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miércoles, 18 de febrero de 2015

Nuestra Perfección


Me miré en el espejo con detenimiento antes de escribir sobre nuestros rostros. 
Debía informarme sobre la magna preocupación de los seres humanos. La imagen que proyectamos, la cara que tenemos, el espíritu que se refleja.
Dicen que la cara es el mismo espejo del alma y que, a través de ella, se puede intuir mucho de una persona. Y es cierto. Porque en la faz viven las experiencias, las frustraciones, los anhelos. Y, sobre todo, las señales de la edad y los grados de belleza.
Dicen que la belleza está en el interior. Que uno debe quererse a sí mismo, porque, al final, nuestra mismidad es lo único que poseemos de verdad. 
Pero es difícil aceptarse cuando vivimos en un mundo donde todos tienen ojos que prefieren posarse en lo que consideran precioso, hermoso, guapo, ideal. Así vivimos: buscando el rostro que sea una versión mejorada del nuestro, esperando que refleje la mirada devuelta.
Las coordenadas de belleza y fealdad son estrictamente culturales, aunque, como conceptos, existen desde siempre. Cuando alguien se parece más a un dios que a un mono, es más bello y elogioso. Lleva más de un trecho vencido y encontrará más de una puerta abierta. 
Oh, la satisfacción de ser bello.
¿Qué sientes al mirarte al espejo?, le preguntaba Barbra Streisand a Lauren Bacall. 
La Bacall viviría acostumbrada a encontrarse con una imponente en el espejo, reacia a marchitarse, mientras la Streisand aún se deja los ojos en escudriñar su imagen y suspirar porque otros digan lo que ella piensa al mirarse: "Hola, maravillosa".


El ser humano discrimina a los feos desde el día primero. En mi infancia, recuerdo que las niñas feas tenían las de perder. Los otros niños las perseguían por el patio y les imprecaban lo que pensaban de ellas. 
Tramaban hacerlas desaparecer.
- ¿Y si saltan a la comba sobre una trampilla y se caen?
La crueldad infantil, que es depurada e implacable, está fundamentada en la superficialidad. Algo no gusta a la vista y debe desaparecer. Enanos nazis.
Yo era uno de esos niños que planeaban hacerlas saltar sobre la trampilla. Que se mueran las feas y los feos, así lo enseña el mundo.
Pero, ¿y qué era yo? ¿Qué eras tú?
- Mamá, ¿yo soy guapo?
- Claro que sí, mi niño. Eres el más guapo del mundo.
Bien sabía que había gato encerrado en esa respuesta. 
Ajá, lo decía porque era mi madre y me quería. Pero no entendía que ahí estaba la clave: no se trata de ser guapo, sino de parecerlo a los ojos de alguien que te ama. 
Por mucho que le digan a un enamorado, su amor siempre será lo más bello del planeta.


Pero, ¿qué es la fealdad?
La irregularidad de las facciones, la obesidad, la excesiva altura, la desmedida bajura, el pelo indomable o inexistente, la relamida expresión, cierta deformidad, alguna parte del cuerpo extraordinariamente larga o intrigantemente pequeña. Si tiene usted algo de eso, es probable que sea feo. 
También es muy posible que alguien se lo haya dicho o gritado más de una vez. Quizá desde la infancia. O irrumpió en la adolescencia. O fue cosa de la vejez. En algún momento, usted supo que no era Errol Flynn ni lo iba a ser nunca.
Tal vez viva atormentado, haya renunciado a la búsqueda del amor y camine por la vida con el cariño de su familia y la compañía de sus amigos. 
Mirará de reojo las revistas de moda, los grandes cartelones de Calvin Klein y todas y cada una de las promesas de la estética.


Con toda probabilidad, se haya acostumbrado. 
Incluso puede que la fealdad no le haya impedido hacer nada y descubra que, si ser bello es difícil, estar bueno es muy fácil. Cuestión de sonrisa y encontrar el reflejo favorecedor, ese que vive en los ojos de aquel o aquella que lo encuentra a usted francamente irresistible.
Amigo feo o medio feo, sus angustias por la imagen no son exclusivas. Hasta los más bellos del planeta las tienen.
¿Qué sientes al mirarte al espejo, Miss Bacall? El miedo, el puro miedo a que desaparezca.
Para rostros perfectos, vidas perfectas, parafraseando la canción de apertura de la añorada "Nip/Tuck".
En Los Ángeles, desde hace una década, existe una cumplida tradición: las reuniones de bótox.
Funciona como ir a tomarse el té o depilarse en compañía, pero con la presencia de un kit de inyecciones de toxina botulímica. 
Desde el día en que la Organización Mundial de la Salud hizo la vista gorda, la tal toxina - que estira los músculos con un efecto de parálisis - se convirtió en la bomba. Era más asequible y menos invasiva que los bisturíes y los resultados se prometían menos definitivos. La parálisis es temporal, sí, aunque los daños musculares pueden ser considerables.
Las primeras muñecas de bótox sorprendieron al mundo, especialmente Nicole Kidman, que arruinó su carrera interpretativa con un ponme aquí esas inyecciones.
Bótox o bisturí, el personal aún se confiesa escandalizado con las intervenciones plásticas en las caras de sus ídolos hollywoodienses. Éstos llevan operándose y recauchutándose desde que el mundo es mundo, pero especialmente en Estados Unidos, donde ir arrugado es inaceptable. Para entendernos, estar viejo es estar hecho una facha. Si las depresiones las curan con píldoras, el paso del tiempo también paga peaje en la farmacia y la consulta del médico.
Aún así, es incorrecto. Muy pocos relatan con alegría sus operaciones o sus excesos con el bótox, aunque sean obvios. 
La obsesión por la estética y su paseo por la mesa de operaciones también están íntimamente relacionados con el materialismo, el nuevorriquismo y demás esencias de la horterez. Es pagar algo con la intención de poseer lo que implica. Me compro un yate, seré el más guay. Me agencio un bolsazo de firma, me dirán la más elegante. Me hago pasar por una cirugía terrible y una recuperación dolorosísima, volverá el esplendor en la hierba.
Comparando fotos, casi todos los actores y actrices de Hollywood han sufrido algún arreglo. Se hacen más drásticos con el tiempo. pero el noventa por ciento pasan desapercibidos, porque muchos son realmente sutiles. El llamado little touch.


