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miércoles, 16 de julio de 2014

Cine de Culto


A estas alturas, confío que usted habrá escuchado mil veces la calificación "cine de culto". También es altamente probable que la haya usado para describir lo que acaba de ver.
- Esta película es de culto total - se escribe, se comenta, se subraya.
Pero, atención, ¿sabe usted exactamente lo que significa "cine de culto"? ¿Qué define una película de culto y una que no lo es?

"Carnival of Souls"

Si soy sincero, soy el primero que no sabía contestar a estas dos últimas preguntas - al menos, con exactitud - hasta que me he informado para iniciar este repaso por el fenómeno.
La desorientación es general, creáme, y los estudiosos ya se han lanzado a batallar sobre el cine de culto, ese que ocupa tantas bocas y se asigna de manera indudablemente arbitraria. 
Preocupan las atribuciones y, entre la mayoría de las opiniones, se menosprecia o relativiza la verdadera potencia subversiva que se atribuyen los cultistas y sus películas de adoración.

"Harold & Maude"

Como me reconozco poético, diré que el cine de culto son las películas que, un día impreciso, encontraron el amor. 
En la altamente disputada definición sobre ellas, no hay duda de que es innegable su pegada a lo largo de la Historia del Cine, ebullida en el crepúsculo de los años sesenta y, según cuentan, asesinada silenciosamente con la llegada de Internet.
La consagración de una cult-movie tradicional se construía con el factor tiempo, y en ella, se sucedían los siguientes factores. 
La carrera comercial nula, inexistente, subterránea o noticiable de manera postrera, en principio. Las películas de culto fueron fracasos tremendos o vivieron en márgenes demasiado underground para tener cifras estimadas.

"Freaks"

La opinión crítica importa, porque, junto con la carrera comercial, ayudará al factor esencial de la cult-movie: la reputación. Ésta suele ser mala, claro. Muchas cult-movies han sido menospreciadas por sus excesos, su condición barata o derivativa o la más pura y simple ineptitud. Porque, atención, muchas películas de culto son malas, malísimas.
La dudosa reputación influirá en la sorpresa del redescubrimiento, que puede ser tardío, casual, inmediato, intencionado.
Para que una película sea de culto, no debe gustar a una persona sola. Debe gustar a un grupo reconocible. Así, el que descubre la película la comunica y la populariza en círculos, que pueden ser concretos o muy amplios. Hay películas de culto que pueden interesar a los homosexuales; otras, a los insomnes de ciudad; otras, a los militares; otras, a los adolescentes. 


"Más Allá del Valle de las Muñecas"

La nostalgia incide en el redescubrimiento. Hay películas de culto que estaban desfasadas hasta en la época en que se realizaron, pero ese decadentismo se convertirá en parte de la excitación.
El cambio de opinión puede ser de concreto a general. La película redescubierta se quedará en estrictos márgenes donde será adorada o el amor será tal que conocerá una nueva vida y muchos opinadores recalibrarán su importancia. Alguna que otra será aclamada como clásico.

Constance Towers en "The Naked Kiss"

Todo este proceso que estoy narrando es tan general en la Historia del Cine que encontrar una definición exacta de cult movie sigue siendo, de momento, labor irrisoria.
Para coronar la imprecisión de lo dicho, hay películas de culto que fueron grandes éxitos, tuvieron buena reputación desde el primer día y jamás han sido olvidadas. Hablo de "La Guerra de las Galaxias", claro.
¿Qué define a una película de culto?, repito. Sé qué es cuando la veo. ¿La podré explicar?
En su esencia, la cultización de películas nace de una reacción contracultural contra lo establecido. 
Al menos, en espíritu, se siente como una oposición al cine académico, premiado, taquillero, refinado y celebra el cine excesivo, majadero, original, marciano, maldito. 
Las películas de culto suelen ser extrañas y los que las aman aseguran que son "auténticas". Curiosamente, parte de la autenticidad nace de su artificialidad, de su condición barata, de los obvios de los decorados, de lo demodé del conjunto. Se encuentra la verdad en el aparato.
Hace varias noches, vi "Zardoz", una película de culto. 
Cosechó una reputación terrible en el momento de su estreno y fue un fracaso que, viendo el resultado, es fácilmente explicable. 
"Zardoz", una cosa delirante, pretenciosa y fascinadora situada en un futuro distópico, es un ejemplo perfecto de la extrañeza que suscitan las cult-movies.
Desde el principio, cualquier espectador no puede evitar un soberano what the fuck con la propuesta de John Boorman. ¿Cómo se pudo hacer una película así?, nos preguntamos. 
Es raro, ergo, es muy atractivo.

