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miércoles, 4 de febrero de 2015

Sinatra


Fue un verdadero huracán, que vivió entre las tormentas de su personalidad y todo lo que rodea a un hombre cuando se convierte en una institución. 
En medio de las inclemencias, de algún modo irónico, la voz de Frank Sinatra siempre se las arreglaba para salir pura, perfecta, en su justa medida, con una serenidad tan reconfortante como esplendorosa.


Hablar de este caballero es mencionar uno de los capítulos más apoteósicos del negocio del espectáculo norteamericano, ese show business que sería menos sin Sinatra. 
Él, como buen tozudo, se decía capaz de hacerlo todo. Además de ser el más glorioso de los cantantes, también quería desazonar al mundo entero en los más escalofriantes dramas del cine. Solo o con ayuda de otros, se salió con la suya una y mil veces.
Decía Ava Gardner que la tenía muy grande y la historia de Frank Sinatra - como la de muchos hombres - fue la de demostrarlo.
Con sus ojos azules, su frente con visos de ampliarse y su encanto callejero devenido en trajes de tres piezas, Sinatra pasó de ser un ídolo de matinée a una estrella indiscutible y, en el camino, terminó por convertirse en una marca, en un estilo. 
Desde su sombrero ladeado a sus melodías que ponían la clase en clásico, Frank todavía vende la imagen de lo impecable, de lo bon vivant, de lo cool. 
Cuando se sintoniza con una de sus canciones, aún Sinatra quita la cursilería a lo cursi, mientras su sonido habla de un milagroso intermedio entre la tradición y la personalidad.


Entre lo que traía consigo el viejo Frankie y lo que se tropezó por los tortuosos caminos del estrellato, había quien ni se atrevía a saludarlo.
Dice su hija Tina que su padre era un bipolar sin diagnosticar, lo que explicaría porque en un segundo estaba de buenas y era el más generoso de los extraños y, al minuto siguiente, con la mínima contrariedad, demostraba un carácter horrible que se dijo tan leyenda como sus logros artísticos.
Como todos los irrebatibles, sus sombras y nieblas aparecieron para dudar de su historia de éxito, especialmente en el capítulo de cierta novela, luego convertida en película.
Pero, cabezas de caballo decapitadas o no, Sinatra venció por el empuje de los que saben lo que quieren y se mantuvo porque como actor era inmenso y como cantante, ya se sabe, era la Voz.


El mundo italoamericano vio nacer a uno de sus hijos más queridos en el barrio Hoboken de Nueva Jersey, de padres católicos e inmigrantes. 
Su padre saltaba de oficio en oficio, mientras su madre sacaba unos dineros extra con la voluntad de vestir a su hijo como un dandy.


Francis Albert rememoraría su infancia como la jungla de un barrio desfavorecido, donde lo apropiado era contestar con un puñetazo y lo soñado era hacerse rico para salir de aquel atolladero.
Desde niño, se subía a las mesas y cantaba por propinas. 
Entre sus primeros oficios, se encontraba remachar aviones, pero sus ansias de volar más alto no tenían nada que ver con la aeronaútica.
Ambicioso y despierto, aprendió música de oído, sin preparación, y toda su juventud se emplazó a una carrera que se decía lenta, pero segura hacia los escenarios.


Los comienzos arduos dieron frutos en la década de los cuarenta, cuando el bandleader Tommy Dorsey lo solicitó como cantante. 
Fue el paso decisivo y el billete a la popularidad, pero Dorsey lo tenía bien atado en un contrato de por vida. 
Aún así, la colaboración sólo duró dos años, al término de los cuales el contrato se evaporaba, en uno de tantos momentos de la carrera de Sinatra que han levantado cejas de suspicacia.


Lo importante era que Sinatra escalaba en radios y corazones. Las adolescentes se compraban sus discos y empezaron a volverse majaretas por el joven, carismático cantante de los ojos azules, la pajarita y la voz de oro. Sinatra se hacía el ídolo de las bobby-soxers, tal y como llamaban a las niñas de los años cuarenta.
De hecho, aquellos fueron los primeros ataques de histeria mitómana que registraron los medios, por lo que puede decirse que Frank inventó el fenómeno fan.


