martes, 8 de enero de 2013

La Fuerza de Bette Davis


Genial desde el primer día, labrada a conciencia sin más ayuda que ella misma, Bette Davis nació para el cine, mientras el cine creció gracias a ella. 
Pionera de intérpretes, definidora de estilos, gran diva, la mirada de sus grandes, inconfundibles ojos fue la clave; el estilo, el aderezo. 
Interpretó a todas las mujeres, pero, sobre todo, a las malvadas. Les encontró el alma, o quizá, el carisma. No importó. El público quiso amar a Bette Davis, porque nunca renunció a su personalidad. En realidad, la impuso, la subió por encima de su nombre y de su mito. 
La cámara contó su fuerza, pero también intuyó ese pequeño destello de melancolía que las grandes parecen atesorar como un secreto.


Su vida privada quedó relegada; el trabajo siempre fue primero. 
Bette Davis ganó muchas veces, pero perdió otras tantas, y tuvo el tiempo suficiente para definirse a ella misma. Quizá, para aspirar a comprenderse.
Se la recuerda como la primera actriz que no tuvo miedo a afearse, a incorporar personajes mayores, a aceptar los papeles que a otras asustaban. En cierta ocasión, diría que fue lo más parecido a Brando que tuvo su generación
Desde su legendario carácter, a través de su afilada lengua, con su entidad de visionaria, se contó como una actriz luchadora, que batalló por encima de productores que querían apresarla, de críticos que la cuestionaron y del inevitable paso del tiempo.


Nacida en una familia protestante de Massachussets, Ruth Elizabeth vio el escenario como la escapatoria de su timidez, mientras su madre, actriz frustrada, la empujaba con decisión.
Caer en su primera película fue un golpe de suerte, porque nadie confiaba en su talento. 
Fue rechazada entonces por muchos - incluyendo William Wyler, luego director de cabecera -, y su escaso atractivo físico se hacía motivo de mofa y puerta infranqueable. 
Corrían los primeros años treinta, y la joven Davis no cejaba.


Más golpes de suerte la llevaron hasta la consagración. 
Aún cuestionada, conseguiría, no obstante, el papel de Mildred, la vulgar camarera que acaba con el doliente héroe de "Of Human Bondage".
Nacía la intuición Davis, surgía el riesgo Bette; en "Of Human Bondage", sus ojos y su habilidad para recrear la maldad femenina aparecieron por primera vez.
La crítica se entusiasmó y le colocó los epítetos de la sorpresa y la sensación. Por su parte, la industria se indignaba cuando Bette no recibía la nominación a un Oscar que hubiese ganado.

"Of Human Bondage"

Al año siguiente, lo enmendaron rápidamente y la oscarizaron por "Peligrosa", vulgar melodrama donde ella era, sin problemas, lo mejor de la función. 
Aún así, el camino era más arduo de lo que prometían los oropeles.
Como a toda las estrellas de la época, a Bette Davis le ataba un larguísimo contrato con un todopoderoso estudio. En su caso, Warner Bros, que la colocó en una sucesión de basuras fílmicas, indignas de su talento. Ella, toda fiereza e inquietud, presentó una demanda ante el injusto trato que recibía de los jerarcas del estudio. No ganó, pero abrió aguas. 
Sería su amiga y compañera, Olivia de Havilland, quien consiguiera justicia y libertad para los actores, años después.

Con Olivia de Havilland en "In This Our Life"

Si la demanda de Bette no prosperó, Jack Warner decidió mimarla y la colocó en un papel fastuoso dentro de una película fastuosa. 
En "Jezabel", interpretaba a Julie, la consentida dama sureña que acelera su perdición cuando acude vestida de rojo a un baile donde todas las vírgenes debían ir de blanco.

Con Henry Fonda en "Jezabel"

Tal dramón anticipaba "Lo Que el Viento Se Llevó", y, por la memorable interpretación de un personaje contradictorio, equivocado y completamente hermoso, Bette recibía su segundo y último Oscar.
Se iniciaba su gran época, la que la fijó en la retina de los espectadores para siempre, que la aclamaron como una de las actrices emblemáticas de Hollywood, aplaudida y querida a rabiar, mientras ella ofrecía manierismos, cigarrillos exquisitos y películas de llorar y temblar.

