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lunes, 15 de diciembre de 2014

Mis Bellas Muñecas


Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y el teletexto de Antena 3 me prometía que a las cinco de la madrugada emitiría "El Valle de las Muñecas". 
El título llamaba la atención, sí, y yo juraba que lo había oído antes. Quizá en algún lugar de mi infancia, allí en donde la película había caído de la memoria colectiva para que nadie la volviera a mencionar.
Revisé el reparto. Patty Duke, Sharon Tate, Susan Hayward. Buena pinta. Sólo me quedaba consultar Microsoft Cinemania para leer la crítica del augusto comentarista Leonard Maltin. Oh, le colocaba una solitaria estrella de puntuación y decía que era "terrible". 
No sé por qué motivo, pero ignoré esa crítica, De hecho, fue el primer acto de rebeldía que cometí contra la opinión ajena. Y en toda mi existencia, no han sido tantos como debería. 
Programé la grabación y me fui a dormir. Ignoraba que era el principio de una obsesión, no sabía que sería la película que más veces vería en mi vida ni que ocuparía un lugar especial en mi memoria, en mi educación, en lo que se piensa superado y, de repente, vuelve a resurgir.


Tampoco sabía que, por aquel 12 de diciembre de 1996, la película estaba a punto de cumplir veintinueve años desde su fecha de estreno. 
Dudo que Antena 3 lo supiera. La despachaba a altas horas de la madrugada, como hacía con todo el catálogo de clásicos de la Fox del que disponía por entonces. A veces, repetía esos títulos, dudando que alguien estuviera al otro lado. Era para rellenar esa madrugada, ya fuera con "El Signo del Zorro", "If", "El Favorito de la Reina". O con mis bellas muñecas.
Por entonces, programar y grabar era una cosa endemoniada, casi una apuesta. Sólo había una ocasión para acertar, un dato equivocado en la programación te condenaba y la cadena podía adelantar la hora de emisión, por lo que la película podía aparecer empezada.
Al día siguiente, rebobinando "El Valle de las Muñecas", paré un segundo para comprobar si había llegado al principio y, tras darle al Play, lo primero que vi de la película fue a Susan Hayward ultramaquillada, ultravestida y un tanto vejestorio en un número musical protagonizado por un móvil de figuras psicodélicas, que lucían como una maraña sobre la legendaria actriz. Mi primer "what the fuck?".


Cuando llegué al principio de la grabación, vi que la película se había grabado comenzada. Mierda. Luego calcularía que unos veinte minutos. 
Lo grabado empezaba con Sharon Tate poniendo cara de embarazo mientras Tony Scotti le cantaba en un club nocturno, ante los ojos curiosos de todos. 
"Esa es Miriam, su hermana, no hace nada sin consultarle". 
La presencia de Lee Grant, como una esfinge, imborrable.


Además de emitirlas a esas horas, eran copias para televisión que, por entonces, significaba que los formatos diseñados para pantallas horizontales  - Cinemascope o Panavision - se rompían y adecuaban a la pantalla de tres cuartos. 
Era espantoso para las películas, porque su escenografía estaba basada en la horizontalidad y partida y extendida hacia arriba, quedaba incomprensible y deformada. Las formas se alargaban, los colores se desparramaban por toda la imagen. 
Para una película tan recargada y sesentera como "El Valle de las Muñecas", esa distorsión de la imagen era sólo lo que le faltaba. Esos planos detalle del cigarrillo que Neely tira a la piscina o la peluca de Helen Lawson mojada en el suelo lucían aún más exacerbados con el cambio de formato. Daba hasta miedo.
La película es una experiencia y lo fue la primera vez que la vi. 
Cuenta la historia de tres mujeres jóvenes y sus desventuras en el negocio del espectáculo. Es un mejunje de clichés de dramas backstage bien conocidos.
Estaban todos allí en una película tardía, que se aferraba a un modo de producción clásico y, a la vez, quería abrazar una modernidad. Esa "modernidad" eran el sexo y las drogas, abordado con un tono entre timorato y sensacionalista.