Las operaciones más brutales tienen mayor y peor prensa, por lo que se suele considerar la cirugía facial como una chapuza que destruye las carreras, cuando, de manera general, las gestiona.
Como he dicho, es tradición y las primeras intervenciones se remontan a fechas que rondan los años veinte del siglo pasado.
La leyenda cuenta que Lana Turner acudió a una secreta consulta con una foto. Sucedió en la década de los ochenta, época clave para la expansión y popularización de la cirugía estética.
Lana le dijo al cirujano que quería volver a lucir como era en "Los Tres Mosqueteros" y le enseñó la imagen de aquella majestuosa Milady de Winter de 1948.
El cirujano le dijo que nanay, que la cirugía estética no era hocus pocus. 
Lana entendió que no volvería a ser Milady, sólo entraría en esa edad indefinida de las personas operadas. No son jóvenes, pero tampoco viejas en el sentido estricto. Son una especie de momias, que puede que reciban el mismo trato de los niños del patio de colegio: persecución, risas y ganas de que se caigan en una trampilla.
Esa esquizofrénica dualidad entre la resistencia a arrugarse como una pasa y la reconversión en una aviesa careta de tirante inexpresividad pervive en las angustias estilísticas de los astros de Hollywood, especialmente los que viven de una imagen y una juventud. Cuando ambas entran en decadencia, algo habrá que hacer.


Desafortunadamente, el actor o la actriz no volverá a la lozanía anterior y lo llamarán sólo cuando necesiten un personaje de señor o señora operado.
Las personas operadas, que ya son una cultura en sí mismas, no sólo se identifican por esas facciones intervenidas, sino por la actitud hipersexualizada que desprenden.
Se entiende la búsqueda de la juventud con la necesidad continua de despertar la erotización ajena. Así, las personas operadas van con ropa ajustada y/o escasa, suelen estar bronceadas y se comportan como mozalbetes.
Recuerdo a la artista argentina Nacha Guevara en una entrevista televisiva hablando de otras compañeras que se buscan novios muy jóvenes. Aseguraba entenderlas:
- No es fácil envejecer - afirmó.
Nacha lo dijo con unas señales de cirugía en la cara nivel Apocalipsis now, con un escote y una falda corta de mucho vértigo, mordiéndose las uñas y con las piernas recogidas pícaramente en el sofá, como en su más linda adolescencia. Sin duda, sabía de lo que hablaba.
¿Será el esplendor en la hierba lo que buscaba Renée Zellweger? El pasado año, saltaba la imagen más espectacular de un cambio estético en una celebridad hollywoodiense. 
¿Qué sientes al mirarte en el espejo?  Otra cara, otra imagen, ¿otra alma? Si la cara es el espejo del alma, Reneé es la rotunda negación de sí misma.


