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miércoles, 18 de febrero de 2015

Nuestra Perfección


Me miré en el espejo con detenimiento antes de escribir sobre nuestros rostros. 
Debía informarme sobre la magna preocupación de los seres humanos. La imagen que proyectamos, la cara que tenemos, el espíritu que se refleja.
Dicen que la cara es el mismo espejo del alma y que, a través de ella, se puede intuir mucho de una persona. Y es cierto. Porque en la faz viven las experiencias, las frustraciones, los anhelos. Y, sobre todo, las señales de la edad y los grados de belleza.
Dicen que la belleza está en el interior. Que uno debe quererse a sí mismo, porque, al final, nuestra mismidad es lo único que poseemos de verdad. 
Pero es difícil aceptarse cuando vivimos en un mundo donde todos tienen ojos que prefieren posarse en lo que consideran precioso, hermoso, guapo, ideal. Así vivimos: buscando el rostro que sea una versión mejorada del nuestro, esperando que refleje la mirada devuelta.
Las coordenadas de belleza y fealdad son estrictamente culturales, aunque, como conceptos, existen desde siempre. Cuando alguien se parece más a un dios que a un mono, es más bello y elogioso. Lleva más de un trecho vencido y encontrará más de una puerta abierta. 
Oh, la satisfacción de ser bello.
¿Qué sientes al mirarte al espejo?, le preguntaba Barbra Streisand a Lauren Bacall. 
La Bacall viviría acostumbrada a encontrarse con una imponente en el espejo, reacia a marchitarse, mientras la Streisand aún se deja los ojos en escudriñar su imagen y suspirar porque otros digan lo que ella piensa al mirarse: "Hola, maravillosa".


El ser humano discrimina a los feos desde el día primero. En mi infancia, recuerdo que las niñas feas tenían las de perder. Los otros niños las perseguían por el patio y les imprecaban lo que pensaban de ellas. 
Tramaban hacerlas desaparecer.
- ¿Y si saltan a la comba sobre una trampilla y se caen?
La crueldad infantil, que es depurada e implacable, está fundamentada en la superficialidad. Algo no gusta a la vista y debe desaparecer. Enanos nazis.
Yo era uno de esos niños que planeaban hacerlas saltar sobre la trampilla. Que se mueran las feas y los feos, así lo enseña el mundo.
Pero, ¿y qué era yo? ¿Qué eras tú?
- Mamá, ¿yo soy guapo?
- Claro que sí, mi niño. Eres el más guapo del mundo.
Bien sabía que había gato encerrado en esa respuesta. 
Ajá, lo decía porque era mi madre y me quería. Pero no entendía que ahí estaba la clave: no se trata de ser guapo, sino de parecerlo a los ojos de alguien que te ama. 
Por mucho que le digan a un enamorado, su amor siempre será lo más bello del planeta.


Pero, ¿qué es la fealdad?
La irregularidad de las facciones, la obesidad, la excesiva altura, la desmedida bajura, el pelo indomable o inexistente, la relamida expresión, cierta deformidad, alguna parte del cuerpo extraordinariamente larga o intrigantemente pequeña. Si tiene usted algo de eso, es probable que sea feo. 
También es muy posible que alguien se lo haya dicho o gritado más de una vez. Quizá desde la infancia. O irrumpió en la adolescencia. O fue cosa de la vejez. En algún momento, usted supo que no era Errol Flynn ni lo iba a ser nunca.
Tal vez viva atormentado, haya renunciado a la búsqueda del amor y camine por la vida con el cariño de su familia y la compañía de sus amigos. 
Mirará de reojo las revistas de moda, los grandes cartelones de Calvin Klein y todas y cada una de las promesas de la estética.


