lunes, 13 de agosto de 2012

Extremadamente Volátil


Cuenta cierta leyenda contemporánea que, detrás de toda droga sintética, ha de existir un señor químico que, en la sombra y bien pagado, nutre al poderoso narcotráfico.
Bajo esa figura quasilegendaria, - probablemente, más true-to-life de lo que pensamos -, se desarrolla el argumento de "Breaking Bad".
Es la historia de un caballero llamado Walter White que, en plena desesperación, pasa de ser un adocenado profesor de instituto a un enigmático cocinero de la metanfetamina. 
¿El motivo personal? Pagar las facturas del tratamiento de un grave cáncer y asegurar fondos para su familia, en el caso de que su enfermedad resulte fatal.
Jesse Pinkman, un ex alumno devenido en patético buscavidas, será su socio en el negocio del cristal.
Ambos se verán envueltos rápidamente en una espiral de crímenes, odios, desastres y persecuciones, siempre bordeando la destrucción propia.

Bryan Cranston y Aaron Paul

A lo largo de sus temporadas, "Breaking Bad" ha terminado por vertebrarse como una visión irónica de la clásica historia rags-to-riches. 
A medida que Walter White ha alcanzado más poder, mayor ha sido su corrupción, avivada por él mismo, con la obsesión final de construir un terrible negocio familiar.
Aquel hombre frágil y desesperado se "rompió mal" en cierto momento, para convertirse progresivamente en todo un capo.

Walter y familia

Siguiendo el mismo leit-motiv de "Weeds" - una persona común entregada al crimen -, y bajo el similar esquema argumental de "Dexter" - ¿lo atraparán? ¿no lo atraparán? -, "Breaking Bad" supone un paso más en las ambiciones de cierto tipo de televisión.
Siendo grandguignolesca, tremenda e improbable, consigue plenamente que sus más descabelladas tramas se abracen con una continua sensación de realismo. En ella, se imponen la complejidad, la ambigüedad y la atención al detalle, a la mirada.
Su creador, Vince Gilligan, imprime un ritmo deliberadamente pausado, que llena el relato de matices y, además, sirve para incrementar la tensión hasta límites asfixiantes.
La televisión, nunca mejor imitación al cine.


"Breaking Bad" se viste de alucinante mirada a lo más oscuro de la existencia, a través de la puesta en evidencia de los valores morales norteamericanos. En concreto, todo lo que concierne a esa figura masculina entendida como padre emprendedor y proveedor.
En sus apabullantes imágenes de sangre y desolación, se destila la respuesta dramática a ese panorama de inseguridad y paranoia, dejado por los sucesos del 11 de septiembre y también por la imparable escalada de violencia del narcotráfico en los últimos años.

Dos gemelos poco recomendables

En "Breaking Bad", hay desde un avión en apuros hasta una cabeza que camina decapitada sobre una tortuga, pasando por paredes empapeladas de dólares y un picapleitos de peinado imposible.


Su negrísimo sentido del humor parece entroncar con cierta tradición tarantiniana, como se deduce de esas largas conversaciones en cafeterías, esos repetidos arranques testosterónicos o esa descripción borderline de la violencia. 
En cualquier caso, en "Breaking Bad", y al contrario que en las películas de Quentin Tarantino, la frivolidad no es la reina de la función.
La televisión, hoy mejor que el cine.

Al servicio de Gustavo Fring

Como sucede con historias tan al límite y alérgicas a las concesiones, "Breaking Bad" es veneno puro para las almas sensibles. 
Yo, que soy una de ellas, he de reconocer que sufro mucho más de lo que disfruto con esta serie. 
Pero, quizá, de eso se trate. Tal vez, va dedicada precisamente a desafiar toda nuestra candidez.

Peekaboo!

Si el tono, la estética, la realización y la escritura son cosa fina, no hay mayor hilador en "Breaking Bad" que el actor protagonista. 
Bryan Cranston no pierde el hito ni un segundo en su caracterización de Walter White, vertebrada a lo largo de las distintas caras que se van sucediendo sobre el mismo hombre.

