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miércoles, 4 de febrero de 2015

Sinatra


Fue un verdadero huracán, que vivió entre las tormentas de su personalidad y todo lo que rodea a un hombre cuando se convierte en una institución. 
En medio de las inclemencias, de algún modo irónico, la voz de Frank Sinatra siempre se las arreglaba para salir pura, perfecta, en su justa medida, con una serenidad tan reconfortante como esplendorosa.


Hablar de este caballero es mencionar uno de los capítulos más apoteósicos del negocio del espectáculo norteamericano, ese show business que sería menos sin Sinatra. 
Él, como buen tozudo, se decía capaz de hacerlo todo. Además de ser el más glorioso de los cantantes, también quería desazonar al mundo entero en los más escalofriantes dramas del cine. Solo o con ayuda de otros, se salió con la suya una y mil veces.
Decía Ava Gardner que la tenía muy grande y la historia de Frank Sinatra - como la de muchos hombres - fue la de demostrarlo.
Con sus ojos azules, su frente con visos de ampliarse y su encanto callejero devenido en trajes de tres piezas, Sinatra pasó de ser un ídolo de matinée a una estrella indiscutible y, en el camino, terminó por convertirse en una marca, en un estilo. 
Desde su sombrero ladeado a sus melodías que ponían la clase en clásico, Frank todavía vende la imagen de lo impecable, de lo bon vivant, de lo cool. 
Cuando se sintoniza con una de sus canciones, aún Sinatra quita la cursilería a lo cursi, mientras su sonido habla de un milagroso intermedio entre la tradición y la personalidad.


Entre lo que traía consigo el viejo Frankie y lo que se tropezó por los tortuosos caminos del estrellato, había quien ni se atrevía a saludarlo.
Dice su hija Tina que su padre era un bipolar sin diagnosticar, lo que explicaría porque en un segundo estaba de buenas y era el más generoso de los extraños y, al minuto siguiente, con la mínima contrariedad, demostraba un carácter horrible que se dijo tan leyenda como sus logros artísticos.
Como todos los irrebatibles, sus sombras y nieblas aparecieron para dudar de su historia de éxito, especialmente en el capítulo de cierta novela, luego convertida en película.
Pero, cabezas de caballo decapitadas o no, Sinatra venció por el empuje de los que saben lo que quieren y se mantuvo porque como actor era inmenso y como cantante, ya se sabe, era la Voz.


El mundo italoamericano vio nacer a uno de sus hijos más queridos en el barrio Hoboken de Nueva Jersey, de padres católicos e inmigrantes. 
Su padre saltaba de oficio en oficio, mientras su madre sacaba unos dineros extra con la voluntad de vestir a su hijo como un dandy.


Francis Albert rememoraría su infancia como la jungla de un barrio desfavorecido, donde lo apropiado era contestar con un puñetazo y lo soñado era hacerse rico para salir de aquel atolladero.
Desde niño, se subía a las mesas y cantaba por propinas. 
Entre sus primeros oficios, se encontraba remachar aviones, pero sus ansias de volar más alto no tenían nada que ver con la aeronaútica.
Ambicioso y despierto, aprendió música de oído, sin preparación, y toda su juventud se emplazó a una carrera que se decía lenta, pero segura hacia los escenarios.


Los comienzos arduos dieron frutos en la década de los cuarenta, cuando el bandleader Tommy Dorsey lo solicitó como cantante. 
Fue el paso decisivo y el billete a la popularidad, pero Dorsey lo tenía bien atado en un contrato de por vida. 
Aún así, la colaboración sólo duró dos años, al término de los cuales el contrato se evaporaba, en uno de tantos momentos de la carrera de Sinatra que han levantado cejas de suspicacia.


