jueves, 6 de diciembre de 2012

Gerard Butler

 

Magnífico ejemplar de macho escocés, Gerard Butler fue cosa del cambio de siglo y, desde entonces, se convertía cara habitual y cuerpo predilecto del Hollywood de los últimos tiempos.
Había nacido para la causa interpretativa a mediados los noventa, justo cuando abandonó su carrera de abogado y, con la confesa ambición de la fama, se subió a los escenarios. 
Se sucedieron muchos papeles y muy variados para un actor laborioso y ecléctico.


La atención se intensificó en torno a Gerard cuando fue elegido para ser "El Fantasma de la Ópera", versión Joel Schumacher. 
La película dividió a la crítica, pero Butler fue aplaudido de manera unánime, despertando a la sensación de que no se olvidaría su nombre.


Le esperaba el momento decisivo: Gerard Butler fue y es, ante todo, el rey Leónidas, músculo y valentía para la deslumbrante "300". 
Es su papel más popular y significó el boleto para la fama internacional, refrendada por un Hollywood que lo fichaba entonces como hombre de cabecera.


Pero no son buenos tiempos para el cine de calidad y está claro que la trayectoria de Butler ha dejado mucho que desear. 
Muchos comentaristas lo señalan como el mejor actor que peores películas protagoniza, y ahí está ese arsenal de comedias románticas y otras olvidables producciones, llenas de dólares, anticipación y cero distinción.


Resta la sensación de que el bello Gerard merece mucho más que pasearse con Jennifer Aniston y vender romance para promocionar película.


En todo caso, Butler no descansa ni palidece ni para de involucrarse en proyectos, entre los que se anuncia su posible lanzamiento como estrella rock. Oh my. 


Siempre es un placer verlo y él mantiene esa actitud eterna de pasárselo bien. 
En entrevistas, ha confesado que ha sido tan adicto a pasárselo bien, que el alcoholismo se le ha hecho un durísimo caballo de batalla desde su atribulada juventud.


A pesar de los problemas, amigos y compañeros de rodaje afirman que todos quieren a Gerry, y Gerry los quiere a todos.
Nosotros también, desde que lo vimos por primera vez, con esos ojos, esa boca, esos labios y esas carnes generosas; un físico espectacular refrendado por el acento de las Highlanders y un vozarrón de mucho cuidado.


Él mismo dice que Hollywood lo demanda y lo encuentra particular por imponente y varonil, cuando en su tierra natal, pasa desapercibido.
Es decir, que Escocia está llena de hombretones como él.


Haz las maletas, que nos vamos ya.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Imitación A La Escritura


El primer día de clase, el Profesor se disculpó por el modo expeditivo con el que se dirigía a nosotros. Según sus propias palabras, nació y se crió en una casa cuartel durante el franquismo.
Yo, sentado, distraído, convencido de casi todo, no tenía ni idea de que me enfrentaba a lo más parecido al servicio militar que podría experimentar en mi vida.
El Profesor, protagonista de mi historia de hoy y protagonista de aquellos días, maestro y señor de un aula de Escritura Cinematográfica, me escogió como la diana de sus dardos desde el minuto cero.
Me dijo que era el peor de mis compañeros, me adornó con unos cuantos motes y no puedo recordar todos los insultos que me dedicó, pero lo de "cenutrio" y "loca" se me quedó grabado.
Si escribía algo y le parecía una mierda, lo manifestaba a voces y, además, lo recordaba durante toda la semana. Si una redacción le parecía pasable, respondía con un condescendiente: "No está mal, pero tampoco está bien".
Además de su voz ronca y su hostilidad verbal, también era un señor de imponente presencia física.
Por ahí aparecía en los pasillos, gordo y fuerte como un boxeador de los años veinte, con los brazos colgando estilo vaquero, bajo un sombrero negro y con un "Buenos días" en la boca que sonaba como un "Vete a tomar por culo".
Cada mañana, echaba una aspirina en su pequeña botella de agua, se rascaba la frente y empezaba a discursear. 
Otras veces, decía que no tenía ganas de dar clase y ponía una película en blanco y negro.


