Mostrando entradas con la etiqueta Estética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estética. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de febrero de 2015

Nuestra Perfección


Me miré en el espejo con detenimiento antes de escribir sobre nuestros rostros. 
Debía informarme sobre la magna preocupación de los seres humanos. La imagen que proyectamos, la cara que tenemos, el espíritu que se refleja.
Dicen que la cara es el mismo espejo del alma y que, a través de ella, se puede intuir mucho de una persona. Y es cierto. Porque en la faz viven las experiencias, las frustraciones, los anhelos. Y, sobre todo, las señales de la edad y los grados de belleza.
Dicen que la belleza está en el interior. Que uno debe quererse a sí mismo, porque, al final, nuestra mismidad es lo único que poseemos de verdad. 
Pero es difícil aceptarse cuando vivimos en un mundo donde todos tienen ojos que prefieren posarse en lo que consideran precioso, hermoso, guapo, ideal. Así vivimos: buscando el rostro que sea una versión mejorada del nuestro, esperando que refleje la mirada devuelta.
Las coordenadas de belleza y fealdad son estrictamente culturales, aunque, como conceptos, existen desde siempre. Cuando alguien se parece más a un dios que a un mono, es más bello y elogioso. Lleva más de un trecho vencido y encontrará más de una puerta abierta. 
Oh, la satisfacción de ser bello.
¿Qué sientes al mirarte al espejo?, le preguntaba Barbra Streisand a Lauren Bacall. 
La Bacall viviría acostumbrada a encontrarse con una imponente en el espejo, reacia a marchitarse, mientras la Streisand aún se deja los ojos en escudriñar su imagen y suspirar porque otros digan lo que ella piensa al mirarse: "Hola, maravillosa".


El ser humano discrimina a los feos desde el día primero. En mi infancia, recuerdo que las niñas feas tenían las de perder. Los otros niños las perseguían por el patio y les imprecaban lo que pensaban de ellas. 
Tramaban hacerlas desaparecer.
- ¿Y si saltan a la comba sobre una trampilla y se caen?
La crueldad infantil, que es depurada e implacable, está fundamentada en la superficialidad. Algo no gusta a la vista y debe desaparecer. Enanos nazis.
Yo era uno de esos niños que planeaban hacerlas saltar sobre la trampilla. Que se mueran las feas y los feos, así lo enseña el mundo.
Pero, ¿y qué era yo? ¿Qué eras tú?
- Mamá, ¿yo soy guapo?
- Claro que sí, mi niño. Eres el más guapo del mundo.
Bien sabía que había gato encerrado en esa respuesta. 
Ajá, lo decía porque era mi madre y me quería. Pero no entendía que ahí estaba la clave: no se trata de ser guapo, sino de parecerlo a los ojos de alguien que te ama. 
Por mucho que le digan a un enamorado, su amor siempre será lo más bello del planeta.


Pero, ¿qué es la fealdad?
La irregularidad de las facciones, la obesidad, la excesiva altura, la desmedida bajura, el pelo indomable o inexistente, la relamida expresión, cierta deformidad, alguna parte del cuerpo extraordinariamente larga o intrigantemente pequeña. Si tiene usted algo de eso, es probable que sea feo. 
También es muy posible que alguien se lo haya dicho o gritado más de una vez. Quizá desde la infancia. O irrumpió en la adolescencia. O fue cosa de la vejez. En algún momento, usted supo que no era Errol Flynn ni lo iba a ser nunca.
Tal vez viva atormentado, haya renunciado a la búsqueda del amor y camine por la vida con el cariño de su familia y la compañía de sus amigos. 
Mirará de reojo las revistas de moda, los grandes cartelones de Calvin Klein y todas y cada una de las promesas de la estética.


