Mostrando entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los Judíos y Las Películas


De las líneas de la Biblia hasta las páginas de la prensa contemporánea, se leen los judíos, se cuentan, se comentan, se atacan, se defienden. 
Son el llamado "pueblo elegido por Dios", que abrió las aguas del Mar Rojo para deleite de la parábola y, mil crónicas después, recorrió el espinazo del mundo entero cuando apareció de entre los desmantelados campos de exterminio que el nazismo les tenía reservado.

Adrien Brody en "El Pianista"

Persecuciones, aborrecimientos, niveles de integración y ortodoxia, ¿se hicieron los judíos estrictamente reservados por el odio histórico que les dedicaran otras civilizaciones? ¿O el odio fue precisamente por ese hermetismo? 

"Europa, Europa"

Violentos pogroms y expulsiones sistemáticas, entre el racismo y la suspicacia que suscitaban sus habilidades financieras, llegarían hasta el siglo XX.
Sobre las comunidades judías, han caído los prejuicios y los estereotipos, que se viven desde la parodia de su físico hasta la creencia en conspiraciones con los masones para instaurar un nuevo orden mundial, con la estrella de David como giratorio símbolo.

"A Serious Man"

Como decía Topol en "El Violinista en el Tejado": "Dios, ¿no podrías elegir a otro pueblo de vez en cuando?". 
La trágica historia del judaísmo es también la milagrosa historia de su supervivencia, a lo largo de los siglos, las naciones y las generaciones.

Amy Irving y Barbra Streisand en "Yentl"

¿Y qué decir del cine? Como el mundo, la presencia de judíos fue tan considerable como articulado fue el antisemitismo.
No es nuevo aquello de que Hollywood es judío. Siempre lo fue, y muchas de sus estrellas ocultaban o reservaban esa infancia en barrios neoyorquinos o esa condición de hijos de emigrantes.
Hollywood se convertía en la representación del triunfo del judaísmo en su llegada al Nuevo Mundo. Como todos sus triunfos, fue vivido en una necesaria discreción.

Groucho Marx

Directores emigrados de la Europa asediada esculpían las películas que amamos, y éstas a su vez iban financiadas y mimadas por las fortunas de Carl Laemmle, Samuel Goldwyn, William Fox, Jack Warner, Louis B. Mayer y Adolph Zukor, todos hechos a sí mismos, todos judíos. 


Los seis nombres decisivos del cine clásico de Hollywood y la prueba de que fueron los judíos quienes lo inventaron. Imágenes, palabras, valores, deseos. 
Entienda usted el ejemplo: detrás de las épicas biblicas más populares del cine, esas que cuentan los orígenes míticos del asunto, no sólo está Cecil B. de Mille, sino también Adolph Zukor, dueño de la Paramount.

Charlton Heston en "Los Diez Mandamientos"

Esa tendencia se contraponía drásticamente con el propio tabú que significaba contar el judaísmo y el antisemitismo en una película. 
Aún que aparezcan ambientes y familias judías en más de una, el verdadero drama y sus palabras se esquivaban, una y otra vez.

"El Cantor de Jazz"

De hecho, la palabra "jew" pasaba por el corrector del Código Hays.
En "La Vida de Emile Zola", la biografía del escritor francés se interesa pronto por su defensa de un caso paradigmático de antisemitismo: el general Dreyfus, condenado a cadena perpetua tanto por la justicia como por la opinión pública.
Sólo se nombra una vez la palabra "jew" y aparece escrita en un papel, pero el potente resultado fue suficiente para recibir el favor de la Academia, tanto como mejor película como por la sentida interpretación de Joseph Schildraukt como Dreyfus.
Fue primera de tantas veces donde una tragedia judía recibiría el dorado apoyo de la Academia.

Joseph Schildraukt en "La Vida de Emile Zola"

Pese a la persecución a la que estaban siendo sometidos en Europa, Hollywood guardó una económica reserva durante ciertos años, también testimonio del debate que se vivía en el país. 
Las declaraciones antisemitas de Charles Lindbergh contrarrestaban con películas como "Tormenta Mortal", donde Frank Morgan interpreta a un maestro austríaco condenado a prisión por los nazis.
Título estrenado en 1938, que aún esquiva la palabra "judío" y la sustituye por la profiláctica "no ario".

