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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sucedió En 2014


2014 empezó hace mucho tiempo. Sucedió en un amanecer frío, despertado en un parque, bajo la copa de un árbol, yo, escondido ahí, junto a otro chico con el que acababa de compartir algo más que una conversación. 
Primer drama: no era el hombre con el que quería estar. 
Sucedió en La Laguna, mi ciudad natal, de vacaciones navideñas para ver a la familia. Unos días y volvería a Madrid. 
Entonces todo era aquel chaval de Polonia, que había conocido en Chueca unas semanas antes de la Navidad. No paraba de pensar en él, porque era lo último que había sucedido en el año anterior. Y, allí, en aquel parque, en aquel frío, me prometí:
- No creo que vuelva mucho por La Laguna. Tengo que hacer un plan para no tener que volver. Tengo que irme de España.
En aquellos primeros días del año, vi una película que se titulaba como el brindis que hacía su actor protagonista, el incomparable Fredric March. Se prometía en matrimonio y, consciente de que iba a ser un desastre, decía:
- Alegremente, nos vamos al infierno.


Merrily, we go to hell. Go to hell significa irse a la mierda en una traducción más precisa. 
Así, que alegremente tomé muchas decisiones y levanté la copa, sin calcular dónde pisar el embrague y cómo pisar el freno para no cruzar la línea. En aquellos entonces, yo no sabía nada del freno ni del embrague. 
De vuelta a Madrid, volvieron las mismas complicaciones de siempre, el similar estrés y otro descorazón más a la abultada lista de descorazones. El chico polaco me volvió loco lo justo y necesario para que no hubiera grandes esfuerzos por mi parte por conocer a otro más en todo 2014. 
Agotado de los síes y los noes, los parece que síes y los parece que noes. Ducha de agua fría era el caballero de la Europa del Este en cada una de sus apariciones, pero igual de helado que su país era ese agua que caía en pleno enero en todas mis duchas. El termo, otra vez, roto. 


Comencé a soñar con una ciudad eficiente, limpia, dinámica, con trabajo para todos, que me sacara de la alienación en la que se había convertido mi vida madrileña. Y el sueño se hacía exponencial a medida que pasaban los días.
Días de 2014, cuántas cosas pasaron en ellos.
Me enteré que mi vecino era actor porno gay, que no había mejor manera de empezar el día que con las locas noticias de El Mundo Today o que servidor guarda un sospechoso parecido con el actor del cine mudo Richard Barthelmess. 


De pronto, 2014 se conjugó con Londres, con ilusiones, con sombras en la caverna, con pasos hacia adelante. Por fin, tras años de apatía, recibía el saludo de los demás ante mi propia acción. Oh, qué intoxicante fue, qué exacerbador de emociones. 
Si hay algo que he aprendido este año es que cuando todos estén de acuerdo en que es una buena idea, yo debería hacer exactamente lo contrario.
Mucha gente fue a la guerra por hacer caso a sus amigos.


Alegremente, borré todos los subtítulos de las películas para aprender más inglés, mientras regresaba el agua caliente, literal y figuradamente.
Por fin, llegó el día.
Ir a Londres y volver ha sido, sin duda, el acontecimiento de mi 2014, porque narré el antes, el mediante y el después con todo lujo de detalles en el Facebook; la ilusión, el desconcierto, la decepción. En realidad, fue sólo un mes y medio. Nada en comparación con más sucesos, más eventos del año.
Mientras estaba en Londres, me llegaban noticias de partidos políticos nuevos que llegaban para quedarse, de reyes que dejaban la corona en sus primogénitos, de fotos filtradas, de escandalosas revelaciones.
A través de esos parques que parecían producidos por David O. Selznick, caminando por esas calles llenas de comercios en cadena, pasé de la fascinación a la indiferencia en cuestión de una semana. Alegremente, me había ido a la mierda. Porque aquello era justo lo contrario a lo que yo estaba buscando. Y lo que buscaba, queridos seguidores de mi 2014, era detener el grado de estrés que llevaba arrastrando años. Ejem, ese lugar no es el indicado.
Lloré, pero no por nada de lo que me había sucedido - en realidad, nada malo pasó-, sino porque había caído en la trampa de cambiar de marcha sin pisar a fondo el embrague. 
Entonces, no sabía nada de marchas. Sólo que había saltado hacia delante sin saber y aquello era una Nada bien grande. 
Inservible como todas las nadas y agotadora como la peor de ellas.


Alegremente, a la mierda. El plan abortado como la ley del ministro dimitido. 
Is it alright, now that you got what you want?, me cantaba la ELO en los auriculares, allí en el metro, en el autobús y en todos aquellos eternos, adocenantes viajes en el transporte público. La realidad es igual en todas partes, concluí, pero hay sitios en los que es más coñazo que nunca.
Me cansé de dar explicaciones, de pedir afirmaciones ajenas que jamás llegaron y, en el momento más crítico, me pasé los dedos por el cabello mientras me duchaba y oh, terror, se me estaba cayendo el pelo.
Hice las maletas y volví a La Laguna, porque no tenía ganas de hacerme viejo. 
- No creo que vuelva por aquí. - había dicho en enero. En junio, me tragué las palabritas, una a una.
En 2014 me tragué más palabras. Dije que no necesitaba un smartphone y ahora me cuesta entender cómo pude vivir tanto tiempo sin uno. Repudiaba los ebooks y ese Kindle me ha acompañado tantas y tantas veces.
Los subtítulos volvieron, las lecturas regresaron en español. Cuando subí al avión y oí nuestro idioma, por fin, la calma. De vuelta a casa. Sin pensarlo, porque sí.


