Mostrando entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de junio de 2014

Ataque de España


Tengo algo horrible que confesarte. El último sábado me dio un ataque de España. Tanto que estuve a punto de arrancarme por Manolo Escobar. Qué ataque de España, te juro que hubiese bailado sevillanas si supiese cómo.
El patriotismo es kitsch, el nacionalismo, una mentira y los sentimientos de pertenencia son la irracionalidad que mata a todas las sinrazones.
Si mi casa se pelea con la del vecino, me pertrecharé en el rellano. Si mi calle juega un partido de fútbol con la avenida de al lado, vestiré los colores de las baldosas del suelo. Si mi pueblo se enfada con otra ciudad, cerraré filas. Si dos islas están nominadas al Oscar, votaré a la mía. Si mi comunidad autónoma desafía una invasión, me vestiré de amarillo, azul y blanco. Si España decide remozar la Armada Invencible, desearé que le vaya mejor esta vez y arrase con esos ínsipidos. 
Si Europa se enfrenta a América, si el Hemisferio Norte se pelea con el Sur, si los homosexuales del mundo se enfrentan a una facción antimaromística comandada por Vladimir Putin, si el planeta Tierra declara la guerra contra los venusianos, si te metes con mi madre. Oh, si te metes con mi madre, simplemente morirás.
Todas las regiones del mundo tienen una relación tensa con el vecino de al lado y también con la capital del país donde viven. Más o menos inventada, más o menos virulenta. Todos somos nacionalistas, de mayor o menor grado, porque nos gusta nuestra madre. Y lo que más se acerque a nuestras casas, será cómodo, reconocible y, según reglas del relax mental, mejor.
Las naciones y las identidades son cosa de alejarse y acercarse. Pero cada hogar tiene su libro de estilo, incluso aunque esté pegado al tuyo. Y un país puede ser radicalmente distinto a otro, incluso si comparten fronteras, o cercano por una cuestión cultural.


De ahí  los ataques de España, de cómo la gente de todas las regiones se anima o se entristece por la Selección Española de Fútbol incluso cuando desea la independencia de cualquier banderita.
De ahí mi ataque de España. Subí al avión y oí hablar el idioma castellano con el momento azafata. Ay, de vuelta a casa. Relax mental, ya no tenía que esforzarme. Según cuentan, esforzarse no es cosa española.


Decía un compañero de piso italiano que no encontraba nada más español que eso de escribir y leer noticias falsas para asegurar las risas, al estilo de "El Mundo Today".
Quizá exprese la verdad de que los españoles preferimos el sentido del humor al sentido de la acción para superar los problemas. 
Mucho me consta que, en todas partes, cuecen habas y reírse del mangoneo institucional no es tan mal asunto. Es una manera de desprestigiarlo y de formar una opinión decodificable. Otros países pasan por el aro, se ponen muy serios y siguen confiando en las bondades de su amado capitalismo. 
En las tierras de los visigodos, la cosa es criticar con gracia.
Y no dejar nada a la imaginación. Me dijeron los europeos que yo era incorregible, porque no me callaba nada. 
Se aventura que es muy español la curiosidad por la vida privada de los demás o la franqueza en temas picantes.
Será porque me cuesta creer que sólo nos interese a nosotros lo que hace el vecino, pero pienso que es una cuestión de expresividad. 
Yo pregunto lo que otros quieren saber, esos que, bajo reglas de estricta educación, se muerden las uñas en lugar de cuestiones directas. 
Ahora que discurro, no sé si ser indiscreto y no pedir perdón por ello es ser muy español o muy Josito Montez. Tendré que preguntarle a Sara Carbonero.


¿Existe España?, se preguntan los que han hablado de la marca España y toda esa mierda, que suena a desarrollismo de los años sesenta con suecas en bikini y necesidad de ganar Eurovisión. 
Como todos los objetos de estudio, es una cuestión de comprimir lo incomprimible para que sea más fácil de entender. Y, tras años de españolismo político y multimedia, la gente reacciona cuando oye viva España. O lo repite con entusiasmo o se asquea o se parte de risa. Supongo que esa tricotomía de reacciones es lo que mejor define a España. Unos se pirran por la palabra, otros no llorarán si se parte en trocitos, los mejores escribirán una noticia de coña sobre el tema. 
Hoy es un día de España, porque la realeza borbónica se ha puesto de tiros largos y sucesión cantamañesca. La borbonidad del sistema fue la manera que encontró el país en 1978 para simbolizar la unión. Una cosa medieval, remozada para la ocasión. Aquello de un rey, una tierra. Es un señor investido de la gracia de Dios lo único que puede representar una unificación que sólo existe en las ideas. Que de esa frontera para acá, tenemos que vivir del mismo modo, porque lo dice Dios y a ese no se le contesta. 
El porqué de esa frontera lo remonta usted a la propia Historia y sus locuras. Aquello es lo perdimos, esto es lo que conservamos. Quédese con la idea de que no toda la Península Ibérica es España, pero sí unas islas y unas ciudades en sitios variopintos.