"Zardoz"

Se suele confundir lo transgresor con lo subversivo. ¿Hay revolución en "Zardoz"? No, ni lo hay en ninguna apreciación de culto. Es sólo la confortable sensación de que algo se tambalea en nuestro confortable consumo cinéfilo.
El cine de culto juega con el tiempo, con la estética, con los valores de la sociedad, desde sus mismas lindes.
Sus géneros favoritos son la ciencia-ficción y el terror, porque contienen las temáticas más desafiantes, donde el imaginario vuela libre. Pero el culto también abarca el cine de acción, los musicales, los melodramas, la serie B y todo lo incatalogable.

"Las Aventuras de Buckaroo Banzai"

Las películas de culto suelen ser quotables y recreables. Sus diálogos son repetidos, sus situaciones son escenificadas por sus adoradores. 
Éstos se reúnen en festivales, reposiciones, fechas señaladas. El consumo se dice voraz y a contracorriente, a altas horas de la madrugada, durante mucho tiempo, una y otra vez.
A la película de culto se le concede más de lo que tiene. Y así se suelen "recontar". Muchas no poseen nada de lo que sus admiradores aseguran ver en ellas.
Por eso, el cine de culto es una consideración posmoderna, accesoria, que huye de la objetividad y la calidad intrínseca, mientras se preocupa por entender el cine como una cuestión personal, más en comunicación con los conflictos internos del individuo en sociedad.

"Nosferatu"

En los orígenes, el cine de culto nace en medio de la recuperación de títulos largamente perdidos. Adaptaciones ilegales de novelas, dramas controvertidos, cineastas perseguidos, celuloides arruinados; irrumpía el romanticismo de recuperar la vieja obra maestra, desenterrarla al cabo del tiempo y propiciar su maravilla.
Los cazadores de tesoros hallaron muchas glorias silentes, pero también una película hoy tan indisputable como "La Regla del Juego", sepultada tras el escándalo de su estreno y consagrada décadas después como una de las grandes de la Historia.

"La Regla del Juego"

Por entonces, la recuperación era ardua, a espaldas del público y tenía que ver esencialmente con la calidad artística, por lo que esta fase puede llamarse de "protoculto". 
Aún así, sienta las bases, porque juega con dos elementos fundamentales: la consagración de un título en la oscuridad y la denuncia de las circunstancias de su estreno.

"Ossessione"

Encontramos el primer enfrentamiento entre opinión académica y revalorización cinéfila durante la gran falla que se vivió en la crítica desde finales de los cincuenta.
Fue la causante de que cineastas como Alfred Hitchcock o Max Ophüls alcanzaran la consideración que tienen hoy en día. 
Ahí está "Vértigo", la cult-movie mitocondrial, fracaso comercial e indiferencia crítica en 1958, para que, en cuestión de unos años, toda una generación la aclamase tantísimo, que muchos tenemos la inequívoca sensación de que, en estas cosas, se va de un extremo a otro.

James Stewart y Kim Novak en "Vértigo"

Igual de interesante es la disensión de opiniones en torno a "Ligeramente Escarlata", tremendidad noir, que recibió malas críticas en Estados Unidos y aplausos en Europa. 
Comienza el ataque a la opinión mainstream y, de manera irónica, con una película que no puede ser más mainstream. 
Mientras los opinadores norteamericanos valoraban la trama, el guión y las interpretaciones de "Ligeramente Escarlata" - que son pésimas -, hombres como Godard elogiaban el uso del color y las sombras, y cómo un director veterano - Allan Dwan - demostraba un estilo impecable. 
Ahí está la clave. Aquellos valoran la película con objetividad y leen su prosa; éstos defienden el cine como una experiencia y encuentran sazón y hasta crítica soterrada en el exceso.


Y no hay nada que provoque mejor una experiencia que una película pasada de rosca.
Así, el consumo cinematográfico cambió de rumbo y, con el modelo de los nuevos cines europeos, a los que se veía más libres de ataduras, más sexuales, más viscerales, se construyó el cine underground, explotativo y sensacionalista, que daría buenos títulos para el catálogo de culto.


Cambia el cine, también su disfrute. Las drogas, la vida nocturna, la irrupción de la contracultura como el mejor ataque al establishment tornaron la manera de ver las películas. Ahora las intenciones de los creadores no valen, sino lo que se le concede a posteriori. 
Así, nace el fenómeno de las películas de culto: tomar LSD con "2001, Una Odisea del Espacio" o ir borracho a la sesión golfa a ver "Más Allá del Valle de las Muñecas".
También se vive el ataque a la educación establecida y a los modos de comportamiento en las propias salas. A las películas de medianoche se les ha gritado y tirado cosas. Muchos hablan en medio de la proyección, silban, beben cerveza.