La prensa lo vendía como el chico malo de las calles que se había reformado con una carrera de provecho, pero, sobre todo, con una buena esposa. 
Aparecían las fotos de Frank con su esposa Nancy y sus tres hijos. La postal de una familia americana para tiempos que arreciaban guerra.


Frank no pudo cumplir en el ejército por problemas auditivos, pero se vistió de marinerito de permiso en sus primeras películas de éxito, al lado de Gene Kelly.
Fueron "Levando Anclas" y "Un Día en Nueva York".
Aunque Gene le robaba el show sin pestañear, el público agradecía el momento en que la cámara se centraba en Sinatra y el muchacho derrochaba esa voz varonil y seductora, con el Technicolor bien a punto para el azul de sus iris.
En esos dos musicales, Frank ya demostraba lo buen actor que era: al fin y al cabo, de soldadito virginal y con problemas para ligar, nunca tuvo demasiado.


Esa época conoció la llegada de Sinatra a las ondas, que iba desde la balada hasta el swing y siempre con el ritmo de las grandes orquestas.
En cualquier caso, hacia el crepúsculo de la década, decreció la efervescencia de su persona en los gustos del público. De ser el favorito, dejó de ser una novedad.
Aún así, su popularidad, sus tendencias políticas y la evidente envidia que suscitaba en tantos le pasaba peaje cuando las columnas de cotilleo escribían que Ava Gardner era una destrozahogares.
La esposa de Sinatra había soportado las infidelidades de su marido, pero el asunto Ava fue el acabóse y pidió el divorcio.
Quizá temiendo la ruina de sus respectivas carreras en función del escándalo, Frank Sinatra y Ava Gardner se casaron. 
Tratar de hacer doméstica una relación tan pasional como la suya fue un error desde el primer día. "La amo y Dios me maldiga por ello", dijo Frank en una ocasión, con una síntesis perfecta de su vida con Ava.


Unida a las tormentas íntimas, la ruina de la carrera de Sinatra se decía imparable. Las cuerdas vocales sufrieron una sangría que sonaba a fatalidad y el cine ya no depositaba grandes esperanzas en el muchacho que empezaba a ser un hombre.
"De Aquí A La Eternidad" se hizo la obsesión de Sinatra. Quería el papel del soldado Maggio. Y, contra todo pronóstico, lo consiguió. 
Se ha dicho mucho sobre la verdad detrás de esa decisión de casting, aunque la más fidedigna versión fue que Ava Gardner suplicó a Harry Cohn, jefe de la Columbia, que fichara a su marido.


Frank se entregó al personaje de Maggio y concedió mucho de su auténtica personalidad al papel del soldado de indomable carácter y terrible suerte. 
La audiencia se emocionó por primera vez con Sinatra como actor dramático, las críticas fueron favorables y la Academia afirmó con un Oscar lo que se ha llamado la resurrección artística más espectacular de la Historia.


En el país de las segundas oportunidades, Sinatra volvía con venganza.
Su estilo de actuación improvisado e intuitivo se decía de impacto.
Aún más potente que Maggio, fue su Johnny Machine de "El Hombre del Brazo de Oro", pionera ocasión en que la heroinomanía hacía acto de presencia en las pantallas de Hollywood.


A la vez, se hacía con vehículos musicales como "Pal Joey", quintaesencia de su nuevo personaje, directo, sin pretensiones, sombrero a punto y camino hacia delante cuando las cosas no funcionaban.
Su aspecto en "Pal Joey" vislumbraba también su reconquista del universo musical, cuando firmó con Capital Records y la colaboración de Nelson Riddle proporcionaba un lado más trepidante a sus canciones.
El matrimonio con Ava no duró, como era de esperar, pero Sinatra entraba en los sesenta con mucho más que el pie de una celebridad.
Frank Sinatra era un poder.


