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jueves, 31 de julio de 2014

Obsesión


Obsesión:

1. Perturbación anímica producida por una idea fija.
2. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente.


Mira. ¿No las ves? Te hablo de esas luces de entre las copas de los árboles, las que brillan al colarse por las hojas, las que llegan limpias hasta nuestros ojos. Desde tan lejos. 
Son hermosas, ¿verdad? ¿De dónde vendrán? 
Tal vez, de una hoguera, a cuyo calor se reúnen unos hombres para trazar un diabólico plan. O son las luces que vigilan una fiesta terminada, en la que queda una sola pareja, bailando después de que la orquesta se marchase. 
¿O serán esas luces el brillo de las luciérnagas tristes que arrullan la noche? ¿De dónde vienen esas luces?
Agudicemos el oído, entremos en el oscuro bosque, sin miedo, con prisa, porque, amigo mío, estamos oficialmente obsesionados con las malditas luces.
Ay, la obsesión. Tengo tanta obsesión por la palabra "obsesión". Pocas palabras proporcionan lo que significan. 
Ob-se-sión. Empieza elevada y arrogante, continúa susurrante y termina a lo grande, con acento, abierta. Ob-se-sión.
Pronunciar esa palabra es como conocer a alguien que nos resulta antipático al principio, luego nos convence entre suspiros que suenan a verdades y, al final, todo explota.
Como una O. Como la o de obsesión. La obsesiva palabra que se define a sí misma.


Tengo obsesión por la palabra obsesión.
Desde que tengo noción del mundo, me han dicho que me obsesiono con facilidad.
Cuando me gusta algo, me gusta de verdad y muevo Cielo y Tierra hasta que lo conozco, lo agoto, lo amo con desesperación.
Como la mayoría de las obsesiones, no significa más que la búsqueda continua de la satisfacción y la renovación de la fe.
Ande yo obsesionado, ríase el fantasma de Chesterton, ese que decía aquello de:
- Cuando el hombre dejó de creer en Dios, empezó a creer en todo lo demás.
¿Creo en todo lo demás? ¿Hay algo de ingenuidad en el obsesionado?
Busqué en los diccionarios el verdadero significado de la palabra obsesión y me remitieron a tratados psicológicos, donde mi pobre palabra aparece maltratada y considerada como un trastorno digno de terapia.
La obsesión viene de asedio, aseguran los etimólogos, y se cuenta terrible en aquellos que limpian mucho, que piensan en el sexo de manera continua o se enamoran locamente de la idea antes que de la persona.
Todos los obsesivos debieran ir al psicólogo, aseguran los tratados, porque su autoestima es baja, porque se engañan a sí mismos, porque la idea fija les impide superarse.
Conociendo al personal como lo conozco, deduzco que las consultas debieran estar abarrotadas a estas alturas.


La obsesión es nuestra historia y es la Historia.
Los conquistadores estaban obsesionados con poner la bota en terrenos nunca explorados, aunque significase prevalecer sobre las mil caricias de la Muerte.
Los científicos más alocados probaban sus propios bebedizos o se sometían a las radiaciones para refutar sus hipótesis. Grandes nombres del cine perdieron la razón en más de un rodaje.
Los vengativos, los héroes, los aficionados, los eruditos, los exploradores. Todos querían saber de dónde venían esas luces.
El asedio fue el precio, o esa fiebre consumidora que habla de nuestras fijaciones, de la simple necesidad de amar o de la convicción de que existimos por un motivo, para una llamada precisa, sea la de conquistar el mundo, curar la poliomelitis o contar las crónicas de nuestras derrotas.
La pasión, sí, esa con la que más te vale no cruzarte en esta vida si aspiras a la tranquilidad.


Yo tenía obsesión por escribir un post sobre la obsesión y tenía obsesión porque fuera emocionante, leído y comentado. Pero no puedo explicar nada sobre la obsesión, porque no se concreta en palabras, porque es la locura y, como tal, no tiene ningún sentido. No hay quien la ordene, no hay quien le ponga pies a esta cabeza. Tengo obsesión por terminar este post, tengo obsesión porque la sensación de que sea el peor que escribo en mucho tiempo.
¿Cómo pueden hablar los locos de la locura?
- Ya te dio por el color azul, ya te dio por las canicas, ya te dio por Walt Disney, ya te dio por los patines.
Ya me dio, sí. Eso es lo que me decía Lady Montez cuando era niño.
Aunque era señalado como un problema - y quizá lo sea -, siempre lo he considerado como una orgullosa prueba de apasionamiento. O lo amo o lo odio. No hay medias tintas ni breves recorridos. Si algo me gusta, piso a fondo y hasta el final.
- Ya te dio por el cine. - me dijo, cuando tenía catorce años.