"Rey de Corazones"

Muchas películas son de culto por su majadería sin límites. ¿La faz de las cult-movies? Tetas y violencia. Hablan de revolución cuando, a veces, expresan regresión y siempre represión.
Muchas analistas feministas señalan cómo el público potencial de las cult-movies - hombres blancos heterosexuales - asigna un valor femenino al cine mainstream -  considerado flojo, romántico, aseado -, mientras saborea la suciedad, incorrección política y misoginia del sensacionalismo underground.
Otros inciden en la relación inexcusable entre épocas críticas y películas irracionalmente mitificadas.
El cine enfermo y las películas denunciadas - "Holocausto Caníbal", "Saló" - forman parte de aquello que recibe culto por el vómito que produce en otros. Es la búsqueda del más difícil todavía y la creencia de encontrar un valor excelso en lo inclasificable.


De nuevo, se confunde transgresión con subversión; al espectador cultista no le interesa el discurso, sólo las ocurrencias. 
Así, esta será una película de culto porque se matan animales en directo, porque Chloë Sevigny hace una felación de verdad o porque casi no duermo en una semana después de verla.


El cine de culto encontró su validación definitiva con "The Rocky Horror Picture Show", evidente hito, por cuanto es la película consumida irónicamente por excelencia, rentabilizada años después de su estreno. 
No obstante, su público la confundió en grado sumo. Muchos pensaron que estaba hecha en serio, cuando sus intenciones satíricas son claras. Y no es una película subterránea en absoluto, al estar producida por una major de Hollywood. 
A diferencia de otras cult-movies, la parodia no es atribuida a posteriori; lo que cambió fue su comercialización.

"The Rocky Horror Picture Show"

A lo largo de la década de los setenta y los ochenta, se configuró el menú imprescindible del espectador inconformista. A veces, de manera deliberada; otras, casual.
La reputación de "El Mago de Oz" se construyó en sus pases navideños por televisión y "El Señor de Las Bestias" se emitió tanto en las plataformas por cable que el público de una generación terminó por amarla y asumirla como propia.
"Esta película nos pertenece", frase que acuñaría el fenómeno.

Marc Singer en "El Señor de las Bestias"

Las ediciones en VHS descubrían legendarios pestiños, terribles debacles y clásicos ignorados, cambiando verdaderamente la manera de contar la Historia del medio.
Es sorprendente descubrir que películas muy vistas en televisión como "Caravana de Mujeres" o "Dulce Pájaro de Juventud" significaron más bien poco en su momento de estreno, cuando, para muchos de nosotros, son títulos esenciales en nuestra primera concepción del cine.

"Willy Wonka and The Chocolate Factory"

Se vivía un momento fastuoso de la cultización con "Blade Runner", que obligó a lo impensable: la rectificación de muchos críticos.
Película menospreciada en su estreno, que conocería nueva vida en el VHS, propiciaría la obsesión de sus seguidores por mor de sus múltiples lecturas y texturas, para finalmente vivir un proceso de sacralización muy parecido al de "Vértigo".

Harrison Ford en "Blade Runner"

En los años noventa, "El Gran Lebowski" significaba otro momento estelar en el cine de culto. Decepcionantes datos en taquilla y la crítica dividida. "No es para todos los gustos", se escribía. Palabras mágicas.
La exponencial adoración por esta comedia de los hermanos Coen nos habla de la definición definitiva: una película se hace de culto cuando irrumpen actitudes y objetos transgresores en pleno cine mainstream.

Julianne Moore y Jeff Bridges en "El Gran Lebowski"

La reedición progresiva, cada vez más acelerada, con la llegada del DVD e Internet, habló de la vida del cine de culto, pero también de su muerte. 
Ahora los clásicos de culto son instántaneos, por lo que se pierde el largo y romántico proceso de su descubrimiento y revalorización.
¿Internet mató al culto? ¿Fueron los Razzies? ¿O la simple consideración del término? Como todo, se populariza un día y se estandariza una hora después.
Hoy se venden películas con esa denominación, para vender rareza, originalidad, desobediencia, ineptitud u otras sensaciones creadas para desplegar la ficción de que, viéndola, te estás portando mal o haciendo una declaración contra la estética y el buen proceder.


El culto como atractivo comercial es más remoto y opera desde su etiquetado.
Muchos directores o intérpretes de películas de culto - Sylvia Krystel, Leonardo Kastle - quedaron marcados con su reputación de transgresores, incapaces de trascenderla en otros proyectos. ¿No es irónico terminar encasillado en la contracorriente?