Levantaba también la curiosidad entre mis internacionales compañeros de piso que a los españoles no nos guste el cine español, por regla general. Que, por ejemplo, pensamos que Penélope Cruz es una matada y Almodóvar, un pesado.
Un profesor mío aseguraba que ese presunto odio obedecía a una campaña de desprestigio por parte de cierta prensa - irónicamente, la más derechona, rancia y españolista - y también a la mala imagen que dio aquella época de cine basura y de destape. Esa idea repetida de que en todas las películas españolas salen tetas. 
¿Somos malos para vernos reflejados en las pantallas, especialmente cuando la cosa se pone hiperdramática? ¿O es una cuestión de pura preferencia por Hollywood y, de nuevo, no somos los únicos de esta Tierra? 
El éxito inesperado, aunque perfectamente explicable, de "Ocho Apellidos Vascos" expresa la máxima: por favor, risas.
Que el cine español sólo pueda ser gracioso es deprimente, especialmente porque hay tantas grandes películas producidas en este país - algunas que se comen con sopas con ondas a muchas norteamericanas que tratan de los mismos temas - y no han necesitado de ser básicas para llegar a donde querían llegar. 


Quizá el problema es que el cine español de los últimos tiempos está hecho por gente privilegiada de Madrid y el resultado sea pijo, autoconsciente de importancia y falto de verdadero contacto con el público al que va dedicado. En todo caso, la respuesta auténtica y justa son las argucias del imperio hollywoodiense que todo lo devora, lo asimila y lo globaliza a su antojo.
Y España, ¿dónde queda España?, preguntaría una señora de la calle, indignada, con un severo ataque de España. 
¿Por qué no corrían ayer los futbolistas? ¿Por qué la asistencia popular a la Plaza de Oriente para ver a Felipe VI ha sido, digamos, discreta? 
España es cosa vieja, como usted, señora. Ser españolista no es ser franquista, aunque durante mucho tiempo ha sido inevitable la asociación. Pero ser españolista es negar la verdad de que los países son ilusiones, cada vez más ilusas, en mundos globalizados, donde unas sociedades producen lavadoras, otras las compran y se endeudan hasta el cuello, y otras funcionan como vertederos y requisorios de mano de obra baratérrima para producir más lavadoras. 
España forma parte del paraje del medio y la situación económica no se explica sólo por la supuesta vagancia de sus habitantes o por la corrupción política, sino, ante todo, porque el mondo económico la ha colocado en ese lugar: consumista, derrochador, hipotecador, desinteresado, jocoso, incapacitado de reaccionar ante el desastre.


Diga "viva España", si quiere, como consuelo del dicharachero espíritu de un país jodido ante la revelación de que ahora no es más que un integrante de la peor parte del imperio europeo - ese imperio que ha sido la mentira más gorda de todas -, pero aquello de "Santiago y cierra España" reservélo usted para sus recreaciones de películas de Cifesa y otros ataques de España en la intimidad.
La cerradura no existe. Sólo simbología para la ocasión, licencias de identidad y el camino lleno de imponentes molinos que parecen monstruos.
Ese mismo camino que le queda para llegar hasta su casa. Cuando llegue, diga "viva mi alfombra", por favor.

jueves, 12 de junio de 2014

Historia de Tres Ciudades



"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. 
La edad de la sabiduría y también la de la locura; 
la época de la fe y de la incredulidad; la era de la luz y las tinieblas; 
la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. 
Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; 
caminábamos hacia el Cielo y nos perdíamos hacia el Infierno..."

