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jueves, 26 de septiembre de 2013

Vida de Los Vecinos


Odio a mis vecinos. Los odio a muerte. Los odio tanto que hoy voy a contar lo que sé sobre ellos. 
Sí, te contaré todo lo que sé de mis vecinos, esos seres que nunca elegí, que me vinieron dados, que me acompañan sin pedirlo.
Que desvelan, no dejan dormir, atronan con su música hortera, tienen bebés berreantes, se ponen a cantar o echan unos gemidos sobreactuadísimos cuando follan. Viven, viven los muy cabrones.
Oh, cómo los odio. Los he odiado de siempre, en cualquier sitio en el que haya vivido. 
Sé que no soy el único. La gente tiene un miedo patólogico al vecindario. Será la cercanía del extraño, o quizá el complejo de que tenemos algo que esconder. Cierta vergüenza inexplicable, gran timidez. 
Con las ventanas cerradas, nos escondemos de miradas furtivas, bloqueamos las palabras mal dichas, amortiguamos sentencias proclives al malentendido. ¿Qué pensarán? En otros tiempos, en localidades pequeñas, ese terror a los vecinos, oh, ese terror lo ha sido todo. 
Hay ficción e imaginación dedicada al morbo vecinal. Aquello de pensar que detrás de una ventana, existen secretos familiares de mucha sordidez, viven famosos drogándose y/o en plena orgía o, bien, progresan unos cuantos asesinatos. 
Salvo excepciones, en la vida real, detrás de una ventana, no hay más que una persona viendo la tele. 


Yo vivo en el centro de una gran ciudad. 
Con lo cual, más que vecindario, hay todos los vecinos imaginables, de países variopintos, culturas de distinto volumen - cómo gritan algunos - y composiciones existenciales diferentes. 
Las viejas casonas del centro de Madrid se reconvirtieron en edificios de opulentos pisos hace siglo y medio y, desde entonces, se han ido fragmentando por mor de la economía. 
Los caseros lo tienen claro: donde hay un hueco, ahí hay apartamento. 
Los edificios son colmenas, en las que, a efectos de la crisis, cada vez vive más gente en menor espacio. Y las paredes son delgadas, rediós. Si te descuidas, lo sabrán todo sobre ti. Qué horror, qué terror. Odio a los vecinos.
A veces, fantaseo con irme a un lugar completamente aislado, una de esas casas fabulosas en lo alto de un acantilado, donde, al romper de las olas, mi máquina de escribir tipearía las palabras de maravillosas novelas que me hicieran muy rico. 
Con la compañía de un par de perros y ni un solo ruido, más que los de la majestuosa Naturaleza.
Sé que terminaría pegándome un escopetazo como Hemingway de puro aburrimiento, aunque lo haría con mucho orgullo y sin aguantar el camp vecinal.


Porque mis vecinos son muy camp. En el área, se puede oír de todo. 
Algún que otro bebé, un niño resabido dando el coñazo a sus padres, unos señores del Este de Europa discutiendo a gritos sobre vaya usted a saber qué - ¿Cuándo derrocamos a Putin? ¿Por qué te has bebido mi vodka? ¿Dónde has enterrado el cuerpo? ¿Te acostaste con mi mujer? ¿Cuánto detestas el final de "Dexter"? -, pero hoy querría extenderme especialmente sobre las casas folladoras. 
En los alrededores de mi morada, hay tres señoritas que, cuando son penetradas por sus galanes, deben buscar que todo el barrio se entere. Dos de ellas las tengo pared con pared. Una, escuchable desde el salón. Otra, atendible si estás en el dormitorio.
La tercera vive en un punto impreciso y gime dos veces por semana, con la ventana abierta y entonada hacia el patio. El otro día, se asomó otra vecina y la imitó para que se callara. 
Se oyó un cerrar de ventanas inmediato.


