martes, 7 de agosto de 2012

Cumbres de Laurence Harvey


Muchas veces se cambió el nombre.
En Lituania, nació como Zvi Mosheh Skikne. Cuando vivía en Sudáfrica siendo niño, preferían conocerlo como Harry Skikne. 
Al calor de las bambalinas de sus primeros teatros, dijo que era Larry. Y, para elegir un nombre artístico, finalmente se decidió por Laurence Harvey.
Trasladado a Gran Bretaña para perseguir su aventura interpretativa, los principios no fueron fáciles para Laurence y, durante años, las palabras "soso" y "rígido" se repetían en las bocas de los críticos y comentaristas. 
Muchos no tenían ninguna reserva en calificarlo como un actor horrible, una nulidad en la escena, cuya apostura no hacía sino incrementar su frialdad.


Pero no conocían la ambición de Laurence. Empeñado en seguir por el camino de las luces, sorteando fracasos y meridianos éxitos, llegaría su gran momento en 1959.
La película se llamaba "Un Lugar En La Cumbre", título que abría aguas para un nuevo cine inglés de fresca apariencia y madura temática. 
Laurence Harvey interpretaba a un arribista que, en su camino hacia la alta sociedad, se topa inesperadamente con el amor, en los brazos de una mujer casada.

Con Simone Signoret en "Un Lugar En La Cumbre"

La contradicción de un ser que encuentra un sentimiento verdadero y será infeliz al despreciarlo compone el entretejido moral de esta bellísima película de Jack Clayton.
La interpretación de Harvey se sintió convincente; aquella tan cuestionada personalidad escénica servía, en esta ocasión, como un guante para el frío y distanciado carácter del personaje protagonista.


"Un Lugar en la Cumbre" llevó a Laurence Harvey donde quería estar.
A Hollywood, donde lo nominaron al Oscar, y también a las puertas de la jet-set internacional, mientras su nombre comenzaba a repetirse y desearse.
Se le conocía como un bon vivant; Harvey gastaba mucho dinero, vivía al día y no se perdía ninguna fiesta.
Pese a su variopinta procedencia, Laurence era el prototípico caballerete inglés de los sesenta, que navegaba entre impecables fracs y ardientes pijamas, entre bienvenidos matrimonios y veniales pecados, entre turbulentas madrugadas y resacosas horas del té.


Sus siguientes apariciones cinematográficas le hicieron granjearse cierto estatus de estrella fina de los sesenta, aunque nunca motivó demasiado entusiasmo entre el público, que lo veía bello pero poco apasionante.

Con Elizabeth Taylor en "BUtterfield 8"

Entre las mejores y más conocidas de sus películas, se alinean títulos como "BUtterfield 8",  "El Mensajero del Miedo", "Verano y Humo" o "Darling". Su rostro quedaba asociado con dramas de toda enjundia.
Sin embargo, a mediados de la década, comenzaría un rápido declive para la carrera de Laurence Harvey, debido a la irregularidad de los proyectos y la abundancia de películas poco afortunadas.

Con Capucine en "Walk On The Wild Side"

Al respecto de la vida privada de Laurence Harvey, se conjugaría siempre con agitación. Todos sus matrimonios y noviazgos hacían levantar cejas y promovían el chisme.
Su primera esposa fue la actriz británica Margaret Leighton, mayor que él y muy bien posicionada en el artisteo inglés, lo que se vio como un golpe de oportunidad.
Laurence también encontró tiempo para un noviazgo con la aún más señora Hermione Baddeley, con la que coincidió en "Un Lugar en la Cumbre".
Años después, Hermione lo recordaría divertido y emocionante, pero también como un ser agotador y consumido por las ansias de tenerlo todo cuanto antes.


