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miércoles, 4 de febrero de 2015

Sinatra


Fue un verdadero huracán, que vivió entre las tormentas de su personalidad y todo lo que rodea a un hombre cuando se convierte en una institución. 
En medio de las inclemencias, de algún modo irónico, la voz de Frank Sinatra siempre se las arreglaba para salir pura, perfecta, en su justa medida, con una serenidad tan reconfortante como esplendorosa.


Hablar de este caballero es mencionar uno de los capítulos más apoteósicos del negocio del espectáculo norteamericano, ese show business que sería menos sin Sinatra. 
Él, como buen tozudo, se decía capaz de hacerlo todo. Además de ser el más glorioso de los cantantes, también quería desazonar al mundo entero en los más escalofriantes dramas del cine. Solo o con ayuda de otros, se salió con la suya una y mil veces.
Decía Ava Gardner que la tenía muy grande y la historia de Frank Sinatra - como la de muchos hombres - fue la de demostrarlo.
Con sus ojos azules, su frente con visos de ampliarse y su encanto callejero devenido en trajes de tres piezas, Sinatra pasó de ser un ídolo de matinée a una estrella indiscutible y, en el camino, terminó por convertirse en una marca, en un estilo. 
Desde su sombrero ladeado a sus melodías que ponían la clase en clásico, Frank todavía vende la imagen de lo impecable, de lo bon vivant, de lo cool. 
Cuando se sintoniza con una de sus canciones, aún Sinatra quita la cursilería a lo cursi, mientras su sonido habla de un milagroso intermedio entre la tradición y la personalidad.


Entre lo que traía consigo el viejo Frankie y lo que se tropezó por los tortuosos caminos del estrellato, había quien ni se atrevía a saludarlo.
Dice su hija Tina que su padre era un bipolar sin diagnosticar, lo que explicaría porque en un segundo estaba de buenas y era el más generoso de los extraños y, al minuto siguiente, con la mínima contrariedad, demostraba un carácter horrible que se dijo tan leyenda como sus logros artísticos.
Como todos los irrebatibles, sus sombras y nieblas aparecieron para dudar de su historia de éxito, especialmente en el capítulo de cierta novela, luego convertida en película.
Pero, cabezas de caballo decapitadas o no, Sinatra venció por el empuje de los que saben lo que quieren y se mantuvo porque como actor era inmenso y como cantante, ya se sabe, era la Voz.


El mundo italoamericano vio nacer a uno de sus hijos más queridos en el barrio Hoboken de Nueva Jersey, de padres católicos e inmigrantes. 
Su padre saltaba de oficio en oficio, mientras su madre sacaba unos dineros extra con la voluntad de vestir a su hijo como un dandy.


Francis Albert rememoraría su infancia como la jungla de un barrio desfavorecido, donde lo apropiado era contestar con un puñetazo y lo soñado era hacerse rico para salir de aquel atolladero.
Desde niño, se subía a las mesas y cantaba por propinas. 
Entre sus primeros oficios, se encontraba remachar aviones, pero sus ansias de volar más alto no tenían nada que ver con la aeronaútica.
Ambicioso y despierto, aprendió música de oído, sin preparación, y toda su juventud se emplazó a una carrera que se decía lenta, pero segura hacia los escenarios.


Los comienzos arduos dieron frutos en la década de los cuarenta, cuando el bandleader Tommy Dorsey lo solicitó como cantante. 
Fue el paso decisivo y el billete a la popularidad, pero Dorsey lo tenía bien atado en un contrato de por vida. 
Aún así, la colaboración sólo duró dos años, al término de los cuales el contrato se evaporaba, en uno de tantos momentos de la carrera de Sinatra que han levantado cejas de suspicacia.


Lo importante era que Sinatra escalaba en radios y corazones. Las adolescentes se compraban sus discos y empezaron a volverse majaretas por el joven, carismático cantante de los ojos azules, la pajarita y la voz de oro. Sinatra se hacía el ídolo de las bobby-soxers, tal y como llamaban a las niñas de los años cuarenta.
De hecho, aquellos fueron los primeros ataques de histeria mitómana que registraron los medios, por lo que puede decirse que Frank inventó el fenómeno fan.


La prensa lo vendía como el chico malo de las calles que se había reformado con una carrera de provecho, pero, sobre todo, con una buena esposa. 
Aparecían las fotos de Frank con su esposa Nancy y sus tres hijos. La postal de una familia americana para tiempos que arreciaban guerra.