'Heisenberg'

Por su parte, Aaron Paul ha otorgado una emoción devastadora en todo momento al rol de Jesse, confirmando un actor sorprendente por intuitivo.
Y Anna Gunn, en su rol de esposa pasiva-agresiva, incrementa vatios de interés, a medida que se erige como el espejo de los defectos de su marido y su definitiva víctima.

Anna Gunn como Skyler White

Y qué decir del generoso desfile de villanos; brutales, gélidos, inolvidables por tantos motivos.



"Breaking Bad", la serie más aclamada de la actualidad, puso a la cadena AMC en el mapa de la televisión de prestigio, mano a mano con "Mad Men".


Como muchas series de las plataformas por cable, sus inicios fueron discretos en cuanto a registros de audiencia; como todas las producciones de la AMC, las peleas entre el creador y los ejecutivos del canal han sido apoteósicas. 
En el camino, un estatus de culto y un seguimiento exponencial han sido sus billetes de supervivencia.


Ahora mismo emite su quinta y última temporada, que será de emisión partida en dos tandas de ocho episodios cada una, para echarse el cierre el próximo 2013.
"Breaking Bad" quiere acercarse a ese final con una sola voluntad: construirse como una serie redonda. 

viernes, 10 de agosto de 2012

"King Kong"


1933 fue cosa de "King Kong", un cóctel de emociones cinematográficas, que sentaría muchas bases del espectáculo hollywoodiense.
Vista desde hoy, es una película delirante de principio a fin, pero decididamente entrañable. Una cuestión arqueológica y, como tal, merecedora de cualquier investigación.

Bruce Cabot, Fay Wray y Robert Armstrong

Estrenada durante la Depresión, vino a sofocar la bancarrota de la RKO, la productora Cenicienta del cine clásico, que se aferró a "King Kong" para poder sobrevivir. 
El resultado fue un taquillazo y, de manera más o menos inesperada, la consolidación de una leyenda. El simio africano, en lo alto del Empire State Building, atacado por aviones y aferrado a la gritona Fay Wray, se haría folklore del siglo XX.


"King Kong" es un espectáculo contado a sí mismo. Su protagonista es un director ambicioso y aventurero - modelado en el propio realizador de la película, Merian C. Cooper -, que traslada su equipo a una isla que no aparece en los mapas.

Ensayando poses

Los incautos encuentran un enorme gorila, con muchas ganas de machacarlos a todos, pero con una debilidad manifiesta: quiere a la rubia.

El amor

Se definen inmediatamente dos constantes de Hollywood. Primero, que una tía buena aparezca ligera de ropa, se porte como una tontorrona y sea victimizada por un animal. El resorte magno de la erotización hollywoodiense, por fin explicitado. 
Y, en segundo lugar, que una bestia como Kong sea menos bestia al tropezarse con la fragilidad de otra criatura. Es el toque de lirismo y distinción que se desliza bajo una aventura llena de exotismo barato y mamporros a gogó.
Otra constante en la que esta película se hacía pionera: la verdadera trepidancia no estará tanto en el extranjero como en casa. La atestada y luminosa Nueva York se consolida en "King Kong" como el ideal y definitivo escenario para desatar el terror. 

Kong no reaccionará bien a tanta atención mediática

Allí, Kong, presentado en Broadway, se desata de sus correas y siembra el caos.
Porque no habrá entrega de acción norteamericana que no sepa de la megadestrucción, anunciaba "King Kong". 
Como si para revalidar el orden social, haya que presenciar su absoluta corrupción en la pantalla.


"King Kong", realizada antes de la implantación del Código Hays, sorprende por su violencia y truculencia, donde hay más muertes y vestidos desgarrados de los que permitiría el cine en los años venideros.
Pero, en términos generales, hay que reconocer que es una película que dará mucha risa al espectador contemporáneo. 

