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martes, 27 de enero de 2015

Yo y El Guionista


Por lógica cartesiana, ahora tendría que estar escribiendo la prometida novela, esa que arrase con los corazones del mundo, pero, por ilógica montezca, me he refugiado en mi otra pasión: historiar mi existencia y la de los demás. 
Otro día más, entre recuerdos y archiveros encontrados en armarios, he hallado un tesoro de tesoros: números antiguos de la revista Fotogramas. De mediados de los noventa, nada menos.
Todavía con una presencia estimable en kioscos, la revista Fotogramas es la más antigua de las publicaciones periódicas sobre el audiovisual en España y su primer número conoció una fecha tan remota y significativa como 1946. 
Sin embargo, su éxito se aceleró hacia finales de los ochenta cuando empezó a revelarse como un trasunto de la internacional Premiere, ese magazine que combinaba la comercialidad de los últimos estrenos con retrospectivas cinéfilas y mucha erudición.


Revisando esos noventeros Fotogramas, comprendo el amor que le tenía a esa revista que me inició al cine. Indicaba donde estaba el buen camino y todo aquello que dije el otro día sobre la creación del buen gusto. 
Fotogramas era una buena brújula. Imperfecta, sí, vendida al bombo de algún que otro éxito cantamañesco, también, pero la mezcla heredada de Premiere era perfecta. Fotogramas era entonces una revista ideal de cine.
Lo mejor eran las generosas columnas de Mr. Belvedere y El Sobrino, enigmáticos críticos que respondían bajo seudónimo a la correspondencia de los lectores. Tenían mucho sentido del humor y se complementaban de manera deliciosa. 
Era una gozada leerlos y ha sido el doble de placentero volver a esas líneas, algunas grabadas en la memoria por aquello de la iniciación.
Al parecer eran Jaume Figueras y Daniel Monzón quienes se ocultaban bajo los seudónimos. Figueras sustituía al original Mister Belvedere: José Luis Guarner, fallecido y muy llorado por los tiempos en que empecé a comprar Fotogramas.
Más que esas columnas, lo que yo devoraba con un ansia canina eran las minicríticas de Jaume Genover sobre las películas que emitía Televisión Española. Eran mi credo. Ahora las leo y no me gustan demasiado, además de que comparto poco más de la mitad de sus opiniones, pero, sin duda, El Tercer Secreto no sería nada sin esa escuela oficiosa de comentario preciso.
De manera lamentable, las columnas de Belvedere y El Sobrino fueron reduciendo su presencia en la revista, mientras las críticas de Genover desaparecieron por completo.
Fotogramas primaba su lado de escaparate, de grandes titulares, mermando poco a poco sus rincones especiales. 
Creo que la seguí comprando hasta 2006, pero dejé de leerla muchísimos años antes. No sé cómo andará ahora, aunque cualquier publicación escrita cuenta con la desventaja de los nuevos tiempos, rápidos e inmisericordes. 
Antes era la Biblia, ahora lo sabemos todo antes que ellos.


Podría hablar de aquellos tiempos prepúberes de 1994, del arrobo cuando veía una foto mínimamente erótica o de que no conocía a nadie más que comprase esa revista. 
Pero hoy prefiero hacer Historia. Han pasado veinte años para Hollywood, para España y para mí.
La revista es un panorama de muchas cosas que dejamos atrás. El laser-disc, los anuncios de tabaco, llamar buena actriz a Winona Ryder. 
En pequeñas notas, hablan de "la red Internet". Y, de manera pionera, anuncian su primera página web en un número de 1996.
Todas esas revistas me han dado una buena imagen de los noventa, una década que, a pesar de todos los testimonios documentales, está menos estudiada y entendida que la Edad Media. 
En realidad, se la recuerda recapitulativa y descafeinada. Sin duda, lo era. También fue una ideal cerradura para el siglo XX, porque se acrecentó la obsesión magna de la centuria. Es decir, la incensante búsqueda de la celebridad.
Con el asomo de Internet, la proliferación de CD-Roms y la puesta a flote de una constelada comunidad de cinéfilos, se vislumbra que, ante todo, fue una época decisiva para la historia de la comunicación. 
Pero no para el cine.
Recordamos grandes películas de los noventa, pero un vistazo a esos Fotogramas resulta estremecedor, en el sentido de la cantidad ingente de títulos que se estrenaron con mucha expectación y, triunfaran o fracasaran, se han borrado de la memoria por completo. 


Yo, que soy una Espasa andante, me he sobresaltado en más de una ocasión: "Coño, ¿y esta película? ¿Por qué nunca más se habló de ella ni se pasó por la tele ni se reivindicó?".
Si nos retrotraemos a esos años, pareciera una broma pesada que "Dos Tontos Muy Tontos" quedara más en el imaginario colectivo que "Quiz Show", aunque también resulta hoy de justicia divina que aquella pequeña "Antes del Amanecer" sea un clásico y nadie se acuerde de la hiperpromocionada "Un Paseo Por Las Nubes". 
Y cualquiera sonríe con deliciosa maldad ante el hecho de que "Showgirls" levante pasiones y "Pena de Muerte" resulte una cosa muy, muy lejana.


En el caso del cine español, mi estremecimiento es doble y hasta triple. Esos mediados de los noventa se rememoran como una breve era de esplendor. 
El boom, como todos los booms, es bastante supuesto, efímero y muy relativo. Y se dilucida al contemplar que la práctica totalidad de las películas estrenadas en esos años están olvidadas. 
El alud de producción del cine español de esos años puede echarse de menos hoy con toda justicia, pero, a ojos sabios, era disparatado y desproporcionado.
En una de sus columnas, la revista Fotogramas publica la lista de unos guiones subvencionados por el ICAA. Ninguno de esa lista llegó a producirse jamás.
Así mismo, el magazine informa de rodajes de muchos títulos que no vieron ni la luz de un estreno.
Otras películas, protagonizadas por actores y actrices que saltaban de rodaje a rodaje  - María Barranco llegó a intervenir en siete películas en un año - tenían unos resultados de taquilla inexistentes y, aún así, el ritmo de producción continuaba.
La revista celebraba los éxitos - "El Día de la Bestia" o los Almodóvar, por ejemplo - y perdonaba los fracasos, pero, a propósito de éstos, también sus columnistas se atrevían a incidir levemente en la clamorosa ausencia de un mínimo estudio de mercado.
La insensata metralleta de producción, que devenía de la pervertida cultura de la subvención, encuentra su espejo en las fotos de los saraos de las celebrities patrias que, por entonces, sencillamente, no paraban. Galas, presentaciones, estrenos, fiestas, aniversarios. 
He ahí una buena imagen de la cultura del pelotazo, disfrazada de renacer del cine español.


Por entonces, era un paraíso dorado de desarrollo económico, orgullo cultureta e infinitas posibilidades y resulta entrañable que la revista denuncie las primeras intentonas políticas de barrer los privilegios. 
En cuestión de veinte años, ese sistema de producción ha desaparecido. Se ha llevado lo malo y lo perverso, pero también la posibilidad de lo bueno. A pesar de que ese boom fuera tan relativo, es innegable que proporcionó más de una joya para el recuerdo.   
Estos Fotogramas que he revisado, entre la nostalgia y la intriga, informaban del anuncio de un rodaje decisivo para todos - "Tesis", de Alejandro Amenábar - y una edificación importante para otros tantos, incluido servidor: el regreso de la Escuela de Cine.
Con respecto a "Tesis", diremos que no sólo inició la carrera de Amenábar, sino que puso de moda otra carrera. Parte de la película está rodada en la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Comunidad de Madrid. 
Tras la notoriedad que adquirió "Tesis", Comunicación Audiovisual se convirtió en una de las carreras más demandadas y codiciadas por toda una generación, que veían en ella el sueño del siglo XX. Celebridad, siempre celebridad.
Años después, Comunicación Audiovisual adquiría la reputación de ser la carrera perfecta para dar un billete directo a la cola del paro hasta al más entusiasta de sus alumnos.


La Escuela de Cine de Madrid (ECAM), por el contrario, era la Tierra Prometida. Era más difícil de entrar en ella, más cara y más nutrida de profesionales. Era más posible que nos colocase allí donde todos queríamos estar.
En el momento de su fundación, se llenó de caras conocidas como profesores, aunque los que anduvieron por sus pasillos con mayor permanencia eran los mismos señores que hablaban por entonces en las tertulias de "Qué Grande Es El Cine". 
Su director - también comentarista para los debates de Garci - era Fernando Méndez-Leite, por entonces de buen año con su fina adaptación de "La Regenta" para televisión, protagonizada por la actriz española de moda: Aitana Sánchez-Gijón.