Frank no pudo cumplir en el ejército por problemas auditivos, pero se vistió de marinerito de permiso en sus primeras películas de éxito, al lado de Gene Kelly.
Fueron "Levando Anclas" y "Un Día en Nueva York".
Aunque Gene le robaba el show sin pestañear, el público agradecía el momento en que la cámara se centraba en Sinatra y el muchacho derrochaba esa voz varonil y seductora, con el Technicolor bien a punto para el azul de sus iris.
En esos dos musicales, Frank ya demostraba lo buen actor que era: al fin y al cabo, de soldadito virginal y con problemas para ligar, nunca tuvo demasiado.


Esa época conoció la llegada de Sinatra a las ondas, que iba desde la balada hasta el swing y siempre con el ritmo de las grandes orquestas.
En cualquier caso, hacia el crepúsculo de la década, decreció la efervescencia de su persona en los gustos del público. De ser el favorito, dejó de ser una novedad.
Aún así, su popularidad, sus tendencias políticas y la evidente envidia que suscitaba en tantos le pasaba peaje cuando las columnas de cotilleo escribían que Ava Gardner era una destrozahogares.
La esposa de Sinatra había soportado las infidelidades de su marido, pero el asunto Ava fue el acabóse y pidió el divorcio.
Quizá temiendo la ruina de sus respectivas carreras en función del escándalo, Frank Sinatra y Ava Gardner se casaron. 
Tratar de hacer doméstica una relación tan pasional como la suya fue un error desde el primer día. "La amo y Dios me maldiga por ello", dijo Frank en una ocasión, con una síntesis perfecta de su vida con Ava.


Unida a las tormentas íntimas, la ruina de la carrera de Sinatra se decía imparable. Las cuerdas vocales sufrieron una sangría que sonaba a fatalidad y el cine ya no depositaba grandes esperanzas en el muchacho que empezaba a ser un hombre.
"De Aquí A La Eternidad" se hizo la obsesión de Sinatra. Quería el papel del soldado Maggio. Y, contra todo pronóstico, lo consiguió. 
Se ha dicho mucho sobre la verdad detrás de esa decisión de casting, aunque la más fidedigna versión fue que Ava Gardner suplicó a Harry Cohn, jefe de la Columbia, que fichara a su marido.


Frank se entregó al personaje de Maggio y concedió mucho de su auténtica personalidad al papel del soldado de indomable carácter y terrible suerte. 
La audiencia se emocionó por primera vez con Sinatra como actor dramático, las críticas fueron favorables y la Academia afirmó con un Oscar lo que se ha llamado la resurrección artística más espectacular de la Historia.


En el país de las segundas oportunidades, Sinatra volvía con venganza.
Su estilo de actuación improvisado e intuitivo se decía de impacto.
Aún más potente que Maggio, fue su Johnny Machine de "El Hombre del Brazo de Oro", pionera ocasión en que la heroinomanía hacía acto de presencia en las pantallas de Hollywood.


A la vez, se hacía con vehículos musicales como "Pal Joey", quintaesencia de su nuevo personaje, directo, sin pretensiones, sombrero a punto y camino hacia delante cuando las cosas no funcionaban.
Su aspecto en "Pal Joey" vislumbraba también su reconquista del universo musical, cuando firmó con Capital Records y la colaboración de Nelson Riddle proporcionaba un lado más trepidante a sus canciones.
El matrimonio con Ava no duró, como era de esperar, pero Sinatra entraba en los sesenta con mucho más que el pie de una celebridad.
Frank Sinatra era un poder.


La prensa conservadora lo tenía en la diana desde hacía años por sus simpatías democrátas y su lucha enconada por los derechos civiles de los afroamericanos.
Se escribía por primera vez que había conexiones mafiosas detrás de los momentos clave de la carrera de Sinatra, desde la ruptura de aquel contrato con Tommy Dorsey hasta su Oscar por "De Aquí a la Eternidad".
Hoover lo había señalado como el enemigo a derribar y el FBI tenía un voluminoso dossier con sus actividades.
La paranoia de Sinatra era explicable en un mundo donde volaban los enemigos. 
Más enemigos se granjeaba cuando presentó una cena baile sólo posible en Hollywood para el candidato más glamouroso, John F. Kennedy, a quien Frank y sus amigos entregaron en bandeja de plata la circunscripción electoral de Chicago, dicen que dicen las leyendas. 
Kennedy se hizo presidente, pero, enterado de los chismes sobre los padrinos de Sinatra, lo relegó en favor de Bob Hope.