Lo importante era que Sinatra escalaba en radios y corazones. Las adolescentes se compraban sus discos y empezaron a volverse majaretas por el joven, carismático cantante de los ojos azules, la pajarita y la voz de oro. Sinatra se hacía el ídolo de las bobby-soxers, tal y como llamaban a las niñas de los años cuarenta.
De hecho, aquellos fueron los primeros ataques de histeria mitómana que registraron los medios, por lo que puede decirse que Frank inventó el fenómeno fan.


La prensa lo vendía como el chico malo de las calles que se había reformado con una carrera de provecho, pero, sobre todo, con una buena esposa. 
Aparecían las fotos de Frank con su esposa Nancy y sus tres hijos. La postal de una familia americana para tiempos que arreciaban guerra.


Frank no pudo cumplir en el ejército por problemas auditivos, pero se vistió de marinerito de permiso en sus primeras películas de éxito, al lado de Gene Kelly.
Fueron "Levando Anclas" y "Un Día en Nueva York".
Aunque Gene le robaba el show sin pestañear, el público agradecía el momento en que la cámara se centraba en Sinatra y el muchacho derrochaba esa voz varonil y seductora, con el Technicolor bien a punto para el azul de sus iris.
En esos dos musicales, Frank ya demostraba lo buen actor que era: al fin y al cabo, de soldadito virginal y con problemas para ligar, nunca tuvo demasiado.


Esa época conoció la llegada de Sinatra a las ondas, que iba desde la balada hasta el swing y siempre con el ritmo de las grandes orquestas.
En cualquier caso, hacia el crepúsculo de la década, decreció la efervescencia de su persona en los gustos del público. De ser el favorito, dejó de ser una novedad.
Aún así, su popularidad, sus tendencias políticas y la evidente envidia que suscitaba en tantos le pasaba peaje cuando las columnas de cotilleo escribían que Ava Gardner era una destrozahogares.
La esposa de Sinatra había soportado las infidelidades de su marido, pero el asunto Ava fue el acabóse y pidió el divorcio.
Quizá temiendo la ruina de sus respectivas carreras en función del escándalo, Frank Sinatra y Ava Gardner se casaron. 
Tratar de hacer doméstica una relación tan pasional como la suya fue un error desde el primer día. "La amo y Dios me maldiga por ello", dijo Frank en una ocasión, con una síntesis perfecta de su vida con Ava.


Unida a las tormentas íntimas, la ruina de la carrera de Sinatra se decía imparable. Las cuerdas vocales sufrieron una sangría que sonaba a fatalidad y el cine ya no depositaba grandes esperanzas en el muchacho que empezaba a ser un hombre.
"De Aquí A La Eternidad" se hizo la obsesión de Sinatra. Quería el papel del soldado Maggio. Y, contra todo pronóstico, lo consiguió. 
Se ha dicho mucho sobre la verdad detrás de esa decisión de casting, aunque la más fidedigna versión fue que Ava Gardner suplicó a Harry Cohn, jefe de la Columbia, que fichara a su marido.


Frank se entregó al personaje de Maggio y concedió mucho de su auténtica personalidad al papel del soldado de indomable carácter y terrible suerte. 
La audiencia se emocionó por primera vez con Sinatra como actor dramático, las críticas fueron favorables y la Academia afirmó con un Oscar lo que se ha llamado la resurrección artística más espectacular de la Historia.


En el país de las segundas oportunidades, Sinatra volvía con venganza.
Su estilo de actuación improvisado e intuitivo se decía de impacto.
Aún más potente que Maggio, fue su Johnny Machine de "El Hombre del Brazo de Oro", pionera ocasión en que la heroinomanía hacía acto de presencia en las pantallas de Hollywood.


A la vez, se hacía con vehículos musicales como "Pal Joey", quintaesencia de su nuevo personaje, directo, sin pretensiones, sombrero a punto y camino hacia delante cuando las cosas no funcionaban.
Su aspecto en "Pal Joey" vislumbraba también su reconquista del universo musical, cuando firmó con Capital Records y la colaboración de Nelson Riddle proporcionaba un lado más trepidante a sus canciones.
El matrimonio con Ava no duró, como era de esperar, pero Sinatra entraba en los sesenta con mucho más que el pie de una celebridad.
Frank Sinatra era un poder.