En ese sentido, no hubo mejor ejemplo que su segundo matrimonio. Cuando llegó a Hollywood, Laurence pareció atarse al terreno cuando se casaba con Joan Perry, la viuda de Jerry Cohn, el dueño de la Columbia. 
Los cuchicheos de los mentideros de Tinseltown se hacían alaridos ante tan ventajoso desposorio para Harvey. Además de rica, Joan era diecisiete años mayor que él.
Finalmente, Laurence se maridaría por tercera y última vez con Paulene Stone, una modelo que le había dado su única hija, Domino, mientras él todavía estaba casado con la viuda Cohn.


A pesar de ser tal encanto para las damas, no es ningún secreto ni lo fue nunca que Laurence Harvey era bisexual. Llevaba una doble vida al pairo de las circunstancias de la época, pero tampoco parecía disimularlo demasiado.
De hecho, Frank Sinatra, con quien mantuvo una curiosa amistad, lo llamaba cariñosamente "Ladyboy", sobre todo cuando Harvey intentaba ligarse a su mayordomo.

Con Sinatra en "El Mensajero del Miedo"

La chismología llega a señalar que la verdadera y duradera relación amorosa de Laurence Harvey la mantuvo con su representante, el productor James Woolf, quien había vigilado sus pasos desde sus comienzos en los escenarios.

De sarao, con Rock Hudson y Liz Taylor

El descalabro de su carrera artística pareció la prueba de que la suerte de Laurence no era eterna. Años después, se le acabaría del todo.
Sus excesos - fumaba muchísimo y pimplaba alcohol como nadie - le cobraban trágica factura.
En 1973, Harvey moría a los cuarenta y cinco años, tras padecer un fulminante cáncer de estómago.


Acerca de la figura de Laurence Harvey, historiadores y opinadores suelen señalar la victoria de un oportunista, que suplió su escaso talento con mucha cara y buenas relaciones.
Hay quien lo califica directamente como un buscavidas, que enamoraba a viejas y se disfrazaba de estiloso; aseguran que su papel de advenedizo en "Un Lugar en la Cumbre" fue tan exacto, porque era lo más parecido a su propia vida.
En palabras de David Shipman, "la carrera de Laurence Harvey debería ser una inspiración para sus compañeros actores: ha demostrado que es posible tener éxito sin despertar el mínimo interés o empatía en la audiencia, y mantenerse ahí, a pesar de la antipatía unánime de la crítica. Su carrera de veinte años, llena de fracasos comerciales, es toda una curiosidad dentro de la Historia del Cine". 

Con Angela Lansbury en "El Mensajero del Miedo"

Sin embargo, echando un vistazo a sus mejores películas, Laurence no parece tanto aquel actor por el que los críticos se llevaban las manos a la cabeza o la átona estrella por la que nadie sentía nada de particular.
El Laurence que yo he conocido es un actor de una belleza sobrecogedora, con unos ojos brillantes y, sobre todo, una voz maravillosa; sin duda, de las mejores oídas jamás en el cine. 


En mi opinión, su estatus de seductor en la vida real se transfirió intacto a sus más interesantes intervenciones.
Quizá suceda lo de siempre: alguien da una opinión sobre el escaso talento de cierto actor, y todos la repiten como loros durante años, sin pararse a ofrecer una valoración personal y sin prejuicios.


Fuera o no grande, mereciera o no la celebridad, una revisión para tan florida personalidad y otra mirada para tan guapísimo de pro se hacen tareas de justicia. 

lunes, 6 de agosto de 2012

I Love "Archer"


En un año donde afronto una grave sequía de buenos descubrimientos catódicos, me topo, como excepción, con una sorpresa llamada "Archer".
Se trata de una de esas joyas televisivas que la cadena por cable FX ha preferido esconder, al calor exclusivo y fiel del llamado seguimiento de culto.
Como serie de animación, quizá sea la más distinguida que se emite actualmente, en un podio donde se incluiría también la inmarchitable, siempre resucitable "Futurama". 
Para servidor, "Archer" es, además, lo mejor que ha visto y disfrutado por lo que respecta a series norteamericanas en lo que llevamos de año.


