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jueves, 31 de julio de 2014

Obsesión


Obsesión:

1. Perturbación anímica producida por una idea fija.
2. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente.


Mira. ¿No las ves? Te hablo de esas luces de entre las copas de los árboles, las que brillan al colarse por las hojas, las que llegan limpias hasta nuestros ojos. Desde tan lejos. 
Son hermosas, ¿verdad? ¿De dónde vendrán? 
Tal vez, de una hoguera, a cuyo calor se reúnen unos hombres para trazar un diabólico plan. O son las luces que vigilan una fiesta terminada, en la que queda una sola pareja, bailando después de que la orquesta se marchase. 
¿O serán esas luces el brillo de las luciérnagas tristes que arrullan la noche? ¿De dónde vienen esas luces?
Agudicemos el oído, entremos en el oscuro bosque, sin miedo, con prisa, porque, amigo mío, estamos oficialmente obsesionados con las malditas luces.
Ay, la obsesión. Tengo tanta obsesión por la palabra "obsesión". Pocas palabras proporcionan lo que significan. 
Ob-se-sión. Empieza elevada y arrogante, continúa susurrante y termina a lo grande, con acento, abierta. Ob-se-sión.
Pronunciar esa palabra es como conocer a alguien que nos resulta antipático al principio, luego nos convence entre suspiros que suenan a verdades y, al final, todo explota.
Como una O. Como la o de obsesión. La obsesiva palabra que se define a sí misma.


Tengo obsesión por la palabra obsesión.
Desde que tengo noción del mundo, me han dicho que me obsesiono con facilidad.
Cuando me gusta algo, me gusta de verdad y muevo Cielo y Tierra hasta que lo conozco, lo agoto, lo amo con desesperación.
Como la mayoría de las obsesiones, no significa más que la búsqueda continua de la satisfacción y la renovación de la fe.
Ande yo obsesionado, ríase el fantasma de Chesterton, ese que decía aquello de:
- Cuando el hombre dejó de creer en Dios, empezó a creer en todo lo demás.
¿Creo en todo lo demás? ¿Hay algo de ingenuidad en el obsesionado?
Busqué en los diccionarios el verdadero significado de la palabra obsesión y me remitieron a tratados psicológicos, donde mi pobre palabra aparece maltratada y considerada como un trastorno digno de terapia.
La obsesión viene de asedio, aseguran los etimólogos, y se cuenta terrible en aquellos que limpian mucho, que piensan en el sexo de manera continua o se enamoran locamente de la idea antes que de la persona.
Todos los obsesivos debieran ir al psicólogo, aseguran los tratados, porque su autoestima es baja, porque se engañan a sí mismos, porque la idea fija les impide superarse.
Conociendo al personal como lo conozco, deduzco que las consultas debieran estar abarrotadas a estas alturas.


La obsesión es nuestra historia y es la Historia.
Los conquistadores estaban obsesionados con poner la bota en terrenos nunca explorados, aunque significase prevalecer sobre las mil caricias de la Muerte.
Los científicos más alocados probaban sus propios bebedizos o se sometían a las radiaciones para refutar sus hipótesis. Grandes nombres del cine perdieron la razón en más de un rodaje.
Los vengativos, los héroes, los aficionados, los eruditos, los exploradores. Todos querían saber de dónde venían esas luces.
El asedio fue el precio, o esa fiebre consumidora que habla de nuestras fijaciones, de la simple necesidad de amar o de la convicción de que existimos por un motivo, para una llamada precisa, sea la de conquistar el mundo, curar la poliomelitis o contar las crónicas de nuestras derrotas.
La pasión, sí, esa con la que más te vale no cruzarte en esta vida si aspiras a la tranquilidad.