Había momentos en que no podía entender el argumento y, además, confundía a las actrices que interpretaban a Anne y Neely. 
Supuse que debía ser por verla empezada, pero, no, la película es así. Está tan desestructurada, que salta de un personaje a otro de repente, le dedica mucho tiempo a uno y luego vuelve a perderlo.
Pero, a medida que se va centrando en la degradación de su personaje estrella - Neely O'Hara -, este se hace inolvidable. 
Neely O'Hara se aísla de los demás y se adueña de la película para bien y para mal. Los gritos, los gestos, las locuras, su estancia en el manicomio, cuando se encuentra a un viejo amigo en silla de ruedas en pleno sanatorio y se lanzan a cantar, cuando le arranca la peluca a la diva enemiga. No podía creer lo que estaba viendo. Era un continuo "¿qué más va a pasar?".
El nombre del personaje ya era un taladro que buscaba enterrarse en el cerebro y allí quedarse. Neely O'Hara. 
A mi profesora de Matemáticas de entonces la llamaban Nelly. Y verla ahí nombrada con el volcánico apellido irlandés de Escarlata era una mezcolanza de calado y espanto.


La saga de Jennifer North era también de traca y tenía su momento esencial en la cinta erótica que protagoniza en Francia. 
La película no sólo juzgaba y castigaba las ambiciones de sus protagonistas, sino arremetía contra todo lo nuevo, lo extranjero, lo licencioso. "El Valle de las Muñecas" es una fantasía de reprimidos con ganas de fiesta, en la que, de pronto, un personaje dice que un tercero es maricón - pionera vez en una gran producción de Hollywood -, aunque el doblaje español se preciaba en sustituirlo por el aún más carcajeante "afeminado". 
Cuando llegó el final, en la nieve, yo no sabía bien lo que había visto, pero era difícil sacudírselo de la cabeza. Recuerdo que escribí en un diario que "El Valle de las Muñecas" me parecía un "delirio", porque nunca ha existido otro modo más rápido de definirla. 
Todo es delirante. Los peinados, los diálogos, las ocurrencias dramáticas, la composición narrativa y visual, las interpretaciones, los trajes, los números musicales y los ultrasesenteros montajes donde se dispara la vida de cada una de las "muñecas".
Como decía, era un Hollywood viejo pasando por moderno y atrevido. Y el desfase es tan brutal que un melodrama sobre los horrores del estrellato acaba dando mucha risa. Por su exceso y su afonía. 
Leonard Maltin, que es un señor muy serio, así lo decía: la película era horrible.


Grabar en VHS era un coñazo, como ya he dicho. Decidí borrar esa "película horrible" por alguna otra buena y bien considerada, para la que no tendría cinta disponible en ese momento. No estaba muy seguro de hacerlo, pero suponía que Antena 3 repetiría "El Valle de las Muñecas" en cuestión de semanas y, así, la tendría entera. 
No la volvió a poner. Jamás. Y comenzó mi obsesión.
Llamé a la cadena varias veces para implorar que la echaran. Tienes que entenderme: era un adolescente alienado y solitario. 
Me obsesioné por todo lo sesentero, aquello que estuviera más cerca de ella. Las melodías más suaves de los Beatles o las primeras películas de Ryan O'Neal y Michael Douglas eran oídas y cazadas en madrugadas, esperando, siempre esperando, que volviera "El Valle de las Muñecas".
Leí que estaba considerada un clásico del camp y que la interpretación de la celebrada actriz juvenil Patty Duke como Neely O'Hara se calificó de "desastre" y le costó una buena transición a papeles adultos. 
Me enteré que estaba basada en una novela de éxito y que fue una de las películas más taquilleras de 1968. 
La busqué en vídeoclubs y grandes almacenes desde el secreto, desde la esperanza triste que se tiene cuando se empieza a vivir. 
"El Valle de las Muñecas". Busca por la V, aunque ya sepas que no va a estar.


