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jueves, 3 de julio de 2014

Contarlo Todo


Me pregunto en este día tormentoso si la sociedad del retintín florece en todas partes, es cosa española o se vive más que nunca en mi pueblo. 
En el páramo del retintín es donde usted pillará la verdadera intención de la conversación de los otros, esos cabroncetes que se hacen llamar sus amigos y vecinos. Ojo al retintín, señor mío, ahí está el veneno.
El otro día, digo yo, asombrado ante una noticia:
- Oh, ¡no sabía que habías tenido un hijo!
- Ya, yo es que no soy muy de contar mi vida en el Facebook... - responde la interfecta con retintín y con caída de sonido en las últimas palabras, para que se entienda lo que queda omitido. Es decir:
- No como tú, que lo cuentas todo.
Contarlo todo, oh, contarlo todo. Yo nací para contarlo todo. Crecí con la televisión de los famosos y las entrevistas. Cuando no follaba mucho, cotilleaba la vida de los demás. Cuando follé lo suficiente, empecé a contar la mía.
¿Me quedará algún secreto?, me pregunté una vez, en plena noche, contando ovejitas tras contarme a mí mismo. 
Supongo que sí. Más de una opinión, más de un millón de tristezas. No me hace falta retintín. Muchos me conocerán antes por lo callado que por lo escrito. 
Detrás de la elección de las palabras, por debajo de la voluntad de escribirlas, se cuentan vanidades, inseguridades, miedos a lo que sucederá.
Todo lo que mis espejos y mis narraciones conocen bien.


Desde más años de los confesables, Facebook y otras redes sociales han permitido que nuestras experiencias sean compartidas con el mundo entero. Adónde vamos, qué nos interesa, qué detestamos, con qué frecuencia perdemos el tiempo. 
Por un vistazo al perfil de Facebook de una persona, puede establecerse gran parte de su cáracter, incluso aunque no ponga nada. Ya sabremos mucho: tiene miedo a explicitar vivencias porque hay mucha familia entre sus contactos, es tímido o paranoico, teme el juicio ajeno, prefiere ser verdugo del retintín antes que víctima. Está demostrando algo, es infeliz precisamente por vender imágenes de felicidad, busca aprobación, necesita sexo de manera urgente, tiene que leer más y, sobre todo, mejor.
Facebook es una plaza, donde unos actúan, otros miran y todos se devuelven las miradas.
Que no estemos cara a cara, puede facilitar la expresión de lo que pensamos, pero en Facebook, también hacemos mutis por el foro. Ante las tonterías de gente que se cree muy lista, las publicaciones sonrojantes y otros ejercicios de presunción.
- Como escriba otra soplapollez, lo elimino o le corto las manos, todavía no lo tengo decidido. - piensa el personal mientras le da a "Inicio" y "Perfil" en un baile de clics e infinitud.


Preguntarán también muchos para sí, emplazado al retintín: ¿Por qué Josito Montez lo cuenta todo? ¿No tiene vergüenza o tiene demasiada? 
Estoy deprimido, voy a salir, no me ha gustado el episodio, tengo gases, quiero que Colombia gane el Mundial. Resumen de estados recientes, rubricados por servidor.
¿Es acaso el quehacer de los escritores? Poner ideas por escrito y compartirlas, más que nunca en la era internaútica.
Véase el caso de Lucía Etxebarría que, animada por sus seguidores, ofreció el siguiente paso dentro de ofrecerse a sí misma: enseñar las tetas. En su caso, las tetazas. 
Yo entiendo a Lucía. Muchas veces he estado a punto de hacer un top-less parecido. Porque en esa publicidad del yo no se busca sólo el momento de la confesión o el ánimo para seguir adelante, sino también la urgencia de provocar continuamente una reacción en los otros. Risa, aplauso, incomodidad, lascivia.
Muchas veces he escrito estados con este pensamiento: "cuando estos cabrones lean esto se van a cagar". Aunque, para ofrecer un retrato completo del comportamiento, también diré que la mayoría de las ocasiones, escribo y subo cosas porque me sale de la mismísima.


- Josito, ¿recuperaste por fin aquella cartera que te robaron?
- ¡¿Cómo lo sabes?!
- Hombre, porque lo escribiste en el Facebook. Y en tu blog.
Es curioso cómo me disocio lo suficiente para tener pudor después de no tenerlo. Curiosísimo. 
Cuando me encuentro con mis amigos y me preguntan abiertamente sobre muchos temas que he escrito por Internet, ahí irrumpe la timidez. 
¿Son en realidad el teclado y la pantalla máscara y antifaz? ¿O soy inconsciente del alcance que pueden tener las cosas publicadas, creyendo que estoy en un lugar de confianza e intimidad cuando las redacto? 
Me amparo otra vez en la excusa: soy un escritor - o un sucédaneo de - y los escritores lo contamos todo y no debemos tener pudor de nada de lo que nos inspira.
Así como Truman Capote: suelta el chisme con altura y olvídate de las consecuencias, porque lo importante son las risas y el deleite de los demás ante lo incorregible.