Yo tenía obsesión por escribir un post sobre la obsesión y tenía obsesión porque fuera emocionante, leído y comentado. Pero no puedo explicar nada sobre la obsesión, porque no se concreta en palabras, porque es la locura y, como tal, no tiene ningún sentido. No hay quien la ordene, no hay quien le ponga pies a esta cabeza. Tengo obsesión por terminar este post, tengo obsesión porque la sensación de que sea el peor que escribo en mucho tiempo.
¿Cómo pueden hablar los locos de la locura?
- Ya te dio por el color azul, ya te dio por las canicas, ya te dio por Walt Disney, ya te dio por los patines.
Ya me dio, sí. Eso es lo que me decía Lady Montez cuando era niño.
Aunque era señalado como un problema - y quizá lo sea -, siempre lo he considerado como una orgullosa prueba de apasionamiento. O lo amo o lo odio. No hay medias tintas ni breves recorridos. Si algo me gusta, piso a fondo y hasta el final.
- Ya te dio por el cine. - me dijo, cuando tenía catorce años.


De esa obsesión no me he curado nunca, quizá por retroalimentable.
- No sé si lo sabes, pero llevo un año súper enamorado de Errol Flynn - dije el otro día. 
La obsesión es una enfermedad, y yo he sentido sus fiebres, sus convulsiones, pero no se manifiestan explícitamente, ni nadie las ha visto ni las ha medido. A simple vista, si llegaran a mi puerta los hombres vestidos de blanco sólo verían a un tipo que ve mucho la televisión.
- No hay problema por aquí - dirían y se marcharían.
El tiempo pasa fuera, pero la mirada se fija en las pantallas del amor y la muerte, esas que seducen con la promesa de la vida.
Las buenas historias me obsesionan. Ocultan sus sorpresas para empezar a contarse, enseguida imponen una sensación de tranquilidad y, de repente, ¡pum! Galvanizan de manera canalla con el destapar de sus ebullentes ollas. 
Las buenas historias son casas oscuras con las ventanas cerradas en hermetismo, donde los cortinajes insinúan vidas privadas. Un grito en la noche será suficiente para obsesionarse.
¿Cuáles son tus obsesiones, amigo mío? Son las que te obligan a pintar lo que contemplas, esas que te llevan a coleccionar fotos de un actor hermoso, aquellas que te fuerzan a buscarte la vida desde tus propósitos, desde tu emprendeduría, desde tus simples ansias de mejorar.
Ojalá sean válidas, ojalá te hagan feliz.


Toca la pantalla, siente sus cosquillas. Esas cosquillas son lo único material de mis obsesiones. Lo demás, existe en mi cabeza.
¿A dónde me llevan mis obsesiones? La fijación, el engaño, las sombras en la cueva, las luces en la lejanía. Ojalá pronto me obsesione con algo productivo. Porque dudo que ver tantas películas y saber tanto de ellas sea igual que someterse a una radiación y propiciar una epifanía que haga sacudir al mundo.
Mis obsesiones son pasivas, cobardes, aunque se vistan con caros trajes y frases hermosas. Son luces que expresan oscuridad, representan el enigma de la vida que no entiendo, la misma que sólo encuentra el significado deseado por mí si viene imbricada en una historia congruente. 
Ojalá me obsesione mañana por algo más, ¿será posible? ¿Será bueno?