La prensa conservadora lo tenía en la diana desde hacía años por sus simpatías democrátas y su lucha enconada por los derechos civiles de los afroamericanos.
Se escribía por primera vez que había conexiones mafiosas detrás de los momentos clave de la carrera de Sinatra, desde la ruptura de aquel contrato con Tommy Dorsey hasta su Oscar por "De Aquí a la Eternidad".
Hoover lo había señalado como el enemigo a derribar y el FBI tenía un voluminoso dossier con sus actividades.
La paranoia de Sinatra era explicable en un mundo donde volaban los enemigos. 
Más enemigos se granjeaba cuando presentó una cena baile sólo posible en Hollywood para el candidato más glamouroso, John F. Kennedy, a quien Frank y sus amigos entregaron en bandeja de plata la circunscripción electoral de Chicago, dicen que dicen las leyendas. 
Kennedy se hizo presidente, pero, enterado de los chismes sobre los padrinos de Sinatra, lo relegó en favor de Bob Hope.


Sinatra, dolido, se apartó entonces del Partido Democráta y sus inclinaciones políticas se trocarían más conservadoras con el tiempo.
En aquellos sesenta, se casó con Mia Farrow, por entonces actriz en ciernes, de sólo diecinueve años. El matrimonio fue muy sonado y ellos lo pasearon por fiestas y programas de televisión, pero apenas duró dos años, por culpa de la imperiosa necesidad de Sinatra por controlar la carrera de Mia.
En 1962, Frank brindaba una película memorable sobre la conspiranoia, eso que él también conocía.
Se llamaba "El Mensajero del Miedo", en cuyo plató nació una divertida amistad con el bisexual Laurence Harvey, al que Frank no dudaba en llamar Ladyboy y a quien confesó añorar tras su muerte.


Su reinado en nightclubs y platós de Hollywood se identificaba entonces con el grupo de compadres artísticos, que se llamó Rat Pack. 
Es decir, Dean Martin, Peter Lawford, Joey Bishop y Sammy Davis Jr, con los que compartió escenarios, canciones, más de una película y fiestas bien regadas de todo. Se iban de gira y no volvían.


Si había que hacer parada, era en Las Vegas, donde Sinatra ofrecería los conciertos más importantes de las décadas siguientes.
A lo largo de los setenta, Frank anunciaba retiros, que se salpicaban con apariciones, entrevistas, premios y algún que otro hit, que le daba más alas a su figura. Sus conciertos no terminaban sin "My Way", pero tampoco podían olvidar "Strangers In The Night" o "New York, New York".
A semejantes personalidades les queda el capítulo de la duda, que, para Frank, apareció escrita en la novela "El Padrino" de Mario Puzo. 
Un cantante, de nombre Johnny Fontaine, acude al gran mafioso para que resuelva su ruina en la industria; consigue un papel importante cuando el jerarca del estudio amanece con una cabeza de caballo decapitada en su cama.
Sinatra se puso como un basilisco, más aún cuando lo vio en imágenes en la célebre adaptación de Coppola, y tanto él como sus hijos mayores se han pasado media vida negando cualquier vinculación con la Mafia.
La ventilación del dossier del FBI evidencia los contactos, pero de un modo ocasional y práctico. Sinatra tenía miedo, muchos enemigos y una creciente paranoia. Acudir a los "chicos listos" fue una cuestión de supervivencia.
En uno de los pasajes, además se vislumbra que Sinatra pidió al FBI colaborar como informante para desmantelar al crimen organizado.
Ni marinerito dorado ni correveidile de Lucky Luciano. Digamos que usted encontrará al verdadero Frank Sinatra en el medio de ambos extremos.
Pese a la exposición de sus pecados, algunos ciertos, otros exagerados, Sinatra se las cobró con esos eternos retornos que se centraron en la música y lo demostraban como un abuelo en plena forma. 
Pese a que su última década fue un continuo susto en cuanto a su salud, restaban las ganas de volver a Las Vegas y sus discos conocían una vida inmejorable en las nuevas generaciones.