- Te sigo, te sigo, Josito. Me encanta sobre todo cuando hablas de experiencias personales.
- Sé cuando estás mal, sé de tus compañeros de piso, sé lo que sucedió en Londres.
- Ah, sí, sí, sí, yo conozco esa historia. La leí en tu blog.
¿Lo saben todo o conocen las versiones oficiosas que yo brindo, cambiando por conveniencia, aligerando el relato, mintiendo cual Sherezade para que los otros duerman y, de paso, yo también? Da igual. Saben más de lo que cuento. 
La gente es lista y, joder, aunque les escriba la versión más racionada de lo sucedido, formarán a continuación una opinión sobre ti, sobre lo que haces, sobre lo que dejaste de hacer y sobre el hecho de que lo publiques todo en el Facebook. 
Cuando se instiga el refrendo de los otros compartiendo tus dudas existenciales, se obtiene lo contrario. El juicio. 


Toda cosa publicada suscita una reacción, sí, pero nunca es la buscada. Puede que muchos piensen que soy un exhibicionista, que soy infantil, que necesito la acquiescencia de los seguidores para reforzar mi ego día a día, que necesito apagar el ordenador, que ya debiera estar más en Infojobs y menos en Facebook.


La intuición facebookera llega hasta el punto de que sé lo que piensan. 
Yo también pienso muchas cosas cuando releo mis estados antiguos, entre la vanidad y la necesidad de curiosear mi propia Historia.
La mirada en retrospectiva permite calibrar lo que hay detrás de lo que escribí y la fase por la que estaba atravesando. Es lo bonito y lo terrible: contaba y registraba opiniones y experiencias sin tener conciencia del significado de lo que vivía.
Incluso cuando me metía con el propio invento de Zuckerberg, no hacía sino confirmar la supremacía que la red social había agarrado en mi vida: ese diván que mató a todos los divanes y esa palestra que socavó la falta de otras palestras.
¿Es la hora de callarse en el Facebook? La respuesta es noooo. 
A pesar de lo dicho, no lo cuento todo. En realidad, el perfil es como este blog. Entretener de diversas maneras a quien lo quiera leer.  Un día me paso de la raya; al otro, hablamos de Fassbender.
Y existe una nata diferencia. Una cosa es contar tu vida y, otra muy distinta, relatar vivencias. Dígase esto con retintín, para todos mis enemigos.


Tampoco voy a dejar el Facebook, porque temo cualquiera de mis decisiones irrefutables.
- ¡Nunca más! ¡Se acabó! ¡Me harté de mí mismo! ¡Me voy a Finlandia a pescar salmones! 
Últimamente, tengo un escepticismo brutal a eso que llaman "cambiar" - aquí no cambia ni Dios -, mientras he encontrado mejor provecho en asumir las consecuencias de cómo soy y lo loco que estoy.
Lo contaré todo, sí, pero no me asustaré más cuando me paren por la calle y me pregunten si recuperé la ropa tendida que cayó al patio esta misma tarde.
Hay que tener cuidado, sí. Una amiga acabó despedida cuando una opinión suya sobre un producto de la empresa para la que trabajaba corrió viral y llegó hasta a sus jefes.
¿He hecho yo algún comentario así? No lo sé. ¿He perdido la seriedad que se pide a los profesionales el día que relaté que estaba demasiado resacoso para masturbarme con la requerida fuerza? Así no me va a contratar nadie, sí,, aunque mucho me consta que esa seriedad no la tengo ni con la boca cosida. 
Es parte de mi encanto. Dale a "me gusta", por favor.


- ¿Por qué no escribes más en el Facebook? - me decía con ironía un amigo.
En un día, puedo llegar a las diez publicaciones, entre estados, fotos y enlaces. Cuando estaba en Londres, más aún. Lo necesitaba, me sentía solo, dubitativo, congelado por las indecisiones. 
Me atemoricé, volví a salir de mí, regresé a juzgarme. ¿Ahora busco explicarme? Es justo lo que no debería hacer.
Escribir mucho nunca fue malo. Espero que tampoco signifique resultar un coñazo para los demás. 
¿Qué me dices, seguidor? ¿Me das al "me gusta" y ya me quedo tranquilo? ¿O metes los labios para dentro por aquello de callarte la opinión, entendida al retintín?