Con toda probabilidad, se haya acostumbrado. 
Incluso puede que la fealdad no le haya impedido hacer nada y descubra que, si ser bello es difícil, estar bueno es muy fácil. Cuestión de sonrisa y encontrar el reflejo favorecedor, ese que vive en los ojos de aquel o aquella que lo encuentra a usted francamente irresistible.
Amigo feo o medio feo, sus angustias por la imagen no son exclusivas. Hasta los más bellos del planeta las tienen.
¿Qué sientes al mirarte al espejo, Miss Bacall? El miedo, el puro miedo a que desaparezca.
Para rostros perfectos, vidas perfectas, parafraseando la canción de apertura de la añorada "Nip/Tuck".
En Los Ángeles, desde hace una década, existe una cumplida tradición: las reuniones de bótox.
Funciona como ir a tomarse el té o depilarse en compañía, pero con la presencia de un kit de inyecciones de toxina botulímica. 
Desde el día en que la Organización Mundial de la Salud hizo la vista gorda, la tal toxina - que estira los músculos con un efecto de parálisis - se convirtió en la bomba. Era más asequible y menos invasiva que los bisturíes y los resultados se prometían menos definitivos. La parálisis es temporal, sí, aunque los daños musculares pueden ser considerables.
Las primeras muñecas de bótox sorprendieron al mundo, especialmente Nicole Kidman, que arruinó su carrera interpretativa con un ponme aquí esas inyecciones.
Bótox o bisturí, el personal aún se confiesa escandalizado con las intervenciones plásticas en las caras de sus ídolos hollywoodienses. Éstos llevan operándose y recauchutándose desde que el mundo es mundo, pero especialmente en Estados Unidos, donde ir arrugado es inaceptable. Para entendernos, estar viejo es estar hecho una facha. Si las depresiones las curan con píldoras, el paso del tiempo también paga peaje en la farmacia y la consulta del médico.
Aún así, es incorrecto. Muy pocos relatan con alegría sus operaciones o sus excesos con el bótox, aunque sean obvios. 
La obsesión por la estética y su paseo por la mesa de operaciones también están íntimamente relacionados con el materialismo, el nuevorriquismo y demás esencias de la horterez. Es pagar algo con la intención de poseer lo que implica. Me compro un yate, seré el más guay. Me agencio un bolsazo de firma, me dirán la más elegante. Me hago pasar por una cirugía terrible y una recuperación dolorosísima, volverá el esplendor en la hierba.
Comparando fotos, casi todos los actores y actrices de Hollywood han sufrido algún arreglo. Se hacen más drásticos con el tiempo. pero el noventa por ciento pasan desapercibidos, porque muchos son realmente sutiles. El llamado little touch.


Las operaciones más brutales tienen mayor y peor prensa, por lo que se suele considerar la cirugía facial como una chapuza que destruye las carreras, cuando, de manera general, las gestiona.
Como he dicho, es tradición y las primeras intervenciones se remontan a fechas que rondan los años veinte del siglo pasado.
La leyenda cuenta que Lana Turner acudió a una secreta consulta con una foto. Sucedió en la década de los ochenta, época clave para la expansión y popularización de la cirugía estética.
Lana le dijo al cirujano que quería volver a lucir como era en "Los Tres Mosqueteros" y le enseñó la imagen de aquella majestuosa Milady de Winter de 1948.
El cirujano le dijo que nanay, que la cirugía estética no era hocus pocus. 
Lana entendió que no volvería a ser Milady, sólo entraría en esa edad indefinida de las personas operadas. No son jóvenes, pero tampoco viejas en el sentido estricto. Son una especie de momias, que puede que reciban el mismo trato de los niños del patio de colegio: persecución, risas y ganas de que se caigan en una trampilla.
Esa esquizofrénica dualidad entre la resistencia a arrugarse como una pasa y la reconversión en una aviesa careta de tirante inexpresividad pervive en las angustias estilísticas de los astros de Hollywood, especialmente los que viven de una imagen y una juventud. Cuando ambas entran en decadencia, algo habrá que hacer.


Desafortunadamente, el actor o la actriz no volverá a la lozanía anterior y lo llamarán sólo cuando necesiten un personaje de señor o señora operado.
Las personas operadas, que ya son una cultura en sí mismas, no sólo se identifican por esas facciones intervenidas, sino por la actitud hipersexualizada que desprenden.
Se entiende la búsqueda de la juventud con la necesidad continua de despertar la erotización ajena. Así, las personas operadas van con ropa ajustada y/o escasa, suelen estar bronceadas y se comportan como mozalbetes.
Recuerdo a la artista argentina Nacha Guevara en una entrevista televisiva hablando de otras compañeras que se buscan novios muy jóvenes. Aseguraba entenderlas:
- No es fácil envejecer - afirmó.
Nacha lo dijo con unas señales de cirugía en la cara nivel Apocalipsis now, con un escote y una falda corta de mucho vértigo, mordiéndose las uñas y con las piernas recogidas pícaramente en el sofá, como en su más linda adolescencia. Sin duda, sabía de lo que hablaba.
¿Será el esplendor en la hierba lo que buscaba Renée Zellweger? El pasado año, saltaba la imagen más espectacular de un cambio estético en una celebridad hollywoodiense. 
¿Qué sientes al mirarte en el espejo?  Otra cara, otra imagen, ¿otra alma? Si la cara es el espejo del alma, Reneé es la rotunda negación de sí misma.