Que un día moriría lo sabía, especialmente cuando se apilaron las enfermedades, regresó el cáncer, se subió la tensión arterial, se cancelaron todas las apariciones.
De la mano de su cuarta mujer, Barbara, el médico informó al viejo Frank que tenía que luchar. Pero el infarto le dio la estocada al más duro en su lucha decisiva.
"Estoy perdiendo", dijo para despedirse a los 82 años. 
El Empire State Building se llenó de azul, el funeral se abarrotó de amigos y, en la lápida, puede leerse aquello que prometía una de sus canciones: "Lo mejor está por llegar".


Considerado por muchos como el mejor cantante de la música popular estadounidense, Frank Sinatra es un sonido para acompañar la propia existencia, si esa existencia se busca elegante, sentimental y desbordante de todo lo que brilla de verdad en esta vida.
Sea con sus viejos y crepitantes éxitos en gramófono o sus showstoppers de los últimos años, la Voz es una odisea por la clase y el estilo, de un modo tan accesible como exuberante.
Y el Frank detrás de la Voz, ese genial, contradictorio, avasallante de talento y carácter, es una imagen de la que cuesta sustraerse.
Una mirada la de Sinatra, que es puro cine. Esa que espera ser devuelta y no se marchará hasta conseguirlo.

martes, 21 de mayo de 2013

Deborah y Simpatía


Fue una impecable con un destello de calidez, una señora con un brillo de golfa, una tímida con la media sonrisa de la diversión.
Y una inspirada, una absoluta inspirada. 
Recuperar a Deborah Kerr es encontrarse con una actriz que se zambullía en sus papeles sin miedo, con fe. Su tenacidad y su ridículamente enorme talento se dijeron las estrategas de sus incontables éxitos personales.
Hollywood la demandó por bella y fina, y, bajo su batuta, la convertiría en placer predilecto para los cinéfilos y el público. 


Deshaciendo las etiquetas a cada película, a cada desafío, Deborah insistió en demostrar lo extraordinaria que era, debajo de esa fachada de té, simpatía y dicción, y se permitió transformarse en todas las mujeres, en todos los posibles personajes, vistieran de estrictos hábitos en pleno Himalaya o de ardiente bañador en las playas de Hawaii.
La Kerr tuvo tanta suerte como buen gusto y hoy se la puede conocer, revivir, sentir de nuevo, en películas imperecederas, como ella. 


Su nombre verdadero era Deborah Jane Trimmer y los primeros años la decían bailarina en Glasgow, a cuyas tablas se subió a finales de los años treinta. 
Romper la timidez, lanzarse al mundo, ese había sido el primer paso.
La decisiva pirueta la llevó a la interpretación y a cambiarse el apellido. Ahora era Deborah Kerr y, casi desde el principio, el camino a la gloria estaba trazado.
Michael Powell se enamoró de ella y mantuvieron un romance, mientras el maestro del cine inglés se permitía inmortalizarla.
Fue Powell quien la presentó al mundo y quien tuvo que dejarla ir en pos de la llamada de Hollywood. 
Antes, hubo tiempo para rendirse a su belleza, por primera vez retratada en colores, en "Coronel Blimp" y "Narciso Negro".