La prensa conservadora lo tenía en la diana desde hacía años por sus simpatías democrátas y su lucha enconada por los derechos civiles de los afroamericanos.
Se escribía por primera vez que había conexiones mafiosas detrás de los momentos clave de la carrera de Sinatra, desde la ruptura de aquel contrato con Tommy Dorsey hasta su Oscar por "De Aquí a la Eternidad".
Hoover lo había señalado como el enemigo a derribar y el FBI tenía un voluminoso dossier con sus actividades.
La paranoia de Sinatra era explicable en un mundo donde volaban los enemigos. 
Más enemigos se granjeaba cuando presentó una cena baile sólo posible en Hollywood para el candidato más glamouroso, John F. Kennedy, a quien Frank y sus amigos entregaron en bandeja de plata la circunscripción electoral de Chicago, dicen que dicen las leyendas. 
Kennedy se hizo presidente, pero, enterado de los chismes sobre los padrinos de Sinatra, lo relegó en favor de Bob Hope.


Sinatra, dolido, se apartó entonces del Partido Democráta y sus inclinaciones políticas se trocarían más conservadoras con el tiempo.
En aquellos sesenta, se casó con Mia Farrow, por entonces actriz en ciernes, de sólo diecinueve años. El matrimonio fue muy sonado y ellos lo pasearon por fiestas y programas de televisión, pero apenas duró dos años, por culpa de la imperiosa necesidad de Sinatra por controlar la carrera de Mia.
En 1962, Frank brindaba una película memorable sobre la conspiranoia, eso que él también conocía.
Se llamaba "El Mensajero del Miedo", en cuyo plató nació una divertida amistad con el bisexual Laurence Harvey, al que Frank no dudaba en llamar Ladyboy y a quien confesó añorar tras su muerte.


Su reinado en nightclubs y platós de Hollywood se identificaba entonces con el grupo de compadres artísticos, que se llamó Rat Pack. 
Es decir, Dean Martin, Peter Lawford, Joey Bishop y Sammy Davis Jr, con los que compartió escenarios, canciones, más de una película y fiestas bien regadas de todo. Se iban de gira y no volvían.


Si había que hacer parada, era en Las Vegas, donde Sinatra ofrecería los conciertos más importantes de las décadas siguientes.
A lo largo de los setenta, Frank anunciaba retiros, que se salpicaban con apariciones, entrevistas, premios y algún que otro hit, que le daba más alas a su figura. Sus conciertos no terminaban sin "My Way", pero tampoco podían olvidar "Strangers In The Night" o "New York, New York".
A semejantes personalidades les queda el capítulo de la duda, que, para Frank, apareció escrita en la novela "El Padrino" de Mario Puzo. 
Un cantante, de nombre Johnny Fontaine, acude al gran mafioso para que resuelva su ruina en la industria; consigue un papel importante cuando el jerarca del estudio amanece con una cabeza de caballo decapitada en su cama.
Sinatra se puso como un basilisco, más aún cuando lo vio en imágenes en la célebre adaptación de Coppola, y tanto él como sus hijos mayores se han pasado media vida negando cualquier vinculación con la Mafia.
La ventilación del dossier del FBI evidencia los contactos, pero de un modo ocasional y práctico. Sinatra tenía miedo, muchos enemigos y una creciente paranoia. Acudir a los "chicos listos" fue una cuestión de supervivencia.
En uno de los pasajes, además se vislumbra que Sinatra pidió al FBI colaborar como informante para desmantelar al crimen organizado.
Ni marinerito dorado ni correveidile de Lucky Luciano. Digamos que usted encontrará al verdadero Frank Sinatra en el medio de ambos extremos.
Pese a la exposición de sus pecados, algunos ciertos, otros exagerados, Sinatra se las cobró con esos eternos retornos que se centraron en la música y lo demostraban como un abuelo en plena forma. 
Pese a que su última década fue un continuo susto en cuanto a su salud, restaban las ganas de volver a Las Vegas y sus discos conocían una vida inmejorable en las nuevas generaciones.