"Los Asesinos de la Luna de Miel"

Y, sí, el culto ya es mainstream, del mismo modo que la industria ha asimilado a cineastas como Quentin Tarantino o Peter Jackson, celebrados por traer aires nuevos y vocaciones frikis a la cartelera cinematográfica.
La plaga es tal, que la visceralidad que define a las cult-movies modela ahora la creación de series y películas que buscan suscitar el mismo tipo de adoración. Muchos espectáculos muy queridos en los últimos tiempos se basan en esa galvanización/deleite del espectador a través de la agresividad, la ruptura de tabúes y el espejismo de la desobediencia.
Espejismos, sí. Porque, si el cultismo nos traído la posibilidad de conocer títulos muy hermosos - desde "Freaks" hasta "Harold & Maude" -, también ha expresado la superficialidad de la posmodernidad, que ha terminado por convertir toda la Historia del Cine en un fetiche.


Bien es cierto que es difícil trascender esa manera de ver las películas, convertida ahora en la única posible, fundamentada en apegos irracionales, identificado con nuestro consumo desordenado e imparable de cine de todos los tiempos, todos los países, todos los estilos, todas las facturas.
Y, si Internet mató el viejo descubrimiento de santos griales, todavía hay espacio para la reaparición milagrosa de películas perdidas.

"Decoy"

Valga el ejemplo de "Decoy", B-movie de 1946 recuperada en el año 2000, que tiene lo que debe tener para que la adoremos: exceso, oscuridad, expresionismo, artificialidad.
Porque llamar culto a todo es también la delicia de la acumulación. Más películas de culto, más amores, más felicidad.

martes, 4 de junio de 2013

Papá Hitch


Supremo maestro de ceremonias de las pantallas cinematográficas, Alfred Hitchcock fue también el mayor cómplice del público al que decía torturar.
Se ha escrito y dicho muchísimo sobre el papá del thriller, el cineasta influyente y el genio del suspense, pero poco sobre su audiencia. Esa audiencia que adoró a Hitchcock, la que sigue volviendo a él y la que encuentra lo que busca en esa glamourización de los miedos más esenciales. 
Como nosotros, Hitchcock tenía miedo a ser descubierto, al castigo, a ser confundido con otro, a la sexualidad, a la irrupción de una madre terrible en el vano de la puerta. 
Hitchcock se sumergió en los resortes del morbo e intuyó nuestra suciedad psicólogica, hallazgos que se contaron de incalculable potencia para una época tan falsamente beatífica como la Norteamérica de los años cincuenta.
"Todo está pervertido de un modo u otro", dijo.
El partícipe del ojo de Alfred es el espectador, el mayor culpable, el último seducido en el juego del cineasta.
Porque las películas de Alfred Hitchcock se disfrutan y padecen a los golpes del corazón de ese quien mira.


Él, con voz pausada y humor negro, se hizo la verdadera estrella de sus películas. Bajo complicadas intrigas y misteriosos asesinatos, expresó sus filias, fobias y obsesiones, su retorcida visión de un mundo retorcido.
No fue el primer cineasta que pudo ver su nombre por encima del título, pero sí el primer director cuya cara y figura se harían reconocibles por la audiencia. 
En todas sus películas, hace un cameo como firma necesaria, aunque sería su paso por la televisión lo que reafirmó esa consagración como icono cultural. Lo hitchcockiano vivió y vive más allá del propio Hitchcock.
Sus creaciones, que navegaron entre buenos éxitos y cierta incomprensión, serían alabadas finalmente como la extraña victoria de la autoría en pleno Hollywood. 
Una anomalía: un director personal e intencional que, a la vez, conseguía films populares, entretenimientos únicos, galvanizaciones asistidas, esas que encontraron la tecla de mayor contundencia en "Psicosis", la película que cambió el juego en el panorama audiovisual para siempre, a razón de saltarse las reglas, arrojar explicitud y tirar de la cadena del váter. 
La platea, encantada, sólo pidió más.


La filmografía de Alfred Hitchcock, vasta, irregular, llena de joyas y algún que otro tropiezo, todavía es revisitada por aquellos que quieran saber de qué va esto de las películas, mientras sus obras maestras no paran de escalar puestos en la lista de los celuloides más celebrables de la Historia del Cine.


Alfred Joseph Hitchcock nació en el último año del siglo XIX, cual gota de victorianismo que le perseguiría de por vida.
Fruto de una estricta familia católica, el padre de Hitchcock llegó a enviarlo a la policía, con cinco años y una nota, para que lo encerraran en una celda durante esa noche por portarse mal.
Creció entre temores y opresiones, esas que construyeron al artista detrás del gordo que no encajaba en uniformes, que no era requerido por los ejércitos, que las mujeres no encontraban especialmente apetecible.