En "Archer", se impone la imprevisión desde su primerísima secuencia. 
El protagonista es un espía aparentemente secuestrado por el enemigo, para enseguida enterarnos de que vemos sólo una prueba de resistencia, comandada por su jefa. 

"Sterling Archer. Nombre en clave: Duquesa".

¿Dónde estamos? ¿En qué época? ¿Por dónde van los tiros? ¿Quién es ese guapo espía que habla y se comporta como un perfecto capullo? ¿Su jefa es su madre?
Los creadores han definido a la perfección en qué consiste "Archer": es el término medio entre una entrega de "James Bond" y un episodio de "Arrested Development". 


Así, se parodian los clichés narrativos y estéticos de las aventuras de espionaje - esos villanos rusos, esas mujeres pechugonas y poco fiables, esas bombas a punto de explotar-, mientras ISIS, la muy secreta agencia gubernamental, concentra todas las caras de la disfuncionalidad.

Los inefables trabajadores de ISIS

La jerarca de ISIS es Malory Archer, madre terrible del protagonista, que funciona como una holgazana, marullera y borracha socialité, más preocupada en ganar dinero y pasárselo bien a costa del Estado que en cumplir con la seguridad de la patria. 

No se bromea con Malory

Tiene a su cargo a una panda temible de funcionarios y brazos armados. 
A pesar de todo, éstos últimos llegan a completar sus peligrosas misiones con éxito en más de una ocasión. 
Bordean el desastre a cada momento, apuestan por la suerte siempre e improvisan en última instancia. Me suena definitivamente a actualidad.
"Archer" se ríe de cómo llegamos a ganar desde nuestra incompetencia.

Sterling y Lana, tensión sexual, reproches y mucha acción

Sterling, el protagonista, representa las dos vertientes de la serie. 
Por un lado, es un espía eficaz y muy cañero; por otro, un snob que no se entera de nada y un machista superficial, con media neurona en funcionamiento y una alarmante tendencia a revelar sus tapaderas en plena juerga putera.

"Duh and/or Hello?"

"Archer" explota el disparate, a través de la comicidad estrambótica, y lo hace en un espacio temporal inconcreto, voluntariamente sin definir. 
En ello, residen tanto su iconoclastia como su originalidad. 
El dibujo, los decorados y las tramas hacen pensar en unos años 60 atenazados por la Guerra Fría, pero los diálogos y el espíritu son inequívocamente propios de estos tiempos de desastre económico y moral.


Así, el personaje de Sterling podría verse como una versión humorosa del Don Draper de "Mad Men"; un señor de aspecto impecable, pero, ante todo, un veleta incorregible. 
Pero también Sterling es ese inconsciente contemporáneo, acostumbrado a un lujoso nivel de vida, a los mimos de su mamá, a no ver más allá de sus narices.
Y, con todo, este pieza de Archer todavía resulta sexy y entrañable. 
Lo sexy, por lo bueno que está el dibujo. Lo entrañable, por la voz que le brinda el estupendo H. Jon Benjamin.

¡Ñam!

A lo largo de las tres temporadas emitidas desde su estreno en 2009, "Archer" va escalando en potencia y estatura, a medida que sus escenarios desafían la imaginación, volando desde Moscú hasta los Mares del Sur, con parada en Marte.
Se beneficia de esa libertad que da la animación para inventarse lo que sea y trasladar a los personajes donde lleve la gana del guionista.


La escritura de "Archer" es impecable, desarrollando con elegancia todos sus niveles de comicidad. 
Es de esas pocas comedias donde no existe un chiste malo. Si "Archer" te seduce, es probable que, como yo, acabes rodando de la risa en más de una ocasión.
La admiración de los creadores por "Arrested Development" no se ha concretado sólo en ese humor socarrón y un tanto cabronazo, sino en la participación recurrente de actores de tan añorada serie.

