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miércoles, 18 de febrero de 2015

Nuestra Perfección


Me miré en el espejo con detenimiento antes de escribir sobre nuestros rostros. 
Debía informarme sobre la magna preocupación de los seres humanos. La imagen que proyectamos, la cara que tenemos, el espíritu que se refleja.
Dicen que la cara es el mismo espejo del alma y que, a través de ella, se puede intuir mucho de una persona. Y es cierto. Porque en la faz viven las experiencias, las frustraciones, los anhelos. Y, sobre todo, las señales de la edad y los grados de belleza.
Dicen que la belleza está en el interior. Que uno debe quererse a sí mismo, porque, al final, nuestra mismidad es lo único que poseemos de verdad. 
Pero es difícil aceptarse cuando vivimos en un mundo donde todos tienen ojos que prefieren posarse en lo que consideran precioso, hermoso, guapo, ideal. Así vivimos: buscando el rostro que sea una versión mejorada del nuestro, esperando que refleje la mirada devuelta.
Las coordenadas de belleza y fealdad son estrictamente culturales, aunque, como conceptos, existen desde siempre. Cuando alguien se parece más a un dios que a un mono, es más bello y elogioso. Lleva más de un trecho vencido y encontrará más de una puerta abierta. 
Oh, la satisfacción de ser bello.
¿Qué sientes al mirarte al espejo?, le preguntaba Barbra Streisand a Lauren Bacall. 
La Bacall viviría acostumbrada a encontrarse con una imponente en el espejo, reacia a marchitarse, mientras la Streisand aún se deja los ojos en escudriñar su imagen y suspirar porque otros digan lo que ella piensa al mirarse: "Hola, maravillosa".


El ser humano discrimina a los feos desde el día primero. En mi infancia, recuerdo que las niñas feas tenían las de perder. Los otros niños las perseguían por el patio y les imprecaban lo que pensaban de ellas. 
Tramaban hacerlas desaparecer.
- ¿Y si saltan a la comba sobre una trampilla y se caen?
La crueldad infantil, que es depurada e implacable, está fundamentada en la superficialidad. Algo no gusta a la vista y debe desaparecer. Enanos nazis.
Yo era uno de esos niños que planeaban hacerlas saltar sobre la trampilla. Que se mueran las feas y los feos, así lo enseña el mundo.
Pero, ¿y qué era yo? ¿Qué eras tú?
- Mamá, ¿yo soy guapo?
- Claro que sí, mi niño. Eres el más guapo del mundo.
Bien sabía que había gato encerrado en esa respuesta. 
Ajá, lo decía porque era mi madre y me quería. Pero no entendía que ahí estaba la clave: no se trata de ser guapo, sino de parecerlo a los ojos de alguien que te ama. 
Por mucho que le digan a un enamorado, su amor siempre será lo más bello del planeta.


Pero, ¿qué es la fealdad?
La irregularidad de las facciones, la obesidad, la excesiva altura, la desmedida bajura, el pelo indomable o inexistente, la relamida expresión, cierta deformidad, alguna parte del cuerpo extraordinariamente larga o intrigantemente pequeña. Si tiene usted algo de eso, es probable que sea feo. 
También es muy posible que alguien se lo haya dicho o gritado más de una vez. Quizá desde la infancia. O irrumpió en la adolescencia. O fue cosa de la vejez. En algún momento, usted supo que no era Errol Flynn ni lo iba a ser nunca.
Tal vez viva atormentado, haya renunciado a la búsqueda del amor y camine por la vida con el cariño de su familia y la compañía de sus amigos. 
Mirará de reojo las revistas de moda, los grandes cartelones de Calvin Klein y todas y cada una de las promesas de la estética.


Con toda probabilidad, se haya acostumbrado. 
Incluso puede que la fealdad no le haya impedido hacer nada y descubra que, si ser bello es difícil, estar bueno es muy fácil. Cuestión de sonrisa y encontrar el reflejo favorecedor, ese que vive en los ojos de aquel o aquella que lo encuentra a usted francamente irresistible.
Amigo feo o medio feo, sus angustias por la imagen no son exclusivas. Hasta los más bellos del planeta las tienen.
¿Qué sientes al mirarte al espejo, Miss Bacall? El miedo, el puro miedo a que desaparezca.
Para rostros perfectos, vidas perfectas, parafraseando la canción de apertura de la añorada "Nip/Tuck".
En Los Ángeles, desde hace una década, existe una cumplida tradición: las reuniones de bótox.
Funciona como ir a tomarse el té o depilarse en compañía, pero con la presencia de un kit de inyecciones de toxina botulímica. 
Desde el día en que la Organización Mundial de la Salud hizo la vista gorda, la tal toxina - que estira los músculos con un efecto de parálisis - se convirtió en la bomba. Era más asequible y menos invasiva que los bisturíes y los resultados se prometían menos definitivos. La parálisis es temporal, sí, aunque los daños musculares pueden ser considerables.
Las primeras muñecas de bótox sorprendieron al mundo, especialmente Nicole Kidman, que arruinó su carrera interpretativa con un ponme aquí esas inyecciones.
Bótox o bisturí, el personal aún se confiesa escandalizado con las intervenciones plásticas en las caras de sus ídolos hollywoodienses. Éstos llevan operándose y recauchutándose desde que el mundo es mundo, pero especialmente en Estados Unidos, donde ir arrugado es inaceptable. Para entendernos, estar viejo es estar hecho una facha. Si las depresiones las curan con píldoras, el paso del tiempo también paga peaje en la farmacia y la consulta del médico.
Aún así, es incorrecto. Muy pocos relatan con alegría sus operaciones o sus excesos con el bótox, aunque sean obvios. 
La obsesión por la estética y su paseo por la mesa de operaciones también están íntimamente relacionados con el materialismo, el nuevorriquismo y demás esencias de la horterez. Es pagar algo con la intención de poseer lo que implica. Me compro un yate, seré el más guay. Me agencio un bolsazo de firma, me dirán la más elegante. Me hago pasar por una cirugía terrible y una recuperación dolorosísima, volverá el esplendor en la hierba.
Comparando fotos, casi todos los actores y actrices de Hollywood han sufrido algún arreglo. Se hacen más drásticos con el tiempo. pero el noventa por ciento pasan desapercibidos, porque muchos son realmente sutiles. El llamado little touch.