"Coronel Blimp"

Para "Coronel Blimp", hacía tres papeles; el ideal femenino que los protagonistas se reencontrarán a lo largo de su vida, dentro una película tan extraña como todo lo que perpetraban Powell y su aliado Emeric Pressburger.
Los Arqueros también fueron responsables de embarcar a Deborah Kerr como protagonista absoluta de la folly "Narciso Negro", espectacular melodrama, donde unas monjas se vuelven locas en piadosa misión por el Himalaya.
El rostro de Deborah Kerr, brillando entre el hábito y la luz de Jack Cardiff, llegó hasta ojos de los estudios, al otro lado del Atlántico. 

Como la Hermana Clodagh en "Narciso Negro"

Cuando Deborah llegó a Hollywood, aseguró que su apellido se pronunciaba "Carr", no "Care". 
Louis B. Mayer le encontró la sonoridad y lanzó oportuno eslogan: Kerr rhymes with star!.
La búsqueda de finura europea y señorita de postín motivó el mimo ofrecido a Deborah Kerr, pronto cara socorrida en los dramas de época y las aventuras de otros tiempos.
El público decidió amarla en "Las Minas del Rey Salomón" y, sobre todo, en "Quo Vadis?", donde era la cristiana Lygia, presta a convertirse en una mártir en el Coliseo. 

Con Robert Taylor en "Quo Vadis?"

Los espectadores no sólo se enamoraron de Deborah, sino verla atada, floreada y cerca de un león con devoradoras intenciones, se sintió como un inmediato mito del erotismo.
Aún tenía más braguetas que disparar la indómita Kerr, y allí apareció, inusual, inesperada, en el drama de pasiones "De Aquí a La Eternidad". 
Todo el reparto fue ampliamente ovacionado, y Deborah, como la amargada adúltera Karen Holmes, no sería ajena a ese aplauso. 
Su imagen de chica buena y delicada, impresa sobre su figura en su primeros años en la Meca del Cine, encontraba ahora un salto al precipicio. 
En aquellos tiempos, no todas las actrices de Hollywood se prestaban a interpretar a infieles en bañador, que se morrean con Burt Lancaster al golpe de las olas.

Con Burt Lancaster en "De Aquí A La Eternidad"

Deborah encontraría irónico que la tomaran en serio como intérprete justo cuando apareció ligera de ropa. Y así fue. 
Concedida de un suculento bufé de papeles bombón, Deborah fue la niña de mamá de "Mesas Separadas", la aburrida esposa que le hace un favor al sensible universitario de "Té y Simpatía", la institutriz que cuenta Occidente y baila con Yul Brynner en "El Rey y Yo" y la romántica empedernida que corre a por Cary Grant en lo alto del Empire State Building en la llorera de "An Affair To Remember".

Con Cary Grant en "An Affair To Remember"

Fuera la más selecta profesora de inglés o la más aguerrida ganadera australiana, la más reprimida o la más lúbrica, sus ojos se abrían con la potencia de las emociones, sin afectación, en el punto justo. Muchas escuelas de Interpretación deberían poner a Deborah Kerr como paradigma.
Sobre todo, su tour-de-force en "The Innocents".
En el inolvidable drama gótico de Jack Clayton, Deborah ofrece lo que servidor considera una de las mejores interpretaciones de la Historia del Cine, dentro de un equilibrio entre el desgarro y la calma, cuyo alquímico misterio es mayor misterio que todos los que cuenta la película.

"The Innocents"

El final de los sesenta espantó a Deborah, que, asustada por el creciente grado de sexo y violencia en el cine, se fue sin ninguna intención de regresar.
No quería desnudarse, aseguraba la gran tímida, y así puso su propio punto y final a su carrera, sólo matizado por anecdóticas reapariciones.