El mundo entero compartió la imagen en las redes sociales y trató de buscar parecidos razonables a la insólita transformación de la Zellweger. La ironía es que esa "otra persona" no era ni demasiado atractiva ni precisamente joven.
Ella aseguró que se sentía elogiada por la atención, porque esa era la cara conseguida a razón de salud y sentirse bien. Eso lo dijo el primer día. Luego corrió a refugiarse en su casa, humillada y muy temerosa de saltar a la comba cerca de una trampilla.
Muchas y muchos salieron en su defensa, arguyendo la magna contradicción. Renée tenía la carrera en boxes porque estaba mayor e hinchada y el intento de mejorar su imagen que le demandaban tanto la industria como la sociedad se tropezaba ahora con la chanza y con aquello en lo que caen todas las mujeres a diario: la imagen propia como enemiga y la opinión ajena como sepulturera.
Puede decirse que los hombres también sufren si son feos, van gordos o están viejos, pero nada comparable a lo que se cierne sobre las hembras, más que nunca en el país de las vidas perfectas para las caras perfectas. 
Si un hombre se hace mayor, tendrá su público. Yo, incluido, cómo me gusta un daddy. Si una mujer se hace mayor, es una vieja.
La cosa es que las mujeres maduras también gastan sus admiradores, igual que las obesas, y sólo hay que ver el buen mercado de porno que tienen ambos espectros físicos. Como la cosa queda en un íntimo margen y los caballeros heterosexuales nunca manifiestan abiertamente que les guste un tipo de mujer que se escape de los prototipos, cunde la idea de que ser una señora es perder todo el atractivo inmediato.
Renée será el cambio más espectacular, pero el tratamiento más cruel de la industria sucedió con Kathleen Turner que, gorda y vieja, dejó de ser tratada como el cañonazo de hembra de otrora. Ahora la llaman para personajes paródicos.
En las últimas semanas, volvía el pánico. 
Uma Thurman, una de las grandes bellezas de los años noventa, aparecía con una cara extraña, con la pista de una operación facial a gran escala. Hubo lloros, pitidos, burlas, mareos, ganas de hacerle un kill Bill al estilista.


La hermosa Uma reaparecía en una entrevista y confesaba que, oh, voilá, ¡sólo era maquillaje! El personal suspiró aliviado y no se sabe nada sobre el paradero del tal estilista.
¿Es la respuesta apostar por un envejecimiento natural? No todas las mujeres tienen la suerte de envejecer como Audrey Hepburn y sí lo harán como sus madres o sus abuelas. En cualquier caso, ha quedado claro que las intervenciones quirúrgicas son peor remedio que la misma calamidad. ¿Cómo ocultarse? ¿Hay que hacerlo?
La vida de las estrellas se basa precisamente en una ecuación que se calcula entre la ocultación y el exhibicionismo.
No hay mejor ejemplo de ese choque que Sara Montiel. Un escote tamaño autopista, pero una media sobre la cámara, por favor. Una exclusiva en la revista y un millón de secretos. Así se construyen los mitos, entre lo que dan y lo que se reservan.
El envejecimiento de sí mismos está en ese último grupo.
Porque la mirada habitual a las películas, a la publicidad, a cualquier imagen, es la búsqueda de la perfección, de la juventud, de la alegría.
En realidad, no se hacen un favor a ellos mismos. Lo hacen por el público. Lo hacen por nosotros.
Oído en un programa televisivo:
- ¿Por qué llevas ese escote, hija?
- ¡Para animar a la audiencia!
Si entendemos que todo es piadosa mentira en el negocio del espectáculo, la ilusión debe ser persistente, reciclable, retroalimentable.
- ¿Por qué te estiras tanto, Mary Steenburgen?
- Para seguir siendo la Mary Steenburgen que tanto quieres.
La vanidad suya es la vanidad nuestra.


Acostumbrarse a ver caras arrugadas pasará por la aceptación de la propia caducidad. Es difícil envejecer, sí, y también es complicado hacerse a la idea de que algún día nos vamos a marchitar y no lo haremos ni como Audrey Hepburn ni como Sean Connery. 
Ver caras viejas todavía no es plato de gusto ni la vejez ha conocido mucha ficción. Es deprimente, piensan todos. Mejor vivir a espaldas de lo inexorable y esperar por el milagro del futuro.
Ese milagro que significaría ir con una foto de tus veinte años y que el cirujano te diga:
- Pan comido.
Hasta entonces, mírabame yo al espejo para escribir estas líneas y no me veía nada mal. La edad me ha sentado bien, pensaba. Treinta y tres años no son para quejarse.
Tendré que afeitarme. El gimnasio va bien en este cuerpo, pero todavía queda. Y tengo que hacer algo con ese pelo. Ojeras controladas.
¿Eres feliz contigo mismo? Sería la pregunta a la imagen. ¿Quién es ese que ves? Aquel que se mira al espejo esperando la reválida de sí mismo. Hola, maravilloso. ¿Qué dirán los otros? Eso ya lo pensaré mañana.
¿Y si todo desapareciese, Dorian Gray? Quién nos dice que no nos encomendaríamos a una inyección que prometiese la tersura o, al menos, lo más parecido a ella. Quién nos dice que no perseguiríamos lo perdido. Quién nos dice que seremos capaces de aceptar que nuestro rostro será otro. Quién quiere ser feo.


Quién tiene esa fuerza que implica asumir que lo más valioso se escapa. Hablo de la renuncia a nuestra perfección.
Antes de juzgar con ligereza a las operadas y operados de Hollywood - esos seres que viven en el doble de escaparate que el nuestro -, pregúntese si es fácil saltar a la comba sobre una trampilla tambaleante con la certeza de que se va a caer en cualquier momento.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los Judíos y Las Películas


De las líneas de la Biblia hasta las páginas de la prensa contemporánea, se leen los judíos, se cuentan, se comentan, se atacan, se defienden. 
Son el llamado "pueblo elegido por Dios", que abrió las aguas del Mar Rojo para deleite de la parábola y, mil crónicas después, recorrió el espinazo del mundo entero cuando apareció de entre los desmantelados campos de exterminio que el nazismo les tenía reservado.