"Llego con muchos planes, muchos objetivos, muchas cosas que contar", dije al aterrizar. En realidad, estaba pendiente de lamerme las heridas y ordenar la testa. 
Entonces me di cuenta que no sólo tenía que curar ese mes y medio en Londres, sino los diez años en Madrid.
Había pasado mucho tiempo fuera. La salud regresó, el pelo paró de caerse. En verano, encontré la paz necesaria, la comodidad después de años de caminar, caminar, jamás llegar a fin de mes y frustrarme, frustrarme. 
La vida en las grandes ciudades es morderse la cola, es aislarse, es ponerse triste porque sí. Y, en estos tiempos que corren, más que nunca.
Tal vez, un tiempo había terminado. Probablemente, no me quedó otra.


El terror a volver a meterme en una casa con mi familia se disipó pronto, quizá por armarme de paciencia como reflejo instintivo. 
Ahí siguió veloz el 2014, con sus imputaciones por las mañanas, con sus violaciones falsas al alba, con las caras comparadas de Renée Zellweger por las tardes, con la tristeza profunda del perro que asesinaron por aquello del Ébola y la enfermera en las noches de desvelo.
Dimisiones, famosas en la cárcel, una lista inacabable de fallecimientos. Se murió la Temple, se murió el Rooney, se murió la Bacall, se murió la Rainer. Y también el gran maestro de todos, Gabriel García Márquez, y el pequeño maestro mío, Juan Miguel Lamet. 
El año era intenso, lo sabía mientras lo estaba viviendo. Semanas que parecían vidas, donde aprendía y rectificaba al mismo tiempo. En las que creía tener la solución y luego hacía un pfff de contrariedad.
No ha habido recetas que funcionaran ni conclusiones de las que vanagloriarse en este 2014. 
Sólo lo he bailado y ahora saludo al final, con el sombrero de copa al aire.


Dos cosas fueron decisivas a lo largo del verano. Leyendo "El Manantial", de Ayn Rand, comprendí la importancia que le estaba dando a la opinión y aprobación de los demás. No sé si lo he conseguido por completo, pero aseguro que es donde más lejos he llegado en este año. Me importa un huevo como norma general.
Y, en "Mamma Roma", esa frase que dice la Magnani: "Como acabes, es culpa tuya". De nada ni de nadie más. 
Contó mi existencia y la de tantísimos. Años elaborando listas de a quiénes echar la culpa, cuando sólo hay que hacer listas de maromos, películas por ver y nuevas heridas que lamer.


Será por Ayn Rand pero acabó mi verano con la victoria de los objetivos, eso que está tan de moda ahora. 
No hay trabajo, así que márcate objetivos tales como saltar a la comba o recitar el alfabeto cirílico con un chupa-chups en la boca. Qué triste evangelio ese. Oh, dame trabajo y acaba con este sufrimiento.
Mis objetivos han sido aprender a conducir e ir al gimnasio, dos cosas que nunca pude hacer en Madrid, porque era altamente improbable que agarrara un coche en plena metrópolis y altamente imposible que me llegara el dinero para costearme autoescuelas y centros del culticuerpo. 
Los imaginé como los dos objetivos a cumplir para salvar el honor de este 2014, pero me ha dado por pensar que lo hago porque lo hago, porque está bien y porque sí, y no para colocarme medallitas, ni decir "mira, mira, con lo inútil que era, ahora cambio a tercera con soltura y hago lumbares desafiando el vértigo".
Como dije el otro día en Facebook, este año brindo porque demostré mi propia incapacidad para hacer muchas cosas y me alegro, porque no me perdí a mí mismo ni caí preso de los cantos de sirena. Brindo por lo que no hice, porque lo que no empecé y por lo que dejé a medias. Detesto el "tú puedes", sí.
Cuán de moda ha estado el podemos y otras formas de posibilismo en 2014. Yo puedo hacer unas cosas, y otras, no. Es la certeza en un año sin verdades absolutas.


Y, oh, los dos empujones que he recibido este 2014.
Uno, de un tipo que estaba de jefe de voluntarios en un festival al que me apunté en Londres, y el segundo, del brutísimo monitor de mi primer gimnasio.
En las dos ocasiones, fue como salirse de la escena y mirarla atónito. En las dos ocasiones, sonreí por no llorar, me di la vuelta y no volví. Lo que me arrepiento es haber dudado de si debía haberlo aguantado.
Sucedió en 2014, cuando pensaba que estaba en el camino y, algo, de repente, me decía que no andaba bien situado. Me volví loco un segundo, lo resolví al siguiente, regresé a mi carril.
No está mal dejar las cosas, abandonarlas, decir que no las vas a hacer porque no quieres, porque no son lo tuyo, porque no te dan la puta gana, pero lo apropiado es saltar de inmediato a otro quehacer, sin perder el empuje, sin dormirse. Y, así, me falló el primer gimnasio, acerté de lleno con el segundo.
Me fallaron muchas ciudades, pero caí en una que es mi casa, con todo lo que significa. Y volver ha sido bueno, ha sido triste, ha sido alegre. 
Alegremente, guardé la maleta y dejé que cogiera polvo. 
Volver a casa ha sido reencontrarme con muchas cosas, claro. Algunas que no puedes recuperar porque el tiempo pasó, otras que hablan de las limitaciones de este lugar - ¡¿dónde coño están los bares de maricones?! -, aunque el regreso ha sido beneficioso para mi salud, mi tranquilidad y el inevitable ajuste de cuentas conmigo mismo.
Y siempre he tenido el cine y las series, desde "Lo Importante es Amar" hasta "Johnny Apollo", desde "House of Cards" hasta mi maravillosa revisión de "Doctor en Alaska". Pantallas hermosas de mi vida.