Cuando llegaron las primeras conexiones a Internet a mi casa, supe que, por fin, iba a ver porno gay y, por supuesto, soñé con encontrar cosas de "El Valle de las Muñecas". Quizá una copia.
Recuerdo el lento descargar de las webs dedicadas a Sharon Tate y Patty Duke, allí donde se encontraba alguna que otra imagen de la película. En Reel.Com, la definían como "kitschy, over-the-top", mientras yo surcaba por el pesado mar que era la World Wide Web en aquellos últimos años noventa. 
Encontré un vídeoclub online que afirmaba poseerla. No me lo podía creer. "¿Seguro que no es la parodia que hizo Russ Meyer en 1970?". "No, es la que dices".
Por fin, llegó al correo. La portada con Sharon Tate con media teta fuera era tremenda, fruto de una remota edición en VHS, que la hacía lucir como una entrega de erotismo. 
Pero, sí, era "El Valle de las Muñecas", año y medio después, por fin, para mí. Desde entonces, cada vez que no tenía gran cosa que hacer, la ponía.
"Me gustan las píldoras y divertirme. No necesito a nada ni nadie", se desgañitaba Neely O'Hara. Y mi madre, que lo oía desde el otro cuarto, decía:
- Por Dios, qué película tan fuerte.


Cuando se desarrolla una relación tan íntima y poderosa con algo a esas edades, es difícil calcular el alcance verdadero que tendrá en el resto de nuestras vidas. 
Aún ahora, y de repente, me veo a mí mismo haciendo un gesto o diciendo algo que suena a "El Valle de las Muñecas". 
Cuando alguien dice la palabra "valle", la completo en mi cabeza. 
En otros tiempos, me imaginaba como Anne Welles, la que abandonaba su pequeño pueblo y llegaba a la ciudad, porque quería ver "nuevas caras, nuevos lugares, nuevos escenarios" y decía aquello de "no sé quién soy ni lo que quiero, pero tengo que averiguarlo como sea".
En la película, Anne volvía a casa. Tal y como he hecho yo, muchos años después.
Además de verla tanto, también quise leer la novela original, redactada por Jacqueline Susann, toda una personalidad de los sesenta, que parecía un personaje más de sus propias novelas, bestsellers de entonces que recogían chismes de la farándula con los nombres cambiados.
"El Valle de las Muñecas", que está inspirado en la tragedia de figuras como Judy Garland, Carole Landis o Marilyn Monroe, sigue siendo una de las novelas más vendidas en Estados Unidos. Era ese "libro sucio", ajusticiado por la crítica y devorado por las amas de casa, que lo escondían bajo sus colchones o en baúles del desván. 
Encontré el libro milagrosamente en la biblioteca de mi instituto y lo robé. Todavía está ahí el fruto del único hurto de mi vida, mirándome desde la estantería, y yo sé que lo volvería a hacer. 
Me lo leí en una noche, porque es tan adictivo como las píldoras que cuenta.


Más coherente y descifrable que su adaptación cinematográfica, suele considerarse tan trashy como ésta, aunque, cada vez que lo leo, me impresiona más su potencia, su visceralidad, su falta de tapujos. Es un gran libro sobre mujeres y destrucción, escalofriante en muchos de sus pasajes y de una sinceridad cafre que resulta de lo más liberadora tanto para los que lo leen como para los que queremos escribir.  
Mi obsesión por las muñecas siguió bien nutrida durante los años siguientes. No hubo duda en cuál fue el primer DVD que me compré. Cuando estudiaba Guión en la Escuela de Cine, quise hacer una adaptación de la novela como ejercicio de clase, pero mi honorable profesor de entonces me dijo que nanay. Ya la haré, que no se preocupe. 
Le presté el DVD a mis compañeros y adoraba oír sus estupefactas opiniones al respecto. 
Y, si rastreas los primeros tiempos del anterior blog, encontrarás una serie de posts semanales dedicados enteramente a celebrar el 40º aniversario de la película.
Tan mala, tan divina. Cuando se estrenó en 1967, el crítico Bosley Crowther escribió que era "increíblemente empalagosa y falsa" y que "todo amante de las películas debía darse la vuelta e ignorarla". El país entero fue a verla.
Pero a pocos gustó el resultado y más de una carrera de sus intérpretes y responsables enterró para siempre. 
Sólo emergió como fenómeno de culto cuando se convirtió en un festín para las sesiones de madrugada en los años setenta y a través de esporádicos pases televisivos.