Adrien Brody en "El Pianista"

Persecuciones, aborrecimientos, niveles de integración y ortodoxia, ¿se hicieron los judíos estrictamente reservados por el odio histórico que les dedicaran otras civilizaciones? ¿O el odio fue precisamente por ese hermetismo? 

"Europa, Europa"

Violentos pogroms y expulsiones sistemáticas, entre el racismo y la suspicacia que suscitaban sus habilidades financieras, llegarían hasta el siglo XX.
Sobre las comunidades judías, han caído los prejuicios y los estereotipos, que se viven desde la parodia de su físico hasta la creencia en conspiraciones con los masones para instaurar un nuevo orden mundial, con la estrella de David como giratorio símbolo.

"A Serious Man"

Como decía Topol en "El Violinista en el Tejado": "Dios, ¿no podrías elegir a otro pueblo de vez en cuando?". 
La trágica historia del judaísmo es también la milagrosa historia de su supervivencia, a lo largo de los siglos, las naciones y las generaciones.

Amy Irving y Barbra Streisand en "Yentl"

¿Y qué decir del cine? Como el mundo, la presencia de judíos fue tan considerable como articulado fue el antisemitismo.
No es nuevo aquello de que Hollywood es judío. Siempre lo fue, y muchas de sus estrellas ocultaban o reservaban esa infancia en barrios neoyorquinos o esa condición de hijos de emigrantes.
Hollywood se convertía en la representación del triunfo del judaísmo en su llegada al Nuevo Mundo. Como todos sus triunfos, fue vivido en una necesaria discreción.

Groucho Marx

Directores emigrados de la Europa asediada esculpían las películas que amamos, y éstas a su vez iban financiadas y mimadas por las fortunas de Carl Laemmle, Samuel Goldwyn, William Fox, Jack Warner, Louis B. Mayer y Adolph Zukor, todos hechos a sí mismos, todos judíos. 


Los seis nombres decisivos del cine clásico de Hollywood y la prueba de que fueron los judíos quienes lo inventaron. Imágenes, palabras, valores, deseos. 
Entienda usted el ejemplo: detrás de las épicas biblicas más populares del cine, esas que cuentan los orígenes míticos del asunto, no sólo está Cecil B. de Mille, sino también Adolph Zukor, dueño de la Paramount.

Charlton Heston en "Los Diez Mandamientos"

Esa tendencia se contraponía drásticamente con el propio tabú que significaba contar el judaísmo y el antisemitismo en una película. 
Aún que aparezcan ambientes y familias judías en más de una, el verdadero drama y sus palabras se esquivaban, una y otra vez.

"El Cantor de Jazz"

De hecho, la palabra "jew" pasaba por el corrector del Código Hays.
En "La Vida de Emile Zola", la biografía del escritor francés se interesa pronto por su defensa de un caso paradigmático de antisemitismo: el general Dreyfus, condenado a cadena perpetua tanto por la justicia como por la opinión pública.
Sólo se nombra una vez la palabra "jew" y aparece escrita en un papel, pero el potente resultado fue suficiente para recibir el favor de la Academia, tanto como mejor película como por la sentida interpretación de Joseph Schildraukt como Dreyfus.
Fue primera de tantas veces donde una tragedia judía recibiría el dorado apoyo de la Academia.

Joseph Schildraukt en "La Vida de Emile Zola"

Pese a la persecución a la que estaban siendo sometidos en Europa, Hollywood guardó una económica reserva durante ciertos años, también testimonio del debate que se vivía en el país. 
Las declaraciones antisemitas de Charles Lindbergh contrarrestaban con películas como "Tormenta Mortal", donde Frank Morgan interpreta a un maestro austríaco condenado a prisión por los nazis.
Título estrenado en 1938, que aún esquiva la palabra "judío" y la sustituye por la profiláctica "no ario".

Frank Morgan en "Tormenta Mortal"

Cuando los norteamericanos entraron en Auswichtz y las fotografías de las cámaras de gas aparecieron en la prensa, tanto la sociedad como el pensamiento científico sufrieron una sacudida incalculable. 
Hasta entonces, la Historia se consideraba como un progreso en positivo, liderado por la civilización occidental, esa que ahora destapaba la mayor salvajada criminal hecha con la connivencia de un Estado y una sociedad presumiblemente avanzados. 
Los judíos a través de las rejas alambradas, desnutridos, enfermos, con su número de serie tatuado en el brazo, con el Horror en sus ojos: no sólo cambiaron al mundo, también se convirtieron en una de las imágenes más contundentes que podía divulgar el séptimo arte.


Irónicamente, fue Darryl F. Zanuck, uno de los pocos productores no judíos del Hollywood clásico, el que articuló el problema del antisemitismo a un nivel cotidiano. 
Su valiente "Gentleman's Agreement" descubría un silencioso protocolo social donde los judíos debían ocultar su origen, cambiar su apellido si era posible y ser conscientes que había lugares y esferas en los que nunca serían bienvenidos. 