- Ya me dio por él - dije para mis adentros la primera vez que me enamoré, hace tantísimas lunas.
Lo buscaba en las listas de las notas, allí donde estaba él, inscrito en la clase a la que asistía en la universidad. Su nombre y sus apellidos.
Oteaba por las ventanas del aula sólo para mirarlo, para no olvidarme de su cara. Porque la obsesión era tal, que me costaba recordar su cara con exactitud. Fragmentos. El pelo caído sobre la frente, él sobre mí aquella noche. 
A partir de esa noche, habían llegado las otras noches, insomnes de necesidad, fantaseando con la relación, el amor, el matrimonio, la historia futura, respondiendo a una improbable entrevista, donde me harían las preguntas sobre la felicidad eterna que encontré. Oh, su cara, cómo era su cara. No podía dormir de la fuerza que hacía por recordarla.
Sucedió cuando me obsesioné por una persona y no por un actor, cuando me obsesioné por la vida y no por su imitación. 
Con nombre y apellidos de verdad, los mismos que buscaba en la guía telefónica y encontré. Sabía de memoria ese número del teléfono al que nunca llamé. 
Oh, la obsesión por descubrir al otro. Oh, la realidad de hacerlo. Ahí quedo, sin corresponder, para aprender, como el testigo de mi ingenuidad. En cualquier caso, significó más que las putas cosquillas del televisor.
Me he obsesionado con otros hombres, otros nombres, otras caras y cierta ceguera ha sido el indiscutible diagnóstico de la fijación, pero la realidad es tan temible que he aprendido a disimular un poco y dudar un mucho de la benignidad de los resultados.
 - Si no desea usted dolor ni ridículo, es mejor enamorarse de un actor o un personaje o un libro o cualquier cosa que no implique sangre de verdad - aconsejan los expertos.
Será por eso que siempre vuelvo a las cosquillas del televisor. Son infinitamente más cómodas, cómodamente más lejanas, lejanamente más sedantes. Ese plástico que evita contaminantes naturales.
- ¿Son esas cosquillas todo lo que tengo derecho a sentir? - pregunto, mientras baja el telón con pesadez sobre esta obra de teatro.
Ojalá me obsesione mañana con algo bueno, con algo productivo, con alguien con nombre y apellidos, con quien bailar cuando la orquesta se marche.
Y él devuelva la obsesión, y yo pronuncie la palabra obsesión sobre él. Que empiece elevada y arrogante, que luego susurre, que explote al final. Ob-se-sión.


Las obsesiones matan, debilitan, fagocitan, mierdean, son la locura que soy incapaz de explicar, yo, loco de mí.
Pero no renunciaré a ellas, porque es la única manera que concibo de entender la vida, de vivirla. Es lo esplendoroso y lo terrible. Que sólo sentir una verdadera fiebre inicie mis caminos. 
 - Ojalá mañana me obsesione otra vez - digo y apago la luz.
El conquistador, el científico, el cinéfago, el enamoradizo, todos nos preguntamos lo mismo, antes de dormir, para contar las cuentas de nuestra incurabilidad. 
A dónde vamos, qué significa todo esto, de dónde vienen esas malditas luces, hombre ya.

jueves, 17 de julio de 2014

El Pasado Ha Llegado Para Quedarse


Contesta a la pregunta, hoy y para siempre. La pregunta de todas las preguntas, la que te haces todos los días, la que intentas averiguar de los otros. 
Sí, hablo de la pregunta, la que define si vamos por el buen camino, si necesitamos una tarde en la playa, un polvo rápido, una chocolatina, una visita exprés al psicólogo, un segundo de suspiro. Sí, hazte la pregunta, porque, a mí, hoy, ayer y mañana, me la hacen:
- ¿Eres feliz?
Oh, la felicidad. 
- Conteste a la pregunta, no retorice. 
¿Soy feliz? O como decía cierta canción de Diana Ross, ¿te gusta lo que la vida te está enseñando? 
Para esto último, sí que hace falta retórica. La vida me ha enseñado que existe Douglas Sirk y los atardeceres, pero también Vladimir Putin y las baterías de los smartphones.
Lo dejaremos en tablas, de momento.


En cierta ocasión, hace ya muchos años, una amiga muy sabia dijo algo así como:
- ¡Nos han engañado! La felicidad no se alcanza. Son momentos.
La felicidad son momentos, sí, y la vida es un parque de atracciones diseñado al pairo. A veces, nos sube a la montaña rusa. Otras, nos entretiene con algodón de azúcar. La mayoría, nos deja perdidos en medio de la muchedumbre.
¿Soy feliz? ¿Soy infeliz? He vuelto a casa y, de manera milagrosa, también he vuelto a mi hogar. ¿Era lo que tenía que hacer? Bah, quién sabe lo que tenía que hacer. Simplemente, lo hice.
¿Me entristece caminar y llegar al final de la pequeña ciudad en cuestión de media hora? 