Sinatra, dolido, se apartó entonces del Partido Democráta y sus inclinaciones políticas se trocarían más conservadoras con el tiempo.
En aquellos sesenta, se casó con Mia Farrow, por entonces actriz en ciernes, de sólo diecinueve años. El matrimonio fue muy sonado y ellos lo pasearon por fiestas y programas de televisión, pero apenas duró dos años, por culpa de la imperiosa necesidad de Sinatra por controlar la carrera de Mia.
En 1962, Frank brindaba una película memorable sobre la conspiranoia, eso que él también conocía.
Se llamaba "El Mensajero del Miedo", en cuyo plató nació una divertida amistad con el bisexual Laurence Harvey, al que Frank no dudaba en llamar Ladyboy y a quien confesó añorar tras su muerte.


Su reinado en nightclubs y platós de Hollywood se identificaba entonces con el grupo de compadres artísticos, que se llamó Rat Pack. 
Es decir, Dean Martin, Peter Lawford, Joey Bishop y Sammy Davis Jr, con los que compartió escenarios, canciones, más de una película y fiestas bien regadas de todo. Se iban de gira y no volvían.


Si había que hacer parada, era en Las Vegas, donde Sinatra ofrecería los conciertos más importantes de las décadas siguientes.
A lo largo de los setenta, Frank anunciaba retiros, que se salpicaban con apariciones, entrevistas, premios y algún que otro hit, que le daba más alas a su figura. Sus conciertos no terminaban sin "My Way", pero tampoco podían olvidar "Strangers In The Night" o "New York, New York".
A semejantes personalidades les queda el capítulo de la duda, que, para Frank, apareció escrita en la novela "El Padrino" de Mario Puzo. 
Un cantante, de nombre Johnny Fontaine, acude al gran mafioso para que resuelva su ruina en la industria; consigue un papel importante cuando el jerarca del estudio amanece con una cabeza de caballo decapitada en su cama.
Sinatra se puso como un basilisco, más aún cuando lo vio en imágenes en la célebre adaptación de Coppola, y tanto él como sus hijos mayores se han pasado media vida negando cualquier vinculación con la Mafia.
La ventilación del dossier del FBI evidencia los contactos, pero de un modo ocasional y práctico. Sinatra tenía miedo, muchos enemigos y una creciente paranoia. Acudir a los "chicos listos" fue una cuestión de supervivencia.
En uno de los pasajes, además se vislumbra que Sinatra pidió al FBI colaborar como informante para desmantelar al crimen organizado.
Ni marinerito dorado ni correveidile de Lucky Luciano. Digamos que usted encontrará al verdadero Frank Sinatra en el medio de ambos extremos.
Pese a la exposición de sus pecados, algunos ciertos, otros exagerados, Sinatra se las cobró con esos eternos retornos que se centraron en la música y lo demostraban como un abuelo en plena forma. 
Pese a que su última década fue un continuo susto en cuanto a su salud, restaban las ganas de volver a Las Vegas y sus discos conocían una vida inmejorable en las nuevas generaciones.


Que un día moriría lo sabía, especialmente cuando se apilaron las enfermedades, regresó el cáncer, se subió la tensión arterial, se cancelaron todas las apariciones.
De la mano de su cuarta mujer, Barbara, el médico informó al viejo Frank que tenía que luchar. Pero el infarto le dio la estocada al más duro en su lucha decisiva.
"Estoy perdiendo", dijo para despedirse a los 82 años. 
El Empire State Building se llenó de azul, el funeral se abarrotó de amigos y, en la lápida, puede leerse aquello que prometía una de sus canciones: "Lo mejor está por llegar".


Considerado por muchos como el mejor cantante de la música popular estadounidense, Frank Sinatra es un sonido para acompañar la propia existencia, si esa existencia se busca elegante, sentimental y desbordante de todo lo que brilla de verdad en esta vida.
Sea con sus viejos y crepitantes éxitos en gramófono o sus showstoppers de los últimos años, la Voz es una odisea por la clase y el estilo, de un modo tan accesible como exuberante.
Y el Frank detrás de la Voz, ese genial, contradictorio, avasallante de talento y carácter, es una imagen de la que cuesta sustraerse.
Una mirada la de Sinatra, que es puro cine. Esa que espera ser devuelta y no se marchará hasta conseguirlo.

martes, 8 de octubre de 2013

Aplauso y Vida de Angela Lansbury


Huracán de ductilidad, mujer querida a rabiar, vivida desde Londres hasta Los Ángeles, aplaudida desde Broadway hasta Cabot Cove, Angela Lansbury se cuenta de excepción.
Y aún podría considerarse que Angela nunca ha sido una estrella de Hollywood en sentido estricto. En realidad, su carrera cinematográfica, comenzada de adolescente en la Metro Goldwyn Mayer, murió desde altas expectativas y su potencial fue notoriamente desperdiciado. 
Quizá porque no era bella según canónes, tal vez porque su mirada desprendía demasiada inteligencia, o, simplemente, porque no tenía ese factor insospechado que vive más allá de la valía o la ambición.
Ella misma sería capaz de escribir mañana en sus memorias que la suya ha sido una historia accidentada como actriz y añadir que la insatisfacción ha cundido en muchos momentos.
Como buena realista que siempre fue, ya se ha encargado de decir lo más parecido a la verdad: "En mi obituario, se leerá Angela Lansbury, la protagonista de "Se Ha Escrito Un Crimen"."


