto, la crisis y la decadencia, pero llegó el día en que se firmaron los armisticios, volvieron los días felices - happy days are here again - y la sociedad capitalista se enmarcó en postales de estabilidad.
En épocas de pax romana, el cine fue instrumento del establishment y vendía sonrisas dentífricas, universos de maravilla electrodoméstica y ventajas del amor conyugal. Sólo los francotiradores del cinematográfo supieron intuir las fisuras, las mentiras y las contradicciones de esos sistemas de posguerra y conservaduría.
Entre conformistas e inconformistas, se cuenta la Historia, en tiempos de paz y de guerra, que se solapan, que son causantes el uno del otro.
Las etapas de gran esplendor económico que conociera el cine - los años cincuenta norteamericanos, los sesenta europeos, los excesivos ochenta, la globalización del fin de siglo - son también las épocas donde ciertos individuos se desvelaban en inesperado descontento, en rebelión interna, esa que se sentía desde sus náuseas hasta sus sienes. Nacieron los existencialistas, los rebeldes sin causa, los transgresores, los punkies, los nihilistas.
Esos que deseaban pintar un hermoso pene sobre las más delicadas postales de Navidad.

"La Tercera Generación"

Muchos dirían: ¿de qué se quejan? Todo sistema en paz demanda un papel de cada uno de sus peones para mantener esa ficción del esplendor. Quien no consiga insertarse - o no lo desee -, desarrollará una considerable condición de paria. 
El que se encontró fuera, desde James Dean a Carrie, pidió celuloide y, oh, cómo lo obtuvo.

Ewan McGregor en "Trainspotting"

Las respuestas al conformismo en el cine norteamericano han sido tímidas, dado el caso que lo son también en la misma sociedad que lo consume. Es un cine de victorias y alegrías de entrada y lo más arriesgado que se atrevieron a decir es que el amor es más importante que el dinero.
La neurosis, la desazón y la contracultura se encuentran en sus películas más interesantes, que son menos de las que creemos.
En la literatura, es otro cantar y ahí está el ortodoxo héroe de "El Filo de la Navaja", reacio a insertarse en el papel de empresario productivo y cabeza de familia que la sociedad le tiene reservado tras la I Guerra Mundial. Es la aparición de la duda ante lo conocido, eso que molesta soberanamente a sociedades cuadriculadas.
Una película de los años treinta que desafía el confort de una manera bastante pionera y original en las imágenes del cine de Hollywood es "Dodsworth", que ilustra la segunda parte de la vida de muchos hombres que, teniendo todo lo poseíble - carrera espectacular, mujer tutelante, hijos de provecho -, afrontan la desazón de no haber hecho algo fuera del plan establecido para ellos.

"Dodsworth"

Esa aparición del descontento íntimo de la burguesía acomodada reaparecería en el tiempo de paz más divulgado: los años cincuenta estadounidenses.
Tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, el poder económico de los Estados Unidos creció hasta confirmarlos como el imperio mundial que continúan siendo. Su brazo armado fue el cine, que divulgó su estilo de vida, y su arma secreta sería la televisión, que haría a la sociedad aún más sedentaria y domesticada. Fue el inicio del consumismo, los buenos coches, los barrios residenciales y los inalcanzables símbolos sexuales.
También es una época francamente neurótica, entre el temor al comunismo, la guerra atómica y una terrible represión sexual y conductual, refrendada desde las políticas del republicano Eisenhower.
El cine mostró ese lado amable de lo mejor de América, pero también su frenesí, su histeria y su miedo al cambio, más que nunca en colores y Cinemascope.

James Dean en "Rebelde Sin Causa"

Aunque no fue la primera, "Rebelde Sin Causa" fue la más impactante ilustración de la primera contradicción de un sistema a prueba de balas: los jóvenes no estaban contentos. Eran infelices, necesitaban psiquiatras, lloraban por las esquinas, se emborrachaban y, en ocasiones, se entregaban a la delincuencia.
La delictiva juvenil se hizo fetiche romántico del cine, pero "Rebelde Sin Causa", más que aprovechar el filón, le dio el estatus sociológico que ya necesitaba, ilustrando una sociedad agobiante, aterrorizada ante cualquier tambaleo, negada a aceptar sus errores.
La estabilidad provocaba que los jóvenes permanecieran más tiempo como niños. De hecho, fue cuando nació la adolescencia, fenómeno sólo posible en sociedades consumidoras, pasivas, donde el acceso al trabajo - y a la independencia - se retrasa indefinidamente.
"Rebelde Sin Causa" contó la tristeza de esos pajaritos encerrados en la habitación de arriba, ni demasiado mayores ni ya tan niños.

