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viernes, 10 de mayo de 2013

"La Furia"


Thriller de telequinesias adolescentes y paranoias conspiratorias, "La Furia" es una película fascinante, insólita, loca de atar, cuyo atractivo es tan indiscutible como complejo de explicitar.
Y también díficil de defender ante muchos opinadores, que suelen citar esta obra como inefable ejemplo del cine de su director, donde el estilo gana sobre cualquier otra consideración.
En cualquier caso, pocos triunfos del estilo son tan triunfos como "La Furia".
"La Furia" es compulsión a los sentidos y se vive como un sueño, bebida del doloroso suspense que sentimos mientras dormimos. Ese estado en que lo imprevisible destila el último terror para trocarse en pesadilla.

Amy Irving y Charles Durning

Basada en una novela de John Farris, adaptada para la pantalla por el propio escritor, "La Furia" es una de esas raras ocasiones en que el argumento es un desastre incomprensible, hundiéndose en el despropósito en más de una ocasión, pero la experiencia fílmica brindada es tan redonda que no importa. De hecho, su ilógica deviene en estímulo.
"La Furia" llena los ojos, resuena en los oídos, arrebata la respiración. 
Es un asalto al espectador como los que suele perpetrar Brian de Palma en sus mejores obras, entendiendo que el cine es, ante todo, impacto, poesía, violencia y romance.

Andrew Stevens como Robin

"La Furia" nos relata la historia paralela de Robin (Andrew Stevens) y Gillian (Amy Irving), dos adolescentes con poderes mentales, que son requeridos y perseguidos por una organización gubernamental estilo CIA, que proyecta utilizarlos como armas. 
El padre de Robin (Kirk Douglas) trata de rescatar incansablemente a su hijo de los malévolos planes, mientras entra en contacto con Gillian, a punto de ser absorbida por la organización. 


Imbricada en miles de corrientes y sensaciones de la década de los setenta y, a la vez, especie de refrendo lujoso del más tradicional cine trash, "La Furia" también aspiraba a quitarse la espina de la precedente obra de Brian de Palma: "Carrie".
Así, se hereda el asunto de la telequinesia destructiva contada como una rebelión juvenil. 
En este caso, dos adolescentes, que se entienden y sienten como hermanos espirituales, desarrollan sus poderes como una extensión metafórica de su despertar a la vida. 
Podría decirse que son un par de reprimidos sexuales que, para sazonar los terrores de padres y tutores, se entregarán a la violencia y a la venganza. 

Amy Irving como Gillian

Se simbolizaba uno de los temores magnos de la década: la sexualización teen entendida como una muestra de agresividad intergeneracional.
De ese modo, los dos chicos de "La Furia" son el alma de la película. 
Son los que vivieron su infancia como un sueño tranquilo y plácido, entendido en playas lejanas y dormitorios confortables, para hacerse mayores y encontrarse con la opresión que sienten y el desencanto que conocerán.

 

El argumento conspiratorio, muy de moda en la época de las desclasificaciones documentales y el Watergate, mueve al relato, pero acaba enterrado y no sirve para nada en el clímax. 
Éste se impone en términos melodramáticos, se llena de clichés freudianos y opera estéticamente bajo el prototípico escenario de "Vértigo", de manera sorprendente y estupefaciente.

Kirk Douglas como Peter Sandza

El reparto elegido concurre a la fascinación, porque todos los actores incorporan versiones irónicas de sus personajes tipo. 
Kirk Douglas camina como un Espartaco ajado, cansado, pero aún borracho de audacia y honor, para que toda su odisea termine bajo la luz de la decadencia de los viejos héroes.
Amy Irving, sonambulizada, poseída de ese sopor eterno en la mirada que llevan los adolescentes, parece despertada en la cama en la que gritaba en "Carrie"; ahora la telequinésica es ella. 
La habitación de la última escena es idéntica, con la variación de que no entra una madre a consolar, sino un villano a violar. 
Éste incorporado por John Cassavetes, que recupera la formidable cara de póker de "Rosemary's Baby"; en esta ocasión, manco y todopoderoso. 
El final que se le reserva lo entra a hombros en el panteón de la inmortalidad WTF.