Cuatro décadas después de su debut, el mundo decidió adorarla cuando había tenido buenos motivos para hacerlo antes. 
Porque previo a Jessica Fletcher, la Lansbury había ofrecido pruebas contundentes de un talento arrollador, multifacetado, incansable, rematado por dos ojos que expresaban todo, incluido la sinceridad de la mujer que los portaba.
Ella podría escribir de descontento, pero pocas actrices han despertado el cariño, los aplausos, la continuidad profesional, la serenidad y el profundo amor que se conjugan con Angela Lansbury. 
Se ha sintonizado el canal sólo por verla, ha oído más ovaciones que casi ninguna otra artista y, como toda grande de verdad, ha sido buena hasta cuando el empeño no estaba a su altura.


Se ha escrito una dama, podría titularse su autobiografía, que versaría sobre sus más memorables apariciones cinematográficas, que nos contaría todas las veces que la Gran Manzana se pintó de Angela y que nos haría llegar hasta su triunfo televisivo, ese que terminó por concederle lo único que le faltaba: una auténtica y duradera popularidad.
Pero, en toda biografía, antes de los logros, prologando los fracasos, habría que empezar por la mujer, por la promesa, por la niña de Londres.


Nacida en una notable familia de clase media, Angela era hija de un político británico - quien fuera uno de los arquitectos del Partido Comunista - y de la actriz de teatro Moyna McGill.
Angela ha señalado la muerte de su padre como giro dramático de su temprana adolescencia, donde la interpretación apareció en el horizonte cual refugio donde se abrigó para superarlo. Los personajes ficticios fueron la vía del luto.
Problemas económicos llevaron a Moyna McGill a casarse otra vez y, más tarde, a reemprender su carrera artística. En cuestión de unos años, Moyna y sus hijos se encontraban en Los Ángeles, parada en ruta de una compañía teatral.
Allí Angela, ya labrada en más de una tabla, comenzó a mirar Hollywood con interés, mientras se escapaba para casarse con Richard Cromwell, bello actor de títulos como "Jezabel" o "Tres Lanceros Bengalíes".
Por entonces, la carrera de Cromwell no estaba en su mejor momento, aunque todavía le quedó diversión para desposarse con Angela a escondidas. 
Mucha emoción, pero se separaron a los pocos meses y el divorcio llegó al año siguiente.
Angela recordaría su primer matrimonio como un error del que aprendió inmediatamente. Según parece, la latente homosexualidad de Richard Cromwell fue la explicación al temprano descalabro.


Angela Lansbury se secó las lágrimas con rapidez porque había razones para sonreír. Con diecisiete años, su debut en "Luz Que Agoniza", como la manipuladora y vulgar doncella de Ingrid Bergman, le valía ovación y primerísima nominación al Oscar.
Aún más encantadora estuvo al año siguiente, ya contratada por la Metro. 
En la lujosa adaptación de "El Retrato de Dorian Gray", la joven Lansbury robó la función cantando el "Little Yellow Bird" como la desgraciada Sybil Vane.

Como Sybil Vane en "El Retrato de Dorian Gray"

Su vida personal le daba un respiro y conocía a Peter Shaw, también actor, luego productor, que sería su marido durante los siguientes cincuenta años y el padre de sus dos hijos. 

Su boda con Peter Shaw

Las cosas funcionaban, pero a medias. La Metro la desaprovechaba, la relegaba a segundas filas, la encasillaba como la zorra que todos odiaban.
Se cuenta que, tras "Las Chicas de Harvey", donde interpretaba a la rival de Judy Garland, la gente la abucheaba por la calle. 
Era complicado ser villana para la queridísima Judy.

"The Harvey Girls"

Actriz tan hábil era colocada en papeles inapropiados, casi disparatados, poco lucidos. 
Entre ellos, la Reina Ana de "Los Tres Mosqueteros" - "parece que se ganó la corona en una tómbola", escribió Kael - o Semadar en "Sansón y Dalila", ciertamente sexy aunque miscast.
Cecil B. De Mille pretendía convencernos que Angela podía ser la hermana mayor de Hedy Lamarr. 