Cuando yo veía a Aitana en el Festival de San Sebastián, tendría unos catorce años y soñaba con andar por ese sitio lleno de cine y de promesas de celebridad, dulce celebridad. 
La Sánchez-Gijón decía en Fotogramas que su película favorita era "¿Qué Fue de Baby Jane?" y yo, que la había comprado por 1.495 pesetas y la había visto casi el mismo número de veces, no podía estar más de acuerdo.  
Pasaron los años. Ni Aitana ni Winona estuvieron a la altura de las grandes esperanzas. Muchas cosas se desvanecieron, otras permanecen. Volver a ver esas revistas es saber del misterio que tiene la vida, en general y el negocio del espectáculo, en particular. 
Pasaron los años, pasaron diez años.
Cuando terminaba la carrera de Historia, allá por 2003, me descargué un programa que prometía el Trivial Pursuit. 
Se llamaba TrivialNet y, a la vez, tenía un chat para hablar con los otros jugadores. 
Yo entré en el Canal Cine, por supuesto. Estuve a punto de borrar el programa, porque no me gustó la idea del chat. Al final, no lo hice.
TrivialNet me cambió la vida.
Conocí a mucha gente, algunos que aún considero amigos y más de una que todavía lee estas líneas, todos los que supieron de Josito21 antes que fuera Josito Montez. En ese chat, hubo peleas, reconciliaciones, amistades, enemistades y más de un lío amoroso. Era un manicomio divertídisimo.
Para lo que hoy me ocupa, diré que también entraban un par de tipos que habían estudiado en la ECAM, esa de la que informaban mis viejos Fotogramas en artículos que nunca leí. Yo no tenía mucha idea de esa escuela. Ni mucho menos de que, en cuestión de un año, estaría delante de Fernando Méndez-Leite.
Mis intenciones pasaban por estudiar Periodismo después de Historia, pero la ECAM era irme de Canarias, era la aventura, era el cine, era el sueño de Aitana Sánchez-Gijón en Donostia. Y, oh, guionista, estudiar Guión. Sólo 12 plazas, pero la posibilidad de escribir películas. 
El sueño era puro atolondre juvenil y la ejecución, más todavía, pero lo dicho: en cuestión de un año, llegué a la ECAM, hice las pruebas y cuando, en la entrevista de acceso, le dije a Méndez-Leite que no soportaba a Julio Medem, el señor puso una mirada como quien me coloca una metafórica alfombra roja para que entrase en sus dominios.
- ¿Escribes? ¿Existe el hábito de escribir? - me había preguntado otro de los entrevistadores.
- Sí - mentí. 
Mi único hábito verdadero por entonces era ver películas viejas y grabarlas, aunque no dudo de que siempre fui hábil con la escritura. Quiero creer que por eso entré en la ECAM.


Cuando yo estudié en esa loca, bendita Escuela, se cumplían diez años de su inauguración y, en muchos aspectos, se intuía la lenta caída hacia el desastre. 
El cine español estaba muy mermado y se hipotecaba a sus directores estrella, mientras había otros que seguían produciendo películas sin tener el más mínimo éxito, ni comercial ni crítico, pero a través del favor de las subvenciones.
Se nos prometió que la especialidad de Guión formaba bien y solía colocar a muchos ex alumnos en series de televisión, lugar donde había más trabajo y continuidad. El cine era más complicado, porque los directores solían escribir sus propias películas y/o ser completamente inaguantables para ingerencias. 
De todos modos, era difícil.
- Encontrar el primer trabajo costará. Conseguir el segundo, casi imposible.
Algunos de nuestros profesores pertenecían a las primeras promociones de la Escuela. Eran guionistas televisivos, intachables profesionales, pero con ese tono de grisura, impersonalidad y conformidad que rodea al desgremiado gremio. Se quejan mucho, no soportan críticas y así se hace lo que se hace, aunque no dudo de que me enseñaron buenas lecciones.
En cualquier caso, el futuro no era lo que decían, ni según agoreros ni según optimistas. 
En la ECAM, pasé los mejores y más divertidos años de mi época estudiantil, pero ni había trabajo para todos ni la formación era demasiado adecuada para lo siguiente. En ese sentido, era pura Universidad. 
Si me atengo a un nivel estrictamente creativo, adoro la ECAM, porque me espoleó a escribir todos los días y a buscar una personalidad artística. Si hablo de asuntos económico-laborales, jojó. 
Cuando estuve en la ECAM, ya no era la infranqueable Ciudad Esmeralda de antaño, esa a la que se presentaba media juventud para emular a Aménabar. Otras escuelas habían surgido, más baratas, que le hacía la competencia.
Pero aún tenía vida, esa que no encontré el día que volví a ella, muchos años después, cuando lo de ser guionista era sólo una respuesta socorrida cuando me preguntaban por mi profesión.
Con la crisis, no sólo se agravó la situación del cine español y se cerraron las puertas a los profesionales alevines, sino que la Escuela no volvía a ser la misma. Sólo una sombra sostenida. Ya no estaban los emblemáticos. Ni Méndez-Leite, ni Marisol Carnicero, ni Patricia Viada, ni Manolo Matji ni, ay, qué pena, Juan Miguel Lamet.
También había desaparecido la ECAM de mis amistades. Salvo honrosas excepciones, muchos compañeros demostraron ser muy poco compañerosos y muchos amigos, muy poco amigosos. En cualquier caso, no ha existido una mayor concentración de locos de atar que los que conocí en esa Escuela. No, el Trivialnet la supera.
Oh, tortuosa nostalgia. Al menos, se cumplió un sueño: encontrarme con gente que sabía de la revista Fotogramas.
- ¿Y a qué te dedicas? - así  me preguntaban los chicos que conocía en Chueca, mientras yo me entregaba al desenfreno, me olvidaba de mi inactividad, aplazaba mis mentirosos proyectos.
- Solía ser guionista. 
El pasado de la frase sonaba a un tiempo cada vez más vetusto. Pasaban los años y dolía más decirlo. Pasan los años y duele. Porque no es cierto, porque habla de cosas transcurridas, aún no cambiada por otras.


Sólo he trabajado en una ocasión como guionista. 
Sucedió el último año en la Escuela, cuando necesitaron un guionista alevín y poco exigente para reescribir desde Madrid una serie horrenda que esperaban emitir en la Televisión Canaria y cumplir con unas subvenciones otorgadas antes de las elecciones. 
Fue también mi primer trabajo, donde me explotaron a conciencia y lo abandoné casi al final, indignado con el trato del jefe hacia mí. Quizá ahora no lo hubiese dejado así, pero era bastante niño por entonces. No sé, todavía no tengo una opinión clara sobre si hice mal o bien. 
Tengo un problema serio con el respeto a la autoridad, especialmente si esa autoridad es muy tonta. Sí, la llevo clara y/o así resumo las escasas ganas que he tenido de trabajar en esta vida mía.
Después de esa primera experiencia, se me prometían más cosas, pero llegó la crisis del sector, previa al colapso general. Se dejaron de producir tantas series y yo no supe muy bien qué hacer. Supongo que me quedé rascado con la serie canaria y, de portarme tan bien y estudiar tanto durante años, me entregué a las noches de desvelo y al folleteo. 
Si escribiese unas líneas de guión sobre aquellos años serían:

1. INT. DÍA. CASA DE JOSITO. SALÓN

JOSITO ve series. JOSITO se va de fiesta.

Oh, cuánto tiempo sin escribir un Interior Día y una columna de acción. A lo largo del camino, no sólo restó la sensación de no conseguirlo, sino la verdad de no quererlo. 
Siempre dije que trabajar en una serie nacional no me llevaría a "Mad Men", sino a otra serie nacional y así sucesivamente. Quizá nunca quise ser guionista. Y, en realidad, no quiero, porque no me gusta la profesión. 
Recuerdo una señorita que quiso hacerme daño de un modo muy pueril espetándome: "Ibas para guionista y te quedarás en bloguero". Casi me despatarro de la risa. Le puedo asegurar que ser bloguero es muchísimo más gratificante y creativo que dedicarse al guionismo, cuya única - aunque decisiva - ventaja es la económica cobranza.