Quizá, pero allí, por encima de las copas de los árboles, asoma un entramado de tubos metálicos verdes. Forman las atracciones de un parque de juegos, a lo lejos, tan solos. Paso por delante, como lo hacía cuando era niño, cuando los miraba desconsolado. Los ojos son iguales, la añoranza es idéntica. Soy el mismo, con la boca abierta. El que vive entre las mil cosas que no hace y los cien milagros que se permite. Mañana será otro día, dije. Quizá más feliz, tal vez cuando me decida a buscarte a ti.


Para saber que estoy en casa, he buscado entre sus cajones. ¿Por alguna respuesta? Sólo por hacer sitio. 
Ahí están los recuerdos, el menospreciado ayer, el pasado que, dicen, debes olvidar para seguir adelante. Quién olvida el pasado, quién lo supera. Nadie. El pasado, amigos, ha llegado para quedarse. No se va nunca, porque es la Historia. Y, hasta hace quince años, se escribía en papeles, se pintaba en dibujos, se mecanografiaba y se imprimía, se revelaba desde carretes y se colocaba en álbumes, en carpetas, en libretas, desordenadas, amontonadas en cajas, estanterías, baúles, trasteros. 
Las casas contienen la memoria de las personas y éstas las echan a un lado, las apartan de la vista, tapándolas al guardarlas. Todos nuestros recuerdos archivados, los que tienen una entidad física y los que sólo permanecen en nuestra mente. Son las cosas que oscurecemos, porque las consideramos primarias, pueriles, descartables.
Hay que seguir adelante, olvida lo viejo, ni para tomar impulso, rezan los esloganes.


Yo he abierto los cajones para encontrar los trabajos de amor perdidos. Y lo he encontrado todo. Las preguntas, las respuestas. Cuando desvelé el baúl. Diarios, cuentos, dibujos, pequeñas novelas, críticas de películas, revistas...
Siempre he tenido la sensación de que, a lo largo de mi vida, he escrito poco, pero, cuando he visto la cantidad de cosas, oh, Dios, no he parado de recoger por escrito todo lo que me preocupaba. De manera dispersa, desordenada, sí, pero tan valioso. 
Ha sido emocionante descubrir que siempre he estado como una cabra. Que siempre he querido lo mismo, con la misma ansia, con parecido miedo. 
Todos los complejos, la sensación de no hacerlo bien, ya desde entonces. Pero, también ya desde entonces, me esforzaba más de lo que pensaba, hilaba las frases, comunicaba las sensaciones. Lo hacía bien.
El contenido puede ser dudoso, pero la necesidad de mejorar, la urgencia de recoger lo que pensaba por escrito. Estuvo todo ahí desde el principio.