El mundo entero compartió la imagen en las redes sociales y trató de buscar parecidos razonables a la insólita transformación de la Zellweger. La ironía es que esa "otra persona" no era ni demasiado atractiva ni precisamente joven.
Ella aseguró que se sentía elogiada por la atención, porque esa era la cara conseguida a razón de salud y sentirse bien. Eso lo dijo el primer día. Luego corrió a refugiarse en su casa, humillada y muy temerosa de saltar a la comba cerca de una trampilla.
Muchas y muchos salieron en su defensa, arguyendo la magna contradicción. Renée tenía la carrera en boxes porque estaba mayor e hinchada y el intento de mejorar su imagen que le demandaban tanto la industria como la sociedad se tropezaba ahora con la chanza y con aquello en lo que caen todas las mujeres a diario: la imagen propia como enemiga y la opinión ajena como sepulturera.
Puede decirse que los hombres también sufren si son feos, van gordos o están viejos, pero nada comparable a lo que se cierne sobre las hembras, más que nunca en el país de las vidas perfectas para las caras perfectas. 
Si un hombre se hace mayor, tendrá su público. Yo, incluido, cómo me gusta un daddy. Si una mujer se hace mayor, es una vieja.
La cosa es que las mujeres maduras también gastan sus admiradores, igual que las obesas, y sólo hay que ver el buen mercado de porno que tienen ambos espectros físicos. Como la cosa queda en un íntimo margen y los caballeros heterosexuales nunca manifiestan abiertamente que les guste un tipo de mujer que se escape de los prototipos, cunde la idea de que ser una señora es perder todo el atractivo inmediato.
Renée será el cambio más espectacular, pero el tratamiento más cruel de la industria sucedió con Kathleen Turner que, gorda y vieja, dejó de ser tratada como el cañonazo de hembra de otrora. Ahora la llaman para personajes paródicos.
En las últimas semanas, volvía el pánico. 
Uma Thurman, una de las grandes bellezas de los años noventa, aparecía con una cara extraña, con la pista de una operación facial a gran escala. Hubo lloros, pitidos, burlas, mareos, ganas de hacerle un kill Bill al estilista.


La hermosa Uma reaparecía en una entrevista y confesaba que, oh, voilá, ¡sólo era maquillaje! El personal suspiró aliviado y no se sabe nada sobre el paradero del tal estilista.
¿Es la respuesta apostar por un envejecimiento natural? No todas las mujeres tienen la suerte de envejecer como Audrey Hepburn y sí lo harán como sus madres o sus abuelas. En cualquier caso, ha quedado claro que las intervenciones quirúrgicas son peor remedio que la misma calamidad. ¿Cómo ocultarse? ¿Hay que hacerlo?
La vida de las estrellas se basa precisamente en una ecuación que se calcula entre la ocultación y el exhibicionismo.
No hay mejor ejemplo de ese choque que Sara Montiel. Un escote tamaño autopista, pero una media sobre la cámara, por favor. Una exclusiva en la revista y un millón de secretos. Así se construyen los mitos, entre lo que dan y lo que se reservan.
El envejecimiento de sí mismos está en ese último grupo.
Porque la mirada habitual a las películas, a la publicidad, a cualquier imagen, es la búsqueda de la perfección, de la juventud, de la alegría.
En realidad, no se hacen un favor a ellos mismos. Lo hacen por el público. Lo hacen por nosotros.
Oído en un programa televisivo:
- ¿Por qué llevas ese escote, hija?
- ¡Para animar a la audiencia!
Si entendemos que todo es piadosa mentira en el negocio del espectáculo, la ilusión debe ser persistente, reciclable, retroalimentable.
- ¿Por qué te estiras tanto, Mary Steenburgen?
- Para seguir siendo la Mary Steenburgen que tanto quieres.
La vanidad suya es la vanidad nuestra.