Como Semadar en "Sansón y Dalila"

El fin de su contrato a principios de los cincuenta y el descontento general por los papeles ofrecidos la llevó a mirar con desconsuelo el teatro musical de Broadway. 
Así, luchaba a brazo partido por un papel que, de manera inesperada, consiguió.
Era la excéntrica, hedonista, arrolladora "Mame". Angela cantaba, bailaba y dejaba claro una valía inusitada, nunca percibida en sus años en la Metro. 
Los críticos, el público, todos lo decían y lo repetían por las calles. "Por lo que más quieras, vete a ver a Angela Lansbury en "Mame".
Fue la primera vez que la admiración por ella se tradujo en bocas abiertas. Su "Mame" era como debía ser: infecciosa, inolvidable, emocionante.

A tope, en "Mame"

Al cine volvería de manera desperdigada, sin plan establecido, aunque sería rastreable en muchos títulos.
Por entonces, no tenía más de treinta años y ya interpretaba a madres o mujeres mucho mayores, tal vez por esa cara de señorita tranquila, madura y bien alimentada que siempre ha proyectado.
Llegó "El Mensajero del Miedo". 
Apenas era tres años mayor que Laurence Harvey, pero quedaba perfecta como su madre. Y qué madre. De las mejores madres de la Historia del Cine, por inesperada, terrorífica, devoradora y fascinante.
Eleanor, la paranoica que urde un pérfido complot de espionaje con su querido hijito como perfecto peón, es el mejor papel cinematográfico de Angela Lansbury con diferencia. 
Una injusticia histórica de la Academia de Hollywood fue no concederle el Oscar ese año.

Como Eleanor en "El Mensajero del Miedo"

Entre éxitos y proyectos, Angela llegó a 1970 con un saldo negativo en cuestión de problemas domésticos. 
Sus dos hijos estaban involucrados en ambientes contraculturales, donde cabían drogas y relaciones con la familia Manson. 
El incendio de su casa era figurado y también fue literal. Ardió su residencia californiana y, aprovechando el suceso y para cuidar a sus hijos, Angela y su marido se mudaron a Irlanda.
Rechazaba entonces muchos papeles e irrumpía en el teatro londinense, donde continuaría su carrera en los siguientes años.
Tras un descanso de las pantallas que duró siete años, Angela regresaba con su espectacular Salome Otterbourne de "Muerte en el Nilo".
Disney también le daba un festín de lucimiento y diversión como la Señorita Price, la bruja novata de "Bedknobs & Broomsticks". 
Fue esta una película y una interpretación que alcanzarían especial cariño con las reposiciones posteriores.

Como la Señorita Price en "Bedknobs & Broomsticks"

Sin embargo, la atención de Angela volvía al teatro musical de la Gran Manzana. 
Si bien nunca repitió el éxito de "Mame", se mantuvo activa y en forma durante mucho tiempo en las más variadas representaciones.
Llegaban los años ochenta y la televisión norteamericana se decía adicta a los actores y actrices del ayer. Angela Lansbury era uno de los nombres que figuraba en su lista de deseos desde largo tiempo. Ella se resistió un día y dijo que sí al siguiente.
"No quiero sitcoms, prefiero una serie de misterio", aseguró.
En 1984, la CBS estrenaba "Se Ha Escrito Un Crimen", donde Angela era, cómo no, Jessica Fletcher, escritora e investigadora privada, alérgica a dejar asesinato sin resolver.
La serie demostró muchas cosas. Lo más destacado - y ahora olvidado - es el encanto especial que alcanza un show televisivo cuando su protagonista tiene la añada de un buen vino.

Como Jessica Fletcher en "Se Ha Escrito Un Crimen"

Y Angela, que ya no tenía nada que demostrar, se convirtió, de la noche a la mañana, en la preferida del mundo entero. "Soy la nueva chica en la ciudad", bromeó cuando le dieron el primero de tantos Globos de Oro.
"Se Ha Escrito Un Crimen" duró doce años y fue reino natural de Angela Lansbury, que terminó por adueñarse de la serie como productora ejecutiva.
Aunque se concibió como su centro gravitatorio durante una década, Angela se mantuvo inquieta, tal como se la reconoce, y se subía a miniseries, aparecía en actos benéficos o se prestaba a darle voz y canción a la tetera Señora Potts de "La Bella y la Bestia".
Cuando terminó "Se Ha Escrito Un Crimen", Angela volvió al teatro neoyorquino, auténtico imán durante su vida y trayectoria. Y de ahí no se mueve. 
La gravedad de la salud de su marido la hizo retirarse durante un tiempo y enviudaba finalmente en 2003. Como había sucedido muchos años atrás, la interpretación sanearía la tristeza. 