Sal Mineo, James Dean y Natalie Wood en "Rebelde Sin Causa"

La nieve caía sobre las localidades nuevoinglesas del Noroeste, non plus ultra de la opresión provinciana a través de las maneras, la etiqueta y la educación. Otro símbolo de éxito del blanco protestante que empezó a mostrar su envés, con reveladoras novelas como "Peyton Place".
Douglas Sirk, confeso asqueado por la sociedad norteamericana de posguerra, vendida a la apariencia y la hipocresía, introducía sutiles comentarios en las producciones establishment de Ross Hunter. Parecían rendir reverencia a la época, pero, oh, Sirk se encargaba de deslizar el veneno.

Jane Wyman en "Sólo el Cielo lo Sabe"

El ejemplo perfecto es "Sólo el Cielo lo Sabe", emblema del cine de la pax romana y, a la vez, su mejor ventilador. El lujoso mundo de los cincuenta, sus automóviles, sus grandes casas, sus sociedades blancas, sus Navidades, y la viuda triste en la ventana, aplastada por la sociedad, cuando comete la transgresión de enamorarse de su jardinero.
Sus hijos, buenos aprendices del conformismo y el materialismo, le regalarán el definitivo instrumento de alienación: el televisor, donde ella se contempla, sola y sentada. Lo tiene todo, le recuerdan. ¿De qué se queja?

"Sólo el Cielo lo Sabe"

Los números también volvieron a ser verdes y benéficos en Europa que, más tardíamente, construyó su propio cine del descontento burgués. 
En Italia, "La Dolce Vita" reflejaba la decadencia de la Roma de la jet-set, en función de orgías, fiestas de desvelo y angustia existencialista. Mucho dinero, mucho despilfarro, mucho vacío, enseñó una de las películas más influyentes de la Historia.

"La Dolce Vita"

Igual de influyente fue "La Aventura", pero confiada al silencio y la incomunicación de sus personajes, miembros de la sociedad milanesa, de imparable desarrollo económico y muerta de aburrimiento en una isla donde una mujer sencillamente desaparece.
El individuo no sólo aparece alienado por la sociedad, sino por él mismo y la atmósfera siniestra que lo rodea.

Monica Vitti en "La Aventura"

Más cine que refutó la paz y el bienpensar de la burguesía se encuentra en Inglaterra, con el soberbio ejemplo de "La Soledad del Corredor de Fondo", o la mirada a esa opinión bienpensante que pretende asimilar a sus delincuentes a través de la reinserción social, consistente en ponerlos a competir.

Tom Courtenay en "La Soledad del Corredor de Fondo"

Los desheredados chicos de la "Banda Aparte" del francés Jean-Luc Godard se entregaban al baile porque sí, desafiando roles, desafinando antes de las balas, disparando las expectativas del espectador.
Queremos revolución, decían los jóvenes de los sesenta.

"Banda Aparte"

Y en México, para "El Ángel Exterminador", Luis Buñuel encerraba a sus víctimas favoritas - los complacientes burgueses - en una habitación de la que no podían salir.
Su degradación, su salvajismo, su incapacidad de hacer nada por resolver el enigma; todo refrendaba la evidencia de que la más falsa apariencia se desbarata en cuestión de segundos.

"El Ángel Exterminador"

El inconformismo se adueñó del cine norteamericano a finales de los años sesenta, en manos de los jóvenes actores, los rebeldes sin causa, ahora hippies protestones contra la patria imperialista. 
La reivindicación del espíritu libre, transgresor, felizmente autodestructivo irrumpió más que nunca en la motera "Easy Rider", o la necesidad de la contracultura.

Peter Fonda, Jack Nicholson y Dennis Hopper en "Easy Rider"

Desde entonces, la contracultura, el culto irónico y la alternativa han sido el instrumento de los jóvenes de sociedades acomodadas para diferenciarse de normas establecidas, desde el tipo de música escuchada hasta la manera de vestir y andar. El nihilismo se dijo punk.
Bullían las sociedades de "picket fences" en los setenta, con sus ordenados jardines y competitivos institutos, donde la adolescencia seguía siendo una historia inacabable. 
Ahí nació la más bella de las alienadas: "Carrie", quien alumbrara el debut literario de Stephen King y el primer hit cinematográfico de Brian de Palma.
¿Noche de paz? ¡Furia del Infierno!