"La Carta"

"Jezabel" había supuesto primer encuentro con William Wyler, director y amante, quien ella luego recordaría como el amor de su vida. Fue también quien siguió sus pasos en otra interpretación aclamadísima: la hipócrita Leslie de "La Carta".
Sin embargo, el borrascoso rodaje de "The Little Foxes" suponía el final de la colaboración entre Bette y Wyler. Según confesaron, nunca llegaron a un acuerdo sobre cómo afrontar el personaje de Regina. 
Aún así, el resultado fue inmejorable.
La Davis en "The Little Foxes" es una lección de Arte Dramático y, ante todo, una muestra de la excelencia del mejor cine clásico.

"The Little Foxes"

Interpretara a socialités moribundas, solteronas románticas o extrañas pasajeras, Bette fue siempre la misma Bette, sensible y fuerte, reacia a las etiquetas, alérgica a ningún otro glamour que no naciera de su personalidad. 
Bette Davis fue una de esas estrellas que esculpieron Hollywood a base de contradecirlo.

"Now, Voyager"

Los años cuarenta fueron la época de esplendor, y ella devolvía el favor cuando, ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial, unió fuerzas con John Garfield y fundó el Hollywood Canteen, local para soldados de permiso que podían tener la suerte de ser atendidos por estrellas de cine.


Hacia finales de la década, los buenos papeles empezaron a escasear para Bette, lo que se traducía en la mayor desesperación para ella. 
Sus detractores encontraron el apropiado festín en "Más Allá del Bosque", tremebunda saga, cuyo fracaso estuvo a punto de sentenciarla para siempre.

Con Joseph Cotten en "Más Allá del Bosque"

Terminaba su contrato con Warner y la libertad se hacía más difícil que vivir a merced del estudio. 
El retorno fue tan espectacular como breve, a golpe de Margo Channing, la diva incapaz de asumir su caducidad, para "All About Eve". Sin duda, su mejor, más luminosa interpretación.

Con Gary Merrill en "All About Eve"

En el rodaje, conocería a Gary Merrill, cuarto marido.  "Gary era un macho man, pero no hubo hombre suficiente para tolerar ser el Señor de Bette Davis". 
De sus matrimonios y múltiples abortos, siempre quedó la amargura, la sensación de una soledad crónica y la misma frustración de testaruda y perfeccionista con la que había afrontado su carrera.
Bette adoptó tres niños, los dos últimos con Gary Merrill. La más pequeña, Margot, revelaría una triste minusvalía mental y no quedaría opción más que internarla.


Durante sus años de madurez, Hollywood le dio la espalda muchas veces y ella rechazó papeles e intervenciones que no creía a su altura. 
Los pases televisivos y las reposiciones de sus mejores películas despertaron el culto por Bette y sus interpretaciones, algunas tan exageradas que sólo cabía sublimar como camp. Era parodiada y homenajeada al mismo tiempo; como muchas actrices del Hollywood dorado, el seguimiento gay fue inmediato.
Ella pareció responder a la parodia, entregándose a ese festival de lo grotesco llamado "¿Qué Fue de Baby Jane?", exitosa comedia negra, que la devolvió a lo más alto e inició una inesperada segunda carrera artística.

Con Joan Crawford en "¿Qué Fue de Baby Jane?"

Como la patética Baby Jane, niña del ayer en el cuerpo de una vieja alcohólica, la Davis se introdujo en las pesadillas de 1962 y, por el camino, consiguió su última nominación al Oscar y una nueva legión de fans.
Además, "¿Qué Fue de Baby Jane?" permitía la escenificación de una de las rivalidades más divulgadas por los tabloides hollywoodienses. 
Ríos de tinta y floridos adjetivos vertebraron el enfrentamiento de por vida entre Bette y Joan Crawford. Se criticaron y atacaron, entre la envidia, la competitividad y la confrontación entre dos modos de entender la profesión. 
Bette y Joan no eran tan diferentes y un poso de admiración mutua apareció en más de una ocasión. Al final, sus peleas sólo incrementaron la excitación por ellas.