Las operaciones más brutales tienen mayor y peor prensa, por lo que se suele considerar la cirugía facial como una chapuza que destruye las carreras, cuando, de manera general, las gestiona.
Como he dicho, es tradición y las primeras intervenciones se remontan a fechas que rondan los años veinte del siglo pasado.
La leyenda cuenta que Lana Turner acudió a una secreta consulta con una foto. Sucedió en la década de los ochenta, época clave para la expansión y popularización de la cirugía estética.
Lana le dijo al cirujano que quería volver a lucir como era en "Los Tres Mosqueteros" y le enseñó la imagen de aquella majestuosa Milady de Winter de 1948.
El cirujano le dijo que nanay, que la cirugía estética no era hocus pocus. 
Lana entendió que no volvería a ser Milady, sólo entraría en esa edad indefinida de las personas operadas. No son jóvenes, pero tampoco viejas en el sentido estricto. Son una especie de momias, que puede que reciban el mismo trato de los niños del patio de colegio: persecución, risas y ganas de que se caigan en una trampilla.
Esa esquizofrénica dualidad entre la resistencia a arrugarse como una pasa y la reconversión en una aviesa careta de tirante inexpresividad pervive en las angustias estilísticas de los astros de Hollywood, especialmente los que viven de una imagen y una juventud. Cuando ambas entran en decadencia, algo habrá que hacer.


Desafortunadamente, el actor o la actriz no volverá a la lozanía anterior y lo llamarán sólo cuando necesiten un personaje de señor o señora operado.
Las personas operadas, que ya son una cultura en sí mismas, no sólo se identifican por esas facciones intervenidas, sino por la actitud hipersexualizada que desprenden.
Se entiende la búsqueda de la juventud con la necesidad continua de despertar la erotización ajena. Así, las personas operadas van con ropa ajustada y/o escasa, suelen estar bronceadas y se comportan como mozalbetes.
Recuerdo a la artista argentina Nacha Guevara en una entrevista televisiva hablando de otras compañeras que se buscan novios muy jóvenes. Aseguraba entenderlas:
- No es fácil envejecer - afirmó.
Nacha lo dijo con unas señales de cirugía en la cara nivel Apocalipsis now, con un escote y una falda corta de mucho vértigo, mordiéndose las uñas y con las piernas recogidas pícaramente en el sofá, como en su más linda adolescencia. Sin duda, sabía de lo que hablaba.
¿Será el esplendor en la hierba lo que buscaba Renée Zellweger? El pasado año, saltaba la imagen más espectacular de un cambio estético en una celebridad hollywoodiense. 
¿Qué sientes al mirarte en el espejo?  Otra cara, otra imagen, ¿otra alma? Si la cara es el espejo del alma, Reneé es la rotunda negación de sí misma.


El mundo entero compartió la imagen en las redes sociales y trató de buscar parecidos razonables a la insólita transformación de la Zellweger. La ironía es que esa "otra persona" no era ni demasiado atractiva ni precisamente joven.
Ella aseguró que se sentía elogiada por la atención, porque esa era la cara conseguida a razón de salud y sentirse bien. Eso lo dijo el primer día. Luego corrió a refugiarse en su casa, humillada y muy temerosa de saltar a la comba cerca de una trampilla.
Muchas y muchos salieron en su defensa, arguyendo la magna contradicción. Renée tenía la carrera en boxes porque estaba mayor e hinchada y el intento de mejorar su imagen que le demandaban tanto la industria como la sociedad se tropezaba ahora con la chanza y con aquello en lo que caen todas las mujeres a diario: la imagen propia como enemiga y la opinión ajena como sepulturera.
Puede decirse que los hombres también sufren si son feos, van gordos o están viejos, pero nada comparable a lo que se cierne sobre las hembras, más que nunca en el país de las vidas perfectas para las caras perfectas. 
Si un hombre se hace mayor, tendrá su público. Yo, incluido, cómo me gusta un daddy. Si una mujer se hace mayor, es una vieja.
La cosa es que las mujeres maduras también gastan sus admiradores, igual que las obesas, y sólo hay que ver el buen mercado de porno que tienen ambos espectros físicos. Como la cosa queda en un íntimo margen y los caballeros heterosexuales nunca manifiestan abiertamente que les guste un tipo de mujer que se escape de los prototipos, cunde la idea de que ser una señora es perder todo el atractivo inmediato.
Renée será el cambio más espectacular, pero el tratamiento más cruel de la industria sucedió con Kathleen Turner que, gorda y vieja, dejó de ser tratada como el cañonazo de hembra de otrora. Ahora la llaman para personajes paródicos.
En las últimas semanas, volvía el pánico. 
Uma Thurman, una de las grandes bellezas de los años noventa, aparecía con una cara extraña, con la pista de una operación facial a gran escala. Hubo lloros, pitidos, burlas, mareos, ganas de hacerle un kill Bill al estilista.


La hermosa Uma reaparecía en una entrevista y confesaba que, oh, voilá, ¡sólo era maquillaje! El personal suspiró aliviado y no se sabe nada sobre el paradero del tal estilista.
¿Es la respuesta apostar por un envejecimiento natural? No todas las mujeres tienen la suerte de envejecer como Audrey Hepburn y sí lo harán como sus madres o sus abuelas. En cualquier caso, ha quedado claro que las intervenciones quirúrgicas son peor remedio que la misma calamidad. ¿Cómo ocultarse? ¿Hay que hacerlo?
La vida de las estrellas se basa precisamente en una ecuación que se calcula entre la ocultación y el exhibicionismo.
No hay mejor ejemplo de ese choque que Sara Montiel. Un escote tamaño autopista, pero una media sobre la cámara, por favor. Una exclusiva en la revista y un millón de secretos. Así se construyen los mitos, entre lo que dan y lo que se reservan.
El envejecimiento de sí mismos está en ese último grupo.
Porque la mirada habitual a las películas, a la publicidad, a cualquier imagen, es la búsqueda de la perfección, de la juventud, de la alegría.
En realidad, no se hacen un favor a ellos mismos. Lo hacen por el público. Lo hacen por nosotros.
Oído en un programa televisivo:
- ¿Por qué llevas ese escote, hija?
- ¡Para animar a la audiencia!
Si entendemos que todo es piadosa mentira en el negocio del espectáculo, la ilusión debe ser persistente, reciclable, retroalimentable.
- ¿Por qué te estiras tanto, Mary Steenburgen?
- Para seguir siendo la Mary Steenburgen que tanto quieres.
La vanidad suya es la vanidad nuestra.