De esa obsesión no me he curado nunca, quizá por retroalimentable.
- No sé si lo sabes, pero llevo un año súper enamorado de Errol Flynn - dije el otro día. 
La obsesión es una enfermedad, y yo he sentido sus fiebres, sus convulsiones, pero no se manifiestan explícitamente, ni nadie las ha visto ni las ha medido. A simple vista, si llegaran a mi puerta los hombres vestidos de blanco sólo verían a un tipo que ve mucho la televisión.
- No hay problema por aquí - dirían y se marcharían.
El tiempo pasa fuera, pero la mirada se fija en las pantallas del amor y la muerte, esas que seducen con la promesa de la vida.
Las buenas historias me obsesionan. Ocultan sus sorpresas para empezar a contarse, enseguida imponen una sensación de tranquilidad y, de repente, ¡pum! Galvanizan de manera canalla con el destapar de sus ebullentes ollas. 
Las buenas historias son casas oscuras con las ventanas cerradas en hermetismo, donde los cortinajes insinúan vidas privadas. Un grito en la noche será suficiente para obsesionarse.
¿Cuáles son tus obsesiones, amigo mío? Son las que te obligan a pintar lo que contemplas, esas que te llevan a coleccionar fotos de un actor hermoso, aquellas que te fuerzan a buscarte la vida desde tus propósitos, desde tu emprendeduría, desde tus simples ansias de mejorar.
Ojalá sean válidas, ojalá te hagan feliz.


Toca la pantalla, siente sus cosquillas. Esas cosquillas son lo único material de mis obsesiones. Lo demás, existe en mi cabeza.
¿A dónde me llevan mis obsesiones? La fijación, el engaño, las sombras en la cueva, las luces en la lejanía. Ojalá pronto me obsesione con algo productivo. Porque dudo que ver tantas películas y saber tanto de ellas sea igual que someterse a una radiación y propiciar una epifanía que haga sacudir al mundo.
Mis obsesiones son pasivas, cobardes, aunque se vistan con caros trajes y frases hermosas. Son luces que expresan oscuridad, representan el enigma de la vida que no entiendo, la misma que sólo encuentra el significado deseado por mí si viene imbricada en una historia congruente. 
Ojalá me obsesione mañana por algo más, ¿será posible? ¿Será bueno?


- Ya me dio por él - dije para mis adentros la primera vez que me enamoré, hace tantísimas lunas.
Lo buscaba en las listas de las notas, allí donde estaba él, inscrito en la clase a la que asistía en la universidad. Su nombre y sus apellidos.
Oteaba por las ventanas del aula sólo para mirarlo, para no olvidarme de su cara. Porque la obsesión era tal, que me costaba recordar su cara con exactitud. Fragmentos. El pelo caído sobre la frente, él sobre mí aquella noche. 
A partir de esa noche, habían llegado las otras noches, insomnes de necesidad, fantaseando con la relación, el amor, el matrimonio, la historia futura, respondiendo a una improbable entrevista, donde me harían las preguntas sobre la felicidad eterna que encontré. Oh, su cara, cómo era su cara. No podía dormir de la fuerza que hacía por recordarla.
Sucedió cuando me obsesioné por una persona y no por un actor, cuando me obsesioné por la vida y no por su imitación. 
Con nombre y apellidos de verdad, los mismos que buscaba en la guía telefónica y encontré. Sabía de memoria ese número del teléfono al que nunca llamé. 
Oh, la obsesión por descubrir al otro. Oh, la realidad de hacerlo. Ahí quedo, sin corresponder, para aprender, como el testigo de mi ingenuidad. En cualquier caso, significó más que las putas cosquillas del televisor.
Me he obsesionado con otros hombres, otros nombres, otras caras y cierta ceguera ha sido el indiscutible diagnóstico de la fijación, pero la realidad es tan temible que he aprendido a disimular un poco y dudar un mucho de la benignidad de los resultados.
 - Si no desea usted dolor ni ridículo, es mejor enamorarse de un actor o un personaje o un libro o cualquier cosa que no implique sangre de verdad - aconsejan los expertos.
Será por eso que siempre vuelvo a las cosquillas del televisor. Son infinitamente más cómodas, cómodamente más lejanas, lejanamente más sedantes. Ese plástico que evita contaminantes naturales.
- ¿Son esas cosquillas todo lo que tengo derecho a sentir? - pregunto, mientras baja el telón con pesadez sobre esta obra de teatro.
Ojalá me obsesione mañana con algo bueno, con algo productivo, con alguien con nombre y apellidos, con quien bailar cuando la orquesta se marche.
Y él devuelva la obsesión, y yo pronuncie la palabra obsesión sobre él. Que empiece elevada y arrogante, que luego susurre, que explote al final. Ob-se-sión.