John Cassavetes y Amy Irving

En todo caso, dentro del reparto de "La Furia", el más inolvidable es el actor a priori menos distinguido: Andrew Stevens. 
Su físico All-American se deforma en subversivo giro, maquillado de virulencia, con ese ceño fruncido y esa sonrisa mueca, que resumen toda la corrupción inherente a un modo de vida, a un modo de chico, a un modo de represión. 
Su reaparición en el tercer acto pone en guardia, y la imagen imborrable de "La Furia" sucede cuando rasga el brazo del sofá mientras su padre y Gillian van acercándose.


Como película inconfundible de De Palma, la devoción a lo hitchcockiano borbotea, pero también aparecen, más que nunca, otras influencias que han llenado al director, sobre todo en esos primeros y fructíferos años. 
En "La Furia", están las deudas con Ken Russell, el cine de género italiano de los setenta e incluso Ingmar Bergman, además de la citada reimaginación de la tramoya del trash norteamericano. 
La personalidad propia del cineasta se asiste en sus constantes básicas, casi prístinas en 1978, como la súbita entrada de esas largas secuencias a cámara lenta, donde la acción se desgrana, paso a paso, gesto a gesto, escalón a escalón, para hacerla más desgarradora e intensa.


La mirada de Brian encuentra la belleza en el rostro de los actores colocados a distinta distancia, en las escaleras mecánicas de los centros comerciales, en los paisajes urbanos y sus grandes edificios, en los ojos emocionales, en los contrapicados vulgarmente wellesianos. 
Y en todas las formas de la violencia.


En su momento, "La Furia" era considerada un shocker de pronóstico, por sus buenas dosis de cuerpos sangrantes y sadismo fílmico. 
Otra corriente a la que ampararse: el espectador es masoquista, bien lo habían expresado "El Exorcista", "La Profecía" o la misma "Carrie". 
Como éstas, lo perturbador e innovador era otorgar la categoría de verdugos endemoniados a los personajes más jóvenes del drama.  
Perturbador, innovador y también liberador.


Hoy "La Furia" no resulta el impactante gorefest de 1978, pero dotada de esa condición onírica, es aún aterradora.
Su cinematicidad es lo primordial, pero no es la única clave del atractivo. "La Furia" tiene dos ingredientes que se suelen olvidar en la creación de muchas obras artísticas: el enigma y la malicia. 


He aquí pues una pieza muy enigmática y rebosante de malignidad y extraña hermosura, como si, antes que ejemplo de narrativa thriller, fuera insólita muestra de poesía thriller. 
Hasta su título es poderoso, obsesionante, depredador.


Se aventurará que "La Furia" no es cosa de todos los gustos, pero sí asunto imprescindible para los que precien de ser atrapados por semejante espectáculo setentero de telequinesia, sueño y cine.

viernes, 26 de octubre de 2012

"Carrie"


 "Carrie" es una obra maestra.
Como toda obra maestra, es una pieza visionaria, de múltiples lecturas, llena de valores cinematográficos y de incalculable influencia en la ficción audiovisual posterior. Y, como emblemática película de los años sesenta, resulta difícil clasificarla.
En "Carrie", se agolpan el melodrama gótico, el cuento de miedo y la sátira social, para narrar la cautivadora historia de un personaje único: una niña marginada y humillada que encontrará la oportunidad de vengarse.
Basada en la primera novela de Stephen King, "Carrie" recurría a dos escenarios tan cotidianamente norteamericanos como absolutamente terroríficos: el high school y la casa de una fanática religiosa.


En ellos, se desarrolla el relato de Carrie White, la incomprendida, la sobrante, la pobre niña introvertida, que se pone el pelo en la cara, anda deprisa y pasa desapercibida, mientras su adolescencia parece no terminar nunca; en realidad, descubrimos que ni siquiera ha empezado.
Aunque se apellide "Blanca", su color será el rojo. Su pelo, su piel, su sangre menstrual y también el color favorito con el que teñir su primer y último baile de la promoción.

Sissy Spacek como Carrie White

Bajo la batuta de Brian de Palma, en la película irrumpen lo suntuoso y la devoción por lo hitchcockiano, motivos tan propios del director, que contrapuntean la evocadora historia y le otorgan toda la perversidad necesaria.


Ahí está el siempre sátiro director, buscando la desnudez de la protagonista y la de sus compañeras en la primera secuencia del vestuario.
La sensualidad se rompe con la irrupción de la sangría. La teta y la sangre: obsesión de Brian de Palma y motivo recurrente del cine de terror.
Sin embargo, la mujer desnuda no será la víctima gritona y descartable de otros cuentos de horror. En esta ocasión, se revelará como la protagonista, la (anti)heroína, la superviviente, la final ejecutora. 