Con Joan Crawford

Tras "¿Qué Fue de Baby Jane?", la Davis entró en lo que ella misma definió como su fase macabra, apareciendo en títulos de terror e intriga, donde su físico talludito y sus histrionismos eran el garante del grandguignol.
Los problemas de salud la obligaron a dejar paso hacia finales de los setenta.
La televisión la llamaba a gritos durante la década siguiente: ella llegó a la serie "Hotel", se quejó de todo y se marchó después de filmar el primer episodio.
Un ataque cardiaco motivaba retiro, mientras la autobiografía de su hija, B. D. Hyman, le rompía el corazón. 
Siguiendo la lamentable estela de Christina Crawford, B. D. sacó a relucir trapos sucios de su madre, aludiendo a su insoportable carácter, su alcoholismo y las terribles peleas que mantenía con Gary Merrill.
Ante el libro, menos exitoso de lo que B. D. esperaba, toda la profesión salió a defender a Bette. Ésta le escribió una carta pública a su hija, expresando su dolor y desconcierto, para luego desheredarla.

En la boda de su hija, B. D. Hyman

"Las Ballenas de Agosto", junto a Lillian Gish, fue la última película que Bette terminó. 
En 1989, rompía su retiro para acudir al Festival de San Sebastián.
Consumida y devastada por el cáncer, Bette apareció y conquistó. Se reconoció adicta al aplauso y se confesó enamorada de ese público que todavía la aclamaba como el mejor estandarte de un cine perdido, pero nunca olvidado.


Tenía 82 años y, trasladada de gravedad a un hospital en el Sur de Francia, quedó claro que a una mujer tan dura sólo la muerte se la podía llevar.


"La interpretación debería ser más grande que la vida" - dijo - "Los guiones deberían ser más grandes que la vida. Todo debería ser más grande que la vida".
Ese fue el secreto a voces de Bette. No había vida suficiente para saciar su sed de buenas películas, su intensidad, su ambición, su necesidad de aventura. 
Sus mejores películas son el testigo de su valía, allá donde aparece esa inolvidable loba de los grandes ojos, bien consciente de lo maravillosa que era.


Si te cuento un secreto, mi afición al cine empezó desde mi obsesión por ella.

lunes, 7 de enero de 2013

Consumo, Luego Existo


La nueva etapa de "A Través del Espejo" quiere contar el mundo. 
A nuestra sección de los lunes ya no le hará falta la coartada de las películas y series norteamericanas para hacerlo. Si alguna está a la altura, será bienvenida. Si no, no querremos perder el tiempo.
Ahora sólo tendremos que mirar a nuestro alrededor, a las numerosas pantallas, sean ficticias o reales.
Hoy, una imagen verdadera vale más que la ficción. 
El súpermercado lleno, furioso, estas pasadas fiestas, en plena crisis económica. 
Decían que no tenían dinero, si bien no encuentran mejor idea que gastárselo. ¿Por qué?, me pregunté y pregunto. 
La gente lamenta la debacle, pero, en cambio, ha seguido invirtiendo en la Navidad, o la más fabulosa idea que tuvo el capitalismo. 
La sociedad de la crisis consume teóricamente menos, pero busca alternativas baratas y deja de comprar unas cosas para seguir aspirando a otras. En realidad, el consumo no cesa y la cesta de la compra todavía no soportaría cualquier análisis racional.


La explicación está en el consumismo, la magna adicción contemporánea, labrada a través del siglo XX y convertida en sello de identidad en el nuevo siglo. 
Tratamos de aprehender el mundo, de controlar nuestra vida, a través de la apropiación de bienes, con el consumo continuo, prolongado, progresivo, infinito. La mayoría de esos bienes son inútiles factualmente, pero poseen el valor de la pertenencia, de la acumulación.
Se dice que consumir es una imitación a la riqueza. Con la tecnología, la ropa o los muebles, otorgamos la sensación de haber llegado a lo más alto del escalafón social, al episodio crucial de la existencia. 
Cuando, además, somos capaces de rodearnos de marcas genuinas y abrazar el estilo, la mentira de la culminación es aún más grande. Y, nuestra sonrisa, más brillante.


