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sábado, 21 de febrero de 2015

La Buena Paja


Cuentan los datos de recaudación que cierta película arrasó - y de qué manera - el pasado fin de semana. 
Eso sí, las anécdotas de lo vivido en las salas de proyección superan - y de qué manera - a lo visto en la pantalla, que se ha encontrado con risas, abucheos, suspiros de tedio y más de una indignación ante el resultado. Poca lástima me dan, quién les mandó pagar por eso, mis hijos.
En una proyección de "Cincuenta Sombras de Grey" en la ciudad escocesa de Glasgow, un hombre fue herido por una botella, esgrimida por una furiosa mujer.
Ésta reaccionó de la peor manera ante el "chstt" que el señor le hizo a ella y a sus dos amigas para que pararan de cotorrear. Las tres habladoras iracundas fueron detenidas, mientras los encargados limpiaban la sangre del suelo.
Muy lejos de allí, en la provincia mexicana de Sinaloa, los responsables de una sala de cine consideraron que una mujer de treinta años estaba cometiendo un acto de pública indecencia. La interfecta se estaba haciendo una paja, nada más y nada menos. Motivada por "Cincuenta Sombras de Grey", que ya hay que estar motivada para excitarse con ese blandiblú, la pajienta fue expulsada del cine. Ande ella caliente, se quedó con las ganas de terminar. No hay cosa peor que una paja interruptus. 
Hoy no hablaremos de Grey, sino de la paja. De todas las pajas. De la masturbación. de la estrecha relación entre las manos y los genitales, de la frotación buscada, del ejercicio de la autosatisfacción.
Lo que cierto experto glosó con eficacia: "En el siglo XIX, era una enfermedad; en el siglo XX, es una cura".


Si alguien te dice que nunca se ha hecho una paja en su vida, te concedo todo el derecho del mundo a descojonarte en su cara. 
La masturbación es inevitable, como la gravedad: cuando cae, cae.
Sus beneficios son tan enormes que, si la gente se masturbase más y mejor, el nivel de problemáticas de este mundo descendería de manera considerable.
Hay quien no sabe que se masturba, especialmente los más tiernos infantes que lo hacen antes de saber hacerlo.
Los púberes se entregan a la masturbación como quien halla el oro. Entre las angustias y las aflicciones del crecer, es maravilla descubrir que puedes tocarte y consolarte, que dominas esa ebullición hormonal, que no estás solo si estás contigo.
Y los adultos también se pajean, claro. 
La frecuencia varía. Yo soy un pajiento declarado. Dos al día, mínimo, y he atravesado épocas que sólo podía estar satisfecho tras la cuarta.
Otras y otros lo dejan para una cuestión semanal, para una reacción puntual o para un alivio de dolores.
Traéme aquí esas pajas, dijo el personal.


La tragedia inherente a la masturbación viene de la herencia decimonónica, de la cultura pecaminosa, de la sensación de que algo tan satisfactorio debe guardar gato encerrado. 
La inmensa cantidad de leyendas en torno a la paja se contrasta con la escasa prensa que ha tenido, con el jiji que todavía despierta y con la increíble vigencia del tabú que se cierne sobre su práctica, especialmente en cuerpos femeninos.
La masturbación, prohibida y perseguida a ojos vistas, aún se encierra tras la puerta y el pestillo, todavía se callan sus orgasmos y, si te pillan en un cine con el dedo en la tecla, a la calle.
La mujer de Sinaloa bien lo sabía, pero reinó el impulso irrefrenable. 
Por fin, una película erótica comercial que se dirige a ella y tanta soledad sólo se compensa con los dígitos de la mano. No es una pionera - como tampoco lo es la película -, pero todo lo acontecido habla de que las mujeres tienen las mismas ganas de jaleo que los hombres. 
Éstos llevan pajeándose en el cine desde tiempos inmemoriales, del mismo modo que más del noventa por ciento confiesa que se masturba habitualmente.
El porcentaje restante, jeje. Quizá se sienta culpable y no lo diga.


Correrse era obligado en películas que venían con toda la expectación erótica.
Los mozalbetes se sacaban la polla nada más empezar "Gilda", sólo porque estaba condenada por la Iglesia Católica, sin esperar al striptease, ante el morbo de ver algo prohibido y para sofocar la represión sexual de las noches franquistas a razón de cinco dedos. 
Por entonces, masturbarse era igual de habitual, pero se concebía como una debilidad y se perseguía activamente.
Desde el siglo XIX, el victorianismo lo consideró una precursora de manías, histerias y padecimientos mentales, y sus presuntas consecuencias preocuparon a los más puritanos expertos.
No todas las religiones lo condenan y hay alguna que hasta lo sacraliza, pero Occidente no ha sido lugar para confesar pajas, más allá de contárselas al sacerdote de guardia en acto de contricción.
Como decía, es cuestión de gravedad y quien no se masturba, probablemente se frote contra los quicios de la puerta, amanezca chorreando o haya asumido una doctrina espartana que lo convierta en un hijo de puta con todo ese líquido ahí dentro.
Las épocas lo contaron: semen retentum, venenum est.
De estigmatizarlo y callarlo bajo los edredones, los eminentes expertos del mundo decidieron recomendarlo como antiestresante, como peregrino sustituto a relaciones sexuales demasiado tempranas y/o peligrosas y, para los caballeros, como posible prevención contra el cáncer prostático. Sucedía durante el siglo pasado, aunque yo, que nací y crecí en sus finales, soy testigo de que la paja todavía era incorrecta, se hablaba poco y mal de ella, aún cundían las leyendas de que te salían bultos en la mano y, de algún modo, quedaban raciones de culpa y desazón, ahí bien mezcladas con el orgasmo, como bien gusta al judeocristianismo.


