Mostrando entradas con la etiqueta La Laguna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Laguna. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sucedió En 2014


2014 empezó hace mucho tiempo. Sucedió en un amanecer frío, despertado en un parque, bajo la copa de un árbol, yo, escondido ahí, junto a otro chico con el que acababa de compartir algo más que una conversación. 
Primer drama: no era el hombre con el que quería estar. 
Sucedió en La Laguna, mi ciudad natal, de vacaciones navideñas para ver a la familia. Unos días y volvería a Madrid. 
Entonces todo era aquel chaval de Polonia, que había conocido en Chueca unas semanas antes de la Navidad. No paraba de pensar en él, porque era lo último que había sucedido en el año anterior. Y, allí, en aquel parque, en aquel frío, me prometí:
- No creo que vuelva mucho por La Laguna. Tengo que hacer un plan para no tener que volver. Tengo que irme de España.
En aquellos primeros días del año, vi una película que se titulaba como el brindis que hacía su actor protagonista, el incomparable Fredric March. Se prometía en matrimonio y, consciente de que iba a ser un desastre, decía:
- Alegremente, nos vamos al infierno.


Merrily, we go to hell. Go to hell significa irse a la mierda en una traducción más precisa. 
Así, que alegremente tomé muchas decisiones y levanté la copa, sin calcular dónde pisar el embrague y cómo pisar el freno para no cruzar la línea. En aquellos entonces, yo no sabía nada del freno ni del embrague. 
De vuelta a Madrid, volvieron las mismas complicaciones de siempre, el similar estrés y otro descorazón más a la abultada lista de descorazones. El chico polaco me volvió loco lo justo y necesario para que no hubiera grandes esfuerzos por mi parte por conocer a otro más en todo 2014. 
Agotado de los síes y los noes, los parece que síes y los parece que noes. Ducha de agua fría era el caballero de la Europa del Este en cada una de sus apariciones, pero igual de helado que su país era ese agua que caía en pleno enero en todas mis duchas. El termo, otra vez, roto. 


Comencé a soñar con una ciudad eficiente, limpia, dinámica, con trabajo para todos, que me sacara de la alienación en la que se había convertido mi vida madrileña. Y el sueño se hacía exponencial a medida que pasaban los días.
Días de 2014, cuántas cosas pasaron en ellos.
Me enteré que mi vecino era actor porno gay, que no había mejor manera de empezar el día que con las locas noticias de El Mundo Today o que servidor guarda un sospechoso parecido con el actor del cine mudo Richard Barthelmess. 


De pronto, 2014 se conjugó con Londres, con ilusiones, con sombras en la caverna, con pasos hacia adelante. Por fin, tras años de apatía, recibía el saludo de los demás ante mi propia acción. Oh, qué intoxicante fue, qué exacerbador de emociones. 
Si hay algo que he aprendido este año es que cuando todos estén de acuerdo en que es una buena idea, yo debería hacer exactamente lo contrario.
Mucha gente fue a la guerra por hacer caso a sus amigos.


Alegremente, borré todos los subtítulos de las películas para aprender más inglés, mientras regresaba el agua caliente, literal y figuradamente.
Por fin, llegó el día.
Ir a Londres y volver ha sido, sin duda, el acontecimiento de mi 2014, porque narré el antes, el mediante y el después con todo lujo de detalles en el Facebook; la ilusión, el desconcierto, la decepción. En realidad, fue sólo un mes y medio. Nada en comparación con más sucesos, más eventos del año.
Mientras estaba en Londres, me llegaban noticias de partidos políticos nuevos que llegaban para quedarse, de reyes que dejaban la corona en sus primogénitos, de fotos filtradas, de escandalosas revelaciones.
A través de esos parques que parecían producidos por David O. Selznick, caminando por esas calles llenas de comercios en cadena, pasé de la fascinación a la indiferencia en cuestión de una semana. Alegremente, me había ido a la mierda. Porque aquello era justo lo contrario a lo que yo estaba buscando. Y lo que buscaba, queridos seguidores de mi 2014, era detener el grado de estrés que llevaba arrastrando años. Ejem, ese lugar no es el indicado.
Lloré, pero no por nada de lo que me había sucedido - en realidad, nada malo pasó-, sino porque había caído en la trampa de cambiar de marcha sin pisar a fondo el embrague. 
Entonces, no sabía nada de marchas. Sólo que había saltado hacia delante sin saber y aquello era una Nada bien grande. 
Inservible como todas las nadas y agotadora como la peor de ellas.