La continua vivencia de experiencias no es tan decisiva como el provecho que se saque de ellas y me atrevo a decir que, en este 2014, tremendo él, el año y yo nos hemos entendido a la perfección en ese sentido. 
Lo empecé echando un polvo en el parque y lo termino aprendiendo a aparcar en cuestas. No sé si me gusta la progresión, pero me divierte muchísimo. Porque la vida me sorprende, tanto para bien como para mal, y. en todos los caminos que he recorrido, no he perdido la capacidad de llorar, ni de desesperarme y ni confiar en un mañana mejor, más emocionante, acompañado de un caballerete que me adore y un montón de dinero con el que disfrutar de lo lindo.
Lo único que me cuesta ajustar del 2014 es lo intermitente que se ha vuelto mi publicación bloguera. Los viajes y los súbitos cambios de horario han sido letales y seguros propiciadores de bloqueos creativos. Cuando vuelvo a estas letras, es cuando me doy cuenta de lo mucho que lo echo de menos y de lo tantísimo que hace por mí. 
Es un lujo que me entrego, es otra casa a la que no paro de volver. Y, en este último retorno, han regresado también las buenas visitas. Aquí y en El Tercer Secreto. Es el auténtico broche de oro de este 2014 de idas y venidas.


Escribir, escribir. Dudo de todo en este Fin de Año, pero escribir una novela sigue siendo el axioma. ¿Era ese el único objetivo? ¿Era ese el lugar al que tenía viajar? Claro que sí. Brindaré por más palabras, por mejores éxitos, brindaré por hacer lo que realmente quiero hacer. Lo que sí puedo. 
Amigo, me voy de 2014 sin planes laborales, sin encantos sentimentales y sin un duro en el bolsillo. Todo lo que le pedí al año no lo conseguí, pero logré tantísimo a cambio. 
Viví y no imité a la vida más de lo necesario. Conocí compañeros de piso que se convertían en amigos y me recordaban que ser sociable y encantador no me cuesta nada.
Lo conté todo en Facebook y lo seguiré contando. Todo sobre Madrid, Londres, La Laguna, las tres ciudades. Y todo sobre mi búsqueda, pasándome de la raya o quedándome corto, sin controlar el vehículo del futuro, mientras las cosas simplemente suceden y me enseñan el valor con el que me voy a otro año: la paciencia. 
Sucedió en 2014, el año en que conseguí despertarme antes de las doce todos los días, apretar el acelerador de mi existencia y echarme en el sofá a ver otra película sin temor de ser juzgado por nadie. 
A 2015 no le pido nada, sólo más vida. Como toda la que me ha ofrecido este maravilloso, terrorífico 2014. 
Alegremente, me fui a la mierda, pero, coño, qué gran año. 


Y, para ti, querido lector, mi amor por tus ojos atentos ha sido la constante, lo que permanece tal y como estaba hace doce meses.
Feliz Año Nuevo, y ahora alzo la copa por ti y por un saludable 2015 que nos mantenga juntos y, sobre todo, revueltos.

jueves, 12 de junio de 2014

Historia de Tres Ciudades



"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. 
La edad de la sabiduría y también la de la locura; 
la época de la fe y de la incredulidad; la era de la luz y las tinieblas; 
la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. 
Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; 
caminábamos hacia el Cielo y nos perdíamos hacia el Infierno..."

Charles Dickens, "Historia de Dos Ciudades"


Todo lo poseo y no tengo nada, camino hacia el Cielo y me pierdo hacia el Infierno, digo para refutar la idea del post de ayer: sólo soy capaz de entenderme de una manera melodramática. Es el mejor modo que tengo de conciliar el sueño.
Hablando de sueños, precisamente en ellos empezaría mi historia de las tres ciudades. 
En algunas ocasiones, sueño que ando por calles de las ciudades en las que he vivido. Pero son calles por las que no he caminado con frecuencia en la realidad, por las que me perdería. Lugares que parecen reclamar mi visita sólo cuando estoy durmiendo. Quizá en esas calles poco transitadas por mí encontraría lo que no he encontrado. O son un simple símbolo de inseguridad, esa sensación que atenaza en toda pesadilla. Además de caminar por esas calles ignoradas, también me sueño conduciendo por carreteras, agarrando el volante, sabiendo que no pasará nada si mantengo la calma, sigo adelante y voy en línea recta. Gran sueño de inseguridad para mí, sin duda, que no tengo ni idea de conducir un coche.