Con toda probabilidad, se haya acostumbrado. 
Incluso puede que la fealdad no le haya impedido hacer nada y descubra que, si ser bello es difícil, estar bueno es muy fácil. Cuestión de sonrisa y encontrar el reflejo favorecedor, ese que vive en los ojos de aquel o aquella que lo encuentra a usted francamente irresistible.
Amigo feo o medio feo, sus angustias por la imagen no son exclusivas. Hasta los más bellos del planeta las tienen.
¿Qué sientes al mirarte al espejo, Miss Bacall? El miedo, el puro miedo a que desaparezca.
Para rostros perfectos, vidas perfectas, parafraseando la canción de apertura de la añorada "Nip/Tuck".
En Los Ángeles, desde hace una década, existe una cumplida tradición: las reuniones de bótox.
Funciona como ir a tomarse el té o depilarse en compañía, pero con la presencia de un kit de inyecciones de toxina botulímica. 
Desde el día en que la Organización Mundial de la Salud hizo la vista gorda, la tal toxina - que estira los músculos con un efecto de parálisis - se convirtió en la bomba. Era más asequible y menos invasiva que los bisturíes y los resultados se prometían menos definitivos. La parálisis es temporal, sí, aunque los daños musculares pueden ser considerables.
Las primeras muñecas de bótox sorprendieron al mundo, especialmente Nicole Kidman, que arruinó su carrera interpretativa con un ponme aquí esas inyecciones.
Bótox o bisturí, el personal aún se confiesa escandalizado con las intervenciones plásticas en las caras de sus ídolos hollywoodienses. Éstos llevan operándose y recauchutándose desde que el mundo es mundo, pero especialmente en Estados Unidos, donde ir arrugado es inaceptable. Para entendernos, estar viejo es estar hecho una facha. Si las depresiones las curan con píldoras, el paso del tiempo también paga peaje en la farmacia y la consulta del médico.
Aún así, es incorrecto. Muy pocos relatan con alegría sus operaciones o sus excesos con el bótox, aunque sean obvios. 
La obsesión por la estética y su paseo por la mesa de operaciones también están íntimamente relacionados con el materialismo, el nuevorriquismo y demás esencias de la horterez. Es pagar algo con la intención de poseer lo que implica. Me compro un yate, seré el más guay. Me agencio un bolsazo de firma, me dirán la más elegante. Me hago pasar por una cirugía terrible y una recuperación dolorosísima, volverá el esplendor en la hierba.
Comparando fotos, casi todos los actores y actrices de Hollywood han sufrido algún arreglo. Se hacen más drásticos con el tiempo. pero el noventa por ciento pasan desapercibidos, porque muchos son realmente sutiles. El llamado little touch.


Las operaciones más brutales tienen mayor y peor prensa, por lo que se suele considerar la cirugía facial como una chapuza que destruye las carreras, cuando, de manera general, las gestiona.
Como he dicho, es tradición y las primeras intervenciones se remontan a fechas que rondan los años veinte del siglo pasado.
La leyenda cuenta que Lana Turner acudió a una secreta consulta con una foto. Sucedió en la década de los ochenta, época clave para la expansión y popularización de la cirugía estética.
Lana le dijo al cirujano que quería volver a lucir como era en "Los Tres Mosqueteros" y le enseñó la imagen de aquella majestuosa Milady de Winter de 1948.
El cirujano le dijo que nanay, que la cirugía estética no era hocus pocus. 
Lana entendió que no volvería a ser Milady, sólo entraría en esa edad indefinida de las personas operadas. No son jóvenes, pero tampoco viejas en el sentido estricto. Son una especie de momias, que puede que reciban el mismo trato de los niños del patio de colegio: persecución, risas y ganas de que se caigan en una trampilla.
Esa esquizofrénica dualidad entre la resistencia a arrugarse como una pasa y la reconversión en una aviesa careta de tirante inexpresividad pervive en las angustias estilísticas de los astros de Hollywood, especialmente los que viven de una imagen y una juventud. Cuando ambas entran en decadencia, algo habrá que hacer.


Desafortunadamente, el actor o la actriz no volverá a la lozanía anterior y lo llamarán sólo cuando necesiten un personaje de señor o señora operado.
Las personas operadas, que ya son una cultura en sí mismas, no sólo se identifican por esas facciones intervenidas, sino por la actitud hipersexualizada que desprenden.
Se entiende la búsqueda de la juventud con la necesidad continua de despertar la erotización ajena. Así, las personas operadas van con ropa ajustada y/o escasa, suelen estar bronceadas y se comportan como mozalbetes.
Recuerdo a la artista argentina Nacha Guevara en una entrevista televisiva hablando de otras compañeras que se buscan novios muy jóvenes. Aseguraba entenderlas:
- No es fácil envejecer - afirmó.
Nacha lo dijo con unas señales de cirugía en la cara nivel Apocalipsis now, con un escote y una falda corta de mucho vértigo, mordiéndose las uñas y con las piernas recogidas pícaramente en el sofá, como en su más linda adolescencia. Sin duda, sabía de lo que hablaba.
¿Será el esplendor en la hierba lo que buscaba Renée Zellweger? El pasado año, saltaba la imagen más espectacular de un cambio estético en una celebridad hollywoodiense. 
¿Qué sientes al mirarte en el espejo?  Otra cara, otra imagen, ¿otra alma? Si la cara es el espejo del alma, Reneé es la rotunda negación de sí misma.