Acostumbrarse a ver caras arrugadas pasará por la aceptación de la propia caducidad. Es difícil envejecer, sí, y también es complicado hacerse a la idea de que algún día nos vamos a marchitar y no lo haremos ni como Audrey Hepburn ni como Sean Connery. 
Ver caras viejas todavía no es plato de gusto ni la vejez ha conocido mucha ficción. Es deprimente, piensan todos. Mejor vivir a espaldas de lo inexorable y esperar por el milagro del futuro.
Ese milagro que significaría ir con una foto de tus veinte años y que el cirujano te diga:
- Pan comido.
Hasta entonces, mírabame yo al espejo para escribir estas líneas y no me veía nada mal. La edad me ha sentado bien, pensaba. Treinta y tres años no son para quejarse.
Tendré que afeitarme. El gimnasio va bien en este cuerpo, pero todavía queda. Y tengo que hacer algo con ese pelo. Ojeras controladas.
¿Eres feliz contigo mismo? Sería la pregunta a la imagen. ¿Quién es ese que ves? Aquel que se mira al espejo esperando la reválida de sí mismo. Hola, maravilloso. ¿Qué dirán los otros? Eso ya lo pensaré mañana.
¿Y si todo desapareciese, Dorian Gray? Quién nos dice que no nos encomendaríamos a una inyección que prometiese la tersura o, al menos, lo más parecido a ella. Quién nos dice que no perseguiríamos lo perdido. Quién nos dice que seremos capaces de aceptar que nuestro rostro será otro. Quién quiere ser feo.


Quién tiene esa fuerza que implica asumir que lo más valioso se escapa. Hablo de la renuncia a nuestra perfección.
Antes de juzgar con ligereza a las operadas y operados de Hollywood - esos seres que viven en el doble de escaparate que el nuestro -, pregúntese si es fácil saltar a la comba sobre una trampilla tambaleante con la certeza de que se va a caer en cualquier momento.

viernes, 30 de enero de 2015

Pelocracia


Esta historia del pelo debe comenzar por una peluquería.
Sucedió esta misma tarde. Yo, sin camisa, boca abajo en una camilla, y el tirón de la cera depilatoria. Aaaaay.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? - pensé.
Oh, la pregunta de todo ser humano. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Los pelos también se lo preguntarán al verse adheridos a las pegajosas tiras. En un instante, pasaron de mi epidermis a la basura. Pobres pelos. 
- ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Para responder, hay que entender que la historia de mi pelo es la Historia del pelo.
Los seres humanos son animales - y lo demuestran a diario, en su vertiente bestias -, y, en algún lugar de nuestra genética, quedó el revestimiento térmico del vello y el cabello. 
Ni los monos ni los perros tienen conciencia de lo peludos que son. Lo valoran cuando los inviernos son menos inviernos y sufren cuando se llenan de parásitos o cuando el día de calor es insufrible.


Esas angustias también forman parte de las cuitas humanas en torno a los pelos, pero no son las únicas. El pelo es una obsesión íntima, es una muestra de estatus, es un derroche de estética, es algo que se quita, se cae o se voluminiza. Quítame allá esos pelos, pero ponme un moño como Barbara Parkins, por favor.
Desde el cabello hasta el vello púbico, desde los bigotes a los pelos del culo, lo piloso preocupa e inquieta. 
Es también un festín para el sexismo. Si un hombre a se le cae el cabello o tiene demasiado vello, se le disculpará o, a lo sumo, se le llamará descuidado. 
Si una mujer no tiene un pelazo bien peinado y limpio en la cabeza, si se deja crecer algo de vello en alguna otra parte del cuerpo o si tiene un bosque por donde mora Venus, es una cochina y/o una persona de la que reírse. Y si la pobre se queda calva, que se suicide, pero con la peluca puesta.


El pelo es una obsesión para las mujeres y lo ha sido históricamente. 
Cambiarán las estéticas y los valores, pero una mujer de buen cabello y nulo vello es lo que se entiende por una mujer. Y, para que una mujer se convierta paradójicamente en una mujer, debe depilarse o disfrazar las evidencias de que ella también desciende de la mona. Y toma tiras de cera sobre esos cuerpos, que han venido a este mundo a sufrir. Quítame allá esos pelos.
De manera más calmada, el pelo también es quimera para los hombres. De entrada, se perdonan las entradas. Los machotes tienden más a la alopecia, mientras el resto del cuerpo permanece bien provisto. De hecho, los tipos más velludos son los que más se quedan calvos. Lo que no quiere decir que la calvicie preocupe; desde los bisoñés hasta los más peripatéticos peinados, todos tratamos de cubrir el paso del tiempo y lo que el pelo se llevó.
Los hombres son seres de pelo y sólo en épocas recientes se les ha asignado la posibilidad de depilarse o, al menos, recortarse esas pelambreras.


En cierta década ominosa, la publicidad sentenció que tener mucho pelo era cochino y antiestético y, como jovenzuelo de los noventa, yo crecí en una época donde los torsos se reclamaban tersos como el culito de un bebé.
Las barbas y los bigotes también han tenido su Historia. Desde ser signos de virilidad a reliquias del pasado, o simples muestras de desaliño. Afeítese, hombre, que va a una entrevista de trabajo. La cara se llena de espuma y se afila la navaja.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.
La gente sueña con pelos ajenos, con moños de otras épocas, con ideales de cabello. Por ejemplo, yo siempre he llorado por no tener un pelo como Christian Bale. Para mí, es el mejor pelo de todos los tiempos, porque es generoso, brillante y se peina con una mano.


Pero no todos somos Christian. A los mortales se les riza el pelo, se les carda, se les debilita de puro lacio, se les encrespa, se les llena de grasa o se muere y cae de tristeza. 
Cuando una persona se estresa, el pelo de la cabeza dice adiós. Cuando deja de estresarse, el pelo no vuelve.
El cabello es el oro. Se valora más por su excepción: es más débil, más pasajero y más a la vista de todos. El vello, por el contrario, es lo que nos iguala a los animales, es lo que escondemos bajo la ropa y, a diferencia del cabello, nunca se va. Tiene una resistencia equiparable a las dudas que tienen los humanos sobre él.
¿Es sucio el vello? En épocas de pelocracia, el mundo vuelve a decir que no. El vello siempre fue bello. Para los hombres, claro.