Pese a la intensidad que me dedicaba día sí, día también - demasiada testosterona sin refinar para este glamouroso Montez -, nunca lloré ni me quebré ni abandoné el aula. Sí llegué a pensar para qué pagaba por sufrir en una clase. 
Durante los primeros tres meses, todos los días tenía que ir al baño a cagarme vivo minutos antes de que entrara el Profesor por aquella puerta.
- ¿Cuánto tardas en escribir estas mamonadas, Montez? -. Era pregunta a las nueve de la mañana. - A ti te dijeron en el colegio que escribías bien y te lo creíste, ¿no?
Me llamó vago de mierda y cuando me dijo "tú no te enteras de nada" me hizo sentir más estúpido de lo que nunca me había sentido antes.
- Escribes con las piernas cruzadas, un pie pisando al otro. ¡Nunca he visto una cosa igual!
Ante el ataque, llegó la parálisis, pero preocuparme fue la manera de reaccionar. Luché por gustarle y, en el camino, lo conocí. 
Era un hombre estridente y brillante, una colorida personalidad de un cine español que solía estar lleno de gente como él.
Alcohólico reformado, se confesaba un rotundo holgazán - "En eso nos parecemos, Montez" - y tenía follón para rato. Criticaba la escuela, la situación del cine español, la cultura, lo que aprendía la gente, lo que leía, lo que sabía de sí misma.
Al Profesor le gustaban las historias poderosas y amaba películas viriles como "On The Waterfront" o "El Hombre de Alcatraz". 
Decía que el mejor cine era el cine mudo - "es acción pura, todo se inventó entonces" - y prefería pensar que el ser humano estaba más cercano al Elliot de Spielberg que al "Él" de Buñuel.


A veces, narraba cosas de su vida.
Recuerdo oírle un episodio horrible de su infancia en un colegio de curas. Uno de los curas le rompió una regla en la cabeza a un compañero suyo. El niño cayó al suelo, ensangrentado, con la expresión lívida, sin comprender el dolor.
- A lo largo de los años, todos los psicólogos me dijeron lo que debía hacer, pero nunca he sido capaz de perdonar ni olvidar a esos curas hijos de puta.
Después, el Profesor podía concluir muchas de esas historias con un simple:
- Todo lo que os he contado es mentira. Así se fabula, queridos. Esta es la lección de hoy.
Mañana tras mañana, la aspirina se disolvía y el Profesor la bebía, quizá lamentando que no fuera whisky. 
Se miraba las uñas y, con esa voz pastosa y esa dentadura de malvado - es igual al Mike de "Breaking Bad" -, comenzaba sus clases.


- Hablando de manicomios, ahí es donde deberías estar tú - me dijo un día.
- ¡Y tú también! - le contesté.
- Yo ya estuve en uno, pero me echaron. 
Oh, mi Profesor, éramos un dúo cómico, no me lo niegue.
Pasados los meses, intuyó que estaba trabajando duro y me dejó en paz, si bien sacaba el cuchillo de su verbalidad cuando lo consideraba oportuno. De reírse de mí, terminó por reírse conmigo.
Y trabajé tanto, que, bajo su mandato, desarrollé la mejor pieza de ficción que he escrito nunca. Trataba de un secuestro devenido en historia de amor. ¿Quizá una metáfora de lo vivido con mi Profesor?


Con mi Profesor, aprendí las lecciones que tenía que aprender. Si alguna vez quise correr en esto de la escritura, él fue la patada en el culo. Pagué por él y pagaría otra vez.
Aprendí que la única manera de mejorar es escribir todos los días. Que la escritura no es tanto cuestión de talento como de esfuerzo.
Un trabajo doloroso, un músculo a flexionar. Conformarse es el horror; revisar mil veces, lo justo y recomendable.