Fay Wray, leyenda

Los clichés son tremendos, los decorados, un puro cartón piedra, y los efectos, muy primitivos, donde la superposición de imágenes canta puro Ionesco. 
Esa tribu estereotipada hasta el punto del racismo, la inefable aparición de los dinosaurios y la necesidad de capturar los ojos desorbitados de la screaming lady; todo resulta tan viejo y derivativo para nosotros, que sólo es posible disfrutarlo mediante su sublimación camp.
Es evidente que, en esta obra, la leyenda devora a la verdad, o, en todo caso, el paso del tiempo ha sido pernicioso. 

A tope con el peridoláctico

Sin embargo, todavía subsiste esa entidad de show decisivo, ese hallazgo moderno de contarse a sí misma y ese envoltorio de una época irrepetible en tantos aspectos como fueron los años treinta.
El personaje de Carl Denham es memorable, Fay Wray sigue siendo un encanto y hay diálogos desternillantes: "¿Vamos a ver a un gorila? ¡Como si no hubiera suficientes en Nueva York!".

Enseñando dientes en Broadway

Como espectáculo esencial, esta obra recurre a un temor básico: la irrupción de lo primitivo en la civilización. 
"King Kong" no sólo lo explota, sino le da la vuelta.  En su poética declaración de que la Bella mata a la Bestia, parece recordar que lo ancestral y lo contemporáneo viven un traumático divorcio, cuando, en realidad, deberían ser inseparables.


Porque todos somos bestias enamoradas y, a la vez, todos somos Fay Wray gritando en lo más alto.

jueves, 9 de agosto de 2012

Aidan Gillen


Este caballero irlandés tiene la notable costumbre de aparecer y seducir en el acto. Es inconfundible y camaleónico al mismo tiempo. Un guapo sin alardes, un tío atractivo hasta decir basta.
La fuerza de Aidan Gillen nace de un carisma de paradero desconocido, agazapado tras su inquietante tranquilidad, su intrigante mirada, su sibilante dicción.


Hablo de un gran talento dublinés, con una larga carrera que contar. 
En su Irlanda natal lo conocen bien; lo han visto sobre las tablas de los teatros, lo contemplan en televisión con frecuencia y lo han divisado en un puñado de películas. 


Nosotros lo hemos cazado como solemos cazar a los mejores: dando interpretaciones memorables para grandes series.
En 1987, Aidan debutaba, con diecinueve años, en "La Pasión Solitaria de Judith Hearne" y, a lo largo de la década de los noventa, fue labrando su reputación artística.


Sería el cambio de siglo quien trajera su papel más conocido, ese que abría puertas y escandalizaba mentes. 
Se trataba de Stuart Alan Jones, el sátiro rompecamas de la insuperable "Queer As Folk"; en su versión original y británica, claro está.


La serie se hacía inmortal en el mismo momento en que Aidan se encamaba con Charlie Hunnam y le enseñaba todo lo que hay que saber sobre un polvo entre hombres. 
No fue su única escena memorable de "Queer As Folk", serie donde Gillen dio una cuidada y emocionante interpretación sobre un hombre complejo, que ve acercarse el ocaso de su desenfrenada juventud.


Todo el que haya visto la secuencia del outing de Stuart Alan sabe de la grandeza de Gillen y porqué ese papel fue tan decisivo para su trayectoria.


Entre el Reino Unido e Irlanda, continuaría su laboriosa andadura hasta dar con otro papel que incrementaría su caché internacional. 
La televisión norteamericana lo demandaba a gritos, en nombre de la HBO. El motivo era, por supuesto, "The Wire".


En la tercera temporada, conocíamos a Tommy Carcetti, el impecable concejal de Baltimore, decidido a ascender políticamente y darle un cambio verdadero a tan deprimida ciudad. 
Se trataba de otro ser complejo, escrito con la astucia y observancia propias de "The Wire"; la buena intención y la ambición desmesurada parecían confundirse en la psique y los actos de Carcetti.
Gillen, como gran ambiguo, fue una elección perfecta.