Que un día moriría lo sabía, especialmente cuando se apilaron las enfermedades, regresó el cáncer, se subió la tensión arterial, se cancelaron todas las apariciones.
De la mano de su cuarta mujer, Barbara, el médico informó al viejo Frank que tenía que luchar. Pero el infarto le dio la estocada al más duro en su lucha decisiva.
"Estoy perdiendo", dijo para despedirse a los 82 años. 
El Empire State Building se llenó de azul, el funeral se abarrotó de amigos y, en la lápida, puede leerse aquello que prometía una de sus canciones: "Lo mejor está por llegar".


Considerado por muchos como el mejor cantante de la música popular estadounidense, Frank Sinatra es un sonido para acompañar la propia existencia, si esa existencia se busca elegante, sentimental y desbordante de todo lo que brilla de verdad en esta vida.
Sea con sus viejos y crepitantes éxitos en gramófono o sus showstoppers de los últimos años, la Voz es una odisea por la clase y el estilo, de un modo tan accesible como exuberante.
Y el Frank detrás de la Voz, ese genial, contradictorio, avasallante de talento y carácter, es una imagen de la que cuesta sustraerse.
Una mirada la de Sinatra, que es puro cine. Esa que espera ser devuelta y no se marchará hasta conseguirlo.

martes, 24 de junio de 2014

Espejos de Lauren Bacall


Invento glamouroso de los años cuarenta, mimada y confortada por sus escultores, Lauren Bacall sedujo desde el primer minuto, pero fue fabulosa el día que decidió navegar sola. 
A riesgo de que la trataran de actriz difícil, hizo lo debido: ser ella misma sin renunciar a su poderosa imagen y reconvertirse en el lujo de señora que aún vive, colea y cautiva.
La Bacall tiene quizá la trayectoria más irregular, apática e inexplicable de todos los mitos cinematográficos de Hollywood, y aún así, es una de las personalidades más amadas del cine norteamericano.
Rastrearla desde su espectacular debut implica buscarla entre sus parones profesionales, sus huidas a Broadway, sus matrimonios, sus retornos.
Como las mejores, Lauren produce obsesión desde su excepción; como ninguna otra, se cuenta distinguida con muy poco. 


Extraordinaria belleza y pareja imprescindible de uno de los astros del cine clásico, Lauren Bacall también es epítome de sequías profesionales motivadas por la escasez de verdaderos retos interpretativos. Como la mayoría de las actrices, Lauren ha estado francamente desaprovechada y un varapalo se miraba más decisivo por la industria que media docena de éxitos.
Entre etiquetas, naufragios, aplausos y arrugas, Lauren Bacall es también un icono de feminismo, que retaba a sus machos de escena, huyó de la condición de florero que le tenían reservada y no ha tenido miedo a envejecer con dignidad, a salvo de cirugías, para encontrarse con la sorpresa: tras el final de la carrera, quedaba mucho camino por andar.


Nacida en el seno de una familia estrictamente judía - de hecho, es prima de Shimon Peres - Betty Joan Perske cambió su apellido por Bacall cuando su padre se divorció de su madre, marchóse y nunca volvió.
Aún adolescente, Betty Bacall podía encontrarse como taquillera de un cine neoyorquino.
Mientras tomaba lecciones interpretativas, las facturas de la joven Bacall las costeaba su trabajo como modelo para grandes almacenes y revistas de moda. Sería en una de ellas donde su foto llamaba poderosamente la atención al otro lado del país.
Nancy, la mujer del director Howard Hawks, observaba la fotografía y se la enseñaba a su marido, convencida de que había encontrado el oro. 
Nancy Hawks se decidía a convertir a su hallazgo en estrella y la tomó bajo su cuidado, mientras una milagrosa prueba convertía a Betty en Lauren Bacall, contrato con la Warner mediante.


Los nervios sacudieron a Lauren Bacall durante sus primeras pruebas para "Tener y No Tener". 
Howard Hawks detestó su voz y los maestros de dicción la aleccionaron para que hablara de manera grave y envolvente. Otros asesores le pidieron que contuviese sus temblores escénicos, bajando la barbilla hasta el pecho y mirando soslayadamente a cámara. 
La voz y la mirada de Lauren Bacall nacieron en esos días.