Gregory Peck en "Gentleman's Agreement"

Se destapaba el escándalo de la aversión a toda una comunidad, no sólo a los bestiales niveles del nazismo, sino también en los sutiles escenarios de la vida urbana del Nuevo Mundo. 
"Gentleman's Agreement" hoy aparece muy envejecida y discursiva, pero fueron dos huevos puestos encima de la mesa. Por supuesto, ganó en los Oscars.
Curiosamente, todo el reparto y equipo creativo de "Gentleman's Agreement" fueron llamados al orden por el comité de McCarthy, porque ahora la nueva fiebre era el anticomunismo y aquello, más que una reunión de prosionistas, se sintió como un nido de rojos. 
También de manera curiosa, el tabú dejaba de serlo y valía para reemplazar otros. 
En la historia original de "Crossfire", un hombre acababa asesinado cuando invitaba a unos militares a su casa. 
En su adaptación cinematográfica, la lectura homosexual se cambió por un conflicto antisemita, más candente, mejor mirado en aquellas fechas, circundantes a la creación del estado de Israel.

"Crossfire"

El Holocausto y sus cicatrices conquistaron pronto el cine que denunciaba el horror del nazismo.
Dolores Hart era una judía liberada de los campos de concentración en "Lisa", para descubrirse posteriormente que la habían esterilizado. Llegar a Israel compone la trama y la salvación del personaje.

Dolores Hart en "Lisa"

Pero la película que definió la nueva jugada y cambiaba la opinión de la sociedad estadounidense para siempre fue "Éxodo", según el best-seller de Leon Uris. 
Ambientada en la primera ocupación de los territorios palestinos y la creación del estado de Israel, esta soporífera superproducción de Otto Preminger jugaba al tono épico y vendía con maniqueísmo la legitimidad del disputado asentamiento. 
Promovía esa creencia de que cualquier oposición a Israel es prueba de antisemitismo y proporcionaba buenas dosis de odio a los árabes.

Sal Mineo y Jill Haworth en "Éxodo"

"Éxodo" significaba también el descubrimiento de que el gorgeous Paul Newman era judío. 
En la escena más recordada, Peter Lawford, que incorpora a un antisemita oficial inglés, bromea con el físico de los judíos por inconfundible, mientras Newman le pide que mire si tiene algo en el ojo, sin que el oficial se percate de que lo está poniendo en evidencia.

Peter Lawford y Paul Newman en "Éxodo"

"Éxodo" vendió Israel como ninguna otra película de su época, aunque olvidó nombrar los intereses británicos y estadounidenses en las reservas energéticas de la zona, auténtico valedor del asentamiento en la conflictiva zona.
Y, desde Shelley Winters hasta "El Violinista en El Tejado", Estados Unidos en imágenes se confirmaba como el único país que podía rivalizar con Israel en cuanto a poderosa, pujante sociedad judía. 

Shelley Winters en "La Aventura del Poseidón"

Los años setenta vieron la irrupción del genial Woody Allen, glosador de sí mismo y parodiador de casi todo, incluyendo su origen cultural y religioso.
La diva Barbra Streisand representaba no sólo la victoria, sino el orgullo. Nunca quiso cambiar su físico y enfilaba la nariz hacia arriba como la aparición de una nueva y posible belleza jewish.
Barbra aparecía en "Tal Como Éramos", que relataba la Historia reciente del país, metaforizada en la pareja que forman una inteligente judía neoyorquina y un dorado blanco protestante.
Si se hacía la suma jew y WASP, se obtenía a las nuevas generaciones, integradas, desprejuiciadas, aunque viviendo entre las deudas de sus orígenes y lo incierto de los tiempos.

Robert Redford y Barbra Streisand en "Tal Como Éramos"

"Julia", hermoso melodrama que recogía la amistad entre Lillian Hellmann y una activista judía víctima de los nazis, permitió ganar el Oscar a Vanessa Redgrave.
Vanessa interpretaba a la activista judía, por lo que reinó el desconcierto cuando apareció un documental llamado "The Palestinian", donde la Redgrave bailaba con una Kalashnikov.
No fue nada comparado con su discurso de aceptación. 

Vanessa Redgrave

Dijo que siempre estaría del lado de la libertad de expresión, de los perseguidos y las víctimas de los abusos del poder, denunciando la escalada de violencia de Israel sobre Palestina y asegurando que había recibido amenazas de "una panda de matones sionistas". 
La judía Hollywood reaccionó con abucheos al discurso de Vanessa y, durante la misma noche, Paddy Chayefksy, galardonado como guionista, le recriminó el uso de los Oscars como palestra política.
Vanessa se mantuvo como activista y pacificadora. 
Detrás, la verdad de que el pueblo antes perseguido ahora desplegaba escalofriantes represalias, entre largas, nunca terminadas guerras con los islámicos.