Alegremente, a la mierda. El plan abortado como la ley del ministro dimitido. 
Is it alright, now that you got what you want?, me cantaba la ELO en los auriculares, allí en el metro, en el autobús y en todos aquellos eternos, adocenantes viajes en el transporte público. La realidad es igual en todas partes, concluí, pero hay sitios en los que es más coñazo que nunca.
Me cansé de dar explicaciones, de pedir afirmaciones ajenas que jamás llegaron y, en el momento más crítico, me pasé los dedos por el cabello mientras me duchaba y oh, terror, se me estaba cayendo el pelo.
Hice las maletas y volví a La Laguna, porque no tenía ganas de hacerme viejo. 
- No creo que vuelva por aquí. - había dicho en enero. En junio, me tragué las palabritas, una a una.
En 2014 me tragué más palabras. Dije que no necesitaba un smartphone y ahora me cuesta entender cómo pude vivir tanto tiempo sin uno. Repudiaba los ebooks y ese Kindle me ha acompañado tantas y tantas veces.
Los subtítulos volvieron, las lecturas regresaron en español. Cuando subí al avión y oí nuestro idioma, por fin, la calma. De vuelta a casa. Sin pensarlo, porque sí.


"Llego con muchos planes, muchos objetivos, muchas cosas que contar", dije al aterrizar. En realidad, estaba pendiente de lamerme las heridas y ordenar la testa. 
Entonces me di cuenta que no sólo tenía que curar ese mes y medio en Londres, sino los diez años en Madrid.
Había pasado mucho tiempo fuera. La salud regresó, el pelo paró de caerse. En verano, encontré la paz necesaria, la comodidad después de años de caminar, caminar, jamás llegar a fin de mes y frustrarme, frustrarme. 
La vida en las grandes ciudades es morderse la cola, es aislarse, es ponerse triste porque sí. Y, en estos tiempos que corren, más que nunca.
Tal vez, un tiempo había terminado. Probablemente, no me quedó otra.


El terror a volver a meterme en una casa con mi familia se disipó pronto, quizá por armarme de paciencia como reflejo instintivo. 
Ahí siguió veloz el 2014, con sus imputaciones por las mañanas, con sus violaciones falsas al alba, con las caras comparadas de Renée Zellweger por las tardes, con la tristeza profunda del perro que asesinaron por aquello del Ébola y la enfermera en las noches de desvelo.
Dimisiones, famosas en la cárcel, una lista inacabable de fallecimientos. Se murió la Temple, se murió el Rooney, se murió la Bacall, se murió la Rainer. Y también el gran maestro de todos, Gabriel García Márquez, y el pequeño maestro mío, Juan Miguel Lamet. 
El año era intenso, lo sabía mientras lo estaba viviendo. Semanas que parecían vidas, donde aprendía y rectificaba al mismo tiempo. En las que creía tener la solución y luego hacía un pfff de contrariedad.
No ha habido recetas que funcionaran ni conclusiones de las que vanagloriarse en este 2014. 
Sólo lo he bailado y ahora saludo al final, con el sombrero de copa al aire.


Dos cosas fueron decisivas a lo largo del verano. Leyendo "El Manantial", de Ayn Rand, comprendí la importancia que le estaba dando a la opinión y aprobación de los demás. No sé si lo he conseguido por completo, pero aseguro que es donde más lejos he llegado en este año. Me importa un huevo como norma general.
Y, en "Mamma Roma", esa frase que dice la Magnani: "Como acabes, es culpa tuya". De nada ni de nadie más. 
Contó mi existencia y la de tantísimos. Años elaborando listas de a quiénes echar la culpa, cuando sólo hay que hacer listas de maromos, películas por ver y nuevas heridas que lamer.