Unida a Humphrey Bogart, los Hawks entendieron a la pareja como un espejo cinematográfico de su propia relación. Lauren Bacall interpretaría a Slim en "Tener y No Tener", justo el apodo de Nancy Hawks.
La insinuante y felina Lauren apareció en el nuevo vehículo fílmico de Bogart y causó sensación. La androginia la hacía aún más estimulante y, así, se consagraba una de las parejas romántico-eróticas más reconocidas y divulgadas del cine.

Con Humphrey Bogart en "Tener y No Tener"

"Si me necesitas, junta los labios y silba", le decía Lauren a Bogart para ganarse la inmortalidad.
Lauren sólo tenía 19 años y Bogart, 45.
Él se divorció de su mujer para casarse con Lauren Bacall, con quien tendría dos hijos y permanecería unido hasta su muerte. 
De algún modo, no podría entenderse a Lauren sin Bogie y ella aún responde preguntas sobre él. "¿Un tipo duro? No, Bogie era un alma amable".
Además de la vida doméstica que se crearon contra todo pronóstico, Lauren volvería a los brazos de Humphrey en tres ocasiones cinematográficas para tríada de clásicos del noir: "Cayo Largo", "El Sueño Eterno" y "La Senda Prohibida", donde repitieron eso llamado química, o el encanto de ver al entrañable sabueso y la deliciosa gata otorgando luz a turbias intrigas de celuloide.

Con Bogart en "El Sueño Eterno"

Si las promesas con Bogart se cumplieron, las cosas se complicaron para Lauren Bacall desde el fracaso de su segunda y olvidable película, de la que siempre dijo nunca se recuperó. La Warner la desprotegió y ella demostraba un rápido desinterés, que se ha traducido en períodos de parón, algunos realmente largos.
Miembro de la facción progresista de Hollywood, quizá tampoco despertó muchas simpatías su manifiesta repulsión al mccarthysmo.
Se la vio marchando con Bogart y otros colegas para protestar contra la paranoia anticomunista que asolaba al país. Aún así, el matrimonio tuvo que declarar que no tenían ninguna inclinación por la hoz y el martillo.


Más ligera se la veía en "Cómo Casarse Con Un Millonario", donde su voz ronca y refinadas maneras contrastaban deleitosamente con las pin-ups Marilyn Monroe y Betty Grable.
Fue una vuelta a la primera plana, todo opulencia y colorín. 

Con Betty Grable y Marilyn Monroe en "Cómo Casarse Con Un Millonario"

Más opulencia y aún mejores colores se vestían cuando Lauren Bacall visitaba el mundo de Douglas Sirk en "Escrito Sobre el Viento", donde interpretaba a la afligida esposa del decadente heredero de una empresa petrolífera.
Hoy considerada una obra maestra, hasta Bogart expresó su disgusto por ver a su Lauren en semejante melodrama y la Bacall nunca la ha nombrado entre sus películas favoritas.

Como Lucy Moore Hadley en "Escrito Sobre el Viento"

Al año siguiente, Bogart sucumbía al cáncer y el luto desbordaba la ciudad. 
Lauren, la joven viuda, colocaba un silbato en la tumba, porque aquello de "si me necesitas, sílbame".


Lauren Bacall perdía un gran amor, pero también su mejor aliado y su guía en el cine.
La dispersión se acrecentó y su breve compromiso con Frank Sinatra - que la dejó cuando se enteró que todos sabían de la boda menos él - ocupaba más atención que sus apariciones cinematográficas.

Con Sinatra

A finales de los cincuenta, Lauren se marchaba de los escenarios durante varios años, a lo largo de los cuales encontró el tiempo para casarse con Jason Robards.
Con Robards tendría un hijo, pero también una tormenta asegurada a causa del alcoholismo de él, que terminaría por sentenciar el matrimonio.

Con Jason Robards

Habría que esperar al meridiano de la siguiente década para verla con la marcha recuperada en los escenarios.
Sus mejores éxitos se ovacionaban en el teatro musical neoyorquino, donde conquistó con "Applause", versión musical de "Eva Al Desnudo".