Jessica Walter

Malory Archer no es más que una versión animada de Lucille Bluth, y ahí está la voz de la incomparable Jessica Walter para ratificarlo. 
"Archer" también cuenta con el doblaje de Judy Greer y, como intervenciones puntuales, de Jeffrey Tambor y David Cross; todos actores de "Arrested Development", serie cuyo regreso, a través de Netflix, ya se fija para 2013.
Por su parte, FX ha anunciado el próximo enero como mes de estreno para una cuarta temporada de "Archer", por lo que ambas series convivirán felizmente para todos los devotos de la comedia más sangrante y visionaria.


 Yo no puedo esperar más. ¡La amo!

viernes, 3 de agosto de 2012

"La Sombra de Una Duda"


De todas sus películas, Alfred Hitchcock siempre señaló "La Sombra de Una Duda" como su favorita; aquella historia de la joven Charlie y su tío Charlie, estrenada en 1943 y considerada una obra maestra, dentro de una filmografía trufada de ellas.


Como película ejemplar de Hitchcock, se establecen dos niveles de placer cinematográfico. 
Por un lado, el puro entretenimiento, servido a través de un thriller de tensión acumulada, cuyas respuestas emocionales se dan cita en un clímax impecable. 
Y, por otro, en directa relación con ese virtuosismo del suspense, aparece la clásica sofisticación hitchcockiana del material tratado. 
El ojo del genio se impone desde el primer momento, poniendo en guardia al espectador, mientras el discurso narrativo y estético se llena de significaciones, símbolos, metáforas, dentro de una complejidad psicológica apabullante.


Los dos protagonistas - la joven Charlotte y su misterioso tío Charles - son presentados de la misma manera. Tendidos en sus camas, en la penumbra de sus respectivos dormitorios. Pero sus problemas son radicalmente distintos.
Él yace en un motel, buscado por la policía, con un fajo de billetes manoseados en la mesilla. Ella, preocupada porque su idílica familia está cayendo en la rutina.
Los dos escenarios, los dos mundos. Los dos Charlies se encuentran, en pleno calor familiar. 
El tío Charlie llega a la plácida casa de sus familiares en la localidad de Santa Rosa. Nosotros ya sabemos que el caballero no es trigo limpio, bajo esa técnica hitchcockiana de que, cuanto más sepa el espectador y menos los personajes, más sufrirá aquel.

Teresa Wright y Joseph Cotten

La familia de la casa de Santa Rosa es la fachada del bienestar: un río lento y apacible, donde no hay problemas, todo son sonrisas y los crímenes sólo se viven en novelas baratas. 
La elección de Teresa Wright para interpretar a la joven Charlie es intencionada; la Wright era una actriz que representaba la chica buena de los años cuarenta, esa paciente sweetheart en tiempos conflictivos.
El tío Charlie supone la entrada de lo inesperado. 
Un modo de romper ese equilibrio, a través de la imprevisión. El tío Charlie es también el símbolo del hombre cambiado, gran temor de la era de la Segunda Guerra Mundial. Aquel que vuelve vestido de gloria, pero podrido por dentro.

Una familia agradable y crédula

La guerra no se nombra en "La Sombra de Una Duda" y, de hecho, la película parece ambientada en tiempo de paz. 
Pero el conflicto bélico está en el alma de la película; esa irrupción del Mal y el Caos en la vida cotidiana norteamericana.
"La Sombra de Una Duda"  no opta por el clásico personaje hitchcockiano: el inocente injustamente perseguido como culpable. 
En este caso, el tío Charlie es el culpable inadvertido; un papanatas que trae regalos caros, resulta encantador a todo el mundo y nadie se atreve a pensar nada malo al respecto de dónde ha estado y qué ha hecho por el mundo.

Un anillo sospechoso

Además, como rareza dentro del cine de Hitchcock, en particular, y de las tendencias narrativas de los años cuarenta, en general, no se da ninguna explicación freudiana a la actitud criminal del personaje. Queda en una sombra  - de duda -, aún más estimulante.
La ambigüedad de un soberbio Joseph Cotten es el remate perfecto a esa turbiedad.