Será por Ayn Rand pero acabó mi verano con la victoria de los objetivos, eso que está tan de moda ahora. 
No hay trabajo, así que márcate objetivos tales como saltar a la comba o recitar el alfabeto cirílico con un chupa-chups en la boca. Qué triste evangelio ese. Oh, dame trabajo y acaba con este sufrimiento.
Mis objetivos han sido aprender a conducir e ir al gimnasio, dos cosas que nunca pude hacer en Madrid, porque era altamente improbable que agarrara un coche en plena metrópolis y altamente imposible que me llegara el dinero para costearme autoescuelas y centros del culticuerpo. 
Los imaginé como los dos objetivos a cumplir para salvar el honor de este 2014, pero me ha dado por pensar que lo hago porque lo hago, porque está bien y porque sí, y no para colocarme medallitas, ni decir "mira, mira, con lo inútil que era, ahora cambio a tercera con soltura y hago lumbares desafiando el vértigo".
Como dije el otro día en Facebook, este año brindo porque demostré mi propia incapacidad para hacer muchas cosas y me alegro, porque no me perdí a mí mismo ni caí preso de los cantos de sirena. Brindo por lo que no hice, porque lo que no empecé y por lo que dejé a medias. Detesto el "tú puedes", sí.
Cuán de moda ha estado el podemos y otras formas de posibilismo en 2014. Yo puedo hacer unas cosas, y otras, no. Es la certeza en un año sin verdades absolutas.


Y, oh, los dos empujones que he recibido este 2014.
Uno, de un tipo que estaba de jefe de voluntarios en un festival al que me apunté en Londres, y el segundo, del brutísimo monitor de mi primer gimnasio.
En las dos ocasiones, fue como salirse de la escena y mirarla atónito. En las dos ocasiones, sonreí por no llorar, me di la vuelta y no volví. Lo que me arrepiento es haber dudado de si debía haberlo aguantado.
Sucedió en 2014, cuando pensaba que estaba en el camino y, algo, de repente, me decía que no andaba bien situado. Me volví loco un segundo, lo resolví al siguiente, regresé a mi carril.
No está mal dejar las cosas, abandonarlas, decir que no las vas a hacer porque no quieres, porque no son lo tuyo, porque no te dan la puta gana, pero lo apropiado es saltar de inmediato a otro quehacer, sin perder el empuje, sin dormirse. Y, así, me falló el primer gimnasio, acerté de lleno con el segundo.
Me fallaron muchas ciudades, pero caí en una que es mi casa, con todo lo que significa. Y volver ha sido bueno, ha sido triste, ha sido alegre. 
Alegremente, guardé la maleta y dejé que cogiera polvo. 
Volver a casa ha sido reencontrarme con muchas cosas, claro. Algunas que no puedes recuperar porque el tiempo pasó, otras que hablan de las limitaciones de este lugar - ¡¿dónde coño están los bares de maricones?! -, aunque el regreso ha sido beneficioso para mi salud, mi tranquilidad y el inevitable ajuste de cuentas conmigo mismo.
Y siempre he tenido el cine y las series, desde "Lo Importante es Amar" hasta "Johnny Apollo", desde "House of Cards" hasta mi maravillosa revisión de "Doctor en Alaska". Pantallas hermosas de mi vida.


La continua vivencia de experiencias no es tan decisiva como el provecho que se saque de ellas y me atrevo a decir que, en este 2014, tremendo él, el año y yo nos hemos entendido a la perfección en ese sentido. 
Lo empecé echando un polvo en el parque y lo termino aprendiendo a aparcar en cuestas. No sé si me gusta la progresión, pero me divierte muchísimo. Porque la vida me sorprende, tanto para bien como para mal, y. en todos los caminos que he recorrido, no he perdido la capacidad de llorar, ni de desesperarme y ni confiar en un mañana mejor, más emocionante, acompañado de un caballerete que me adore y un montón de dinero con el que disfrutar de lo lindo.
Lo único que me cuesta ajustar del 2014 es lo intermitente que se ha vuelto mi publicación bloguera. Los viajes y los súbitos cambios de horario han sido letales y seguros propiciadores de bloqueos creativos. Cuando vuelvo a estas letras, es cuando me doy cuenta de lo mucho que lo echo de menos y de lo tantísimo que hace por mí. 
Es un lujo que me entrego, es otra casa a la que no paro de volver. Y, en este último retorno, han regresado también las buenas visitas. Aquí y en El Tercer Secreto. Es el auténtico broche de oro de este 2014 de idas y venidas.