Jamás renegaré de los años en que he escrito posts y no diálogos, porque he aprendido a escribir y me he ganado un público, dos asuntos que jamás se consiguen detrás de un libreto, a no ser que te llames Charlie Kaufman. 
Ser guionista siempre ha sido una cosa muy complicada y ahora es una utopía. 
A propósito, en la Escuela de Cine, tuve la suerte de recibir una charla de un invitado de excepción: Rafael Azcona.
El gran guionista del cine español, pluma detrás de clásicas comedias negras como "El Pisito" o "El Verdugo", nos contó muchas cosas con su legendario sentido del humor. Y dijo algo que suscitó muchas risas.
- El guionista es un escritor frustrado. Nadie quiere ser guionista. ¿Se imaginan? Una madre le pregunta a su hijo: "¿Qué quieres ser de mayor?" Y el niño contesta: "¡Guionista!".


Azcona hablaba, en todo caso, de otra generación. Nuestra época siempre ha querido ser más guionista que prosista, porque piensa en imágenes y tiene una cultura íntegramente audiovisual. Crecimos en la era de la celebridad, la dulce celebridad, que no es más que imágenes disparadas con convicción. 
Y yo, ¿qué quiero ser de mayor? La prosa siempre me ha parecido más liberadora y con más infinitas posibilidades que esa constreñida y técnica redacción de los guiones, donde impera lo que no se puede hacer. 
Creo también que la dicha prosa se me da infinitamente mejor y es más posible progresar a diario. 
- ¿Escribes? ¿Existe ese hábito de escribir?
- Sí - digo y ya no miento.
Creo que no contestaré nunca más que soy guionista ni que solía serlo. 
Nunca lo fui, quizá porque no pude, porque me equivoqué, porque me dejé dormir en los laureles, porque tomé malas decisiones o porque todo lo que requiera un esfuerzo me implica el temblor de la inseguridad y el bostezo de la procrastinación. 
Sí, tal vez digo que no quiero ser guionista porque tengo que disculpar mi pereza, relativizar la mala suerte, conciliar el sueño.
Dormiré esta noche pensando en la respuesta de qué quiero ser mayor. Dormiré con la ilusión de que me espera algo mejor, algo más grande y de que tengo el talento para alcanzarlo
Dormiré, entre viejos ejemplares de Fotogramas, pensando que dos décadas no han pasado en vano, que no es demasiado tarde, que puedo empezar otra vez, como si tuviera catorce años, como si tuviera veintiuno, como si fuera capaz de llegar hasta los cien.
Dormiré esta noche con la lógica cartesiana de las primeras palabras de una novela, esas que vendrán mañana o no llegarán nunca. 
Dormiré con la verdad de que todo me hizo más fuerte, mejor, de que no me arrepiento, de que el esplendor estuvo en el propio viaje.
Y, si no despierto mañana, me iré con la alegría de que hoy puse por escrito que, más que nada, deseaba conocer el siguiente episodio de esta vida mía.


jueves, 8 de enero de 2015

Reírse de Dios


Los escritores tenemos muchos miedos, y así todos los artistas. 
Hoy empezaré por un temor que me atenaza en ocasiones: ¿lo que escribo tiene algún significado, alguna resonancia? ¿Debo escribir para contarme, contar a mi generación, contar el mundo en el que vivo? ¿O sólo para entretener? Tanto esto como aquello son tareas complicadas, difusas y, a priori, irreconciliables. Lo que escribo puede tener mucha profundidad, pero te aburriré hasta el fin. O te reirás mucho, pero lo redactado no hablará más de la frívola decadencia de un niño blanco con tiempo suficiente para sentarse al ordenador y pegarle al teclado.
Sí, la superficialidad es una tentación, la profundidad, una pretensión. Y los excesos espantan. 
Pero hete aquí la paradoja: cuanto más frívolo he sido, más inesperadamente profundo resulto.
Mire usted "El Día del Maromo", la sección que no tiene más significado que mi deseo por los hombres guapos. ´
Sé que es la sección que espanta a muchos, los mismos que considerarán que quita seriedad al resto del blog. Es el apartado de la chorrada y está escrito como tal, con un tono entre lascivo y humoroso. No es nada, es demasiado ligera.


Pero también es la sección que han traído a otros muchísimos a estas riberas y quizá es la que más significado tenga de todos mis escritos. ¿Por qué? 
Porque todavía hay algo nuevo en que un hombre profese con alegría su deseo continuo e incurable hacia otros hombres. Y voy más allá: "El Día del Maromo" es aún más querida por las mujeres que me siguen. Porque tampoco ha sido costumbre que ellas expresen el semejante deseo, abiertamente, gozosamente y sin culpa. "El Día del Maromo" es la pequeña revolución expresada en durezas pectorales.
Toda manifestación, sea o no rompedora, pasa por la mediatización. Y uno se contiene. Se contiene siempre, entre las reglas del buen gusto y la necesidad de no molestar más de la cuenta. Porque lo dicho, lo escrito, lo expresado molesta.  Hay muchos que no entienden el chiste.
Muchos hombres heterosexuales de mi lista de contactos han expresado fastidio por el hecho de que las fotos de esos nenes mayúsculos aparezcan periódicamente en su timeline de Facebook. He contestado con más fotos, pero muchas opiniones al respecto las he dejado entre líneas. Me he contenido, sí.
¿Miedo o devoción al buen gusto? Me pregunto ahora si están relacionados. Y, así, pongo el ejemplo de ayer en el Facebook y, después, empezamos a hablar de otro ayer.
Anoche posteé la siguiente foto. 


Un beso gay extraído de una escena porno. ¿He de postearla o no? Primera pregunta. Soy libre de expresarme, quiero postearla, lo haré. ¿Cómo explicar lo que siento por ella? ¿Con crudeza sin ambages o elegancia humorosa? Temo los grados de escandalización ajena y encuentro más creativo hablar bajo un implícito Código Hays, así que opto por lo último.
El pie de foto decía que: "No es la primera vez que Dato Foland y Tomas Brand se ven las caras y lo que no son las caras, pero, en esta ocasión, me duele la mano y no es de aplaudir". 
Es la Tierra Media de la escritura provocativa. Probablemente seguiré soliviantado al inesperado, pero de otra manera.
¿Que diría si hubiese optado por la directa? "Dato Foland y Tomas Brand habían follado antes, pero, en esta ocasión, casi me mato con la paja que me he hecho". Y, con la coletilla: "Es imposible saber quién es mejor comepollas de los dos".
Con esta explicación, uno lo sabe. Tiene la imagen exacta. Con la otra, lo intuye. La directa recurre al impacto básico; la indirecta, probablemente, te haga reír. Depende del sentido del humor. Quizá muchos se partan de risa con la versión extrema. Otros prefieran la comedia sofisticada. Para los de más allá, no tendrá ninguna gracia que dos hombres siquiera se toquen.
Axioma: siempre habrá alguien que se moleste, digas, pintes o escribas. Y, en toda transferencia, hay una versión de la realidad. Si hay un artista en medio, la versión es aún más versión y eso choca frontalmente con la escasa imaginación de la mayoría. 
Esa mayoría que se indigna cuando una manifestación artística no es realista del mismo modo que aborrece que sí lo sea. Es incapaz de descifrar, es incapaz de asumir. 
La incomodidad del público, del poder o de las religiones en torno a las expresiones artísticas cuenta la misma Historia del Arte. En relación con los arbitrajes del gusto, con la represión de la sociedad o con las políticas en boga, no sólo se ha impuesto la censura, el despido o el ostracismo, sino también la persecución en todas sus posibles maneras. 
Muchos han acabado mordiendo el polvo por meterse con quien no debían a través de sus crónicas o escritos, por adelantarse a su tiempo o, sencillamente, por no caer bien. 
El sentido del humor y su utilización en la comedia han sido refugio para expresar la más descomunal e incómoda verdad sobre la realidad humana y, en muchas ocasiones, para escapar sin ser visto. 
Es la mejor manera de parecer frívolo y resultar contundente. Muchas comedias han expresado opiniones de un modo más incisivo y devastador que las aceradas crónicas sobre lo sucedido.
Alguna que otra se convirtió en esencial para entender la rabia y la indignación de una época.