Entre sus frustraciones laborales y existenciales, nacieron sus primeros relatos, vendidos a la prensa, mientras la imagen fotográfica le robaba la atención.
En la Inglaterra de entreguerras, se gestó el ojo de Hitchcock que, tras muchos intentos frustrados, rodajes cancelados por falta de fondos y fracasos de salida, conseguía imponerse como director de cine.
Por entonces, se casaba con Alma Reville, su ayudante de dirección, con la que permanecería hasta su muerte. A los pocos años, nacería su único retoño: Patricia.
Alma Reville, acreditada como guionista en muchas de sus películas, ha sido señalada como una figura misteriosa en la obra de Hitchcock, por cuanto no se puede calcular su participación e importancia en ella. 
Las más recientes biografías se han querido acercar al borracoso matrimonio, pero los Hitchcock fueron, en esencia, gente muy tranquila, que prefería pasar sus veladas en casa.

Su boda con Alma Reville

Éxitos resonantes como "The Lady Vanishes" o "Los 39 Escalones" auguraron a Hitchcock como el cineasta más importante de Gran Bretaña, justo cuando Hollywood empezó a llamar a su puerta.
La mudanza a Los Angeles se producía cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, lo que preocupó a Alfred durante aquellos primeros años. La denuncia sobre lo que ocurría en Europa y la necesidad de la cooperación se puede rastrear en "Enviado Especial" o "Naúfragos".
Pero su billete de entrada fue la fastuosa "Rebeca", llena de la inventiva hitchcockiana, por primera vez a la luz de una superproducción. 
Todo lo aprendido no fue nada comparable con todo lo descubierto. 
A cada fotograma, a cada juego de luces, a cada golpe de montaje, Hitchcock encontraba una nueva forma de comunicarse con la audiencia y, a la vez, de pintar sus obsesiones de una manera más retorcida y exquisita al mismo tiempo.

"Extraños en un Tren"

El interés por el psicoanálisis, la irrupción del pasado y los complejos sexuales imbuyeron por primera vez a los personajes del cine norteamericano. El cine se llenaba de la textura de las pesadillas cuando las estrellas se tornaban manojos de nervios, que temían a mamá y temblequeaban con el café en las manos, mientras dudaban si era el momento de aparearse o darle otro latigazo al caballo.
El argumento de espionaje, crimen o asesinato se hizo pronto el accesorio. 
En "Notorious", eclosión del hitchcockianismo por cuanto todo está en el estilo, la trama del uranio se permite indescifrable, al ritmo que el interés de la audiencia se centra en los besos, en la persecución por el castillo gótico y en la huida final.
El cine de Hitchcock habla de represión, pero también del deseo por liberarse, desatar los corsés y bajar las escaleras. Sus personajes siempre terminan por rendirse: sueltan los dedos, desafían los vértigos, se entregan a la pasión.
A la complejidad psicológica de lo que se ocurre y lo que se siente, la cámara hitchcockiana se movía insinuante. 
El director intuía y perpetraba, se lo pensaba escrupulosamente y se dejaba llevar, como si un personaje de sus historias se tratase.

Con Ingrid Bergman en el set de "Notorious"

A medida que los años pasaron, Hitchcock consiguió librarse de Selznick, quien amparó y fiscalizó sus primeras películas, y pudo navegar de manera más independiente, produciendo gran parte de sus películas y haciéndose voz y hombre orquesta de todas ellas.

"La Soga"

Los años lo hicieron su propio anunciante, a medida que la extravagancia de sus empresas crecía. 
La segunda mitad de la década de los cincuenta fue el momento más espectacular, por cuanto se refrendaba en sus constantes, cada vez más restallantes, coloridas, perversas, oníricas.

Doris Day y James Stewart en "El Hombre Que Sabía Demasiado"

El tríptico "Vértigo", "North By Northwest" y "Psicosis" podría ser su perfecto resumen, tanto a nivel formal como por la dispar, casi disparatada, reacción que suscitaron. 
En ellas, está Hitchcock, el enfermizo, el hombre perseguido, el sádico. De ellas, se ha dicho casi todo. Son sus películas más intensamente discutidas, todavía dignas de una buena refriega entre cinéfilos.

Con Janet Leigh en la ducha de "Psicosis"

"Vértigo" ha sido considerada su declaración de intenciones más expresiva y también aquella donde el estilo se troca en discurso claramente artístico. 
Como pieza cinemática, "Vértigo" es la hostia. 
Como entretenimiento en sentido estricto, "Vértigo" es una locura weird, cincuentesca y anticincuentesca al mismo tiempo, llena de pelucas, mujeres muñequizadas, pasión necrófila y final what the fuck.
En todo caso, esa sublimación de una genuina fantasía machista - cambiar a una mujer hasta el punto de la tortura - debe ser el verdadero quid de porqué tantos caballeros la tienen tan arriba en sus preferencias.

James Stewart y Kim Novak en "Vértigo"

El Hitchcock torturador aparecía en sus films y se transfería a las salas de cine, pero, según Tippi Hedren, no era nada comparado con el castigador de los rodajes. 
Las rubias de aspecto glacial y corazón ardiente fueron las heroínas favoritas del maestro durante toda su carrera, desde Madeleine Carroll hasta Tippi, con parada imprescindible en Grace Kelly.