Sí, he vivido en tres ciudades. Veintidós años en La Laguna, diez años en Madrid, un mes y medio en Londres. 
Llamar ciudad a mi La Laguna da un poco de risa en comparación con las otras dos. Pero yo crecí pensando que era una ciudad. De hecho, la gente que vive en La Laguna cree que vive en una ciudad. Quizá porque tampoco es exactamente un pueblo. No todo el mundo se conoce, hay barrios, servicios municipales e incluso algunas avenidas donde el tráfico se detiene y comienzan las bocinas. 
Es de los lugares más fríos de las islas Canarias y las nubes sempiternas que cubren sus tardes le han valido el apodo de Mordor, especialmente vista su bruma al subir por la autopista desde la soleada Santa Cruz.
La Laguna vive entre la universidad y los bares, entre las plazas y el mercado, entre las calles solitarias y las casas antiguas, tan jodidamente hermosas. 
La gente es cálida, sonriente, saludable, pero también envidiosa e incluso arrogante. 
Te mira con susto y guarda una opinión sobre ti. Si no tiene ganas de saludarte, dejará de hacerlo un día y ya no lo hará más. 
Es bruta, pero se las da de fina. Si anoche te emborrachaste con ellos, ya eres su amigo. Acudirán a ti con los brazos abiertos. En definitiva, es como yo.
Si vas a La Laguna, tomaremos un cortado por la tarde, nos emborracharemos por la noche y volveremos a casa, caminando, maldiciendo el frío húmedo de ese lugar de clima extraño y cambiante, sólo posible por estar en altura, con el Atlántico en furia creciente, encima de una laguna perdida que le dio su nombre, entre las casonas de gente que se piensa aristócrata y los pisos de estudiantes de todos los lugares del archipíélago.
Entre el día que mis padres se conocieron, se casaron y la eligieron como el sitio donde trabajar, crecer y vivir para siempre. 
Entre los días en los que yo nací y las noches en las que me fui.


Hace diez años que marché de La Laguna y, cuando he vuelto en semanas sueltas por vacaciones, apenas la he mirado con mucho detenimiento. 
Si comprobé que había cambiado mucho. De repente, actividades culturales, rincones encantadores. La vieja ciudad fría y dormida se hacía repentinamente moderna, inquieta. ¿Será verdad o será un espejismo?
Yo he odiado La Laguna, pero sin demasiada dedicación. Ha sido más bien un desentendimiento. Yo no puedo vivir aquí, decía. La verdad es que no he podido vivir con mi familia, que es distinto. 
Pensé que el amor estaba en otra parte, hice caso a los que me dijeron:
- Josito, tú aquí no tienes nada que hacer, vete fuera.
Y lo hice. 
Cuando me recuerdo con veintidós años, maletas enormes, en el aeropuerto de Barajas, despertado a un frío distinto, seco de necesidad, apabullante de vaho, sólo puedo enternecerme. Creía que lo sabía todo, creía que iba directo al Cielo. 
Y me enamoré de Madrid hasta el tuétano. Lo pasé fatal los primeros meses y no me rendí ni un segundo. Era el desafío y la promesa, era el lugar temible pero también extrañamente hogareño. Sentía que me dirigía a alguna parte.


Esa década en Madrid ha sido la vida, incluso hasta cuando le di la espalda. Madrid fue todo. Siento ahora mismo el viento en la cara de cuando llegó el primer metro al que me subí tanto como la pared en mi espalda donde me arrinconaban los caballeros en el bar de ligoteo.
Oh, echo de menos Madrid. Anoche soñé que volvía a Madrid, sí. Pero echo de menos el Madrid de antes, el previo a la crisis, el fiestero, el que estaba vivo. Quizá eche de menos al Josito de entonces, tal vez sólo vivo en el peor de los tiempos. 
¿Es incorrecto echar de menos la prosperidad, el derroche, los días buenos, esos que fueron los culpables del descalabro económico? Es inevitable. Y tengo la sensación de que las cosas no volverán a ser las mismas, ni incluso aunque el mundo se recupere el día de mañana de esta interminable crisis. Los años veinte no volvieron nunca. Madrid, mi Madrid, preveo que tampoco.


El desencanto por una ciudad me llevó a buscar otra, que se las prometía formidable e insuperable. Pero usted no puede olvidar a un gran amor con un repuesto mecánico. 
Y, menos, con una ciudad tan complicada como Londres, la tercera en discordia, la que no odiaré ni amaré. Un mes y dos semanas no es nada. 
Me reservaré la opinión sobre este monstruo, porque entiendo que tiene sus fans. Aún es pronto para entender cuál es el significado de esta ciudad en mi vida. ¿Un error por la precipitación? De manera optimista, una extraordinaria parada en el camino, que me dirigió a donde quería ir, que me puso en evidencia desde que me echó el ojo, que no era lo que buscaba, que quizá haya más suerte la próxima vez.


Esta historia de tres ciudades termina con la elección inevitable de una de ellas. Al menos, por hoy, porque tengo la sospecha de que no voy a parar de hacer maletas en toda mi vida. Este culo mío nació para la inquietud.


Mientras decido sobre mis decisiones, esta historia de tres ciudades terminará en la primera. Exactamente lo que he temido todos estos años: volver a La Laguna. 
Estoy aterrorizado en muchos aspectos y lógicamente frustrado, pero también siento una extraña tranquilidad. Siento la brisa de un sitio tan limpio y bonito. Tengo más amigos y gente querida allí que en ningún otro lugar del mundo. Me he perdido tantas cosas. Bebés que han nacido, padres que han envejecido, 
El otro día una amiga de la isla me dijo: "Llevamos mucho tiempo buscando nuestros sueños en otra parte y, a veces, están al lado de casa".
Cómo me hizo pensar la muy puñetera. En La Laguna, no todos se conocen. Yo no los conozco a todos. Hay calles que nunca he caminado.