Las evoluciones depilatorias en los hombres y su rápida corrección tienen un ejemplo perfecto en nosotros, los gays y nuestras cuitas estéticas. De los bigotes setenteros a las fotodepilaciones noventeras, cambió el canon. De Tom Selleck a Apolo, el ideal era otro. Muchos no sólo se depilaban todo el cuerpo, sino que también atacaban las cejas con pinzas. Durante cierto tiempo, usted podía identificar la orientación sexual del caballero si le daba un extraño aspecto de Ken alienígena. Generalizando, por supuesto.
A continuación, ha sido al contrario. Si un hombre se depila las cejas, es probablemente heterosexual y/o firme candidato a algún programa televisivo de búsqueda de pareja.
La necesidad de que el hombre también se limpiara de pelo fue un apaño de la industria cosmética para acercarse a un nuevo público a lo largo de la citada década de los noventa y así convertirlo en la pareja perfecta de Barbie.
En esa disyuntiva, crecí yo y creció mi pelo. Qué difícil es la pubertad. Cuando me llené de pelos, cuánto sufrí, cuántas dudas, cuánta aflicción.
En aquellos tiempos, no me gustaba el pelo en los hombres. 
Sí desarrollé cierta atracción por los sobacos peludos y cuando un caballero subía el brazo y enseñaba la poblada axila, es probable que guardase bien la imagen en mi memoria para acompañar la próxima paja.


Pero el pelo en el pecho me parecía un espanto, quizá porque la publicidad jamás lo contaba.
Cuando a mí me salió el vello corporal a los quince años, estuve pensando seriamente en afeitármelo todo. No fue el único sitio. Los huevos ya eran un jardín piloso, de entre los sobacos asomaban sus vecinos y ya llevaba dos años afeitándome el bigote.
Lo peor fue el momento Cronenberg que paso a describir.
Tras un día de mucho sol y quemadura en un parque acuático, quedaron como testigos unas manchas a la altura del hombro izquierdo. 
Tintada la piel, comenzó a salir pelo de ahí también. ¿Hombros peludos? ¡Horror, horror! ¿Qué diría la gente? 
Me afeité esos pelos del hombro y me crecieron más, fuertes, duros, como cañones. Esos pelos, que hasta en estas épocas pelocráticas, no se ven en ningún sitio. Hablo de los pelos de la espalda, los pelos de los hombros. 
Y, desde el día en que quise matar a esos pelos y vinieron sus primos a cobrarse la venganza, yo también me tumbo en la mesa depilatoria y la cera, año tras año, los debilita, los aplaza. 
Porque, sí, yo tengo pelo en todas las partes del cuerpo.


El primer pelo en el pecho que me gustó no salió en la televisión, sino que se divisaba en mi clase del instituto. 
Era un chaval que tenía quince años y andaba hecho un hombre de tan peludo. Estaba buenísimo y el modo en que se le asomaban los pelos por la camiseta fue la manera en que me enamoré de los hombres muy velludos. 
De no gustarme, pasaron a encantarme y a olvidar que alguna vez no me deleitó su simple visión.


La hirsutofilia, o amor por los cuerpos peludos, se encuentra registrada como fijación en Wikipedia. La cosa hirsuta llama al sexo, porque allá donde hay pelo, hay mucho olor, y, claro, como una moto todo el personal. También, de manera estética, da la imagen de un hombre muy machote, que además ha superado esa década horrible de los noventa y se acepta tal y como es. Cuenta el proverbio que aceptarse es sexy.
Yo, que he sido un hirsutófilo tanto tiempo como he sido cinéfilo, no sabía si los pelos y mis pelos gustaban a los demás.
He oído a muchas mujeres repugnarse por el vello de los tíos y a una amiga he visto con pinzas depilándole los cuatros pelos del pecho a su novio. Estuve a punto de denunciarla por criminal, pero, en cambio, dejé que hiciera lo propio con mis pelitos del hombro.
Para gustos, hay mujeres con buen gusto y me consta que a la mayoría les gusta un torso peludo más que comer con los dedos.


Sucede igual con los gays que pasamos de Apolo a Ben Cohen y de ahí no nos movemos. Cuanto más vello y más aspecto de mono, mejor. En realidad, era un secreto que ahora se ha descubierto: nos gustan los hombres, no las estatuas neoclásicas.
El aspecto más unánimemente admirado por mis compañeros de cama ha sido mi pelo en el pecho. Un caballerete me registró en su móvil bajo el nombre de "Jose Pelitos" y otro, cuando me quité la camiseta, dijo:
- Eres como un regalo de Reyes.
Más tarde, se mostró dubitativo de un modo sublime, cuando me dijo:
- Ay, no sé si correrme en tu barba o en tu pecho.
El pelo abundante da morbo y caché. Si tienes en el pecho, llámame, porque ya me gustas.
Las barbas también han adquirido mucho predicamento en los últimos años y está muy de moda lucirlas, a lo salvaje o bien recortadas. 
Tono vikingo, llamada de la selva o manera de ocultar que no eres muy guapo.


La industria estética da pasos hacia los pelos y algunos hacia atrás. Todavía el exceso es considerado una cosa fea por algunos mierderos y a los tipos muy velludos suelen hacerles esos trimmings, que, a veces, son un poco criminales. 
Otros se depilan para que se note más la definición de sus músculos, y cuando la cosa se quiere familiar, limpia o bajo un extraño concepto de star-system, vuelven las cabronas epiladys.
La erotización colectiva sigue siendo tan machista que piensa que, para que un hombre resulte sexy y bello, la respuesta es feminizarlo, hacerlo bonito, quitarle el aspecto de mono.  


Ay, la pelocracia, qué gran invento. 
Esta tarde yacía reposado sobre la camilla de la peluquería para el ritual periódico de la depilación de la espalda y los hombros. En realidad, no sé por qué lo hago. 
Será porque, pese a que soy el más hursitófilo, también temo a los excesos y a esos pelos de atrás que nunca salen en las películas o porque todavía tengo el temor lejano de la pubertad remota. Oh, ¿qué pensará la gente? Ah, ¿qué pensarán ellos?