Ojalá tú lo contaras todo. Ojalá estas barreras de normas sociales y miedos a las opiniones ajenas no existiesen. Ojalá yo también lo contara todo. Porque muchas veces he estado a punto de contar más y he pensado en el sonrojo ajeno, en la censura de las miradas, en las implicaciones de mi boca demasiado abierta. O  porque no me entendía lo suficiente, porque no podía darle un sentido, porque era incapaz de cobrarle una narrativa.
Ojalá te contase lo que pasó el otro día o lo que quizá suceda mañana. Ojalá me pudieras leer la mente, oír sus relatos, descifrarlos y darme un consejo. 
Ojalá no me juzgaras y estuviéramos de acuerdo. Ojalá lo hicieras y me dieras tu veredicto. Explícito, sin retintín, para que yo pudiera odiarte por decirme la verdad, para que fuera capaz de recapacitar al día siguiente.


Ojalá no necesitara el Facebook ni este blog. 
Ojalá empezara mañana a escribir un libro que me hiciera muy rico, con la inspiración, con el tiempo, con la energía, sin el terror a la opinión de los demás, ni a salirme de mí mismo ni a censurar lo que hago. 
Ojalá no necesitara la aprobación, ni el aplauso, ni el calor ni el amor. Pero lo necesito, joder, lo necesito locamente, día a día, hora tras hora. Ojalá fuera una persona más simple, ojalá fuera más complicado.
Ojalá, de verdad, pudiera contarlo todo, contártelo todo y contármelo todo.
Ojalá, porque si mañana me diagnostican una enfermedad fatal que me llevara al otro barrio en cuestión de semanas y tú me dijeras: "Oh, Josito, se te acabó el tiempo, nunca escribiste un libro", yo querría contestarte:
- Da igual, amigo mío. Todo lo que quería contar sobre esta vida que termina ya lo conté en el Facebook.

miércoles, 24 de abril de 2013

La Flecha


Querida mía,

Te escribo esta carta como se escriben la mayoría de las cartas. Para contártelo todo.
Sí, sería capaz de hacerlo. Te podría contar, por ejemplo, todo sobre Eva.
Pero, oh, yo no sé nada de Eva. Ignoro tantas cosas de su vida, prácticamente todas. Desconozco cuál ha sido la relación con sus padres, ni tengo idea sobre si tiene hermanos. No sé qué deseaba de la vida, qué quería ser de mayor, ni tampoco si lo consiguió.
Eva, Eva, todo sobre Eva.


La primera vez que supe algo de Eva fue cuando entró en el anterior blog, hace muchos años. 
Su nick era El Malvado Ming y yo, tan crédulo como siempre, pensé que era un chico. 
Supongo que tuvo que ver la admiración que expresaba por las carnes de la actriz Sara Ramirez. 
Eso me conquistó, porque no todos los hombres son valientes como para decir que les pone una gordita. Pues no, no todos son valientes, y Malvado Ming no era un hombre.
Se llamaba Eva y era una mujer que ama a otras mujeres. Lo supe cuando me agregó al por entonces incipiente Facebook y lo hizo silenciosa y enigmática como es ella, mirándose al espejo desde donde se hacía la foto de perfil. 
Yo no tenía ni idea de quién era esa mujer del espejo.
Con el tiempo, Eva y yo nos comentábamos cosas en nuestros muros. Las series nos unieron, porque no hay gente que vea tantas y se arrepienta menos. 
¿Dónde encontrar a Eva? Viendo la tele. Así se cuenta, y no pide perdón. 


Podría decir muchas cosas sobre Eva, pero, sobre todo, diría que estos años han sido más graciosos por sus comentarios precisos, ingeniosos y, sobre todo, personales. 
No siempre estoy de acuerdo con ella, aunque siempre me queda claro que es más lista que yo.
Y, cuando alguien hace tanta gracia - por cómo es, por lo que dice, por cómo lo expresa -, necesariamente querrás hacerle la misma gracia. Cuando consigo soltarle un "jojojo", me río yo más.
Eva dice "maravilla", acusa de "despropósito", considera que la hongkonesa es mejor y nunca es tarde para reírse de la peluca de la Streep en "Un Grito en La Oscuridad".
Entre series, andó el juego. Me deseaba los cumpleaños con un "Que no te falten series ni maromos, Montez!". 
Al final, creo que sé mucho sobre Eva. Por lo que piensa, por lo que le gusta, porque la enfurece, por aquello a lo que se entrega, por todo lo que prefiere no contestar. Sí, conozco a Eva.
Aunque tenemos caracteres diferentes - deben ser las latitudes de origen -, yo pongo mi hocico frente al suyo y espero el momento en que baje su felina patita, prorrumpa en un ronroneo y me deje darle un lametazo. 
Un lametazo que signifique: "Me gustas, Ming".