¿Es La Laguna el lugar donde escribir una novela, donde empezar otra vez, donde hacer una parada y tomar fuerzas para buscar la cuarta ciudad? ¿Es la ciudad donde vivir para siempre, donde todo será más fácil, más barato? 
Es la ciudad donde tener aquello que nunca he tenido: paciencia, bendita paciencia. Es el sitio donde encontraré la tranquilidad o donde entenderé que eso no existe. 
La Laguna es mi hogar, o uno de los muchos hogares que puedo crear, recortar, imaginar, soñar y tropezar para levantarme de nuevo. Regresaré a mi casa y haré lo posible para hacerle volver, decía la O'Hara. Yo lo haré para hacerme volver. 
He fracasado, he sucumbido, me he equivocado, me he dormido en los laureles, he perdido frente a mi pereza y bajo la crisis. Sí, y hoy me he dado cuenta. En la tercera ciudad. Oh, ya va cobrando sentido.
El sábado vuelvo a La Laguna, porque no me queda otro remedio, porque lo poseo todo y no tengo nada, porque me desvié en el camino al Cielo, porque es lo mejor y lo peor que puedo hacer, porque no soy el único, porque quiero que lo entiendas, porque quiero ignorar a los que me juzgan.


Porque quiero conciliar el sueño esta noche, convencido de que hago lo correcto, para soñar con las calles que no he caminado, esas que dan miedo, esas que cuentan las historias de todas las ciudades del mundo.
Esas calles donde paseas tú y donde debo encontrarte, amor de mi vida.

jueves, 5 de junio de 2014

Así de Loco


Todo es posible en la guerra, dicen.
Los soldados soportan el fuego enemigo tras las trincheras, esperando las órdenes, deseando que acabe el fuego, suspendiendo por un instante el apabullante deseo de volver a casa.
Alguno se volverá loco y cometerá una estupidez. Trepará de entre las trincheras, cargará contra los enemigos y morirá en cuestión de segundos, abatido por los tiros de su decisión. No lo juzgues, entiéndelo. Ese soldado sólo quería que la guerra terminase. Así de loco estaba.
Cualquiera puede convertirse en ese soldado. En realidad, lo somos todos. La presa de nuestras decisiones. Porque lo más terrible de las decisiones es que nacen de una convicción. Una avasallante convicción que nace de esa neblinosa tierra que linda entre el autoengaño y la autoafirmación.


Hoy soy la presa de dos decisiones. La primera, que quiero abandonar Londres y volver a España cuando termine este mes. La segunda, que he de resucitar "Imitación A La Vida".
Ambas cosas son fruto del mismo pensamiento lógico que me llevó a hacer lo contrario hace unos meses. Quizá, entonces, era necesario que todo cambiara para que volviera a ser como está. No lo sé. He de hacer frente a mis decisiones, adonde me lleven, a la verdad que me descubran.
Por mis huesos que no sé el momento preciso en que descubrí que la aventura inglesa no era la más granada de las opciones que podía haber tomado.
Tal vez, cuando leí días antes de la partida la siguiente frase en un libro:
- Para los europeos, la vida es un juego. Para los británicos, el cricket es un juego.


Quizá comenzó cuando esperaba en la estación de Surrey Quays, el primer día, con una maleta enorme y el sol castigando, mientras veía pasar la gente y emergió ese axioma que podríamos apuntar en toda empresa vital que emprendamos:
- La realidad es igual en todas partes.
No, no puedes escapar de ti mismo. Y yo no he podido hacerlo. Ese fue el primer error de la ecuación. Pretender borrar una realidad escribiendo encima. Wrong, very wrong.
Si hay alguna culpa, me la echaría a mí. También llegué desinformado a este lugar. Quizá por esa desinformación o exceso ilusorio, tendía a imaginarme una ciudad más limpia, más eficiente, más diversa, más encantadora, más abierta. Londres no es nada de eso. No sé si alguna vez lo ha sido.
No la detesto, ni siquiera me impone. Sólo me parece una insensatez. Y, si usted calibra la estupidez de una tierra por lo mucho que se ha sublevado a las grandes tiendas, a las corporaciones, al trabajo por encima de la vida, Londres debe alinearse entre lo más tonto del planeta.


He oído y leído voces que me han prometido calma y tiempos mejores, pero he preferido mirar a las caras de la gente que reside aquí, a los inmigrantes que han sufrido la similar decepción que yo y a  las personas que, como yo, desean marchar a otro lugar más benévolo. 
En mi caso, querer aliviar una década en una gran ciudad con otra aún más grande, más pesada, más cara, más empobrecedora, más triste... No, no ha sido mi idea más brillante.
¿Luchar contra el engendro mecánico por aquello del "ya que estoy aquí"? El precio es cambiar el entusiasmo vital por caras largas, almas quemadas y sueños aplazados indefinidamente. Todo eso es lo que define a la gente que lleva aquí más tiempo del que debería. 
El mundo es demasiado agotador y la vida, demasiado corta, para estar demostrando a nadie, ni a mí mismo, todo el estrés que soy capaz de soportar.
Escribe conmigo en un papel:
- Si no lo sientes, simplemente no lo hagas.
Supongo que lo único que me retendría aquí sería el temor a ser juzgado. Y no. Prefiero hacer lo que me salga del pito. Estoy así de loco. 