En la última clase, el Profesor hizo una ronda de opinión sobre el curso que habíamos hecho cada uno. 
Ya nos llevábamos bien y hacía tiempo que no me imprecaba como un becerro, aunque nunca dejó de ser el mismo señor arisco y burlón.
- Y aquí está el canario que se atreve a decir que le gusta Douglas Sirk. Tu historia es muy buena.
Cuando llegué a casa, tenía un email suyo. Parco, pero sentencioso. En su estilo.
- Me ha gustado mucho verte trabajar este año - decía.
Aunque coincidiríamos un par de ocasiones después, siempre consideré ese email como el final de nuestra relación de maestro y alumno.
Un final relativo, porque todavía sigue presente, cuando escribo a lo cenutrio, cuando escribo a lo loca, cuando escribo como un vago de mierda, cuando escribo todos los días, bien abierto de piernas, bebido de esfuerzo.
Cuando escribo, el terrible y maravilloso Profesor está en mi mente y veo su linterna, en plena oscuridad de la escritura.


Ignoro qué opinaría de lo que escribo ahora, desconozco lo que pensaría ante lo que he escrito hoy sobre él, pero no esperaría menos ni desearía más que oirle farfullar:
- ¡Vaya mierda, Montez!

martes, 4 de diciembre de 2012

La Magnificencia de Barbara Stanwyck


En algún lugar del camino, desde Brooklyn hasta Hollywood, desde la pobre Ruby Stevens hasta la majestuosa Barbara Stanwyck, desde la mujer hasta la actriz, se aferraría a una autenticidad que ningún foco pudo anular.
En su rostro, en su mirada, en su personalidad, quedó impresa su propia historia de pobreza y riqueza, de determinación y éxito. 
Se convertiría en una de las actrices más queridas del cine norteamericano.
Una clásica entre clásicas, y a la vez, tan moderna, dinámica, intuitiva. Una intérprete adelantada a su tiempo, que prefería cruzar el escenario con decisión antes que quedarse llorando en una esquina. 
Barbara Stanwyck era mujer de acción.


Quizá la actriz más versátil de su generación, la Stanwyck se mostraba enigmática y descifrable, glamourosa y cercana, majestuosa y vulgar, simpática y distante.
Era capaz de convencer con heroínas, cómicas o villanas, poseída de ese don de las grandes de resultar siempre carismática. Hasta interpretando a la mayor zorra de todos los tiempos, el público no sólo la siguió queriendo, sino que decidió amarla más.
También como las grandes, la película podía ser una mierda, que ella se encargaba de que pagar la entrada del cine valiera la pena.

En "Las Furias"

En cierta ocasión, aseguró que el truco de una gran interpretación no estaba en pronunciar diálogos brillantes, sino en la mirada precisa.
Y la Stanwyck miraba como ninguna otra.
Todavía hoy es imposible no querer a Barbara. El destello sigue ahí, en todas sus interpretaciones.


En las calles de Brooklyn, cuando se llamaba Ruby Stevens, se contó la tragedia de su orfandad. 
Su madre murió atropellada por un conductor borracho, y su padre, destrozado por la pena, abandonó a los hijos y nunca regresó.
Ruby creció entre casas de acogida y fugas ocasionales, para hacerse mayor con lecciones de dureza y trabajos ocasionales.
Su ambición se miró en el espejo del espectáculo desde el principio y se la vería en vodeviles y antros de mala muerte, para ascender finalmente hasta el sueño de Broadway.
El primer éxito se llamó "Burlesque", donde coincidía con un actor de buena carrera llamado Frank Fay. Ambos se encontraron, no se entendieron en el primer instante y se enamoraron al siguiente.
Se casaron y, quizá motivada por su mala experiencia como niña sin padres, convencería a Frank para adoptar un niño, de nombre Dion.