Las obsesiones matan, debilitan, fagocitan, mierdean, son la locura que soy incapaz de explicar, yo, loco de mí.
Pero no renunciaré a ellas, porque es la única manera que concibo de entender la vida, de vivirla. Es lo esplendoroso y lo terrible. Que sólo sentir una verdadera fiebre inicie mis caminos. 
 - Ojalá mañana me obsesione otra vez - digo y apago la luz.
El conquistador, el científico, el cinéfago, el enamoradizo, todos nos preguntamos lo mismo, antes de dormir, para contar las cuentas de nuestra incurabilidad. 
A dónde vamos, qué significa todo esto, de dónde vienen esas malditas luces, hombre ya.

martes, 21 de enero de 2014

Voz y Vida de Jane Wyman


La nariz cual botón y el fleco bien dispuesto la definieron en Hollywood. 
Sin ser la más excitante de las actrices, Jane Wyman se reveló como una mujer de sorpresas. Como las mejores, dejó la mayor de todas para el final.
La voz ronca también era sello de identidad y lo que contraponía a sus bondadosas sufridoras en aquellos dramas cincuentescos, esos que la prefiguraron como una intérprete seria, a respetar, oscarizada, de aspecto mayor de la edad que realmente tenía. 
De segundas a primeras líneas, gracias a buenos directores y películas prestigiosas, ahí quedó Jane Wyman, una dama desaprovechada, quizá porque su cara la hacía tan inconfundible como raramente demandable. Fue, durante muchos años, uno de los prístinos ejemplos de la escasez de buenos papeles femeninos en el cine norteamericano.
Siempre queda una tercera parte, sobre cuando se tienen las ganas de marcha y se conserva la voz ronca. En esta ocasión, no para expresar sufrimiento, sino para hacer temblar. Y de la manera más deliciosa. 
La televisión sería la última jugada de Jane Wyman y su más afortunada apuesta.


Jane tiene un puñado de interpretaciones memorables en la gran pantalla, pero sólo un personaje inmortal y se lo debe a Catodia: Angela Channing, el papel por el que el público la recuerda y la adora, a razón del megaculebrón "Falcon Crest".
Cambió entonces su imagen de buenecita por un lado canalla, que la hizo más divertida que nunca. De actriz de valía, se convirtió en diva de armas tomar.
Sí, lo mejor, para Jane y para nosotros, llegó al final.


El principio de Sarah Jane Mayfield se cuenta en Missouri, en el momento en que sus padres se divorciaron. La madre abandonó la casa y se mudó de región, mientras el padre moría de manera inesperada. 
Jane crecía en un hogar de acogida, regido por un estricto detective de policía, de apellido Fulke, que definiría una infancia triste. 
Jane la rememoría como un lugar gris, que plagaría de amargura su personalidad.
Desde muy joven y para escapar de la mediocridad, Jane luchó por ser actriz de cine y se cambió la edad para asegurar mayoría de edad en los castings. 
Fue en ellos donde firmó por primera vez como Jane Wyman. 


En los años treinta, apareció como extra en muchas películas y, a finales de la década, ya se alzaba con roles de amplitud en musicales de baja categoría. Por entonces, era una rubia manufactura de estudio, sin demasiada distinción, un tanto frívola.
Tras un brevísimo primer matrimonio, Jane Wyman se casaba por segunda vez con otro actor de segunda fila llamado Ronald Reagan.

Con Ronald Reagan

Durante los ocho años de matrimonio con Ronald, Jane se preparó para su ambiciosa transformación artística, que viviría entre el fleco perfilado y las ganas de drama. 
Hubo tiempo para que Jane diera a luz tres hijos. El último retoño nació prematuro y murió el mismo día, triste episodio que sería decisivo para la caída del matrimonio con Reagan.
Jane aludió a las diferencias políticas para explicar el poco entendimiento con Ronald. Por entonces, él se decía demócrata y ella perteneció a la vieja guardia republicana desde el primer día hasta el último.
Otros aluden a que todo terminó desde que Jane pisó el set de "Belinda" y conoció a Lew Ayres, con el que tuvo una breve relación.
El divorcio de Reagan coincidió, en todo caso, con el momento decisivo en la carrera de la joven Jane Wyman. 
Su primer papel de carne era la paciente novia del escritor alcohólico de "Días Sin Huella" (The Lost Weekend). 
Las críticas fueron elogiosas para ella, si bien el foco de la función estaba en Ray Milland.

Con Ray Milland en "Días Sin Huella"

Primera nominación al Oscar arribaba con uno de sus escasos papeles antipáticos: la realista madre de "El Despertar", agreste dramón en Technicolor con Gregory Peck, niño rubio y un ciervo como adorable mascota.
Lo siguiente fue, por supuesto, "Belinda". 

"Belinda"

Quien conocía a Jane Wyman por entonces, no se llevó más que una absoluta impresión cuando la vieron en "Belinda", porque nadie esperaba una interpretación tan emotiva y refinada. 
Interpretaba a la pobre niña sordomuda que vive en un pequeño pueblo costero; un desalmado la viola y la embaraza y, para colmo, el pueblo la vilipendia. 
Semejante historia recibía el más estilizado tratamiento por Jean Negulesco y la interpretación de Wyman le traía el Oscar y el unánime aplauso.