Frank Morgan en "Tormenta Mortal"

Cuando los norteamericanos entraron en Auswichtz y las fotografías de las cámaras de gas aparecieron en la prensa, tanto la sociedad como el pensamiento científico sufrieron una sacudida incalculable. 
Hasta entonces, la Historia se consideraba como un progreso en positivo, liderado por la civilización occidental, esa que ahora destapaba la mayor salvajada criminal hecha con la connivencia de un Estado y una sociedad presumiblemente avanzados. 
Los judíos a través de las rejas alambradas, desnutridos, enfermos, con su número de serie tatuado en el brazo, con el Horror en sus ojos: no sólo cambiaron al mundo, también se convirtieron en una de las imágenes más contundentes que podía divulgar el séptimo arte.


Irónicamente, fue Darryl F. Zanuck, uno de los pocos productores no judíos del Hollywood clásico, el que articuló el problema del antisemitismo a un nivel cotidiano. 
Su valiente "Gentleman's Agreement" descubría un silencioso protocolo social donde los judíos debían ocultar su origen, cambiar su apellido si era posible y ser conscientes que había lugares y esferas en los que nunca serían bienvenidos. 

Gregory Peck en "Gentleman's Agreement"

Se destapaba el escándalo de la aversión a toda una comunidad, no sólo a los bestiales niveles del nazismo, sino también en los sutiles escenarios de la vida urbana del Nuevo Mundo. 
"Gentleman's Agreement" hoy aparece muy envejecida y discursiva, pero fueron dos huevos puestos encima de la mesa. Por supuesto, ganó en los Oscars.
Curiosamente, todo el reparto y equipo creativo de "Gentleman's Agreement" fueron llamados al orden por el comité de McCarthy, porque ahora la nueva fiebre era el anticomunismo y aquello, más que una reunión de prosionistas, se sintió como un nido de rojos. 
También de manera curiosa, el tabú dejaba de serlo y valía para reemplazar otros. 
En la historia original de "Crossfire", un hombre acababa asesinado cuando invitaba a unos militares a su casa. 
En su adaptación cinematográfica, la lectura homosexual se cambió por un conflicto antisemita, más candente, mejor mirado en aquellas fechas, circundantes a la creación del estado de Israel.

"Crossfire"

El Holocausto y sus cicatrices conquistaron pronto el cine que denunciaba el horror del nazismo.
Dolores Hart era una judía liberada de los campos de concentración en "Lisa", para descubrirse posteriormente que la habían esterilizado. Llegar a Israel compone la trama y la salvación del personaje.

Dolores Hart en "Lisa"

Pero la película que definió la nueva jugada y cambiaba la opinión de la sociedad estadounidense para siempre fue "Éxodo", según el best-seller de Leon Uris. 
Ambientada en la primera ocupación de los territorios palestinos y la creación del estado de Israel, esta soporífera superproducción de Otto Preminger jugaba al tono épico y vendía con maniqueísmo la legitimidad del disputado asentamiento. 
Promovía esa creencia de que cualquier oposición a Israel es prueba de antisemitismo y proporcionaba buenas dosis de odio a los árabes.

Sal Mineo y Jill Haworth en "Éxodo"

"Éxodo" significaba también el descubrimiento de que el gorgeous Paul Newman era judío. 
En la escena más recordada, Peter Lawford, que incorpora a un antisemita oficial inglés, bromea con el físico de los judíos por inconfundible, mientras Newman le pide que mire si tiene algo en el ojo, sin que el oficial se percate de que lo está poniendo en evidencia.

Peter Lawford y Paul Newman en "Éxodo"

"Éxodo" vendió Israel como ninguna otra película de su época, aunque olvidó nombrar los intereses británicos y estadounidenses en las reservas energéticas de la zona, auténtico valedor del asentamiento en la conflictiva zona.
Y, desde Shelley Winters hasta "El Violinista en El Tejado", Estados Unidos en imágenes se confirmaba como el único país que podía rivalizar con Israel en cuanto a poderosa, pujante sociedad judía. 