Sí, querida mía, podría hablarte de Eva, pero también te contaré cosas sobre Paloma.
Con Paloma, la cosa empezó de manera diferente. 
Paloma también me encontró gracias al blog, pero fui yo quien la agregó al Facebook. Aparecía en la foto, tan seria y en penumbra, con sus gafitas de pasta, tocándoselas levemente, como ajustándolas. Era la cosa más mona que había visto en mucho tiempo.
Sin embargo, pasó mucho antes de que Paloma escribiera en mi muro, de que comentase algo en mis publicaciones. 
Ella no lo sabe, pero estuve a punto de borrarla de mi lista de contactos, por aquello de la escasa interacción.


Como a Eva, bastó tener paciencia y esperar a que bajase la felina patita. Y así, Paloma empezó a opinar, también con su escritura acerada, siempre con el punto puesto, nunca un "jajaja" gratuito.
Como Eva y yo, Paloma devoraba las series como si las fueran a prohibir. 
Un día, le comenté "tengo una amiga que dice que "Downton Abbey" es tan elegante que le da vergüenza verla en pijama". Paloma se rió. Por entonces, aún no conocía a Eva.
Paloma y Eva empezaron a hablar en mi muro y fue cuando me di cuenta de lo mucho que se parecían. Eran el hambre y las ganas de comer. Dos lesbianas con gustos de marica, tremendo, tremendo. 
Parlotéabamos los tres, pero, como regla general, yo dejaba unas metafóricas velas encendidas en mi muro y ellas quedaban a solas.


Conocí en persona a Paloma y me llevé una sorpresa. 
La imaginaba tan seria, casi lacónica, y, de repente, me veo venir a la alegría de la huerta, caminando deprisa, hablando mucho. 
Pero, tanto si dice cosas de guionista hipster - "Ese personaje no tiene trama horizontal" - o comenta asuntos de niña adorable - "Ayer me comí una hamburguesa Merry Cheesemas" -. Paloma es tal y como la esperaba cuando la vi en su primera foto.
Cuando dijo que debía retirarse una temporada del Facebook, fue como si encendieran las luces de la discoteca y pincharan todos los globos. 
Eva y yo nos quedamos muy tristes sin nuestra amiga virtual, y el tercer Oscar de Meryl Streep no fue lo mismo sin ella.
Tiempos oscuros. Rajoy recortando, Paloma en paradero desconocido, yo en retirada de Blogger. Lo primero, no tuvo solución. Lo otro, por fortuna, sí.
Paloma volvió y quedamos otra vez en persona. Cuando íbamos caminando, parloteando del amor y esas cosas, le confesé:
- Yo quiero que acabes con Eva.


Ella hizo media sonrisa, cerró el pico y yo, crédulo, entendí que Eva no le gustaba en ese sentido. Oh, este Montez ignoraba que todavía queda gente discreta en este mundo.
A lo que vamos. 
Hace unos viernes, estaba yo en mi casa, y Paloma insiste y venga a insistir para que nos veamos. Y yo, a punto de inventarme una excusa para no levantarme del sofá, accedo por intriga.
Se me presenta con Eva, casi recién llegada desde Oviedo. Yo, con la lengua fuera y la colita nerviosa, le pregunto qué hace aquí, para qué ha venido, porqué no está viendo la tele en su casa asturiana.
Eva, que sí es tímida, me pone cara de su actriz favorita y se confía a que las acciones hablen más que las palabras.
Camino junto a ellas, observo que llevan las manos entrelazadas y, cuando esperan a que el semáforo cambie de color, Eva y Paloma se besan.
Yo me muero de la risa, paro en seco, doy un zapatazo contra el suelo y digo:
- ¡Bien!


Eva y Paloma se conocieron en mi muro del Facebook, se gustaron desde el primer día y hoy están juntas, enamoradas y comprometidas.
Dicen que seré el padrino de su boda, que tienen mucho que agradecerme, pero yo sé muy bien que esos dos pares de gafas de pasta estaban destinados a estar juntos y lo hubieran estado de cualquier modo.
Eso sí, cuando me llegue la incertidumbre, cuando me pregunte porqué he gastado tanto tiempo en desplegar blogs y redes sociales, cuando sienta que mi vida no tiene sentido, encontraré la respuesta. 
En haber contribuido inadvertidamente a que dos personas pudieran encontrarse, conocerse, estar más cerca del amor.
Sí, amiga, recordaré el día en que mi muro se convirtió en un puente.