Ah de la experiencia. Sí, es cierto.
Prevalecen muchas evidencias. Cosas que he de corregir o, en todo caso, afrontar de mí mismo. Pero también la convicción de que puedo ser lo que quiero en cualquier lugar del mundo. Si todo es igual en todas partes, lo bueno se encuentra en cualquier sitio. Y por qué no cerca de casa. Más barato, más tranquilo, incluso más posible. Mejor ser cabeza de ratón que cola de león.
Como las dos heroínas más queridas del cine, después de tanto caminar por el mundo, llega la certeza de que volver al hogar no es fracasar. Es ley de vida.
Es en Londres donde he entendido que pude hacer muchas cosas en España, que las puedo hacer todavía. Y, si no, a otro lugar. De nuevo, las maletas. 
- ¿Profesión? 
- Dando vueltas - contestaré.  
Deseo muchas cosas en esta vida, pero mi única y verdadera súplica es encontrar un buen sitio para vivir y crear, un lugar donde tenga un mínimo de tranquilidad o, al menos, una estación de paso donde renovar las fuerzas después de tanto vagar sin rumbo, bajo falsas convicciones, a la búsqueda de recetas mágicas que no existieron. 


Si sigo narrando la verdad, diré que no hay nada que me haya descarrilado más en estos últimos días que las malditas dudas. Porque sí, la decisión de regresar estaba tomada, obedecía a un pensamiento, tenía mis razones.
Pero ese temor a equivocarme una vez más ha sido lo que me ha tumbado en la cama, lo que me ha desesperado y lo que vislumbré que me iba a quebrar hasta que, sencillamente, concluí que mejor no esperaba un sí de los otros. Ya no me espero ni a mí mismo. Carretera y manta.
Londres ha sido más bueno que malo, escribiré siempre. Y gracias a esta aventura, rompí rutinas y conocí a gente amable y generosa, con la que he compartido piso, alegrías, locuras y alguna tristeza. Amigos, de los que hacen mejor persona y más inspirado escritor.
Gracias a la bella aventura, volví a la vida y entendí el verdadero valor de las equivocaciones. El modo en que éstas deben lanzarme hacia otras cosas, antes que frenarme y entristecerme como solían con anterioridad. 
Aún me quedan unas semanas, todo puede pasar. Y aún no he comprado el billete de vuelta. 
Sí, crear suspense es mi pasión. 


Entre decisiones y rectificaciones, "Imitación A La Vida" rebrota con fuerza, para contarte lo que te prometió: que el esplendor está en el propio viaje.
Llegue a mi destino o no lo consiga, este será el sitio para dar los oportunos alaridos, para decirte que perdí el aliento, para suspirar por recuperarlo, para asegurarte que estaba equivocado. Para irme y para volver. Siempre vuelvo, no lo dudes nunca. 
Para escribirte que esperé a que se terminara la batalla, que regresé a casa y que la encontré tal y como estaba.
Mi felicidad y mi tristeza, a ser posible escrita en estas líneas. Mis realidades y mis maneras de escapar de ellas. Ya me conoces, para qué contarte más.


Empezamos el lunes, con todas las secciones conocidas, cuatro días a la semana, saltando de la trinchera, porque así es la vida. 
Y yo, amigo mío, estoy así de loco.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Más Grande Que La Vida


Hace dos años, en otra dirección distinta, bajo el mismo cielo, anuncié que dejaba la blogosfera para siempre. A los tres meses, regresé con esta "Imitación A La Vida", como quien se zambulle de nuevo en ese mar que acaba de cruzar a brazadas, como quien corre con los pantalones desabrochados en plena calle, sólo con la necesidad de volver a esa casa a la que juró nunca regresar.
Hace dos años, dejé el anterior blog por cansancio, por apatía, por estrés. Hoy le pongo el punto final a "Imitación A La Vida" por una buena razón. Por la mejor de las razones. 
En mayo, hago las maletas y marcho a Londres. A trabajar, a empezar una nueva vida. 
Cuando anuncié que ponía el blog en descanso hace un mes, fue con la voluntad de meditar bien esta decisión. 
Ante el trágico panorama laboral que hay en este país, la solución es emigrar. Y, pensando, pensando, durante días y noches, a lo largo de una semana, concluí que, además de lo que debía hacer, era también lo que quería y deseaba.


Si te digo la verdad, hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz, con una mezcla entre seguridad y frenesí, con los días bien ocupados; a veces, simplemente haciendo planes en mi cabeza. 
Sé que habrá decepciones, chascos y quizá fracasos en el camino, pero nadie me arranca de este momento de ilusión recuperada, de proyectos, de la posibilidad de un cambio.
Los que hayan leído con atención este blog, saben que era lo que perseguía desde hacía mucho tiempo.


Como domino el inglés y tengo la inestimable ayuda de mi amiga Lidia para instalarme, parece que el trauma de llegar a un país extranjero vendrá amortiguado. 
Y, en realidad, hacer las maletas y saltar a la aventura con kilómetros de medio y una ciudad enorme como destino fue algo que ya hice una vez. Ahora es cuestión de repetirlo. 
Tengo muchas ganas. Oh, no pasan los días con suficiente rapidez.


Entre paquetes de libros enviados a Canarias, lecturas en voz alta, papeleos y uñas mordisqueadas de puro nervio, sabía que tenía que volver a despedir "Imitación A La Vida". Un último baile, por favor, para el placer que nunca muere.
Escribir este blog ha sido duro, cansado y, en ocasiones, muy frustrante, aunque, cuando todo se termina, lo apropiado es quedarse con lo mejor. 
Y ha sido tantísimo. Si, dentro de una década, recordara esta página, estoy seguro que diría lo mismo que hoy: fue la terapia ideal en el peor de los tiempos. 