Fue uno de tantos regalos que se dio a sí misma y la evidencia de que descansar le sentaba bien. Su ductilidad y elegancia no sólo permanecían, sino aumentaban con la edad.
"Asesinato en el Orient Express" la recuperaba por enésima vez para la pantalla, aunque esta vez con la firme decisión de devenirse en actriz secundaria y/o presencia de respeto. 

Como Mrs. Hubbard en "Asesinato en el Orient Express"

Desde ese momento y para siempre, contar con la Bacall ha sido llamar a la esfinge de los ayeres que recuerda recetas de glamour a los nuevos tiempos.
Imitada, homenajeada, adjetivizada, es difícil saber si Lauren Bacall inventó el estilo de los cuarenta o viceversa, y si su talento fue algo que aprendió por el camino o era esa veta inexplorada desde que se hacía llamar Slim. 
"¿Qué se siente al mirarse en el espejo y verse tan bella?", le preguntaba Barbra Streisand en "El Amor Tiene Dos Caras", donde era la madre guapa del patito feo. 

"El Amor Tiene Dos Caras"

Su augusta presencia le valía su única nominación al Oscar, negado de manera sorprendente, aplazado a un premio honorífico en 2009.
El galardón le llegaba en la etapa más ocupada de su carrera, justo cuando pensó que ya había terminado. Lars von Trier la ha llamado dos veces y la animación no para de demandar su inmarchitable voz, al ritmo que se suceden apariciones especiales, entradas en saraos y todos los homenajes.
Con el Oscar en la mano, dijo: "¡Un hombre, por fin!".


Pese a casarse dos veces y parir tres hijos, Lauren siempre se ha confesado alérgica a vidas familiares y uniones conyugales, mientras bendice el día que reconoció que no estaba hecha para ello. 
A ella le bastó su sentido del humor, su estilo y su maravillosa independencia como actriz, persona y mujer.


Lauren Bacall hoy tiene 89 años y, cual buena vieja batallitas, sostiene que el pasado del cine siempre fue mejor, añorando a todos los grandes, quizá echando de menos el principio de su bella historia.


Se cuenta placer oírla sacar el alfiler y decir cosas como: "Sí, he visto "Crepúsculo". Mi nieta me hizo verla, diciendo que era la mejor película de vampiros de la Historia. Cuando la "película" acabó, quería partirle la cabeza con el zapato, pero no quiero que escriba un libro llamado "Querídisima Abuelita" cuando yo muera. Así que le regalé el DVD de "Nosferatu", obra maestra de Murnau, y le dije: "Esto sí es una película de vampiros". ¡Y esto también va por todos vosotros! ¡Ved "Nosferatu"!"


No te mueras nunca, Slim.

martes, 7 de mayo de 2013

Ava del Señor


La niña que andaba descalza por alguna granja olvidada de Carolina del Norte creció un buen día y se hizo tan bella que sólo pudo convertirse en una de las más celebradas diosas del cine. 
En sus años de gloria, la llamaron el animal más hermoso del mundo, mientras otros aún sostienen que Ava Gardner es la mujer más guapa que ha registrado cámara cinematográfica. 
Se la recuerda y recupera en imágenes como esa mezcla deseada entre ternura y fiereza, entre niña y Afrodita, entre vulnerable y poderosa.
La Gardner fue una cuestión de erotismo, de despertar plateas con la sola irrupción de su rostro, aún más delicioso en Technicolor. 
Los talentos, si los tuvo, se ignoraron frente a su apabullante belleza.
"No sabe hablar, no sabe actuar, ¡es maravillosa!", dijeron en la Metro Goldwyn Mayer entre aplausos, cuando la descubrieron y le firmaron un contrato en exclusiva.


Ella era, ante todo, Ava, el Angel de Sinatra, Pandora, la Condesa Descalza, la que se zambulló en la piscina de Ernest Hemingway, para que éste dijera que no se cambiaría el agua jamás.
Viajera, inquieta, agitada, se cuenta que la verdadera Ava fue una señora más interesante, ingeniosa y divertida que la máscara de sexualidad y distancia que le puso Hollywood. 
Se evidencia en sus comentarios sobre lo que vio del mundo, de la profesión, de la gente que conoció. 