Las tres mozas tienen ese overacting follatil que puede indicar demostración de lo súperbien que se lo están pasando o, en mi opinión, un favor al machismo del novio. 
Cuanto más gime una mujer estilo actriz porno, él se siente más poderoso y reconfortado. Lo mismo hasta se corre rápido y se acaba antes la comedia.
Una de ellas lo hace como si estuviera sufriendo; otra, como si se encontrara con Dios; y la de más allá, con un tono entre gatito y niña. 
Olvidemos la tercera e imprecisa y quedémonos con las dos que tengo al alcance de mis paredes, porque se pueden seguir sus respectivas historias de amor. 
La relación que se escucha desde mi dormitorio está comenzando, porque se ríen todo el rato y follan tres veces al día. 
Se ríen a las cuatro de la mañana y los muelles de la cama entonan un ruido alienante. Ñic, ñic, ñic, ñic.
Yo les he golpeado en la pared y me han hecho caso relativamente. 
El otro día, me compré tapones para los oídos. No sé si será esquivar el problema o, tal vez, evitar verme en el papel de un viejo amargado que interrumpe la felicidad ajena. 
En fin, ya se irán. Todos se van. Y, si hacen ruido por la noche, yo también puedo hacerlo. Televisión al volumen que me guste. 
Tiros, violines y fanfarrias de la Century Fox. No habrá paz para los enamorados.


La pareja que puedo oír desde mi salón lleva un año en el edificio y he seguido su romance como quien pone una telenovela de fondo y, al final, acabas enganchado y quieres saber más.
Se siente lo que dicen, pero no todo se descifra. Es una mierda, porque si tengo que aguantar el ruido, al menos podría saber de qué pollez están hablando.
Pero algo se entiende, sí.
Estos dos se llaman "amor" todo el rato. Amor, pásame la toalla. Amor, no te olvides de comprar tomate. Amor, por fin estás aquí. Aaamoooor. 
En sus tiempos, estaban todo el día zascando. 
Esta muchacha es la que parece que está frente a Dios mientras se la están metiendo y también es famosa en mi casa por decirle "Te quiero" a su machote en pleno orgasmo. 
Es tan boba que es entrañable. Él es bobo y tonto, porque nunca me devuelve el "Hola, buenas" en el pasillo. 
Los dos ponen una música de mierda cuando cocinan o limpian, aunque la suya no es la peor que se puede oír en el vecindario. 
Cuando menos te lo esperas, un petardo que tiene el día emocionado, enciende el remix y ataca con cosas como: "Hoy haremos el amor bailando, mi cuerpo es tuyo, tuyo es mi corazón". Cuanto peor es la música, más alta la ponen. Es así.
Si algo sé de mis vecinos es que buscan el placer más básico. Follar, festejar, cantar, oír música, socializar. Cuando viven, es cuando son oídos.
Sí, viven y odiaba tanto a la pareja de "aaaamor" que me dije: estás envidioso, Josito. 
Es probable. Aunque no me molestaría lo mismo si fuese un poco de homosexual action  - como aquel vecino cachas, oh, dónde andará - en lugar de estas estrellas del porno hetero.

Esto sí

Un día, a nuestra chica de "aaamor", la que fornica como si viera a Douglas Sirk, no la oí gemir ni reír ni decir tonterías. 
La oí gritar y llorar, histérica, desesperada. Fue una mañana de domingo. Me despertó, por supuesto. Ese es su cometido. Cuánto odio a los vecinos.
Y yo, antes reacio a enterarme de su existencia, corrí a pegar la oreja a la pared para saber qué ocurría. Pensé que a su enamorado le había pasado algo, nivel desmayo, infarto o muerte, pero era más sencillo y más terrible. Tanto aaaamor y él la estaba dejando. Por teléfono.
- No te rías de mí, no te rías de mí. - repetía ella, mi pobrecita.
Se la oyó llorar como un pajarito, en silencio, quizá también a oscuras, durante aquel día. Y luego desapareció por un par de semanas. Tal vez no podía soportar la soledad y fue a quedarse en casa de algún alma amiga.
Al tiempo, regresó. Se la oía en la cocina, ponía su música horrenda, tarareaba. Sonreía otra vez, sin duda.
Y, transcurridos dos meses, él también volvió, sabido del error cometido, perdonado por ella, porque, al fin y al cabo, eso era aaaamor. 
De detestarlos, sinceramente me alegré por ellos. 
Y hoy, cuando esperaba por una conclusión para su historia, mientras intentaba inventarla, ellos me la dieron sin pretenderlo.
Salí al descansillo y vi su puerta abierta. Sobre el suelo, descansaban cajas de mudanza.
Se van. El silencio que quería. Malditos, ya no sé si me gusta.