Charles Dickens, "Historia de Dos Ciudades"


Todo lo poseo y no tengo nada, camino hacia el Cielo y me pierdo hacia el Infierno, digo para refutar la idea del post de ayer: sólo soy capaz de entenderme de una manera melodramática. Es el mejor modo que tengo de conciliar el sueño.
Hablando de sueños, precisamente en ellos empezaría mi historia de las tres ciudades. 
En algunas ocasiones, sueño que ando por calles de las ciudades en las que he vivido. Pero son calles por las que no he caminado con frecuencia en la realidad, por las que me perdería. Lugares que parecen reclamar mi visita sólo cuando estoy durmiendo. Quizá en esas calles poco transitadas por mí encontraría lo que no he encontrado. O son un simple símbolo de inseguridad, esa sensación que atenaza en toda pesadilla. Además de caminar por esas calles ignoradas, también me sueño conduciendo por carreteras, agarrando el volante, sabiendo que no pasará nada si mantengo la calma, sigo adelante y voy en línea recta. Gran sueño de inseguridad para mí, sin duda, que no tengo ni idea de conducir un coche.


Sí, he vivido en tres ciudades. Veintidós años en La Laguna, diez años en Madrid, un mes y medio en Londres. 
Llamar ciudad a mi La Laguna da un poco de risa en comparación con las otras dos. Pero yo crecí pensando que era una ciudad. De hecho, la gente que vive en La Laguna cree que vive en una ciudad. Quizá porque tampoco es exactamente un pueblo. No todo el mundo se conoce, hay barrios, servicios municipales e incluso algunas avenidas donde el tráfico se detiene y comienzan las bocinas. 
Es de los lugares más fríos de las islas Canarias y las nubes sempiternas que cubren sus tardes le han valido el apodo de Mordor, especialmente vista su bruma al subir por la autopista desde la soleada Santa Cruz.
La Laguna vive entre la universidad y los bares, entre las plazas y el mercado, entre las calles solitarias y las casas antiguas, tan jodidamente hermosas. 
La gente es cálida, sonriente, saludable, pero también envidiosa e incluso arrogante. 
Te mira con susto y guarda una opinión sobre ti. Si no tiene ganas de saludarte, dejará de hacerlo un día y ya no lo hará más. 
Es bruta, pero se las da de fina. Si anoche te emborrachaste con ellos, ya eres su amigo. Acudirán a ti con los brazos abiertos. En definitiva, es como yo.
Si vas a La Laguna, tomaremos un cortado por la tarde, nos emborracharemos por la noche y volveremos a casa, caminando, maldiciendo el frío húmedo de ese lugar de clima extraño y cambiante, sólo posible por estar en altura, con el Atlántico en furia creciente, encima de una laguna perdida que le dio su nombre, entre las casonas de gente que se piensa aristócrata y los pisos de estudiantes de todos los lugares del archipíélago.
Entre el día que mis padres se conocieron, se casaron y la eligieron como el sitio donde trabajar, crecer y vivir para siempre. 
Entre los días en los que yo nací y las noches en las que me fui.


Hace diez años que marché de La Laguna y, cuando he vuelto en semanas sueltas por vacaciones, apenas la he mirado con mucho detenimiento. 
Si comprobé que había cambiado mucho. De repente, actividades culturales, rincones encantadores. La vieja ciudad fría y dormida se hacía repentinamente moderna, inquieta. ¿Será verdad o será un espejismo?
Yo he odiado La Laguna, pero sin demasiada dedicación. Ha sido más bien un desentendimiento. Yo no puedo vivir aquí, decía. La verdad es que no he podido vivir con mi familia, que es distinto. 
Pensé que el amor estaba en otra parte, hice caso a los que me dijeron:
- Josito, tú aquí no tienes nada que hacer, vete fuera.
Y lo hice. 
Cuando me recuerdo con veintidós años, maletas enormes, en el aeropuerto de Barajas, despertado a un frío distinto, seco de necesidad, apabullante de vaho, sólo puedo enternecerme. Creía que lo sabía todo, creía que iba directo al Cielo. 
Y me enamoré de Madrid hasta el tuétano. Lo pasé fatal los primeros meses y no me rendí ni un segundo. Era el desafío y la promesa, era el lugar temible pero también extrañamente hogareño. Sentía que me dirigía a alguna parte.


Esa década en Madrid ha sido la vida, incluso hasta cuando le di la espalda. Madrid fue todo. Siento ahora mismo el viento en la cara de cuando llegó el primer metro al que me subí tanto como la pared en mi espalda donde me arrinconaban los caballeros en el bar de ligoteo.
Oh, echo de menos Madrid. Anoche soñé que volvía a Madrid, sí. Pero echo de menos el Madrid de antes, el previo a la crisis, el fiestero, el que estaba vivo. Quizá eche de menos al Josito de entonces, tal vez sólo vivo en el peor de los tiempos. 
¿Es incorrecto echar de menos la prosperidad, el derroche, los días buenos, esos que fueron los culpables del descalabro económico? Es inevitable. Y tengo la sensación de que las cosas no volverán a ser las mismas, ni incluso aunque el mundo se recupere el día de mañana de esta interminable crisis. Los años veinte no volvieron nunca. Madrid, mi Madrid, preveo que tampoco.