Muy probable que ahora la actitud sea otra, por simple exposición de motivos y por Internet. 
Al fin y al cabo, muchos se empezaron a conectar a la red de redes, porque ofrecía porno rápido y barato. El milagro, de nuevo: no tener que pensar para hacerse una paja. Sólo procurar que el ratón del ordenador no huela demasiado a cojoncillos.
El porno, que está diseñado para hacerte eyacular a base de lanzar imágenes y sonidos contundentes que despiertan la líbido y aprehenden la imaginación erótica de la sociedad, ha sido el compañero habitual de la masturbación. Ha fallado como educador sexual y ni siquiera es una elogiosa imitación a la vida, porque sus ficciones superan a la realidad y nunca permiten lo contrario. 
Se vende para el corazón de los solitarios, entre un mercado internacional que lo demanda online o por correo. 
Saltaban a la luz los números: el Medio Oeste más conservador y religioso de Norteamérica es quien más lo paga. Para sus pajas culposas, para sus puertas cerradas.
Para darle la mano al repartidor, deseando éste por siempre que esa mano no haya tocado gónada antes de abrir la puerta.


Correos, correos, clamaron las ondas. El sexo mueve al mundo, como una obsesión, algo que hay que hacer para triunfar, para ser feliz, para apuntarse un tanto y decir: oh, follo, oh, me corro, oh, sí, sí, como Sharon Stone, oh, sí, oh, sí, sigue, sigue. 
Pero no todos follan y la hipersexualizada realidad, que siempre ha existido, incluso oculta bajo los más estrictos corsés, fundamenta las motivaciones autoeróticas, 
Mis primeras pajas venían inspiradas por casi cualquier cosa que llamara a sexo. Un ombligo, una palabra, un chico que levantaba el brazo y enseñaba la axila. Arrancando, que vamos.
Con los años, motivarse es más complicado, por lo que las fantasías, imaginadas en la mente o buscadas en el porno, han de ser más sucias. Los escenarios, más complejos. Los pechos, más peludos. Las pollas, más grandes y olorosas. Ah, de la dramaturgia de la paja, qué mundo particular, qué universo paralelo que cuenta más a los seres humanos que cualquier cosa a la vista. 
Y, claro, este paseo por la masturbación debe parar necesariamente en el dormitorio de las señoritas y en su cajón de la mesilla de noche, ese donde se guarda el consolador, al que muchas hasta bautizan. 
"Yo lo llamaba Dámaso, porque en la caja ponía que era el Dedo de la Dama. Ay, Dámaso...", contó una prima mía con ojos de nostalgia.


La masturbación femenina, que escala del dedo índice hasta el pollón de látex, es el secreto que permanece encerrado en ese bául de la sexualidad de las hembras. Baúl que hasta muchas de ellas desconocen o con el que guardan una complicada relación. 
Las pajas de los chicos suscitan risas y última comprensión; las de las mujeres, inquietud y extrañeza. En las encuestas, los números de mujeres que afirman masturbarse descienden sensiblemente en torno a los hombres. ¿Lo confiesan menos o no lo hacen tanto?
Recuerdo una compañera de clase que asustóse al descubrir que los hombres se masturbaban diariamente y puso una cara entre soliviantada y asqueada que haría las delicias de cualquier educación religiosa.
Como la que folla mucho es una guarra a ojos de la sociedad, quien se toquetea por ahí abajo con frecuencia también debe serlo, por lo que la masturbación femenina ha conocido - y conoce - de la ley del silencio, de la renuncia a la pertinaz experimentación y de todo el enigma concerniente. 
Yo mismo no tengo gran idea de las pajas de las mujeres. Será porque no me gustan, será porque vivo en este planeta. 
Quien vio la paja en el ojo ajeno, se olvidó de hacerse una. 
¿Y de las pajas compartidas? ¿Se puede llamar masturbación si uno se estimula acompañado? ¿O si se hace un oportuno cambio de manos? 
Dicen que sí y yo me pregunto si el hecho de que esa masturbación siga llamándose masturbación simboliza la realidad de que, al final, siempre te corres solo. 