Con James Stewart y Grace Kelly en "Rear Window"

La leyenda cuenta que se enamoraba de todas ellas y la frustración del maestro las hacía infelices en el transcurso de la producción. 
Tippi Hedren, que fue la última rubia, se confesó transmutada y blindada por el director, obsesionado por obtener una réplica de Grace Kelly, su favorita, largamente añorada tras dejar Hollywood por Mónaco.
Otras actrices han puesto en evidencia la visión salvaje de Tippi sobre Hitchcock. 
En cualquier caso, los conflictos y los odios a muerte no son extraños para quien sepa lo que ocurre en los rodajes, cómo son los directores, cómo se comportan los actores y cómo se consiguen las grandes películas.

Con Tippi Hedren en foto promocional de "Los Pájaros"

Grandes, grandes, decían los críticos de Cahiers du Cinema. Truffaut corrió a entrevistarlo y Alfred, que era experto en sí mismo, se lo contó todo. 
Mientras, en Norteamérica no lo tenían claro y abuchearon "Marnie" con energía. Él no se preocupaba, porque no dudaba de que, al año siguiente del estreno, las vindicarían y entenderían.

Su cameo en "Marnie"

Los setenta lo descubrieron con mala salud y los estrenos se dispersaron en el tiempo, pero nunca los proyectos. Firmaba su última película en 1976, en el momento en que podía ver con sus propios ojos el efecto que su estilo tenía en toda una generación de cineastas y consumidores.
Con la sensación del deber cumplido, todavía con esa mente en plena ebullición, el gordo en la sombra se fue a dormir en su casa de Los Ángeles, allá por 1980. 
Un fallo renal fue la causa de que el más inquietante muriese de la manera más plácida.


"Algunas películas son trozos de vida. Las mías, trozos de tarta"
A Hitchcock se le ha homenajeado, se le ha calcado, se le ha serializado como un acto de fe pop. Podría decirse que la secuencia de la ducha de "Psicosis" no es más que el videoclip mitocondrial.

Con Cary Grant en el rodaje de "North By Northwest"

Entre sus innumerables secretos, fue decisivo cómo contó el desequilibrio humano a través del más milagroso equilibrio formal, donde la imagen, el sonido y la vibración de las emociones se besaban, mientras el suspense, alargador de agonías, hacía los retratos más intensos y depredadores.
Como tal depredador, ha sido único y, hasta en sus películas más explícitas y manipuladoras, descansa su infinita elegancia a todos los niveles.
Alfred Hitchcock es lo que hablamos cuando hablamos de cine.

martes, 26 de febrero de 2013

El Bueno de Jimmy


Una rareza devenida en clásico, James Stewart irrumpía en aquellos glamourosos escenarios de Hollywood y el público entendía que la vida cotidiana aparecía, por fin, en pantalla.
Identificarse con Jimmy era lo apropiado; un hombre desgarbado, tímido y humilde que la prensa terminaría por calificar como el héroe corriente, que hacía las cosas más sencillas sólo con una mirada.
La fuerza de James Stewart se contó precisamente a través de esa mirada. 
Con sus ojos, relató la alegría y la tristeza, la necesidad de justicia y la súplica por un mundo mejor, mientras se hacía el refugio que necesitaba la audiencia en tiempos desfavorables. 
Con el tiempo, fue el padre que muchos no tenían y que otros tantos no encontraban.


Y, cual rareza devenida en clásico, fue estrella sin ser ni estiloso ni sexy.
Era lindo y, cuando le caía el fleco, parecía hasta guapo. Pero James Stewart, con esa imagen tan limpia y decente, era un rotundo asexuado. 
Aunque no propiciara la lascivia como hacían Gary Cooper o Clark Gable, Stewart era experto en provocar otras sensaciones. 
Entre ellas, la verdad de que hay hombres por los que merece esperar, ya hayan de volver del trabajo, de la guerra o de la melancolía. 


En sus mejores interpretaciones, James Stewart representó muchas contradicciones de su país.
Fue la bondad y la americanía de pro, pero también la neurosis, la desesperación y la rotura del hombre tranquilo frente a la vileza del mundo. 
Jimmy lloraba mucho y lloraba muy bien. Y verlo sollozar era contemplar a papá con lágrimas en los ojos: rompía el corazón.
Sus manierismos se imitarían con cariño casi desde el primer día, especialmente el característico tartamudeo y el acento exagerado.
"A veces, me pregunto si yo también hago una imitación de Jimmy Stewart", diría para significar la esencia de estas estrellas, que vivían entre su imagen construida y el insondable secreto de sus intimidades.