Sissy Spacek en "Carrie"

El mundo repugnante que se oculta tras las limpias fachadas es hoy un clásico del cine y la televisión, pero David Lynch le hizo una puesta de lujo de lo más virulenta con su enferma y enfermiza obra maestra, "Terciopelo Azul", donde un chico bien descubre una jungla de lo más mal. 
De nuevo, la duda sembrada, el universo tambaleado, la paz evidenciada.

Laura Dern, Isabella Rossellini y Kyle MacLachlan en "Terciopelo Azul"

Destapar qué se oculta tras la cortina que imprimen los medios de comunicación ha sido obsesión del cine posmoderno.
Ahí está la futurista "Brazil", que nos recordaba los efectos narcóticos y distrayentes de las pantallas, mientras cunden los procesos burocráticos y la tecnologización de la existencia.

"Brazil"

Llegamos a los rebeldes sin causa de los noventa: los chicos de "Trainspotting", herederos de fallos sistémicos, víctimas de dos curiosidades de la civilización de la estabilidad: el paro juvenil y la heroína.
¿De qué se quejan? ¡De todo!

"Trainspotting"

"El Club de la Lucha" provocaba desde su nihilismo bien aprendido y llamaba al nene cazador y testosterónico, ese que permanece encerrado entre las cuatro paredes de las oficinas de las grandes corporaciones.
El discurso era un tanto juvenil, pero el desvelo de otra alienación fin de siglo fue tan directo y efectivo, que novela y película conectarían inmediatamente con toda una generación.

Edward Norton en "El Club de la Lucha"

Antes de la llegada de la crisis y la decisiva puesta en evidencia del modelo de vida derrochador, alienante y aglutinador, la propia crítica del sistema ya se había tornado en gótico entretenimiento.
Cual heredera de "Peyton Place", "American Beauty" nos trasladaba al dorado suburb de fin de milenio y descubría infelicidad a raudales, con patológico miedo a los vecinos, obsesiones sexuales y pecados ocultados tras las ventanas.
Resortes de grandguignol bien aprovechados en títulos como "Little Children" o series como "Mujeres Desesperadas", que concluían la tesis de que los ricos también lloran y la paz no existe.

Kevin Spacey y Annette Bening en "American Beauty"

Quizá sí existiera esa paz, pero, en sí misma, contuviera la predicción del caos, intuido a través de sus fisuras, esas que ahora podemos entender en retrospectiva. 
Si nos ponemos pesimistas y clarividentes, diremos que la paz no fue más que una posguerra, que el progreso no significó más que un espejo ilusorio, conseguido en función de desigualdades y explotaciones, al borde de un ridículo equilibrio que no ha tardado en romperse.
¿Qué hacer? Podemos unirnos al club de la lucha, quemar el instituto a fuerza de miradas o huir con Natalie Wood y Sal Mineo. O bien, demostrar que somos buenecitos seres de nuestro sistema, sujetar bien el mando del televisor y confiar en que los happy days volverán otra vez.

martes, 28 de enero de 2014

El Esplendor En Natalie Wood


Fue aquella niña de ojos grandes transformada en la joven que se embebía de neurosis y fragilidad.
Siempre la misma Natalie Wood, la pequeña Natalie, la inteligente Natalie, la flor de Hollywood quien muriera como viviera: entre la luz y la sombra.


Producto del cine en tiempos de cambio, Natalie Wood representó un tipo de mujercita que crecía rebelde sin causa y encontraba la pasión como quien la descubriera por primera vez. 
Tan efectiva fue la correspondencia entre lo que se vivía en la psique de las espectadoras y lo que protagonizaba Natalie en pantalla, que la actriz quedaría en la memoria como uno de los más altos iconos de los años sesenta.
Linda y bien peinada, su momento dramático consistía en romper esa idílica imagen de nena cincuentesca y demostrar infelicidad en función de histeria. Sus heroínas chillaban por amor, porque no podían pedir sexo.
Más encantadora que dúctil, Natalie Wood fue una actriz autodidacta, labrada en la profesionalidad desde su infancia, fascinada por intérpretes mucho mejores que ella. 
Cuando fue la adecuada para el papel y el director encontraba la manera de aflorar esa indiscutible sensibilidad, Natalie se las decía maravillosa. 