Allá por mis catorce años, rememoro a mis compañeros de colegio que estaban todo el día con la polla fuera. Se reunían a hacerse pajas. Se ponían en círculo, colocaban una revista porno en el medio y dale que dale. 
- Es cosa de hombres - dirán los interfectos para evitar etiquetas de homoeroticidad.
Cosa de hombres es también cambiar de manos y hacer un favor al compañero, aunque este sea terreno de ulteriores intrépidos.
Un caballero con el que estuve liado me contó que, de adolescente, lo hacía con sus hermanos mayores, los mismos que lo enseñaron a masturbarse. 
Se cambiaban las manos, sin pensar en lo incestuoso del asunto y, entre paja y paja, se enteraron de que el más jovenzuelo era gay de tan diestro y entusiasta que se mostraba con el invento.
Cierto señor muy facha que salió en la televisión dijo una vez:
- Las pajas son una guarrada. Y ya hay mujeres guapas en España para que me las hagan.
Los contertulios lo llamaron hipócrita y uno llegó a decir que se metía con el mayor placer que existe sobre la Tierra. 
También el señor facha hablaba de un típico error de cálculo: que tener pareja implica olvidarse del placer solitario. Error, craso error. 
Quien haya dejado de masturbarse porque está en una relación o quien se sienta culpable al seguir haciéndolo olvida lo básico. 
El sexo es más que una cosa que sucede entre las personas, es aquello que ocurre con nuestro propio cuerpo. 
Ese cuerpo que no debe ser menos atendido por el titular sólo porque comparta cama y vida con otro.


Así que, amigos y amigas, este proyecto de sexólogo llamado Josito Montez os recomienda todas las pajas, porque salvan el mundo, porque son gratis, porque son para ti, porque recuerdan que, como la dignidad, son lo que queda cuando no queda nada.
Hágase una paja, amigo mío. Sea una paja, my friend. 


Hoy yo ya me hecho una - la imprescindible antes de escribir - y ahora mismo me haré otra. Porque hablar de estas cosas, ya se sabe.
Ay, mano derecha de mi delirio.

lunes, 9 de febrero de 2015

La Persuasión Americana


Rodar una película de noche es costoso y arduo, y si escribes un guión con muchas secuencias nocturnas situadas en exteriores, cualquier productor te tirará el libreto a la cabeza, con la intención de que elimines el noventa por ciento de esos escenarios o bien te dediques a otro menester.
Pero el mundo, las vidas y, sobre todo, las camas también transcurren de noche.
Preguntemos a los americanos, que lo saben todo y siempre ganan dinero, ¿cómo rodáis de noche?
En el cine clásico, creaban la ilusión, desplegaban la persuasión. El diafragma de la cámara se cerraba y el día quedaba registrado con una tonalidad de azul, que simulaba una noche lunar.


Es lo que se conoció en Europa como "la noche americana", porque podía pasar desapercibida a los espectadores entregados a la historia, pero cualquiera, simplemente mirando la imagen, era capaz de percibir que aquello estaba filmado durante el día.
Simular lo suficiente y aspirar a ahorrar, así se las gastaba - y se las gasta - el Imperio.
Hay algunas películas con una "noche americana" tan extremada y mal conseguida que es difícil averiguar si es día o de noche. 
El caso de "Johnny Guitar", donde la luz cambia de plano a plano, es para pensar si Nicholas Ray decidió olvidarse de las coordenadas temporales y todo lo que sucede en ella es un sueño.
La respuesta no está sino en la estrechez presupuestaria.


Como muchas cosas del cine clásico, la "noche americana" fascinó a los jóvenes directores de la Nouvelle Vague, que la veían como esa prueba de artificialidad que tiene el primario disfrute de las películas. 
Bien deberías saber que François Truffaut nombró así una de sus obras más queridas que trataba precisamente sobre la loca creación del cine, o el definitivo arte de la simulación.


Con los avances técnicos, las cosas han perdido rudimento, pero no toda la artificialidad, ni las ganas de ahorrarse cuatro duros, especialmente en épocas de crisis.
Por ejemplo, rodar dentro de un coche sigue siendo muy difícil, porque, por asuntos fotográficos, la imagen de una cámara habitual se queda en verde. 
Desde el cine clásico hasta las sitcoms más actuales, se monta a los actores en un coche inmóvil y se les coloca una pantalla por detrás. 
El efecto salta a la vista y, de alguna manera, la persuasión americana hace de las suyas: no dejarás de ver una serie porque el croma sea de lo más cutre.


La imagen digital también ha ahorrado muchos dólares a Hollywood. Antes para hacer una escena de masas en exteriores, había que contratar a figurantes, vestirlos y darles de comer. Ahora todo lo hace el ordenador. No hay que construir ni un decorado. 
Aún así, lo digital canta una barbaridad y, año a año, las películas que lo emplean - y abusan de él - envejecen con rapidez, técnica y visualmente hablando. 
Pero que el cutrerío de la industria más lujosa es la mayor de las paradojas amanece más que nunca en ese bebé de plástico que acuna Bradley Cooper en "American Sniper". 