 
James Stewart nació en un pueblo de Indiana, en el seno de una familia presbiteriana y laboriosa. Era un niño reservado, que pasaba mucho tiempo construyendo modelos de avión en el sótano de la casa.
Aunque destinado a heredar la droguería familiar, las múltiples aficiones de Jimmy lo condujeron a lo largo de muchos trabajos e inquietudes. Mientras crecía, bien se le podía encontrar cantando en el coro de su escuela o pintando las líneas blancas de una carretera.
Tocaba el acordeón y soñaba con clases de piano, pero sus padres terminarían por convencerlo para que estudiase Arquitectura en Princeton.
Sus ideas deslumbraron en la Universidad, pero la dramaturgia le conmovía más que los diseños arquitectónicos. Se enroló entonces en la compañía teatral local, donde conocería a Henry Fonda, amigo y aliado de por vida.
Junto a Henry, iniciaría su carrera, plagada de dureza ante la Depresión, pero finalmente salvada por sus primeros papeles en Broadway y una decisiva prueba para la Metro Goldwyn-Mayer.


A mediados de los años treinta, Stewart llegaba a Los Angeles con un billete pagado de su bolsillo. 
Por entonces, el estudio no le encontraba la gracia ni a la humildad ni a los manierismos que, más tarde, harían de Stewart una estrella.
Pero hubo quien lo apoyó y lo animó a ser tal cual era, a representar el papel que representaría toda su vida. 
La efímera, pero maravillosa, Margaret Sullavan se convertiría en su mentora y fue quien le abrió las puertas del castillo.

Con Margaret Sullavan en "The Shop Around The Corner"

Frank Capra lo señaló un buen día y dijo que, en Jimmy, había encontrado a su hombre, a su interlocutor válido.
En 1938, lo colocaba como el niño rico enamorado de Jean Arthur en "You Can't Take It With You" y, al año siguiente, como el protagonista absoluto de "Mr. Smith Goes to Washington".
En ésta, Stewart interpreta a un joven senador, de procedencia paleta, que observa anonadado la corrupción política que se vive, asiste y permite en la palaciega capital estadounidense. 
La cruzada de Mr. Smith para ventilar las fechorías vertebraría uno de los clásicos del señor Capra, mientras Stewart se lanzaba sin red.
Verlo sudado, lloroso y por los suelos, con todas las cartas de la infamia en las manos, sigue siendo tan fascinante como en su día.

En "Mr. Smith Goes to Washington"

Fue la película que lo haría tan famoso entre el público como indispensable para la constelación fílmica. 
Al año siguiente, aparecía en "Historias de Filadelfia", incorporando al escritor idealista escondido tras un reportero de cotilleos, que se emborracha y mimosea con Katharine Hepburn. 

Con Katharine Hepburn en "Historias de Filadelfia"

Aunque fuera una interpretación menos espectacular que su Mr. Smith, la Academia le daría el Oscar en 1940.
Por entonces, James Stewart decía rechazar el boato de las estrellas y no quería coches caros ni vestidos lujosos. Sin embargo, se granjeó cierta reputación de playboy rompecorazones.
Entre los alargados brazos de Jimmy, hubo espacio para Ginger Rogers, Marlene Dietrich y, de modo muy tumultuoso y comentado, Norma Shearer.


Alarmado por las noticias que llegaban de Hollywood, el padre de James Stewart todavía lo telefoneaba para que recapacitase, volviese a Indiana y recuperase una vida decente. 
James prefirió enviarle el Oscar, y su padre, entre la resignación y el orgullo, exhibiría la estatuilla de su hijo en el escaparate de la droguería familiar durante décadas.
Tras "Historias de Filadelfia", la carrera de James encontró un momento de inflexión, con películas poco lucidas, cumplidas dentro de su estricto contrato con la Metro. 
Cuando su país entraba en guerra, faltó tiempo para ver a James Stewart en uniforme. Honrando la tradición militar de su familia y cumpliendo con su declarado patriotismo, se unió a la aviación. 
Jimmy llegaría a participar activamente en batallas y misiones, recibiendo todo tipo de honores y condecoraciones.


Terminada la guerra y de vuelta a Hollywood, Stewart decidía no renovar con la Metro e incluso pensó en abandonar su carrera, imbuido de su proverbial interés por los aviones.
Su primera película tras cumplir en el frente fue "Qué Bello Es Vivir". Aunque no fue un gran éxito en 1946, terminaría por ser su título emblemático, ese que resume a James Stewart.
Repetía a las órdenes de Frank Capra y la optimista fábula navideña se mostraba más incisiva y desoladora de lo esperado. 
En "Qué Bello es Vivir", se cuenta la soledad del hombre común como en casi ninguna otra película de entonces. 
Y, también la ironía de que, aunque vivamos la más perra de las existencias, no desearíamos anularla, ni perderla verdaderamente. 