El mundo entero compartió la imagen en las redes sociales y trató de buscar parecidos razonables a la insólita transformación de la Zellweger. La ironía es que esa "otra persona" no era ni demasiado atractiva ni precisamente joven.
Ella aseguró que se sentía elogiada por la atención, porque esa era la cara conseguida a razón de salud y sentirse bien. Eso lo dijo el primer día. Luego corrió a refugiarse en su casa, humillada y muy temerosa de saltar a la comba cerca de una trampilla.
Muchas y muchos salieron en su defensa, arguyendo la magna contradicción. Renée tenía la carrera en boxes porque estaba mayor e hinchada y el intento de mejorar su imagen que le demandaban tanto la industria como la sociedad se tropezaba ahora con la chanza y con aquello en lo que caen todas las mujeres a diario: la imagen propia como enemiga y la opinión ajena como sepulturera.
Puede decirse que los hombres también sufren si son feos, van gordos o están viejos, pero nada comparable a lo que se cierne sobre las hembras, más que nunca en el país de las vidas perfectas para las caras perfectas. 
Si un hombre se hace mayor, tendrá su público. Yo, incluido, cómo me gusta un daddy. Si una mujer se hace mayor, es una vieja.
La cosa es que las mujeres maduras también gastan sus admiradores, igual que las obesas, y sólo hay que ver el buen mercado de porno que tienen ambos espectros físicos. Como la cosa queda en un íntimo margen y los caballeros heterosexuales nunca manifiestan abiertamente que les guste un tipo de mujer que se escape de los prototipos, cunde la idea de que ser una señora es perder todo el atractivo inmediato.
Renée será el cambio más espectacular, pero el tratamiento más cruel de la industria sucedió con Kathleen Turner que, gorda y vieja, dejó de ser tratada como el cañonazo de hembra de otrora. Ahora la llaman para personajes paródicos.
En las últimas semanas, volvía el pánico. 
Uma Thurman, una de las grandes bellezas de los años noventa, aparecía con una cara extraña, con la pista de una operación facial a gran escala. Hubo lloros, pitidos, burlas, mareos, ganas de hacerle un kill Bill al estilista.


La hermosa Uma reaparecía en una entrevista y confesaba que, oh, voilá, ¡sólo era maquillaje! El personal suspiró aliviado y no se sabe nada sobre el paradero del tal estilista.
¿Es la respuesta apostar por un envejecimiento natural? No todas las mujeres tienen la suerte de envejecer como Audrey Hepburn y sí lo harán como sus madres o sus abuelas. En cualquier caso, ha quedado claro que las intervenciones quirúrgicas son peor remedio que la misma calamidad. ¿Cómo ocultarse? ¿Hay que hacerlo?
La vida de las estrellas se basa precisamente en una ecuación que se calcula entre la ocultación y el exhibicionismo.
No hay mejor ejemplo de ese choque que Sara Montiel. Un escote tamaño autopista, pero una media sobre la cámara, por favor. Una exclusiva en la revista y un millón de secretos. Así se construyen los mitos, entre lo que dan y lo que se reservan.
El envejecimiento de sí mismos está en ese último grupo.
Porque la mirada habitual a las películas, a la publicidad, a cualquier imagen, es la búsqueda de la perfección, de la juventud, de la alegría.
En realidad, no se hacen un favor a ellos mismos. Lo hacen por el público. Lo hacen por nosotros.
Oído en un programa televisivo:
- ¿Por qué llevas ese escote, hija?
- ¡Para animar a la audiencia!
Si entendemos que todo es piadosa mentira en el negocio del espectáculo, la ilusión debe ser persistente, reciclable, retroalimentable.
- ¿Por qué te estiras tanto, Mary Steenburgen?
- Para seguir siendo la Mary Steenburgen que tanto quieres.
La vanidad suya es la vanidad nuestra.