La comedia funciona cuando explota la miseria; muchas veces uno se sorprende de lo que se está riendo. Hay muchos tipos de humor y muchos tipos de público. Hay gente que se parte de risa cuando ve a alguien descalabrarse en pantalla y hay quien no lo soporta. La comedia es peligrosa.
Se puede hacer chiste de todo, pero, en realidad, es inmoral reírse de todo. La violación, los abusos sexuales, la violencia de género o el Holocausto no son motivo de chiste, aunque los haya al respecto. Porque, de modo general, reírse de ellos implica reírse de las víctimas o aligerar la situación, incluso justificarla. 
En un tratado sobre el humor, leí la máxima de que esos chistes no se descifran como tales y, por tanto, se consideran improcedentes.


En cambio, el magno drama de la Historia, es decir, la guerra, ha sido trasfondo de inmortales comedias. Tal vez, porque no hay nada más ridículo que la sola idea de entregarse a un combate fratricida. 
¿Y qué me dice usted de Dios? ¿Es posible reírse de Dios? ¿O es Dios quien se ríe de nosotros?. Me hago yo la última pregunta después del atentado de París.
Es más posible reírse de Dios que en la Edad Media, sí, pero peliagudo hasta decir basta. Y es cuando ni la comedia se salva. Ni el sentido del humor parará la reacción que despierta la más mínima parodia de la religión.
Cerca de casa, ocurrió una denuncia al respecto. Un programa de televisión de este país retransmitió un cortometraje donde se enseñaba "Cómo cocinar a un Cristo". 
El cortometraje tenía un par de décadas de antigüedad, pero su retransmisión motivó una demanda de alguien que sintióse afectado en sus sentimientos religiosos. 
El creador, Javier Krahe, llegó a sentarse en el banquillo y la libertad de expresión fue el arma para defenderse y también para contar de lo absurdo del proceso.


Lo cierto es que meterse con Dios y con la religión es una cosa muy seria, porque hay muchos seres humanos que explican su existencia con las herramientas de la fe y la sacralización. Dios es lo único que sostiene a mucha gente en estado de extrema desesperación, porque, de hecho, es lo único que tienen para sobrevivir.
Es un arma de doble filo y siempre lo fue: la idea de Dios relaja, pero también oprime. Si te ha sucedido esa mierda, será cosa de Dios, así que mejor no te quejes. La radiografía de las religiones es la radiografía del poder.
Y a lo que íbamos. Para una persona religiosa, reírse de Dios implica reírse de lo más sagrado, de algo que está por encima de nosotros mismos, de nuestros familiares y de nuestros valores terrenales. Efectivamente, se ataca un sentimiento ajeno, por muy rococó que sea.
Pero la parodia de Krahe también había hecho su último efecto: soliviantar a alguien, contarle la verdad. El humor de ese tipo no sólo juega con los sentimientos religiosos, sino con la debilidad de los mismos.
La religión está sostenida en tan dudosos y frágiles pilares que, sólo verla cambiada de sitio, motiva furia por los que se dicen creyentes. 
Se impone la pregunta: si efectivamente creen tanto en Dios, ¿por qué tienen que demostrar lo muchísimo que creen en él? ¿A quién tienen que defender exactamente?
Ayer en París tres caballeretes escandalosamente jóvenes demostraron su fe en el Altísimo a golpe de Kalashnikovs, entrando en un edificio de oficinas y protagonizando una escena que parece entresacada de la imagen más escalofriante de nuestra querida televisión por cable. 


Servidor de ustedes escribía hace unos días que "la luz está ganando" y ayer me entraron ganas de hundirme en el pozo más oscuro para olvidar el mundo en el que vivo, ese que se cubre de mierda y se reboza, cual cerdito. Pum pum. Cerebros volando.
La moneda de cambio de la escena contemporánea es la vendetta intercultural: aviones que chocan, edificios que caen, cárceles que se erigen, dossieres que se redactan y pistoleros que no saben lo que han hecho, incluso cuando se hayan encomendado a Alá.
Las apariencias me dicen que ha sido cosa del integrismo islámico y yo, como no soy más conspiranoico de lo debido, hoy me quedaré en esa versión. 
Como todo acto terrorista, es increíblemente inútil. Ya lo han sido otros, que sólo han traído lo que brindará este: racismo, persecución a los ejecutores, tortura a sus familias. Y si mañana hay un bombardeo yanqui en Próximo Oriente, habrá más de uno que hasta se relama.
También hace un gran favor a la creciente intelectualización de la islamofobia. Muchas voces surgen, con libros, reportajes y artículos de opinión, para expresar que el Islam no mola nada y debe terminar: esa gente rezando de manera tan devota a estas alturas, esas mujeres tapadas, esas costumbres que ponen la "t" en tradicional.
Como además algunos llevan hasta las últimas consecuencias su amor por Alá, Occidente dice que sí, que mejor no recen tanto.


Lo cierto es que el Islam es una idea no tanto anacrónica como fuertemente contradictoria con el mundo actual.
Porque son la anomalía de la globalización por excelencia: una mayoría de la población vastísima, que ocupa los más variados países, que se resiste a la occidentalización, especialmente en departamentos culturales, estéticos, sexuales y conductuales. Y, para colmo de colmos, una buena porción de esa civilización está asentada sobre y en torno a la fuente de energía primordial de la orbe capitalista. 
Hay muchos grados y las voces cabales aluden a que los protagonistas de la matanza de ayer son la representación de una minoría muy escandalosa del islamismo. Son los extremos que hacen sufrir a los de en medio, de la misma manera que, en nuestra sociedad, existen criminales, déspotas, fanáticos y abusones cuyos pecados pagan los justos más de lo debido.
En esencia, es el íntimo sentimiento de terror hacia Occidente lo que articula, al menos, el guión de la matanza. Un íntimo sentimiento de terror que no sólo se vive en coordenadas musulmanas, sino también en otras tantas comunidades en conflicto con la imperialización.
Porque la verdad es que, a pesar de la resistencia, la globalización gana día a día. Y muchos musulmanes dejan de orar tanto por comprar más, sintonizan con la MTV y sueñan con vivir en Wichita. Y, desde hace rato, además.
Para los núcleos duros, la caída de lo viejo se traduce en terror. 
Y el terror se tradujo ayer en el ataque a un semanario de humor que no sólo ridiculiza repetidamente a Alá, Mahoma y la religión musulmana, sino que incluso se ha atrevido a asociarlo con un acto gay.


La revista Charlie Hebdo que, echándole un ojo, está claro que no se ha cortado jamás, ha sido señalada en muchas ocasiones por el extremismo islámico como una representación de la opinión islamófoba que tiene Occidente.
Lo cierto es que se ríe de todas las religiones organizadas y sus mandamases, tanto como del poder y de los poderosos en general. Es una revista crítica. Pero la crítica se entiende aún menos que el humor en ciertos cerebros.
Para esas mentes de ofuscación, es esa publicación que ejemplifica lo ateos y deslenguados que somos. 
Oh, Occidente, ese que cambió la fe en Dios por la fe en el dinero, ese que se pasea por el mundo cual fuera su panal de rica miel, ese que ahora nos desvelará si Patrick se queda con Richie o con Kevin. 
Hay algunos que no tardan en apuntarse a la más flamante misión suicida.


Las ideas contrarias asustan. El tambaleo de lo conocido, aún más. En aquellas orillas y en estas. También para los países de la Europa blanca que, hace mucho tiempo, dejó de serlo tanto. 
Hay cosas que no quieren ser recordadas. Entre ellas, que el poder se sustenta sobre explotación, que se han olvidado muchos valores, que la seguridad no existe o que las libertades individuales y el laicismo no son tanto unos hallazgos a celebrar como un lujo que nos podemos permitir.


No debiera subestimarse que ese atentado suceda en una nación tan conflictiva con los inmigrantes, en general, y con el Islam, en particular como Francia. Ni en el análisis de las causas como en la expectativa de las consecuencias. Digamos que el integrismo islámico le ha puesto la alfombra roja a Marine Le Pen.
Todo pasó por reírse de Dios, cuentan las crónicas. Al menos, de una idea de entenderlo. ¿Atacaré yo a Dios? ¿Yo también soy Charlie, como dicen las pancartas? 
Leía a un cronista del The New York Times alegar que no, no somos Charlie, porque, ante una pistola, cualquiera suelta el lápiz. Ese es el acto reflejo y es la cruda verdad. 
Los humoristas de Charlie Debdo no lo soltaron y murieron. Como héroes a saludar por la posteridad, pero bajo las inapelables armas. Esas que asustan de verdad y cumplen su cometido: callar, enterrar, provocar más dolor, más muertes, más odio.