Muchas depiladoras de mi vida me han recomendado la luz pulsada para eliminarlos por completo y ahorrarme la cera, esa cuyo dolor equivale en ocasiones a sacar en un segundo un montón de cuchillos que no sabía tenía clavado.
- Así se te van del todo, hombre, y no tienes que andar con este sufrimiento.
De algún modo, no quiero que se vayan del todo. Quizá porque me definen de un modo íntimo. Era lo que me acomplejaba, lo que resolví con una primera tarde en la peluquería y lo que, al final, da igual. Voy cuando me acuerdo, por tradición. Y me aferro a ellos porque son yo. Porque espero el día en que otro caballero los bese y diga: me gustan, no te los quites más, me correré sobre ellos.
El vello es bello, sí, mide el calor que tenemos y el amor que buscamos.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.

miércoles, 21 de enero de 2015

Corte Clásico


Por el camino de la belleza, habrás oído esta pregunta, en más de una ocasión.
- ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
Vale afinar la respuesta y confiar en la bondad del peluquero que, si se descuida, nos convierte en Grace Jones, todo sea por la modernidad y el estilismo.
Cuando era niño, no me hacían la pregunta a mí, sino a mi madre.
- ¿Cómo le cortamos el pelo al nene? - dijo cierto peluquero.
- Cortito. Y clásico.
Sospecho que el peluquero - que era, más bien, un barbero - ignoraba qué era eso de clásico o quizá quería mi opinión. ¿Clásico? El nene ya es grande, tal vez desee algo más a la moda.
- ¿Quieres que te corte el pelo como a esos niños?
Los aludidos giraron sus rapadísimas cabezas. Sólo un mechón de pelo, disparado hacia arriba como Tintín, se había salvado de la maquinilla.
Yo dije que no, que lo quería clásico. Nunca me vi en las modas. No tanto porque no las quisiera, sino porque jamás me he sentido cómodo con la idea. No tuve nunca ninguna intención de ponerme un pendiente cuando todos los chicos de mi clase se agujerearon sus prepúberes orejas y jamás, gracias a los Cielos, me he tatuado ninguna gilipollez en el cuerpo.
- ¿Cómo quiere usted su vida? ¿Cómo se la recorto?
- Clásica, por favor.
¿Fue mi madre quien me hizo clásico? ¿Simplemente sugería o me señalaba donde estaba lo confortable, lo de siempre, lo que no implica riesgo alguno? Dicen los proverbios que lo clásico no envejece, no desaparece, no hace el ridículo. Es la seguridad del cuadrado en un mundo de espirales.


Hace unos meses, conversaba en el Facebook con uno de mis seguidores y me dijo:
- Es que tú eres muy clásico. 
Se refería a mis gustos cinematográficos, pero, de algún modo, me recordó a esa generalización que han hecho muchos sobre mis tendencias. La genuina atracción por lo antiguo.
No es la primera vez que alguien me dice que soy muy clásico. Lo he oído en muchas ocasiones y con intenciones más bien destructivas. Hay gente que es muy ignorante y se siente en desventaja; otra, que era clásica antes y pregona que lo ha superado.
Lo peor es que, más de una vez, me he sentido acomplejado por mi predilección por los gloriosos ayeres y, durante cierto tiempo, renegué de ellos como San Pedro.
Fue raparse el pelo, como aquellos niños, aunque siempre me dejé un mechón,  Ese con el que ser identificado. 


En términos cinematográficos, el regreso a casa ha sido espectacular, porque me fui de ese cine clásico de mis amores con la intención de no volver. San Pedro de mí.
Sé que no soy el único cinéfilo que lo intenta. De hecho, recuerdo un libro que escribió un crítico que aseguraba que era hora de librarse de la "picadura del cine clásico", o la inclinación a vanagloriar las películas de antaño sobre las producciones de ahora.


Recuerdo un foro que frecuentaba hace mucho tiempo donde formaba parte de "la secta del cine clásico", como nos llamaba cierto caballero, que consideraba lo nuestro un problema a resolver.
¿Cómo se libra uno del cine clásico?
La respuesta, queridos míos, es que le den por ano a todo el mundo, especialmente a los ignorantes que atacan por complejo de inferioridad.
El cine clásico es maravilloso, iluminador, poético, conmovedor y hermoso hasta decir basta. No es el único cine, pero es el cine.
- ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
- Como a Tyrone Power, por favor.
Pero, ¿qué entendemos por cine clásico? Ay, qué difícil es definir y cuantísimo debemos hacerlo para comprender de lo que hablamos. Digamos que es la etapa fundacional del consumo cinematográfico en el mundo y, como entonces se valoraba la calidad y la factura para vender un buen producto, hete aquí que las películas estaban hechas con una mayor ambición cultural.
El cine de antes cuenta el mundo al que se dirigía, tanto directamente como por omisión, desde sus recetas de buen gusto hasta sus magnos temores, desde sus sueños de felicidad hasta sus previsiones de desastre. El cine ha sido entretenimiento, testimonio y, como bien señala Godard, un aliado de la industria de los cosméticos.
Si Hollywood es quien se ha apropiado del término clásico para definir la buena racha de sus viejos estudios y sus grandes estrellas, el clasicismo cinematográfico es internacional. 
Pero, sin mucho apurar, se puede concluir que el león de la Metro, el pitido de la RKO y las titilantes caras de los astros del cine norteamericano de los años treinta, cuarenta y cincuenta son la expresión más pura de nuestro cautivo por el cine antiguo.


Es un cine tan antiguo que parece mentira que todavía conserve frescura. Al fin y al cabo, hablamos de las películas que veían nuestros abuelos. 
Recuerdo perfectamente a mi abuelita dejar de coser y mirar hipnotizada la televisión. Veía la imagen de Greta Garbo al final de "La Reina Cristina de Suecia".
- Esa mujer, con lo guapa que era, se retiró y no volvió jamás.
El cine adoraba divulgar sus propias leyendas y, como el arte popular por excelencia, sus imágenes vivieron en la psique colectiva, para contagiarse a generaciones venideras, a través de la reposición, el homenaje o el simple comentario.
- Esa mujer, con lo guapa que era, se retiró y no volvió jamás.
Cuando yo crecía, las películas clásicas vivían en televisión. 
Detrás de esos ciclos y retrospectivas, estaban las manos de grandes cinéfilos, que las seleccionaban y las emitían, una y mil veces. 
Recorrían la programación de la cadena cultural por excelencia - La 2 -, pero también se colaban en sesiones de tarde y hasta en altas madrugadas de canales privados. 
Llenaban el espacio insomne. Porque a todos los cinéfilos nos gusta la noche y nos gusta ver cine por la noche.