Acostumbrarse a ver caras arrugadas pasará por la aceptación de la propia caducidad. Es difícil envejecer, sí, y también es complicado hacerse a la idea de que algún día nos vamos a marchitar y no lo haremos ni como Audrey Hepburn ni como Sean Connery. 
Ver caras viejas todavía no es plato de gusto ni la vejez ha conocido mucha ficción. Es deprimente, piensan todos. Mejor vivir a espaldas de lo inexorable y esperar por el milagro del futuro.
Ese milagro que significaría ir con una foto de tus veinte años y que el cirujano te diga:
- Pan comido.
Hasta entonces, mírabame yo al espejo para escribir estas líneas y no me veía nada mal. La edad me ha sentado bien, pensaba. Treinta y tres años no son para quejarse.
Tendré que afeitarme. El gimnasio va bien en este cuerpo, pero todavía queda. Y tengo que hacer algo con ese pelo. Ojeras controladas.
¿Eres feliz contigo mismo? Sería la pregunta a la imagen. ¿Quién es ese que ves? Aquel que se mira al espejo esperando la reválida de sí mismo. Hola, maravilloso. ¿Qué dirán los otros? Eso ya lo pensaré mañana.
¿Y si todo desapareciese, Dorian Gray? Quién nos dice que no nos encomendaríamos a una inyección que prometiese la tersura o, al menos, lo más parecido a ella. Quién nos dice que no perseguiríamos lo perdido. Quién nos dice que seremos capaces de aceptar que nuestro rostro será otro. Quién quiere ser feo.


Quién tiene esa fuerza que implica asumir que lo más valioso se escapa. Hablo de la renuncia a nuestra perfección.
Antes de juzgar con ligereza a las operadas y operados de Hollywood - esos seres que viven en el doble de escaparate que el nuestro -, pregúntese si es fácil saltar a la comba sobre una trampilla tambaleante con la certeza de que se va a caer en cualquier momento.

martes, 5 de agosto de 2014

Cuestión de Bogie


Este hombre incomparable vive en las listas de muchos cazadores de mitos como la mayor estrella cinematográfica de la Historia. ¿Fue el cine una cuestión de Bogie?
Desde las pantallas del yesterwhen, todavía se cuenta a Humphrey Bogart, con su cigarrillo colgando, con su cicatriz en el labio, con su ceceo, con su cinismo, con su sentido del humor, con su trastienda. Todos sus antihéroes escondían una triste historia, translucían romanticismo, encendían otro cigarrillo mientras miraban con detenimiento. 
La leyenda cuenta que, si usted aspira a enamorar a una señorita, mejor comportése como Bogart, ese icono de virilidad e individualismo, labrado a fuerza de ser él mismo.
Humphrey, tan estrella y tan poco estrella. Nunca fue bello y aún rompe corazones, mientras odió todas las etiquetas que quisieron ponerle. Sólo la de "tipo duro" le viene bien y, aún así, es demasiado grande para él.


Como triunfo de la personalidad sin cursilerías en plena fábrica de sueños, los personajes de Humphrey Bogart eran él mismo y, como los grandes artistas, su empeño fue buscarse a través de sus creaciones.
Dicen que no tomaba en serio nada. "El mundo está siempre a una copa de menos", dijo.
Pero se desvivía por su profesión, por hacer bien su trabajo. En sus balbuceantes inicios, se ponía nervioso; en la cima del bogartismo, los directores alababan su concentración, hoy contemplada en ese estilo pulido, nemésis de la afectación.


El cine fue cuestión de Bogie, sí, cuando emocionaba de repente, en plenos decorados de plástico, bajo historias de derribo. "He hecho más malas películas que ningún otro actor conocido", aseguraba. 
Exigente, adicto a la soledad, de difícil carácter e instigable corazón, sus ojos contaron la estrella, pero el modo en que perdían sus personajes fue derecho a todos los espectadores, que le devolvían la mirada desde la sala oscura.


La infancia de Humphrey Bogart lo decía acomodado en Nueva York, con un padre cirujano y una madre ilustradora comercial. Sus profesionales, ocupadísimos, brillantes progenitores lo educaron sin mimos. Un beso era excepcional en casa de Humphrey, del que muchos niños se reían por lo atildado de su nombre y por la manía de vestirlo a lo pequeño lord que tenía su madre.
Los padres lo veían en Yale, aunque Bogart, errático estudiante, fue expulsado ante el descorazón familiar y enseguida se enrolaba en la Armada, para la que combatiría en la Primera Guerra Mundial.
Los mitos sobre el origen de Bogart - su fecha de nacimiento, el origen de su cicatriz, el porqué de su ceceo - se dicen construcciones de la Warner en los inicios de su popularidad, pero él tampoco desmintió tajantemente ni aseguró nada. Como siempre en Humphrey, había cosas que quedaron estrictamente reservadas.