Desde entonces, quedó identificada con esa imagen de Minnie Mouse y con el melodrama, en todas sus variantes.
El Oscar le pesó más que benefició y cuesta rastrearla - más aún en papeles interesantes -, aunque Jane Wyman encontraría la oportunidad de trabajar con dos grandes directores.
Para Alfred Hitchcock, fue la heroína de "Pánico en la Escena", donde se sintió un tanto acomplejada frente a Marlene Dietrich y trató de embellecerse, mientras trabajaba por llevar el peso de una de las películas menos acertadas del maestro.

"Pánico en la Escena"

En plenos años cincuenta, Jane Wyman caía en las manos de Douglas Sirk para dos piezas claves del melodrama, aunque por entonces fueron entendidas como la lacrimogenia ideal para actrices señoronas como ella.
En "Obsesión", se quedaba viuda y ciega casi al mismo tiempo, y la culpa la tenía Rock Hudson. 
No hay mal que por Rock no venga, así que el dramón hizo llorar a las plateas, devolvió a Wyman al cetro de taquillera e hizo una estrella del bello Hudson.

Con Rock Hudson en "Obsesión"

Rock se acercaría años después a Jane Wyman en una fiesta hollywoodiense para elogiarla delante de todos, llamándola la mejor y más paciente compañera de escena que pudo tener un nervioso principiante como él en "Obsesión".


Aunque formaban una pareja un tanto rara, Jane y Rock repitieron en "Sólo el Cielo Lo Sabe", peliculón de altura, que contaba la historia de amor entre una viuda y su jardinero. 
Sublimada por Sirk hasta la enésima potencia, también es la interpretación cinematográfica más acertada de Jane Wyman - al menos, para quien esto escribe -, donde sus grandes ojos expresan a la perfección toda la melancolía femenina y opresión provinciana que la película denuncia.
De nuevo, Jane Wyman obligaba a agarrar pañuelos a la concurrencia con sus mujeres dolientes. 

"Sólo el Cielo Lo Sabe"

Por entonces, la televisión ya se decía nicho habitual de Jane y, poco a poco, centraría toda su atención. 
Para Disney, aún brindaría alguna intervención de popularidad, como la autoritaria tía de "Pollyanna" - quizá la más clara avanzadilla de Angela Channing -, para que, a finales de los sesenta, entrara en un estado de semi-retiro profesional.
Mientras, su vida doméstica le había ganado la partida en muchas ocasiones.
Sus cuatro bodas habían terminado en divorcio y ella culpó a su propia inconstancia como esposa. Tal vez el abandono materno que sufrió en la infancia sea la freudiana respuesta. 
A pesar de ello, Jane Wyman era conocida por el valor que concedía a sus amistades, su maravilloso sentido del humor y sus afiladas apreciaciones.
Un lado de su carácter que sólo asomaría en 1981, cuando la CBS estrenaba nueva serie de conflictos familiares, rivalidades económicas y lubricidades rústicas. 
Se llamaba "Falcon Crest", certificado bouquet del exceso ochentesco, donde la reina del cotarro era Jane Wyman.


"La gente está acostumbrada a verme en papeles suaves, pero creo que se habituarán a verme como Angie".
Su gesto de cándida paloma se trocaba en malevolencia, a medida que la matriarca de los viñedos hacía de las suyas, sólo para recuperar una y otra vez el control de la vitivinícola heredad. 
Nunca había sido tan perra en imágenes y cundió la impresión en el público, similar a la vivida con "Belinda", pero en el sentido opuesto.
Angela Channing le dio sazón a una actriz que hasta entonces sólo había podido ser interesante. Y, hasta cuando la serie era especialmente tremebunda, la réplica punzante que pronunciaba la grave y envolvente voz de la Wyman se las arreglaba para mantenerse perfecta. La sonrisita era siempre el remate.
La oportunidad televisiva concedió una popularidad mundial a Wyman, muy parecida a la que vivirían otras actrices poco usadas en el Hollywood de los cincuenta, como Angela Lansbury o Joan Collins. 


La atención en la Wyman además estuvo mediada por el morbo, porque mientras ella reinaba en televisión, su ex marido Reagan era el presidente del Gobierno estadounidense.
A toda pregunta, declinó hablar de él, aludiendo a que no lo consideraba de buen gusto. 
Sólo rompió el silencio, muchos años después, cuando acudió al funeral de Ronald y aseguró que habían perdido a un gran hombre y un gran presidente. 
Según se cuenta, había votado por él en todas las ocasiones.