Ingrid Bergman como Golda Meir

Hollywood veía el problema demasiado complicado y prefería aplaudir piezas retrófilas que hablaban de los pioneros en superar las barreras del antisemitismo, como "Carros de Fuego".


Ben Cross en "Carros de Fuego"

En "Érase Una Vez En América", la creación del país se cuenta a la perfección a través de la historia de unos niños del barrio judío, pequeños delincuentes que el tiempo encontraría convertidos en poderosos en la sombra, con un cambio conveniente de nombre en el interín.

James Woods en "Érase Una Vez En América"

Que el cine norteamericano está controlado por fortunas judías del estilo se vive entre la obviedad y la paranoia.
Mel Gibson la emprendía a insultos con los magnates - entre ellos, los topoderosos hermanos Weinstein - y su carrera se iba al retrete en cuestión de un abrir y cerrar de ojos, mientras George Lucas parecía cumplir con las sospechas de antisemitismo que se cernieron siempre sobre él cuando incluía a Jar Jar Binks en su galáctica saga, salvaje caricatura donde las haya.

Harvey y Bob Weinstein

Su compañero de generación, Steven Spielberg, se llenaba de Oscars de la manera más infalible: Holocausto en imágenes.
"La Lista de Schindler" conmovió, pero ventilaba el conflicto como una oposición entre implacables malvados y extras que corrían desnudos, anónimos entre el frío.
La película ajustaba cuentas del momento más trágico del judaísmo, sin contar nada nuevo sobre él.

"La Lista de Schindler"

De manera sorprendente, Spielberg se hundía y embebía del conflicto israelí-palestino en "Munich", una de sus obras más infravaloradas y más maduras, ambientada en la búsqueda de los responsables del asesinato de unos atletas israelíes durante las Olimpiadas. 
"Munich" sabe de la complejidad inescrutable del eterno pique entre judíos y árabes, su relación con la Guerra Fría y esa imposibilidad de dar una respuesta precisa y solucionadora al terrorismo.

"Munich"

Mientras el judío norteamericano aparece ahora entre las cuitas del barrio residencial, tal y como cuenta "A Serious Man", el cine venido de la Tierra Prometida está decididamente plagado del saldo de tantos años de violencia, sangre y militarismo.


Ante el conflicto inacabable que protagonizan los asentamientos judíos en Oriente Próximo, se impone un nuevo "acuerdo de caballeros", en el cine y fuera de él. 
El acuerdo de esa epidemia que significa la corrección política, la misma que cierra bocas, bloquea opiniones y propicia esa tonta confusión entre la crítica a una política y la manifestación de sentimientos antisemitas,
El acuerdo que no consigue ocultar la escalofriante verdad de que los eternos perseguidos ahora prefieren revelarse como los definitivos abusones, que actúan con impunidad, se visten de Imperio, se amparan en legitimidad y contestan terrorismo con Terrorismo.
Hablo de ese mismo acuerdo que tiene un efecto boomerang, y termina por subsumir a la sociedad judía, en todas sus facetas y grados, con las actuaciones ilegales de Israel como brazo armado del imperialismo norteamericano.  
Por aquello de callar, aceptar, mirar para otro lado. Caer en la trampa, caer en el espejo de sus antiguos enemigos. 

Felix Basserman en "Ser O No Ser"

¿Hay películas que cuenten, denuncien, planteen este nuevo "acuerdo de caballeros"? ¿Vencerán los palestinos en los Oscars algún día? ¿Volverán a premiar a Vanessa Redgrave?
La posición de la sociedad rica y beneficiada es determinante; la disensión de opiniones entre personalidades de Hollywood y artistas europeos, muy significativa. 
Mientras, la desinformación proveída por los medios de comunicación y esa perpetuidad del papel victimista para cobrárselas con vil brutalidad sólo causarán más tristeza, más drama, más desquites, más muertes. 
Al final del día, existe un sentimiento en el mundo más arraigado, más paranoico, más dramático que el antisemitismo. 
Aparece en imágenes, se vive hasta por omisión, se siente en las discusiones sobre el tema. Llámelo usted arabofobia y reserve sus consecuencias para el severo, infalible juicio de la Historia.
Oh, la Historia, ese puñado de lecciones que este mundo no quiere aprender.

martes, 19 de noviembre de 2013

Voz y Oro de Barbra Streisand


La nariz de las pantallas, la señorita inasequible al desaliento, la importancia despuntada al fuego de milagrosa cuerda vocal. 
"Cuando yo canto, la gente se calla", resumióse Barbra Streisand.
Voz de oro, más reputada, perseguida y admirada que ninguna otra mujer cantante del siglo, Barbra combinó su extraordinario talento con una voluntad de hierro desde el primer día.
A salvo de catástrofes, de escándalos, de otros peligros de la fama,  Barbra Streisand se cuenta como la decisiva victoria de la personalidad, que, a fuerza de críticas, sólo se ha reafirmado.


