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jueves, 16 de enero de 2014

El Porno y Yo


Ha sucedido la cosa más increíble y, al mismo tiempo, la más previsible.
El otro día, el cursor se movía por las novedades de una página de porno gay, mientras mis ojos miraban sin mirar, hasta que tropecé con algo extrañamente familiar.
- Juraría que ese tatuaje lo he visto antes.
Sí, el tatuaje sobre el pectoral. Y no en ninguna pantalla. No, en la vida, en la realidad, en el edificio donde vivo, en el descansillo, en mi puerta.
El cuerpo del caballero, la cara y mi "¡juas, lo sabía!". 
Mi vecino, el cachas, se ha metido en el porno gay. Sabía que volvería a mí, de algún modo y así lo ha hecho. 
Para quien siga este blog desde el primer día sabrá que fue protagonista de un post, titulado El Cachas, que terminaba con una predicción alocada de lo que sucedería. De manera irónica, me escribía a mí en el porno gay. Qué poca sensatez. Él era el destinado. Él era todo ese festín de músculos insensatos para deleite básico e inmediato de otros caballeros. 
En pantalla, no parece tan musculoso. Cuán grandes e infladísimos deben andar los otros actores - tanto en el porno como en los géneros convencionales -, para que este hombre, un tocho en persona, parezca simplemente delgado en imágenes.


En cualquier caso, el episodio ha dejado claro una vez más que, si escribiera mi biografía, el porno ocuparía un apartado recurrente. 
Ni los estudiosos ni yo mismo podemos atrevernos a apreciar cuál es el alcance psicológico y conductual de ver tanto sexo en imágenes - y ese sexo - desde los primeros años de adolescencia, a lo largo de toda la vida, durante los días y las noches.
Vi porno hace un rato, lo veré después.
Como sucedió con el cine convencional, conocí lo que contaban mucho antes de vivirlo. Del mismo modo, cuando fui el protagonista, cundió cierta decepción. La ausencia de olor, los testículos rasurados, las elipsis, la atlética general, la perfecta mecánica, la aparente comodidad, la luz, la música. Todo eso lo eché de menos cuando tuve mis primeras experiencias sexuales. 
- Hace falta película aquí. Dirección y mejor casting - me dije.
A pesar de haber contemplado a gente felando y follando con tanta energía y eficacia, era incapaz de repetirlo de la misma manera. El porno proporciona ideas sobre lo que se puede hacer, pero la manera de conseguirlas reside en la voluntad y la práctica, escribiría hoy en la pizarra.
La primera vez que vi porno aconteció con compañeros del colegio y nos dio mucho asco, aunque fue una experiencia, sólo por las risas, los nervios y el suspense de que nos atraparan. 
En Canal Plus, se encontraban las películas porno que viera en la soledad de mis años adolescentes, esas obras inefables de las que guardo un recuerdo contradictorio. 
Por un lado, eran alivio, robaron pudor y descifraron incógnitas. Descubrí lo que tenía que descubrir y le perdí el miedo a todo lo que, aún por entonces, incomodaba y se escondía. 
En ese sentido, fue una buena educación para mí. Que lo chocante pareciera natural, doméstico.


Pero aquel porno del Canal Plus era bastante espantoso. Probablemente, porque era heterosexual o, más bien, hecho por y para hombres heterosexuales. O, apurando aún más, para una clase de frustración masculina heterosexual.
Se ha dicho mucho sobre el straight porn y todo acertado. Yo añadiría que es un universo paralelo, de corte burdelario, donde los actores y actrices que aparecen siempre han suscitado la más grande de mis incógnitas. ¿De dónde salía exactamente esa gente? ¿A dónde se dirigía? Especialmente, ellos. Diríase, a juzgar por su longevidad en el medio, que viven en esos decorados y mueren entre la lencería lacada y las uñas postizas de sus compañeras.
El físico masculino era el gran ignorado en el exposé. Se les veía poco y sólo tres o cuatro estaban relativamente buenos. En el breve momento en que la imagen los captaba, yo le daba al Pause.
En esos Pauses, más que nunca, se acabaron las dudas sobre mi orientación sexual.


Soñaba con porno homosexual e intentaba imaginarlo. Hasta que llegó Internet.
Recuerdo la primera foto, descargándose muy poco a poco. La piscina, y un chico rubio, peinado hacia atrás, con la cara seria y algo tensa, lamía la punta de la polla de su afortunado compañero. Por fin, lo que quería ver.
De escenas a películas enteras, medió la velocidad de las conexiones. Oh, me encantó el porno gay, tanto como esperaba. 
"Es el star-system que más conozco, después del Hollywood clásico. Es el género que más me ha hecho sentir, después del melodrama", escribiría en mi biografía. Y corregiría: "antes que el melodrama".