Aunque era reservada y todo nobleza como figura pública, sus compañeros de reparto escribieron que era una ligona de cuidado, y muchos actores afirman haber tenido algo más que simpatía con Deborah Kerr. Ella, preguntada, puso su característica media sonrisa y prefirió no contestar.
Además de los corazones rotos - los que durmieron a su lado y todos los espectadores que soñaron con ella-, Deborah se casó en dos ocasiones.
Su primer marido, el aviador militar Anthony Bartley, la envidiaba a muerte y fue un matrimonio problemático, que les trajo dos hijos, incontables peleas y desazón.
En 1960, desposaba con el escritor y guionista Peter Viertel, a quien permanecería unida durante toda su vida, y con quien se retiraría a Europa.
Uno de sus destinos de reclusión fue Marbella, donde, en cierta ocasión, Peter y Deborah recibieron a un grupo de señores cinéfilos de este país para contarles cosas sobre Michael Powell, Hollywood y las películas donde habían participado.

Con Peter Viertel

La definitiva standing ovation que recibió Deborah no era sólo merecida, sino que llegaba tarde. 
Los Oscars la habían nominado seis veces a lo largo de su época de gloria, pero nunca lo ganó.
En 1994, la Academia la llamaba "impecable, graciosa, bella, perfecta, disciplinada, elegante", y ella, vestida de azul y con el oro honorífico en las manos, lívida ante un aplauso que no esperaba, diría:
- Nunca he estado más aterrorizada en toda mi vida.


Tras tanto bailar, interpretar y seducir, Deborah Kerr todavía seguía siendo aquella niña tímida de Glasgow. 
Conservó aliento para honrar en su discurso la vida maravillosa que sus compañeros de profesión habían compartido con ella, y nunca volvió a aparecer en público.
Retirados en su villa inglesa, Deborah y su marido Peter se encontraron con 2007. Ella había agotado el Parkinson, él contaba los días del cáncer. Murieron con tres semanas de diferencia.
Deborah tenía 87 años y se sospecha que su apellido todavía rimaba con estrella.


Ha muerto la gran dúctil, rezaban las esquelas, mientras rememorabámos a Deborah como un insuperable ideal femenino. 
Esa mujer con la que emprender las mejores aventuras, esa mujer a la que mirar al levantar la vista del libro, esa mujer con la que despertar a la vida, esa mujer con la que envejecer.


Deborah Kerr siempre viajó en primera clase, directa a los corazones de todos los amantes del cine.

martes, 14 de mayo de 2013

Desafíos de Burt Lancaster


Desde el más alegre pirata hasta el príncipe más doloroso, Burt Lancaster se escribió en líneas de ambición para devolver imágenes de exuberancia.
Todo en él era grande, así se entendió, contemplado a sí mismo en el espejo de la testarudez. 
Lancaster se esculpió como una estrella nueva, arriesgada, involucrada en la definición de su propia personalidad, reacio a las etiquetas en plena década de los cincuenta. Esa época que, más que nunca, necesitaba de la irrupción de un hombre tan imprevisible como Burt.
Un caballero de cine irrepetible, si hay algo más impresionante que el físico y la sonrisa de este temible burlón, es todo lo que consiguió. 


Dudo que haya existido un actor con semejante fortuna en la Historia, a juzgar por la enorme variedad de papeles que acaparó y la cantidad de grandes películas en las que participó. En todas, siempre era el mismo gorgeous Lancaster, que riera o llorara, se zampaba la escena.
Burt Lancaster firmaba con la misma energía con la que andaba, enseñaba los dientes en señal de simpatía o como anuncio de peligro, y fraseaba arrastrando las palabras, con esa dicción característica, que lo hizo reconocible y parodiable al mismo tiempo. 
Como los grandes divos del cine, la mirada fue la clave, esa donde la virilidad arrolladora se besaba con el destello del vulnerable, allá donde asomaban la honestidad y el riesgo.
Nunca tuvo suficiente y necesitó trabajar hasta el último día. Porque Burt Lancaster era incansable.


Siempre lo había sido, desde que lo conocían como Burton Stephen Lancaster y trotaba por las calles de Nueva York, buscando jaleo y ganándose reputación de gran atleta.
Burt hacía cabriolas con la misma destreza que encestaba canastas en Manhattan. 
Por entonces, era hijo de una familia obrera de origen irlandés, y todas las apuestas para el joven Lancaster se encaminaban a la beca deportiva que le ofertó una Universidad.
Dejó el campus a los pocos meses para enrolarse en el circo, donde conocería a Nick Cravat, acrobáta y amigo de por vida. 