Acostumbrarse a ver caras arrugadas pasará por la aceptación de la propia caducidad. Es difícil envejecer, sí, y también es complicado hacerse a la idea de que algún día nos vamos a marchitar y no lo haremos ni como Audrey Hepburn ni como Sean Connery. 
Ver caras viejas todavía no es plato de gusto ni la vejez ha conocido mucha ficción. Es deprimente, piensan todos. Mejor vivir a espaldas de lo inexorable y esperar por el milagro del futuro.
Ese milagro que significaría ir con una foto de tus veinte años y que el cirujano te diga:
- Pan comido.
Hasta entonces, mírabame yo al espejo para escribir estas líneas y no me veía nada mal. La edad me ha sentado bien, pensaba. Treinta y tres años no son para quejarse.
Tendré que afeitarme. El gimnasio va bien en este cuerpo, pero todavía queda. Y tengo que hacer algo con ese pelo. Ojeras controladas.
¿Eres feliz contigo mismo? Sería la pregunta a la imagen. ¿Quién es ese que ves? Aquel que se mira al espejo esperando la reválida de sí mismo. Hola, maravilloso. ¿Qué dirán los otros? Eso ya lo pensaré mañana.
¿Y si todo desapareciese, Dorian Gray? Quién nos dice que no nos encomendaríamos a una inyección que prometiese la tersura o, al menos, lo más parecido a ella. Quién nos dice que no perseguiríamos lo perdido. Quién nos dice que seremos capaces de aceptar que nuestro rostro será otro. Quién quiere ser feo.


Quién tiene esa fuerza que implica asumir que lo más valioso se escapa. Hablo de la renuncia a nuestra perfección.
Antes de juzgar con ligereza a las operadas y operados de Hollywood - esos seres que viven en el doble de escaparate que el nuestro -, pregúntese si es fácil saltar a la comba sobre una trampilla tambaleante con la certeza de que se va a caer en cualquier momento.

viernes, 30 de enero de 2015

Pelocracia


Esta historia del pelo debe comenzar por una peluquería.
Sucedió esta misma tarde. Yo, sin camisa, boca abajo en una camilla, y el tirón de la cera depilatoria. Aaaaay.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? - pensé.
Oh, la pregunta de todo ser humano. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Los pelos también se lo preguntarán al verse adheridos a las pegajosas tiras. En un instante, pasaron de mi epidermis a la basura. Pobres pelos. 
- ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Para responder, hay que entender que la historia de mi pelo es la Historia del pelo.
Los seres humanos son animales - y lo demuestran a diario, en su vertiente bestias -, y, en algún lugar de nuestra genética, quedó el revestimiento térmico del vello y el cabello. 
Ni los monos ni los perros tienen conciencia de lo peludos que son. Lo valoran cuando los inviernos son menos inviernos y sufren cuando se llenan de parásitos o cuando el día de calor es insufrible.


Esas angustias también forman parte de las cuitas humanas en torno a los pelos, pero no son las únicas. El pelo es una obsesión íntima, es una muestra de estatus, es un derroche de estética, es algo que se quita, se cae o se voluminiza. Quítame allá esos pelos, pero ponme un moño como Barbara Parkins, por favor.
Desde el cabello hasta el vello púbico, desde los bigotes a los pelos del culo, lo piloso preocupa e inquieta. 
Es también un festín para el sexismo. Si un hombre a se le cae el cabello o tiene demasiado vello, se le disculpará o, a lo sumo, se le llamará descuidado. 
Si una mujer no tiene un pelazo bien peinado y limpio en la cabeza, si se deja crecer algo de vello en alguna otra parte del cuerpo o si tiene un bosque por donde mora Venus, es una cochina y/o una persona de la que reírse. Y si la pobre se queda calva, que se suicide, pero con la peluca puesta.


El pelo es una obsesión para las mujeres y lo ha sido históricamente. 
Cambiarán las estéticas y los valores, pero una mujer de buen cabello y nulo vello es lo que se entiende por una mujer. Y, para que una mujer se convierta paradójicamente en una mujer, debe depilarse o disfrazar las evidencias de que ella también desciende de la mona. Y toma tiras de cera sobre esos cuerpos, que han venido a este mundo a sufrir. Quítame allá esos pelos.
De manera más calmada, el pelo también es quimera para los hombres. De entrada, se perdonan las entradas. Los machotes tienden más a la alopecia, mientras el resto del cuerpo permanece bien provisto. De hecho, los tipos más velludos son los que más se quedan calvos. Lo que no quiere decir que la calvicie preocupe; desde los bisoñés hasta los más peripatéticos peinados, todos tratamos de cubrir el paso del tiempo y lo que el pelo se llevó.
Los hombres son seres de pelo y sólo en épocas recientes se les ha asignado la posibilidad de depilarse o, al menos, recortarse esas pelambreras.