Ante cualquier consideración, no hay duda de que Barbra es una diva de pies a cabeza, con todo lo que significa. 
Es ególatra, apabullante y parodiable, desde sus gorgoritos hasta sus largas uñas que acarician a sus amados compañeros de reparto, a los micrófonos y a las cámaras cinematográficas.
Polifacética, inquieta, celosa de su propia imagen, aterrorizada de ciertos escenarios, siempre esperada en eternos regresos, la Streisand vive.
Barbra es ese tótem del entretenimiento, ese nombre de la cultura pop, que no sucumbe a las modas y aún ocupa un espacio tan inverosímil como considerable en los éxitos discográficos.


El cine es la sombra alargada que se proyecta sobre ella, aquello a lo que llegó tarde y aquello de lo que se fue pronto, mientras se dice más cómoda en los estudios de grabación, donde se recoge su voz, exuberante, cálida, neoclásica, imposiblemente emocional.
Voz que se ha hecho más grave con el tiempo, pero continúa asegurándole el cetro de reina indisputable.


Barbra Streisand se cuenta en función de una saga rags-to-riches, tal como se imaginó desde niña, fraguada en el deseo de ser como Judy Garland.
Barbara Joan Streisand nació en el hervidero judío del barrio neoyorquino de Brooklyn; a los quince meses, su padre murió, dejando a la familia en la pobreza.
Los años eran difíciles, mientras Barbara crecía y acudía finalmente a la yeshiva de Brooklyn, donde completó sus estudios y definió pronto sus constantes artísticas.
Su voz se educó en clases, pero sobre todo, maduró en nightclubs, a donde fue llevada y traída durante sus años de adolescencia. Los locales donde creció como artista eran frecuentados por hombres homosexuales, público potencial desde entonces.
Desde el circuito gay de Greenwich Village, las noticias de la vibrante Barbra se hicieron llegar hasta las puertas del gran negocio del espectáculo. 
Barbara, no. Barbra, dijo ella, sustrayendo una letra. No quería cambiarse el nombre pero, a la vez, lo detestaba. En su proverbial necesidad de ser única, se comió una "a".


En Broadway, televisiones y radios, se oyeron los trinos de la joven Streisand con mucha admiración y fue una sensación inmediata, vivida a lo largo de la década de los sesenta.
Su encuentro con Judy Garland dejó entre sordos y emocionados a los espectadores, que sólo quisieron más Barbra. La televisión se rindió a darle especiales, mientras irrumpía en conciertos tan memorables como el Happening en Central Park.
El estilo musical de Barbra siempre ha sido devoción retrófila, pero la distinción fue el físico, que se decía intacto y hablaba de orgullo judío y también de declaración feminista. 
Barbra era especial, una niña que lo sabía todo, incluyendo lo mucho que valía.
La invitación para Hollywood se coló bajo la puerta y, nerviosa y decidida como acostumbra, se lanzó hacia su primera película: un biopic musical de Fanny Brice, legendaria cómica de Broadway.

Con Omar Sharif en "Funny Girl"

En la escena que daba comienzo a "Funny Girl", Barbra aparecía en pieles, se miraba al espejo y decía:
- Hola, maravillosa.
Se metió al público - especialmente, al femenino - en el bolsillo desde el pistoletazo de salida, y "Funny Girl" fue un compendio de su ductilidad. Cantaba, bailaba, era graciosa en sus líneas y lloraba por amor cuando tocaba. William Wyler aseguró que, a efectos prácticos, la película la había dirigido Barbra.
Esta completísima interpretación de show-woman recibió la esperada ovación y el Oscar a la mejor actriz.


La Streisand se subió al escenario del Grauman y le dijo a la estatuilla: "Hola, maravillosa".
Se iniciaba esa relación amor-odio que Barbra ha tenido siempre con los Oscars.
En el público, aplaudía Elliot Gould, primer marido, padre de su hijo Jason y quien la acompañara esos primeros años de la Streisand en Hollywood.

Con Elliot Gould

Si bien "Funny Girl" fue un triunfo, los dos musicales que protagonizó a continuación - "Hello, Dolly!" y "On A Clear Day I Can See Forever" - decepcionaron en taquilla y deslizaron la posibilidad de que la romántica Barbra quizá había llegado demasiado tarde a un cine cambiante.

Con su hijo Jason, en el set de "Hello, Dolly"

Cayó de pie y se auguró una Streisand distinta durante la década de los setenta, erigida como una de las estrellas feministas de aquellos años. 
Barbra controló muchas de sus nuevas películas y mutó de ser la nueva Judy Garland a simplemente Barbra Streisand.
Ryan O'Neal la definió entonces como "la persona más pretenciosa de Hollywood".

Con Ryan O'Neal en "¿Qué Me Pasa, Doctor?"

Precisamente junto a Ryan, demostró su impecable timing para la comedia en "¿Qué Me Pasa, Doctor?" y, dos años después, ofreció una interpretación memorable frente a Robert Redford en el melodrama recapitulativo "Tal Como Éramos".