Con Nick Cravat

Burt y Nick formaron un dúo de trapecistas bajo carpas prometedoras, pero una lesión apartó a Lancaster de mejores mañanas en el circo.
Con el corazón destrozado, llegaba la Segunda Guerra Mundial, donde cumplió, sobrevivió y regresó dubitativo ante el futuro.
Las suertes se sucedían. Un casting lo pusó en Broadway, y allí, fue cuando lo señalaron con el dedo como el chico perfecto para "The Killers".

"The Killers"

En "The Killers", interpretó al boxeador atormentado convertido en víctima de un juego fatal, con una mujer seductora como bello cebo.
Fue el debut de Lancaster y también la primera película de relevancia para Ava Gardner. Era 1946 y se necesitaron ventiladores ante el encuentro de esos titanes de belleza.
Aunque lo otearon como el ideal chico All-American, al que torturar en el cine negro y mimar en la comedia, Burt Lancaster se hizo pronto con la corona de rey.
Todavía se lo reconoce como uno de los emblemas del poder masculino en Hollywood, tanto por su durabilidad como por la posibilidad de conseguir papeles de desafío, saltar a la producción y manifestar opiniones políticas a través de sus películas. 
Y ser capaz de sobrevivir a todo.

"The Crimson Pirate"

El público no pudo amarlo más cuando fue "The Crimson Pirate", por entonces la mejor definición de maromez.
A la película, enroló a su viejo amigo Nick Cravat, y ambos sorprendieron al mundo con sus acrobacias, mientras la película se ganaba el nombre de clásico de la aventura.
Porque Lancaster se decía lleno de aventuras, y así apareció en "His Majesty O'Keefe" o "El Halcón y La Flecha".
Las cosas se aceleraron para su ansia de dramones de verdad con "De Aquí a La Eternidad", un hito en la explicitud del cine norteamericano y entendido como el primer film adulto de Hollywood. 
En ella, su físico de hombretón genuino fue puesto al giro de un tórrido adulterio. 

Con Deborah Kerr en "De Aquí A La Eternidad"

En una de las secuencias más divulgadas de la Historia del Cine, besaba a Deborah Kerr en plena playa. De nuevo, fue necesario agarrar abanico.
Diera la réplica a las actrices más variopintas, se llamaran Anna Magnani, Shirley Booth o Audrey Hepburn, Burt promovía esa especie de búsqueda de algo más, de una imagen diferente para los galanes masculinos de Hollywood. 

Con Anna Magnani en "La Rosa Tatuada"

En esa búsqueda, quizá solo estuvo acompañado por Kirk Douglas, rival y compañero en tantos títulos.
Dicen que Lancaster temía, admiraba y envidiaba a los actores jóvenes, y especialmente se sintió retado por Montgomery Clift y Marlon Brando, los nenes de la vulnerabilidad y la atmósfera. 
Muchas decisiones artísticas de Burt Lancaster estuvieron motivadas por intentar igualarlos, por enmascarar que no era tan revolucionario como ellos. 
Burt siempre se contó más talentoso de lo que realmente era, y tras el empeño, con su fuerza característica, bajo su proverbial valor, consiguió ser uno de los más aclamados actores de su época.

"Elmer Gantry"

El Oscar se lo dieron por uno de sus papeles más codiciados: el predicador de "Elmer Gantry", mientras sus apariciones a finales de la década sucedían casi íntegramente en películas que él coproducía.
Su nombre aparece como productor para papeles memorables como "Sweet Smell of Success", películas aclamadas como "Mesas Separadas" o la popular "Trapecio", donde volvió a vestir mallas bajo carpa.