En el teatro neoyorquino, apareció como un camarero japonés con una sola línea, que pronunció entre unos nervios bastante evidentes.
Sus intereses interpretativos eran sólidos y ya dignos de toda su seriedad, aunque aquellos inicios vivieron entre la sequía de oportunidades y la bancarrota de su familia.
Entre un segundo matrimonio desastroso y la muerte de su padre, Humphrey comenzó a beber con trágica destreza en los garitos clandestinos de tiempos de la Prohibición, mientras se terminaba dos cajetillas de Chesterfield antes de que terminara el día.
Los embates permitieron una primera oportunidad cinematográfica: "Up The River", también debut de Spencer Tracy, amigo de por vida, compañero de borracheras y el responsable de llamarlo Bogie.
Los roles de dureza se resistían, pero llegó "El Bosque Petrificado" y todo cambió. 
Como el terrible gángster Duke Mantee, Bogart conquistó las tablas de Broadway y los aplausos hacían lógico que incorporara el papel en el cine. La Warner, sin embargo, se resistió y demandó a Edward G. Robinson.
Fue Leslie Howard quien puso un últimatum al estudio y Bogart hizo vibrar también las pantallas con Mantee, mientras firmaba un contrato con el estudio y, a todos los efectos, era el nuevo villano de la ciudad.

Con Leslie Howard y Bette Davis en "El Bosque Petrificado"

Pese a la estatura de "El Bosque Petrificado", la Warner prefirió derivar a Bogart a todos los papeles de gángster que rechazaban los otros chicos malos del estudio. Aunque no se quejó con tanta fiereza como muchos de sus compañeros, lamentó repetidas veces el trato y las condiciones de trabajo que le reservaba la presuntamente glamourosa profesión.
Durante los años treinta, sólo su aparición en "Dead End" destaca entre numerosos canallas que acababan a tiros por James Cagney o George Raft.

Con Claire Trevor en "Dead End"

Fue Raft quien dejó pasar el papel que hizo de Bogart una cuestión del corazón.
En "High Sierra", irrumpía el más luminoso antihéroe, ese delincuente cansado que huye como una alimaña para que el público se identificase más que nunca con el lado triste de la vida.

Con Ida Lupino en "High Sierra"

¿Se abrió el noir con Bogart? Sin duda, cuando cazaba el personaje de Sam Spade, el detective de cinismo y frase rápida de "El Halcón Maltés", una de sus grandes películas y la primera vez que coincidía con su director de cabecera y compañero del alma: John Huston.

"El Halcón Maltés"

Sería en los decorados más postizos de la Warner y con el guión menos prometedor, donde Bogart se haría ese fetichizable caballero con todas las de perder, menos la devoción del público. 

Como Rick en "Casablanca"

Sucedía en "Casablanca", el gloriosamente sobrevalorado clásico de amor y guerra, que no sería nada sin Bogart y sin su Rick, el mismo que se queda helado cuando ve a Ingrid Bergman en su africano nightclub.
Película de mística tan particular definía a la perfección los hombres con código de honor propio e instransferible de Humphrey.
Ingrid, que nunca volvería a coincidir con Bogart, dijo que lo besó, pero nunca lo conoció. 

Con Ingrid Bergman en "Casablanca"

Según parece, Humphrey prefiría no intimar con sus compañeras de rodaje, a riesgo de los infernales celos de su tercera mujer, Mayo Methot, señorita que, con dos copas, protagonizaba unos episodios de violenta paranoia. 
Pero la tónica de no llamar al lobo se rompió cuando Bogart encontró a la joven Lauren Bacall en el set de "Tener y No Tener". 

Con Lauren Bacall en "Tener y No Tener"

El encuentro fue flechazo, para celos de Howard Hawks, desplazado como mentor de la recién llegada, de quien dijo tuvo que hacer de Slim toda su vida, porque era el personaje de lo que Humphrey Bogart se había enamorado.
El romance entre Humphrey y Lauren se vivió de manera muy discreta hasta que él consiguió finalmente el divorcio de Mayo y pudieron casarse.
Junto a ella, compartió escena en cuatro películas más, que revivieron la química y la física, consagrados para la posteridad como pareja indiscutible del cine negro.

Su boda con Lauren Bacall

En aquellos años, Bogart se permitió otro paseo con John Huston en "El Tesoro de Sierra Madre", brutal retrato sobre la condición humana, cuya calidad no fue suficiente para asegurar buenos datos de taquilla, asunto que disgustó a Humphrey.

"El Tesoro de Sierra Madre"

Otra película de enjundia, "En Un Lugar Solitario", también se decía demasiado pesimista para la audiencia, aunque, en palabras de Louise Brooks, contiene el personaje que más se parece al mismo Bogart y el que podía interpretar con complejidad: el orgullo artístico, el egoísmo, el alcoholismo, la falta de energía interrumpida por relámpagos de violencia.