Con la telequinesis, la niña Carrie encuentra un catalizador para su alienación, destruyendo objetos sin tocarlos. 
Y, así, entre la ensoñación y la realidad, entre los terrores nocturnos y los soleados días del barrio residencial, se moverá el caminar de Carrie, desde la bajada de su primera regla hasta su paseo ensagrentado por los pickets fences.


En la casa de Carrie, aparece la madre, una horrenda puritana, tan marginada socialmente como su hija, que expía sus culpas a través de peglarias y maltratos.
Carrie, la tímida en busca de la rebeldía, encontrará la fuerza para enfrentarse a ella e ir al baile de la promoción sin esperar su permiso.

Sissy Spacek y Piper Laurie

El baile de la promoción resume el espíritu de "Carrie", donde el poema a la lucha de una niña deriva en una violenta galería de horrores.
Desde una suave balada pop, que adorna el primer y último beso de la protagonista, irrumpe el metálico clímax.
Carrie, empapada en sangre, como salida del útero materno, encuentra su definitiva humillación justo cuando creía haber conseguido la felicidad. 
Si todo adolescente siente que el mundo se termina, Carrie será la encargada de darle todo el sentido a ese sentimiento.
Y una pasarela de imagen y crueldad como el instituto encuentra su castigo ante Carrie, que fulmina el artificio y lo destroza con su mirada, ahora vacía e implacable.


Ya la madre de Carrie insistía repetidamente que el Diablo estaba entre ellas, en la casa, en todo.
Bien podría decirse que todos los seres de "Carrie" viven en el Infierno sin saberlo; sólo puede haber fuego para que se den cuenta.

El lanudo William Katt como Tommy

Y, mientras, la niña ignorada se convierte en la mujer infamous. Nadie le hablaba antes, nadie parará de nombrarla después de aquella noche. ¿Es "Carrie" también una irónica saga de fama?
En cualquier caso, la mirada de desconcierto y desastre de Carrie cuando le cae la sangre de cerdo bien podría resumir esa atmósfera de la década de los setenta, donde la sociedad del bienestar se despertaba a un letal desencanto.


Esa orgía de destrucción también toma el pulso a la vida y miserias de esas comunidades norteamericanas, presuntamente pacíficas, que alguna mañana aparecen en las noticias tras padecer el caos y la muerte.
"Carrie" habla de la mentira de la paz, que se viste de casas aseadas y limpios jardines, pero vive roída por la crueldad y la represión.


El súper susto final, célebre por adueñarse de muchas pesadillas desde 1976, insiste en la hipnótica mezcla entre placidez y gorefest; una combinación desarrollada de manera impecable a lo largo de una película inolvidable.
"Carrie" supuso un éxito tan tremendo como duradero, síntoma claro de las ganas del público de pasarlas canutas en la sala de cine, y convirtiéndose en una de las películas imprescindibles para disfrutar en cualquier noche de terror, sea Halloween o no.


Su goticismo suburb sería imitado en muchas ocasiones, mientras la realización intencionada e inquietantemente exagerada - con pantallas partidas y slow-motion como recursos de tensión - presentaría el estilo de Brian de Palma para el gran público. 
Puede decirse que el triunfo de "Carrie" abriría las aguas para el desarrollo de una carrera irregular, pero siempre sorprendente y muchas veces brillante.


Si el toque camp quedó bien asegurado con esa inspiradísima Piper Laurie, cuchillo y Biblia en mano, el secreto de "Carrie" siempre fue Sissy Spacek.
Gran culpa del encanto de esta película está en sus pecas, su mirada, su fragilidad, su voz de niña eterna y lo bellísima que está convertida en esa muñeca roja de ojos azules, que hace apagar las luces y desciende del escenario del baile, amenazante, deslumbrante, haciendo de su personaje una rock star del terror.

"If you've got a taste for horror, take Carrie to the prom"

Es inevitable sentirse identificado con el personaje, a pesar de temerla. 
Trae la imagen de una venganza que se sirve ardiendo; es la realización del deseo íntimo de destruir todo el sistema y andar tranquilamente entre los escombros de vuelta a casa.


Lo dicho: obra maestra.