Y, aún así, la ironía. Escribir, opinar, dibujar es un acto revolucionario o, al menos, una piedra en el zapato ajeno. 
Pensábamos que la época de Fray Luis de León había terminado y todavía lo que unos pergeñan en sus salas de redacción y creación preocupa, incomoda, desata las mil Furias y evidencia la debilidad de los fanáticos. Nuestras risas les revuelven eso que cuece en el fondo de sus subconscientes: la verdad de que todo lo que creen es mentira, los debilita, los hace manipulables, los encadena, les arruina la vida. Sus horrendas fechorías son demostraciones de quién la tiene más grande en un estado de extrema pequeñez.
Y, sí, amigo mío, es cierto, no es la hora de parar ni de crear, ni de escribir, ni de reírse de Dios, pero vigila esa puerta, hoy y siempre.
Para vivir en este mundo y para contar lo que sucede sobre él, hay que saber de antemano que no todos van a entender el chiste.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sucedió En 2014


2014 empezó hace mucho tiempo. Sucedió en un amanecer frío, despertado en un parque, bajo la copa de un árbol, yo, escondido ahí, junto a otro chico con el que acababa de compartir algo más que una conversación. 
Primer drama: no era el hombre con el que quería estar. 
Sucedió en La Laguna, mi ciudad natal, de vacaciones navideñas para ver a la familia. Unos días y volvería a Madrid. 
Entonces todo era aquel chaval de Polonia, que había conocido en Chueca unas semanas antes de la Navidad. No paraba de pensar en él, porque era lo último que había sucedido en el año anterior. Y, allí, en aquel parque, en aquel frío, me prometí:
- No creo que vuelva mucho por La Laguna. Tengo que hacer un plan para no tener que volver. Tengo que irme de España.
En aquellos primeros días del año, vi una película que se titulaba como el brindis que hacía su actor protagonista, el incomparable Fredric March. Se prometía en matrimonio y, consciente de que iba a ser un desastre, decía:
- Alegremente, nos vamos al infierno.


Merrily, we go to hell. Go to hell significa irse a la mierda en una traducción más precisa. 
Así, que alegremente tomé muchas decisiones y levanté la copa, sin calcular dónde pisar el embrague y cómo pisar el freno para no cruzar la línea. En aquellos entonces, yo no sabía nada del freno ni del embrague. 
De vuelta a Madrid, volvieron las mismas complicaciones de siempre, el similar estrés y otro descorazón más a la abultada lista de descorazones. El chico polaco me volvió loco lo justo y necesario para que no hubiera grandes esfuerzos por mi parte por conocer a otro más en todo 2014. 
Agotado de los síes y los noes, los parece que síes y los parece que noes. Ducha de agua fría era el caballero de la Europa del Este en cada una de sus apariciones, pero igual de helado que su país era ese agua que caía en pleno enero en todas mis duchas. El termo, otra vez, roto. 


Comencé a soñar con una ciudad eficiente, limpia, dinámica, con trabajo para todos, que me sacara de la alienación en la que se había convertido mi vida madrileña. Y el sueño se hacía exponencial a medida que pasaban los días.
Días de 2014, cuántas cosas pasaron en ellos.
Me enteré que mi vecino era actor porno gay, que no había mejor manera de empezar el día que con las locas noticias de El Mundo Today o que servidor guarda un sospechoso parecido con el actor del cine mudo Richard Barthelmess. 


De pronto, 2014 se conjugó con Londres, con ilusiones, con sombras en la caverna, con pasos hacia adelante. Por fin, tras años de apatía, recibía el saludo de los demás ante mi propia acción. Oh, qué intoxicante fue, qué exacerbador de emociones. 
Si hay algo que he aprendido este año es que cuando todos estén de acuerdo en que es una buena idea, yo debería hacer exactamente lo contrario.
Mucha gente fue a la guerra por hacer caso a sus amigos.


Alegremente, borré todos los subtítulos de las películas para aprender más inglés, mientras regresaba el agua caliente, literal y figuradamente.
Por fin, llegó el día.
Ir a Londres y volver ha sido, sin duda, el acontecimiento de mi 2014, porque narré el antes, el mediante y el después con todo lujo de detalles en el Facebook; la ilusión, el desconcierto, la decepción. En realidad, fue sólo un mes y medio. Nada en comparación con más sucesos, más eventos del año.
Mientras estaba en Londres, me llegaban noticias de partidos políticos nuevos que llegaban para quedarse, de reyes que dejaban la corona en sus primogénitos, de fotos filtradas, de escandalosas revelaciones.
A través de esos parques que parecían producidos por David O. Selznick, caminando por esas calles llenas de comercios en cadena, pasé de la fascinación a la indiferencia en cuestión de una semana. Alegremente, me había ido a la mierda. Porque aquello era justo lo contrario a lo que yo estaba buscando. Y lo que buscaba, queridos seguidores de mi 2014, era detener el grado de estrés que llevaba arrastrando años. Ejem, ese lugar no es el indicado.
Lloré, pero no por nada de lo que me había sucedido - en realidad, nada malo pasó-, sino porque había caído en la trampa de cambiar de marcha sin pisar a fondo el embrague. 
Entonces, no sabía nada de marchas. Sólo que había saltado hacia delante sin saber y aquello era una Nada bien grande. 
Inservible como todas las nadas y agotadora como la peor de ellas.


Alegremente, a la mierda. El plan abortado como la ley del ministro dimitido. 
Is it alright, now that you got what you want?, me cantaba la ELO en los auriculares, allí en el metro, en el autobús y en todos aquellos eternos, adocenantes viajes en el transporte público. La realidad es igual en todas partes, concluí, pero hay sitios en los que es más coñazo que nunca.
Me cansé de dar explicaciones, de pedir afirmaciones ajenas que jamás llegaron y, en el momento más crítico, me pasé los dedos por el cabello mientras me duchaba y oh, terror, se me estaba cayendo el pelo.
Hice las maletas y volví a La Laguna, porque no tenía ganas de hacerme viejo. 
- No creo que vuelva por aquí. - había dicho en enero. En junio, me tragué las palabritas, una a una.
En 2014 me tragué más palabras. Dije que no necesitaba un smartphone y ahora me cuesta entender cómo pude vivir tanto tiempo sin uno. Repudiaba los ebooks y ese Kindle me ha acompañado tantas y tantas veces.
Los subtítulos volvieron, las lecturas regresaron en español. Cuando subí al avión y oí nuestro idioma, por fin, la calma. De vuelta a casa. Sin pensarlo, porque sí.


"Llego con muchos planes, muchos objetivos, muchas cosas que contar", dije al aterrizar. En realidad, estaba pendiente de lamerme las heridas y ordenar la testa. 
Entonces me di cuenta que no sólo tenía que curar ese mes y medio en Londres, sino los diez años en Madrid.
Había pasado mucho tiempo fuera. La salud regresó, el pelo paró de caerse. En verano, encontré la paz necesaria, la comodidad después de años de caminar, caminar, jamás llegar a fin de mes y frustrarme, frustrarme. 
La vida en las grandes ciudades es morderse la cola, es aislarse, es ponerse triste porque sí. Y, en estos tiempos que corren, más que nunca.
Tal vez, un tiempo había terminado. Probablemente, no me quedó otra.


El terror a volver a meterme en una casa con mi familia se disipó pronto, quizá por armarme de paciencia como reflejo instintivo. 
Ahí siguió veloz el 2014, con sus imputaciones por las mañanas, con sus violaciones falsas al alba, con las caras comparadas de Renée Zellweger por las tardes, con la tristeza profunda del perro que asesinaron por aquello del Ébola y la enfermera en las noches de desvelo.
Dimisiones, famosas en la cárcel, una lista inacabable de fallecimientos. Se murió la Temple, se murió el Rooney, se murió la Bacall, se murió la Rainer. Y también el gran maestro de todos, Gabriel García Márquez, y el pequeño maestro mío, Juan Miguel Lamet. 
El año era intenso, lo sabía mientras lo estaba viviendo. Semanas que parecían vidas, donde aprendía y rectificaba al mismo tiempo. En las que creía tener la solución y luego hacía un pfff de contrariedad.
No ha habido recetas que funcionaran ni conclusiones de las que vanagloriarse en este 2014. 
Sólo lo he bailado y ahora saludo al final, con el sombrero de copa al aire.