El público y los amantes del cine decidieron adorarla. El secreto vivió entre ese par de ojazos que miraban tristes y cómplices y la fortuna de participar en algunas de las películas más memorables de la Historia.
De secretos vivió también la privada Natalie Wood, depositados en los divanes que recogían sus angustias, en las retiradas profesionales y en los amores agridulces.
Su muerte sería la incógnita final de una mujer de incógnitas.


Hollywood era ese sueño que cumplir para la madre de Natalia Nikolaevna Zakharenko. 
Familia de inmigrantes rusos y ucranianos, perdidos entre la geografía norteamericana, todo cambió cuando la pequeña Natalia consiguió un pequeño papel en una película. 
La madre, sin medir previsiones, mudó a toda la parentela a California, pero las promesas se aplazaron y el teléfono nunca sonó.
La niña Natalia creía ciegamente en todas las bondades que ofrecía el cine, bajo aquellas mentiras que le había inculcado su stage mother. Desde que tuvo noción de sí misma, el esfuerzo de la nena vivíó en ensayar la cara precisa para posar delante de las cámaras. 
Años después, una prueba victoriosa colocó a Natalie Wood en "Tomorrow Is Forever", junto a Claudette Colbert y Orson Welles. El gran Orson llenaría de elogios a la pequeña, cuyo nombre sería indispensable a partir de entonces.
Como actriz infantil, Natalie Wood se consagraría como fascinadora de la audiencia en "Milagro en la Calle 34", donde interpretaba a la niña que no creía en Santa Claus hasta que se le aparece en Macy's y le quita el precoz escepticismo.

"Milagro en la Calle 34"

Este clásico navideño hizo que la monada Wood fuera demandada durante los años cuarenta en una sucesión de películas, a cuyos rodajes dedicaría su infancia. El trabajo era interrumpido sólo para que Natalie recibiera un mínimo de tres horas diarias de escolarización.
Natalie Wood recordaría esa época como una infancia rodeada de adultos, entre la timidez y la urgencia por hacerlo bien y deprisa. 
Pudo sucumbir a los dictados de la industria aunque, como pocas, nadó con gracia y tuvo mucha suerte.
Sus nuevas heroínas hacían mayor a Natalie Wood tanto para el público como para ella misma. Ninguna fue tan decisiva para esa llegada a la edad adulta como la Judy de "Rebelde Sin Causa".

Con James Dean en "Rebelde Sin Causa"

En la oda a la incomodidad juvenil de Nicholas Ray, Natalie ofreció su primera señorita de los nervios, desde que entiende que su padre ya no le va a dar un beso. Encontrarse con James Dean fue la mejor de las contrapartidas.
"Rebelde Sin Causa" inauguró el estilo favorito de personajes en los que Natalie Wood se sumergiría a partir de entonces, mientras la fijaba como actriz de primera línea.
Al año siguiente, irrumpía como Debbie en "Centauros del Desierto" (The Searchers). Aunque fuera un personaje breve, los que han visto la película saben que forma parte de una de las secuencias más emocionantes del séptimo arte.

Con John Wayne en "Centauros del Desierto" (The Searchers)

Lejos de las cámaras, quedaban aventuras reales para la joven Natalie, que vivía enamorada de Robert Wagner - quién no - desde que lo vio en la gran pantalla. 
El estudio apañó la cita y ya estaban preparadas las notas de prensa antes de que los lindos jovenzuelos siquiera se encontrasen. El apasionado amor, quizá no tan previsto.


Así lo contó él: "Recuerdo el instante en que me enamoré de ella. Una noche, a bordo de un pequeño barco de mi propiedad, ella me miró con amor y sus ojos marrones iluminados por una linterna. Ese momento cambió mi vida".
La pareja se casaría en plena ebullición de sus carreras y para deleite de todos los fans, que se volvían locos sólo de verlos juntos. Al cabo del tiempo, la escasa suerte profesional y la borrasca estuvo servida entre ellos.
Ese primer matrimonio entre Natalie y Robert terminaba a los cinco años.


Tras el divorcio, se impuso la búsqueda de un comeback en condiciones para Natalie Wood.
Impactada por la interpretación de Vivien Leigh en "Un Tranvía Llamado Deseo", Natalie quería la oportunidad de trabajar para el director Elia Kazan y conocer los entresijos del nuevo método interpretativo lanzado por el Actors Studio.
La película se llamó "Esplendor en La Hierba". Fue, quizá, su mejor actuación. 