Oh, cuánto odio a mis vecinos. 
Hay uno que nunca he odiado. Toca el violín. Sí, y lleva mucho tiempo aquí, porque lo recuerdo desde la tarde que llegué a esta casa. 
Se le oye por la mañana y al acabar la tarde. Practicando como los artistas de verdad, todos los días, cual rutina, venga a sonar el violín.
Nunca he sabido a ciencia cierta dónde vive, pero siempre he imaginado que será esa ventana con persianas negras, allá arriba, y me lo imagino de pie, sujetando el instrumento, cerrando los ojos, tocando para el mundo.
Recordándome con su música sublime que no tengo verdadero miedo a los vecinos, sólo el temor a las certezas que me da la vida de los otros.
Cuando se acaban los ruidos, entiendo porqué el destino los puso ahí, para mí. Es cuando descifro lo que han buscado decirme, sin querer, como un susurro repetido en mis oídos:
- Vive, vive, vive.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Extraños En La Noche


Lucho por conciliar el sueño esta noche. Pero la ciudad tiene los sonidos, y mi cabeza, los ruidos.
Es axioma que siempre me tocan vecinos fogosos. En esta ocasión, el protagonista del sexo next-door no es aquel cachas adorable y promiscuo.
Ahora son hombre y mujer en plena acción nocturna. No les he visto las caras. Sólo los he oído varias veces, dándole al asunto.
Ella es tan falsa follando que ya la he nominado al Razzie. Su novio no se acordará de Rebecca de Mornay y se creerá todos esos orgasmos, pero yo sí me acuerdo y esos gemidos son bad acting. 
Al fin y al cabo, yo también aprendí a follar viendo a Rebecca.


- Dios, ¿estás ahí?. Soy yo, Josito Montez. Esta noche no me duermo ni de broma. Tú sigue callado, así te va. ¿Acaso has probado a vivir en mi cabeza? Es el lugar donde conviven cinco posts a la semana, doce series, canciones, películas, vidas de actores, dramas de la gente que conozco, toda la intensa actividad de cierta red social, menús de dieta, tablas de ejercicio, negras expectativas de futuro, además de las necesidades básicas del ser humano. Si no tuviera que comer, domir o cagar, sería muy feliz. 

Si pudiera desconectarlo todo. Lo he intentado. He apagado el ordenador. Todas las luces. Pero mi cerebro es como un DVD-R, loco en el lector, dando vueltas, asfixiado, cargando datos, calentando el aparato, demandando atención. Todo lo que he hecho, todo lo que he visto, todo lo que recuerdo, todo lo que debo hacer mañana. 
La vecina gime. Música, música, necesito música en los auriculares, para mis oídos. No, son sonidos, más datos, mayor estrés. 


He de encontrar algo que no requiera recibir información ninguna. Me afeito, me corto las uñas, vacío los cajones de la mesilla, tirando a la basura lo innecesario.
Si mi cerebro fuera ese cajón de la mesilla...

- Celador de este bello psiquiátrico, lo que más me estresaba en aquella época era la definitiva adicción, es decir, el Facebook. No era la invasión de la privacidad, porque ya no había privacidad que invadir. El Facebook era, simplemente, la locura. 