Quizá en el sentido del humor se hallara la respuesta a su supervivencia frente a los inevitables ataques, después de los tormentosos amores, en el momento en que los focos se apagaron, cuando la suprema belleza ya no fue tal belleza.
Los años pasaron para Ava, pero su imagen de esplendor resiste al tiempo y todavía sobrecoge.


Como gran historia de Hollywood, empezó muy lejos de allí, caminando por la plantación de su padre, en pleno Sur, sin zapatos, tan rural Ava Lavinia Gardner.
La menor de siete hermanos, la niña Ava contempló muchas veces la ruina de la familia, que se movió itinerante, entre la prematura muerte del patriarca y la urgencia de seguir adelante. 


Ava, destinada a ser una secretaria, tenía 18 años cuando fue fotografiada por su cuñado. 
Éste expuso la foto en el escaparate de su estudio y la leyenda cuenta que alguien pasó por allí, acreditándose como agente de la Metro Goldwyn Mayer.
Cuando Ava Gardner llegó a su primera prueba en el estudio, no tenía experiencia artística ni tampoco ninguna aspiración por el medio. 
La prueba fue un completo desastre, pero no importó. Muchos que estaban allí aseguraban que no habían visto una mujer tan hermosa en toda su vida.
Como muchos hermosos sin talento dramático discernible, Ava Gardner se construyó como una creación de estudio, que la esculpía mientras la colocaba en pequeños papeles. 
Sucedía a lo largo de la década de los cuarenta, donde el principal caballo de batalla de la Metro fue librarla del cerrado acento sureño, que la hacía prácticamente indescifrable.
Si aún no era conocida en el cine durante esa etapa de formación, la farándula ya la empezaba a señalar como starlet de ambición cuando se casó con el astro juvenil Mickey Rooney, que sonreía como nunca al lado de semejante hembra. 
"Tal vez él disfrutó del sexo conmigo. Yo, desde luego, no", diría ella con el tiempo.

Con Mickey Rooney

Después de Rooney, las cámaras de cotilleo volvieron a fotografiarla al lado de Artie Shaw, conocido bandleader de la época, que se haría su segundo marido.
Su vida amorosa se dijo veleidosa desde que puso el pie en los nightclubs de Nueva York y los saraos de Hollywood, y esos dos maridos sólo fueron dos nombres entre la lista de corazones rotos de Ava Gardner, esa que comenzaría a llenarse con el toque de lo legendario.
Ella sonrió ante las preguntas sobre sus amores, se quedó con los mejores recuerdos y procuró mantener buena relación con todos sus ex.
Pero el amor para el que estaba señalada Ava era el público, que casi se vuelve loco por ella cuando la vio en la primera película de importancia. 
Era una mujer fatal de tomo y lomo, que seduce y destruye a Burt Lancaster, en el señor clásico del noir, "The Killers".
El sedoso y largo pelo negro, las facciones, los labios, la voz, el cuerpo, las piernas. Y los ojos verdes, llenos de voracidad y, a la vez, tranquilos, cual conscientes de su magnificencia animal.
Ava se decía perfecta, la superación de las sex-symbols anteriores, la tía buena de bandera y la auténtica reivindicación de la mujer morena.

Con Burt Lancaster en "The Killers"

La Metro no la quiso soltar jamás y la colocó en muchas películas donde el cartel recogía la escultura de sus curvas como principal reclamo publicitario. 
"Esa Ava Gardner me quita el sueño", dice un personaje de "The Band Wagon".  
Y dicho insomnio se hizo general durante la década de los cincuenta.

En "Mogambo"

Sus propias noches de desvelo se lo propiciaría Frank Sinatra, al que largamente recordaría como el hombre de su vida. 
Frank y Ava conformaron una de esas parejas emblemáticas de la constelación show-business, por todo lo que se amaron y por lo muy imposible que se hicieron las vidas el uno al otro.
Fue una apuesta arriesgada desde el principio. 
Sinatra se divorciaba de su mujer y corría en pos de la Gardner, asunto que repugnó a la Iglesia Católica y a las periodistas de Hollywood, que la escribieron como si fuese igual que la zorra que había incorporado en "The Killers". 