Shelley Winters en "La Aventura del Poseidón"

Los años setenta vieron la irrupción del genial Woody Allen, glosador de sí mismo y parodiador de casi todo, incluyendo su origen cultural y religioso.
La diva Barbra Streisand representaba no sólo la victoria, sino el orgullo. Nunca quiso cambiar su físico y enfilaba la nariz hacia arriba como la aparición de una nueva y posible belleza jewish.
Barbra aparecía en "Tal Como Éramos", que relataba la Historia reciente del país, metaforizada en la pareja que forman una inteligente judía neoyorquina y un dorado blanco protestante.
Si se hacía la suma jew y WASP, se obtenía a las nuevas generaciones, integradas, desprejuiciadas, aunque viviendo entre las deudas de sus orígenes y lo incierto de los tiempos.

Robert Redford y Barbra Streisand en "Tal Como Éramos"

"Julia", hermoso melodrama que recogía la amistad entre Lillian Hellmann y una activista judía víctima de los nazis, permitió ganar el Oscar a Vanessa Redgrave.
Vanessa interpretaba a la activista judía, por lo que reinó el desconcierto cuando apareció un documental llamado "The Palestinian", donde la Redgrave bailaba con una Kalashnikov.
No fue nada comparado con su discurso de aceptación. 

Vanessa Redgrave

Dijo que siempre estaría del lado de la libertad de expresión, de los perseguidos y las víctimas de los abusos del poder, denunciando la escalada de violencia de Israel sobre Palestina y asegurando que había recibido amenazas de "una panda de matones sionistas". 
La judía Hollywood reaccionó con abucheos al discurso de Vanessa y, durante la misma noche, Paddy Chayefksy, galardonado como guionista, le recriminó el uso de los Oscars como palestra política.
Vanessa se mantuvo como activista y pacificadora. 
Detrás, la verdad de que el pueblo antes perseguido ahora desplegaba escalofriantes represalias, entre largas, nunca terminadas guerras con los islámicos.

Ingrid Bergman como Golda Meir

Hollywood veía el problema demasiado complicado y prefería aplaudir piezas retrófilas que hablaban de los pioneros en superar las barreras del antisemitismo, como "Carros de Fuego".


Ben Cross en "Carros de Fuego"

En "Érase Una Vez En América", la creación del país se cuenta a la perfección a través de la historia de unos niños del barrio judío, pequeños delincuentes que el tiempo encontraría convertidos en poderosos en la sombra, con un cambio conveniente de nombre en el interín.

James Woods en "Érase Una Vez En América"

Que el cine norteamericano está controlado por fortunas judías del estilo se vive entre la obviedad y la paranoia.
Mel Gibson la emprendía a insultos con los magnates - entre ellos, los topoderosos hermanos Weinstein - y su carrera se iba al retrete en cuestión de un abrir y cerrar de ojos, mientras George Lucas parecía cumplir con las sospechas de antisemitismo que se cernieron siempre sobre él cuando incluía a Jar Jar Binks en su galáctica saga, salvaje caricatura donde las haya.

Harvey y Bob Weinstein

Su compañero de generación, Steven Spielberg, se llenaba de Oscars de la manera más infalible: Holocausto en imágenes.
"La Lista de Schindler" conmovió, pero ventilaba el conflicto como una oposición entre implacables malvados y extras que corrían desnudos, anónimos entre el frío.
La película ajustaba cuentas del momento más trágico del judaísmo, sin contar nada nuevo sobre él.

"La Lista de Schindler"

De manera sorprendente, Spielberg se hundía y embebía del conflicto israelí-palestino en "Munich", una de sus obras más infravaloradas y más maduras, ambientada en la búsqueda de los responsables del asesinato de unos atletas israelíes durante las Olimpiadas. 
"Munich" sabe de la complejidad inescrutable del eterno pique entre judíos y árabes, su relación con la Guerra Fría y esa imposibilidad de dar una respuesta precisa y solucionadora al terrorismo.