Están ahí, a cada hora del día. Echarle un ojo es obligado. De manera inadvertida, puedo mirar el reloj y darme cuenta de que llevo dos horas en la página, sin hacer otra cosa. Perdiendo el tiempo que no tengo, ese tiempo por el que suspiro esta noche, antes de dormir.


Pero, oh, están todos allí. Gente que adoras, gente que no aguantas, gente que conoces de toda la vida, gente de la que te gustaría saber más, gente amable y atenta, gente pesadísima y exigente de atención. Ni que decir tiene que ésta última es la más estresante.
Como en la sociedad misma, la educación es requerida. Como en la sociedad misma, la sonrisa de cóctel vive a dos puertas del vete a la mierda.  

- Doctor, pretendía que intuyeran a la persona detrás del personaje.
- ¿Cuál es la diferencia? - pregunta el doctor, como si me respondiera.


"El Facebook es, efectivamente, la sociedad", pienso en esta noche insomne.
Igual de atronadora, pero aún más viciada de información desbordada, de estrés digital, de demandas visuales, de concentración en un mismo y estúpido punto. 
Es un vicio agotador y, al final, una burda imitación a la vida. Tanto ruido, tanto drama, tanta comedia, tanto ingenio, tanta gilipollez, para luego mirar alrededor y ahogarme en la verdad.
El silencio de sepulcro de la habitación y la inequívoca soledad del homo sapiens facebookiense.

- ¿Dónde estuvo usted entre los años 2008 y 2012? - inquiere el fiscal del distrito.
- ¿Yo? ¡Dándole a Inicio y Perfil, señoría!


A tientas, enciendo la luz del cuarto de baño y el espejo me trae el reflejo de Josito Montez.
¿Acaso para terminar este año también habré de dejar otra adicción? ¿Entender los días sin el Facebook? ¿Matar la virtualidad? ¿Recobrar la realidad? ¿Cuál es la diferencia?
Qué idea tan estresante a esta hora de la madrugada.


Quién tuviera lo que recibe ahora la vecina. Seguro que me quedaba dormido inmediatamente. 
Esos dos extraños en la noche son como amigos de Facebook: desparramando privacidad sobre mí para acercarse en la oscuridad del anonimato. Que se callen ya, joder.
Ella prorrumpe en uno de sus orgasmos de mentira, mientras él hace el gemido de eyacular. Ella le dice "te quiero tanto, te quiero tanto...".
Oh, la ironía. El orgasmo es de mentira. El "te quiero tanto", de verdad. Porque, sí, está claro, lo quiere, por eso finge el orgasmo. Un acto de amor machista, pero acto de amor, al fin y al cabo. Quién pudiera amar así, de esa manera tonta y sencilla.
La envidia también es estresante.
Los vecinos terminan, hablan, uno de los dos va al baño, se ríen, duermen.
El brrrrrr de un generador en el patio se apaga. Sólo cuando se apaga, me percato del ruido que ha estado haciendo toda la noche. Brrrrrrr.

- Esta ciudad me mató, doctor. Esta ciudad y sus brrrs y sus orgasmos fingidos.

Al final, con estrés o sin él, me quedo dormido en algún lugar perdido de la noche. Curiosamente, consigo el descanso. O su imitación más exacta. Con esta cabeza mía, quién sabe ya la diferencia.

miércoles, 29 de agosto de 2012

El Cachas

 


El año pasado, tuve un vecino que era la monda lironda.
Se mudó en pleno invierno al apartamento de al lado, con el que mi piso comparte una pared. En ese momento, sólo esperé que fuera una persona civilizada y poco molestosa, como se espera de cualquier vecino.
No le presté demasiada atención las primeras veces que nos cruzabámos en el pasillo. No recuerdo cómo supe que era gay, considerando que ni siquiera lo miraba con detenimiento. 
Supongo que sería el hecho de que siempre estaba acompañado por algún chico, que vivía solo, o, tal vez, lo oí cotorreando y no me quedó ninguna duda.
En verano, el vecino empezó a hacer obras en el piso.