Mientras protagonizaba "Love/Hate", serie irlandesa que aún lo mantiene ocupado, la HBO lo volvía a reclamar para formar parte del elenco de "Game Of Thrones".


Cuando leí el casting definitivo de la serie, lo que celebré con mayor júbilo fue el nombre de Gillen. Parecía el bouquet que necesitaba un proyecto tan colosal.
¿Otra prueba de la grandeza de Aidan? Hacer que un personaje tan odioso en el original novelesco como Petyr Baelish, "Meñique", resulte seductor, gracias a él.
El insidioso Caballero de la Moneda, pérfido chuloputas y jugador nato de los tejemanejes de la política del mundo legendario de Poniente; todo suena mejor si tiene el rostro, la voz y el talento de Aidan Gillen. 


Su paso por "Game Of Thrones" aún no ha terminado - una futura secuencia en la Puerta de la Luna se las promete espectacular -,  mientras significa ese golpe de popularidad mundial para alguien que ya lo merecía.
Los degustadores de blockbusters veraniegos lo habrán visto en la primera secuencia de "The Dark Knight Rises" como un expeditivo agente de la CIA.
Además, Aidan Gillen presenta ahora un conocido programa musical para su amada Catodia irlandesa. Sin duda, todo un presentador para disuadir de zapping.


La atracción siempre ha sido cosa de Gillen. No es un nene olímpico ni le hace falta.
Si me mirara con esos ojos y me dedicara algunas palabras para convencerme de algo, yo le diría cuándo y cómo.


Quizá, por imprevisible, tal vez, por distinto. Seguramente, por genial.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Murmullo


Miro a cámara y, a un público imaginario, hoy digo:
- Escribo tanto sobre ironías, porque mi vida está llena de ellas.
Esta mañana, he tratado de concentrarme en una hoja de papel, donde "administraciones públicas" aparece pomposamente escrito como "Administraciones Públicas". Donde se trata al Estado como un armónico benefactor. Donde faltan puntos y sobran obviedades. 
Una hoja donde me pierdo, a cada momento, buscando un motivo para escapar de ella. ¿Qué habrán escrito en el Facebook? ¿Será instante para otro café? ¿O mejor para una paja a la salud de Trystan Bull?


He de estudiar sobre el funcionamiento de algo que funciona mal y, según las noticias que se publican a diario, funcionará peor. 
Un buen día de hace dos años, se me ocurrió la brillante idea. "Josito, olvídate de esperar a que caiga la manzana, estudia oposiciones, consigue estabilidad y no te preocupes: el trabajo público te dejará tiempo para escribir". 
Ahora, como otra ironía, esa brillante idea no será tan brillante. Sólo un matiz de gris dentro del mayor agujero negro.


Como rareza en un panorama de recortes y cancelaciones, mi oposición ha seguido adelante. Al menos, por ahora.
El 11 de octubre, estaré en una sala atestada de gente de todas las edades. Muchos con desesperación, porque será la última oportunidad para ellos. 
Sus caras serán sordas súplicas, dirigidas a mí.
Lo veré en sus expresiones, en sus dedos tamborileando en la mesa, en sus miradas de ansia y tristeza. Ellos necesitan esa plaza en el Ayuntamiento, mucho más que yo. Tienen hijos, son mayores, ya no pueden dar marcha atrás ni acometer un giro titánico para salvar esos barcos que son sus vidas.
Si no aprueban, sus existencias serán una puta basura.
- Dales una oportunidad - me dirá la conciencia - Date una oportunidad.


Me levantaré y me marcharé, sin siquiera mirar las preguntas del test. 
Llegaré a casa y haré las maletas. 
Y, mientras el avión despega, invocaré la esperanza de que, algún día, el país se arregle. Que sea bonito, que no sufra, que viva. Que se mantenga inconsciente, exuberante, absurdo. Como yo.
Pasarán las horas y caeré dormido en el avión, mientras me atreveré a soñar con un campo de tulipanes.
Cuando llegue al aeropuerto de destino, mi equipaje no saldrá en la cinta transportadora. En el momento en que presente la reclamación, no podré predecir que jamás recuperaré las maletas. 