En algún lugar del camino, descubrí que "El Valle de las Muñecas" era un icono gay en Estados Unidos. 
Es un muestrario de divas, que sufren mucho, se drogan, se acuestan con hombres poco recomendables y viven obsesionadas con su apariencia y su reputación. Cosas que son sentidas, identificadas, descifradas por muchos varones homosexuales. El tono exagerado, salido de madre, se deviene en camp o actitud amanerada, y he ahí el encanto.
Pero, cuando yo la descubrí, no sabía que a otros maricones del mundo les fascinaba tanto como a mí. En realidad, no sabía que existían tantos maricones en el mundo. Al fin y al cabo, todo sobre mí era un secreto, una incógnita, un misterio, para ser descifrado con el tiempo.
Tal raro misterio que nunca lo fue. En aquella entrada del diario de mis quince años donde escribí que era "delirante", también anoté que me había masturbado ante la visión del pecho desnudo de uno de los actores. "Creo que soy bisexual", añadí, para mentirme lo justo. 
Parece que fue ayer, pero han pasado muchos años. La he visto tantas veces, más que ninguna otra. Hay ocasiones que la he disfrutado más. Algunas me ha aburrido. "Me la sé de memoria". Otras es como descubrirla. Aunque, sinceramente, siempre echo de menos aquella copia de Antena 3, con todos los colores desparramados y tan horribles.
Cuando salió una edición especial en DVD, un comentarista de Amazon dijo lo que yo sentía: "He muerto y estoy en el Cielo". Karaoke de las canciones - con una píldora saltando sobre las letras - varios documentales, material de archivo sobre el estreno, pruebas de casting, fotos, lobby cards, trailers y un diseño de menús de muchísimo Wow. Y todo empaquetado en una caja rosa, como no podía ser menos.
Además, también incluye un impagable audiocomentario con Barbara Parkins, que interpreta a Anne Welles y es la actriz que se ha tomado con más alegría el fenómeno de culto que arrastra la película. 


En el audio y con esa voz tan cautivadora, Barbara cuenta anécdotas, se ríe con los diálogos y manifiesta su nulo arrepentimiento de haber participado en "El Valle de las Muñecas", mientras descubre cosas que ya sospechábamos: muchos de los trajes les eran incómodos y casi todo lo que llevaban en el pelo era postizo.
Precisamente, el momento cumbre es la revelación de que la malvada diva Helen Lawson lleva peluca. 
Barbara cuenta que todo el equipo estaba presente en el rodaje de esa escena y el mismísimo Richard Zanuck bajó a presenciarlo. 
"Y nadie tenía idea de que esa secuencia daría tanta risa. Era una escena dramática interpretada dramáticamente por Patty y Susan y para todos los que estábamos allí", asegura la Parkins.


También cuenta el odio que le tenían al director, aquel eficiente, siempre gris Mark Robson, que vivía más preocupado en fotografiar las píldoras con belleza antes que hablarles a sus actrices sobre los efectos que producía y el proceso de degradación que causaban.
Patty Duke, para quien hablar de esta película era rememorar la peor experiencia de su carrera y aquella que fastidió muchas de sus expectativas profesionales, se lo ha tomado con el humor requerido sólo en los últimos años y ante el ánimo de sus seguidores. Aún así, no duda en calificar a Robson como "el más malvado hijo de perra que he conocido en mi vida". 

Patty Duke, Mark Robson, Lee Grant, David Weisbart, Jacqueline Susann y Barbara Parkins

Además de los terrores vividos en el rodaje, del enfado de Jacqueline Susann ante lo que habían hecho con la adaptación de su novela, de los millones de dólares ganados y del repudio absoluto que acompañaría las notas de prensa al respecto, la reputación de "El Valle de las Muñecas" acrecentaría su condición infamous cuando Sharon Tate fallecía brutalmente dos años después a manos de la banda de Charles Manson.
De repente, la película era espectral.