"Munich"

Mientras el judío norteamericano aparece ahora entre las cuitas del barrio residencial, tal y como cuenta "A Serious Man", el cine venido de la Tierra Prometida está decididamente plagado del saldo de tantos años de violencia, sangre y militarismo.


Ante el conflicto inacabable que protagonizan los asentamientos judíos en Oriente Próximo, se impone un nuevo "acuerdo de caballeros", en el cine y fuera de él. 
El acuerdo de esa epidemia que significa la corrección política, la misma que cierra bocas, bloquea opiniones y propicia esa tonta confusión entre la crítica a una política y la manifestación de sentimientos antisemitas,
El acuerdo que no consigue ocultar la escalofriante verdad de que los eternos perseguidos ahora prefieren revelarse como los definitivos abusones, que actúan con impunidad, se visten de Imperio, se amparan en legitimidad y contestan terrorismo con Terrorismo.
Hablo de ese mismo acuerdo que tiene un efecto boomerang, y termina por subsumir a la sociedad judía, en todas sus facetas y grados, con las actuaciones ilegales de Israel como brazo armado del imperialismo norteamericano.  
Por aquello de callar, aceptar, mirar para otro lado. Caer en la trampa, caer en el espejo de sus antiguos enemigos. 

Felix Basserman en "Ser O No Ser"

¿Hay películas que cuenten, denuncien, planteen este nuevo "acuerdo de caballeros"? ¿Vencerán los palestinos en los Oscars algún día? ¿Volverán a premiar a Vanessa Redgrave?
La posición de la sociedad rica y beneficiada es determinante; la disensión de opiniones entre personalidades de Hollywood y artistas europeos, muy significativa. 
Mientras, la desinformación proveída por los medios de comunicación y esa perpetuidad del papel victimista para cobrárselas con vil brutalidad sólo causarán más tristeza, más drama, más desquites, más muertes. 
Al final del día, existe un sentimiento en el mundo más arraigado, más paranoico, más dramático que el antisemitismo. 
Aparece en imágenes, se vive hasta por omisión, se siente en las discusiones sobre el tema. Llámelo usted arabofobia y reserve sus consecuencias para el severo, infalible juicio de la Historia.
Oh, la Historia, ese puñado de lecciones que este mundo no quiere aprender.

miércoles, 23 de julio de 2014

Te Odio, Obra Maestra


Lamento informarle que hay malas personas que han firmado grandes películas. No hay que ir tan lejos: la mayoría del cine que adoramos es una plétora de dudosos valores, bajo seductoras estéticas y licencias de entretenimiento. 
¿Hay que estar de acuerdo con lo que vende una película para amarla? ¿Pueden las más horrendas ideologías engendrar hermosuras fílmicas? Hoy respondemos que no a la primera pregunta y sí a la segunda. 
Es así de duro y así de fascinante: hay obras maestras que son odiosas.

"Olympia"

El magno debate sobre la relación entre la ideología, la vida privada de los artistas y sus trabajos no es nuevo. 
Descubrir que el autor favorito es un criminal, apoyó a los nazis o, sencillamente, hace mucho el gilipollas se suele decir descorazón para los amantes de su obra. ¿Por qué? Contemplándola y disfrutándola, se crea con ella una relación íntima, donde emocionarse con el resultado y estar de acuerdo con el firmante se desean unidos.
¿Puede existir la apreciación de la pieza independientemente de la personalidad u opinión política del autor? Difícil. 
Si se recomienda que, ante los trapos sucios, los espectadores hagan oídos sordos y contemplen exclusivamente lo que está en la pantalla, nadie puede abstraerse por completo de las verdades que hay detrás. 
Los propios artistas saben que, cuando se desvela una indiscreción, su obra está necesariamente condenada, en mayor o menor medida.

Roman Polanski

El cine tiene dos vertientes: autoría e industria. Ambas están mediatizadas.
La autoría recoge la visión de un director y, por tanto, también su ideología. El cine industrial asume la función de vender un sistema de valores, vivido en el materialismo, la exaltación patriótica en tiempos decisivos o la represión conductual. 
Es la verdad. Gran parte del cine clásico es conservador, la mayoría de sus estrellas eran votantes republicanos y muchos de los mejores directores asumían los textos más reaccionarios, ingenuos y etnocéntricos que se puedan concebir. 