El porno gay era ese reino de las fantasías imaginables, los tíos buenos y las pollas enormes.
Era ese universo soñado donde todos los hombres quieren follar entre ellos y basta una mirada para ponerse a la acción. Como en el mejor cine, no hay tiempos muertos ni equivocaciones ni rodeos. Le resta sorpresa, porque ya se conoce el final. Aún así, es como "Titanic": sé que se va a hundir el barco, pero qué bonito.
Hay películas porno gay que son clásicos irrenunciables para mí.
Las he visto muchas veces y han resultado efectivas siempre. Sobre todo, las dirigidas por Joe Gage, que es un maestro del medio y un señor tan talentoso que, a veces, consigue sublimar el género menos reacio a sublimación.
Sus películas son personales, cosa bastante extraña en el porno, y muy irónicas.
Suceden en ambientes del Medio Oeste, los personajes suelen ser white trash o blue collar y parecen entregarse al sexo homosexual como si lo descubriesen de repente y así sofocaran las angustias de su mediocridad. 


Se siente el deseo palpitando durante minutos, a la espera de que rompan el hielo y se toquen. Joe Gage eterniza esos momentos.
Sus actores son de distinto atractivo y se juega mucho al encuentro intergeneracional. Los genitales se retratan mejor que en ningún otro porno que haya visto, tal vez porque la fotografía está cuidada para conseguirlo. 
Es de una guarrez exquisita y con los tíos más naturalmente guapos de la industria porno gay. No en vano, Gage ha sido descubridor/empleador de Colby Keller y Dale Cooper, los considerados "actores porno del hombre pensante". 
Leen libros, tienen barba y son muy guays, básicamente.


Dicen que ver mucho termina agotando. Y, cuando intuyes la artificialidad o sabes de la prostitución que conlleva, el encanto se rompe.
Aún así, el porno es muy adictivo. He intentado dedicar mi erótica atención a otras cosas, olvidarlo por una temporada y no he podido más de un día. 
Todavía me queda espacio para la sorpresa, supongo. Eso sí, antes con cualquier cosa, iba listo. Ahora la secuencia tiene que ser buena y creíble, con una entradilla poderosa, para que me interese. 
Quienes lo tienen difícil son los hombres con los que me acuesto, especialmente cuando intentan ponerse creativos. Siempre me digo: 
- Esto ya lo he visto, y mejor actuado. 
Deduzco que ese es el precio de ver tanto porno. El mismo que consumir mucho la tele o zamparse demasiadas películas. ¿Qué me vas a contar ahora?
De algún modo, que nunca haya follado con mi vecino, pese a desearlo, y ahora me lo sirvan en una película porno es la ironía que mata a todas las ironías.
No cabe duda de que la experiencia se alinea entre lo más extraño jamás vivido. 
Por un lado, satisfacía la curiosidad: ver lo que antes sólo le oía. Por otro, el puro vouyerismo, como si me pusiera los prismáticos y lo mirara, con su callada acquiescencia. 
Cuando veía la escena con la polla en la mano, me debatía entre la risa y la excitación. Y, de repente, los ojos volvieron a mirar a sin mirar.
El porno, cual imitación a la vida, lo redujo a una imagen. Dejó de ser el conocido para ser un personaje, cosa desconocida, manejable y, en su caso, sin particular distinción.
Se hizo aquello que pasó de ser chocante a doméstico en un punto impreciso de mi adolescencia. Cruzó la frontera que no se podía cruzar y se desvaneció todo interés.
Oh, la cosa más increíble y la más previsible. Le di al Stop.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Maricón A La Vida



maricón

1. Hombre afeminado
2. Sodomita
3. Insulto grosero, con su significado 
preciso o sin él.


Llega la mañana y los colibríes pían. Los oigo desde mi ventana.
- Pipipipipi.
Cantan porque son felices. O porque están vivos. O sólo porque son así.
Ser así, ser asá, todos nacemos a esta vida y somos de alguna manera. Yo lo era. Lo fui siempre y me lo dijeron muchas veces.
Como era una palabra fea, cerré los oídos, corrí más lejos, no la oía.
Yo crecí temiendo que dijeran:
- Ay, qué mariquita.