Aunque todo lo que hayamos comprado sean derivados o copias de cosas mejores, aunque lo paguemos gracias a los créditos bancarios, la riqueza se nos aparece cuando desenvolvemos el paquete, miramos la última compra y la colocamos en un lugar visible. Para verla nosotros, para que la vea el mundo.
La historia del consumismo, íntimamente ligada al capitalismo y al triunfo del materialismo, se ha visto vertebrada por sus múltiples victorias, por sus defensores, por sus detractores y también por sus ironías. 
La misma "Imitación A La Vida" - novela y películas - nos cuenta cómo llenarse de pieles no otorga  sensación de realización, especialmente cuando las deudas sentimentales y morales nunca han sido abonadas.


Los críticos del consumismo señalaron como consecuencias la destrucción del individuo y la sociedad, de cómo aquel se aísla y ésta se destruye, por cuanto no importa la solidaridad, el espíritu o el trabajo, sino la rapidez, la oportunidad y la competitividad. 
El consumismo resume la acción humana, porque todo lo concentra en un úníco espacio: el súpermercado, a pocos pasos de casa. Últimamente, con un clic virtual, ni siquiera hace falta acudir físicamente a él. El consumismo es también el garante de la soledad.
La destrucción medioambiental fue ventilada como el gran pecado del consumismo, cuyo nada pequeño y sí muy sucio secreto se encuentra en su trastienda. Es decir, haber convertido el Tercer Mundo en un vertedero. Más consumo, más mierda. Peor consumo, mucha más mierda.
A pesar de todo y en los años previos a la crisis, al consumismo se le encontró una especie de sacralización posmoderna, con aquello del "shopalcolismo" o la sublimación cool de la infelicidad urbana, esa que se aplaca con el sonido del datáfono bancario.


En cualquier caso, hasta el que pretenda inhibirse del consumo continuo, aquel que quiera ahorrar y contentarse con los aparatos que tiene, éstos procurarán romperse o presentar fallos. 
El sistema supo que las bombillas debían morir para poder ser reemplazadas por otras. Apareció la obsolescencia programada, o de porqué antes los aparatos podían durar décadas y ahora se joden sin mayor explicación que su pésima calidad.
La abundancia del aparato en nuestras vidas implica vidas aparatosas. Por eso, la crisis actual es más grave, más depresora para todos. Porque no podemos - o no sabemos - prescindir.
Y ni siquiera del propio consumismo, porque, como toda adicción, despertar implica resaca. 
Mucha de la indignación actual no viene tanto de la contemplación de injusticias - siempre estuvieron ahí, pero sólo ahora interesan a la prensa -, sino del síndrome de abstinencia que sufre la clase media en estos momentos. 
No puede consumir todo lo que quiere, todo lo que considera justo y necesario, ni puede devorar como antes. El datáfono ya no suena. Debe ahorrar y no sabe. Tiene que buscar más allá del supermercado. Ha de despertar tras el sueño narcótico. 
La crisis ha sido un rude awakening: consumimos, luego existimos. De ahí gran parte de la angustia.


De ser un estilo de vida, el consumismo se ha convertido en la única forma de vida que conocemos. Porque no sabemos encontrar las cosas, sólo las esperamos obtener más cerca, más baratas, ahora mismo, a un clic.
Hasta nuestras relaciones humanas, amorosas y sexuales viven tintadas por las formas de consumo. 
El amor no se nos cruza en nuestro camino, como sucedía antes. Convertido en un producto por la extensión capitalista que supone Hollywood y las industrias del entretenimiento, lo estamos esperando ansiosamente como quien ha pedido un televisor nuevo o el último cachivache portátil. 
Y, de tal modo que si fuera un aparato, los sentimientos también tienen una obsolescencia programada y sucumben a nuestro afán de moda. Cuando las cosas dejan de ser novedosas, sólo pensamos en sustituirlas por otras mejores.
La manera en que nos comportamos con las relaciones - cómo las damos por sentado y las desperdiciamos cuando dejan de ser flamantes - lleva a la idea de que, si el amor fuera comercializable, lo comprarías, lo pagarías a plazos y lo tirarías a la basura. En el súpermercado, habrá otro.