"Tres Lanceros Bengalíes"

Buscar la doble vertiente de hombres talentosos con ideologías rancias ha sido habitual caza mayor de muchos críticos y pensadores, que no se pueden creer que amen la obra de señores de derechas, religiosos, machistas, o las tres cosas al mismo tiempo. 
No sólo sucede en el cine clásico de Hollywood, sino a propósito de nombres veneradísimos del séptimo arte, responsables de milagrosas películas con mensaje apestoso. 
Vayamos al grano. Dos de los títulos más importantes de la Historia del Cine son, por un lado, una exaltación melodramática del Ku Klux Klan y, por otro, un documental propagandístico a mayor gloria del Partido Nazi.


Cuando se estrenó "El Nacimiento de Una Nación", empezó el cine como un acontecimiento, para bien y para mal.
Las hazañas técnicas y narrativas de la obra de D. W. Griffith abrieron las aguas para el espectáculo romántico e hipnótico del que Hollywood se haría experto. Es una película que lo inventó todo. 
Pero sus peregrinas conclusiones también hablaron de las limitaciones ideológicas y la alta capacidad ofensiva del celuloide norteamericano.

Lillian Gish en "El Nacimiento de Una Nación"

"El Nacimiento de una Nación" cuenta la Guerra de Secesión desde el bando sureño, su fracaso y su dura posguerra. 
Los afroamericanos - interpretados por blancos pintados de negro - son los villanos de la función y asaltan a héroes y heroínas. Áquellos para salvar a éstas se ponen unas sábanas y fundan el Ku Klux Klan para restaurar su poder y someter nuevamente a los otrora esclavos. 
La película cuenta la recuperación de ese poder desde un modo épico, celebrando la llegada del Ku Klux Klan para salvar a la pobre Lillian Gish.

"El Nacimiento de Una Nación"

La indignación que suscitó "El Nacimiento de una Nación" fue inevitable, a lo que, tanto Griffith como Lillian Gish, sostendrían que no habían hecho una película racista, únicamente establecido una serie de hechos en función de una visión melodramática. 
Sólo hay que verla: es la puesta a disposición de una cantidad masiva de recursos artísticos para decir que la Historia ha de ser blanca.
La controversia fue entendida por Hollywood que, astuto e hipócrita, vendería la misma tesis de una manera más disimulada. 
En la respuesta sonora y en color a "El Nacimiento de Una Nación", aparece el Ku Klux Klan sin aparecer.

"Lo Que El Viento Se Llevó"

Ashley, Rhett y Frank Kennedy vengan el ataque que sufre Escarlata en "Lo Que El Viento Se Llevó", pero la manera de hacerlo queda en off; en la novela de Margaret Mitchell, queda bien claro que se han unido al Klan.
Es la llegada de cierta corrección política dentro del mismo pastel: la Historia contada por los vencedores y los dominantes. 
"Lo Que el Viento Se Llevó" habla también de ese revés que supone la prueba del tiempo sobre buenas intenciones que han quedado viejas. 
Muchos afroamericanos encuentran hoy lógicamente indignante los papeles de Mammy y Prissy, cuando, pese a sus limitaciones, fueron pioneros en la representación fílmica de los negros.

Hattie MacDaniel en "Lo Que El Viento Se Llevó"

La victoria del gran papá blanco sobre etnias entendidas como inferiores y atrasadas recorre gran parte del mejor entretenimiento hollywoodiense. Lo dicho: aventuras cojonudas de repugnante ideario. 
Ahí están sagas coloniales como "Tres Lanceros Bengalíes", donde se juega al exotismo sólo a la espera de que los machos alfa se impongan sobre las malvadas fuerzas del independentismo.