Escribir, escribir. Dudo de todo en este Fin de Año, pero escribir una novela sigue siendo el axioma. ¿Era ese el único objetivo? ¿Era ese el lugar al que tenía viajar? Claro que sí. Brindaré por más palabras, por mejores éxitos, brindaré por hacer lo que realmente quiero hacer. Lo que sí puedo. 
Amigo, me voy de 2014 sin planes laborales, sin encantos sentimentales y sin un duro en el bolsillo. Todo lo que le pedí al año no lo conseguí, pero logré tantísimo a cambio. 
Viví y no imité a la vida más de lo necesario. Conocí compañeros de piso que se convertían en amigos y me recordaban que ser sociable y encantador no me cuesta nada.
Lo conté todo en Facebook y lo seguiré contando. Todo sobre Madrid, Londres, La Laguna, las tres ciudades. Y todo sobre mi búsqueda, pasándome de la raya o quedándome corto, sin controlar el vehículo del futuro, mientras las cosas simplemente suceden y me enseñan el valor con el que me voy a otro año: la paciencia. 
Sucedió en 2014, el año en que conseguí despertarme antes de las doce todos los días, apretar el acelerador de mi existencia y echarme en el sofá a ver otra película sin temor de ser juzgado por nadie. 
A 2015 no le pido nada, sólo más vida. Como toda la que me ha ofrecido este maravilloso, terrorífico 2014. 
Alegremente, me fui a la mierda, pero, coño, qué gran año. 


Y, para ti, querido lector, mi amor por tus ojos atentos ha sido la constante, lo que permanece tal y como estaba hace doce meses.
Feliz Año Nuevo, y ahora alzo la copa por ti y por un saludable 2015 que nos mantenga juntos y, sobre todo, revueltos.

jueves, 17 de julio de 2014

El Pasado Ha Llegado Para Quedarse


Contesta a la pregunta, hoy y para siempre. La pregunta de todas las preguntas, la que te haces todos los días, la que intentas averiguar de los otros. 
Sí, hablo de la pregunta, la que define si vamos por el buen camino, si necesitamos una tarde en la playa, un polvo rápido, una chocolatina, una visita exprés al psicólogo, un segundo de suspiro. Sí, hazte la pregunta, porque, a mí, hoy, ayer y mañana, me la hacen:
- ¿Eres feliz?
Oh, la felicidad. 
- Conteste a la pregunta, no retorice. 
¿Soy feliz? O como decía cierta canción de Diana Ross, ¿te gusta lo que la vida te está enseñando? 
Para esto último, sí que hace falta retórica. La vida me ha enseñado que existe Douglas Sirk y los atardeceres, pero también Vladimir Putin y las baterías de los smartphones.
Lo dejaremos en tablas, de momento.


En cierta ocasión, hace ya muchos años, una amiga muy sabia dijo algo así como:
- ¡Nos han engañado! La felicidad no se alcanza. Son momentos.
La felicidad son momentos, sí, y la vida es un parque de atracciones diseñado al pairo. A veces, nos sube a la montaña rusa. Otras, nos entretiene con algodón de azúcar. La mayoría, nos deja perdidos en medio de la muchedumbre.
¿Soy feliz? ¿Soy infeliz? He vuelto a casa y, de manera milagrosa, también he vuelto a mi hogar. ¿Era lo que tenía que hacer? Bah, quién sabe lo que tenía que hacer. Simplemente, lo hice.
¿Me entristece caminar y llegar al final de la pequeña ciudad en cuestión de media hora? 


Quizá, pero allí, por encima de las copas de los árboles, asoma un entramado de tubos metálicos verdes. Forman las atracciones de un parque de juegos, a lo lejos, tan solos. Paso por delante, como lo hacía cuando era niño, cuando los miraba desconsolado. Los ojos son iguales, la añoranza es idéntica. Soy el mismo, con la boca abierta. El que vive entre las mil cosas que no hace y los cien milagros que se permite. Mañana será otro día, dije. Quizá más feliz, tal vez cuando me decida a buscarte a ti.


Para saber que estoy en casa, he buscado entre sus cajones. ¿Por alguna respuesta? Sólo por hacer sitio. 
Ahí están los recuerdos, el menospreciado ayer, el pasado que, dicen, debes olvidar para seguir adelante. Quién olvida el pasado, quién lo supera. Nadie. El pasado, amigos, ha llegado para quedarse. No se va nunca, porque es la Historia. Y, hasta hace quince años, se escribía en papeles, se pintaba en dibujos, se mecanografiaba y se imprimía, se revelaba desde carretes y se colocaba en álbumes, en carpetas, en libretas, desordenadas, amontonadas en cajas, estanterías, baúles, trasteros. 
Las casas contienen la memoria de las personas y éstas las echan a un lado, las apartan de la vista, tapándolas al guardarlas. Todos nuestros recuerdos archivados, los que tienen una entidad física y los que sólo permanecen en nuestra mente. Son las cosas que oscurecemos, porque las consideramos primarias, pueriles, descartables.
Hay que seguir adelante, olvida lo viejo, ni para tomar impulso, rezan los esloganes.