Ahora Angela Lansbury tiene 87 años y la misma mirada decidida y honesta de la chica que entró por la Metro Goldwyn Mayer en 1944. 
Aún levanta del asiento. Diríase más que nunca, porque, si vas a Broadway, no creo que quieras pasar de largo sin la oportunidad de ver a la Lansbury. 
La gran y talentosa Angela Lansbury.
Y, mientras la Academia de Hollywood se apresura a darle un Oscar honorífico en cuestión de meses, ella anuncia nuevos proyectos sobre las tablas, se va de gira con una representación de "Paseando a Miss Daisy" que la llevará hasta Australia, firma autógrafos, responde a entrevistas, posa para las cámaras y se fotografía con sus admiradores de todas las edades. 
Ella sabe bien que somos legión.   


Y, ahora, después de todo lo dicho y contado, si esta mujer no es una estrella, digame usted qué lo es.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Liev Schreiber


Me encanta este hombre.
Es más, lo amo. Y me parece imposible no hacerlo. 
Liev Schreiber es uno de esos raros intérpretes que cuentan tanto con tan poco. Lo sabes todo sobre él nada más aparecer - sus angustias, sus esperanzas, sus escasas ganas de aguantar gilipolleces - y le basta con su presencia taciturna y esa mirada. 
El estilo de este actor es intuitivo, inmersivo, intelectual, o eso aseguran por ahí. ¿Será esa la razón de que no sea una estrella de primera línea? 
Porque, para ser de la lista de privilegiados de Hollywood en estos tiempos, o demuestras lo dudoso actor que eres a razón de desorbitar los ojos, apuntar con el dedo y/o transformarte en personajes célebres, o sencillamente te limitas a ser más malo que un dolor. 
Liev, tan serio, tan talentoso, tan polifacético - ha pisado tablas, ha dirigido una película, fue guionista antes que actor -, tan discreto y exuberante al mismo tiempo, es un placer demasiado sutil para demandantes de lo obvio.


Por pura y cochina envidia, obvio también será lo mucho que odio a Naomi Watts, amor, pareja y madre de sus retoños desde hace unos cuantos años. 
No hay problemas en el Paraíso y ahí lo veíamos el último invierno, grabando a su Naomi con todo orgullo y para la posterioridad, mientras ella ejercitaba luminosidad en esas alfombras que se enrojecen para gente nominada y requetenominada.


A pesar de que Liev no tiene todo lo que yo le daría, se le saluda como un actor bien reconocible, profesional y de reputación impecable. 
Él mismo ha asegurado en varias ocasiones que su inquietud artística y disciplina intelectual vinieron dadas por una infancia poco ortodoxa. 
La respuesta está en su madre, la irrefrenable, triste, bipolar Heather Schreiber, pintora hippie que lo bautizó en honor a Tolstoy, lo llevó de la mano y le inculcó caminos a la grandeza, mientras vivían de okupas en pisos vacíos de Nueva York.
Como personaje rags-to-riches, Liev creció un buen día y hasta entendió a su madre. Y cuando su carrera artística ebullía, todos le dijeron que escribiera menos y se subiera más al escenario.


Desde mediados de los noventa hasta ahora, Liev atesora dos interpretaciones realmente memorables, en cuanto a pantallas se refiere: el Orson Welles de la excelente Tv-movie "RKO 281" y el político títere del remake de "El Mensajero del Miedo". 
En terrenos comerciales, la cosa ha rimado con la saga "Scream", que lo hizo conocido, y con ese inesperado atraco a la función que se vivió en "Lobezno". 
Todos acudimos a ella por Hugh Jackman y todos salimos de ella con la idea de que tamaño bodrio había sido menos insoportable por Liev Schreiber, que aparecía y se zampaba el escenario.


Cuando vivía a dos días de hacerme una camiseta reivindicativa con la frase "I Love Liev", prorrumpí en salto de alegría hasta el techo al leer que la cadena Showtime anunciaba que sí, que era hora de que Schreiber tuviera serie de televisión propia.
La cosa se llama "Ray Donovan" y se ha estrenado este verano. Liev fue motivo para verla y Liev es motivo para seguir viéndola.


Y, Sirk mío, qué 45 años tiene este hombre. 
Estaba fantástico el muchacho y ahora es para perder la poca razón que nos queda. 
Se nota que se ha preparado físicamente para televisión, con la voluntad de que todos concluyamos que es el más buenorro.