En cierta década ominosa, la publicidad sentenció que tener mucho pelo era cochino y antiestético y, como jovenzuelo de los noventa, yo crecí en una época donde los torsos se reclamaban tersos como el culito de un bebé.
Las barbas y los bigotes también han tenido su Historia. Desde ser signos de virilidad a reliquias del pasado, o simples muestras de desaliño. Afeítese, hombre, que va a una entrevista de trabajo. La cara se llena de espuma y se afila la navaja.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.
La gente sueña con pelos ajenos, con moños de otras épocas, con ideales de cabello. Por ejemplo, yo siempre he llorado por no tener un pelo como Christian Bale. Para mí, es el mejor pelo de todos los tiempos, porque es generoso, brillante y se peina con una mano.


Pero no todos somos Christian. A los mortales se les riza el pelo, se les carda, se les debilita de puro lacio, se les encrespa, se les llena de grasa o se muere y cae de tristeza. 
Cuando una persona se estresa, el pelo de la cabeza dice adiós. Cuando deja de estresarse, el pelo no vuelve.
El cabello es el oro. Se valora más por su excepción: es más débil, más pasajero y más a la vista de todos. El vello, por el contrario, es lo que nos iguala a los animales, es lo que escondemos bajo la ropa y, a diferencia del cabello, nunca se va. Tiene una resistencia equiparable a las dudas que tienen los humanos sobre él.
¿Es sucio el vello? En épocas de pelocracia, el mundo vuelve a decir que no. El vello siempre fue bello. Para los hombres, claro.


Las evoluciones depilatorias en los hombres y su rápida corrección tienen un ejemplo perfecto en nosotros, los gays y nuestras cuitas estéticas. De los bigotes setenteros a las fotodepilaciones noventeras, cambió el canon. De Tom Selleck a Apolo, el ideal era otro. Muchos no sólo se depilaban todo el cuerpo, sino que también atacaban las cejas con pinzas. Durante cierto tiempo, usted podía identificar la orientación sexual del caballero si le daba un extraño aspecto de Ken alienígena. Generalizando, por supuesto.
A continuación, ha sido al contrario. Si un hombre se depila las cejas, es probablemente heterosexual y/o firme candidato a algún programa televisivo de búsqueda de pareja.
La necesidad de que el hombre también se limpiara de pelo fue un apaño de la industria cosmética para acercarse a un nuevo público a lo largo de la citada década de los noventa y así convertirlo en la pareja perfecta de Barbie.
En esa disyuntiva, crecí yo y creció mi pelo. Qué difícil es la pubertad. Cuando me llené de pelos, cuánto sufrí, cuántas dudas, cuánta aflicción.
En aquellos tiempos, no me gustaba el pelo en los hombres. 
Sí desarrollé cierta atracción por los sobacos peludos y cuando un caballero subía el brazo y enseñaba la poblada axila, es probable que guardase bien la imagen en mi memoria para acompañar la próxima paja.


Pero el pelo en el pecho me parecía un espanto, quizá porque la publicidad jamás lo contaba.
Cuando a mí me salió el vello corporal a los quince años, estuve pensando seriamente en afeitármelo todo. No fue el único sitio. Los huevos ya eran un jardín piloso, de entre los sobacos asomaban sus vecinos y ya llevaba dos años afeitándome el bigote.
Lo peor fue el momento Cronenberg que paso a describir.
Tras un día de mucho sol y quemadura en un parque acuático, quedaron como testigos unas manchas a la altura del hombro izquierdo. 
Tintada la piel, comenzó a salir pelo de ahí también. ¿Hombros peludos? ¡Horror, horror! ¿Qué diría la gente? 
Me afeité esos pelos del hombro y me crecieron más, fuertes, duros, como cañones. Esos pelos, que hasta en estas épocas pelocráticas, no se ven en ningún sitio. Hablo de los pelos de la espalda, los pelos de los hombros. 
Y, desde el día en que quise matar a esos pelos y vinieron sus primos a cobrarse la venganza, yo también me tumbo en la mesa depilatoria y la cera, año tras año, los debilita, los aplaza. 
Porque, sí, yo tengo pelo en todas las partes del cuerpo.