Yo he abierto los cajones para encontrar los trabajos de amor perdidos. Y lo he encontrado todo. Las preguntas, las respuestas. Cuando desvelé el baúl. Diarios, cuentos, dibujos, pequeñas novelas, críticas de películas, revistas...
Siempre he tenido la sensación de que, a lo largo de mi vida, he escrito poco, pero, cuando he visto la cantidad de cosas, oh, Dios, no he parado de recoger por escrito todo lo que me preocupaba. De manera dispersa, desordenada, sí, pero tan valioso. 
Ha sido emocionante descubrir que siempre he estado como una cabra. Que siempre he querido lo mismo, con la misma ansia, con parecido miedo. 
Todos los complejos, la sensación de no hacerlo bien, ya desde entonces. Pero, también ya desde entonces, me esforzaba más de lo que pensaba, hilaba las frases, comunicaba las sensaciones. Lo hacía bien.
El contenido puede ser dudoso, pero la necesidad de mejorar, la urgencia de recoger lo que pensaba por escrito. Estuvo todo ahí desde el principio.


Con trece años, un prólogo mío comenzaba así:
"Marlene tejió en un mantel toda su vida. Recluida y olvidada en sus últimos años, reveló su historia en la costura para que sus descendientes la recordaran. En ella, tejió su época de rebeldía, los años dorados y la era de reclusión... Esta historia, además, transcurre en una isla imaginaria llamada Iraat".
Con catorce, escribí esto:
"Eva, ¿qué piensas hacer cuando salgas de aquí? Dentro de treinta años, iré a buscar a mi hermano. Tras morir mi madre, él desapareció. Empecé a visitar los suburbios, porque lo habían visto con gente extraña. Todas las noches sueño con él, lo veo triste y en una habitación azul, sentado en una cama. Su figura es rara, puede que lo esté pasando mal en alguna parte. Me dice que vive en las alturas y se pone a llorar. Ese sueño me persigue desde hace mucho tiempo. Creo que desde entré aquí".
Con dieciséis, sólo un párrafo que aseguraba:
"El viento susurraba desgracia entre los recovecos de la casa cuando la Señora Patrick oyó a lo lejos un grito de voz reconocida. ¡Señora Patrick, señora Patrick! Bajó rápidamente hasta llegar a la calle. El frío era insoportable. Se le acercó Lenore, una de las amigas de su hija. Se le notaba la excitación y la prisa de su corazón por hacer llegar la sangre hasta el último aliento y las tres palabras fatales: Harmony ha desaparecido".
Pero estas frases de historias inventadas, con elementos prestados, inundadas por la influencia del cine, la televisión y el raigambre melodrámatico, no me gustan tanto como cosas sueltas, que aparecen escritas en esquinas, que no sé lo que significan. Me encantan.
"Intentó reclinar el asiento, pero las piernas del pasajero de atrás se lo impidieron. Tenía sueño. El viaje había sido largo".
Superar la adolescencia. Toda la tristeza, las naúseas, el descontento, ahí recogido por escrito. La progresiva asimilación, el miedo a que fuera demasiado tarde, la sensación de que el mundo se paró durante el sopor. "Morí y volví a nacer", escribo en una página de un diario.
En otra, en pleno viaje de estudios, termino con: "Y, al día siguiente, con el semblante adormecido, pienso en lo que ha ocurrido y, a veces, no lo creo".
Mi favorita, cuando superé los miedos, afronté la vida por primera vez, me hice grande, acepté quién era.
"Sólo me falta un paso. Quizá el más importante. Puede que nunca lo consiga, pero puede que sí y que no sea muy tarde".
Puede que no sea muy tarde, dije con diecisiete años. Qué maravilloso bobo era. He leído eso y he llorado. Es lo mismo que pienso ahora. Puede que nunca lo consiga, pero puede que sí, que no sea muy tarde.
Además de escribir sobre mí, ahí está la increíble acumulación de escritos sobre cine.
Si buscaba algo que decir sobre el mundo, también he trabajado siempre por redactar algo personal acerca de las películas.
Mis primeras críticas no son buenas, la mayoría están influidas por los adjetivos y la perorata aprendida de las revistas y los programas de cine. Algunas se atreven a ser personales y, al menos, se ve el principio de mejores intenciones.
Todo significa la necesidad de contar lo que había visto. La diferencia es que, entonces, sólo me lo podía contar a mí. Nadie veía lo que yo veía, nadie sabía de qué estaba hablando. Los fanzines que elaboraba, los ficheros que armaba. Eran para mí. Jamás los leyó otra persona. 