Cuando yo era niño, no sabía nada. Nadie sabía nada.
Vivía en una isla donde todos los hombres se disfrazan de mujer en Carnavales, pero la ternura masculina es un tabú. 
La televisión, los chistes, los comentarios maliciosos, todos hablaban de los maricones como unas figuras deformadas, grotescas, reflejadas en espejos lejanos de locura y pérdida de papeles. Era una extravagancia que se consideraba imposible. Desagradable.
Pocos sabían quiénes eran realmente esos hombres, pero todos se reían de ellos.
- Qué decepción me llevé con Rock Hudson, con lo guapo que era, mal empleadíto niño.
- Ayer vi a dos hombres besándose en la playa. 
- ¿QUÉ?
- Por Dios, ese Paco Clavel, que se meta la mano en el bolsillo. Es tan maricón.
- Mejor no juegues tanto con las niñas.
- ¿Qué haces con esas muñecas?
- ... y los encontraron en la cama JUNTOS.
- ¿Cómo que no te gusta el fútbol? A TODOS los chicos les gusta.
- ¡MARICÓN!
- Ay, no le digan eso. El pobre...
- Y al hijo le dio por vestirse con un traje violeta.
- Ya se le pasará.
 La vida debía ser toda una jungla para mí, porque muchas de estas líneas las oí en mi propia casa.


Maricón, maricón. Me lo dijeron muchas veces, porque decían que parecía una niña. Cómo hablaba, cómo movía las manos, cómo miraba, cómo era. 
No me gustaba el deporte, las Barbies despertaban una atracción irresistible hacía mí y la compañía femenina era más grata. En realidad, la sentía como la única posible.
Mi padre me corrigió de pequeño cómo dejaba caer las manos. Así, como un hombre, me dijo.
Decían que cambiaría, quizá debía intentarlo. 
Todos celebraban que jugase a fútbol y andase con niños, pero sólo lo hacía un día. Algo dentro de mí se rebelaba, tendía a reafirmarse.


Pero entender esa palabra como un insulto era sentirla como tal, conducía a ser la víctima de su violencia. Maricón, maricón. Me lo dijeron muchas veces. 
Niños que se decían mis amigos, amigos de esos niños que me oían gritar, que me descubrían, que me veían correr, que esperaban el momento preciso para burlarse, que no querían estar conmigo.
- Adiós, maricón - me dijo uno de ellos, delante de mi madre.
Lady Montez me preguntó a qué venía eso, cómo era posible. 
Yo corrí y lloré mucho. Porque era humillante que me insultaran. Más humillante que ventilaran mi incapacidad de defenderme.
Lo intenté, porque siempre tuve cuerpo para darles de hostias. Era igual de deprimente. Pegarles era como pegarme a mí.
También me advirtieron que debía pasar de lo que decían. Ahora pienso que es quitarle yerro y decirte que te tienes que aguantar. 
Recuerdo que, durante mi infancia, fantaseaba continuamente con caminar, caminar y no volver a casa, tal era la presión que sentía. 
Las farolas se apagaban y ahí estaba yo, un niño, subiendo la cuesta a ninguna parte. 
Mi madre, asomada a la ventana, me decía:
- Jose, ya es tarde, vuelve a casa.
Yo volvía, porque de una isla, no se puede salir. Una isla que vivía tan sola en el océano como yo vivía en ella.


Transcurrieron los años, llegó el instituto. 
Qué inocente era cuando creí que todo iba a ser mejor. Esas aulas no fueron más que esa tortura medieval que nos esperaba a todos los maricones cuando éramos adolescentes. 
Todavía recuerdo esas sillas y esas mesas con un escalofrío.
Era allí donde llegaban ellos, mis acosadores particulares. Se cernían sobre mí, bien pegados al oído, para así violarme con sus palabras.
- Sabes, Josssse, nos hemos dado cuenta que tienes una voz... como de tenor...
- JAJAJAJAJA.
Yo sólo esperaba a que terminasen, únicamente pensaba en que se fuesen. Pero no se detenían. Cuando fallaba, se reían. Cuando acertaba, se reían aún más.
- JAJAJAJAJA.
Un día, los profesores los cazaron, les echaron la bronca y pararon.
Para mí, ya era tarde.
Salía del instituto, de vuelta a casa, y un chico que no conocía de nada, desde la esquina, con una sonrisa de oreja a oreja, resplandeciendo, se dirigía a mí:
- Eh, maricón, maricón, tú, maricón, maricón, mírame, te he dicho que me mires, maricón.
Ese fue el momento en que lo consiguieron. Cuando llegó la destrucción, cuando me di cuenta que todos lo sabían ya, que todos lo sabían de siempre, que no iba a cambiar jamás, que estaba solo, jodidamente solo en esa mierda de instituto, en esta mierda de vida.
Que ya no era el niño mariquita. Ahora el adolescente maricón, encorvado, hosco, desconectado, con sobrepeso, sin amigos, que nunca se miraba en el espejo, que había dejado de asearse todos los días.
Ahí, de vuelta a casa, fue cuando lloré. Porque era feo. Tal y como ellos me veían, tal y como ellos querían que fuese.
El camino se contó, paso a paso, hasta el balcón, porque ya no había nada sino ganas de dormir. 
Mis manos agarraron la barandilla y miré hacia abajo. Imaginé mi cadáver espachurrado en el arcén y un forense que levantaría mi mano inerte, para diagnosticar, sin asomo de duda:
- Quince años de edad, y maricón todos los días de cada uno.
La muerte. Qué fácil, verdad.