Yo me hice cinéfilo oficial a los catorce años. No fue el principio de mi amor por las películas, pero sí cuando empezó la locura. Cuando empecé a comprar revistas de cine y cuando comencé a grabar todo lo que emitían.
Fue también cuando nació en mí eso tan decisivo que es el gusto discriminatorio. Es decir, distinguir lo bueno y lo malo. Una actitud tampoco muy moderna, porque vivimos en el tiempo del "todo vale" y "me gusta la basura". Pero yo, clásico, sostengo que es esencial esculpirse un paladar para cualquier apreciación: saber lo que está bien y oler lo que es una mierda.
Como todas esas revistas y programas cinematográficos estaban dirigidos y rubricados por señores y señoras de cierta edad, también tengo a quien echarle la culpa de que le ponga un 10 a "Gentleman Jim" y "Bésame, Kate" sin pestañear, mientras pocas películas de este siglo XXI alcanzan esa votación en Film Affinity. De hecho, creo que sólo son cuatro.  
Por entonces, seguía la corriente a los que sabían más que yo. Años más tarde, me rebelaría cual hijo pródigo contra los padres venerables, dejaba de comprar revistas de cine y denunciaba a los carcas.
En la rebeldía, no sólo estaba el simple consumo y apreciación de las películas.
- ¿Qué ha hecho el cine clásico con mi vida? - declaré, rojo de indignación.
La cinefilia es una cosa muy bendita y también muy jodida, especialmente si germina en edades conflictivas, porque motiva tu visión del mundo y la consecuente frustración.
Creo que he hablado ya del brutal contraste entre las películas que veía cuando era adolescente - aquellos musicales de Minnelli, qué cosas fastuosas eran - y el vulgar instituto donde estudiaba. Yo no me escapaba de clase a drogarme; me iba a casa a meterme el chute de Cine Club.


El hecho de que fuera clásico implica la visión clásica que he tenido de la vida. Mis expectativas han sido clásicas, mis sentimientos también lo son. Cuando me hice mayor, tuve que entender que ese chico que se aproxima no tiene por qué encerrar una historia de amor, ni por qué significar nada. Ni siquiera va a tener un final. Y, sobre todo, la chispa de la conversación no estará asegurada.
Cuando era más joven, pedía el corte clásico y pensaba que aquel que he conocido y me ha sonreído era el personaje que faltaba en mi historia.
Así me lo contaron las películas, así me lo creí.


He oído muchas opiniones contrarias al cine clásico, tanto de conversos como de simples detractores. Un profesor mío me calificó de "cinéfilo asqueroso", arguyendo que lo mío era una enfermedad que él también había padecido. Es hora de derribar los mitos aprendidos, me dijo, y acercarse a lo nuevo. Que jodan al Gran Gatsby y a Margarita Gautier, concluyó.
También he escuchado ataques a su antigüedad en todos los sentidos, tanto técnica como moral, y soporté a una tipeja que afirmó que todo eso era "arqueología del cine". La gente es especialmente palurda cuando despacha con una sola frase, sí.
Cierto es que el cine clásico tiene sus limitaciones, tanto en su tiempo como en este. Y muchas veces me pregunto donde empieza la fascinación por su plástica y empieza la apreciación por su calidad. Oh, amigo, tiene ambas cosas, por eso es tan bueno. Y, en sus limitaciones, se encuentran también sus virtudes: su rudimentariedad es lo que lo hizo más expresivo y su censura aseguró su sofisticación.
No es modélico en muchos aspectos y odio cuando Hollywood intenta remedarlo, estilo "El Paciente Inglés", "War Horse" y todas esas atrocidades que niegan la Historia del Cine y encima las premian.
El cine añejo guarda muchas lecciones perdidas, pero es irrepetible. Hay que verlo, no emularlo.
Es también un error tacharlo de candoroso, de inofensivo, de artesanal, de correcto. La verdad es que no todo el cine clásico es clásico.


Muchas de las grandes películas son manieristas, barrocas, extrañas, inclasificables. Son de la época en que no se paraba de producir y se colaban las anomalías, las cosas raras, las sutiles subversiones, los estallidos de genialidad. No todas son cómodas, ni idealistas.
Al respecto, el otro día vi una serie B llamada "Black Angel" . Oh, Dios, qué película tan desoladora.
Creí morir de tristeza al final y sin necesidad de un golpe de impacto. Sólo con una simple y elocuente imagen, donde toda la historia cobraba su pesimista, hermoso significado.


Y muchas películas de los ayeres se arriesgan y caen en el ridículo. 
Esto último está en relación con lo que arguía un periodista de The New York Times en un impecable artículo sobre las interpretaciones femeninas de hoy en día, esas que buscan el Oscar. Ninguna se entrega al melodrama - definido por el cronista como "la hermosura del exceso" y "la tragedia doméstica" - y todas se quedan en un término medio y abotargado, ese que los pedantes aplauden y consideran meritorio.
El Hollywood actual teme ese exceso en sus dramas. Antes, se relamía y se rebozaba de gusto en él.


Dos cosas son inmensamente valorables del celuloide antediluviano. 
En primer lugar, la búsqueda de la factura, que hoy es inconcebible. Las películas contemporáneas son lujosas, pueden ser buenas, pero todas tienen fallos y hay demasiadas que naufragan en sus intenciones. Podrían ser mejores.
En el cine clásico, las películas estaban hechas con la voluntad de que no pudieran ser mejores. Es la continua búsqueda de la excelencia, nivel obsesión.
Y, en segundo lugar, pero no menos importante, la duración. Hoy, dos horas y media de metraje y ya me verá usted la cara de desmoralizado. Antes, en noventa minutos, el mundo.