La llegada de Internet mató la buena costumbre, pero he encontrado muchas páginas webs impresas de los primeros tiempos. 
Era el año de "Titanic", pero también cuando vi "El Valle de las Muñecas", que tiene una presencia inabordable en todos los tesoros que he encontrado. La película que cuenta un viaje de ida y vuelta, qué curioso.


Cuando descubrí todos esos escritos, ahora bien archivados, ordenados, llenos de besos, sentí una profunda tristeza. Quizá por aquello de la nostalgia, de cuando todo estaba a punto de empezar, pero también la sensación de que estoy en el mismo punto de locura, de cinefilia, de melodrama, de llamar en la oscuridad y recibir el eco.
"¿Qué quieres ser de mayor?", preguntaba un test que me hice a los 8 años. "Escritor", respondía. Hazme la misma pregunta a los treinta y dos, anda.
¿Qué ha cambiado? El público, Josito, el público. Ahora ya no te da vergüenza. Ahora lo posteas al mundo. Algunos aseguran leerlo. Otros, incluso emocionarse.


Seguí buscando en los armarios y encontré mucho más que la vanidad del alevín literato. Porque las palabras son palabras: las ordenamos, las enmascaramos.
Pero las imágenes, las fotos. Esas mienten poco. Y las fotos de tu vida son también el pasado que ha llegado para quedarse.
Los cumpleaños con los otros niños, los viajes, las vacaciones. Sonrían, niños, una foto. Mi familia, la bronceada, sonriendo a cámara. En las cenas, en los encuentros, en los brindis, con los primos, en las calles, paseando, con flores en la mano, con palos, con gatos, con los juguetes, con las muñecas - con valle o sin valle -, mirando por las ventanas, subiendo a los muros, encamarados a los árboles, jugando en los parques, balanceando en los columpios. Abraza a tu prima, dale un beso a tu hermana. 
Qué jodido vértigo da la vida. Es imposible ser consciente de ella, de lo que significa. Te obligan a amar desde el primer día y, un día, paf, te das cuenta de que lo han conseguido. Abraza a tu prima, dale un beso a tu hermana. El significado, por fin.
Nos hacemos mayores entre increíbles dolores y olvidamos las alegrías que nos mantienen vivos, que nos acercan para siempre, que nos hacen querer volver a casa. Sonrisas con aparatos en los dientes, muecas de desagrado ante fotos que recogían nuestra adolescencia. Qué feo me pensaba, qué guapo era. Qué niño era cuando me creía mayor. Qué niño sigo siendo ahora que soy mayor. Emocionado ante lo mismo, fastidiado ante lo de siempre. 
- No sé si necesito amor  - decía en uno de mis diarios.
Lo tenía para regalar. Ahí está, en las fotos de la vida maravillosa de la que he estado rodeado, besado por el sol, confortado por la seguridad, siempre con alguien que no dudaba en echar el brazo por encima de mis hombros.
La felicidad son momentos, pero también es el Paraíso donde nací y la droga a la que me acostumbré. Crecer fue descubrir que la mayor parte del mundo no ha tenido mi suerte y fue lo que me aterró. 
Hazme la pregunta ahora:
- ¿Qué quieres ser de mayor?
- Peter Pan.


Abro más cajones, más fotos, más recuerdos desordenados, más punzadas al corazón. 
- Pero si sólo era una niña - me digo, ahora, con la boca abierta, viendo a mi madre en esas fotografías. 
Sólo era una niña cuando nos tuvo, cuando nos crió, cuando nos vistió, hasta cuando nos dijo un adiós que se esperaba hasta pronto. 
Tan joven, ¿cómo lo hiciste, Lady Montez? Improvisaste, sí. Sonrían, niños, una foto.


El pasado ha vuelto para quedarse, con la intención de curar. Recuerda los recuerdos y quédate con los dulces, amigo mío, porque fueron los que ahora nos mantienen con los pies sobre la Tierra, con la esperanza en el mañana, con la cabeza bien alta, con los errores perdonados.