"He venido a traerte pesadillas..."

Hitchcock, fascinado nuevamente por el Mal, aspira a aprehenderlo, dentro de su habitual plato de morbo y sutilezas.
La luz y la oscuridad: los dos Charlies se encuentran y llegan a establecer una insana complicidad, al calor de sus secretos.


La dualidad de los protagonistas, tema central de "La Sombra de Una Duda", hace pensar que, en realidad, ambos representan una misma conciencia.
Una misma personalidad humana, aquella donde coexisten la bondad y la maldad, donde la virtud no puede asumir lo que ha hecho la vileza y lo negará hasta el último momento. 
Dos Charlies, que son un mismo yo, disociado.



Pese al final más o menos feliz, la brutal secuencia del tren nos recuerda una verdad escalofriante: el Mal siempre se anticipa y, entonces, sólo queda confiarse a la suerte.

jueves, 2 de agosto de 2012

Ryan Lochte


La llegada de Estados Unidos a los Juegos Olímpicos se ha resuelto según las acostumbradas previsiones. Es decir, con una demostración de poder a todos los niveles. 
Se ha vivido el despliegue de un poderoso programa deportivo y también esa orquestada repercusión mediática, con la que los yanquis prefieren condimentar todo lo que hacen.
Así, Ryan Lochte se ha convertido en una de las caras de Londres 2012 por dos motivos: ganar y estar bueno. 


Un chico para ocupar portadas y corazones al mismo tiempo. 
Ahora que el laureado astro de la natación, Michael Phelps, anuncia que estos Juegos serán los últimos, los ojos de la delegación norteamericana emplazan todas sus futuribles apuestas en la sonrisa de Ryan.


Los aficionados a la natación saben que Ryan lleva compitiendo en las Olimpiadas desde 2004, pero esta edición es su momento para brillar con decisión. 
Él ha cumplido y, a golpe de esa tremenda arrancada en los 400 metros combinados, hizo morder el polvo a Phelps y se llevó su primer oro de estos Juegos.


Mientras lo celebraba, detectamos que Ryan ha llegado a Londres más sexy que nunca. Hasta le perdonamos ese horterísima bling que le gusta llevar en los dientes. 
Pero, oh, cuando sale de la piscina. Irrumpe ese físico espectacular, como venido de otro planeta, y me hace pensar que Ayn Rand tenía razón. Aquello de que hay seres definitivamente mejores.


Como muchos atletas, el deporte ha sido la razón de existir de Ryan Lochte.
Lleva chapoteando en el agua desde niño, y su padre mudó a toda la familia a Florida para entrenarlo y hacerlo un nadador de élite.


Un día de su adolescencia, Lochte decidió que no iba a perder nunca más, se lo tomó en serio y, años después, ha alcanzado todas las alcanzables glorias internacionales. 
No sólo las Olimpiadas, sino también El Día del Maromo, que tampoco es moco de pavo.


Como Ryan es todo lo guapo y lo simpático que nunca ha sido Michael Phelps, le auguramos un futuro muy show-business.


La prensa ya vive llena de comentarios sobre el 'Lochtenator' y aumentan los fans, tanto en Estados Unidos como en todo el mundo. 
Esperemos que ni el cloro ni la fama perjudiquen jamás la concentración y la belleza de este campeón.


Los que suspiramos por sus músculos y sus brazadas también rezamos para que Hollywood lo convierta en la alternativa masculina a Esther Williams. 
Sería un perfecto y delicioso Tarzán. En definitiva, cualquier papel que requiera agua y la mínima ropa posible.


Todo un descubrimiento este Lochte para el mundo del maromismo. 
Yo confieso que, cada día de estos Juegos, espero con ansia sus competiciones. Sólo hay que verlo para entender mis razones.