Con trece años, un prólogo mío comenzaba así:
"Marlene tejió en un mantel toda su vida. Recluida y olvidada en sus últimos años, reveló su historia en la costura para que sus descendientes la recordaran. En ella, tejió su época de rebeldía, los años dorados y la era de reclusión... Esta historia, además, transcurre en una isla imaginaria llamada Iraat".
Con catorce, escribí esto:
"Eva, ¿qué piensas hacer cuando salgas de aquí? Dentro de treinta años, iré a buscar a mi hermano. Tras morir mi madre, él desapareció. Empecé a visitar los suburbios, porque lo habían visto con gente extraña. Todas las noches sueño con él, lo veo triste y en una habitación azul, sentado en una cama. Su figura es rara, puede que lo esté pasando mal en alguna parte. Me dice que vive en las alturas y se pone a llorar. Ese sueño me persigue desde hace mucho tiempo. Creo que desde entré aquí".
Con dieciséis, sólo un párrafo que aseguraba:
"El viento susurraba desgracia entre los recovecos de la casa cuando la Señora Patrick oyó a lo lejos un grito de voz reconocida. ¡Señora Patrick, señora Patrick! Bajó rápidamente hasta llegar a la calle. El frío era insoportable. Se le acercó Lenore, una de las amigas de su hija. Se le notaba la excitación y la prisa de su corazón por hacer llegar la sangre hasta el último aliento y las tres palabras fatales: Harmony ha desaparecido".
Pero estas frases de historias inventadas, con elementos prestados, inundadas por la influencia del cine, la televisión y el raigambre melodrámatico, no me gustan tanto como cosas sueltas, que aparecen escritas en esquinas, que no sé lo que significan. Me encantan.
"Intentó reclinar el asiento, pero las piernas del pasajero de atrás se lo impidieron. Tenía sueño. El viaje había sido largo".
Superar la adolescencia. Toda la tristeza, las naúseas, el descontento, ahí recogido por escrito. La progresiva asimilación, el miedo a que fuera demasiado tarde, la sensación de que el mundo se paró durante el sopor. "Morí y volví a nacer", escribo en una página de un diario.
En otra, en pleno viaje de estudios, termino con: "Y, al día siguiente, con el semblante adormecido, pienso en lo que ha ocurrido y, a veces, no lo creo".
Mi favorita, cuando superé los miedos, afronté la vida por primera vez, me hice grande, acepté quién era.
"Sólo me falta un paso. Quizá el más importante. Puede que nunca lo consiga, pero puede que sí y que no sea muy tarde".
Puede que no sea muy tarde, dije con diecisiete años. Qué maravilloso bobo era. He leído eso y he llorado. Es lo mismo que pienso ahora. Puede que nunca lo consiga, pero puede que sí, que no sea muy tarde.
Además de escribir sobre mí, ahí está la increíble acumulación de escritos sobre cine.
Si buscaba algo que decir sobre el mundo, también he trabajado siempre por redactar algo personal acerca de las películas.
Mis primeras críticas no son buenas, la mayoría están influidas por los adjetivos y la perorata aprendida de las revistas y los programas de cine. Algunas se atreven a ser personales y, al menos, se ve el principio de mejores intenciones.
Todo significa la necesidad de contar lo que había visto. La diferencia es que, entonces, sólo me lo podía contar a mí. Nadie veía lo que yo veía, nadie sabía de qué estaba hablando. Los fanzines que elaboraba, los ficheros que armaba. Eran para mí. Jamás los leyó otra persona. 


La llegada de Internet mató la buena costumbre, pero he encontrado muchas páginas webs impresas de los primeros tiempos. 
Era el año de "Titanic", pero también cuando vi "El Valle de las Muñecas", que tiene una presencia inabordable en todos los tesoros que he encontrado. La película que cuenta un viaje de ida y vuelta, qué curioso.


Cuando descubrí todos esos escritos, ahora bien archivados, ordenados, llenos de besos, sentí una profunda tristeza. Quizá por aquello de la nostalgia, de cuando todo estaba a punto de empezar, pero también la sensación de que estoy en el mismo punto de locura, de cinefilia, de melodrama, de llamar en la oscuridad y recibir el eco.
"¿Qué quieres ser de mayor?", preguntaba un test que me hice a los 8 años. "Escritor", respondía. Hazme la misma pregunta a los treinta y dos, anda.
¿Qué ha cambiado? El público, Josito, el público. Ahora ya no te da vergüenza. Ahora lo posteas al mundo. Algunos aseguran leerlo. Otros, incluso emocionarse.