La película es una oda al americanismo en muchas cuestiones y, en ese bebé de atrezzo, es un canto a su material favorito. 
En cualquier caso, es inexplicable para un drama de cacareado prestigio. ¿Nadie se percató del gazapo? ¿O les dio igual? 
Pese al bebé de plástico, "American Sniper" ha arrasado en taquilla en todo el mundo. Objetivo conseguido.
Para Hollywood, es esencial que sus flamantes productos arrasen en todo el mundo. El mercado nacional ya no es importante ni decisivo y habría que preguntarse si lo fue alguna vez. 
En los últimos años, muchas grandes producciones, más americanas que el chicle, han tenido una tímida acogida en casa y han salvado el honor de la industria con su paseo mundial. Ese paseo que también es instrumental en todas las facetas del poder de Estados Unidos.
El cine norteamericano es imperial de facto y está en crisis cuando sus países clientes también lo están. Los dividendos son menores porque el euro está de capa caída y se nota en los barómetros. 
Con las películas que compiten por los Oscars, hay caras largas y sensación de desastre, porque la mayoría no están cumpliendo con las billonarias expectativas, aun siendo unos éxitos tremendos. Porque no es el éxito tremendo, sino la pegada brutal de fin de semana lo que busca Hollywood. No quiere "Boyhood", que va despacio pero segura, sino "El Hombre de Acero", que se asegura el billón el viernes y nadie la recuerda el lunes.
Quizá por esa desconfianza ante la carrera de las películas oscarizables, la industria ha colocado en medio uno de sus últimos artefactos: ese engendro mecánico llamado "Cincuenta Sombras de Grey".
Cualquier persona sensata echa un vistazo al libro adaptado y dirá: "esto es una mierda, pero una mierda con avaricia".
También habrá muchos que no entiendan el fenómeno - ese concepto que se aplica de manera socorrida a aquello de lo que no se para de hablar - y dirán: "el sadomasoquismo es más viejo que la tos y este libro no tiene ni puta idea de lo que está tratando".
En cualquier caso, el artefacto ha conectado con un público. Ha efectuado ese chispazo eléctrico, ese que ha permitido que la cosa conozca unas ventas descomunuales y ahora su adaptación cinematográfica reviente las salas de manera muy previsible.
Precisamente en una sala de cine andaba yo el pasado viernes para el reestreno de "Alien", obra capital de cuando el cine norteamericano aún confiaba en la calidad para vender sus productos y de cuando Ridley Scott no había perdido todas las neuronas.
Como los clásicos nunca mueren y está de moda revisarlos en pantalla grande, fuimos todos a ver "Alien", aunque la hayamos visto mil veces.
"Alien" fue el mayor hit de 1979 - tú habías nacido, yo no - y, en los pasillos, se veía el cartel del título destinado a ser el mayor hit de 2005, "Cincuenta Sombras de Grey".
En su cartelón, los dos protagonistas a punto de besarse. El sexo vende, rezan todos los comerciantes antes de dormir.
Atentos al tagline: "Pierde el control".


Las mujeres que han entrado en conexión con esa historia fantasean con esa pérdida de control, ese mismo control que se les exige, no sólo en sociedad, sino para con ellas mismas. 
Para todos los seres humanos, nuestros deseos más privados se fundamentan en perder nuestros asumidos papeles. Y Hollywood, que coquetea con el porno desde hace mucho tiempo, lo sabe.
La condición pornográfica de la persuasión americana es vieja, pero no conoce vergüenza ni límite. Está todo el rato instigando la interrupción momentánea del control de marras a través de productos que se dicen trangresores o que implica desobediencia echarles un simple vistazo.
Porque, para mí, ese "Pierde el control" del cartel viene a decir otra cosa: "Pierde el control, Josito, y paga por ver esta basura". You know you want it.
Esa disposición a lo malo, decadente o tan comercial que apesta a aceite quemado se etiqueta con aquello del "placer culpable", pero también se vincula con la curiosidad por el objeto de lo que todo el mundo habla, para bien o para mal. 
- ¡El fenómeno! - gritó alguien y la gente aplaudió.
Es la faz del capitalismo interiorizado: consumir compartidamente. 
- Todos los niños lo tienen, tus padres habrán de comprártelo.
La necesidad de participar en modas o compras masivas explica mejor los dividendos de "Cincuenta Sombras de Grey" que todo lo que cuenta o deja de contar esa cochambre literaria. A medio camino entre levantar el morbo del personal y la anulación de cualquier opinión autónoma del comprador, se hace el negocio de la década.
Aún así, Hollywood no quiere que "Cincuenta Sombras de Grey" sea el hit de 2015. Quiere que sea uno de los cincuenta hits de 2015.
A razón de capitalismo salvaje, unos productos tienen que hacer sitio a otros, de manera sucesiva e imparable. No importa que se note el croma, el bebé de plástico o que los dos actores merezcan ser lapidados a Razzies, el próximo fin de semana estrenamos otra y el mundo entero irá a verla.
¿Por qué el mundo entero va a verla?, se preguntan curiosos y afectados. 
Sería preguntar por qué son el Imperio, por qué renuevan su influencia en imágenes, sonidos y estilos, por qué marcan el paso en tantísimas cosas. 
Por qué han hecho que las palabras, los sentimientos, las declaraciones de cualquier tipo suenen mejor en inglés. 
El otro día leí a una de las fans del señor Christian Grey defender la saga, refiriéndose a ella como "Fifty". 
Y yo estuve a punto de titular este post como "American Persuasion", porque pensé, en un principio, que quedaba mejor.
El Imperio se fundamenta en opresión y dominio, sí, pero también en la perpetua venta de sus insinuantes marcas, firmas, sonoridades y sagas. 
Esos nombres que se enredan en caligrafías glamourosas, en fondos con colores básicos, en promesas de esplendor. Somos mejores que tu pueblo, somos mejores que tú, ven hacia la luz de los más guays del planeta.