Con Gloria Grahame en "En Un Lugar Solitario"

En los rodajes, podía desatar el Infierno con quejas, como sucedió en "Sabrina", o ser increíblemente compasivo, como cuando entendió que Gene Tierney sufría un problema mental y la instó a buscar ayuda cuanto antes.
Aunque no completara su educación, se lo reconocía culto, leído y con tranquilas, pero firmes opiniones políticas. Su talante democráta-liberal se vio más que nunca cuando encabezó una marcha en Washington contra lo que sucedía en la caza de brujas de McCarthy, aunque la mala publicidad devenida lo hizo jurar y perjurar que no era comunista, "sólo un americano bobo".
El americano bobo se enrolaba en su mayor aventura para el cine cuando se mudó a África para un rodaje con John Huston y Katharine Hepburn.
En "La Reina de África", fue Charlie Allnut, el bebedor de la barcaza destinado a entenderse con una puritana de sombrero.
Este clásico unía a los dos fueras de serie por excelencia y la emoción fue tal que Bogart ganó el Oscar.

Con Katharine Hepburn en "La Reina de África"

Se llevaba el Oscar por encima de Marlon Brando en "Un Tranvía Llamado Deseo", actor e interpretación que, como a muchos de sus compañeros, preocupaba enormente por el cambio de juego que representaba. Bogart habló de Brando con tanta admiración como sorna. "Será el más grande cuando se quite la patata de la boca", afirmó.
Su aparición en "El Motín del Caine" fue decisiva porque anunciaba su inevitable pérdida. La mala salud saltaba a la vista y su testarudez y excesos se negaban a ponerle remedio.
Sustituyendo a Cary Grant, se le vio en su papel más offbeat, Linus Larrabee en "Sabrina", de la que entró a regañadientes y salió echando pestes. 

Con Audrey Hepburn en "Sabrina"

Se sintió también incómodo frente a la inexperiencia de Ava Gardner en "La Condesa Descalza" y, cuando vio su último papel memorable, el canalla que secuestra a una familia en "Horas Desesperadas", decidió que estaba demasiado viejo para malvados de energía.

Con Fredric March en "Horas Desesperadas"

Tras empeñarse en ignorar su enfermedad, finalmente se dejó tratar el avanzado cáncer de garganta que padecía. Acabó esquelético y postrado en una cama, mientras recibía visitas de sus amigos. 
Spencer Tracy fue uno de los que acudió a ver a su viejo Humphrey.
Al despedirle, Spencer le tocó en el hombro y le dijo: "Buenas noches, Bogie", a lo que Bogart contestó "Adiós, Spencer". Tracy, con el corazón en un puño, entendió.
A la edad de 57 años, Humphrey Bogart moría.
Acababa de empezar el año 1957, aún época grande para el Hollywood que debía despedir a una de sus imprescindibles figuras.


Lauren Bacall, viuda y madre de los dos hijos que hicieron padre a Humphrey después de los cuarenta, colocó un silbato en el féretro. "Si me necesitas, silba".
Lauren también quiso que Spencer Tracy dijera unas palabras en el funeral, pero Tracy estaba destrozado. John Huston fue quien se subió y habló.
"Nunca se tomó en demasiado en serio. Su trabajo, sí. Su figura un tanto chillona de estrella de cine le provocaba un divertido cinismo. Era el Bogart actor al que respetaba... Existe una pica en las fuentes de Versalles que mantiene a los peces en actividad y evita que engorden y mueran. Bogie encontraba deleite en hacer un trabajo similar en las fuentes de Hollywood... Sus pullas no hacían daño al alma, sólo sacaban a flote la complacencia de los demás... Es irremplazable. No habrá otro como él".


Seis décadas después de su muerte, mucho me consta que John Huston tenía razón. No habrá otro como Humphrey Bogart.

martes, 24 de junio de 2014

Espejos de Lauren Bacall


Invento glamouroso de los años cuarenta, mimada y confortada por sus escultores, Lauren Bacall sedujo desde el primer minuto, pero fue fabulosa el día que decidió navegar sola. 
A riesgo de que la trataran de actriz difícil, hizo lo debido: ser ella misma sin renunciar a su poderosa imagen y reconvertirse en el lujo de señora que aún vive, colea y cautiva.
La Bacall tiene quizá la trayectoria más irregular, apática e inexplicable de todos los mitos cinematográficos de Hollywood, y aún así, es una de las personalidades más amadas del cine norteamericano.
Rastrearla desde su espectacular debut implica buscarla entre sus parones profesionales, sus huidas a Broadway, sus matrimonios, sus retornos.
Como las mejores, Lauren produce obsesión desde su excepción; como ninguna otra, se cuenta distinguida con muy poco. 