"Esplendor en la Hierba"

Como Wilma Dean, la chica loca de amor y reprimida de sexo por Warren Beatty, Natalie se entregó como nunca, a riesgo de perder la razón del mismo modo que su personaje.
Quien no llore con su expresión en la última secuencia, no tiene sangre en las venas.
El arduo trabajo le reportó las mejores críticas de su vida y un romance cuchicheado con Warren Beatty.

Con Warren Beatty

"Esplendor en la Hierba" dijo de Natalie Wood lo que ya se sospechaba: que era la más excitante estrella de Hollywood de entonces, cetro que compartiría con Audrey Hepburn y Elizabeth Taylor en los años posteriores.
Como ellas, Natalie era imposición y aval de taquillazo. 
Así, aunque no era ducha para el musical, la pusieron a la cabeza de "West Side Story" como la ensoñada Maria. 
Ella no quedó satisfecha con su aparición en "West Side Story", pero el público renovaba el amor por ella, una y otra vez.

Como Maria en "West Side Story"

Seguía creciendo y ahí la veíamos en el infravalorado drama "Amores Con Un Extraño", en el que se quedaba embarazada tras un quickie con Steve McQueen y se demostraba esa aleación exacta: era una actriz de icono y caché y, a la vez, ideal para protagonizar dramas de sensible dificultad.

Con Steve McQueen en "Amores Con Un Extraño"

Más díficil todavía se las decía en dramas ambiciosos, aunque poco distinguidos, como "Inside Daisy Clover" o "Propiedad Condenada". En ambos demostró muchas de sus limitaciones como intérprete y sus detractores se lanzaron a por ella.
Ya desde sus primeros años como adulta en Hollywood, Natalie se había agarrado de la psicoterapia para ahuyentar sus miedos, mientras bebía demasiado en las fiestas, se obsesionaba por Warren Beatty o descubría las ventajas de las píldoras. 
La inseguridad y las fobias plagaron muchos pasajes de su vida y sus rodajes y, en 1966, decía poner obligado parón tras la agotadora "Propiedad Condenada".
Las películas se dispersaron.
Su cómico, relajado retorno en "Bob, Carol, Ted & Alice" la ponía de nuevo en su lugar: en lo más alto de la taquilla y en el más fidedigno emblema generacional. 

Con Elliot Gould, Robert Culp y Dyan Cannon en "Bob & Carol & Ted & Alice"

Pero, cuando se casaba con el productor Richard Gregson y quedaba embarazada de su primera hija, proclamaba que prefería una vida más hogareña, pidiendo aquello que no tuvo para su propia infancia.
Su matrimonio con Gregson duró apenas cuatro años, al término de los cuales sus ojos volvían a reflejarse en la dorada linterna del barco de Robert Wagner.
En 1972, regresaba a los brazos de su primer amor y se casaba con Wagner por segunda vez.


"Eres mi marido, mi pequeño, mi fuerza, mi debilidad, mi amante, mi vida", le escribió en una carta.
Se embarazó nuevamente antes de que acabara la década y no volvería a activarse en la profesión hasta que vio a sus hijas crecidas.
La televisión recogería sus antiguas ambiciones en eróticos remozados de "La Gata sobre el Tejado de Zinc" y "De Aquí a la Eternidad", mientras las vacaciones con Robert Wagner se decían eternas y sembradas de broncas y reconciliaciones.


En el rodaje de "Brainstorm", Natalie Wood estrechó lazos de amistad con Christopher Walken quien, invitado a una noche en el Splendor, el barco del matrimonio, despertó los celos de Robert Wagner.
Entre sombras, suspicacias y testimonios cambiados a lo largo de los años, no hay nada cierto ni probado en la últimas horas de Natalie Wood. Sólo la fabulosa ironía de su muerte.
Si revisamos "Esplendor en la Hierba", hay una secuencia donde el personaje de Natalie se tira al lago con intención suicida. Según Elia Kazan, la cara de horror de la actriz era real. Natalie le tenía pánico al agua desde un episodio de su infancia en el que estuvo a punto de ahogarse.
"Siempre he estado aterrorizada de las aguas. El agua oscura, el agua del mar o del río", dijo, aunque nunca dudó en subirse a los barcos de Robert Wagner.
Aquella noche de 1981, Natalie Wood caía por la borda del Splendor y moría ahogada en las aguas de Santa Catalina. 
Tenía 43 años.