Hemos comprobado que se ha puesto en forma a golpe de un par de escenas anonadantes, pero, para redondear, se ha desplegado esa estrategia que yo he denominado "hacerse un Lana Turner en Madame X". 
Me explico. Si en "Madame X", no había una sola actriz más joven que Lana, para enmascarar - inútilmente - que la Turner ya estaba talludita, en la serie "Ray Donovan" no hay persona atractiva en el reparto, sino Liev. 
De hecho, los familiares del protagonista son tan feos que es incongruente que tengan algo que ver con semejante maromo.
Lo que se llama favorecerse escénicamente por comparación.


Las imágenes de "Ray Donovan" adoran a Liev y no dudan en capturarlo altísimo, interesante, cool y envuelto en esplendorosas sombras. 
Este "hacerse un Lana Turner" le ha dado  buen resultado y, con mucha probabilidad, el próximo Globo de Oro.
En cuanto a la calidad de la serie, obedece a esa tendencia de los estrenos de los últimos años: empezar con todo al fuego e ir desinflándose, capítulo a capítulo. 
Las propuestas eran muy estimulantes y se vislumbraba una especie de "Scandal" ceporro y altamente devorable, pero los creadores han preferido orientarla a un exposé familiar en la corriente de "Los Soprano". Hallóme entonces con el dèjá-vu y las pretensiones. 
Para colmo, se nota cierto desaliño en la escritura de los episodios, como si los hubieran ideado y redactado con una prisa horrible.


Sin ser la serie que mereciera Liev, sí es la que necesita.
"Ray Donovan" se confirma como una apuesta por este actor especial y atractivo, ese que ondula sus larguísimas cejas y, de su eterna melancolía e inquietante calma, surge la violencia, la imprevisión, la contradictoria luz de los seres complejos. 


Como maromo, Schreiber tiene esa cualidad masculina que elogiáramos a propósito de Ray Stevenson: una raza de machote natural, que no tendrá tantos abdominales como otros, pero los cambia por un carisma que te deja clavado en el asiento, en la vida y en las ganas de odiar a Naomi Watts.
Está claro. No pienso salir a la calle nunca más sin mi camiseta de "I Love Liev".

martes, 7 de agosto de 2012

Cumbres de Laurence Harvey


Muchas veces se cambió el nombre.
En Lituania, nació como Zvi Mosheh Skikne. Cuando vivía en Sudáfrica siendo niño, preferían conocerlo como Harry Skikne. 
Al calor de las bambalinas de sus primeros teatros, dijo que era Larry. Y, para elegir un nombre artístico, finalmente se decidió por Laurence Harvey.
Trasladado a Gran Bretaña para perseguir su aventura interpretativa, los principios no fueron fáciles para Laurence y, durante años, las palabras "soso" y "rígido" se repetían en las bocas de los críticos y comentaristas. 
Muchos no tenían ninguna reserva en calificarlo como un actor horrible, una nulidad en la escena, cuya apostura no hacía sino incrementar su frialdad.


Pero no conocían la ambición de Laurence. Empeñado en seguir por el camino de las luces, sorteando fracasos y meridianos éxitos, llegaría su gran momento en 1959.
La película se llamaba "Un Lugar En La Cumbre", título que abría aguas para un nuevo cine inglés de fresca apariencia y madura temática. 
Laurence Harvey interpretaba a un arribista que, en su camino hacia la alta sociedad, se topa inesperadamente con el amor, en los brazos de una mujer casada.

Con Simone Signoret en "Un Lugar En La Cumbre"

La contradicción de un ser que encuentra un sentimiento verdadero y será infeliz al despreciarlo compone el entretejido moral de esta bellísima película de Jack Clayton.
La interpretación de Harvey se sintió convincente; aquella tan cuestionada personalidad escénica servía, en esta ocasión, como un guante para el frío y distanciado carácter del personaje protagonista.


"Un Lugar en la Cumbre" llevó a Laurence Harvey donde quería estar.
A Hollywood, donde lo nominaron al Oscar, y también a las puertas de la jet-set internacional, mientras su nombre comenzaba a repetirse y desearse.
Se le conocía como un bon vivant; Harvey gastaba mucho dinero, vivía al día y no se perdía ninguna fiesta.
Pese a su variopinta procedencia, Laurence era el prototípico caballerete inglés de los sesenta, que navegaba entre impecables fracs y ardientes pijamas, entre bienvenidos matrimonios y veniales pecados, entre turbulentas madrugadas y resacosas horas del té.


Sus siguientes apariciones cinematográficas le hicieron granjearse cierto estatus de estrella fina de los sesenta, aunque nunca motivó demasiado entusiasmo entre el público, que lo veía bello pero poco apasionante.