Gary Cooper, Richard Cromwell y Franchot Tone en "Tres Lanceros Bengalíes"

Contar la dominación como si los dominantes fuesen las víctimas es una costumbre que aún no ha perdido Hollywood y es ese trecho que va desde "La Carga de la Brigada Ligera" hasta "Argo".
Exaltaciones de la vida militar, timoratas mujeres con sombrilla y la Historia convertida en una fantasía. 
Poco tiene que ver "Murieron Con Las Botas Puestas" con la verdadera vida del General Custer y, pese a la mueca de fastidio que puede incurrir el espectador comprometido con la verdad, sobresale el inmenso talento de Raoul Walsh en unas escenas de batalla inigualables.

Errol Flynn en "Murieron Con Las Botas Puestas"

Si Hollywood vendió que el capitalismo y la dominación internacional es cosa buena, heroica y celebrable, quedó en moco de pavo comparado con lo que sucedía en los años treinta alemanes. 

Leni Riefenstahl

Una actriz, de nombre Leni Riefenstahl, quedó gratamente impresionada por un discurso de Adolf Hitler, se convirtió en simpatizante del Partido Nazi y, de paso, en el brazo estético-cinematográfico del Führer.
Sus dos documentales más célebres, "El Triunfo de la Voluntad" y "Olympia", la convierten en una de las grandes directoras de la Historia del Cine, otro de esos talentos que, prácticamente, lo inventó todo. 
Ahora bien, son piezas al servicio de su amo. Y qué amo.

Hitler en "El Triunfo de La Voluntad"

Una vez caído el nazismo, Riefenstahl pasó la vida asegurando que había realizado una obra holística, sin opinión sobre lo capturado, aunque, como bien le señaló Susan Sontag, la elección de esos encuadres vendía. Sus obras eran propaganda.
"El Triunfo de la Voluntad", un documental fascinante y terrorífico - aunque también tedioso e iterativo -, puede ser estudiado desde muchas maneras, pero resta la conclusión de que aquellos animales sabían sobre belleza. 
De hecho, su dominio de la belleza fue precisamente una de las claves de su poderío.

"El Triunfo de La Voluntad"

Las ansias de superioridad llevan al despliegue de maniobras artísticas, a la búsqueda de hermosuras convincentes. 
La escritora rusa Ayn Rand alcanzó reputación mala y buena con "El Manantial", donde, separándose del sovietismo de su país de origen, narró la necesidad del individualismo contra viento y marea. Un mensaje seductor, con su aquel, pero tremendamente peligroso.
En el cine, se hizo la adaptación cinematográfica a la altura, con Gary Cooper y Patricia Neal demasiado bellos para ser tocados por el resto de los mortales y ahí que se lanzan a disquisiciones sobre el arte, los magníficos y las despreciables masas.
La película es única; su mensaje neoderechista, demencial.

Patricia Neal y Gary Cooper en "El Manantial"

Las cosas se complicaron desde la llegada de la ola conservadora y anticomunista, por lo que las tentativas del progresismo quedaron borradas de la paleta del celuloide norteamericano. 
El cine se hizo aún más elusivo de mensaje, si bien es verdad que se intuyen los valores de complacencia y materialismo hasta  - o precisamente - en las más inofensivas películas.
Otras dejaban clara la postura y ahí está otra obra maestra, cuya calidad vive entre su oportunismo y sus dudosas conclusiones. 
Se trata de "La Ley del Silencio" (On The Waterfront), hermoso drama sobre un conflictivo barrio portuario, controlado y silenciado por los mafiosos. La película no tendría sentido sin conocer a quien la firma: Elia Kazan.
El gran director odiado, Kazan, hombres de simpatías izquierdistas que dio nombres durante la caza de brujas de McCarthy y, repudiado por tantos, eligió "La Ley del Silencio" como una afirmación de lo que había hecho.
La película es una apología de la delación, realizada en el momento más cargante y candente de la paranoia anticomunista, y, a pesar de todo, hay que verla para adorarla. 

Marlon Brando en "La Ley del Silencio"

¿Y qué decir del machismo y del sexismo? Más que nunca en los cincuenta. 
Cuántas mujeres conozco que adoran "Siete Novias Para Siete Hermanos", el boyante musical basado en "El Rapto de las Sabinas", cuyo complaciente mensaje acerca de la dominación machista sobre la nena doméstica no aguanta una auditoría. 
¿Quién puede resistirse a los Pontapee? ¡Nadie! Así de artero es el medio que amamos.