Los albañiles llegaron una tarde y empezaron a dar esos martillazos que te arruinan la hora del café.
Luego tocaron en mi puerta y preguntaron si unos clavos habían traspasado la pared. Yo les dije que no. Detrás de ellos, estaba el vecino, mirando al suelo, con esa característica timidez que se confunde con chulería.
Por la noche, me di cuenta que los clavos sí habían traspasado la pared. Me cagué en él, porque odio tener trato con los vecinos, pedirles cosas y esperar a que las resuelvan.
Las imprevisiones, las malditas imprevisiones, más malditas cuando no son culpa mía.

Tom Drake, el boy next door de "Cita en San Luis"

Al día siguiente, toqué en la puerta de mi vecino. Vi que miraba por la mirilla. Lo que no hizo fue ponerse la camiseta.
Todo shirtless, abrió la puerta y entonces fue cuando miré de verdad a mi vecino, a fuerza de apartar la vista para que no se me notara el desconcierto.
Unos pectorales nivel Joe Manganiello coronaban el físico del que, en ese preciso instante, pasó a llamarse mi vecino, el cachas. 


Mientras, medio tartamudo, le decía lo que había ocurrido, él entró, tal cual, a mi casa para ver los clavos y dijo:
- Vale, ya llamo a la gente esta.
Si hubiese sido una película porno, una música insinuante hubiese empezado en ese momento, yo me hubiese quitado la camiseta, descubriendo un torso aún más asombroso, y la acción no se haría esperar.
En la realidad, cerré la puerta tras él, dije: OH MY GOD, y corrí a poner un estado en el Facebook contando lo que acababa de suceder.
Al día siguiente, mi vecino, el cachas, tocó en la puerta.
Vestía una camiseta imperio y, mientras me soltaba una perorata, no quise disimular en esta ocasión y le miré el bíceps con cierto descaro. Él pareció darse cuenta, por esa cosa de las miradas que nos lanzamos los gays entre la reserva y la necesidad de saber si le gustamos al otro. 
A partir de entonces, comencé a fantasear. De cara, el caballero no era gran cosa, pero no importaba. Sólo el hecho de ser un vecino cachas puede inaugurar cualquier Biblia de la imaginación calenturienta.

Marc Dylan y Christian Wilde

Una tarde, me estaba masturbando, aburrido, viendo alguna olvidable película porno, cuando oí que alguien le estaba dando al real thing en la casa de al lado.
Me terminé la paja con la oreja pegada a la pared.
Pero aquella fue la única vez que me estimuló oír a mi vecino follar. Especialmente, porque el caballero no paraba. Todos los días, después de comer, echaba un polvo.
Para mí, coincidió con una época de sequía en ese sentido y escuchar el asunto cada sobremesa era más bien una tortura, un recuerdo de mi soledad, un motivo de envidia.
Le gustaba que se lo follaran. Se le oía gemir, se oía cómo las ingles del tipo de turno chocaban en aplauso contra sus nalgas, se oía la televisión de fondo, se oía el orgasmo, se oía la breve conversación de después.
No sé si era un novio el que atacaba todas las tardes, pero juraría que se trataba de varios chicos, uno detrás de otro, dependiendo del humor del día, tal vez.
Vi a algunos en las escaleras, todos atléticos, la mayoría con caras antipáticas, como si suplieran su infelicidad con el levantamiento de pesa número tres trillones.


Una tarde, me encontré al vecino mismo en las escaleras. Lo saludé formalmente, con intención de seguir mi camino, pero él me detuvo, para preguntarme si me habían solucionado lo de los clavos.
Considerando que había pasado un mes, estaba claro que era una excusa para iniciar conversación. A mí me venció la timidez y le dije un simple:
- Sí, sí, ya hace tiempo.
No sé que pretendía.
Cuando pasé por los buzones, miré su nombre y lo memoricé para cotillearlo en el Facebook.
En su foto de perfil, aparecía descamisado, con un tatuaje que asomaba como una garra desde el hombro hasta la parte alta de su pectoral derecho.
Todo en él obedecía a esa pretensión de tipo duro, que termina resultando irónicamente afectada.
Mi vecino, el cachas, casi entrañable.