"Trapecio"

Westerns, intrigas, taquillazos, dramas punteros, Lancaster podía vivir bajo John Huston o según John Cassavetes, convencía como Wyatt Earp o como el mayor criminal de guerra nazi.

"Judgment At Nuremberg"

Batalló para dar el salto al cine europeo y aquel chico duro de Manhattan conseguía ser nada menos que el Príncipe Fabrizio de Salina.
Era, por supuesto, a razón de "El Gatopardo". 
Si hay un pico en la carrera de Lancaster, ese fue la apoteósica superproducción de Luchino Visconti, que lo vistió de aristocráta decadente en pleno Resorgimiento. 
Representación simbólica de la belleza y la ruina de un mundo perdido, nunca brillaron los ojos de Lancaster con tanta emoción como en ese relumbror cinematográfico.

"El Gatopardo"

Con todo ganado, Lancaster no dejó de jugar jamás.
Se reconocía arrogante, luchador, amigo de sus amigos y poco querido por la mayoría, tal era su carácter, bien labrado en las calles, nunca perdido en la jungla hollywoodiense.
Liberal, democráta, involucrado en causas raciales, defensor de los derechos de los homosexuales, Lancaster fue un hombre de razón y fe, y gran parte de sus comentarios sobre las miserias de su país pueden ser rastreadas en algunas de sus películas. 
Al respecto, Nixon no dudó en incluirlo en su lista de enemigos.

"The Birdman of Alcatraz"

Con la llegada de los setenta, decidía elegir con sumo cuidado. Sin duda, motivado por su participación en "Aeropuerto", que no dudaría en calificar de basura.
Volvería a Visconti y al cine italiano con "Confidencias", pero su papel de madurez más genial lo dio en "Atlantic City".
Era el viejo arruinado como la ciudad donde vive, que contempla la desnudez de Susan Sarandon con la misma mirada con la que corta la cocaína bajo la esperanza de invitarla a almorzar.
Fue broche de oro en la carrera de un hombre resplandeciente en todos los sentidos.

Con Susan Sarandon en "Atlantic City"

Semejante portento de la Naturaleza fue deseado largamente por ellos y por ellas en sus años de gloria. Aunque muy celoso de su vida privada, se ganó reputación como un mujeriego terrible en Hollywood, y sus escapadas motivaron la crónica del anunciado divorcio de Norma Anderson, segunda esposa y madre de sus hijos.
Los rumores sobre la bisexualidad de Burt Lancaster se cernieron sobre su carrera en más de una ocasión y él jamás contestó. 

Con Helmut Berger en "Confidencias"

Hay quien ha visto como prueba del secreto a voces ese interés de Burt por papeles de homosexuales; de hecho, Lancaster quiso protagonizar "Muerte en Venecia" y "El Beso de La Mujer Araña".
Como sucede en estos hombres de otros tiempos, sombras, nada más, y afortunados y afortunadas los que pudieron. Muchos y muchas, porque Burt era devorador.
Tanto devoró este insaciable, que todavía quería volver al cine cuando las aseguradoras ya no podían permitirsélo. 
Su última película: "Campo de Sueños"

En sus últimos años, las complicaciones cardiacas fueron en aumento, y se decía 1994 cuando llegó el infarto decisivo.
En su apartamento de Los Angeles, a los 80 años, Burt Lancaster murió como los mejores: de tanto vivir.
No quiso funerales ni entierros. El gran exuberante sólo pidió silencio el último día.


El incierto término medio entre la humildad y la soberbia es esa pluma con la que se escriben historias de Hollywood tan redondas como la de Burt Lancaster, el inasequible a los pronósticos y los conformismos, listo para el éxito, listo para todo.
Burt Lancaster fue inesperado, sorprendente, una estrellaza genial, un huracán hecho hombre, con el cine en las venas y la sonrisa perfecta para comerse el mundo.
De aquí a la eternidad con él.