Seguí buscando en los armarios y encontré mucho más que la vanidad del alevín literato. Porque las palabras son palabras: las ordenamos, las enmascaramos.
Pero las imágenes, las fotos. Esas mienten poco. Y las fotos de tu vida son también el pasado que ha llegado para quedarse.
Los cumpleaños con los otros niños, los viajes, las vacaciones. Sonrían, niños, una foto. Mi familia, la bronceada, sonriendo a cámara. En las cenas, en los encuentros, en los brindis, con los primos, en las calles, paseando, con flores en la mano, con palos, con gatos, con los juguetes, con las muñecas - con valle o sin valle -, mirando por las ventanas, subiendo a los muros, encamarados a los árboles, jugando en los parques, balanceando en los columpios. Abraza a tu prima, dale un beso a tu hermana. 
Qué jodido vértigo da la vida. Es imposible ser consciente de ella, de lo que significa. Te obligan a amar desde el primer día y, un día, paf, te das cuenta de que lo han conseguido. Abraza a tu prima, dale un beso a tu hermana. El significado, por fin.
Nos hacemos mayores entre increíbles dolores y olvidamos las alegrías que nos mantienen vivos, que nos acercan para siempre, que nos hacen querer volver a casa. Sonrisas con aparatos en los dientes, muecas de desagrado ante fotos que recogían nuestra adolescencia. Qué feo me pensaba, qué guapo era. Qué niño era cuando me creía mayor. Qué niño sigo siendo ahora que soy mayor. Emocionado ante lo mismo, fastidiado ante lo de siempre. 
- No sé si necesito amor  - decía en uno de mis diarios.
Lo tenía para regalar. Ahí está, en las fotos de la vida maravillosa de la que he estado rodeado, besado por el sol, confortado por la seguridad, siempre con alguien que no dudaba en echar el brazo por encima de mis hombros.
La felicidad son momentos, pero también es el Paraíso donde nací y la droga a la que me acostumbré. Crecer fue descubrir que la mayor parte del mundo no ha tenido mi suerte y fue lo que me aterró. 
Hazme la pregunta ahora:
- ¿Qué quieres ser de mayor?
- Peter Pan.


Abro más cajones, más fotos, más recuerdos desordenados, más punzadas al corazón. 
- Pero si sólo era una niña - me digo, ahora, con la boca abierta, viendo a mi madre en esas fotografías. 
Sólo era una niña cuando nos tuvo, cuando nos crió, cuando nos vistió, hasta cuando nos dijo un adiós que se esperaba hasta pronto. 
Tan joven, ¿cómo lo hiciste, Lady Montez? Improvisaste, sí. Sonrían, niños, una foto.


El pasado ha vuelto para quedarse, con la intención de curar. Recuerda los recuerdos y quédate con los dulces, amigo mío, porque fueron los que ahora nos mantienen con los pies sobre la Tierra, con la esperanza en el mañana, con la cabeza bien alta, con los errores perdonados.


Quizá no lo consigamos nunca, pero quién sabe. Puede sí. Puede que no sea muy tarde.

viernes, 6 de diciembre de 2013

De Redes y Secretos


Escribo lo que me gustaría leer. He aquí un secreto desvelado.
Y también me gusta que te guste. Si hay un propósito para el año 2014, será que "Imitación A La Vida" llegue más lejos, sea más conocida y se cuele por aquí mayor número de lectores. 
De momento, la experiencia ha decidido expandirse y este dominio no es el único lugar para seguirme.
"Imitación A La Vida" está en Twitter, donde se twittean los enlaces a los posts al minuto de ser publicados. 
"Imitación A La Vida" también se ha estrenado recientemente en Pinterest, que sirve como backroom fotográfico de este blog; los tableros recogen las mejores fotos por aquí publicadas y otras que quedaron en la recámara.


Como Josito Montez, me podrás encontrar en Google +, donde también enlazo las actualizaciones del blog.
Y si quieres saber el voto númerico que he dado a más de dos mil películas, puedes cazarme en FilmAffinity. Mi nombre de usuario, sin pérdida que valga, es "jositomontez".
Pero los que me conocéis sabéis bien que mi red social favorita es Facebook. 
La página de admiradores de "Imitación A La Vida" recoge los enlaces a los posts, pero también un adelanto diario de los contenidos aquí tratados. Y para los que se porten bien, mi perfil personal es el modo de encontrarme de verdad.
Precisamente en mi perfil de Facebook, fue donde nació la idea para el blog que hoy presento: "El Tercer Secreto".