Dos cosas fueron decisivas a lo largo del verano. Leyendo "El Manantial", de Ayn Rand, comprendí la importancia que le estaba dando a la opinión y aprobación de los demás. No sé si lo he conseguido por completo, pero aseguro que es donde más lejos he llegado en este año. Me importa un huevo como norma general.
Y, en "Mamma Roma", esa frase que dice la Magnani: "Como acabes, es culpa tuya". De nada ni de nadie más. 
Contó mi existencia y la de tantísimos. Años elaborando listas de a quiénes echar la culpa, cuando sólo hay que hacer listas de maromos, películas por ver y nuevas heridas que lamer.


Será por Ayn Rand pero acabó mi verano con la victoria de los objetivos, eso que está tan de moda ahora. 
No hay trabajo, así que márcate objetivos tales como saltar a la comba o recitar el alfabeto cirílico con un chupa-chups en la boca. Qué triste evangelio ese. Oh, dame trabajo y acaba con este sufrimiento.
Mis objetivos han sido aprender a conducir e ir al gimnasio, dos cosas que nunca pude hacer en Madrid, porque era altamente improbable que agarrara un coche en plena metrópolis y altamente imposible que me llegara el dinero para costearme autoescuelas y centros del culticuerpo. 
Los imaginé como los dos objetivos a cumplir para salvar el honor de este 2014, pero me ha dado por pensar que lo hago porque lo hago, porque está bien y porque sí, y no para colocarme medallitas, ni decir "mira, mira, con lo inútil que era, ahora cambio a tercera con soltura y hago lumbares desafiando el vértigo".
Como dije el otro día en Facebook, este año brindo porque demostré mi propia incapacidad para hacer muchas cosas y me alegro, porque no me perdí a mí mismo ni caí preso de los cantos de sirena. Brindo por lo que no hice, porque lo que no empecé y por lo que dejé a medias. Detesto el "tú puedes", sí.
Cuán de moda ha estado el podemos y otras formas de posibilismo en 2014. Yo puedo hacer unas cosas, y otras, no. Es la certeza en un año sin verdades absolutas.


Y, oh, los dos empujones que he recibido este 2014.
Uno, de un tipo que estaba de jefe de voluntarios en un festival al que me apunté en Londres, y el segundo, del brutísimo monitor de mi primer gimnasio.
En las dos ocasiones, fue como salirse de la escena y mirarla atónito. En las dos ocasiones, sonreí por no llorar, me di la vuelta y no volví. Lo que me arrepiento es haber dudado de si debía haberlo aguantado.
Sucedió en 2014, cuando pensaba que estaba en el camino y, algo, de repente, me decía que no andaba bien situado. Me volví loco un segundo, lo resolví al siguiente, regresé a mi carril.
No está mal dejar las cosas, abandonarlas, decir que no las vas a hacer porque no quieres, porque no son lo tuyo, porque no te dan la puta gana, pero lo apropiado es saltar de inmediato a otro quehacer, sin perder el empuje, sin dormirse. Y, así, me falló el primer gimnasio, acerté de lleno con el segundo.
Me fallaron muchas ciudades, pero caí en una que es mi casa, con todo lo que significa. Y volver ha sido bueno, ha sido triste, ha sido alegre. 
Alegremente, guardé la maleta y dejé que cogiera polvo. 
Volver a casa ha sido reencontrarme con muchas cosas, claro. Algunas que no puedes recuperar porque el tiempo pasó, otras que hablan de las limitaciones de este lugar - ¡¿dónde coño están los bares de maricones?! -, aunque el regreso ha sido beneficioso para mi salud, mi tranquilidad y el inevitable ajuste de cuentas conmigo mismo.
Y siempre he tenido el cine y las series, desde "Lo Importante es Amar" hasta "Johnny Apollo", desde "House of Cards" hasta mi maravillosa revisión de "Doctor en Alaska". Pantallas hermosas de mi vida.


La continua vivencia de experiencias no es tan decisiva como el provecho que se saque de ellas y me atrevo a decir que, en este 2014, tremendo él, el año y yo nos hemos entendido a la perfección en ese sentido. 
Lo empecé echando un polvo en el parque y lo termino aprendiendo a aparcar en cuestas. No sé si me gusta la progresión, pero me divierte muchísimo. Porque la vida me sorprende, tanto para bien como para mal, y. en todos los caminos que he recorrido, no he perdido la capacidad de llorar, ni de desesperarme y ni confiar en un mañana mejor, más emocionante, acompañado de un caballerete que me adore y un montón de dinero con el que disfrutar de lo lindo.
Lo único que me cuesta ajustar del 2014 es lo intermitente que se ha vuelto mi publicación bloguera. Los viajes y los súbitos cambios de horario han sido letales y seguros propiciadores de bloqueos creativos. Cuando vuelvo a estas letras, es cuando me doy cuenta de lo mucho que lo echo de menos y de lo tantísimo que hace por mí. 
Es un lujo que me entrego, es otra casa a la que no paro de volver. Y, en este último retorno, han regresado también las buenas visitas. Aquí y en El Tercer Secreto. Es el auténtico broche de oro de este 2014 de idas y venidas.


Escribir, escribir. Dudo de todo en este Fin de Año, pero escribir una novela sigue siendo el axioma. ¿Era ese el único objetivo? ¿Era ese el lugar al que tenía viajar? Claro que sí. Brindaré por más palabras, por mejores éxitos, brindaré por hacer lo que realmente quiero hacer. Lo que sí puedo. 
Amigo, me voy de 2014 sin planes laborales, sin encantos sentimentales y sin un duro en el bolsillo. Todo lo que le pedí al año no lo conseguí, pero logré tantísimo a cambio. 
Viví y no imité a la vida más de lo necesario. Conocí compañeros de piso que se convertían en amigos y me recordaban que ser sociable y encantador no me cuesta nada.
Lo conté todo en Facebook y lo seguiré contando. Todo sobre Madrid, Londres, La Laguna, las tres ciudades. Y todo sobre mi búsqueda, pasándome de la raya o quedándome corto, sin controlar el vehículo del futuro, mientras las cosas simplemente suceden y me enseñan el valor con el que me voy a otro año: la paciencia. 
Sucedió en 2014, el año en que conseguí despertarme antes de las doce todos los días, apretar el acelerador de mi existencia y echarme en el sofá a ver otra película sin temor de ser juzgado por nadie. 
A 2015 no le pido nada, sólo más vida. Como toda la que me ha ofrecido este maravilloso, terrorífico 2014. 
Alegremente, me fui a la mierda, pero, coño, qué gran año. 


Y, para ti, querido lector, mi amor por tus ojos atentos ha sido la constante, lo que permanece tal y como estaba hace doce meses.
Feliz Año Nuevo, y ahora alzo la copa por ti y por un saludable 2015 que nos mantenga juntos y, sobre todo, revueltos.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Breve Historia del Bloqueo

  

La tarde del martes, me senté frente a este ordenador y hete ahí que la sola idea de escribir me producía dolor. Y hablo de dolor físico.
Durante los últimos cinco días, he sufrido un bloqueo. Un bloqueo de los buenos, de los astutos, de los inexplicables.
¿Y qué es el bloqueo?, se preguntarán ustedes. 
Sucede de manera invariable. El bloqueo y sus variantes han atosigado a gran número de creadores, artistas y aspirantes a ambos.
Algunos bloqueos duran una tarde; otros, una temporada; los más trágicos, toda la vida. Hay grandes escritores que jamás superaron la fama, otros que no pudieron tolerar la incomprensión ajena o la mayoría se vieron enfrentados a la realidad: esto de revelarse es doloroso, a veces, imposible. Hay quien elige la vida antes que este sufrimiento. Y hace bien, coño.
¿Por qué me he bloqueado?, me pregunto para superarlo. Dicen que lo mejor para salir del bloqueo es escribir sobre él. Así que escribiré hoy. Pondré una palabra detrás de la otra. He llegado hasta aquí. Bien. He escrito más de dos líneas seguidas. Hasta hace unas horas se decía hazaña. Espero que continúe el flujo, que no se pare. Me moriría si lo hiciera.