No será el producto en sí lo que de el puñetazo definitivo, sino el paquete, la sobreexposición y, en películas y libros, la continuación.
Todos los "fenómenos" - incluido ese "Fifty" - tienen varios capítulos y se disparan a lo largo de los años para acrecentar aún más el beneficio. En tiempos recientes, hasta la adaptación fílmica de la última parte prefiere dividirse en dos.
Los seguidores se sienten satisfechos del mismo modo que yo me siento complacido cuando hinco los dientes en una Whopper. Nadie te engaña: comes justo lo que has pagado. 
Y si nos ponemos bordes, también tienes lo que te mereces. El sabor del capitalismo, el gusto por el envase y el olor de la nada. American persuasion. 
Lo rodamos de día, pero es de noche porque lo digo yo.


Ejemplo socorrido de persuasión americana es una película de los ochenta: "Oficial y Caballero", por entonces el no va más de lo picante, que arrasó comercialmente.
El sexo vende, sí, más entre aquellos jóvenes Richard Gere y Debra Winger, pero también vendió el modo en que Hollywood remozó una basura retrógrada, sacada de su baúl de los años cincuenta.
A gran parte de la crítica de entonces se le subía la bilis al atestiguar el éxito de un melodrama que pregonaba las bondades del militarismo y la importancia de tener novio.


El secreto residía en que el director Taylor Hackford había hecho su trabajo, que no era otro que convencer que lo viejo parezca nuevo.
La última venganza es que la película se ha convertido en un clásico o, al menos, un emblema de su época, y si te pilla con el pie cambiado, hasta que puede que te emocione más que cualquier otra. Es la persuasión americana. 
Pierde el control, vuelve a las cavernas.
Como miraba el otro día por mis viejos Fotogramas de los noventa, mucho me consta que no hay ni habrá muchas películas en estas últimas tres décadas que hagan como "Oficial y Caballero": superar su estatus de fenómeno insensato y devenirse en cosa entrañable.
Quizá porque ya lo que se hace ni es viejo ni nuevo ni se llama a Taylor Hackford. No es necesario, porque ahora en Hollywood todo se centra en la campaña de marketing y en dejarse los ojos en las fluctuaciones de las Bolsas europeas. Y mucho me consta que muchas cosas se hacen malas adrede y/o sin ninguna intención de trascender, incluso aunque ganen Oscars y aplausos de la crítica.
Pierde el control, reza la publicidad. 
Me pregunto si perder el control de verdad será no pagar por lo que he pagado antes, ahorrarme el disgusto, pasar de largo y rezar porque hagan su trabajo, dejen de timar a la orbe entera y empiecen a perder esa capacidad de convicción que los mantiene en el pedestal.
Que se prefiera ignorar o relativizar un verdadero - y continuo - timo es la última victoria del estafador.
Lo dicho: la noche americana ahora no es más que pura sombra.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Jamie Dornan


La elección de Christian Grey ha tenido un nivel de suspense y controversia que no se recordaba en Hollywood desde los tiempos de Escarlata O'Hara. 
¿La notable diferencia? Todas las actrices soñaban con ser la O'Hara, mientras todos los actores han salido huyendo como alma que lleva el Razzie de eso llamado "Cincuenta Sombras de Grey".


A menos que cuente usted con un guionista con libertad o un director genial, de libros malos salen malas películas. 
Y me consta que, de un libro espantoso - quizá llamarlo libro sea exagerado -, se engendrará otro peldaño más hacía el vacío; esa escalera al abismo que, aunque cueste creerlo, el cine comercial todavía nos demuestra que no ha recorrido por completo.
El casting final ha esclarecido que es una película para hacer famosos a sus protagonistas, mientras el proyecto se construye y materializa con intenciones de complacer a las lectoras, propiciar saga y que suceda exactamente lo mismo que con las novelas: todo el mundo dice que son una mierda y se consumen como si fueran diamantes.