Con Robert Redford en "Tal Como Éramos"

Su interés por modernizarse fue más benigno en el cine que en la música, donde su voz lucía inapropiada cuando se la aventuraba en tentativas más rockeras o disco. 
Apostó por volver al terreno donde estaba más cómoda con "The Broadway Album" y recuperó la ovación acostumbrada.
Pero fue su colaboración con Barry Gibb quien le diera uno de sus éxitos más resonantes, "Guilty", que contenía el temazo del siglo: "Woman In Love".
Los fracasos comerciales que supusieron "The Main Event" y "All Night Long" la divorciaban relativamente del cine a finales de los setenta y, de hecho, sólo ha intervenido en seis películas desde entonces.
Pese a la chulería que demuestra continuamente, Barbra es una artista insegura en muchos terrenos. Durante años, ha dicho que no a muchas aventuras y tiene pánico a cantar en directo. 
En una ocasión, dijo que su egolatría era sólo la máscara que se había puesto desde temprana edad para ocultar sus miedos viscerales.
Aún así, en 1982, venció el obstáculo más importante y cumplió un sueño largamente perseguido: ponerse detrás de las cámaras.


"Yentl", historia de una niña judía que se hace pasar por hombre para estudiar en un universo ancestral, fue un debut impresionante, por su delicadeza escénica y pulso narrativo, aunque la película, netamente Streisand, dividió a la concurrencia de manera inevitable.
Ganó el Globo de Oro como mejor directora, pero la Academia omitió su nombre en la tanda de nominaciones.
"En Hollywood una mujer puede ser una actriz, una cantante, una bailarina. Pero que no sea mucho más", diagnosticó Barbra, con toda la razón de mundo.
Con "Yentl", se convertía en la primera mujer de la Historia que dirigía, producía, escribía y protagonizaba una película. 
Y cuando la cámara miraba, iniciática, a Mandy Patinkin con deseo y delectación, cualquiera comprende porqué no debe ser la última.

Con Amy Irving y Mandy Patinkin en "Yentl"

A excepción de su esforzada interpretación de "Loca", los años ochenta se encontraron con Streisand en páginas de revista, en labores de activismo y en sus citas discográficas.
Serían los noventa tiempo para un comeback a todos los niveles.
Volvía a la dirección con el drama "El Príncipe de las Mareas", demostraba su poder e influencia colocando a Clinton a las puertas de la Casa Blanca y, por primera vez en mucho tiempo, decía que sí a un concierto.
Llamado, sin más preámbulos, "The Concert", fue un éxito fabuloso, que revitalizó su figura y su voz en retinas y oídos. 
La acusaran de azucarada, tenía un público constante, que le perdonaba sus excesos y hasta los celebraba. Trinaba la Streisand, ganaba más fans.
Y su reputación como icono gay estaba fuera de toda duda.


En 1996, volvía por tercera - y hasta ahora, última - ocasión a dirigirse a sí misma en "El Amor Tiene Dos Caras".
Era la apoteosis de Barbra, donde, una vez más, un actor buenorro le dice en una escena que es guapísima, mientras le sujeta con delicadeza su picassiana faz.
La película es tal desmadre streisandesco que es inaguantable hasta para muchos de sus fans; por ejemplo, servidor.
Por entonces, y a rebufo del estreno, se nos relataba su amor decisivo con James Brolin.
Barbra, reconocida seductora, quien tuviera notorios romances con señores muy atractivos, decidía sentar la cabeza y decir "sí, quiero" por segunda vez, con miras de disfrutar los años de madurez al lado del canoso Brolin.

Con James Brolin

Desde entonces, salvo irrupciones inesperadas en comedias, Streisand se afirma como criatura de micrófonos, media melena y uñas, siempre uñas.
Se hace de rogar como es costumbre, pero ahí que publica discos, allá que revienta las taquillas de sus celebrados conciertos, acullá que vuelve a los Oscars.
En una ocasión, para darle el premio a Kathryn Bigelow, la primera mujer directora en recibirlo. En la última, para cantar "The Way We Were" en homenaje al fallecido Marvin Hamslich, bordador de gran parte de su repertorio.


Muchos la cuestionan, otros la imitan, se cuenta que es cursi y blanda en todo lo que gorgoritea. Pues sí, ¿y qué?
Sus admiradores también consideramos que es una diosa de la escena, un astro de la música, una actriz maravillosa y una cuestión sentimental, a la que colocar cualquier epíteto de grandeza no es suficiente.
Por favor, ponme "He Touched Me" ahora mismo y, si no me levanto de la silla en la última estrofa, es que estoy muerto.


 "Soy sencilla y compleja, generosa y egoísta, fea y bella, perezosa y emprendedora", se definió.
Barbra Streisand es también la imagen de una señora que no cambia para agradar a nadie en particular, ni en su físico ni en su manera de ser. Su admirable autenticidad no reside en sus orquestadas melodías, sino en su fidelidad a sí misma.
Y en quererse mucho, claro. Se sabe que el primer fan de Streisand es Streisand.
"Oh, Dios, no me envidies. Yo también tengo penas", dijo, mirando al Cielo, bien segura de su deidad.