Go Ryan!

miércoles, 1 de agosto de 2012

Juegos



Yo, que prefería leer cuentos y estar con las niñas, siempre vi el deporte como ese monstruo amenazante, que asustaba por su imposibilidad. Representaba lo que no me gustaba, para lo que no era bueno. 
Ahí vivía el monstruo, al tiempo que todos me recordaban que debía intentarlo. Para demostrar que era un hombre, para poder pertenecer.
Sólo nació el odio. Un odio que se coció a fuego vivo, entre lo que me forzaron y lo que me resistí.
Nunca cedí, siempre prevalecí. Y el deporte fue esa cosa a la que detestar cordialmente. 
Superada la adolescencia, lo quise mirar por encima del hombro y, con mis estudios y mis películas, me declaré vencedor, mejor que todo lo que suponía ejercicio físico y demostración de testosterona.
Curiosamente, nunca dejé de sentir respeto por los Juegos Olímpicos.
Y es extraño, porque si tanto odiaba el deporte, las Olimpiadas son precisamente su apoteosis. La síntesis de sus más altas virtudes y sus más clamorosos excesos.

"Olympia" (1934)

La explicación podría estar en sus imágenes y sus objetos, que vivían alrededor, que permanecían a través de los años, hermosos, inevitables, hipnóticos. Anunciando un acontecimiento mundial más grande que el propio mundo. 
Las mochilas decían Montreal 76, las sudaderas eran de Los Angeles 84, las cortinillas de Televisión Española rezaban Seúl 88. Y, por supuesto, Barcelona 92.
Toda mi generación sabe de Barcelona 92. 
No sólo porque fueron las Olimpiadas españolas, sino por su entidad de acontecimiento televisivo. Muchos acordes catódicos se tocaron por primera vez en aquella ceremonia de inauguración.


Vista desde hoy, quizá no parezca tan espectacular como entonces. Pero, oh, que nadie dude de ella o lo mato ahora mismo.
La coreografía se atrevía a decirle "Hola" al mundo. Sí, parecía que, por fin, España podía saludar al mundo. 
Había salido de la oscuridad, había vencido al franquismo, y se proclamaba moderna, rica e inquieta. Y decía "Hola" para que las otras naciones la vieran con su traje nuevo. Con su traje de Barcelona 92.
Aquella noche, hasta la monarquía parecía apropiada y justa, cuando la Familia Real se vistió de bandera y lágrimas. 

El príncipe Felipe, abanderado de España en 1992

Quedó la llama.
De un disparo del arquero, la flecha voló por el cielo y cayó perfecta en el pebetero, para encenderlo y convertirse en la llama olímpica.
Ese momento recoge todo lo que conmueve al mundo. La sencillez y la hazaña, el esfuerzo y el suspense, la luz y la victoria, el aplauso y la felicidad. 
La llama olímpica, la esperanza en la supervivencia. Y nosotros, en Barcelona 92, creímos que lo habíamos conseguido.
Hoy, veinte años después, mirando a nuestro desolador rededor, sabemos con tristeza que sólo era una hermosa fachada, que empezaría a resquejebrarse hasta el desastre.

Antonio Rebollo, grande

Cuando llegó Atlanta 96, abominé de los Juegos por la simple razón de que ocuparon todo el espacio de la programación de TVE, lo que suponía que no se emitían películas ni "Doctor en Alaska". Es decir, me dejaban sin oxígeno.
El odio seguía ahí, pero los Juegos Olímpicos no quisieron parar y les dediqué una mirada. Tímida, pero suficiente. Para que Dios no se ofendiera.


Sydney 00, Atenas 04, Beijing 08. Pasaron los años, para las Olimpiadas y por mí. 
Siempre un vistazo, siempre más de una competición, siempre algún nombre que recordar, siempre algún pecho masculino al que dedicarle una paja.
Mi odio hacia el deporte se volvía indiferencia. Y, de la indiferencia, ha nacido, inesperadamente, la curiosidad.