Las siete de la tarde y silencio en la consulta de una psicóloga, la que venía a salvarme.
Me preguntó porqué no tenía amigos, porqué no la miraba a la cara cuando hablaba. Yo no supe qué contestarle. De nuevo, el silencio.
Las sesiones y los meses se sucedieron y me dijo que no avanzábamos. Qué es eso que te impide relacionarte con lo demás, insistía.
- Lo de siempre - le contesté.
- ¿Qué es lo de siempre?
- Bueno, lo sabrás, lo habrás notado.
- Dímelo.
- Que soy afeminado...
- Yo no te noto nada. De hecho, te veo bastante serio siempre.
- Es cuando me río, cuando estoy alegre, cuando me emociono.


El silencio, de nuevo. Entonces, mi psicóloga atacó.
- ¿Has sentido deseo alguna vez por algún hombre?
Y como si la mañana se hiciese y el colibrí encontrase la rama perfecta donde posarse, respondo:
- Es posible.
Ella vuelve a callarse.
- Es sólo... - añado - es sólo que no quiero darles la razón.
Cambia el tema.
- ¿Crees que desear a un hombre está mal? ¿Crees que eres peor por hacerlo? ¿Crees que es un pecado?
- No - respondo con rotundidad.
La psicóloga apunta algo en su bloc, se toma un segundo y dice:
- ¿Hay algún chico en tu clase al que desees?
- Sí.
- ¿Quién?
Tardo, tardo mucho en seguir.
- Promete que no te vas a reír.
- No tengo porqué - responde ella, sabiendo exactamente lo que le voy a decir a continuación.
- Uno de los que se mete conmigo.
Bajo la cabeza y me río de mí mismo. Entonces, ignoré que esa risa fue la luz

.
- ¿Cuándo supiste que eras homosexual? - suelen preguntar.
- ¿Y tú? ¿Cuándo supiste que eras heterosexual? - he de contestar.
Siempre estuvo ahí, desde que tuve uso de razón, cuando empecé a utilizar mi polla para mi satisfacción, en el camino que va desde el príncipe de la Bella Durmiente hasta el chico del anuncio Gillette, con parada obligatoria en Keanu Reeves. 
Sí, después de Keanu, no hubo vuelta atrás.
Mi deseo por los hombres era como el secreto donde me abrigaba, sin planteármelo para los demás, sólo para mí, disociado de la violencia del maricón que me dedicaban los otros.
Por entonces, también deseaba a los chicos de la vida real. Mucho y largamente. 
Dicen que las mujeres buscan en sus novios a sus padres. Yo siempre he opinado que los gays buscamos a nuestros amores platónicos de instituto.
Quizá yo busque a Josué. En una excursión a la playa, se quitó la camiseta para jugar a fútbol. Entre el panorama y el calor, yo creí que iba a explotar como John Cassavetes en "La Furia".
También buscaré a Saúl, que con quince años, era ya un hombre. Mi amor por los pelos en el pecho empezó ahí, sin duda.
Y a Esteban. 
Cuando entré en la nueva clase, pensé que Esteban iba a ser el encargado de meterse conmigo durante el año. Pero no.
Fue encantador, terriblemente encantador. De hecho, ahora lo tengo en el Facebook. "Oh, Jose, nunca pensé volver a saber de ti, tengo un hijo, espero que sigas tan genial como siempre", me dijo, tantos años después de aquel curso.
Aquel buen curso.
Paso a paso, el mundo cambió de color y se llenó de todos los posibles para mí. 
No sé porqué. Yo maduré, los otros crecieron, o simplemente aquella clase era mejor que las anteriores.
Paso a paso, sin brújula ni plan preconcebido, como suceden las mejores cosas, levanté la mirada. Sin nada que perder, reconecté con la sociedad, hice amigos, respiré. 
Aun tan niño, ya tan mayor.
Y, paso a paso, volví al balcón, mis manos se agarraron a la barandilla. Entonces, no miré abajo. Miré hacia arriba, cerré los ojos y el sol me besó.
Mi gran venganza fue vivir.