Generalizo y divago, como siempre. Si hay una lección que aprendí bien es esa de que hay cine bueno, malo y regular en todas las épocas. Hay clásicos que están sobrevalorados, sin duda.
Pero el atractivo de esa época arcana parece inmarchitable y más contundente que el de ninguna otra. Renegué tres veces como San Pedro y volví a él, tirado en el suelo, pidiendo perdón, deslumbrado ante su magnificencia. Ahora, que ya me considero con un gusto particular, a salvo de profesores y de opiniones ajenas, digo sí. Una y mil veces. Es grande, es sabio, es bello.
Y, todavía me pregunto, ¿por qué la hipnosis? Empiezan y ya estoy clavado con su simple impronta, con la primera nota de sus bandas sonoras, con el cigarrillo que enciende Joan Bennett.
¿Será porque son cosas viejas? De hecho, muchos títulos emblemáticos de los ochenta están adquiriendo ahora una prestancia que no tenían en su momento de estreno. Considerada la primera época de decadencia del cine comercial, sus más genuinos productos lucen mejor con unos años encima. ¿Es acaso eso de que el tiempo cura y mejora?
Lo dicho: corte clásico.
Siempre me gustó lo viejo, lo reconozco. De hecho, me gustan los hombres mayores que yo, como regla general. Y he estado con algunos muy mayores. ¿Será por qué quizá sabían quién fue Judy Garland?
- Porque me gustan así, cojones. Las películas, los hombres, la vida. Clásicos, bonitos, bien hechos, buenos - dije para concluir la discusión y cerré con un portazo.
Ahora el cine clásico no es sólo el pasado del cine, sino también el mío. Son las películas que vi hace mucho tiempo, que están relacionadas con mis primeros años de existencia. Entonces ya eran viejas. Para mí, adquieren otro grado de vejez, otro toque de memoria. Son otro pasado distinto a su propio pasado.
Sus escenarios, sus músicas, sus actores. A ti también te gustan y te atraen profundamente, lo sé. Tyrone Power era el más taquillero para tu abuela y, ochenta años después, ha protagonizado uno de los post más leídos de los últimos tiempos en "IAV".


- ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
- Con ese romanticismo elegante, con esas imágenes de sombras y luces, con esos objetos que adquieren discurso, con ese mundo donde se nota el decorado y aún así emocionarse hasta la lágrima es increíblemente fácil.
Ahora el cine clásico es más que el gusto por lo desfasado, ese que había que superar, defender o criticar hace un par de décadas. 
Hoy está el doble de lejano y, por tanto, habla de una civilización perdida en el tiempo. Muchas de sus películas cobran auténticas capacidades alucinatorias: son un verdadero what the fuck.
A la vez, es curiosa su vigencia. O la simple prueba de que la Historia y las historias se repiten. Puede usted mirar una comedia de los años treinta y entender que lo que vivimos hoy ya sucedió una noche.
¿Recomiendo el cine clásico? Sí, por favor. Ya no hacen ciclos en la televisión y las generaciones venideras lo desconocen, qué fatal.
Así, que habrá que volver a él. En palabras e imágenes, en imitaciones a la vida y terceros secretos.
Se me está poniendo cara de juglar. Pero qué menos que soltar mis brotes psicocinéfilos y, por el camino de la locura, divulgar la belleza de lo que nunca muere.

domingo, 4 de enero de 2015

El Cine Según Maureen O'Hara


Hoy diré que Maureen O'Hara es el cine. Al menos, una manera antigua de entenderlo, de relacionarse con él, de vivirlo. 
Maureen, que fue elegida y pervivida por su belleza, encontró una estrecha conexión con el público, pero, sobre todo, con los más impresionables de la audiencia. Los que aman a Maureen O'Hara la amaron desde que eran niños. Quizá por esa calidez maternal, de la misma que interpretó a muchas madres, o tal vez, por esa fuerza espectacular que brindaba a sus más orgullosas caracterizaciones.
A pesar de lo elevada que siempre estuviera, Maureen conservaba la modestia de una niña buena, su sensibilidad, su cercanía.
Había algo increíblemente tierno en los impresionantes ojos de Maureen, esos que aún viven, todavía miran.


Échale la culpa a los ojos, a la cabellera ardiente, al incontestable físico de hembra irlandesa, a su rotundidad en un Hollywood que buscaba mayúsculas como ella. 
Errol Flynn dice en su biografía que nunca había visto una mujer tan hermosa en su vida. Muchos y muchas opinaban lo mismo.
Su carrera se estableció entre suertes, mentores y amigos, aquellos que la condujeron hacia las mejores películas. Y, del mismo modo, esas películas tanto le deben a su simple presencia. 
Su legado permanece gracias a sus fans, que repiten la máxima: Maureen O'Hara es bella, pero, sobre todo, adorable.


Amable y dura al mismo tiempo, con mil talentos escondidos que el cine no dejó salir por completo a la luz, se dijo la reina del Technicolor y disparó el erotismo cuando apareció montada a caballo, cabellera cubriendo su desnudez, para Lady Godiva. 
Pero serían los regresos cinematográficos a Irlanda aquellos que convirtieron a la gran aventurera en una cuestión del corazón para todos los amantes del séptimo arte.


Maureen Fitzsimmons nació en Dublín, claro, en una familia numerosa de rigurosa confesión católica. Tan católicos que una de sus hermanas ingresó en un convento.
Aunque Maureen destacó como artista desde el principio, su padre se dijo reacio a confiar el futuro de su hija a los turbios azares del espectáculo y le recomendó que lo complementara con otros estudios. Así, la joven Maureen se hizo una eficiente secretaria y una veloz tipógrafa, dos habilidades que resurgirían cuando se la vería ayudando a reescribir guiones mucho tiempo después.
Sobre las tablas, las cosas se aceleraban para Maureen que, nerviosa y sin preparación, fue enviada a una prueba para el cine. 
La vistieron y la maquillaron con exceso y la prueba se dijo de desastre.
No obstante, el venerable Charles Laughton quedó impactado por los ojos de Maureen y acudió a por ella, diciéndole que era hora de cambiar el apellido.


Fue Laughton quien inventó a Maureen O'Hara, al emplazarla en sus primeras películas importantes.
Él era el despótico villano y ella, la amordazada heroína en "La Posada Jaimaca", de Alfred Hitchcock. 
Enseguida, Laughton se la llevó hasta Hollywood en 1939 para una hermosa versión de "El Jorobado de Notre-Dame".
Laughton fue Quasimodo, cómo no, y la O'Hara, por primera vez en Norteamérica, una encantadora Esmeralda.


La RKO le firmó un contrato que la derivaba a subproductos, segunda división en la que Maureen caería en muchas ocasiones. No obstante, siempre hubo quien la salvó de esa injusticia y, en 1941, tenía su primer encuentro con el director que la consagró: John Ford.
En la saga sobre una familia minera galesa llamada "Qué Verde Era Mi Valle", o esa película que las lágrimas no dejan ver por completo, Maureen O'Hara fue la bella Angharad, que se enamora de uno, pero ha de casarse con otro. 
La cámara de Ford la adoró por primera vez. El lacrimal, también.