Aventuro que "Cincuenta Sombras de Grey" revitaliza algo que, tras la democratización del porno, se creía perdido: el interés por el "libro sucio". 
La literatura erótica tiene augustos referentes, aunque, buena o mala, siempre se acudía a ella por la curiosidad, eso que mueve ahora a devorar este nuevo humo, que ha encontrado inevitable adaptación cinematográfica. 
Ya ha movido fecha de estreno para aumentar la intriga; se vería el próximo verano en principio, pero los responsables han pensado que es una date movie y los chicos llevarán del brazo a sus novias el día de San Valentín de 2015.
Será cuando los espectadores tortolitos observen en pantalla que es hora de salpimentar sus camas con un poco de violencia teatralizada.


La necesidad de que te aten con la corbata, te traten como una puta y te la metan por el culo me parece muy respetable - al escribir esto, me han entrado ganas a mí -, pero "Cincuenta Sombras de Grey" viste de femenino aquello que, en otros empeños, se acusa de machista. Es decir, no es más que el resultado de amanerar una fantasía extraída directamente del más rancio y menos imaginativo porno heterosexual. Y, para colmo, está escrito como el mismísimo ano.
En estas novelas de medio pelo, el responsable no sólo es un maestro en ataduras y cadenas, sino que además debe ser rico, tener estilo y estar súper bueno, nivel chico de anuncio. 
Que hayan elegido a un modelo británico para incorporarlo me parece inspiración divina. 
Si en las adaptaciones de las viejas novelas de Jacqueline Susann se elegían inadvertidamente a los actores más inexpresivos para protagonizarlas, ahora se elige a un guapo de Calvin Klein, que abulta en calzoncillos, mira a cámara con impostada vulnerabilidad y se deja barba de tres días para rematar.


El Entertainment Weekly nos daba la primera foto promocional al respecto y la cosa pinta seductoramente basuresca y basurescamente seductora, con Dakota Johnson mirando con la tierna fragilidad de su madre - Melanie Griffith - y Jamie Dornan rodeándola entre sus amenazantes brazos, de cuyas manos cuelga la inconfundible corbata. 
Los amantes del verdadero trash queremos que la película sea graciosa; quizá tendremos que conformarnos con que no aburra a las piedras.


Todos lo dicen: Jamie es un chico realmente atractivo. Demasiado delgado para mi gusto, aunque cuesta apartar la mirada de él. 
Mejor para ese papel y esa película que Charlie Hunnam, el original elegido, cuya espantada me parece digna de comedia loca. Lo veo saliendo de ese rodaje, agarrándose los pantalones en plena carrera y con música de Benny Hill.
Charlie se fue, las fans respiraron tranquilas y, pese a que lloraron por Matt Bomer, la decisión irrevocable se llamó Jamie Dornan. De manera inmediata, se le buscó en el Google Imágenes mucho más que en el Imdb.


A Dornan se le puede encontrar en mil anuncios de moda, aunque ya dio un debut llamativo como el Conde Fersen de la "María Antonieta" de Sophia Coppola, película para la que también se necesitaba belleza de anuncio de fragancias. 
Por entonces, también se le dirigía el ojo y objetivo a Jamie Dornan, porque estaba ennoviado con Keira Knightley, otra criatura de reconocido metabolismo acelerado. Duró unos años y quedaron pastos más verdes.
El pasado abril, Jamie se casaba con la también actriz Amelia Warner.


Reconozco que llamóme la atención el bello Jamie desde "María Antonieta" y he tenido breves oportunidades catódicas para reencontrame con él. 
Fue sheriff en "Once Upon A Time" durante varios episodios y, si yo sostenía que los asesinos son cada vez más atractivos, "The Fall" fue el último e inenarrable ejemplo cuando pone a este sexy barbado a matar morenitas pechugonas, también con parafernalia sadomasoquista de por medio.


Es congruente que esa interpretación de buenorro peligroso haya sido ticket y pasaje para Christian Grey, el multimillonario cool que enseña su miembro viril a Anastasia Steele y ella sólo puede decir:
- Madre mía...