El cine machista que, como he escrito muchas veces, es hegemónico, impregna películas amadas por ambos sexos, pese a las descacharrantes conclusiones a las que arriban.
"El Hombre Tranquilo", de John Ford, juega a la nostalgia de aquellos días donde las mujeres eran mujeres y los hombres les recordaban que eran hombres.
- Le traigo este buen palo para que le pegue mejor - dice una viejecita a John Wayne, desde el momento en que se dedice a meter a Maureen O'Hara en vereda.
La película, firmada por un director conservador, es una fiesta, sí, pero también un pozo de incorrecciones impensables hoy día.

Maureen O'Hara y John Wayne en "El Hombre Tranquilo"

Como suele suceder en el sentimental, reaccionario cine fordiano, la cosa se pinta de tal generosa emoción que todo es irresistible. 
En esa mirada tan delicada a pasados imaginarios y paternalismos bonachones, muchos señalan lo que ahora dicen de Clint Eastwood: Ford es un humanista, un contradictorio, un abuelete que sabe más del mundo que nosotros. 

John Wayne y Constance Towers en "The Horse Soldiers"

Hay que buscar la explicación del porqué nos encantan sus películas. 
Aún así, deben entenderse en función de su tiempo; la conservaduría de una película se suele comprender si está fechada en 1958, pero no se tolera diez años más tarde. 
Ford, para dar una puntada final, firmó sus dos últimas películas honrando a lo que solía dejar en segundo plano: los indios en "Cheyenne Autumn" y las féminas en "Siete Mujeres".

"Siete Mujeres"

Precisamente la condición femenina se denuncia en un melodrama realizado en pleno franquismo. 
A diferencia de la Alemania nazi, ningún director al servicio expreso del dictador pasó de la medianía y el cine de esos primeros años es bastante baldío. 
Directores personales aparecieron poco a poco y, en 1951, el divo Manuel Mur Oti firmó "Cielo Negro", la historia de una pobre costurera que se va quedando ciega en un Madrid oscuro de necesidad. 
La potente "Cielo Negro", de imborrables imágenes, es una película que expone la inútil escapatoria de una mujer bajo un sistema de valores, pero el final, oh, el final. 
Después de poner la directa, "Cielo Negro" mira al Cielo.

Susana Canales en "Cielo Negro"

Las obras religiosas son entendidas como populares por los intelectuales y que un director de renombre crea en Dios es algo para no creer. 
Sí, los hay fervorosos y algunos tan deslumbrantes como el danés Carl Theodor Dreyer, maestro del drama metafísico.
En su obra cumbre, "Ordet", Dreyer reflexiona sobre la posibilidad del milagro. 
Es otra película embebida de valores de antaño que emociona desde éstos. Tocada con tanta finura como severidad, conmoverse con el final de "Ordet" es inevitable hasta para los no creyentes.
Esa es la auténtica magia de los maestros, hacernos cómplices de su visión del mundo y de la vida, sin que estemos necesariamente de acuerdo con ella.

"Ordet"

La última película de Dreyer se llamó "Gertrud", donde el adulterio de una mujer se castiga entre planos irrepetibles. 
Una de las obras maestras más odiosas de la Historia que cuenta otra más de esas historias en las que una fémina en busca de la felicidad queda como un zapato.

"Gertrud"

Gracias al cine por Louis Malle y "Los Amantes", inusual ocasión donde adulterio y felicidad riman en las pantallas. Obra detestada en su tiempo; hoy ya no tan odiosa. 
Es el tiempo lo que define el aprecio o desprecio y son nuestros valores actuales los que entran en juego. 
Malle se movía en esa coordenada entre corrección e incorrección, con el asco del público hacia sus tabúes. Ahí el incesto en "El Soplo al Corazón" o la prostitución infantil en "Pretty Baby", obra de franqueza hoy impensable.