Robert Wagner lloró sobre su tumba, mientras media profesión asistía estupefacta al suceso que ocupó primeras planas de prensa. 
El forense dictaminó que Natalie había caído por accidente, tras darse un golpe, con el alcohol como factor determinante.
Décadas más tarde, el capitán del barco cambiaba su versión y señalaba a Robert Wagner como el culpable de todo lo sucedido aquella noche. Wagner contraatacaba con autobiografía, hablaba de dolor e insistía en la versión del accidente.
Hace dos años, se reabría el caso súbitamente y las nuevas pesquisas dejaban el interrogante. "Causas sin determinar", cambiaban los expertos en la versión oficial de la muerte, para delirio de los fascinados por esta historia.


La tristeza quedó, en cualquier caso, por la muerte prematura de una de las damas más especiales de Hollywood, a la que se vio crecer y sobrevivir, como ninguna otra, en tantísimas ocasiones.
A Natalie Wood se la lloró con fuerza, incluso aunque hubiese perdido su corona de estrella muchos años antes de su fallecimiento. 
Previo a su adiós de la vida, aseguraba: "¿Sabes lo que quiero en realidad? Quiero el ayer.".


Y ahí quedó el auténtico secreto de la despertada a las alegrías y decepciones del espectáculo, aquella que vivió en los focos de los fotógrafos, desde el día en el que se hizo una mujer hasta la mañana siguiente de su muerte. 
Si Natalie Wood perdió algo en ese ayer al que quería volver, al que se lo dio todo, la suerte fue nuestra, al tener el inmenso placer de mirarnos a través de su mirada.
Recuperarla en sus películas significa probar su inmortalidad.

martes, 28 de agosto de 2012

El Lugar de Sal Mineo


Sal Mineo fue invitado en dos ocasiones a "What's My Line?", programa emblemático de la televisión norteamericana. 
En su más glamourosa sección, los panelistas de "What's My Line?" se ponían un antifaz y debían averiguar la identidad de una misteriosa celebridad.
En los dos programas que participó Sal como secreto convidado, los panelistas nunca fueron capaces de acertar. ¿Es un galán? ¿Es un actor de reparto? ¿Cuál es el género cinematográfico de su especialidad? ¿Musical? ¿Drama? ¿Comedia?


Sal Mineo, como muchos actores de su generación, vistió su fama con lo inclasificable. 
Él dijo que nunca tuvo ningún plan artístico en sus primeros años de Hollywood. "Hice todo tipo de películas, buenas y malas. No quería construirme una imagen, sólo una vida que vivir".
Pero evitar la etiqueta, librarse de todo typecasting y ser irrastreable por cualquier cuestionario de "What's My Line?" se harían razón de ser.

En "The Gene Krupa Story"

Se le reconocía como extraordinariamente talentoso, sabía cantar además de actuar y fue vendido como teen idol, como exótico de Hollywood y como intérprete para todas las estaciones. 
Podía convencer como indio sioux, mexicano, judío o problemático chico italoamericano del Bronx.
Esta última había sido su verdadera identidad, mucho tiempo antes.
Tras estar involucrado en una banda callejera, Mineo, con sólo diez años de edad, tuvo dos opciones a elegir: ir al reformatorio o enrolarse en una escuela de Arte Dramático.


Hacia mediados de los cincuenta, lejos de los problemas de su niñez, grababa discos y aparecía en películas. 
En una época donde Hollywood quiso rejuvenecerse, Sal Mineo era una de esas caras frescas y cuerpos beefcake que pretendían cazar - y cazaron - a la acomodada juventud de los años cincuenta.
En ese mundo de riqueza y estabilidad, aparecía la fractura. Y para contarla, no hubo melodrama juvenil más brillante e incisivo que "Rebelde Sin Causa" .

Con James Dean en "Rebelde Sin Causa"

En su tercera película, Mineo interpretó a John Crawford, apodado Plato, el sensible jovencito que ve el reflejo de James Dean en el espejo de su taquilla; como le sucedió a toda la audiencia, el interés se convertía enseguida en amor platónico.
Plato ha hecho de Sal Mineo un inevitable icono gay, hasta cuando no se sabía lo que eso significaba. 
La homosexualidad del personaje - implícita, pero nunca negada - es parte decisiva de la emoción de la película de Nicholas Ray.
No es sólo la interpretacion más popular de Sal, sino también la mejor.