Hemos sido imitaciones de reyes, pidiendo más, nunca satisfechos, enfurruñados cuando no lo obtenemos. Quizá sea la hora de levantar el culo de este decadente trono. 
Al fin y al cabo, ha quedado claro que nunca fue nuestro.

viernes, 4 de enero de 2013

"Caravana de Mujeres"

 

Saga de aventuras en el Oeste, "Caravana de Mujeres" (Westward The Women) se erige como toda una rareza del cine clásico, al conceder un papel primordial a las mujeres dentro de un género tan tradicionalmente masculino como el western.
Recuperada en sus múltiples pases televisivos, esta película se cataloga como esa infravalorada joya del infravalorado director William A. Wellman.
Aún sigue siendo difícil encontrar un estudio serio sobre "Caravana de Mujeres" y todavía no se la emplaza en el lugar de la Historia del Cine que merece desde hace mucho tiempo.


Basada en una historia original de Frank Capra, comienza con la decisión del dueño de un valle de California. 
Ante la triste soltería de sus trabajadores, el granjero acude a Chicago en busca de mujeres jóvenes, dispuestas a cruzar el salvaje Oeste y casarse. 
La organización del complicado convoy corre a cargo de Buck Wyatt (Robert Taylor), un vaquero experto en caravanas, que aceptará el encargo de transportar a las féminas a regañadientes y con la voluntad de "transformarlas en hombres" para que puedan llegar a su destino.


La película recoge la dramática odisea de la caravana, enfrentada a los elementos, el ataque de los indios, los desérticos parajes y las violentas disensiones entre Buck y los porteadores que contemplan con deseo a las mujeres. 
Éstas, decididas a seguir adelante, terminarán por ser las únicas valedoras de la hazaña.

La genial Hope Emerson como la genial Patience

En el momento más escalofriante, ellas, quizá ya masculinizadas como pretendía Wyatt, caminan a través del desierto. 
Pero el parto de una de ellas interrumpe el duro trabajo. Se detienen y sacan músculo para contener la carreta donde se produce el nacimiento. Como para reconectar con su feminidad, como para revalidarse humanas en plena animalización, las mujeres agarran al bebé y lo acunan entre sollozos de alegría.
"Caravana de Mujeres" honra al espíritu humano y rinde debido homenaje al papel de las mujeres en la Historia. 


Del mismo modo que el protagonista, William A. Wellman y Robert Taylor - dos buenos representantes del macho power hollywoodiense - parecen enamorarse de las chicas y les entregan el foco de atención.
Ellas, mujeres luchadoras, con errores, terriblemente valientes, en busca de una segunda oportunidad en la vida. Una es una solterona gigante; otra está embarazada; la más notoria es una prostituta francesa. Ninguna es juzgada, todas cautivan.
No es sólo una película extraña por introducir a las hembras como estrellas de un western, sino por contarlas libres de maniqueísmo y entenderlas como una fuerza más grande que la vida. 

Denise Darcel como Fifi Danon

Es de los pocos dramas producidos en Hollywood tras la Segunda Guerra Mundial que le hizo un guiño al "Yes, We Can", aquel eslogan bélico que llamó a las mujeres a incorporarse a trabajos masculinos durante la contienda.
Como sucede en "Caravana de Mujeres", lo hicieron y de qué manera.


"Caravana de Mujeres", rotunda, milagrosamente perfecta, recoge los trabajos de carga y transporte de sus personajes en llanuras frías y desoladas, impecablemente fotografiadas, bajo el aliento aventurero y vigoroso que imprime Wellman, mientras se entrega al detalle sentimental, al momento cómico y a la inevitable historia romántica entre sus dos protagonistas. 

"¿Estás preparado? Porque voy a decirte lo mucho que te quiero."