Con Elizabeth Taylor en "BUtterfield 8"

Entre las mejores y más conocidas de sus películas, se alinean títulos como "BUtterfield 8",  "El Mensajero del Miedo", "Verano y Humo" o "Darling". Su rostro quedaba asociado con dramas de toda enjundia.
Sin embargo, a mediados de la década, comenzaría un rápido declive para la carrera de Laurence Harvey, debido a la irregularidad de los proyectos y la abundancia de películas poco afortunadas.

Con Capucine en "Walk On The Wild Side"

Al respecto de la vida privada de Laurence Harvey, se conjugaría siempre con agitación. Todos sus matrimonios y noviazgos hacían levantar cejas y promovían el chisme.
Su primera esposa fue la actriz británica Margaret Leighton, mayor que él y muy bien posicionada en el artisteo inglés, lo que se vio como un golpe de oportunidad.
Laurence también encontró tiempo para un noviazgo con la aún más señora Hermione Baddeley, con la que coincidió en "Un Lugar en la Cumbre".
Años después, Hermione lo recordaría divertido y emocionante, pero también como un ser agotador y consumido por las ansias de tenerlo todo cuanto antes.


En ese sentido, no hubo mejor ejemplo que su segundo matrimonio. Cuando llegó a Hollywood, Laurence pareció atarse al terreno cuando se casaba con Joan Perry, la viuda de Jerry Cohn, el dueño de la Columbia. 
Los cuchicheos de los mentideros de Tinseltown se hacían alaridos ante tan ventajoso desposorio para Harvey. Además de rica, Joan era diecisiete años mayor que él.
Finalmente, Laurence se maridaría por tercera y última vez con Paulene Stone, una modelo que le había dado su única hija, Domino, mientras él todavía estaba casado con la viuda Cohn.


A pesar de ser tal encanto para las damas, no es ningún secreto ni lo fue nunca que Laurence Harvey era bisexual. Llevaba una doble vida al pairo de las circunstancias de la época, pero tampoco parecía disimularlo demasiado.
De hecho, Frank Sinatra, con quien mantuvo una curiosa amistad, lo llamaba cariñosamente "Ladyboy", sobre todo cuando Harvey intentaba ligarse a su mayordomo.

Con Sinatra en "El Mensajero del Miedo"

La chismología llega a señalar que la verdadera y duradera relación amorosa de Laurence Harvey la mantuvo con su representante, el productor James Woolf, quien había vigilado sus pasos desde sus comienzos en los escenarios.

De sarao, con Rock Hudson y Liz Taylor

El descalabro de su carrera artística pareció la prueba de que la suerte de Laurence no era eterna. Años después, se le acabaría del todo.
Sus excesos - fumaba muchísimo y pimplaba alcohol como nadie - le cobraban trágica factura.
En 1973, Harvey moría a los cuarenta y cinco años, tras padecer un fulminante cáncer de estómago.


Acerca de la figura de Laurence Harvey, historiadores y opinadores suelen señalar la victoria de un oportunista, que suplió su escaso talento con mucha cara y buenas relaciones.
Hay quien lo califica directamente como un buscavidas, que enamoraba a viejas y se disfrazaba de estiloso; aseguran que su papel de advenedizo en "Un Lugar en la Cumbre" fue tan exacto, porque era lo más parecido a su propia vida.
En palabras de David Shipman, "la carrera de Laurence Harvey debería ser una inspiración para sus compañeros actores: ha demostrado que es posible tener éxito sin despertar el mínimo interés o empatía en la audiencia, y mantenerse ahí, a pesar de la antipatía unánime de la crítica. Su carrera de veinte años, llena de fracasos comerciales, es toda una curiosidad dentro de la Historia del Cine". 

Con Angela Lansbury en "El Mensajero del Miedo"

Sin embargo, echando un vistazo a sus mejores películas, Laurence no parece tanto aquel actor por el que los críticos se llevaban las manos a la cabeza o la átona estrella por la que nadie sentía nada de particular.
El Laurence que yo he conocido es un actor de una belleza sobrecogedora, con unos ojos brillantes y, sobre todo, una voz maravillosa; sin duda, de las mejores oídas jamás en el cine. 


En mi opinión, su estatus de seductor en la vida real se transfirió intacto a sus más interesantes intervenciones.
Quizá suceda lo de siempre: alguien da una opinión sobre el escaso talento de cierto actor, y todos la repiten como loros durante años, sin pararse a ofrecer una valoración personal y sin prejuicios.


Fuera o no grande, mereciera o no la celebridad, una revisión para tan florida personalidad y otra mirada para tan guapísimo de pro se hacen tareas de justicia.