Brooke Shields en "Pretty Baby"

La extremada violencia que pinta el cine desde "Bonnie & Clyde" ha dado lumbre a sucesión de grandes películas inaguantables, si bien es cierto que, como la cosa agresiva no tiene techo, mucha visceralidad se ha perdido también con el paso de los años.
"A Quemarropa" era joya intragable de pura agresividad en su estreno, como también "La Naranja Mecánica", obra maestra ampliamente odiosa, ese controvertido caos moral servido por un director plenipotenciario.

"La Naranja Mecánica"

La violencia en grandes peliculas venía refrendada por la discusión inevitable en torno a sus ocurrencias. Preocupaban títulos como "Harry, El Sucio" o "Perros de Paja", donde el individuo se toma la justicia por su mano y se saciaba el gozo más animal del creador y del espectador.

Dustin Hoffman en "Perros de Paja"

El autor que esto escribe se identifica progresista, pero no está de más poner ejemplos de obras maestras impregnadas hasta el empape de ideología izquierdista, a veces expresada de manera sorprendentemente plana.

"El Acorazado Potemkin"

Las obras del maestro soviético Sergei M. Eisenstein son el accesorio visual de la Revolución Rusa, de fuerte ideología comunista que, aún así, se las arreglan para conmover y convencer a cualquiera. 
"El Acorazado Potemkin" y "Octubre" se valen de los recursos más expresivos para sostener políticas en alza, entre el avant-garde y la más desvergonzada propaganda.

Lenin en "Octubre"

Otra obra maestra de ideología comunista, casi como una respuesta obrera a "Lo Que el Viento se Llevó", es "Novecento", de Bernardo Bertolucci. 
Una película de infinita hermosura, pero tan maquillada en su descripción de los bondadosos pobres y los malvadísimos ricos que resulta más un súper cuento de hadas que una compleja narración sobre los orígenes del movimiento obrero.

"Novecento"

Sucede algo parecido en "La Lista de Schindler", exquisitez cinematográfica donde el director no se muestra muy hábil en sus conclusiones: descripción del Holocausto y final de cuento de hadas
Y, cuando ingenuidad y Dios ya parecían desterrada de la paleta de los artistas, hete ahí "El Árbol de la Vida", otra película de mensaje ultrarreligioso. 
No es tanto como que Terrence Malick crea en Dios, sino que lo haga de una manera tan blanda. "El Árbol de la Vida" es gloria cinematográfica y una chorrada espiritualista al mismo tiempo.

"El Árbol de la Vida"

No he de estar de acuerdo contigo para quererte, rezaría la conclusión. 
Bien es cierto que no siempre es cierto. 
Personalmente, soy incapaz de desarrollar ninguna simpatía por John Wayne o Charlton Heston, y si algún director de derechas hace una mala película, suelo decir: "Y encima es facha." Es otro gozo animal: echar abajo al rival. 
Tal era mi sorpresa con "The Dark Knight Rises", donde Christopher Nolan demostraba que, además de pretencioso, es capaz de rodar la Escalera de Odessa al revés y en pleno 2012. Como su obra es mediana, la delicuescencia de su ideología parece peor.

"The Dark Knight Rises"

Penúltima pregunta. ¿Podría usted ver las películas de Woody Allen con la misma mirada si se llegara a probar lo que afirma Mia Farrow? 
Quién lo concibe. Que director tan sensible e inteligente abusara sexualmente de una niña se escapa de cualquier lógica. 
Si Allen incurre en lo que denunciaba en "Delitos y Faltas", ésta se convertiría directamente en una obra maestra odiosa.

Woody Allen y Mia Farrow en "Delitos y Faltas"

Estudiando el caso, rastreamos la calculada venganza de Mia Farrow como el motor detrás de las acusaciones, dudosas por el modo en que han sido formuladas. ¿Tenemos que entender que es mentira? ¿Lo necesitamos para seguir disfrutando de su cine? Sí. 
Pese a todo lo dicho, las películas no son un ente en sí mismo ni viven alejadas de cualquier consideración extra, porque su misma contemplación está mediatizada por la implicación que tiene en nuestras vidas. 
Esa contemplación existe pareja a nuestros deseos y nuestros conflictos y, aunque el director nos lleve la contraria, preferimos que lo haga con la dulzura del convencido y no con la hipocresía de los culpables.