Tuve suerte. Poco después de saberlo, llegó la época. Era el momento de "Will & Grace", Stanford, Boris Izaguirre y el Outside. 
Éramos el accesorio de moda, nos miraban con curiosidad y yo me presté encantado al juego.
Me desaté, lo viví y jamás pedí permiso. Todas las tarimas eran parar bailar, todos los tópicos estaban para cumplirlos y saborearlos. 
Yo era gay y debía adorar lo gay.


Nunca dejé de oír el vocativo con intenciones destructivas, y más en aquellos años de inicio. Una vez, casi me pegan. 
Era muy diferente. Me seguía incomodando la violencia, continuaba sin decodificarla, pero ahora no me venía abajo ni por asomo. 
Ahora ya sabía lo que tenía entre manos: la dignidad cobrada. 
Entre la ingenuidad de mi eterna fe al mundo, con la necesidad de seguir adelante, eran dardos que no lo eran tanto. Venían del miedo, de la ignorancia, eso que yo conocía, que había superado. 
El problema ya no era mío, porque nunca lo fue.
- ¡Maricón!
- ¡Y dilo!
El sentido humor es la llave maestra.
Pero todavía quedaba el último baile, el final del día, el momento preciso.
Llegó la verdad. Debía irme, tenía que marcharme de allí.
- Jose, vuelve a casa, ya es tarde - dijo Lady Montez, desde la ventana.
Esa vez, se hizo la noche y no regresé.


Durante toda mi vida, he sentido y presenciado la homofobia en todos los lugares donde he vivido.
La he visto entre los propios homosexuales y hace estragos. He tenido amigos que, sin más, odian su lado femenino tanto como el de los demás.
Entre los gays, la pluma es lo que nos coordina socialmente, pero la pluma es también lo que hay que reprimir para mostrarse más seductor.
En esencia, la homofobia y la maricafobia son puro machismo. Eso de que lo femenino es débil, ridículo, risible.


Pienso que la belleza está allá donde te precies encontrarla. Y hay muchos y muchas que no quieren encontrarla en ninguna parte.
La homofobia está hasta en Chueca. La oía el otro día, mientras salí a fumar un cigarrillo y los porteros heteros, más feos que su puta madre, se reían de unos mariquitas con tacones que pasaron. 
Dios los libre de que los confundan con gays por trabajar en un bar de ambiente. Antes, que los tomen por gilipollas, por supuesto.


Sí, muchos son gilipollas, pero hoy debería ser justo con los que no lo fueron ni lo son en absoluto.
Los hombres heterosexuales que hicieron lo que tenían que hacer: tirar el guión que les habían dado e improvisar. 
Los que siguieron su corazón, los que lo entendieron, los que se acercaron a mí, los que no tuvieron miedo, los que demostraron lo hombres que eran. Entre ellos, mi padre.
Los que le encontraron la diversión, los que me besaron al saludarme, los que me dijeron cosas como:
- Cuando entras, la cafetería se ilumina.
O los que, borrachos, me susurraron al oído cosas tan curiosas como:
- Eres tan guapo, Jose, que, si no tuviera novia, te follaba ahora mismo.
Y mi amigo Álvaro, que cuando me ve, me toma la mano, la besa y me dice, todo sublime:
- Ay, mi Emperatriz...
Porque la gran verdad es que el amor propio no basta para salvar el mundo. Deben amarte, tienen que hacerlo.


Hoy dirás que este es un relato de superación, aunque, para mí, también es un cuento triste. 
No sé si me hizo fuerte, pero me lo podrían haber ahorrado. Hoy, que ya se sabe más y mejor, hay que perseguirlo, castigarlo, con firmeza, sin lástima ni condescendencia.
Despertar a la vida y que los demás se rían de ti e incluso te desprecien es una mala combinación. Muchos problemas e inseguridades que arrastro y con los que lidio día a día se deben a ello.
En cualquier caso, sé bien que yo no necesitaba tanto un psicólogo como aquel chico que sonreía de oreja a oreja mientras me insultaba sin conocerme, sólo por el placer de humillar a otro.
Irónico que, tras tanto vivido, superado y contado, ahora ya no soy la loca que era. 
Será porque la edad me ha hecho una sosa, porque me he puesto de seriote para ligar más o porque no me queda nada que demostrar.
Se acabó la función, señores. Ahora sólo quedo yo.
O quizá, este fin de semana, necesite una tarima y un abanico de manera urgente. Un volver al principio, un llegar al final de la historia.
Esa historia que no olvidaré, que no quedará en los márgenes de mi memoria, que no traicionaré. Porque, por fin, la he escrito. 
Porque ha llegado el día. Ese en el que me ha dado cuenta que la historia de mi mariconez es la historia de mi vida.