¿Por qué el bloqueo? ¿Será acaso la inseguridad, serán las dudas, será el estrés? Qué será, será. 
Más inseguro, más dudoso y más estresado he estado en otras ocasiones y he escrito.
¿Será el nuevo horario? Despertar antes, tener tareas que hacer, más sitios a los que acudir. Escribir es ahora una cosa más, no lo único. ¿Será que no le puedo dedicar el pensamiento necesario? Esa infinita concentración. Oh, sí, la concentración. ¿Quién la guarda? Que alguien me proporcione la receta. Menos concentrado he estado en otros tiempos, más lleno de pájaros en la cabeza y, a pesar de ello, he escrito.
¿Será el cambio de rumbo del blog?, ¿La ruptura de su estructura en secciones? ¿SAfecta a la inspiración? Pues no, porque esta semana tenía los artículos, las temáticas, las ganas. Iba a escribir sobre la locura, sobre los divos del Hollywood clásico, sobre Bette Davis y Errol Flynn, sobre Podemos, sobre el suicidio de Robin Williams, 
He sido incapaz de pasar de la primera línea del primer post. Rezaba, irónicamente, "me estoy volviendo loco".
Ahí me quedé. Hice las maletas cerebrales y me fui de este lugar, a otro muy lejos, al Este del Edén. Allí donde olvidara que alguna vez escribí. Entré en el bloqueo, mientras la esperanza musitó, inaudible, que algún día lo superaría.


Leí sobre bloqueos creativos. Me dijeron que tal vez era una súplica de tiempo ocioso o que quizá debía salir a la calle y conocer cosas nuevas para escribir sobre ellas. No es bueno escribir sobre lo mismo, sobre lo conocido, sobre lo fastidiado. 
Me dijeron que les pasa a los mejores y a los peores. Afirman que influye el miedo a la crítica, la necesidad de repetir el aplauso o la convicción de que no hay nada más que aportar.
Seguí sin entenderlo. He estado peor en todos esos sentidos en otras ocasiones, insisto, y escribía. Escribía y no paraba.
¿Será que ya no lo necesito?, pensé. De un modo sutil, mi vida está cambiando. Me permito ser un poco más feliz de lo que he sido antes, donde esto era lo que me mantenía a flote. ¿Será que ahora no tengo por qué escribir?
Me invadía la tristeza en el bloqueo, porque tenía todo el ánimo, todo el empuje y todo el tiempo para escribir. Ahora era libre para escribir lo que quisiera y, de repente, una de las posibles explicaciones al bloqueo era no necesitarlo.
¿Ese era el bloqueo? ¿Un fin que llegó sin avisar, paradójico como él solo? 


Así vivía en el bloqueo, así vivo en él. Quién lo supera. Cuídate de Dashiell Hammett, me decían las tres brujas. 
Cuando Hammett leyó lo que pensaban los críticos de sus novelas negras, le dio tal apuro por repetir la excelencia alabada que sólo le quedaron vasos de whisky y un retiro inapelable.
Yo ya me veía por la senda de la desesperación y, si me preguntaran qué hice durante la larga crisis, diría: "Yo tuve un blog en Blogger, hasta que decidí tener una granja en África".
Oh, el bloqueo, Quién lo teme. ¿Se ha terminado ya? Hoy he escrito más que ayer, pero menos que mañana. ¿Seguiré escribiendo? Claro que sí. Echo de menos estas líneas hasta cuando las escribo. Parece como si se desapareciesen para mí, una vez que están escritas. Será como parir. Sí, es tu hijo, pero, nena, ya lo has echado al mundo. Menos tuyo es.
¿Por qué me bloqueé, dioses míos? ¿Por pereza? Más dormido he estado antes, menos lo estaré mañana. 
¿Ha sido por la necesidad de subir más alto? Esto de escribir es una escalera inmisericorde. Te engañas a ti mismo si bajas un par de escalones, si tomas atajos, si escribes un poco peor para salir del paso. Quedarse en el mismo escalón es igual de pernicioso.
Debo seguir subiendo, incluso aunque no esté del todo confiado, aunque tambalee y las frases lo noten. Escribir es frustrante, ¡pues acostúmbrate!, leí en un meme. Es cuestión de fuerza. Es cuestión de entender que nadie escribirá por mí, ni nadie me dirá cómo regresar del bloqueo. Eso lo sabía. Sólo quedaba volver al teclado, frotar las manos, apoyar las yemas, tocar. Una letra tras otra, poco a poco, no hay dolor.
Ese era el miedo. Bajar un escalón cuando había subido tres. 
Y, como diría Fellini en "Ocho y Medio" por boca de Mastroianni, "no tengo nada que contar y quiero contarlo todo".
He ahí la única película que nace de un soberano bloqueo creativo. Fellini no tenía nada que decir después de "La Dolce Vita", lo sabía y expresó esa desesperación. De algún modo, siguió adelante, a trompicones, todavía con alguna que otra obra maestra en la recámara. Aún con alguna otra cosa que contar.


Hoy salgo del bloqueo. ¿Es verdad o es un espejismo? Soñaba con los posts, mientras pasaban las horas muertas y este ordenador me lanzaba una mirada de evidencia que yo no podía devolverle. Aquí estaba, paciente. Volvería o no volvería. 
Ya vendrá la musa, diría el otro. Nunca he creído en la musa. O escribes o no escribes. Es trabajo, es pensar las cosas, es tiempo para poder discurrirlas, es seguridad para saber que eres capaz de expresarlas, es habilidad para darle la vuelta a todo mientras escribes.
La mejor escritura es la que está muy pensada, pero se tropieza con la pura improvisación mientras es mecanografiada.
Como bailar. Una técnica que requiere de cierta gracia y una sonrisa sincera. Así se gana.


He vencido al bloqueo. No sólo he escrito hoy, sino que no me importa enormemente cómo lo he hecho. Ahí está. Ea, al mundo, 
Mañana será otro día y mañana escribiré otra vez. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Disentir Un Poquito


Muchos años antes de que usted me enviase una carta, yo lo vi por primera vez una noche de verano, en televisión.
El programa "Qué Grande Es El Cine" emitía la versión Metro de "El Retrato de Dorian Gray" y ahí estaba usted, el inconfundible tertuliano, al lado de José Luis Garci.
- Yo tengo un vago recuerdo de esta película. La voy a volver a ver ahora. Recuerdo que era una película muy elegante en la que Donna Reed estaba hermosísima.
Dígase lo de "hermosísima" con acento gaditano y bajo un tono de voz que definiría como "atiplado", aunque lo dejaré en "indescriptible". Quien lo haya oído hablar, concordará.
A la vuelta de la película, todos los tertulianos hicieron lo propio: cantar maravillas de lo que habían visto y, usted, entre carraspeos y dedos expresivos, dijo:
- Si me permites, José Luis, voy a disentir un poquito...


Si me permite, Juan Miguel Lamet, diré hoy que usted era el único tertuliano de interés en ese programa. 
No me voy a poner demasiado cínico con "Qué Grande Es El Cine", porque, pese al tono, digamos, naftalínico del debate, divulgó y divulgó mucho. Era de lo que se trataba: que la gente viera el cine de siempre y mi generación lo descubriera. 
Pero, mientras los otros tertulianos se dejaban las babas y los humos tabaquiles en llenar los celebrados films con adjetivos del pelaje de "soberbio" o "portentoso", usted analizaba la película, la desmenuzaba, la comprendía, la sentía, la atacaba. 
Como los mejores críticos, era particularmente brillante cuando la película no le gustaba. Como el último romántico, comprendía el cine como una cuestión sentimental y, por tanto, como un arte con exigencias.