Pero no fue el único día, bien lo sabes, querida amiga. Podría hablarte hoy de Eva y Paloma, pero también te daré todos los nombres. 
Por eso, te escribo esta carta. Para contártelo todo.
Podría hablarte del abrazo que le di a Elizabeth. 
Elizabeth vive en Perú y, de una manera loca, ultraexcepcional, su trabajo organizó un viaje a España. Elizabeth paró en Madrid como un relámpago y dijimos aquello de "esto sólo puede pasar una vez en la vida". Te hablo de una de las primerísimas fans de mi bloguismo y también de las pioneras en convertirse en amigas.
Podría contarte de la carta que recibí de un caballero chileno de 19 años. "Hola, me llamo David, y no puedo parar de leer tu blog. Si quieres un novio, aquí me tienes". 
Podría decirte que hablamos y me dijo que soñaba con viajar a España y conocerme. Cuando descubrí lo increíble que era David, te diría, sin posibilidad de equivocación, que yo también empecé a soñar lo mismo. Ahora tiene novio y me ha roto el corazón, pero no hay nada perdido, amiga.


Podría recordar las palabras de Alejandro el otro día, el más joven, el que gusta de apellidarse Starstruck o Cannibal. Me dijo que la primera vez que entró a mi blog tenía sólo 16 años. 
Yo podría ser osado y pensar que mis escritos tuvieron un pequeño efecto en el despertar a la vida de otra persona.
Podría hablarte del otro Alejandro. De Alejandro Lagarda. Es experto en decirme cosas bonitas, pero, probablemente, me recordará porque ha adelgazado un montón de kilos siguiendo mi ejemplo y mis consejos. Lo veo sonreír en sus fotos de perfil, y podría decirte que yo también sonrio.
Oh, podría comentarte sobre Athena, todo el cariño que le tengo, todo el agradecimiento por la gente que trae hasta estos lares, pero recordaría, como una imagen genuina suya, aquellos meses que esperaba a que su marido volviera de sus obligaciones laborales en el extranjero, y ella suspiraba cual Penélope calentorra, a punto de saltar del tejado de zinc. 


Podría hablarte de lo sexy y divertido que es Joni. Cada vez que hablamos en el chat del Facebook, acaba enfadado conmigo o cachondo perdido. Una frase memorable: "¡Yo no soy ninguna moderna! Bueno, me voy a ver una película coreana".
También podría presentarte a una escritora de verdad como Adriana Menéndez, y asegurarte que sólo cuando ella me pone "Me gusta", es cuando estoy convencido de que lo he hecho bien.


Podría hablarte de Eyla, de Carla, de Laura Palacios, porque sé que serías incapaz de odiarlas. 
Eyla adora el musical, el amor, el estilo. 
Carla se enamora de los personajes de las series, de los actores que las interpretan y sueña con escribir y dirigir películas. 
Laura Palacios quiere al mundo; es una niña tímida y sabe que dejar de serlo por un instante la acercará a los demás.
Podría decirte que Eyla, Carla y Laura Palacios son, sencillamente, como yo.


Podría hablarte de Pilar Bego y de Ra, pero esas son emocionantes historias por empezar.  
Podría recordar a los que sólo pasaban por aquí, a los que desaparecieron o a aquellos con los que no conseguí entenderme. 
Podría echarme a soñar con los amigos que han de llegar y nunca despertaría.


Hoy te contaría todo lo que he visto de mis seguidores convertidos en amigos del Facebook, devenidos en amigos a secas. 
Las fotos, las imágenes de su vida, y yo, el espectador privilegiado.
La boda de Rosana. Los viajes de Míguel. El beso que le da Ramón a su novio, mientras sus amigos celebran Fin de Año. El caminar de Regina por las calles de Lima, con la bandera multicolor y la expresión de la sublime vindicadora. 
Podría decirte cuánto espero la foto del bebé de Liber. 
No sé nada de todos ellos, pero sé lo que tengo que saber. 
Palpo sus caras en esta oscuridad de Internet y me doy cuenta. Compruebo lo que sospechaba. Que el mundo está lleno de gente de puta madre, esa que busca lo mismo que nosotros: el amor, la paz, la justicia, la belleza, la felicidad.
Podrías llamarme Cupido, pero, amiga mía, ¡la flecha me la han clavado a mí!
Y podría subirme a un globo, de vuelta a Kansas. Entonces, me daría la vuelta y te miraría, mi amiga, para decirte:
- Oh, Loli, a ti te echaré de menos más que a ninguno.
Porque, si aún no te has dado cuenta, esta carta es para ti, Loli. Tú sabes porqué.