Quizá no lo consigamos nunca, pero quién sabe. Puede sí. Puede que no sea muy tarde.

jueves, 12 de junio de 2014

Historia de Tres Ciudades



"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. 
La edad de la sabiduría y también la de la locura; 
la época de la fe y de la incredulidad; la era de la luz y las tinieblas; 
la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. 
Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; 
caminábamos hacia el Cielo y nos perdíamos hacia el Infierno..."

Charles Dickens, "Historia de Dos Ciudades"


Todo lo poseo y no tengo nada, camino hacia el Cielo y me pierdo hacia el Infierno, digo para refutar la idea del post de ayer: sólo soy capaz de entenderme de una manera melodramática. Es el mejor modo que tengo de conciliar el sueño.
Hablando de sueños, precisamente en ellos empezaría mi historia de las tres ciudades. 
En algunas ocasiones, sueño que ando por calles de las ciudades en las que he vivido. Pero son calles por las que no he caminado con frecuencia en la realidad, por las que me perdería. Lugares que parecen reclamar mi visita sólo cuando estoy durmiendo. Quizá en esas calles poco transitadas por mí encontraría lo que no he encontrado. O son un simple símbolo de inseguridad, esa sensación que atenaza en toda pesadilla. Además de caminar por esas calles ignoradas, también me sueño conduciendo por carreteras, agarrando el volante, sabiendo que no pasará nada si mantengo la calma, sigo adelante y voy en línea recta. Gran sueño de inseguridad para mí, sin duda, que no tengo ni idea de conducir un coche.


Sí, he vivido en tres ciudades. Veintidós años en La Laguna, diez años en Madrid, un mes y medio en Londres. 
Llamar ciudad a mi La Laguna da un poco de risa en comparación con las otras dos. Pero yo crecí pensando que era una ciudad. De hecho, la gente que vive en La Laguna cree que vive en una ciudad. Quizá porque tampoco es exactamente un pueblo. No todo el mundo se conoce, hay barrios, servicios municipales e incluso algunas avenidas donde el tráfico se detiene y comienzan las bocinas. 
Es de los lugares más fríos de las islas Canarias y las nubes sempiternas que cubren sus tardes le han valido el apodo de Mordor, especialmente vista su bruma al subir por la autopista desde la soleada Santa Cruz.
La Laguna vive entre la universidad y los bares, entre las plazas y el mercado, entre las calles solitarias y las casas antiguas, tan jodidamente hermosas. 
La gente es cálida, sonriente, saludable, pero también envidiosa e incluso arrogante. 
Te mira con susto y guarda una opinión sobre ti. Si no tiene ganas de saludarte, dejará de hacerlo un día y ya no lo hará más. 
Es bruta, pero se las da de fina. Si anoche te emborrachaste con ellos, ya eres su amigo. Acudirán a ti con los brazos abiertos. En definitiva, es como yo.
Si vas a La Laguna, tomaremos un cortado por la tarde, nos emborracharemos por la noche y volveremos a casa, caminando, maldiciendo el frío húmedo de ese lugar de clima extraño y cambiante, sólo posible por estar en altura, con el Atlántico en furia creciente, encima de una laguna perdida que le dio su nombre, entre las casonas de gente que se piensa aristócrata y los pisos de estudiantes de todos los lugares del archipíélago.
Entre el día que mis padres se conocieron, se casaron y la eligieron como el sitio donde trabajar, crecer y vivir para siempre. 
Entre los días en los que yo nací y las noches en las que me fui.


Hace diez años que marché de La Laguna y, cuando he vuelto en semanas sueltas por vacaciones, apenas la he mirado con mucho detenimiento. 
Si comprobé que había cambiado mucho. De repente, actividades culturales, rincones encantadores. La vieja ciudad fría y dormida se hacía repentinamente moderna, inquieta. ¿Será verdad o será un espejismo?
Yo he odiado La Laguna, pero sin demasiada dedicación. Ha sido más bien un desentendimiento. Yo no puedo vivir aquí, decía. La verdad es que no he podido vivir con mi familia, que es distinto. 
Pensé que el amor estaba en otra parte, hice caso a los que me dijeron:
- Josito, tú aquí no tienes nada que hacer, vete fuera.
Y lo hice. 
Cuando me recuerdo con veintidós años, maletas enormes, en el aeropuerto de Barajas, despertado a un frío distinto, seco de necesidad, apabullante de vaho, sólo puedo enternecerme. Creía que lo sabía todo, creía que iba directo al Cielo. 
Y me enamoré de Madrid hasta el tuétano. Lo pasé fatal los primeros meses y no me rendí ni un segundo. Era el desafío y la promesa, era el lugar temible pero también extrañamente hogareño. Sentía que me dirigía a alguna parte.