Como costumbre, suelo escribir una pequeña crítica de las películas que veo y, hasta ahora, las he compartido en terrenos de Zuckerberg.
Cada vez dedicaba mayor atención a esas minicríticas y, entendido de la opinión positiva que han tenido mis contactos facebookeros sobre ellas, he decidido que merecen un blog propio.
"El Tercer Secreto" empieza hoy y todos los detalles los encontrarás ahora mismo en el post de bienvenida de eltercersecreto.blogspot.com


"El Tercer Secreto" es un blog supletorio, pequeño vecino de lo que aquí sucede.
Porque el corazón, el mayor trabajo y las ganas - y la poca razón que me queda - seguirán siendo cosa de "Imitación A La Vida".


Espero que estés disfrutando del viaje. Yo lo estoy pasando como nunca.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El Corazón y El Cine


Yo crecí con el cine. Yo crecí a pesar del cine.
Un día, o quizá una noche, me di cuenta que la vida no era como en las películas. Para ser sincero, creo que todavía no me he dado cuenta del todo. 
Al menos, aún no he asumido que las cosas no siempre se realizan, ni suelen atarse en una conclusión congruente. 
Tampoco acepto que la grandísima mayoría de nuestra existencia no sea intensamente romántica, ni culturalmente trascendente. 
El mundo es un tiempo muerto y nunca conocerá la virtud de resumirse en noventa minutos. Por eso, el cine siempre ha sido la imitación a la vida que brilla más que la vida en sí.


Yo perdí el corazón en las películas, desde muy pequeño. He amado el cine toda mi vida y empecé a coleccionarlo a los trece años. 
He tenido épocas donde le he dedicado más atención y obsesión que otras, pero ha estado ahí a cada momento. Siempre ha habido una película que me ha conmovido, que me ha devuelto la fe, que me ha hecho pensar, que me ha otorgado seguridad.
Porque, con el cine, me siento como en casa. 
Estoy en una plácida cama, a punto de dormir, y mi madre me dice:
- Es hora de apagar la luz.
Y yo, viendo el rostro de algún actor imposiblemente guapo, le contesto:
- Dormiré cuando se termine la película.
 
Robert Wagner y Jean Peters en "Lanza Rota"

Como dice Martin Scorsese en sus documentales, el cine es memoria colectiva y enfermedad contagiosa.
Yo añadiría que es asunto del corazón, verdad estética, el mejor plan para esta noche. 
Ahora no querría estar escribiendo esto, sino viendo una película de Anthony Mann.  

Barbara Stanwyck en "Las Furias"

Según la profesión que elegí, estoy destinado a crear películas, a escribirlas. Pero, ante todo, yo he nacido para verlo, para criticarlo, para glosarlo, para analizarlo. Y para sentirlo. 
Porque, para escribir sobre las películas, hay que sentirlas primero. El cine no es únicamente las historias que cuenta, sino la experiencia que brinda. 
No hay receta para una buena película, pero parafraseando al famoso abogado: sé que es cine cuando lo veo. 
Es un aroma indiscutible, una distinción especial, una mirada particular. Eso que distingue a los grandes directores de los medianos, del cine en mayúsculas a las peliculitas pochas que ganarán el próximo domingo.
El cine ha sido grande siempre y ha sido pequeño en muchas ocasiones.
Me gusta el cine, pero me gusta el buen cine. Puede ser magistral, bueno o malísimo, pero detesto y evito a los pretenciosos y fariseos, que venden mierda por oro.
No pierdo el tiempo, soy exigente y complaciente, al mismo tiempo. Sé que es cine cuando lo veo.