Lo que más me inquietaba, cuando era adolescente y sufría, era mi inmensa soledad. La oscuridad de desconocer si alguien me entendería alguna vez, si encontraría otros como yo.
Los dioses bendigan por siempre el día que se levantó la niebla y aparecieron a mi vista todos los colibríes, en el árbol tan lleno. 
Así que, hoy y todas las mañanas, mi querido pajarito, allá donde te encuentres, seas como seas, tengas la suerte de expresarlo o esperes con paciencia el día para contarlo, sufras o seas feliz, nunca dejes de cantar, por favor. 
Canta cuando estés triste, canta cuando te rías, cuando estés alegre, cuando te emociones.
- Pipipipipipi.
Canta, mi precioso maricón a la vida. Para que yo pueda oírte. Para que el mundo se quede sordo.

viernes, 1 de febrero de 2013

"Esplendor En La Hierba"


Para los que la han visto y sentido "Esplendor En La Hierba", rememorarla conduce a un inevitable suspiro, tal es el alcance emocional de esta película de Elia Kazan.
Como gran parte de la obra de Kazan, "Esplendor En La Hierba" navega entre la desmitificación de la América profunda y el testimonio de una generación.
Escrita por el dramaturgo William Inge, otro célebre devastador del provincianismo yanqui, el drama se resuelve como un atormentado estudio de la represión sexual y sus consecuencias, vertebrado en la historia de amor interrumpida de dos adolescentes.

Warren Beatty y Natalie Wood

Ellos se llaman Wilma Dean y Bud, tórtolos incapaces de sofocar su calentura en un pueblo de Kansas, durante los años previos al crack del 29. El escenario de prosperidad se contrapone al fatalismo hormonal que agobia a la pareja. 
La madre de Wilma Dean le predica que hay dos clases de mujeres, y los hombres sólo se casan con una. Entra en escena la concepción del sexo como algo repugnante, especialmente para la mujer, que ha de esperar a someterse a su marido.
Mientras, el padre de Bud lo disuade de casarse precozmente con Wilma Dean, interesado en promover el futuro de su hijo en una ascensión capitalista. Irumpe el materialismo como la antítesis de los sentimientos inconscientes y espontáneos.
Puritanismo y materialismo viven así en inquietante armonía, y los tabúes designan a todo lo improductivo y lo que trae complicaciones.


La causa inmediata es la ironía. El sexo no se acaba, sino que se convierte en la mayor obsesión de la sociedad, en un escaparate de morbo. 
La intimidad se destruye, las persianas se levantan y la opresión promueve el machismo, la violación, la prostitución y la histeria.


"Esplendor En La Hierba" se cuenta como crítica de ese atroz sistema de valores y asocia la destrucción de la psique de su protagonista con la caída de la Bolsa en 1929. 
La depresión es ahora Depresión y, más ilusorio que el amor, era la seguridad en una prosperidad eterna.


Pese a estar ambientada en esa época pretérita, "Esplendor en La Hierba" servía como guante y calzador a la década de los sesenta, la era donde incumplir el cuarto mandamiento sería moda y necesidad.
"Esplendor En La Hierba", estrenada en 1961, se convertía en un clásico trangresor, poniendo en solfa las equivocaciones de los padres, introduciendo el primer beso con lengua de la historia de Hollywood y llamando a los jóvenes con la simple consigna de que follar no está mal. De hecho, es bueno para la salud.
Porque la historia entre Wilma Dean y Bud está precisamente condenada desde el momento en que se revelan incapaces de desobedecer a sus padres. 


El lacrimógeno final de "Esplendor En La Hierba" la confirma como película triste, con ese heartbreak desolador e irreparable.
Pero, a la vez, se viste de cálida y valerosa, confiada a la última expresión de Wilma Dean, decidida a seguir adelante y atesorar lo vivido.
La juventud, el primer amor y los pecados de los padres; tres asuntos que hay que dejar en el pasado con la esperanza de la curación. 