En "Rebelde Sin Causa"

"Rebelde Sin Causa" le reportó su primera nominación al Oscar y la apertura de su gran época, donde le llegaban tantas ofertas que debía rechazar la mitad. 

Fresquito

Sin embargo, la buena racha fue efímera y Sal se tropezó con una súbita sequía artística al llegar la década de los sesenta. 
Tras participar en la monumental "Éxodo" - segunda y última nominación al Oscar -, su carrera no levantaría cabeza.
Mineo se miró entonces al espejo, se vio mayor y entendió que Hollywood no lo había deseado tanto por su talento como por su juventud. 
Como resultado, sus apariciones, tanto cinematográficas como televisivas, fueron esporádicas durante los siguientes veinte años. 
Se hacía uno de los actores más flagrantemente desaprovechados por la gran maquinaria, esa que lo quiso hacer estrella y luego lo desechó.


Todavía hubo espacio para la polémica, cumplir con su interés por la dirección y demostrar que el pequeño Sal había crecido definitivamente. 
Sucedía cuando volvía al teatro, en esta ocasión para producir y dirigir la brutal "Fortune And Men's Eyes", obra centrada en la vida carcelaria, estrenada en 1969.
La escena más escandalosa ilustraba la sodomización de uno de los presos, interpretado éste por un jovencísimo Don Johnson.

"Fortune And Men's Eyes"

Pese al duro contenido, la obra fue un éxito, y la producción teatral se hacía la ocupación deseada por Mineo durante aquellos años.
El contenido homosexual de "Fortune And Men's Eyes" estuvo asociado con la propia imagen pública de Sal Mineo, quien, a finales de los sesenta, se convertía en una de las personalidades de Hollywood en declarar públicamente su orientación sexual.
Años antes, sólo se le había conocido una sweetheart femenina: la actriz británica Jill Haworth. 


La chismología hollywoodiense cuenta que la relación terminó cuando Jill lo sorprendió en la cama con otro caballerete.
En todo caso, él explicaría posteriormente que, durante mucho tiempo, ni siquiera sabía que dos hombres podían amarse.
En cierta entrevista, lamentaría no haber tenido una genuina oportunidad en ese sentido con su amigo James Dean.
Preguntado al respecto sobre si tuvo algún roce significativo con Rock Hudson, lo negó para luego que decir que sí con unas copas encima.


Como selecto miembro de la ebullente sociedad contestataria de finales de los años sesenta, Sal era inquieto, quería descubrir el mundo y no pedía perdón por ser bello y libre.
Al respecto, no dudó en posar desnudo para la cámara de Harold Stevenson.
Éste lo llamó "The New Adam" y la desnudez de Mineo todavía cuelga de las paredes del Guggenheim.


Una noche, camino de casa e ilusionado con nuevos proyectos teatrales, Sal Mineo encontró la muerte en una esquina de West Hollywood, con sólo 37 años.
Las leyendas sobre su muerte han sido floridas y ribeteadas de esa moralina y sordidez que, tradicionalmente, se ha dotado a la imagen de las personalidades homosexuales.
Una historia decía que Mineo se había enzarzado en una reyerta a navajazos con otros gays, con los celos como protagonistas. 
Otra leyenda contaba que el atacante era un chapero, a quien Sal había solicitado sus servicios.


La verdad es escalofriante por sencilla.
Cuando arrestaron al culpable, éste no sabía quién era Sal Mineo. El asesino era un delincuente común de 17 años, cuyo único interés era el dinero de los traseúntes. 
Mineo era sólo una víctima más, dentro de una serie de violentos atracos.
Sal estuvo en el lugar y momento menos indicado y se encontró con aquel en quien podía haberse convertido él mismo, si a los diez años no hubiese elegido la escuela de Arte Dramático.


Su muerte fue temprana y llorada, como lo había sido la de James Dean, como lo sería la de Natalie Wood, sus dos compañeros de "Rebelde Sin Causa".
Lo llamaron maldición, aunque fuese una simple sucesión de trágicas coincidencias.

 
Sal Mineo, todavía querido y deseado por muchos y muchas, se nos reaparece en las imágenes de esa gran "Rebelde Sin Causa" y de otras tantas películas, con su mirada brillante y cautivadora.
Por derecho propio y segura belleza, ostenta lo que se llamaría un merecido lugar en la Historia del Cine.