"Falcon Crest" duró nueve años en antena y Jane lo convirtió en su reino natural. Muchos actores la consideraban tan temible como su personaje y otros tantos fueron cordialmente despedidos a petición expresa de la estrella. 
En los últimos tiempos, Jane Wyman se decepcionó con los derroteros que estaba tomando la serie, a lo que se sumó su mala salud. 
En la temporada final, apenas apareció en un par de episodios, tras sufrir una grave crisis diabética y hepática. 
Enterada de que "Falcon Crest" sería cancelada, Jane se levantó de la cama y corrió a participar en el final. El médico se lo desaconsejó, pero ella sabía bien que tenía que despedir a su Angela Channing.
Así fue y sólo se la volvería a ver en pantalla en un episodio de "La Doctora Quinn". Anunció retiro inapelable y se mudó a un rancho de California.


Tras verla, muy carcamal, en el funeral de Ronald Reagan, las siguientes noticias sobre Jane llegaban en 2007, de la mano de sus hijos.
Con unos noventa años que se contaban odisea, la vieja Jane se había echado a dormir y no había despertado más.


Cuando recibió el Oscar por interpretar a la sordomuda "Belinda", Jane Wyman dijo, irónica: "Lo he ganado por cerrar la boca, así que tendré que callarme más a partir de ahora".
Afortunadamente, no cumplió la promesa y habló muchas veces, con esa voz tan particular, lo mejor después de sus ojos.
Gracias a su voz, oímos a sus heroínas sirkinianas decir cuánto amaban a Rock Hudson y, gracias a sus ojos, se nos contaba la tristeza de poder perderlo, mientras se miraban en aquellas ventanas llenas de nieve, ciervos e ilusiones.
Gracias a su voz, oímos, cada semana, la necesidad de que Falcon Crest volviera a ser suyo y sólo suyo, como si acaso hubiese podido ser de alguien más. Gracias a sus ojos, la televisión fue ese lugar al que mirar, más que nunca y para siempre.


Sin ser la más grande, muchas veces lo pareció.

jueves, 9 de enero de 2014

Ese Chico de Polonia


He viajado al extranjero en dos ocasiones. Es decir, nada. Entre lo procrastinador y lo arruinado, me excusaría por mi escandalosa escasez de pasajes a través del mundo.
Supongo que, cuando has nacido en una isla como la mía, sólo saltar hasta la península y caer de pie es suficiente viaje. ¿Tontería? Es un salto mortal y bien cansado para los que nacen y crecen apartados, aislados, tan lejos del centro de las cosas. Se diría que ya hubiera hecho toda la odisea que tenía que protagonizar.
Y Madrid es el mundo. He viajado poco, pero he visitado países de la mejor manera. Es decir, acostándome con extranjeros. Juro que es una magnífica manera de conocer otras culturas, otras gentes y otras naciones, y sin moverse de la cama. 
Como dicen que parezco muy español, muchas veces he sido ese sexual comité de bienvenida que esperan los intrépidos viajeros o los recién inmigrados. 
- You look very Spanish - dijo cierto irlandés, antes de morrearme una noche.
Al hablar con ellos e interesarme por sus existencias, he estado en París, Belgrado, San Diego, Transilvania, Maracaibo, Buenos Aires, Monterrey, Londres, Oslo, Seattle. 


Conocer los países de verdad es conocer a sus personas. Cómo son, lo que cuentan, lo que esperan de la vida, lo que buscan en España - risas, fiestas, risas, fiestas - y la manera de expresarse, más decisiva en un encuentro íntimo.
Mi último viaje golfante ha sido dirección Polonia y todavía no he regresado. Ahí estoy, en un estado mental polaco, ensoñado con el oriundo de un país del que no sabía nada antes de conocerlo, sólo que lo invadieron los nazis en 1939 y se armó la gorda. 


Sucedió una noche, hace varias semanas, antes de la Navidad. Yo estaba a punto de largarme, porque apenas quedaba nadie en el bar.
Ahí que se me acercó el caballerete. Venció la timidez, me saludó y preguntó el nombre. El suyo, Lukasz.
Quise saber de de dónde era y me dijo "Polonia". Pero lo pronunció "Polonya", que suena "Poloña", y yo, atontadito a esas horas, le entendí que era de La Coruña. Me pasé media noche pensando que hablaba con un gallego tartamudo con sospechosa pinta de extranjero.
- ¿No te han dicho que pareces de otro país?
- Sí, español me han dicho que no parezco - contestó él, en plena dialéctica del absurdo.
Si soy sincero, en esos momentos no me gustaba mucho el falso coruñés y pensaba escaparme a la mínima oportunidad. 
Tampoco estaba seguro de qué quería de mí y si estaba a mi lado porque era nuevo en la ciudad y deseaba compañía durante un rato. Y tímido, muy tímido. Yo iniciaba todas las conversaciones y él contestaba educado, sin pasión, mientras se le veía el esfuerzo por replicar con una segunda pregunta.
Cuando me enteré que era de Polonia y no de La Coruña, entendí que el pobre fuera tan soso. Cuestión de latitudes. Ya debía de gustarme por entonces, aunque todavía no sabía qué buscaba. No me miraba con la atención libidinosa de los que quieren rollo ni hacía ningún ademán reconocible en esa dirección.
Le dije que me marchaba y él me acompañó en silencio. Cuando vi que seguía caminando conmigo hasta mi casa, comprendí que sí, que quizá subiera a mi apartamento, que tal vez se sentaría en el sofá con esa cara de serio, que pasaría al baño, que respondería que sí cuando le sugiriera que fuéramos a dormir. 
Que yo le besaría, que él me besaría. 