"De un modo extraño, todo lo que pasa en "El Valle de las Muñecas" nos pasó a nosotras. Sharon murió trágicamente, Patty sufrió una crisis nerviosa y yo abandoné Hollywood", dice Barbara Parkins para incrementar la capacidad obsesiva de esa gran anomalía, de esa película, oh, tan mala. 
¿Es mala?, me pregunto yo.
Era la primera película mala que me gustó. Es la única ineptitud cinematográfica que me ha gustado nunca. Para mí, está por encima de su calidad o sus deficiencias. 
Dicen que le otorgo más de lo que tiene, como buen gesto posmoderno. 
Yo la vivo alucinante, mesmérica, como quien echa la luz de una antorcha sobre una pared de jeroglíficos indescifrables, que hablan de un tiempo y un cine, perdido, arruinado, hermosísimo en su decadencia como lo fue en su esplendor. 


Esa música, esa fotografía. La película es un melodrama, un desfile de moda, un musical, un cuento de terror y la más absurda de las comedias. Todo amante de las películas debe mirarla. No gustará a todos, pero es raro que deje indiferente. Y, si se tiene sentido del humor, si se ha visto mucho cine clásico o si se tiene cierto gusto por lo old-fashioned, es probable que encante.
"El Valle de las Muñecas" es un estado de ánimo, es enfermedad crónica, es de esas cosas de las que tendría que hablar si quiero escribir mi autobiografía. Es como esos amores de verdad, que no vale la pena explicar, sólo esperar para volver a ellos, únicamente acelerar el momento del reencuentro.
Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y mis bellas muñecas se grababan sigilosas en aquella madrugada de la cinta de vídeo, mientras yo dormía, en esa placidez del que no sabe lo que está tramando la vida.   

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Valle del 'Camp'


De manera tradicional, la Historia del Cine se ha escrito desde sus logros artísticos y sus hazañas industriales.
Sólo en contadas ocasiones se ha indagado rigurosamente en el lado frustrado y basuresco de la inmensa mayoría de los productos audiovisuales que salen a la luz. 
Más que la exclamación de qué grande es el cine, hoy se impone otra apreciación: ¡qué horrendo es el cine!.
La ineptitud o los efectos perniciosos del paso del tiempo suelen ser la respuesta a que muchísimas películas no resistan un análisis serio. Y lo dicho: no son pocas, son casi todas.
El cine es arte y cultura, sí, pero también es ese vertedero donde se reflejan los dudosísimos valores estéticos y morales de la sociedad.
El mal gusto del cine comercial se etiquetaba en su día bajo el término "kitsch", que viene a definir la cultura de masas: barata, derivativa, pretenciosa, chillona.

Doris Day en "Calamity Jane"

Si el kitsch es el objeto, el camp es la postura que hay detrás de ese objeto.
¿Qué es el camp?.
Las definiciones normativas lo establecen como una actitud enfática, que se fuerza a sí misma y se sale de los límites establecidos. 
Camp es ser excesivo, escasamente sutil, afeminado, amanerado, histriónico, sobreactuado. Y risible.
Por actitud camp, se entiende la desvergüenza propia y la risa ajena.

Carmen Miranda

El camp ha tenido tal presencia en las imágenes y sonidos de las películas norteamericanas que ha definido toda una estética propia, rastreable a lo largo de la historia de Hollywood y, más tarde, reivindicada por el posmodernismo.
El camp suele ser una aplicación hecha en retrospectiva, porque muchas poses y estilos de épocas pasadas se tornan especialmente afectados con el transcurrir de las modas.
Así, las interpretaciones súperemocionales de las actrices del viejo Hollywood se señalaron como la perfecta definición del camp.
El esfuerzo dramático de esas intérpretes no soportó la prueba del tiempo y las hizo parecer excesivas, amaneradas y tan parodiables en cuestión de un par de décadas.
De ganar el Oscar a que las imitara una drag-queen, fue un abrir y cerrar de pestañas.