Extraordinaria belleza y pareja imprescindible de uno de los astros del cine clásico, Lauren Bacall también es epítome de sequías profesionales motivadas por la escasez de verdaderos retos interpretativos. Como la mayoría de las actrices, Lauren ha estado francamente desaprovechada y un varapalo se miraba más decisivo por la industria que media docena de éxitos.
Entre etiquetas, naufragios, aplausos y arrugas, Lauren Bacall es también un icono de feminismo, que retaba a sus machos de escena, huyó de la condición de florero que le tenían reservada y no ha tenido miedo a envejecer con dignidad, a salvo de cirugías, para encontrarse con la sorpresa: tras el final de la carrera, quedaba mucho camino por andar.


Nacida en el seno de una familia estrictamente judía - de hecho, es prima de Shimon Peres - Betty Joan Perske cambió su apellido por Bacall cuando su padre se divorció de su madre, marchóse y nunca volvió.
Aún adolescente, Betty Bacall podía encontrarse como taquillera de un cine neoyorquino.
Mientras tomaba lecciones interpretativas, las facturas de la joven Bacall las costeaba su trabajo como modelo para grandes almacenes y revistas de moda. Sería en una de ellas donde su foto llamaba poderosamente la atención al otro lado del país.
Nancy, la mujer del director Howard Hawks, observaba la fotografía y se la enseñaba a su marido, convencida de que había encontrado el oro. 
Nancy Hawks se decidía a convertir a su hallazgo en estrella y la tomó bajo su cuidado, mientras una milagrosa prueba convertía a Betty en Lauren Bacall, contrato con la Warner mediante.


Los nervios sacudieron a Lauren Bacall durante sus primeras pruebas para "Tener y No Tener". 
Howard Hawks detestó su voz y los maestros de dicción la aleccionaron para que hablara de manera grave y envolvente. Otros asesores le pidieron que contuviese sus temblores escénicos, bajando la barbilla hasta el pecho y mirando soslayadamente a cámara. 
La voz y la mirada de Lauren Bacall nacieron en esos días.


Unida a Humphrey Bogart, los Hawks entendieron a la pareja como un espejo cinematográfico de su propia relación. Lauren Bacall interpretaría a Slim en "Tener y No Tener", justo el apodo de Nancy Hawks.
La insinuante y felina Lauren apareció en el nuevo vehículo fílmico de Bogart y causó sensación. La androginia la hacía aún más estimulante y, así, se consagraba una de las parejas romántico-eróticas más reconocidas y divulgadas del cine.

Con Humphrey Bogart en "Tener y No Tener"

"Si me necesitas, junta los labios y silba", le decía Lauren a Bogart para ganarse la inmortalidad.
Lauren sólo tenía 19 años y Bogart, 45.
Él se divorció de su mujer para casarse con Lauren Bacall, con quien tendría dos hijos y permanecería unido hasta su muerte. 
De algún modo, no podría entenderse a Lauren sin Bogie y ella aún responde preguntas sobre él. "¿Un tipo duro? No, Bogie era un alma amable".
Además de la vida doméstica que se crearon contra todo pronóstico, Lauren volvería a los brazos de Humphrey en tres ocasiones cinematográficas para tríada de clásicos del noir: "Cayo Largo", "El Sueño Eterno" y "La Senda Prohibida", donde repitieron eso llamado química, o el encanto de ver al entrañable sabueso y la deliciosa gata otorgando luz a turbias intrigas de celuloide.

Con Bogart en "El Sueño Eterno"

Si las promesas con Bogart se cumplieron, las cosas se complicaron para Lauren Bacall desde el fracaso de su segunda y olvidable película, de la que siempre dijo nunca se recuperó. La Warner la desprotegió y ella demostraba un rápido desinterés, que se ha traducido en períodos de parón, algunos realmente largos.
Miembro de la facción progresista de Hollywood, quizá tampoco despertó muchas simpatías su manifiesta repulsión al mccarthysmo.
Se la vio marchando con Bogart y otros colegas para protestar contra la paranoia anticomunista que asolaba al país. Aún así, el matrimonio tuvo que declarar que no tenían ninguna inclinación por la hoz y el martillo.