Esa década en Madrid ha sido la vida, incluso hasta cuando le di la espalda. Madrid fue todo. Siento ahora mismo el viento en la cara de cuando llegó el primer metro al que me subí tanto como la pared en mi espalda donde me arrinconaban los caballeros en el bar de ligoteo.
Oh, echo de menos Madrid. Anoche soñé que volvía a Madrid, sí. Pero echo de menos el Madrid de antes, el previo a la crisis, el fiestero, el que estaba vivo. Quizá eche de menos al Josito de entonces, tal vez sólo vivo en el peor de los tiempos. 
¿Es incorrecto echar de menos la prosperidad, el derroche, los días buenos, esos que fueron los culpables del descalabro económico? Es inevitable. Y tengo la sensación de que las cosas no volverán a ser las mismas, ni incluso aunque el mundo se recupere el día de mañana de esta interminable crisis. Los años veinte no volvieron nunca. Madrid, mi Madrid, preveo que tampoco.


El desencanto por una ciudad me llevó a buscar otra, que se las prometía formidable e insuperable. Pero usted no puede olvidar a un gran amor con un repuesto mecánico. 
Y, menos, con una ciudad tan complicada como Londres, la tercera en discordia, la que no odiaré ni amaré. Un mes y dos semanas no es nada. 
Me reservaré la opinión sobre este monstruo, porque entiendo que tiene sus fans. Aún es pronto para entender cuál es el significado de esta ciudad en mi vida. ¿Un error por la precipitación? De manera optimista, una extraordinaria parada en el camino, que me dirigió a donde quería ir, que me puso en evidencia desde que me echó el ojo, que no era lo que buscaba, que quizá haya más suerte la próxima vez.


Esta historia de tres ciudades termina con la elección inevitable de una de ellas. Al menos, por hoy, porque tengo la sospecha de que no voy a parar de hacer maletas en toda mi vida. Este culo mío nació para la inquietud.


Mientras decido sobre mis decisiones, esta historia de tres ciudades terminará en la primera. Exactamente lo que he temido todos estos años: volver a La Laguna. 
Estoy aterrorizado en muchos aspectos y lógicamente frustrado, pero también siento una extraña tranquilidad. Siento la brisa de un sitio tan limpio y bonito. Tengo más amigos y gente querida allí que en ningún otro lugar del mundo. Me he perdido tantas cosas. Bebés que han nacido, padres que han envejecido, 
El otro día una amiga de la isla me dijo: "Llevamos mucho tiempo buscando nuestros sueños en otra parte y, a veces, están al lado de casa".
Cómo me hizo pensar la muy puñetera. En La Laguna, no todos se conocen. Yo no los conozco a todos. Hay calles que nunca he caminado.


¿Es La Laguna el lugar donde escribir una novela, donde empezar otra vez, donde hacer una parada y tomar fuerzas para buscar la cuarta ciudad? ¿Es la ciudad donde vivir para siempre, donde todo será más fácil, más barato? 
Es la ciudad donde tener aquello que nunca he tenido: paciencia, bendita paciencia. Es el sitio donde encontraré la tranquilidad o donde entenderé que eso no existe. 
La Laguna es mi hogar, o uno de los muchos hogares que puedo crear, recortar, imaginar, soñar y tropezar para levantarme de nuevo. Regresaré a mi casa y haré lo posible para hacerle volver, decía la O'Hara. Yo lo haré para hacerme volver. 
He fracasado, he sucumbido, me he equivocado, me he dormido en los laureles, he perdido frente a mi pereza y bajo la crisis. Sí, y hoy me he dado cuenta. En la tercera ciudad. Oh, ya va cobrando sentido.
El sábado vuelvo a La Laguna, porque no me queda otro remedio, porque lo poseo todo y no tengo nada, porque me desvié en el camino al Cielo, porque es lo mejor y lo peor que puedo hacer, porque no soy el único, porque quiero que lo entiendas, porque quiero ignorar a los que me juzgan.


Porque quiero conciliar el sueño esta noche, convencido de que hago lo correcto, para soñar con las calles que no he caminado, esas que dan miedo, esas que cuentan las historias de todas las ciudades del mundo.
Esas calles donde paseas tú y donde debo encontrarte, amor de mi vida.