En "Qué Bello Es Vivir"

James lo interpretó como él sabía: conmoviendo al más recio. "Yo no actuó, reacciono", diría, para explicar la potencia expresiva de sus héroes.
Éxitos como "Flecha Rota" o "Harvey" lo ponían de nuevo en juego y mejor que nunca. Era un Jimmy sin Metro, más libre.
Se pondría a merced de dos directores que lo embarcaron en sus más sugerentes aventuras. Hablamos, por supuesto, de Anthony Mann y Alfred Hitchcock.
Con Anthony Mann, James se haría astro del western durante los años cincuenta y, en sus ocho colaboraciones, llegó a explorarse el lado oscuro del all-American boy. 
Aparecería, más que nunca, en "The Naked Spur", donde interpretaba a un cazafortunas amargado, dolido y egoísta.

En "The Naked Spur"

Mientras, Hitchcock lo elegía como protagonista de "La Soga", "Rear Window" y "El Hombre Que Sabía Demasiado". 
La sencillez de James quedaba dramáticamente contrastada con las insanas atmósferas de crimen, vouyerismo y perversión.

En "Rear Window"

A este respecto, no hubo aventura más inclasificable que "Vértigo". 
El acrofóbico policía devenido en Tristán castigador para una Isolda de intercambiable color de pelo es, sin duda, la interpretación más offbeat de Jimmy. 
Sus ojos azules nunca habían estado tan desorbitados ni tan inyectados de romántico sadismo.
Por entonces, "Vértigo" no fue tan calurosamente recibida como la reputación que hoy se gasta y, de hecho, Hitchcock culparía a la edad de James del relativo fracaso de la película. 
No volverían a trabajar juntos.

En "Vértigo"

Al año siguiente, Stewart todavía encontraba tiempo para ofrecer la que quizá sea su más refinada interpretación, síntoma de su profesionalidad: el abogado de "Anatomía de un Asesinato". 
El público de 1959 bien podía sonrojarse con película tan osada y cargada, porque el bueno de Jimmy había dicho la palabra "bragas".
Los tiempos ya eran otros.

En "Anatomía de un Asesinato"

Quedó instante para subirse al mundo de John Ford, participando así en los cada vez más lacónicos westerns del maestro. 
El mejor en el que intervino Stewart se llamó "El Hombre Que Mató a Liberty Valance", donde coincidía con el otro súperpadre de Hollywood: John Wayne.
En esa película, quedó claro: el bueno de Jimmy ya era el viejo Jimmy. 


En 1949, se había casado con Gloria, la que fuera su mujer para toda la vida y con quien formó el hogar que se esperaba de un hombre así.
Férreo republicano, anticomunista paranoico y defensor a ultranza de un modo de entender su país, James permaneció activo para el ejército en posteriores conflictos bélicos. 
Sobrevoló Vietnam y, en 1969, su hijo Ronald moriría en combate. Él no cejó y aseguró que su hijo no había muerto en vano.
Hombres como James Stewart pasaban de moda, se ponían en entredicho e incluso tanta pureza suscitaba desconfianza en las nuevas generaciones, que demandaron nuevos héroes y los tuvieron.
Aún así, Stewart encontró su público natural en la televisión, que acudía a él en busca del calor de aquel padre que ahora era, más bien, el abuelito. 
Se haría interminente a medida que transcurrían los años y, al final, dejaba paso y se retiraba. 
Con Henry Fonda en "The Cheyenne Social Club"
 
Cuando murió su esposa Gloria en 1994, su tristeza fue un remate más a su deteriorada salud. Entre las afecciones del abuelo Stewart, se encontraba un inoperable cáncer de piel.
Una embolia pulmonar se lo llevaba a los 89 años.
Era 1997 y sus últimas palabras fueron: "Ahora podré volver a estar con Gloria".


Considerado y recordado como amigo y compañero por todos los que compartieron escena y cartel, James Stewart fue una cuestión sentimental.
Se podrá decir que este hombre es cosa de otros tiempos y quizá sea la verdad. Pero era un actorazo de los pies a la cabeza y aún hay que verlo para creerlo. 


Hay que verlo para creerlo por los suelos del Capitolio, sollozando en el nevado puente, atrapando a lazo el cadáver de Robert Ryan o agarrando la muñeca de Kim Novak para subir, una vez más, las escaleras del campanario. 
Y cuando devolvía esa mirada de desconcierto ante los horrores del mundo y protagonizaba ese momento emocionante donde los sensibles se hacen fuertes, donde los educados se descubren apasionados y donde los tímidos se proclaman los jefes y conquistan el mundo, a fuerza de fe y valentía.


Hoy y ayer, el bueno de Jimmy siempre fue un lujo.