Con Frank Fay

Los Fay hacían las maletas rumbo a Hollywood, sin saber que allí empezarían los problemas. 
Mientras Ruby se convertía en Barbara Stanwyck y era pronto demandada por el cine sonoro, Fay se topó con una sequía profesional que lo desesperó. Tan seco de éxito, bebió alcohol y desató el Infierno.
Malos tratos, peleas brutales y un lamentable episodio donde Frank acabó tirando al pequeño Dion a la piscina sentenciaron el matrimonio. 
Frank estaba acabado, Barbara lo tenía todo por delante.


El espectáculo debía continuar para Barbara Stanwyck, una criatura ideal para el cinematográfo que, lleno de sonidos, buscaba rostros distintos y voces peculiares. 
La Stanwyck tenía ambas cosas: era una chica dura de la ciudad y, a la vez, dotada de una rara sensibilidad. Era atractiva sin ser canónicamente bella, con una voz sexy por ronca, que la hizo inconfundible.


Ya era una cara conocida cuando se topó con Frank Capra, pero sería este director quien la consagrara como gran actriz, al señalara como predilecta y embarcarla en muchas de sus aventuras. 
Barbara protagonizó las películas más extrañas de Capra; entre ellas, joyas tan poco divulgadas como "La Mujer Milagro" o "La Amargura del General Yen".

Con Nils Asther en "La Amargura del General Yen"

Pero sería King Vidor quien le permitiera ofrecer su papel emblemático, el mismo que ella considerara su favorito. Se trataba de "Stella Dallas", melodramón de llorar y no parar.
En "Stella Dallas", la Stanwyck interpretaba a una mujer vulgar y estridente, cuya humanidad aparece cuando se sacrifica noblemente por su hija. 
Nadie como Barbara para esa secuencia final de "Stella Dallas", todavía hoy una lección de interpretación y aún el mejor motivo para acabar con cuatro cajas de pañuelos.

Vibrante "Stella Dallas"

Su popularidad y su talento la asentaron hacia finales de los años treinta como indispensable leading lady de Hollywood.
Iba al Oeste con "Unión Pacífico", hacía mover el esqueleto de Gary Cooper en "Bola de Fuego" o se enamoraba del Henry Fonda al que esperaba timar en "The Lady Eve". 
Comedias, westerns, melodramas, siempre la misma Barbara hipnótica, sin un gramo de cursilería, enérgica, emocionante.

Con Gary Cooper en "Bola de Fuego"

El noir no se le resistió. Diríase que estaba hecho para ella. 
Fue una mujer fatal de categoría para "El Extraño Amor de Martha Ivers" y, sobre todo, para "Double Indemnity", majestuoso rol de hipócrita criminal con pelucón rubio, gafas negras y pulsera en el tobillo. 

Con Fred McMurray en "Double Indemnity"

Con el tiempo, diría que compaginar carrera y vida fue dificíl para ella. 
En 1939, se había casado con Robert Taylor, furor de galán e igualmente estrella, pero sin la mitad del talento dramático de su esposa. 
Robert y Barbara formaron un matrimonio un tanto raro, que nació entre las suspicacias de ser un apaño publicitario de la Metro Goldwyn Mayer y terminó en 1952, tras las crecientes infidelidades de ambos a lo largo de los años.
A pesar de todo, Barbara siempre habló de Robert Taylor como el amor de su vida y, cuando se desataría un incendio en su casa de Beverly Hills allá por los años ochenta, lamentó haber perdido las románticas cartas que Robert le había enviado y ella atesoraba.

Con Robert Taylor

Humilde y trabajadora se la decía, llena de amigos y simpatías. 
El carácter paciente y asequible de Barbara la hizo querida por todos los profesionales con los que compartiera luces y rodajes.
Y, como buena representante de la vieja guardia hollywoodiense, la Stanwyck también fue una conservadora nata, promotora de los "ideales norteamericanos" y fiel votante republicana. Quizá, porque no se puede ser perfecta.