El desencanto por una ciudad me llevó a buscar otra, que se las prometía formidable e insuperable. Pero usted no puede olvidar a un gran amor con un repuesto mecánico. 
Y, menos, con una ciudad tan complicada como Londres, la tercera en discordia, la que no odiaré ni amaré. Un mes y dos semanas no es nada. 
Me reservaré la opinión sobre este monstruo, porque entiendo que tiene sus fans. Aún es pronto para entender cuál es el significado de esta ciudad en mi vida. ¿Un error por la precipitación? De manera optimista, una extraordinaria parada en el camino, que me dirigió a donde quería ir, que me puso en evidencia desde que me echó el ojo, que no era lo que buscaba, que quizá haya más suerte la próxima vez.


Esta historia de tres ciudades termina con la elección inevitable de una de ellas. Al menos, por hoy, porque tengo la sospecha de que no voy a parar de hacer maletas en toda mi vida. Este culo mío nació para la inquietud.


Mientras decido sobre mis decisiones, esta historia de tres ciudades terminará en la primera. Exactamente lo que he temido todos estos años: volver a La Laguna. 
Estoy aterrorizado en muchos aspectos y lógicamente frustrado, pero también siento una extraña tranquilidad. Siento la brisa de un sitio tan limpio y bonito. Tengo más amigos y gente querida allí que en ningún otro lugar del mundo. Me he perdido tantas cosas. Bebés que han nacido, padres que han envejecido, 
El otro día una amiga de la isla me dijo: "Llevamos mucho tiempo buscando nuestros sueños en otra parte y, a veces, están al lado de casa".
Cómo me hizo pensar la muy puñetera. En La Laguna, no todos se conocen. Yo no los conozco a todos. Hay calles que nunca he caminado.


¿Es La Laguna el lugar donde escribir una novela, donde empezar otra vez, donde hacer una parada y tomar fuerzas para buscar la cuarta ciudad? ¿Es la ciudad donde vivir para siempre, donde todo será más fácil, más barato? 
Es la ciudad donde tener aquello que nunca he tenido: paciencia, bendita paciencia. Es el sitio donde encontraré la tranquilidad o donde entenderé que eso no existe. 
La Laguna es mi hogar, o uno de los muchos hogares que puedo crear, recortar, imaginar, soñar y tropezar para levantarme de nuevo. Regresaré a mi casa y haré lo posible para hacerle volver, decía la O'Hara. Yo lo haré para hacerme volver. 
He fracasado, he sucumbido, me he equivocado, me he dormido en los laureles, he perdido frente a mi pereza y bajo la crisis. Sí, y hoy me he dado cuenta. En la tercera ciudad. Oh, ya va cobrando sentido.
El sábado vuelvo a La Laguna, porque no me queda otro remedio, porque lo poseo todo y no tengo nada, porque me desvié en el camino al Cielo, porque es lo mejor y lo peor que puedo hacer, porque no soy el único, porque quiero que lo entiendas, porque quiero ignorar a los que me juzgan.


Porque quiero conciliar el sueño esta noche, convencido de que hago lo correcto, para soñar con las calles que no he caminado, esas que dan miedo, esas que cuentan las historias de todas las ciudades del mundo.
Esas calles donde paseas tú y donde debo encontrarte, amor de mi vida.

jueves, 11 de abril de 2013

Álex González

 
Hace muchos años, diríase una eternidad, cierto productor ejecutivo - por entonces, mi jefe - parloteaba y parloteaba, como solía ser costumbre. Entre el parloteo, aseguró que el tremendo cuerpo del por entonces incipiente Álex González era cosa de él.
- Yo lo puse así - decía - Lo conminé a dieta y entrenador personal. Y, al final, ya lo ves: cara de niño y cuerpo para el pecado.


En aquel tiempo, Álex había sustituido a Miguel Ángel Silvestre en la serie "Motivos Personales", los Goya lo nominaron como actor revelación y la prensa le tenía bien echado el ojo a raíz de su romance con la cantante Chenoa.