"Madre mía" dirá Jamie cada vez que llega a Belfast, su lugar de nacimiento hace treinta y un años; me cuenta la Wikipedia que Dornan es primo segundo o tercero de Greer Garson, la misma que seguro elevaría la ceja con aquella nobleza de qualité que se gastaba ante la lectura de "Cincuenta Sombras de Grey".
De momento, su monísimo primo se prepara para soportar estoicamente un bombardeo que ni la Señora Miniver. 
Me cae bien Jamie, así que sólo deseo que sea leve y para bien.

lunes, 29 de octubre de 2012

Mejor Vendido


Toda vida encuentra su imitación en el arte. Y todo arte encuentra su imitación kitsch.
La literatura lo tiene en el bestsellerismo, o todos aquellos fenómenos editoriales donde la función del entretenimiento prima sobre el valor artístico de la obra.
Es difícil definir qué es un best-seller y qué no lo es; en cualquier caso, si aquel abogado de la Corte Suprema estadounidense dijo aquello de "Sé lo que es pornografía cuando la veo", podríamos decir que se sabe que es un best-seller cuando se lee.
Entre los habituales cocineros de best-sellers, se viven todos los matices del gris, desde aquel que sabe escribir y ofrecer novelas más que dignas hasta el fariseo al que podríamos cortar las manos para que no vuelva a tocar un teclado en su vida.
En todo caso, el bestsellerismo podría entenderse como la literatura de masas, que tiene la misma función para un lector que lo tendría una canción pop: la atracción inmediata a través de un mensaje pegadizo, sencillo, sexy.
El lenguaje asequible y un universo de identificaciones simples se encuentran entre las estrategias de éxito, pero el marketing desplegado será lo decisivo para ese triunfo.
En resumen, los best-sellers son las novelas recomendadas por la vecina, pero nunca avaladas por el crítico literario.

"Los Juegos del Hambre"

La literatura explotativa tiene su origen en el propio inicio del mercado editorial, y a ella, se adosa toda la tradición de folletines, pulp fictions, novelitas rosas, sensacionalistas y/o pornográficas, que consolidaron un submundo editorial sumamente atractivo para los cazadores de la cultura basura.
La sigilosa escalada de novelas trash a los más altos escalafones de venta tiene que ver necesariamente con la llegada del consumismo.
Las novelas trash se llenaban de lujo y excepción, cuando, en el fondo, han seguido siendo las mismas y cumpliendo su tradicional cometido.

"Gigante"

Para venderse, para confundir al público, los best-sellers suelen llenarse de presunción, de cursilería; así, muchos viven trufados de romanticismo barato, de filosofía de baratillo, de vano historicismo. Parecen oro, pero plata no son. 
Entre los vicios bestsellerescos, se encuentran sus excesivas longitudes - confundiendo tamaño con importancia -, su escasa sutileza y la vacuidad que desprenden.
En realidad, estas novelas no cuentan nada nuevo ni cambian al que lo lee, incluso aunque lo entretengan y lo emocionen. Por ello, serán olvidadas.

"Imitación A La Vida"

Porque los best-sellers harán mucho ruido y se venderán como rosquillas, pero desaparecen.
Es el caso de autores como Harold Robbins o Fannie Hurst, vendídisimos en su momento; hoy nadie los recuerda y sus obras viven en la descatalogación, siempre pendientes de alguna anecdótica reedición.
Aún así, su carácter coyuntural les ha concedido un interés sociológico e histórico en retrospectiva.
En "Imitación A La Vida", pueden rastrearse antiguos modelos de género y raza, mientras "Los Insaciables" tuvo una importancia significativa en la "revolución sexual" de los sesenta, con su pionera descripción de una fellatio.

"Los Insaciables"

Para Hollywood, han sido un postre demasiado suculento para negárselo a sí mismo, y sus agendas de adaptación están bien al corriente de toda saga libresca que venda más de lo que la sensatez dicta.
En el fondo, adaptar el libro de moda siempre ha sido más fácil y menos riesgoso que abordar una venerable obra literaria. Y, de hecho, muchos de los esquemas profundos del cine norteamericano están impregnados de ese tipo de historias.
Por ejemplo, el romanticismo aligerado y basuresco de las novelas femeninas más exitosas de principios del siglo XX serviría de base a la tradición del melodrama de Hollywood, que importaba sus modelos argumentales fundamentados en el exceso y el estereotipo, sus protagonistas de nombres rimbombantes y sus básicas artimañas de emoción.
"La Calle del Delfín Verde"

El cine norteamericano escribiría muchas páginas de su Historia precisamente con la adaptación de un best-seller: nada menos que "Lo Que El Viento Se Llevó". 
La edulcorada visión de la Guerra de Secesión escrita por Margaret Mitchell supuso un impacto de largo alcance, al conectar su nostalgia de otros tiempos con una época tan transitoria y conflictiva como la década de los treinta. Fue la primerísima vez que el clamor popular pidió película expresa; Hollywood aceptó el reto y ganó.
"Lo Que El Viento Se Llevó" fue un fantasma de dedos alargados para ese mismo Hollywood, que buscaría sin tesón una novela parecida para crear una película parecida. 