Había que tirar del hilo con Lukasz, pero la respuesta era maravillosa y ahí en la cama descubrí no sólo que yo le gustaba mucho, sino que él a mí también. 
Lukasz sabe bien, es calentito para venir de un lugar de frío y su piel es tan blanca que parece todo de mármol. Cuando le cayó la luz del día, no daba crédito:
- ¿Eres pelirrojo?
- Sí, un poco.
Casi me muero.
Lukasz vive en Madrid, porque siempre soñó con España. Con un lugar más cálido y mejor que Polonia, "lleno de chicos guapos y gente más abierta", me dijo. Por lo visto, tampoco la cosa gay está bien vista en su país, y cuando acabó Económicas, buscó hacer las prácticas en la embajada polaca de España. Ahí es donde trabaja ahora y ahí es donde lo verán todos los días sus afortunados compañeros de trabajo.
Al día siguiente, el muchacho no se iba y yo le sugerí que era tiempo de ir recogiendo. 
Yo estaba agotado de la resaca y del sexo y, cuando me sucede una cosa así, quiero contemplarla desde lo lejos enseguida y analizarla, tal vez para entenderla. 
Lukasz se fue a las seis de la tarde con cara de penita y, a la media hora, yo ya deseaba que volviera.


Pasaron los días de la semana y sin noticias. La esperanza se iba deshaciendo, pendiente del viernes, día donde yo cedería y sería quien le enviara un mensaje para volver a vernos. Se lo escribí a las cinco y no me llamó hasta las nueve y media, el muy cabrón. 
Como dije hace varios jueves, hablar por teléfono me resulta un horror y no te digo nada con un polaco soso que responde con monosílabos. Fui capaz de descifrar que estaba cansado, que otro día. 
Frustración y nuevas quimeras. Tres días pasaron, para que la fe se perdiera por quintuagésima vez. Finalmente, llamó y nos vimos otra vez. Oh, aún mejor..
No habla mucho, pero enternece. Me gusta cómo me mira. El deseo, la necesidad de saber más. Lo justo que quieres ver y sentir cuando un muchacho te interesa.
¿Qué pensar? ¿Seré para él uno más dentro del suculento bufé de hombres que le ofrece la vida gay en Madrid o un firme candidato? 
Te podría contar todo lo que he pensado para mal y todo lo que he fantaseado para bien y no acabaríamos hoy. Eso sí, espero poder invitarte algún día al enlace entre el economista polaco y el escritor canario. Nunca conocióse unión más explosiva. 
Si no, me pondré triste y buscaré otro. Hay costumbre, sí.


El día que nos vimos por segunda y última vez era el 23 de diciembre y, a la mañana siguiente, yo tenía que viajar. Esta vez, de verdad. A Canarias, a ver a mi familia por Navidad. 
Volvería el 9 de enero, le dije. Es decir, hoy. 
La cosa quedó en un suspense de película, aún más por su mutismo a lo largo de todas las vacaciones.
Las mismas vacaciones en las que me he aferrado a su recuerdo como quien aguanta tras la trinchera.
Difícil batalla, en las fiestas escandalosas del compromiso, esas donde debes prestar atención y simular que te importan todos los dramas y alegrías que suceden en familia hasta el día que dejas de fingir y te hundes en la apatía. 
El ambiente familiar obliga a convertirse en niño otra vez. Lo que tengo que hacer, lo que debo escuchar, lo que he de presenciar. Es agotador.
Como dijo no sé quién, "la familia es ese veneno que se toma a pequeños sorbos". Las Navidades son una garrafa de cianuro para todo el año. Son un asco y cada vez más. Interrumpen la existencia de la manera más tonta y son aval de misantropías.
En Canarias, los días son semanas, las semanas son meses. El tiempo te devasta, te hace olvidar todo.
El 9 de enero no llegaba nunca. El 26 de diciembre ya estaba desesperado. Lukasz no llamó. Será que no quiere nada más. Será que simplemente es Lukasz.
Sólo sé que hoy no llegaba nunca.