"The Ox-Bow Incident"

El cine se hizo enorme y famoso para aliviar una crisis - la Depresión - y ahora es el mejor alivio para esta. Es barato, está al alcance de nuestros clics y hay tantas películas que tú y yo no hemos visto, de todas las épocas, de todos los países, que no habrá días y noches suficientes para descubrirlas. 
Hasta hace bien poco, le ponía los cuernos con las series. 
Supongo que entonces llevaba una vida más ajetreada y fiestera, y la rapidez televisiva y la condición pildórica de los episodios eran lo apropiado. 
Ahora, prefiero sentarme, tranquilo, acurrucado, y soñar otra vez.

Vanessa Redgrave y Robert Shaw en "A Man For All Seasons"

A estas alturas, me he percatado que el cine es el gran amor de mi vida. Me falla, me vuelve loco, me besa, me desvela y me lo encuentro en cualquier esquina. Me llena de tantísimas cosas. De cultura, de Historia, de imaginación, de paz. 
Dicen que es el séptimo y, para mí, es el único, porque cuenta e integra todos los artes. Insuperable, desde la escena de apertura al "The End", desde su literalidad hasta su poética, desde sus sonidos hasta sus silencios. 
Protagoniza mis noches y no apago la luz hasta sus fines, que sólo dan ganas de iniciar otras noches, otros días, para ver más y más. 
¿Adicción? No hubo ninguna tan sublime, que colmara el espíritu de una manera tan directa y, a la vez, tan económicamente asequible.
Lo conozco bien aunque, como los mejores amores, parece que lo descubro a cada momento, que todavía me queda mucho por saber de él. Oh, si el cine fuera un hombre, ya me hubiese suicidado de pura desesperación.

Alain Delon en "Le Samourai"

Además de volver a los clásicos, de preocuparme por cazar talento entre los nuevos, de calibrar simbologías históricas y culturales, de contármelo y contártelo, ahora me interesa muchísimo la conservación del patrimonio cinematográfico, la recuperación de los incunables y la preservación de los títulos ya conocidos. Todo eso que hace Scorsese y tanta gente que archiva, restaura y saca oro de baúles perdidos. 
Ese proceso me parece tan romántico como las cosas que cuenta el cine: una búsqueda de tesoros con el aroma de la fe.
Porque el cine es una cuestión de fe, desde su misma invención hasta su exhibición, desde la creación de las películas hasta el espectador que decide verlas. 
¿Qué voy a contar? ¿Qué me van a contar? ¿Me recordarán? ¿La olvidaré? Cineastas y públicos, y la misma necesidad de encadenarse unos a otros, aquellos para ser escuchados y éstos para resultar complacidos.

Maria Schell y Gary Cooper en "El Árbol del Ahorcado"

"Yo crecí con el cine, crecí a pesar de él", podría ser la primera frase de mis memorias.
Si eres como yo, sabes bien que seríamos capaces de contar nuestra vida a través de las películas que vimos, desde la primera hasta la última. 
Por lo que sentimos, por lo que nos dijo en ese momento, porque salimos al mundo buscando algo parecido y no lo encontramos. 
Porque volvimos a casa y fue nuestro último refugio. Porque hallamos a alguien con quien discutirlo, porque estuvimos solos en una opinión. 
Porque nos enseñó a besar y porque nos recordó el valor más importante: la esperanza.

"Has Anybody Seen My Gal?"

Como todo amor, hubo cierta destrucción. Me hizo solitario y platónico, pero valió la pena, porque encontré a otros solitarios, a otros platónicos. 
Valió la pena, porque te encontré a ti.
Renunciar al cine fue cosa para dejar al día siguiente. 

"Ciudadano Kane"

Belleza contada en fotogramas, secuencias y dramas. Ayer, hoy y mañana, allá donde se proyecte una gran película, yo no podré conciliar el sueño.