"Lo Que El Viento Se Llevó"

Tras la colección de películas río, basadas en inacabables novelas de pioneros y damas sureñas, el cine dio la bienvenida al libro escándalo, iniciado y avivado al calor de la década de los sesenta.
Los favoritos a adaptar fueron Harold Robbins y Jacqueline Susann, confeccionadores de best-sellers picantes, horteras y chismosos. En esencia, solían ser una colección novelada de cotilleos de Hollywood y la jet-set internacional, con los nombres de los protagonistas convenientemente cambiados.
En los albores de la prensa rosa, supusieron todo un éxito, también por su lenguaje procaz a la hora de narrar coloridos actos sexuales.
Las adaptaciones hollywoodienses optaron por integrar los candentes argumentos en sus coordenadas de melodrama clásico. El resultado del híbrido fue tan explosivo como lamentable. 
Aún así, películas tan hilarantemente malas como "Los Insaciables" o "El Valle de las Muñecas" arrasaron. A los films se contagiaba el propio marketing editorial que implican los best-sellers, donde el autobombo está por encima de lo que realmente se vende. 
Otros dijeron aquello de que el público recibe justamente lo que se merece.

Jacqueline Susann y las chicas de "El Valle de las Muñecas"

La relación entre las novelas de entretenimiento y el cine ha sido irregular, pero generalmente fuerte y mutuamente beneficiosa.
El triunfo de una adaptación cinematográfica puede servir de dinamizadora a una carrera literaria, asunto que se ha vivido desde Stephen King hasta Anne Rice, pasando por J.K. Rowling. 
Por ello, y más en los últimos tiempos, los best-sellers se construyen implícitamente con la mira de ser convertidos en guiones para películas y series. Cualquier escritor con sentido del dólar sabe que debe labrar el camino para que la novela que redacta sirva de abono para Hollywood.
Se encuentra hasta en George R.R. Martin y su saga de "Canción de Hielo y Fuego", best-sellers fantásticos cuya calidad se encuentra por encima de la media, pero donde lo destacable es su condición, secreta pero evidente, de provechosa Biblia para una serie de televisión. Tal como ha sucedido.


Sea cual sea la canción, cántela usted bien, sea lo más sublime o lo más tonto. Y ahora nos irrumpen fenómenos editoriales cuyo atractivo es el magno misterio.
Ya no se ponen en juego las intenciones comerciales, sino la dudosa capacidad de dedicarse al oficio. En este mundo patas arriba, parece una nueva plaga biblíca que muchos escritores triunfantes no sepan ni escribir.
Es triste que la terrible Stephenie Meyer se haya convertido en lectura de cabecera para toda una generación de adolescentes, pero más que Dan Brown lo haya sido para tantos adultos. Y no sólo por su ínfima calidad, sino por lo ínsipidas, amorfas, nada sorprendentes, escasamente carismáticas, totalmente estafantes que resultan esas historias.
El cine, como los lectores, no ha discriminado y ha hecho sus habituales confecciones cinematográficas, taquilleras, plúmbeas, descartables.
En comparación, aquellos Robbins y Susann, tan cuestionados en otros tiempos, parecen unos literatos de mucho postín. Eran unos trileros, pero, al menos, tenían ese sentido de la prosa y esa perversión que ha de tener todo el que quiera dedicarse a la ficción.


Si hay que acercarse con curiosidad a toda manifestación cultural, independientemente de su trascendencia, bien es cierto que, en la cosa pop, no debería usted perder el tiempo. Una serie cuenta lo mismo que cualquier best-seller, quizá de manera más entretenida, y no hay dolor.
En otros tiempos, sin tantas ficciones televisivas, sin acceso directo a la pornografía, el consumo de best-sellers calentitos estaba más que justificado. Pero ahora es una total farsa, la imitación de la imitación, sobre todo, porque cada vez son peores, más cursis, más viles.
Inscribidlo en mi lápida: leer un pestiño no es leer.


Y todavía se da otro paso hacia al abismo con "Cincuenta Sombras de Grey", firmado por una tal E.L. James, señora que se está haciendo de oro con una saga que no satisface ni siquiera a los que suelen disfrutar con los best-sellers.
Bajo la apariencia de infalible erotizante femenino, se vende el best-seller definitivo: no sólo es una mierda, sino que encima aburre. Cincuenta toneladas de basura.
Es la victoria de la nada, repetida desde el instante en el que no se para de hablar del libro y se sigue vendiendo, a pesar de haberse demostrado probadamente que no sirve ni para matar el rato dignamente.

Borreguismo

Es el traje nuevo del emperador, con el que Hollywood también corre a vestirse.
Ya busca a Christian Grey como buscó a Escarlata O'Hara; quizá también se imponga la sorpresa con el candidato finalmente elegido, como ocurrió en 1939. 
En todo caso, ser el protagonista de la adaptación de una novela de éxito ya no es vía directa ni al Oscar ni a la inmortalidad, sino al encasillamiento, al descrédito y a un bonito Razzie. 
Para ser sincero, he escrito todo este post sólo para decir lo siguiente: mi querido Henry Cavill, mantente lejos de esa epidemia.