Más ligera se la veía en "Cómo Casarse Con Un Millonario", donde su voz ronca y refinadas maneras contrastaban deleitosamente con las pin-ups Marilyn Monroe y Betty Grable.
Fue una vuelta a la primera plana, todo opulencia y colorín. 

Con Betty Grable y Marilyn Monroe en "Cómo Casarse Con Un Millonario"

Más opulencia y aún mejores colores se vestían cuando Lauren Bacall visitaba el mundo de Douglas Sirk en "Escrito Sobre el Viento", donde interpretaba a la afligida esposa del decadente heredero de una empresa petrolífera.
Hoy considerada una obra maestra, hasta Bogart expresó su disgusto por ver a su Lauren en semejante melodrama y la Bacall nunca la ha nombrado entre sus películas favoritas.

Como Lucy Moore Hadley en "Escrito Sobre el Viento"

Al año siguiente, Bogart sucumbía al cáncer y el luto desbordaba la ciudad. 
Lauren, la joven viuda, colocaba un silbato en la tumba, porque aquello de "si me necesitas, sílbame".


Lauren Bacall perdía un gran amor, pero también su mejor aliado y su guía en el cine.
La dispersión se acrecentó y su breve compromiso con Frank Sinatra - que la dejó cuando se enteró que todos sabían de la boda menos él - ocupaba más atención que sus apariciones cinematográficas.

Con Sinatra

A finales de los cincuenta, Lauren se marchaba de los escenarios durante varios años, a lo largo de los cuales encontró el tiempo para casarse con Jason Robards.
Con Robards tendría un hijo, pero también una tormenta asegurada a causa del alcoholismo de él, que terminaría por sentenciar el matrimonio.

Con Jason Robards

Habría que esperar al meridiano de la siguiente década para verla con la marcha recuperada en los escenarios.
Sus mejores éxitos se ovacionaban en el teatro musical neoyorquino, donde conquistó con "Applause", versión musical de "Eva Al Desnudo".


Fue uno de tantos regalos que se dio a sí misma y la evidencia de que descansar le sentaba bien. Su ductilidad y elegancia no sólo permanecían, sino aumentaban con la edad.
"Asesinato en el Orient Express" la recuperaba por enésima vez para la pantalla, aunque esta vez con la firme decisión de devenirse en actriz secundaria y/o presencia de respeto. 

Como Mrs. Hubbard en "Asesinato en el Orient Express"

Desde ese momento y para siempre, contar con la Bacall ha sido llamar a la esfinge de los ayeres que recuerda recetas de glamour a los nuevos tiempos.
Imitada, homenajeada, adjetivizada, es difícil saber si Lauren Bacall inventó el estilo de los cuarenta o viceversa, y si su talento fue algo que aprendió por el camino o era esa veta inexplorada desde que se hacía llamar Slim. 
"¿Qué se siente al mirarse en el espejo y verse tan bella?", le preguntaba Barbra Streisand en "El Amor Tiene Dos Caras", donde era la madre guapa del patito feo. 

"El Amor Tiene Dos Caras"

Su augusta presencia le valía su única nominación al Oscar, negado de manera sorprendente, aplazado a un premio honorífico en 2009.
El galardón le llegaba en la etapa más ocupada de su carrera, justo cuando pensó que ya había terminado. Lars von Trier la ha llamado dos veces y la animación no para de demandar su inmarchitable voz, al ritmo que se suceden apariciones especiales, entradas en saraos y todos los homenajes.
Con el Oscar en la mano, dijo: "¡Un hombre, por fin!".


Pese a casarse dos veces y parir tres hijos, Lauren siempre se ha confesado alérgica a vidas familiares y uniones conyugales, mientras bendice el día que reconoció que no estaba hecha para ello. 
A ella le bastó su sentido del humor, su estilo y su maravillosa independencia como actriz, persona y mujer.


Lauren Bacall hoy tiene 89 años y, cual buena vieja batallitas, sostiene que el pasado del cine siempre fue mejor, añorando a todos los grandes, quizá echando de menos el principio de su bella historia.


Se cuenta placer oírla sacar el alfiler y decir cosas como: "Sí, he visto "Crepúsculo". Mi nieta me hizo verla, diciendo que era la mejor película de vampiros de la Historia. Cuando la "película" acabó, quería partirle la cabeza con el zapato, pero no quiero que escriba un libro llamado "Querídisima Abuelita" cuando yo muera. Así que le regalé el DVD de "Nosferatu", obra maestra de Murnau, y le dije: "Esto sí es una película de vampiros". ¡Y esto también va por todos vosotros! ¡Ved "Nosferatu"!"


No te mueras nunca, Slim.