Todo es preciso y emocionante, duro y tierno, tal y como sería cualquier encuentro entre lo masculino y lo femenino. Es precisamente ese encuentro lo que celebra esta película, en sus metáforas, su simbología, su mismo argumento y su mágico final.
Valorar "Caravana de Mujeres" se nos hace un camino tan largo y arduo como el que viven sus personajes. 
Por lo que a mí respecta, hoy tomaré las riendas, espolearé y diré, sencillamente, que es una obra maestra.

jueves, 3 de enero de 2013

Michael Fassbender, Maromo del Año


Oh, señor Fassbender, qué bien le van las cosas. En los dos años anteriores, el reino del cine ha sido suyo. En los dos próximos, promete estar hasta en la sopa.
Pero no seré yo quien se queje de su omnipresencia. Ni tampoco todos los que le han votado y elegido como Maromo del Año.




Hace doce meses, ya ganó singular título en mi blog anterior. Por entonces sospeché esa victoria antes de que se produjera. Este año, no tenía ninguna duda de que repetiría.
Ya ve, señor Fassy. Ni lo nominaron al Oscar, cuando merecía ganarlo.
Pero sientáse satisfecho con repetir el honor del Maromo del Año. Al fin y al cabo, es una elección más seria que el paripé oscarizante. Vamos, que no hace falta mucho para ser más serio que los Oscars.


 

En 2012, lo vi escalofriante y magnífico en "Shame" y reconozco que pudo darle un poco de encanto a la mierdesca "Prometheus"; pelirrojo o rubio, películas tan distintas se contaron como sus mayores triunfos. 
A usted le gustaron tanto sendas experiencias que, en este 2013, repite con Ridley Scott y Steve McQueen, mientras se interna en el particular mundo de Terrence Malick, comparte cartel con Natalie Portman y se prepara a conciencia para variopintas secuelas de sus papeles más blockbuster.



Señor Fassbender, yo que lo adoro, que facebookeo sus mejores fotos, que si pienso en usted no puedo ni dormir, hoy lo llamaré estrellaza. Por eso ha ganado. Porque, además de bello, desprende ese toque larger-than-life que siempre han tenido los buenos de Hollywood. 
Espero que ante esta notificación de su nueva victoria como macho emblema, sólo sonría con todos los dientes y, como yo, confíe en los beneficios del mañana.


Se ha zampado a sus competidores - ha ganado por un margen de diferencia aún mayor que el año pasado -,  pero espero que no le importe subirse al podio con la medalla de plata, que recae en el encantador Matt Bomer y, con la medalla de bronce, el exquisito Idris Elba. Con Idris, no hará falta andarse con presentaciones, porque ya coincidieron en taquillero desatino androide.
Ahora le coloco la corona de laurel, mientras le recomiendo que siga usted tan guapo, que se quite la camiseta siempre que pueda y quién sabe: dicen que no hay dos sin tres. Quizá me vea blogueando por enésima vez sobre sus huesos dentro de doce meses.


Hasta entonces, enhorabuena por estos y otros triunfos y ¡feliz año, Fassbender!

miércoles, 2 de enero de 2013

Hermoso y Maldito 2012

 

Sucedió una noche de 2012.
Entré en una cafetería, abierta de madrugada para trabajadores tempraneros y borrachos de última hora. No te será difícil adivinar de cuál de los dos grupos formaba parte.
El camarero se acercó, al verme sin mirarme, y mientras me preparaba el bocadillo, ese que iba a engullir para tapar las tropecientas ginebras previas, la televisión tomó protagonismo.
Ante una metralleta de recortes sociales y trágicos porvenires, una señora muy facha, sentada en un hemiciclo, dijo lo que pensaba:
- ¡Que se jodan!
Mastiqué el bocadillo, mientras intentaba encontrarle sentido. ¿De qué hablará esta señora?. Luego pensé que mejor no la llamaba señora. Al final, resolví que lo había dicho era una ridiculez. Quién se iba a joder ahora, si jodidos estábamos ya. Qué redundante es la gente mala.
La novedad era que el país había hecho oficial mi estado, aquel con el que adornar publicaciones de Facebook, lamentos, memorias y postreras ebriedades. 
¿Profesión? Que me jodan.