Como melodrama, historia de amor, radiografía vital y retrato de costumbres, "Esplendor en la Hierba" es perfección. 
Elia Kazan era un genio del equilibrio, que solía afrontar historias excesivas, sembradas de gritos, pasiones y gente atroz, y las abordaba con una elegancia notable.
Si la historia no deja indiferente, especialmente a los románticos, la clave está en la dirección de Kazan. 


Bajo su batuta, Natalie Wood da una de sus interpretaciones enseña, como señorita idealista y neurótica, pero el descubrimiento de la película, tanto para Natalie como para Hollywood, fue Warren Beatty, que, bellísimo y muy Actors Studio, debutaba en "Esplendor En La Hierba"
El resto del reparto es extraordinario, despuntando Audrey Christie y Pat Hingle, que ofrecen dos de los padres más espantosos de la Historia del Cine.

Pat Hingle como Ace Stamper

"Esplendor En La Hierba", delicada y potente al mismo tiempo, hermoso retrato de fealdades provincianas y, ante todo, parada imprescindible para los cazadores del amor cinematográfico, podría considerarse también como una teen movie. 


Madura y refinada como casi ninguna otra teen movie, pero "Esplendor En La Hierba" siempre ha sido, en esencia, una oda al dolor del crecer adolescente, ese que no conoce de épocas ni sociedades.
No es ningún secreto que todos los que suspiramos por esta película, suspiramos también por aquello que dejamos por el camino, entre la frustración, la resignación y la urgencia de hacernos mayores.

miércoles, 9 de enero de 2013

Canción Para Lidia


Caminar me llevó a la puerta de su local, casi sin pensarlo, hace varias tardes, sólo para verla.
De espaldas a la puerta, mi amiga Lidia escribía cosas en un cristal con un rotulador permanente. Yo carraspeé, crucé los brazos y esperé a que se diera la vuelta, mientras ponía gesto de interesante.
- ¡Josito! ¡Estás aquí! - exclamó.
Me abrazó, me miró con alegría y me tomó de la mano.
Esa fue la última vez que he visto a Lidia. Si tuviera que hablar de la primera, tendría que hacer mucha memoria, hasta el tiempo cuando teníamos diecisiete años.
Al otro lado de la clase, la profesora de Inglés le preguntaba a Lidia cómo se pronunciaba exactamente una palabra. Ella respondía como si hubiera nacido en Londres.
Poco después, me enteraría que sí, de hecho, había nacido en Londres, de cuando sus padres eran emigrantes en Inglaterra.
Lidia vivió allí la mayor parte de su niñez y podría decirse que, si algo sabía de la vida, era cómo hablar en inglés.


Pero el día más impactante sucedió meses después, cuando Lidia llegó llorando una mañana a clase.
Todas las chicas la consolaban y ella, con una cara terrible de no haber dormido, con la mirada del corazón roto, lloraba y lloraba.
El motivo era, por supuesto, un chico mayor que ella. Y, mientras Lidia lloraba y lloraba, las otras se contenían el sollozo, sintiendo lo mismo al estar junto a ella, como viviendo su historia, porque Lidia había sido la primera en saber cómo eran los hombres. Es probable que aquel día, mientras las otras la confortaban, ella sólo pensaba:
- Ojalá le hubiese dicho que sí. Ojalá le hubiese dicho que sí.


Aquel curso escolar tuvo un momento decisivo cuando nos fuimos de viaje a Grecia. Fue cuando Lidia y yo nos hicimos amigos oficialmente.
Yo la seguía mientras compraba. Lidia miraba cada prenda de la tienda, la estudiaba y se tocaba el labio con el pulgar, en señal de meditación. No parecía conforme, y miraba la siguiente, con su cara pálida y alargada y su pelo negro y brillante.
Lidia es como una versión canaria de Mary-Louise Parker, con esa expresión entre el eterno susto y la ternura de una niña grande. Cuando sonríe, dos hoyuelos.


A Lidia fue la primera persona que le conté que era gay. Fue inesperado, y sabría más tarde que la revelación le asustó e incomodó. Tal vez, yo necesitaba contárselo al mundo y, en la faz diplomática de Lidia, encontré un lugar donde nadie me juzgaría.
Lidia y yo nos hicimos amigos entonces, dentro de un gran grupo, de aquellos que se tienen por entonces.
Pero Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos. Fuimos mejores amigos para otros.
Sí tuvimos buenas risas, porque teníamos el mismo sentido del humor. Una profesora hablaba conmigo, y Lidia se paseaba por detrás, imitándola, para hacerme reír.
A Lidia nunca le gustó estudiar. Le costaba prestar atención en clase y solía suspender con frecuencia, aunque fuera a los exámenes notoriamente cargada de "chuletas".
Recuerdo un examen de Historia, donde estaba sentada delante de mí, con la "chuleta" escrita en un kleenex. La pregunta del examen era "Causas de la Segunda Guerra Mundial". Al parecer, no había nada de eso en las furtivas notas de mi amiga, que se inclinó un poco y me dijo, entre dientes:
- Dime una causita, por fa.