Spencer Reed

Al invierno siguiente, llegó la casera a solucionarme unos asuntos y me contó que mi vecino, el cachas, se había marchado hacía una semana.
Lo había dado tanto por sentado, que ni me di cuenta que ya no podía oírlo, que no estaba allí, tras la pared.
La casera me dijo que el cachas estaba contento al principio con el piso, pero se hartó, porque le abrían las cartas en el buzón y un vecino se ponía a cantar y lo despertaba de madrugada.
Yo podía haber sido el culpable de lo último, porque, con alcohol y "Only Time Will Tell", no respondo y quién sabe si alguna noche me emocioné lo suficiente para dar la serenata.
Pero mi casera se adelantó y me dijo:
- Le pregunté si el que cantabas eras tú y dijo que no. Que tú eras muy buen chico.
¿Por qué creía que yo era un buen chico? ¿Cuándo lo pensó? ¿Cuando no me enfadé por el asunto de los clavos? ¿Cuando le miré el bíceps? ¿Cuando me puse tímido en las escaleras?


En realidad, nunca esperé nada. Los cachas sólo quieren a otros cachas.
Y, si te soy sincero, no me gusta acostarme con tíos así, porque uno tiende a sentirse Lena Dunham al lado.
Aunque, también para ser honestos, yo soy más naturalmente guapo que él. Muchos musculitos, pero la cara, pasable.
No importa. Se fue y es probable que no lo vuelva a ver.
A veces lo busco en el Facebook, como si lo echara de menos.
En el perfil, decía que era monitor de gimnasio, pero ahora no figura como tal. Tiene una especie de empresa propia, donde se anuncia como entrenador personal, dietista y todas esas cosas.
Un día, lo llamaré. No sé si decirle enseguida que soy su antiguo vecino, pero supliré la incómoda situación con el mismo descaro que tuve aquel día que le miré el bíceps.
Le comentaré que necesito de sus servicios como entrenador personal.
- Se acabó la moda de los ositos. Quiero estar cachas.
Cuando nos veamos, él me tocará la barriga para ver qué lejos queda nuestro musculoso destino y hará un gesto de reprobación. 


Me dirá lo poco que puedo comer, todos los kilómetros que debo correr y, un día, mientras hago una hartada de abdominales, él se fijará en mis ingles y las considerará por fin apropiadas para aplaudir sus nalgas. 
No sé si bajaré las escaleras con mirada antipática, como hacían sus amantes, pero lo olvidaré enseguida. Porque ya no me importará.


Porque estaré cachas en el momento en que haga el levantamiento de pesa número tres trillones. Y seré libre.
Ya no tendré duda cuando un tío se me quede mirando por la calle. Estaré bueno, de un modo básico, directo e indiscutible.
Con una sensación de poder, como decía Christian Bale.
Y, si las cosas van realmente mal, siempre tendré mi cuerpo para vender, para que todo el mundo lo desee.
- Yo solía ser una persona lista. Luego me puse a levantar pesas y ahora soy inmensamente feliz - diré.
Protagonizaré una película porno, y apareceré en la portada con aspecto de duro, bajo un título así como "Man Enough". Tan duro que resultaré afectado.
No haré una película porno, sino muchas.
Y algún alma solitaria verá una de ellas, una tarde de masturbación. Pero esa tarde precisa, se aburrirá de mi imagen en el televisor y preferirá oír el polvo real de sus vecinos.
Yo me quedaré petrificado, al otro lado del espejo, puro músculo, el resultado de la plegaria atendida. Solo otra vez, naturalmente.
La monda lironda.