Tuve la oportunidad de decirle al mundo lo que me ocurría: las deudas del pasado, la sequía del presente, todas las cosas que me esclavizaban tontamente y los múltiples engaños y trampas en los que me había enredado a lo largo de los años. 
"Imitación A La Vida" ha sido un espejo. Y cuando se verbalizan las cosas, se ordenan en una frase y se entienden, puede que se encuentre la respuesta buscada. 
Yo la encontré. 
Sucedió entre diarios de crisis y pasajes del esplendor, pero todos los posts contienen algo de las respuestas que me urgían - recuerdo la frase de la suprema ambiciosa, Joan Crawford: "No tengas miedo de nada" -, y, si la decisión ha tardado en llegar, también considero que ha sido un milagro que lo haya hecho finalmente.


La respuesta no ha estado ni en un novio ni en una llamada venida del Cielo ni en una manzana caída del árbol.
La respuesta ha estado en mí mismo, en el auténtico amor propio, en la confianza recuperada de que lo conseguiré algún día. 
Y, además, dispongo de la ayuda de mi familia y de mis amigos, esos que me han recordado estas últimas semanas lo mucho que aprecian, apoyan y aplauden mi decisión.
¿He dicho alguna vez que estaba solo en esta vida? Mentía.


Puede que tú, querido lector, ya seas uno de esos valiosos amigos, porque han pasado muchos años desde que escribo en este rectángulo de Blogger, el mismo que nos ha deparado tantas emociones genuinas en las mejores ocasiones. 
Te podría dar las gracias, pero nada sería suficiente para expresar lo que siento.
El otro día, Lo, la más fiel de las lectoras, aquí, sentada en el sofá al lado de donde escribo ahora, me decía todo lo que debemos agradecer a Internet, que nos ha procurado tantos encuentros inesperados y tantos reencuentros necesarios, que nos ha acercado, que nunca nos alejará. 
Sé bien que, donde haya la luz de una Wifi, no habrá crisis, sólo esplendor. Siempre nos quedará Facebook.


Dentro de una década, echaré la vista atrás y recordaré estos años en la blogosfera como una época loca, robada al tiempo, irrepetible, donde era joven y libre, hasta para pasar las tardes escribiendo lo que me gusta. 
Dentro de una década, incluso antes, pueda volver a hacerlo.


Hace dos años, dije adiós para siempre. Hoy digo hasta la vista, hasta pronto, hasta mañana. Quién sabe. Dejo la puerta entreabierta, los muebles en su sitio, la luz encendida, por si las cosas no salen como espero, por si encuentro el tiempo para escribir por aquí, por si hay espacio para retomar esta y otras aventuras blogueras. Por si quiero volver a casa. 
Reza por ese regreso, espéralo, mientras ahora agito mi pañuelo y las lágrimas caen como diamantes.


Porque la vida no termina hoy. Sólo acaba de empezar.

miércoles, 9 de enero de 2013

Canción Para Lidia


Caminar me llevó a la puerta de su local, casi sin pensarlo, hace varias tardes, sólo para verla.
De espaldas a la puerta, mi amiga Lidia escribía cosas en un cristal con un rotulador permanente. Yo carraspeé, crucé los brazos y esperé a que se diera la vuelta, mientras ponía gesto de interesante.
- ¡Josito! ¡Estás aquí! - exclamó.
Me abrazó, me miró con alegría y me tomó de la mano.
Esa fue la última vez que he visto a Lidia. Si tuviera que hablar de la primera, tendría que hacer mucha memoria, hasta el tiempo cuando teníamos diecisiete años.
Al otro lado de la clase, la profesora de Inglés le preguntaba a Lidia cómo se pronunciaba exactamente una palabra. Ella respondía como si hubiera nacido en Londres.
Poco después, me enteraría que sí, de hecho, había nacido en Londres, de cuando sus padres eran emigrantes en Inglaterra.
Lidia vivió allí la mayor parte de su niñez y podría decirse que, si algo sabía de la vida, era cómo hablar en inglés.


Pero el día más impactante sucedió meses después, cuando Lidia llegó llorando una mañana a clase.
Todas las chicas la consolaban y ella, con una cara terrible de no haber dormido, con la mirada del corazón roto, lloraba y lloraba.
El motivo era, por supuesto, un chico mayor que ella. Y, mientras Lidia lloraba y lloraba, las otras se contenían el sollozo, sintiendo lo mismo al estar junto a ella, como viviendo su historia, porque Lidia había sido la primera en saber cómo eran los hombres. Es probable que aquel día, mientras las otras la confortaban, ella sólo pensaba:
- Ojalá le hubiese dicho que sí. Ojalá le hubiese dicho que sí.


Aquel curso escolar tuvo un momento decisivo cuando nos fuimos de viaje a Grecia. Fue cuando Lidia y yo nos hicimos amigos oficialmente.
Yo la seguía mientras compraba. Lidia miraba cada prenda de la tienda, la estudiaba y se tocaba el labio con el pulgar, en señal de meditación. No parecía conforme, y miraba la siguiente, con su cara pálida y alargada y su pelo negro y brillante.
Lidia es como una versión canaria de Mary-Louise Parker, con esa expresión entre el eterno susto y la ternura de una niña grande. Cuando sonríe, dos hoyuelos.