El último sábado por la noche, las horas se resistían a sí mismas y me asfixiaban en la habitación de casa de mis padres. Decidí vestirme y acudir al cumpleaños de una amiga.
Borrachera, tertulia seriéfila, risas y uno de sus colegas, al que no había prestado atención en toda la noche, me preguntó a las tres de la madrugadas eso de:
- ¿Activo, pasivo o versátil?
Tres respuestas posibles sobre qué es lo que te gusta más: follar, que te follen o las dos cosas. Yo siempre digo lo último y salgo del paso, porque la preguntita no me hace precisamente ningún tilín.
En esta ocasión, no sólo aseguré versatilidad, sino también contesté que a él que le importaba. A todas vistas, era heterosexual. Es decir, es de esos tipos a los que llaman por el apellido.
Entonces el caballero me dijo que también era versátil y bisexual.
Primera sorpresa, estilo giro argumental, de este 2014, del que ya soy consciente que no voy a salir vivo. 


El caballero de apellido y yo nos besamos en pleno bar hetero para luego salir pitando a buscar sitio. Estábamos muy borrachos y sin casa en la que albergar nuestras homosexuales pasiones. No se nos ocurrió mejor idea que escalar unas rejas y meternos en el campus de la Universidad. 
Ahí, en plena floresta, cual amantes de épocas galantes, se hizo lo que se pudo. Fue suficiente. La obsesión por el polaco perdido, tan lejano, se apaciguó, se guardó, se relativizó. Dejé de gritar por dentro un segundo. Fue relajante y triste al mismo tiempo.
Por fin, me había rendido a Canarias, a la isla, a un hombre distinto, a una noche efímera, a todo lo que no quería cuando dejé a Lukasz aquella mañana del 24 de diciembre.
Porque hoy no llegaba nunca.


Hoy. Sí, hoy. 
Ya estoy en Madrid, en mi casa. Mañana, el mensaje a ese chico de Polonia. ¿Han sido tres semanas o un desolador océano de tiempo?  Todo ha cambiado, nada ha cambiado.
¿Qué sucederá, queridos amantes del suspense?
Sólo sé que si me pide la dirección del blog, le diré con mucha amabilidad que nanay.

martes, 16 de octubre de 2012

All That Rock


Más alto que la vida, voz sensual y sonrisa generosa, de cabello fuerte, oscuro y raya al lado, Rock Hudson protagonizó películas de colorines para hacer dormir y soñar.
Fue puro Hollywood en los años cincuenta y sesenta; una estrella quasinfalible, un galán para todos los géneros, un hombre para desear y admirar.


Mucho tiempo antes, en Los Angeles, esperando un momento decisivo, había trabajado como camionero. Perdido el aliento, llegaba la oportunidad a finales de los años cuarenta.
Así, Roy Scherer se convirtió en Rock Hudson, esculpido a conciencia por la Universal, aun cuando nadie tuviera ninguna certeza sobre su talento dramático.
Porque nunca lo tuvo. Sólo tesón, energía, sonrisa, buenos protectores y un físico tan privilegiado, tan genuinamente americano, que lo hizo suculento valor ante los ojos de los jerarcas hollywoodienses. 


Crear a Rock Hudson no fue tarea fácil. Allí estaba, en su primera película, "Fighter Squadron". Rock sólo tenía una línea de diálogo, pero hicieron falta 38 tomas para completarla. 
Las cosas siguieron su curso, con múltiples apariciones en varios westerns hasta que Ross Hunter y Douglas Sirk le daban la oportunidad de un papel tan serio como colorido en el melodrama "Obsesión". 
Los nervios hicieron mella en Rock durante todo el rodaje, pero Jane Wyman tuvo una infinita paciencia y el maestro Sirk se convertía en su amuleto, en su figura paternal en el negocio, con quien posteriormente repetiría para un puñado de películas inmortales. 

Con Jane Wyman en "Sólo el Cielo lo Sabe"

"Obsesión" se estrenó y Rock, oh, Rock, tan alto, tan bello, incorporando a ese chico malo redimido por amor, conquistó al público, especialmente al femenino. 
En pocos años, se lo nombraría la personalidad favorita de Hollywood. Sólo tenía que sonreír; era demasiado encantador para ser verdad.
Más allá de su físico, Rock concedía el encanto de las estrellas del ayer, esa sensación entre glamourosa y confortante mientras alcanzaba enseguida la categoría de ser el principal reclamo de sus películas.

Con Elizabeth Taylor en "Gigante"

Si del western había pasado al melodrama, el melowestern "Gigante" fue la piedra de toque. La rústica saga le daba su única nominación al Oscar y una nueva puerta a la ambición.
Cometió el error de dejarlo todo por el fracasado remake de "Adiós A las Armas", pero aún habría tiempo y oportunidad para más excitación rockhudsoniana. 
Se encontraba con Doris Day que, como él, llevaba la bandera norteamericana en el genoma.
Ambos formaron una pareja indiscutible de la comedia romántica; sus personajes se conocían, se enredaban en lo picante, se sucedía el malentendido y, por supuesto, no pisaban el dormitorio sin pasar por la vicaría.