Estaré en otro país. Yo, el inmigrante blanco, la nueva sensación del mundo.
Desembarcaré en pisos compartidos, en cenas rápidas, en trabajos de toda índole. En cocinas, en oficinas, en tiendas, contestando teléfonos, soportando órdenes. 
En idiomas que no conoceré, pero aprenderé más rápido de lo que nunca me pensé capaz.


Antes de dormir, lloraré por volver a España. Otras noches, llegaré tan cansado de trabajar, que llorar será ese lujo que aplazar para el día libre.
Las noticias que lleguen no serán buenas. Y regresar se hará cada vez más imposible.
- El país se cayó al retrete y tiraron de la cadena - me contarán. Muchos dirán que me fui en el momento preciso.
En los pubs gays, los hombres me preguntarán de dónde soy y subirán la ceja con admiración, con conocimiento, con interés, con la necesidad de contar que estuvieron allí de vacaciones, que tienen amigos, que les encanta. 
Y dirán que sí, que, definitivamente, parezco muy español. 


¿Encontraré en alguno de esos hombres lo que nunca he encontrado?
Habrá tiempo, muchísimo tiempo. Hasta para que las noches sean tranquilas y las prioridades, otras. 


Pero nunca parará mi migración. Caminaré por calles, conoceré mucha gente, me quedaré solo. Al final, la misma historia. 
En un alto del camino, estaré en la terraza de una cafetería, frente a un señor importante que leerá atentamente mis escritos. 
En ese momento, miraré a cámara y diré:
- No le gusta. Es lo que pasa cuando eres escritor y cambias de país. En otra lengua, no eres bueno.


¿Dónde acabarán mis días? 
Agarrado a las rejas de una prisión, bebiendo en un parque, viendo la televisión con un grave problema de obesidad, cambiando de postura para no dormirme en el vagón de un metro interminable. 
Agarrado a una escopeta Benelli, con los ojos cerrados y rezando a Dios y todos los santos, mientras el mundo se va al carajo tras un pinturero Apocalipsis nuclear. 
O en el set de una película porno, mirando a cámara, entre jadeos y sufrimiento, para aspirar a decir: 
- En realidad, me gusta mi trabajo.


Vendiendo cocaína, como mi pobre Said, pero con miedo, con vergüenza, con la sensación de que todo se desmoronará en un segundo. 
O simplemente muerto, por cualquier circunstancia.
De nuevo, a cámara:
- Me morí, ¿qué quieres? Es lo que hace la gente.


Si sigo vivo lo suficiente, llegarán esos días. Esos días en que piense, ame, ría, diga cosas bonitas en otro lenguaje, dentro de otra forma de vivir, bajo otro modo de entender el mundo.
Me habré olvidado de mi país, de volver a él, de recuperarlo. Porque su recuerdo será dolor. Y, como todo dolor, un día se acabó.
Tendré novios, cuidaré perros, descubriré películas, haré footing, iré al médico, compraré los últimos aparatos tecnológicos, bostezaré, apagaré la luz. Sin lágrimas.
Desde algún coche, veré pasar las luces de las farolas, las hojas de los árboles, las avenidas, las calles tristes, las ventanas de los edificios, las horas que marca el reloj, las canciones de la radio, las miradas vacías de los que bajan las persianas para dormir. 
Los días, las décadas. En un segundo, sin darme cuenta.
- Where are you from?
- I'm from the world...


Hasta que una noche fabulosa, tomando un cóctel en un local exquisito, con la plenitud lograda, disfrutando de la paz de mi supervivencia, oiré un murmullo. 
Quizá será una canción, una palabra o un sonido. Tal vez, un olor, un color, un matiz que capture cualquiera de mis sentidos. 
Ese murmullo, cualquiera que sea, se hará atronador en mi cabeza.
Y, de repente, artero e imprevisible, volverá el sentimiento que creía perdido.
Miraré a cámara y acertaré a decirlo:
- Una vez, tuve un hogar.