A Lidia fue la primera persona que le conté que era gay. Fue inesperado, y sabría más tarde que la revelación le asustó e incomodó. Tal vez, yo necesitaba contárselo al mundo y, en la faz diplomática de Lidia, encontré un lugar donde nadie me juzgaría.
Lidia y yo nos hicimos amigos entonces, dentro de un gran grupo, de aquellos que se tienen por entonces.
Pero Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos. Fuimos mejores amigos para otros.
Sí tuvimos buenas risas, porque teníamos el mismo sentido del humor. Una profesora hablaba conmigo, y Lidia se paseaba por detrás, imitándola, para hacerme reír.
A Lidia nunca le gustó estudiar. Le costaba prestar atención en clase y solía suspender con frecuencia, aunque fuera a los exámenes notoriamente cargada de "chuletas".
Recuerdo un examen de Historia, donde estaba sentada delante de mí, con la "chuleta" escrita en un kleenex. La pregunta del examen era "Causas de la Segunda Guerra Mundial". Al parecer, no había nada de eso en las furtivas notas de mi amiga, que se inclinó un poco y me dijo, entre dientes:
- Dime una causita, por fa.


¿Las causas de la separación? Oh, Dios, de eso sí que no me acuerdo, pero cualquiera que haya tenido un grupo de amigos, sabe que se rompen.
No sé cuándo ni porqué nuestros amigos comunes se distanciaron de Lidia, porque yo no estaba muy presente por aquella época. Ya estábamos en la universidad, más distantes, pero aún todavía niños que se pelean y sufren porque los demás no son lo esperado.
Durante una década, no supe nada de ella. Poner kilómetros de distancia tampoco ayudó. No la volví a ver, ni me la crucé, ni supe si había acabado los estudios, si se había hecho mayor o, al menos, si lo había intentado, como yo.
Podría decir que la olvidé. 


Llegó el Facebook, o cómo el pasado nos alcanzó para enmendar las soledades del presente. Recibí un mensaje de Lidia, que se alegraba de encontrarme. Esperaba que hubiese olvidado los malos rollos de la adolescencia y que la aceptara como amiga.
En su foto de perfil, aparecía tal y como era ella. Fue como bajar la escalera y ver en la entrada a quien no esperabas ver nunca más. Y, en esos casos, la emoción es mayor.
La agregué y hablamos, y me lo contó todo. Lo que hacía, con quien salía y las ganas que tenía de saber de mí. Dónde estás, has vuelto a casa, has encontrado el amor, qué piensas hacer.
Luego me diría que mandó similar mensaje a nuestros otros amigos, pero ninguno quiso contestar. Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos, pero ser olvidadizos y nada rencorosos nos permitió una segunda parte, que ninguno imaginó.


Lidia se había hecho mayor, sí. Estaba más centrada, tenía muchos proyectos empresariales y enseñar inglés era su herramienta. Tenía una relación estable, aunque no podía independizarse.
Vivía en un hilo, pero con la mente clara, contradictoria como muchas mujeres, entre la duda y la firmeza, entre la seguridad y la incertidumbre.
Me contó también que aquel que le había hecho llorar a los diecisiete años se había convertido en uno de sus amigos más fieles.
- Por fin, lo superé.
Ella, que no era buena para estudiar, mostraba el valor del que yo carecía para trabajar. Como una ironía, la vida nos había puesto del revés. Ahora era yo quien debía preguntarle a Lidia, en pleno examen de la vida, sin saber contestar la pregunta:
- Dime una causita, por fa.


Carraspée y ella se dio la vuelta.
- Josito, ¡estás aquí!
La otra tarde, me enseñó su local, donde comparte negocios con otra chica, para enseñar inglés, para divulgar; un mundo particular de Lidia.
Lidia no tiene las respuestas, sufre la crisis como todos, pero no se detiene. Es inquieta. Si tuviera que escribir un propósito de 2013, escribiría: "Ser como Lidia".
Ella enseña inglés a través de un sistema dinámico, de conversaciones. Dice que le inspiró la experiencia de su padre, que emigró a Londres sin saber decir ni "Hello". Detrás de las mejores empresas, siempre parece existir un acto de amor.
Y, como acto de amor, sus amigos la ayudan en todo lo que se propone. Porque Lidia está llena de amigos.
Aquella tarde, hablamos de inglés, de las cosas que nos teníamos que decir, mientras pasábamos la tarde, bebíamos té y mirábamos a nuestro alrededor. Recordamos cosas de nuestros amigos perdidos, del viaje a Grecia, de nuestras risas.
- Claro que me acuerdo. No sabes cómo me acuerdo. Me acuerdo continuamente - me dijo ella.
Lidia y yo diremos que nunca hemos sido los mejores amigos, pero ninguna amistad me ha durado tanto.


- Me gustaría tener una vida - le confesé la otra tarde - Ya sabes, un trabajo, un perro, un hogar.
- Oh, Josito, ¿no te das cuenta? - contestó ella - Esto es la vida.
Esa frase no sólo fue oír la verdad, sino escuchar justo lo que necesitaba en ese momento. La "causita" del examen de la vida.
Anocheció y pareció como si no hubieran pasado más de quince años para nosotros. Ella se tocó el labio inferior con el pulgar, meditando.
Yo la miré como si nunca la hubiera visto antes.