Con Doris Day

Con el crepúsculo de los sesenta, la figura de Rock Hudson entró en un inevitable declive y, para sofocarlo, nunca ha habido mejor tercera parte para las estrellonas de Hollywood que la televisión. 
Rock se topaba con una buena reválida a su proverbial suerte profesional en la serie cómico-policiaca "McMillan & Wife", donde formó pareja y química con Susan St. James durante seis temporadas.

Con Susan St. James, en la serie "McMillan & Wife"

Rock nunca estuvo demasiado contento en Catodia, pero sería el lugar donde encontrarlo a partir de entonces y también sería el sitio donde concedería su último papel, cortesía de "Dinastía".
Fue en "Dinastía" donde todo cambió. En el rodaje, irrumpía exhausto, enfermo, sin poder recordar sus diálogos, como si hubiese vuelto al balbuceante principio de su carrera, cuando tenía que repetir tantas tomas.
En esta ocasión, la explicación sería la dureza de una enfermedad que lo devoraba. Su escalofriante paso por el programa de Doris Day despejó cualquier duda de la gravedad.


Rock Hudson, fumador empedernido, había sufrido una aparatosa intervención cardiaca a finales de los setenta, y un devenido cáncer de hígado se impuso como primera explicación a su deteriorada salud. 
Pero la verdad se agazapaba tras las siglas más temidas, esas que nombran la epidemia que sentenciaría el final del siglo XX.
En 1985, Rock Hudson fue la primera personalidad de Hollywood en sucumbir al SIDA. Obviamente, la noticia no dejó indiferente a nadie.


En un comunicado, Rock terminó por confesar que se estaba muriendo de SIDA y arguyó que pudo contagiarse de la enfermedad en una transfusión operatoria.
Sin embargo, su homosexualidad, ocultada celosamente durante su carrera, se colocó en primera línea de todos los comentarios.


Tres décadas atrás, en un año tan esplendoroso para él como 1955, se había casado con Phillys Gates, de la que diría entonces que era lo mejor que le había pasado en la vida. 
Ambos negaron, con el tiempo y las revelaciones, que se casaran a efectos publicitarios, pero Gates era poco más que una secretaria de Harry Wilson, el jerarca de la Universal que había apostado por Rock desde los inicios.
En cualquier caso, se divorciaron a los tres años de matrimonio.

Su boda con Phyllis Gates

Todo Hollywood sabía que Rock Hudson era gay. 
La revista "Confidential" estuvo a punto de revelarlo en plenos años cincuenta, cuando la policía entró en una fiesta y arrestó a unos cuantos heartthrobs cinematográficos en plena bacanal. Entre ellos, Rock Hudson y Tab Hunter. La Universal llegó a un acuerdo con la revista: salvó a Rock de la quema, pero ofreció a Tab para la portada.
A pesar de una época tan desfavorable, y en medio de poses y películas, Hudson vivió una vida homosexual, y biografías y cuchicheos han dado nombre a sus relaciones más sonadas. 
El último, Marc Christian, se haría conocido por demandar judicialmente parte de la fortuna de Rock tras su muerte, aludiendo a que éste no le había informado de su enfermedad y lo había puesto en riesgo de contagio.


Ese atribulado armario de Rock Hudson se destaparía tras el veredicto de su enfermedad y postrera muerte. Antes, debió sufrir los efectos de la terrible ignorancia de aquellos días sobre el contagio del SIDA, que también se viviría en su último rodaje.
Besaba a Linda Evans en una secuencia de "Dinastía", para que, terminada la escena, la producción agarrara a la actriz y le lavara la boca de inmediato.

Con Linda Evans en "Dinastía"

Lejos de allí, Ronald Reagan, presidente republicano que Rock había apoyado y con quien mantenía cierta amistad, miró para otro lado cuando supo la noticia. Reagan seguía callado ante el desastre, aunque la situación ya aporrease su puerta.
Pero no hay duda de que el último acto de valentía de Rock Hudson fue decisivo para que cambiaran las cosas. 
Dio cara a la tristeza, concedió alas a la accion, permitió hablar del asunto. Nadie estaba libre, ni los más genuinos héroes de la pantalla.


A los 59 años, Rock Hudson se despidió de la vida, temeroso de que se le recordase más por la ordalía de sus últimos días y por las veleidades de esas camas que siempre quiso ocultar de su público, antes que por las múltiples bendiciones de su trayectoria profesional.
Para el caso de Rock, vale rememorar los dos aspectos, porque ambos fueron importantes. 
No sólo por lo que significaron o representan, sino porque resumen la historia de las verdaderas estrellas. 


Esas mismas estrellas que, un día, nos cuentan imitaciones a la vida en sus películas, y al siguiente, deben desnudarse ante nosotros y ahí aparece la vida, sin espejos ni coartadas. 
Esos astros caídos a la Tierra, aún más gigantes, más valiosos que cuando brillaban allá arriba.