Podría irme, pero no me voy.
Prefiero morirme de la risa, parar en seco, dar un zapatazo contra el suelo y decir:
- ¡Bien!

miércoles, 9 de enero de 2013

Canción Para Lidia


Caminar me llevó a la puerta de su local, casi sin pensarlo, hace varias tardes, sólo para verla.
De espaldas a la puerta, mi amiga Lidia escribía cosas en un cristal con un rotulador permanente. Yo carraspeé, crucé los brazos y esperé a que se diera la vuelta, mientras ponía gesto de interesante.
- ¡Josito! ¡Estás aquí! - exclamó.
Me abrazó, me miró con alegría y me tomó de la mano.
Esa fue la última vez que he visto a Lidia. Si tuviera que hablar de la primera, tendría que hacer mucha memoria, hasta el tiempo cuando teníamos diecisiete años.
Al otro lado de la clase, la profesora de Inglés le preguntaba a Lidia cómo se pronunciaba exactamente una palabra. Ella respondía como si hubiera nacido en Londres.
Poco después, me enteraría que sí, de hecho, había nacido en Londres, de cuando sus padres eran emigrantes en Inglaterra.
Lidia vivió allí la mayor parte de su niñez y podría decirse que, si algo sabía de la vida, era cómo hablar en inglés.


Pero el día más impactante sucedió meses después, cuando Lidia llegó llorando una mañana a clase.
Todas las chicas la consolaban y ella, con una cara terrible de no haber dormido, con la mirada del corazón roto, lloraba y lloraba.
El motivo era, por supuesto, un chico mayor que ella. Y, mientras Lidia lloraba y lloraba, las otras se contenían el sollozo, sintiendo lo mismo al estar junto a ella, como viviendo su historia, porque Lidia había sido la primera en saber cómo eran los hombres. Es probable que aquel día, mientras las otras la confortaban, ella sólo pensaba:
- Ojalá le hubiese dicho que sí. Ojalá le hubiese dicho que sí.


Aquel curso escolar tuvo un momento decisivo cuando nos fuimos de viaje a Grecia. Fue cuando Lidia y yo nos hicimos amigos oficialmente.
Yo la seguía mientras compraba. Lidia miraba cada prenda de la tienda, la estudiaba y se tocaba el labio con el pulgar, en señal de meditación. No parecía conforme, y miraba la siguiente, con su cara pálida y alargada y su pelo negro y brillante.
Lidia es como una versión canaria de Mary-Louise Parker, con esa expresión entre el eterno susto y la ternura de una niña grande. Cuando sonríe, dos hoyuelos.


A Lidia fue la primera persona que le conté que era gay. Fue inesperado, y sabría más tarde que la revelación le asustó e incomodó. Tal vez, yo necesitaba contárselo al mundo y, en la faz diplomática de Lidia, encontré un lugar donde nadie me juzgaría.
Lidia y yo nos hicimos amigos entonces, dentro de un gran grupo, de aquellos que se tienen por entonces.
Pero Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos. Fuimos mejores amigos para otros.
Sí tuvimos buenas risas, porque teníamos el mismo sentido del humor. Una profesora hablaba conmigo, y Lidia se paseaba por detrás, imitándola, para hacerme reír.
A Lidia nunca le gustó estudiar. Le costaba prestar atención en clase y solía suspender con frecuencia, aunque fuera a los exámenes notoriamente cargada de "chuletas".
Recuerdo un examen de Historia, donde estaba sentada delante de mí, con la "chuleta" escrita en un kleenex. La pregunta del examen era "Causas de la Segunda Guerra Mundial". Al parecer, no había nada de eso en las furtivas notas de mi amiga, que se inclinó un poco y me dijo, entre dientes:
- Dime una causita, por fa.


¿Las causas de la separación? Oh, Dios, de eso sí que no me acuerdo, pero cualquiera que haya tenido un grupo de amigos, sabe que se rompen.
No sé cuándo ni porqué nuestros amigos comunes se distanciaron de Lidia, porque yo no estaba muy presente por aquella época. Ya estábamos en la universidad, más distantes, pero aún todavía niños que se pelean y sufren porque los demás no son lo esperado.
Durante una década, no supe nada de ella. Poner kilómetros de distancia tampoco ayudó. No la volví a ver, ni me la crucé, ni supe si había acabado los estudios, si se había hecho mayor o, al menos, si lo había intentado, como yo.
Podría decir que la olvidé. 