Volví a casa. Bien hidratado, desayunado, solo y bien jodido. 
Aquella noche, para colmo, no ligué con ningún caballero. Si no te joden literalmente, te quedas más jodido figuradamente. 
Porque, cuando no tienes nada que hacer, te resta el sexo, las noches de desvelo, los bocadillos de tortilla recalentada y volver a casa.
Así que no había nada que hacer para evitarlo: 2012 se escenificaba como el año para joderse. Lo leí en los periódicos, lo oí en la radio, lo escribí en el Facebook.
Como 2010 y 2011, las buenas noticias fueron raras y deportivas. No ganábamos a nada, lo perdíamos todo, día a día, sesión  plenaria a sesión plenaria, decreto ley a decreto ley, pero la pelota no nos la quitó ni Dios.
Por las noches, se oían los helicópteros, sobrevolando las manifestaciones. Yo me acordaba del Ejército Simbiótico de Liberación y corría las cortinas. 
Ese helicóptero era más inquietante que cualquier serie que he visto en el año. 
Jodido año, también porque las series no daban lo que tenían que dar. Como todas las drogas, llega un momento en que dejan de proporcionarte el chute deseado. Hay dos opciones: o te metes más o, simplemente, las abandonas. 
Sustituí unas adicciones por otras, unas noches por otras, unas jodiendas por otras. Así fue 2012, cambiar, improvisar, tomar decisiones irrevocables y, acto seguido, hacer lo contrario.


Pasaron las noches y los días. Dijeron que nos iban a rescatar, pero nadie vino a por mí, cuando tendido en la cama, resacoso, concluí que había hecho mal dejando mis actividades blogueras.
Caminaba por la ciudad, me sentía solo, me entregaba al Facebook, intentaba escribir algo bueno y, antes de dormir, tenía sed de alcohol. Vi "Días Sin Huella" y me sentí identificado.
Las copas dejaron de hacerme efecto justo cuando las resacas comenzaron a ser dolorosas. 
Sería alguna noche de verano, no sé si aquella también sobrevolada por algún helicóptero. A la mañana siguiente, fui a la policía, denuncié que me habían robado la cartera en pleno ciego y entonces decidí que no iba a beber nunca más. 
Lo decía muchas veces, pero como un chiste. 
Ese día no hubo retorno. Me di cuenta que podía escribir mi vida como una sucesión de noches pedescas y hacía varios años que había dejado de disfrutarlas de verdad.


Parafraseando a la canción más oída en el año, el alcohol fue sólo alguien que solía conocer. Por fin, una decisión irrevocable. Si me pongo melodramático - no me cuesta nada -, aseguraría que parar el copichuelismo me salvó la vida.
La "señora" del hemiciclo me recomendó que me jodiera, pero yo descubrí que cuanto más jodido, más fuerte me había hecho.
Es la ironía de muchas existencias humanas, de todos los períodos de crisis, de todas las ruinas históricas. Como una conclusión extraída de la peor novela moralista, cuanto más empobrecidos, más heroicos somos. 
Así, 2012, que tenía todas las papeletas para ser aún peor que 2011, se reveló como uno de los mejores años de mi vida.
Ironía, cachondeo, sorpresa. Llámalo como quieras. Al final, amé 2012.


No tanto por lo que pasó o dejó de pasar, sino porque de entre la bruma de sus primeros seis meses, entró una inesperada luz para los otros seis. 
Miré a mi alrededor, volví a Blogger, escribí lo que me pasaba y exorcicé lo que pensaba, mientras dejaba de beber, de acostarme con tipos que no me gustaban y de sentir pena por mí mismo. 
Adelgacé más de diez kilos, porque me conté un cuento de superación y luego me lo apliqué.
Cuando me dijeron que se acababa el mundo, sólo pude expresar: ¿Ahora? ¡Pero, señor mío, si acabo de despertar!


Superé la noche del "que se jodan", porque jodido ya estaba. Y toqué fondo para tomar impulso. 
Ahora me asomo a la ventana, miro a los helicópteros sin miedo y el sol de 2013 me acaricia como si me agarrara los mofletes, con orgullo, con la sensación del deber cumplido.
Respiro el día de hoy, que es lo más valioso que tengo. 
Que me jodan literal o figuradamente. Yo perduraré. Y, para 2013, sólo deseo que tú también.