Y, tantos años después, tras sobrevivir a todo ello, pasar por toda la retahíla de series patrias, aparecer en las películas contadas y trabajar más que casi ninguna otra persona en este país, Álex sigue teniendo cuerpo para el pecado, pero ya no es ningún niño. 
Ahora es un hombre. Para mí, el actor más guapo de este país, con diferencia.


Siempre fue un bellérrimo soso, destinado como otros sosos bellérrimos a ser galán para casi cualquier empeño. Se lo podía ver en la sobremesa, en el primetime, en el penúltimo estreno. 



Como muchos actores jóvenes de este país, la dicción ha sido revisable. Como todos los actores, el tiempo lo hace mejor. Y, como los guapos de verdad, los años no pasan por él, sólo lo besan apasionadamente.


Hollywood, con la mira en la belleza, convoca a la gente guapa de este país de tanto en tanto, se llame Sara o se llame Álex. 
Y éste tuvo la relativa suerte de participar en blockbuster superheroico hace un par de años, bajo el título de "X-Men First Class".


Ríete de la Montiel en "Run Of The Arrow": Álex no abría la boca como Riptide. 
Pero los diálogos de la película no eran precisamente Tennessee Williams, así que nuestro González no se perdió nada y, en cambio, ganó mucho: un destello que poner en su currículum y una melena que sólo le podía quedar tan jodidamente bien a Álex.


Este abril es mes González, porque estrena dos películas, que nos lo traen dramático y cachas, como acostumbra. 
Se llaman "Alacrán Enamorado" y "Combustión", dos pruebas de que el cine español quiere prestar batalla. 
La cosa será cumplir e ir a verlas. Todavía no tengo claro si los títulos son geniales u horrorosos, pero con Álex de por medio, a mí qué me estás contando. 

Combustionado estoy yo

En "Alacrán Enamorado", coincide con Miguel Ángel Silvestre, a quien recasteara en "Motivos Personales". Y los años vuelven a hablar: Álex es más.
Yo le perdono hasta su dudoso gusto por las damas (¿Mónica Cruz? Really?) y le deseo un futuro lleno de triunfos.  


Porque además de oír hace muchos años cosas sobre su cuerpo, también escuché que era un chico estupendo y un buenazo.
Entre todas esas facciones distintivas que hacen su rostro sexy e hipnótico, se rastrea una sencillez y nobleza, que ríete de la Montiel en "Run Of The Arrow".


Sarita, Álex. Otra cosa, no, pero gente guapa y divina en este país, somos legión. Será cuestión de pasear a los productos patrios por "Imitación A La Vida" con mayor frecuencia y eterna prestancia. Go Spain!

miércoles, 8 de agosto de 2012

Murmullo


Miro a cámara y, a un público imaginario, hoy digo:
- Escribo tanto sobre ironías, porque mi vida está llena de ellas.
Esta mañana, he tratado de concentrarme en una hoja de papel, donde "administraciones públicas" aparece pomposamente escrito como "Administraciones Públicas". Donde se trata al Estado como un armónico benefactor. Donde faltan puntos y sobran obviedades. 
Una hoja donde me pierdo, a cada momento, buscando un motivo para escapar de ella. ¿Qué habrán escrito en el Facebook? ¿Será instante para otro café? ¿O mejor para una paja a la salud de Trystan Bull?


He de estudiar sobre el funcionamiento de algo que funciona mal y, según las noticias que se publican a diario, funcionará peor. 
Un buen día de hace dos años, se me ocurrió la brillante idea. "Josito, olvídate de esperar a que caiga la manzana, estudia oposiciones, consigue estabilidad y no te preocupes: el trabajo público te dejará tiempo para escribir". 
Ahora, como otra ironía, esa brillante idea no será tan brillante. Sólo un matiz de gris dentro del mayor agujero negro.


Como rareza en un panorama de recortes y cancelaciones, mi oposición ha seguido adelante. Al menos, por ahora.
El 11 de octubre, estaré en una sala atestada de gente de todas las edades. Muchos con desesperación, porque será la última oportunidad para ellos. 
Sus caras serán sordas súplicas, dirigidas a mí.
Lo veré en sus expresiones, en sus dedos tamborileando en la mesa, en sus miradas de ansia y tristeza. Ellos necesitan esa plaza en el Ayuntamiento, mucho más que yo. Tienen hijos, son mayores, ya no pueden dar marcha atrás ni acometer un giro titánico para salvar esos barcos que son sus vidas.
Si no aprueban, sus existencias serán una puta basura.
- Dales una oportunidad - me dirá la conciencia - Date una oportunidad.