¿Las causas de la separación? Oh, Dios, de eso sí que no me acuerdo, pero cualquiera que haya tenido un grupo de amigos, sabe que se rompen.
No sé cuándo ni porqué nuestros amigos comunes se distanciaron de Lidia, porque yo no estaba muy presente por aquella época. Ya estábamos en la universidad, más distantes, pero aún todavía niños que se pelean y sufren porque los demás no son lo esperado.
Durante una década, no supe nada de ella. Poner kilómetros de distancia tampoco ayudó. No la volví a ver, ni me la crucé, ni supe si había acabado los estudios, si se había hecho mayor o, al menos, si lo había intentado, como yo.
Podría decir que la olvidé. 


Llegó el Facebook, o cómo el pasado nos alcanzó para enmendar las soledades del presente. Recibí un mensaje de Lidia, que se alegraba de encontrarme. Esperaba que hubiese olvidado los malos rollos de la adolescencia y que la aceptara como amiga.
En su foto de perfil, aparecía tal y como era ella. Fue como bajar la escalera y ver en la entrada a quien no esperabas ver nunca más. Y, en esos casos, la emoción es mayor.
La agregué y hablamos, y me lo contó todo. Lo que hacía, con quien salía y las ganas que tenía de saber de mí. Dónde estás, has vuelto a casa, has encontrado el amor, qué piensas hacer.
Luego me diría que mandó similar mensaje a nuestros otros amigos, pero ninguno quiso contestar. Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos, pero ser olvidadizos y nada rencorosos nos permitió una segunda parte, que ninguno imaginó.


Lidia se había hecho mayor, sí. Estaba más centrada, tenía muchos proyectos empresariales y enseñar inglés era su herramienta. Tenía una relación estable, aunque no podía independizarse.
Vivía en un hilo, pero con la mente clara, contradictoria como muchas mujeres, entre la duda y la firmeza, entre la seguridad y la incertidumbre.
Me contó también que aquel que le había hecho llorar a los diecisiete años se había convertido en uno de sus amigos más fieles.
- Por fin, lo superé.
Ella, que no era buena para estudiar, mostraba el valor del que yo carecía para trabajar. Como una ironía, la vida nos había puesto del revés. Ahora era yo quien debía preguntarle a Lidia, en pleno examen de la vida, sin saber contestar la pregunta:
- Dime una causita, por fa.


Carraspée y ella se dio la vuelta.
- Josito, ¡estás aquí!
La otra tarde, me enseñó su local, donde comparte negocios con otra chica, para enseñar inglés, para divulgar; un mundo particular de Lidia.
Lidia no tiene las respuestas, sufre la crisis como todos, pero no se detiene. Es inquieta. Si tuviera que escribir un propósito de 2013, escribiría: "Ser como Lidia".
Ella enseña inglés a través de un sistema dinámico, de conversaciones. Dice que le inspiró la experiencia de su padre, que emigró a Londres sin saber decir ni "Hello". Detrás de las mejores empresas, siempre parece existir un acto de amor.
Y, como acto de amor, sus amigos la ayudan en todo lo que se propone. Porque Lidia está llena de amigos.
Aquella tarde, hablamos de inglés, de las cosas que nos teníamos que decir, mientras pasábamos la tarde, bebíamos té y mirábamos a nuestro alrededor. Recordamos cosas de nuestros amigos perdidos, del viaje a Grecia, de nuestras risas.
- Claro que me acuerdo. No sabes cómo me acuerdo. Me acuerdo continuamente - me dijo ella.
Lidia y yo diremos que nunca hemos sido los mejores amigos, pero ninguna amistad me ha durado tanto.


- Me gustaría tener una vida - le confesé la otra tarde - Ya sabes, un trabajo, un perro, un hogar.
- Oh, Josito, ¿no te das cuenta? - contestó ella - Esto es la vida.
Esa frase no sólo fue oír la verdad, sino escuchar justo lo que necesitaba en ese momento. La "causita" del examen de la vida.
Anocheció y pareció como si no hubieran pasado más de quince años para nosotros. Ella se tocó el labio inferior con el pulgar, meditando.
Yo la miré como si nunca la hubiera visto antes.