Llegó el Facebook, o cómo el pasado nos alcanzó para enmendar las soledades del presente. Recibí un mensaje de Lidia, que se alegraba de encontrarme. Esperaba que hubiese olvidado los malos rollos de la adolescencia y que la aceptara como amiga.
En su foto de perfil, aparecía tal y como era ella. Fue como bajar la escalera y ver en la entrada a quien no esperabas ver nunca más. Y, en esos casos, la emoción es mayor.
La agregué y hablamos, y me lo contó todo. Lo que hacía, con quien salía y las ganas que tenía de saber de mí. Dónde estás, has vuelto a casa, has encontrado el amor, qué piensas hacer.
Luego me diría que mandó similar mensaje a nuestros otros amigos, pero ninguno quiso contestar. Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos, pero ser olvidadizos y nada rencorosos nos permitió una segunda parte, que ninguno imaginó.


Lidia se había hecho mayor, sí. Estaba más centrada, tenía muchos proyectos empresariales y enseñar inglés era su herramienta. Tenía una relación estable, aunque no podía independizarse.
Vivía en un hilo, pero con la mente clara, contradictoria como muchas mujeres, entre la duda y la firmeza, entre la seguridad y la incertidumbre.
Me contó también que aquel que le había hecho llorar a los diecisiete años se había convertido en uno de sus amigos más fieles.
- Por fin, lo superé.
Ella, que no era buena para estudiar, mostraba el valor del que yo carecía para trabajar. Como una ironía, la vida nos había puesto del revés. Ahora era yo quien debía preguntarle a Lidia, en pleno examen de la vida, sin saber contestar la pregunta:
- Dime una causita, por fa.


Carraspée y ella se dio la vuelta.
- Josito, ¡estás aquí!
La otra tarde, me enseñó su local, donde comparte negocios con otra chica, para enseñar inglés, para divulgar; un mundo particular de Lidia.
Lidia no tiene las respuestas, sufre la crisis como todos, pero no se detiene. Es inquieta. Si tuviera que escribir un propósito de 2013, escribiría: "Ser como Lidia".
Ella enseña inglés a través de un sistema dinámico, de conversaciones. Dice que le inspiró la experiencia de su padre, que emigró a Londres sin saber decir ni "Hello". Detrás de las mejores empresas, siempre parece existir un acto de amor.
Y, como acto de amor, sus amigos la ayudan en todo lo que se propone. Porque Lidia está llena de amigos.
Aquella tarde, hablamos de inglés, de las cosas que nos teníamos que decir, mientras pasábamos la tarde, bebíamos té y mirábamos a nuestro alrededor. Recordamos cosas de nuestros amigos perdidos, del viaje a Grecia, de nuestras risas.
- Claro que me acuerdo. No sabes cómo me acuerdo. Me acuerdo continuamente - me dijo ella.
Lidia y yo diremos que nunca hemos sido los mejores amigos, pero ninguna amistad me ha durado tanto.


- Me gustaría tener una vida - le confesé la otra tarde - Ya sabes, un trabajo, un perro, un hogar.
- Oh, Josito, ¿no te das cuenta? - contestó ella - Esto es la vida.
Esa frase no sólo fue oír la verdad, sino escuchar justo lo que necesitaba en ese momento. La "causita" del examen de la vida.
Anocheció y pareció como si no hubieran pasado más de quince años para nosotros. Ella se tocó el labio inferior con el pulgar, meditando.
Yo la miré como si nunca la hubiera visto antes.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Extraños En La Noche


Lucho por conciliar el sueño esta noche. Pero la ciudad tiene los sonidos, y mi cabeza, los ruidos.
Es axioma que siempre me tocan vecinos fogosos. En esta ocasión, el protagonista del sexo next-door no es aquel cachas adorable y promiscuo.
Ahora son hombre y mujer en plena acción nocturna. No les he visto las caras. Sólo los he oído varias veces, dándole al asunto.
Ella es tan falsa follando que ya la he nominado al Razzie. Su novio no se acordará de Rebecca de Mornay y se creerá todos esos orgasmos, pero yo sí me acuerdo y esos gemidos son bad acting. 
Al fin y al cabo, yo también aprendí a follar viendo a Rebecca.