Si Laughton la había descubierto, era John Ford quien la llevaría al lugar que le pertenecía.
Los años cuarenta y la llegada de las luces del Technicolor sobre su pelirrojez revistieron a Maureen O'Hara como una de las reinas del escapismo aventurero y le entregaron princesas, vitalistas damas y señoras exóticas de todo signo. 
Sus películas se ambientaban en el Viejo Oeste, en los Mares del Sur, en el mundo de las Mil y Una Noches.
Una de sus mejores aventuras en esos terrenos fue cuando se vio las caras con el pirata Tyrone Power en "El Cisne Negro".
Maureen y Tyrone eran pareja de hermosura y se brindaban la oportunidad de seducir a toda la concurrencia con colorines, abordajes y apoteósicos vestuarios.


Maureen se hacía aún más cercana al público familiar con el clásico navideño "Milagro en la Calle 34", donde incorporaba a la pragmática mujer profesional que no cree en Santa Claus hasta que se le aparece en Macy's.


La retahíla de películas poco lucidas debía terminar forzosamente con otro retorno al mundo de John Ford. "Río Grande", "El Hombre Tranquilo", "Cuna de Héroes", "Escrito Bajo el Sol" contaron los años cincuenta para la O'Hara.
En "Río Grande", Maureen se encontraba, por primera vez, con John Wayne. 
La química se dijo tan contundente que parece que sus personajes llevan casados mucho tiempo y se hace necesario que se reconcilien cuanto antes.


Fue el principio de una hermosa amistad para los actores, vivida entre muchas películas donde volverían a encontrarse y en cumplidos elogios a lo largo de los años. 
Wayne la consideró la única mujer a la que podía llamar amiga. Maureen dijo de él lo que ya sabíamos: que John Wayne era los Estados Unidos de América.
Los dos eran conservadores hasta la médula, fuertes como rocas, más altos que la vida. Y, para el público, John y Maureen eran los padres que todos querían tener.


Si en "Rio Grande" eran tan creíbles como un matrimonio separado desde hacía años, en "El Hombre Tranquilo", interpretaban con la misma eficacia a dos personajes que se conocen y se enamoran con sólo mirarse. Y usted puede sentir ese flechazo, sí.
Esa Maureen en paraje incomparable de Innisfree fue también como para enamorarse por primera vez.
Significó redescubrirla y, tanto para ella como para los demás, "El Hombre Tranquilo" fue la mejor película que hizo.


"El Hombre Tranquilo" traía a la más memorable Maureen, la orgullosa y fuerte irlandesa, el estereotipo de la apasionada pelirroja a la que Wayne ha de meter en vereda de la manera más políticamente incorrecta. 
Aunque repetiría con John Ford en dos ocasiones más - "Cuna de Héroes" y "Escrito Bajo El Sol" -, la relación de Maureen con el director fue brutal. 
El pésimo carácter del director sembraba el pánico en los rodajes y, para colmo, Maureen confesó que Ford estaba enamorado de ella platónicamente. 
También aseguró que le propinó un puñetazo, sin venir a cuento. "Era un hombre amargado", dijo Maureen, aunque nunca ha dudado de afirmar su maestría y el milagroso resultado que extraía de su dirección de actores.


Con el crepúsculo de los cincuenta, Maureen abrazó una madurez radiante, a su altura, que la vería en madres de muy buen ver. 
La más popular sería la divorciada progenitora de las gemelas interpretadas por Hayley Mills en "Tú a Boston y yo a California".


En tiempos cambiantes, la O'Hara se decía sinónimo de Disney, de John Wayne, de valores desfasados, de un mundo conservador que sonaba a antigualla. Un mundo que no tuvo otro remedio que dejar paso, pese a prestar cumplida batalla. 
Por entonces, y en el refugio de la televisión, Maureen O'Hara nos ofrecía pruebas de un talento musical que nunca había sido convenientemente explotado en Hollywood.


Con Wayne, siempre y hasta el final. 
Sus últimas películas, antes de retirarse en los setenta, fueron a su lado. "Yo hice sexy a John Wayne", dijo ella, con toda la razón.
Y, desde la cama de sus últimos días de vida, John vería a su querida Maureen en televisión, defendiendo que le dieran la Medalla del Congreso al viejo patriarca. Se la dieron, por supuesto.


Cuando Maureen anunció retiro en plenos años setenta, la respuesta era su tercer marido y gran amor, el aviador Charles Blair.
La felicidad duró mucho menos que la tristeza cuando Blair moría en un accidente en las alturas. 


Ella se secó las lágrimas sólo para ocupar el puesto de su marido y convertirse en la primera mujer que dirigía una aerolínea. La historia parecía sacada de una película ideal para ella, sí.
En plenos años noventa, Maureen O'Hara se permitía un brevísimo retorno como la dominante madre de John Candy en "Only The Lonely", que empató con un telefilm navideño. 
Desde entonces, volvió a su tranquila vida, entre sus residencias de Irlanda, las Islas Vírgenes y Arizona.


La salud la instalaba definitivamente en Irlanda, mientras tristes noticias de abandono saltaban a la luz en 2012. La vieja Maureen, que sufre de pérdida de memoria inmediata, estaba siendo descuidada, quizá maltratada.
Su familia actuaba y se la trasladaba hasta Idaho, donde ahora reside con su nieto. 
¿Qué hicieron sus fans al respecto? Le abrieron una página de Facebook y después contactaron con el director de TCM. 
Porque no había que esperar un minuto más: a las grandes estrellas se les da el Oscar y se acabó la discusión,


En este último 2014, Maureen O'Hara volvía a un escenario, en silla de ruedas, con peluca y unos noventa y cuatro años de impresión. Los ojos, intactos. 
Leyó su discurso, gafas mediante, y entre sus palabras de viejecita, oímos que daba gracias a Charles Laughton, a John Wayne, "al mismísimo Diablo: el gran John Ford" y a sus admiradores.
El Oscar llegaba tarde, pero ha llegado a tiempo. Nunca es pronto para premiar a Maureen, nunca es tarde para premiar a uno de los últimos iconos vivos del cine.


"Todas las estrellas tienen ese algo que destaca y atrae nuestra atención... Yo siempre he creído que mi cualidad más atractiva es mi fuerza interior, algo que comparto fácilmente con un público..."
La más divertida de las fieras, la verdadera amiga de los propios y los extraños y tan, tan, tan bella, que viva, hoy y siempre, Maureen O'Hara.