Me levantaré y me marcharé, sin siquiera mirar las preguntas del test. 
Llegaré a casa y haré las maletas. 
Y, mientras el avión despega, invocaré la esperanza de que, algún día, el país se arregle. Que sea bonito, que no sufra, que viva. Que se mantenga inconsciente, exuberante, absurdo. Como yo.
Pasarán las horas y caeré dormido en el avión, mientras me atreveré a soñar con un campo de tulipanes.
Cuando llegue al aeropuerto de destino, mi equipaje no saldrá en la cinta transportadora. En el momento en que presente la reclamación, no podré predecir que jamás recuperaré las maletas. 


Estaré en otro país. Yo, el inmigrante blanco, la nueva sensación del mundo.
Desembarcaré en pisos compartidos, en cenas rápidas, en trabajos de toda índole. En cocinas, en oficinas, en tiendas, contestando teléfonos, soportando órdenes. 
En idiomas que no conoceré, pero aprenderé más rápido de lo que nunca me pensé capaz.


Antes de dormir, lloraré por volver a España. Otras noches, llegaré tan cansado de trabajar, que llorar será ese lujo que aplazar para el día libre.
Las noticias que lleguen no serán buenas. Y regresar se hará cada vez más imposible.
- El país se cayó al retrete y tiraron de la cadena - me contarán. Muchos dirán que me fui en el momento preciso.
En los pubs gays, los hombres me preguntarán de dónde soy y subirán la ceja con admiración, con conocimiento, con interés, con la necesidad de contar que estuvieron allí de vacaciones, que tienen amigos, que les encanta. 
Y dirán que sí, que, definitivamente, parezco muy español. 


¿Encontraré en alguno de esos hombres lo que nunca he encontrado?
Habrá tiempo, muchísimo tiempo. Hasta para que las noches sean tranquilas y las prioridades, otras. 


Pero nunca parará mi migración. Caminaré por calles, conoceré mucha gente, me quedaré solo. Al final, la misma historia. 
En un alto del camino, estaré en la terraza de una cafetería, frente a un señor importante que leerá atentamente mis escritos. 
En ese momento, miraré a cámara y diré:
- No le gusta. Es lo que pasa cuando eres escritor y cambias de país. En otra lengua, no eres bueno.


¿Dónde acabarán mis días? 
Agarrado a las rejas de una prisión, bebiendo en un parque, viendo la televisión con un grave problema de obesidad, cambiando de postura para no dormirme en el vagón de un metro interminable. 
Agarrado a una escopeta Benelli, con los ojos cerrados y rezando a Dios y todos los santos, mientras el mundo se va al carajo tras un pinturero Apocalipsis nuclear. 
O en el set de una película porno, mirando a cámara, entre jadeos y sufrimiento, para aspirar a decir: 
- En realidad, me gusta mi trabajo.


Vendiendo cocaína, como mi pobre Said, pero con miedo, con vergüenza, con la sensación de que todo se desmoronará en un segundo. 
O simplemente muerto, por cualquier circunstancia.
De nuevo, a cámara:
- Me morí, ¿qué quieres? Es lo que hace la gente.


Si sigo vivo lo suficiente, llegarán esos días. Esos días en que piense, ame, ría, diga cosas bonitas en otro lenguaje, dentro de otra forma de vivir, bajo otro modo de entender el mundo.
Me habré olvidado de mi país, de volver a él, de recuperarlo. Porque su recuerdo será dolor. Y, como todo dolor, un día se acabó.
Tendré novios, cuidaré perros, descubriré películas, haré footing, iré al médico, compraré los últimos aparatos tecnológicos, bostezaré, apagaré la luz. Sin lágrimas.
Desde algún coche, veré pasar las luces de las farolas, las hojas de los árboles, las avenidas, las calles tristes, las ventanas de los edificios, las horas que marca el reloj, las canciones de la radio, las miradas vacías de los que bajan las persianas para dormir. 
Los días, las décadas. En un segundo, sin darme cuenta.
- Where are you from?
- I'm from the world...


Hasta que una noche fabulosa, tomando un cóctel en un local exquisito, con la plenitud lograda, disfrutando de la paz de mi supervivencia, oiré un murmullo. 
Quizá será una canción, una palabra o un sonido. Tal vez, un olor, un color, un matiz que capture cualquiera de mis sentidos. 
Ese murmullo, cualquiera que sea, se hará atronador en mi cabeza.
Y, de repente, artero e imprevisible, volverá el sentimiento que creía perdido.
Miraré a cámara y acertaré a decirlo:
- Una vez, tuve un hogar.