En "Sorry, Wrong Number"

En una ceremonia de los Oscars, ya en el crepúsculo de su carrera, acudió a presentar un premio de la mano de William Holden. 
Éste quiso saltarse el guión y habló de la Stanwyck como su mentora y su aliada, recordando cuando trabajaron juntos en "Golden Boy", la película que hizo estrella a Holden. 
No terminó de alabarla, cuando hizo la gran pregunta: "¿Cómo es posible que nunca hayas ganado un Oscar?". 
Ella lo abrazó, mientras el público prorrumpía en debida ovación.

Con William Holden en los Oscars de 1978

Porque no, nunca había ganado un Oscar.
Tras ostentar el dudoso honor de ser la mejor actriz que nunca consiguiera la estatuilla, la Academia decidió enmendar la plana en 1982, concediéndole un premio honorífico.
En su discurso de agradecimiento, Barbara recordó a William Holden, que había muerto el año anterior.
"Lo quería mucho y lo echo de menos. Siempre quiso que yo ganara un Oscar... Pues esta noche, mi chico dorado, tu sueño se ha cumplido", dijo con la voz rota de emoción.

Con William Holden en "Golden Boy"

Anunció muchas veces que no quería retirarse nunca, y la televisión la acogió con los brazos abiertos.
"The Big Valley", "El Pájaro Espino" y "Los Colby" la presentaron en la pequeña pantalla como una matriarca inasequible al desaliento y sin temor a lucir cascos canosos de cabello y sabiduría. 
Sin embargo, la experiencia de los nuevos tiempos se hacía difícil para una actriz de su talla y trastienda, y llegaría a criticar abiertamente lo que se producía en Hollywood.


Finalmente, dejaba paso a mediados de los ochenta, mientras su salud empeoraba. 
Un desmedido tabaquismo era la respuesta; Barbara había empezado a fumar a la tierna edad de nueve años y no paró hasta cuatro antes de su muerte, acaecida en 1990.
A los 82 años, de tanto vivir y triunfar, a la Stanwyck sólo le quedó morir.



Al final, quedaba la certeza: Barbara Stanwyck había sido sencillamente la mejor.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Los Últimos Días de "30 Rock"

Conmover hasta la lágrima es misión de todos los creadores. Matar de risa, sólo atributo de los genios.
A "30 Rock" se le deben unas cuantas muertes de risa y, ahora, cuando entona canción de despedida, es hora de rendirle cuentas y homenaje.
Tras siete temporadas, decirle definitivo adiós se nos revela imposible. El próximo 31 de enero cerrará puertas y quedará la certeza de que no habrá reemplazo posible para este magnífico estrambote, televisión dentro de la televisión para contar la sociedad de la televisión.

Tina Fey
Creada, mimada y protagonizada por Tina Fey, el único defecto de "30 Rock" es precisamente su excesiva brillantez.
Cada uno de sus episodios aparece trufado de tal cantidad de chistes, referencias y líneas magistrales en esos treinta minutos raudos de velocidad, que la serie se hace una experiencia agotadora. No se termina uno de reír de una broma, que ya ha llegado la tercera. 
En "30 Rock", todo es sobresaliente, pero el guión directamente abre escuela.
Jane Krakowski como Jenna Maroney

Entre su inteligencia suprema, se rastrea la pista de porqué ha sido dueña del corazón de críticos y paseante victoriosa en ceremonias de premios, mientras el público mayoritario la encontraba demasiado caústica para incluirla entre sus predilectas.
Parece mentira que "30 Rock", jamás campeona de ratings, haya durado siete temporadas; en su prestigio, su fiel camarilla de seguidores y la crisis de la NBC, se puede entender la supervivencia. 