Incluso aunque fuera una de las estrellazas secretas de la televisión de finales de los noventa - sus gestos, su tono de voz, su habilidad para llevar la contraria, su natural cascarrabismo, su "déjame acabar la fraze, jozeliú" -, nadie le dijo nunca que ha sido lo más parecido a Pauline Kael que ha tenido la opinión cinematográfica de este país. 
Lo digo por ese equilibrio entre opinión personalísima, clasicismo, análisis exhaustivo y profundo conocimiento de lo que estaba hablando. La diferencia es que Kael brillaba en la escritura, mientras usted ganaba en la elocuencia, porque era todo atmósfera y suspense. Esos dos ingredientes que tenían sus películas más adoradas.
Todo eso sucedió mucho antes de que usted me enviase una carta que nunca contesté. 
Por entonces, yo tenía catorce años y tampoco sabía lo que no recuerda casi nadie en España. 
Que usted tuvo una importancia crucial en el Nuevo Cine Español, a la altura del más cacareado Elías Querejeta, y que sus labores de producción ejecutiva iluminaron películas tan arriesgadas como "La Tía Tula", "Nueve Cartas a Berta" o "Del Rosa Al Amarillo". 
También se olvida que fue uno de los últimos que intentó salvar al cine español del naufragio, cuando fue Director General de Cine en los primeros noventa, suplicando que el buen guión fuera la llave de la subvención.
Ese barco, como tantos otros de ese país, se hundía sin remedio y no quedó otro remedio que saltar.


Ocho años después de "El Retrato de Dorian Gray", llegué a la Escuela de Cine de Madrid para hacer las pruebas de acceso. ¿Especialidad? Guión. 
Ahí, entre tanta gente, sintiéndome tan minúsculo, diciéndome a mí mismo qué pintaba yo en ese fregado, entre las cabezas de los otros aspirantes, apareció la figura inconfundible de usted, Juan Miguel Lamet.
- Uh, qué pequeño es en persona - pensé y recordé cómo se sujetaba con los deditos a la mesa del programa del Garci.
Sentí miedo. Lo sentí cuando aprobé y cuando entré por primera vez a su clase. Cuando el señor de la tele se convirtió en mi profesor. 
Usted nunca ha querido ser un profesor de Guión al contemporáneo uso, usted quería meterse en la mente de los alumnos, hacerlos partícipes de sus secretos, de sus glorias, de sus opiniones, cambiarles, enamorarlos. Usted era el maestro, el sensei, que, a sus setenta y tantos, todavía tenía marcha para dar clase a donceles cinco décadas menores. 
Sordo como una tapia, clásico de opinión y apariencia - esa raya a un lado, esos trajes de corbata, ese perfume de los ayeres y ahí terminaba la metrosexualidad - y, aún así, conectaba y conectábamos.
Supongo que su habilidad era vender el corazón en su forma más genuina, con sus sentidas lecturas, con sus historias fabulosas de matrimonios de escritores, de enamorados que se reencontraban, de monjas encerradas en torres y de actrices que escribían "Ti amo" a directores de cine. 
Contaba páginas de su vida, entre la realidad y la ficción, entre Cádiz y Joan Bennett, y leía pasajes de diarios en los que lloraba a la esposa fallecida y pregonaba por su inaplacable necesidad de amar otra vez.
Ponía películas de siempre y, aunque yo ya las hubiera visto antes, usted las contaba como nadie, señalando con el dedito la escena cumbre o lo que fuera de importancia para sus tesis guionístico-literarias. 
Con "Europa 51", media clase acabó llorando a lágrima viva con el final. "¡Es una santa! ¡Es una santa!". Ay, Juan Miguel, era usted un rock star del lacrimal ajeno.


Yo le tenía mucho respeto y vivía en la inseguridad desde que entraba por la puerta hasta que corregía sin emoción mis escritos.
Y a usted le gustaban tanto las mujeres que ignoraba a los chicos de la clase. Al menos, en comparación. Mientras arreciaba en lisonjes sobre mis compañeras desde el primer día, mi nombre tardó medio curso en aprendérselo. A veces pensaba que mi presencia le molestaba.
Tampoco sabía si sentirme aludido cuando aseguraba que dedicarse a estas vainas no es cosa de escritores domingueros, de esos que escriben un par de líneas un día y vuelven raudos al sofá de la complacencia. 
Por entonces, yo era aún menos que escritor dominguero y usted fue el primero del que oí la verdad:
- Hay que escribir todos los días.
También aseguraba que había que escribir de lo que uno conoce. Eso es más discutible, aunque no hay duda que, cuando el autor pone el corazón y la experiencia personal, el tren va derecho, en la marcha de las emociones.
Escribí todos los días, escribí de lo que sabía. Usted lo notó, lo dijo en clase, se confesó sorprendido de mi progreso durante el curso. Al final, intuí que hasta le despertaba simpatía e interés.
Solía rifar libros de su biblioteca entre los alumnos y a mí me tocó uno de los últimos, llamado "Un Elenco de Asesinos". Cuando vio que gané, dijo:
- Ay, qué curioso, qué bien.
Cuando leí el libro, comprendí. Era la reconstrucción del caso de William Desmond Taylor, el productor de Hollywood de los años veinte, donde se sugería que la causa de su misterioso asesinato tenía que ver con su oculta homosexualidad.
- Ay, qué curioso, qué bien.



Usted amaba las coincidencias de la vida y sus ironías. Era un declarado fantasioso y adoraba involucrar a las hermosísimas mujeres de su deseo en extrañas historias con correspondencias de por medio, cuentos para no dormir, novelas disclosure y hasta ahí puedo leer.
De personaje, usted lo tenía todo e imitarlo era fácil.
Si nos ponemos sinceros, no era el profesor de guión que se requiere para trabajar hoy en día. Usted lo sabía. Daba clases de guión, sí, aunque, ante todo, era un gurú del buen gusto y un animador de la verdadera autoría. 
Y tanto el buen gusto como la autoría no son cosa que esté muy de moda, si es que lo estuvieron alguna vez.
Personalmente, yo no lo cambiaría por otro más competente con los tiempos. Quizá porque seré tan clásico como usted, tal vez porque me veo tal cual nos veía: como escritores y no como guionistas a salario de series televisivas.
Cuando dijo las últimas palabras del curso, la relación creada a la altura era tan fuerte que muchas compañeras se echaron a llorar y todos nos quedamos callados cuando dio por terminada la clase. Tras el silencio, el aplauso. Fue como soltarse de un cordón y caer al vacío. Fue como el final de una de sus historias favoritas. Tanta tristeza, tanta hermosura.
Después, escribió sus cartas. A todos y cada uno, con la opinión que tenía del curso que habíamos hecho. ¿Éramos o no dignos de continuar en la senda de la profesión, según el venerable Lamet?, nos preguntábamos mientras dejabámos el ojo en el correo.
En la mía, usted escribió que valoraba el esfuerzo de sinceridad que había hecho durante el año, que me concedía una de las notas más altas, que siguiera trabajando, que nunca me dejara seducir por los cantos de sirena, "esos que te dirán que eres un genio y que todo vale". 
"Como tienes sensibilidad y talento, sabrás apreciar la diferencia", aseguró.
En la carta me dijo que no tendría problemas en abrirme paso en la profesión de guionista y añadió que mi mundo interior no era sólo mirar por una ventana, sino descender por tantas escaleras, balaustradas y barbacanas de lo que sabemos de nosotros mismos y de los que no queda por conocer.
Nos envió las cartas para ser contestadas. Casi ninguno de mis compañeros respondió. Yo no lo hice. Lo intenté, sí.
Lo dejé para más tarde. 


Ayer me enteré de su fallecimiento, señor Lamet. Usted, que era fan del todo corazón, se lleva la ironía de que el suyo le fallaba. Hace dos semanas, fulminante y para siempre.
Adorará esta escalofriante coincidencia: pensaba en usted por los días circundantes a su muerte. 
¿Me sentía acaso visitado por su fantasma, cual padre de Hamlet y yo, príncipe danés, asediado por la oscuridad y la indecisión?
- Dime algo, Juan Miguel.
- Mñé - profiriría como acostumbraba, gesto torcido y dedo apuntado al teclado del ordenador para que hiciera lo que tengo que hacer.
Oh, me quedará para siempre una carta pendiente que contestar, sí, aunque la esté escribiendo ahora mismo. 
Aunque lamente decirle que el tema guionistísico está en unos boxes perpetuos, espero que aprecie que escribo todos los días, que miro por todas las ventanas y que lo recuerdo como un maestro magnífico e inolvidable, de esos que despiertan la sensibilidad, animan a trascender y remueven esa fe que los artistas jamás debemos perder.
Lo suyo - vuelvo a lo shakespeariano - era un trabajo de amor, aunque nunca se ha perdido. Marcaba con el dedo, enseñaba el camino, disentía un poquito.


Allá donde esté, Lamet, gracias por todo.