El primer pelo en el pecho que me gustó no salió en la televisión, sino que se divisaba en mi clase del instituto. 
Era un chaval que tenía quince años y andaba hecho un hombre de tan peludo. Estaba buenísimo y el modo en que se le asomaban los pelos por la camiseta fue la manera en que me enamoré de los hombres muy velludos. 
De no gustarme, pasaron a encantarme y a olvidar que alguna vez no me deleitó su simple visión.


La hirsutofilia, o amor por los cuerpos peludos, se encuentra registrada como fijación en Wikipedia. La cosa hirsuta llama al sexo, porque allá donde hay pelo, hay mucho olor, y, claro, como una moto todo el personal. También, de manera estética, da la imagen de un hombre muy machote, que además ha superado esa década horrible de los noventa y se acepta tal y como es. Cuenta el proverbio que aceptarse es sexy.
Yo, que he sido un hirsutófilo tanto tiempo como he sido cinéfilo, no sabía si los pelos y mis pelos gustaban a los demás.
He oído a muchas mujeres repugnarse por el vello de los tíos y a una amiga he visto con pinzas depilándole los cuatros pelos del pecho a su novio. Estuve a punto de denunciarla por criminal, pero, en cambio, dejé que hiciera lo propio con mis pelitos del hombro.
Para gustos, hay mujeres con buen gusto y me consta que a la mayoría les gusta un torso peludo más que comer con los dedos.


Sucede igual con los gays que pasamos de Apolo a Ben Cohen y de ahí no nos movemos. Cuanto más vello y más aspecto de mono, mejor. En realidad, era un secreto que ahora se ha descubierto: nos gustan los hombres, no las estatuas neoclásicas.
El aspecto más unánimemente admirado por mis compañeros de cama ha sido mi pelo en el pecho. Un caballerete me registró en su móvil bajo el nombre de "Jose Pelitos" y otro, cuando me quité la camiseta, dijo:
- Eres como un regalo de Reyes.
Más tarde, se mostró dubitativo de un modo sublime, cuando me dijo:
- Ay, no sé si correrme en tu barba o en tu pecho.
El pelo abundante da morbo y caché. Si tienes en el pecho, llámame, porque ya me gustas.
Las barbas también han adquirido mucho predicamento en los últimos años y está muy de moda lucirlas, a lo salvaje o bien recortadas. 
Tono vikingo, llamada de la selva o manera de ocultar que no eres muy guapo.


La industria estética da pasos hacia los pelos y algunos hacia atrás. Todavía el exceso es considerado una cosa fea por algunos mierderos y a los tipos muy velludos suelen hacerles esos trimmings, que, a veces, son un poco criminales. 
Otros se depilan para que se note más la definición de sus músculos, y cuando la cosa se quiere familiar, limpia o bajo un extraño concepto de star-system, vuelven las cabronas epiladys.
La erotización colectiva sigue siendo tan machista que piensa que, para que un hombre resulte sexy y bello, la respuesta es feminizarlo, hacerlo bonito, quitarle el aspecto de mono.  


Ay, la pelocracia, qué gran invento. 
Esta tarde yacía reposado sobre la camilla de la peluquería para el ritual periódico de la depilación de la espalda y los hombros. En realidad, no sé por qué lo hago. 
Será porque, pese a que soy el más hursitófilo, también temo a los excesos y a esos pelos de atrás que nunca salen en las películas o porque todavía tengo el temor lejano de la pubertad remota. Oh, ¿qué pensará la gente? Ah, ¿qué pensarán ellos?


Muchas depiladoras de mi vida me han recomendado la luz pulsada para eliminarlos por completo y ahorrarme la cera, esa cuyo dolor equivale en ocasiones a sacar en un segundo un montón de cuchillos que no sabía tenía clavado.
- Así se te van del todo, hombre, y no tienes que andar con este sufrimiento.
De algún modo, no quiero que se vayan del todo. Quizá porque me definen de un modo íntimo. Era lo que me acomplejaba, lo que resolví con una primera tarde en la peluquería y lo que, al final, da igual. Voy cuando me acuerdo, por tradición. Y me aferro a ellos porque son yo. Porque espero el día en que otro caballero los bese y diga: me gustan, no te los quites más, me correré sobre ellos.
El vello es bello, sí, mide el calor que tenemos y el amor que buscamos.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.