Tracy Morgan

Estrenada en 2006, "30 Rock" se presentaba así misma como una parodia de la televisión, ofreciendo una comedia ambientada en las bambalinas de un programa de humor. 
Se ilustraba asi desde la dudosa creación de los productos catódicos hasta sus políticas corporativistas, pasando por las frenéticas carreras de realizadores, actores, guionistas y demás tramoyistas por los pasillos.
Pero "30 Rock" ha terminado por reírse de todo. 
Es una burla de la infinita vanidad de la sociedad, de su noción de que la cultura popular es la medida de la Historia y de su necesidad de criticar para sentirse mejor.
"30 Rock" se ríe hasta de los que se ríen.

Jon Hamm y Alec Baldwin

"30 Rock" se ríe tanto que se ríe hasta de sí misma y se entrega a la descontextualización integral, jugando con las expectativas del espectador hasta la extenuación.
"Bienvenidos a la Cuarta Temporada", decía Alec Baldwin en cierta season premiere; acto seguido, se abría el plano y descubríamos que estaba en un restaurante llamado Cuarta Temporada.
Hasta la propia entidad de serie es comprometida en la parodia.


Sus dos personajes principales - Liz Lemon y Jack Donaghy - bien pueden representar esa bipolaridad de la sociedad norteamericana, de sus opiniones políticas, de sus gustos culturales. La guionista nerd y el productor todopoderoso representan el choque entre materialismo e idealismo, entre belleza e integridad, entre éxito y realización personal. 
Al final, como toda bipolaridad, "30 Rock" nos ha contado que es indisociable. Jack y Liz no pueden vivir el uno sin el otro, porque no existirían por sí mismos, sin esa fuerza contraria. 
Curioso que "30 Rock", una serie tan iconoclasta de su propio país, represente su dualidad característica y la cuente de una manera perfectamente cómplice.

Alec Baldwin y Tina Fey como Jack y Liz

Se dice que la televisión es espejo. En el caso de "30 Rock", podría añadirse que ha sido un espejo visionario. 
En sus primeros años, podía mirarse con cierto reparo; una serie demasiado vendida al cinismo, un ataque hacia el espectador acomodado y optimista de 2006, el mismo que no quiso convertirla en éxito de audiencia. 

Jack McBrayer y Kristen Schaal

Pero, como su madre natural - "Arrested Development" -, ha terminado por ser una predicción de lo que vendría a continuación, una advertencia humorosa del desastre de los años diez.
Series bizarras hoy parecen poco más que informativos de un mundo en apresurada carrera hacia el abismo. 
Ese mundo donde el decorado de atrás se cae, nada funciona y todo se apaña, mientras unos cambian de canal, otros se preguntan porqué las cuentas no salen y alguien escapa sigiloso por la puerta de atrás.


"30 Rock" ha entendido el mundo del espectáculo como ese cristal reflectante donde nos miramos y soñamos, allá donde se expresan nuestros verdaderos deseos, nuestro pésimo gusto y nuestra última decadencia. Y Tina Fey lo ha conseguido a través de la risa.  Es decir, como los genios.
Gran ironía: una serie sobre las mentiras y glorias de la televisión ha terminado por afianzarse como ese clásico catódico a recordar.


Dicen que no es para todos los gustos, pero, sinceramente, no me he parado mucho a pensarlo. 
Cuando la veo, estoy demasiado ocupado en el suelo, al borde de la más dulce de las muertes.

viernes, 30 de noviembre de 2012

"Furtivos"


La muerte de una personalidad tan decisiva en el cine español como José Luis Borau obliga a rememorar su filmografía, fruto de una obra corta y esporádica, pero siempre interesante.
En ella, y después de tanto tiempo, continúa brillando aquel título que lo consagró, aún su película más especial y significativa: "Furtivos".