Ava y Frank se casaron para dar alas a una relación pasional, marcada por los celos y las discusiones. 
Cuando ella rodaba "Mogambo", se le ocurrió mirar dentro del taparrabos de uno de los extra africanos. 
- Bah, Frankie la tiene más grande.
Con el tiempo, comentarían que eran compatibles en el lecho, para que las broncas comenzaran en el camino al bidé. 
Dos abortos se sintieron obligados como demandas de la Metro, pero también como diagnósticos de una pareja condenada más a la borrasca que al hogar. 
- No podíamos ocuparnos ni de nosotros mismos - afirmaría Ava para intentar explicarse. 
Con todo, Ava y Frank jamás se olvidaron y fueron amigos hasta el último día.


El corazón roto y convertida finalmente en una estrella de Hollywood. Ava Gardner miró a todos lados y dijo que no.
Nunca se sintió segura frente a las luces, bajo los focos, cercada por el escrutinio.
"El estrellato me dio todo lo que no quería", diría la confesa tímida.
Ava se descubría a sí misma con la necesidad constante de aventura, mientras encadenaba amantes y se asentaba durante temporadas en España.


Se amistó fuertemente con Hemingway, con quien acudía a los toros, y le guiñaba el ojo a Dominguín, el mismo que, según cuenta el mito, se puso los pantalones tras acostarse con ella para ir corriendo a contarlo.
Muchos hombres besaron a Ava, que recordaría toda esa época como una locura absoluta, vivida a canalla contracorriente de la España franquista, desde las plazas de toros hasta los sofás del Museo Chicote.
Como muchas personalidades de la época, la contradicción estuvo servida. 
Mientras era la más fiestera y libertina, en casa se proclamaba conservadora, apoyaba a los candidatos republicanos de su país y se decía aún con valores de la niña de campo que nunca había dejado de ser.
- Debo haber visto más amaneceres que ninguna otra actriz de Hollywood - todavía aseguraría la muy simpática.
Para el cine, daría su último papel de importancia en "La Noche de la Iguana", por el que recibiría las mejores críticas de su vida. 

Como Maxine en "La Noche de La Iguana"

Regresaría en contadas ocasiones y con la sombra de la inseguridad en cada plató que pisaba. 
A finales de los setenta, a ritmo de cine de catástrofes, Ava ya no era tan bella ni tan joven, pero la pusieron como mujer de Charlton Heston en "Terremoto", donde lució como la garantía de lo inapropiado.
Los excesos pasaban debida factura, especialmente el tabaquismo que trajo el enfisema, cada vez más devorador. 
Sus puntuales reapariciones se vivieron en televisión durante los años ochenta, para finalmente dejar paso y confinarse en su apartamento londinense.


Los últimos años los pasó en cama, acompañada de su criada favorita y su perro, con el teléfono al lado, recibiendo noticias de sus amigos de siempre, sobre todo, los hombres que no podían olvidarla.
Con la certeza de haber vivido y viajado más de lo que Ava Lavinia hubiera imaginado nunca, la Gardner dijo aquello de "Estoy muy cansada" y se quedó dormida en 1990. 
Tenía 67 años y una neumonía que se la llevó discreta, en silencio, descalza. Siempre descalza.


Debido a su irregular relación con Hollywood y la prevalencia de su imagen antes que cualquier otra consideración, las películas realmente memorables de Ava Gardner en Hollywood son menos de las que se piensan, aunque ella está para comérsela en todas y cada una.
En esencia, Ava como figura fue una cuestión de aura, de caché, de look. 
Pero qué look.


Esta bella del Señor era ese peligro que nadie quería evitar, era la hembra que dejaba a los machos besándole el tacón de pura desesperación y, para colmo de emociones, todavía sonreía como si acabase de salir de aquella granja de Carolina del Norte.
Con Ava Gardner, hasta los espejos debían romperse de la envidia.