En los últimos tiempos, miro con ojos nuevos al deporte. Como quien se compra unas gafas y ve colores que nunca antes fue capaz de percibir.
Quizá confundí los términos. Que no me gustara algo no me daba derecho a menospreciarlo. Y que no haya nacido para algo no significa que no pueda contemplarlo, entenderlo, celebrarlo.
La personalidad propia es, a veces, un bebedizo demasiado obnubilante.

Angel McCoughtry

Ahora me veo mirando a los atletas, a los deportistas, a los partidos, y siento la vibración de esa cuerda que nunca tocaron en mí. 
Detecto en ellos una pasión purísima, sólo comparable al amor. Contemplo sus luchas en los encuentros, sus lágrimas, sus esperanzas, sus trifulcas, como seres de un melodrama real, vivo, directo, sin adulterar.
Por esa razón, el deporte gusta tantísimo. Es una cuestión sentimental.
El deporte tiene la transpiración emocional que sólo se encuentra en las obras maestras y, además, posee la simbología más sofisticada de todas las expresiones humanas.

"Carros de Fuego" (1981)
El deporte expresa la guerra, el nacionalismo, el sexo, la violencia, la voracidad humana, la animalidad, y, a la vez, subleva todas esas emociones al codificarlas en un juego reglado.
Para sus protagonistas, tiene la misma entidad kamikaze que el arte. A él se entregan los deportistas, en él se matan. Quizá lo pierdan todo - sus juventudes, su salud, sus corduras, incluso sus dignidades -, pero, ¿quién puede resistirse al amor?

Li Xueying

Alguien, quien sea, aquel que nunca tuvo nada, encuentra su habilidad y la persigue, la perfecciona, la muestra. 
Oh, es tan emocionante encontrar para lo que uno sirve, aunque esa habilidad sea tirar una piedra más lejos que cualquiera. 
Le aplaudirá el mundo, yo lo aplaudiré. 
Porque la vida es un baile absurdo, y colar un balón en la portería se compone del similar intricado de deseos humanos que la más sublime sinfonía.

Michael Phelps

El deporte ha salvado naciones, les ha devuelto la dignidad, ha dado esperanza a quien no la tenía y ha alumbrado a todos aquellos que no encontraban mejor luz en sus existencias que contemplar el triunfo de sus compatriotas.
Y ha rescatado de la violencia a muchos, porque es la mejor y más básica manera de inculcar valores a los que nunca los recibieron.
Cada cuatro años, ese deporte milagroso se viste de excepción y multinación.
Los Juegos Olímpicos, el espejo favorecedor. Allá nos reflejamos todos, luchadores, bellos, sufridores, emocionantes, ganadores. Bajo reglas, llameando en pebeteros, en paz.
Hay quien hablará de sus lados oscuros, pero, ¿qué belleza no tuvo su envés?


Entregado a Londres 2012, encuentro momento para pensar.
¿Y si me hubiese desafiado a mí mismo? ¿Y si no hubiese sido tan yo? 
En lugar de llenarme la cabeza de cosas, a lo mejor mi destino, mi paz, mi felicidad era correr y correr hasta la meta. Con la obsesión clara, con la respuesta a mi vida en esa simple cinta que romper con el impulso de mi carrera.
Surge ese pensamiento cuando ya es demasiado tarde, cuando ya elegí y me hice mayor. Soy como deseé ser y no hay vuelta atrás. Soy la presa de mis decisiones, soy la víctima de mis pasiones.
Hoy y mañana, ellos son los campeones del mundo.
Yo, su novedoso espectador, que aparece ahora mismo en el estadio y se sienta en la grada. Esperando pertenecer, aunque haya llegado el último.
Con la serena emoción de haber sabido cambiar de opinión, de perdonar, de sorprenderme. De ser capaz de superarme, como ellos.
Hoy y mañana, cada vez que los vea pasar, tan lejos de mí, los aplaudiré a rabiar.
Con la extraña añoranza ante lo que nunca fui ni quise ser. Con la nueva necesidad de querer contarlo.