- Dios, ¿estás ahí?. Soy yo, Josito Montez. Esta noche no me duermo ni de broma. Tú sigue callado, así te va. ¿Acaso has probado a vivir en mi cabeza? Es el lugar donde conviven cinco posts a la semana, doce series, canciones, películas, vidas de actores, dramas de la gente que conozco, toda la intensa actividad de cierta red social, menús de dieta, tablas de ejercicio, negras expectativas de futuro, además de las necesidades básicas del ser humano. Si no tuviera que comer, domir o cagar, sería muy feliz. 

Si pudiera desconectarlo todo. Lo he intentado. He apagado el ordenador. Todas las luces. Pero mi cerebro es como un DVD-R, loco en el lector, dando vueltas, asfixiado, cargando datos, calentando el aparato, demandando atención. Todo lo que he hecho, todo lo que he visto, todo lo que recuerdo, todo lo que debo hacer mañana. 
La vecina gime. Música, música, necesito música en los auriculares, para mis oídos. No, son sonidos, más datos, mayor estrés. 


He de encontrar algo que no requiera recibir información ninguna. Me afeito, me corto las uñas, vacío los cajones de la mesilla, tirando a la basura lo innecesario.
Si mi cerebro fuera ese cajón de la mesilla...

- Celador de este bello psiquiátrico, lo que más me estresaba en aquella época era la definitiva adicción, es decir, el Facebook. No era la invasión de la privacidad, porque ya no había privacidad que invadir. El Facebook era, simplemente, la locura. 

Están ahí, a cada hora del día. Echarle un ojo es obligado. De manera inadvertida, puedo mirar el reloj y darme cuenta de que llevo dos horas en la página, sin hacer otra cosa. Perdiendo el tiempo que no tengo, ese tiempo por el que suspiro esta noche, antes de dormir.


Pero, oh, están todos allí. Gente que adoras, gente que no aguantas, gente que conoces de toda la vida, gente de la que te gustaría saber más, gente amable y atenta, gente pesadísima y exigente de atención. Ni que decir tiene que ésta última es la más estresante.
Como en la sociedad misma, la educación es requerida. Como en la sociedad misma, la sonrisa de cóctel vive a dos puertas del vete a la mierda.  

- Doctor, pretendía que intuyeran a la persona detrás del personaje.
- ¿Cuál es la diferencia? - pregunta el doctor, como si me respondiera.


"El Facebook es, efectivamente, la sociedad", pienso en esta noche insomne.
Igual de atronadora, pero aún más viciada de información desbordada, de estrés digital, de demandas visuales, de concentración en un mismo y estúpido punto. 
Es un vicio agotador y, al final, una burda imitación a la vida. Tanto ruido, tanto drama, tanta comedia, tanto ingenio, tanta gilipollez, para luego mirar alrededor y ahogarme en la verdad.
El silencio de sepulcro de la habitación y la inequívoca soledad del homo sapiens facebookiense.

- ¿Dónde estuvo usted entre los años 2008 y 2012? - inquiere el fiscal del distrito.
- ¿Yo? ¡Dándole a Inicio y Perfil, señoría!


A tientas, enciendo la luz del cuarto de baño y el espejo me trae el reflejo de Josito Montez.
¿Acaso para terminar este año también habré de dejar otra adicción? ¿Entender los días sin el Facebook? ¿Matar la virtualidad? ¿Recobrar la realidad? ¿Cuál es la diferencia?
Qué idea tan estresante a esta hora de la madrugada.


Quién tuviera lo que recibe ahora la vecina. Seguro que me quedaba dormido inmediatamente. 
Esos dos extraños en la noche son como amigos de Facebook: desparramando privacidad sobre mí para acercarse en la oscuridad del anonimato. Que se callen ya, joder.
Ella prorrumpe en uno de sus orgasmos de mentira, mientras él hace el gemido de eyacular. Ella le dice "te quiero tanto, te quiero tanto...".
Oh, la ironía. El orgasmo es de mentira. El "te quiero tanto", de verdad. Porque, sí, está claro, lo quiere, por eso finge el orgasmo. Un acto de amor machista, pero acto de amor, al fin y al cabo. Quién pudiera amar así, de esa manera tonta y sencilla.
La envidia también es estresante.
Los vecinos terminan, hablan, uno de los dos va al baño, se ríen, duermen.
El brrrrrr de un generador en el patio se apaga. Sólo cuando se apaga, me percato del ruido que ha estado haciendo toda la noche. Brrrrrrr.

- Esta ciudad me mató, doctor. Esta ciudad y sus brrrs y sus orgasmos fingidos.

Al final, con estrés o sin él, me quedo dormido en algún lugar perdido de la noche. Curiosamente, consigo el descanso. O su imitación más exacta. Con esta cabeza mía, quién sabe ya la diferencia.