Obra crucial, tanto por su condición de divulgable clásico como por su importancia histórica, "Furtivos" veía la luz dos meses antes de la muerte de Franco. 
Desde su concepción, se vivió como un desafío a todos los niveles. 
Una vez terminada y vista, la censura se decía alarmada ante la intensidad y erotismo de ciertas escenas. Borau se negó a cortarlas, por lo que la condena y el ostracismo parecían el siguiente paso.
Pero el reloj ya marcaba 1975. Si la polémica cerraba algunas puertas a "Furtivos", su triunfo en el Festival de San Sebastián y su inesperado éxito de taquilla le abrió otras tantas.
Como obra luchadora y superviviente, se erigía en valiosa pieza de la Transición, que narraba la parálisis cultural y la gangrena social del país devenido del régimen.


"Furtivos" se vale del drama rural para establecer una mirada a la España profunda, esa que se cuenta desde el dominó, la caldereta y la puta miseria.
El protagonista es Ángel, un joven cazador furtivo, que trampea ilegalmente en la montaña. Allí vive con su madre, Martina.
Martina, la vieja bruja, no verá con buenos ojos la nueva adquisición de su retoño: Milagros, una chica fugada de un reformatorio religioso.
Ángel se casa con Milagros y la instala en la casa, ante el disgusto de la madre, destronada de su papel de mujer decisiva.

 

El relato se revela perverso y sórdido, pero también poético y exquisitamente sutil, cuando termina por destapar la olla más pestilente de la vida de Martina y su hijo. Son furtivos por cazadores y son furtivos en sus secretos.
La película se revela como una revisitación de la tragedia de Edipo, además de una mirada a la negrísima realidad del incesto y el abuso como los auténticos precios de la represión y la incultura.


Como muchos dramas producidos en España durante aquellos tiempos, "Furtivos" se vale de la metáfora para ajustar cuentas con el franquismo.
El "mondo facha" aparece representado en ese Gobernador civil - interpretado con especial delectación por el propio Borau -; un hombre infantil y estúpido, pero avasallante y cruelmente autoritario. 
Como ya había hecho Carlos Saura en "La Caza", la secuencia de una cacería es el escenario clave de la simbología.


El Gobernador es un espejo del mismo Franco, poderoso indisputable a pesar de su flagrante imbecilidad. 
Que Martina haya sido su ama de cría, que lo llame "mi rey" y que le sirva la comida sin rechistar convierten a la madre en el símbolo de la propia España; obediente, frustrada, atrasada, árida, tan devoradora como devorada. 
Martina sujeta con sus garras a su hijo, así como la sociedad española ataba en corto a su juventud, y reacciona con violencia cuando Ángel se acerca a la liberación, representada por Milagros, la chica polucionante, volátil, inasible, el soplo de aire que se atreve a entrar en la casa viciada.
Los seres de "Furtivos" escenifican un traumático choque de fuerzas, que desemboca en conclusión melancólica. 
La última imagen representa el dolor de lo perdido y nunca recuperable, el sentimiento fundamental de la generación aludida.


Además de su complejidad temática y simbólica, donde realidad política, denuncia social y cuento de hadas se dan la mano, "Furtivos" es una obra que debe mucho de su distinción a sus actores, desde la cara impagablemente tristona del cantautor Ovidi Montllor hasta el tour-de-force de la inconfundible, magnífica Lola Gaos.
No hay duda de que "Furtivos" es Lola Gaos; de hecho, Borau siempre dijo que la propia actriz supuso su inspiración al verla como Saturna en "Tristana". 
De Saturna, pensó en Saturno devorando a sus hijos y nació el germen de esta historia de madres miserias y animales atrapados.


"Furtivos", película dura y sin concesiones, también aparece fascinante y cautivadora. 
Su rica simbología puede pasar desapercibida por muchos espectadores actuales, pero la visceralidad de lo que cuenta se mantiene intacta a través del poder de sus imágenes. 


Podría decirse que el auténtico cazador de "Furtivos" siempre fue el mismo Borau y sus presas, nosotros.