Joan Crawford y Bette Davis en "¿Qué Fue de Baby Jane?"

Para los grandes actores, ser llamados camp se vivió como un insulto.
Ahí está Boris Karloff en "Targets" lamentando que sus clásicas incorporaciones de monstruos habían envejecido hasta el punto que las nuevas generaciones las encontraban desternillantes.
Sólo hay que ver un clásico del camp no intencionado como "The Black Cat", donde Karloff y Bela Lugosi se enzarzan en un recital de histrionismos y muecas que hoy da mucha risa.
El recargado argumento de la película también lo da. Es una cinta de terror que mezcla sadismo, incesto y satanismo y, a la vez, se mueve con el pudor propio de la época.
Ese desfase entre contención obligada y sobrecarga argumental, entre represión y desmadre, es uno de los efectos propiciadores del camp.
Querer y no poder.

Boris Karloff y Bela Lugosi en "The Black Cat"

Asociado con la entidad derivativa del cine industrial, los camp classics se encuentran particularmente en producciones de postín con ideas de serie B. Es decir, en la basura de lujo.
De manera esclarecedora, ahí están las películas de Maria Montez, exóticas aventuras en Technicolor, con apariencia chillona, decorados de cartón piedra y ademanes de exceso. 
"La Reina de Cobra" es el mayor ejemplo y también la pista de que sus responsables quizá sabían el pelaje de lo que estaban produciendo. El director es el talentoso Robert Siodmak y es evidente que usa el decorado con un efecto parodístico.
En ella, Maria Montez ofrece una interpretación emblemáticamente camp. Como mi prima no tenía ningún talento interpretativo reconocible, lo suplía con artificio: gestos, poses y el obligado momento baile, tan absurdo como para mearse de la risa.

Maria Montez en "La Reina de Cobra"

La caída en el camp fue variable durante la historia de Hollywood, aunque se hizo cada vez más frecuente a lo largo de los años sesenta.
Por un lado, la crisis de la maquinaria, que había perdido el Norte y gran parte de su escrupuloso sentido del gusto. Por otro, la contradictoria necesidad de abrirse y explicitarse en torno a asuntos que había evitado directamente en épocas previas, como el sexo, las drogas y demás cosa escandalosa.
Una película camp a todos los niveles es "The Oscar", desastre inmitigable que se vestía de desvelador backstage drama.
En "The Oscar", Stephen Boyd - en una interpretación terrible - es un canalla que se las arregla para convertirse en actor de Hollywood y destruir todo lo destruible a su paso.
El dialogado de la película resultó tan chirriante como carcajeante en 1966 y "The Oscar" se hizo clásico del camp instántaneo.
En "The Oscar" lo camp no es intención, sino el yugo que le cae encima por su propia delicuescencia.

Eleanor Parker y Stephen Boyd en "The Oscar"

Detrás de lo camp, hay siempre un género en decadencia.
En aquellos tiempos, era el melodrama, ya de por sí afecto a la cursilería, por aquello del estallido de emociones femeninas que se amariconan fácilmente si la cosa no está bien medida.
Y, en todos los estudios sobre el camp fílmico, surge el mismo nombre, la quintaesencia de lo dicho. Es decir, "El Valle de las Muñecas".

Barbara Parkins, Sharon Tate y Patty Duke en "El Valle de las Muñecas"

En este caso, el desastre venía del encuentro entre un director sobrio como Mark Robson y el argumento extraído de la novela de Jacqueline Susann, best-seller sobre los pecados, sexos y adicciones de los ricos y famosos. 
La adaptación cinematográfica venía a tratar la sordidez cotilla y trashy del texto original de una manera (presuntamente) elegante. Decirle amorfo al resultado es quedarse corto.
"El Valle de las Muñecas" es una película hecha en serio y firmada por reputados profesionales del medio, aunque ni una sola escena funciona y unas cuantas son tan malas que, del desconcierto, se pasa a la carcajada.
"El Valle de las Muñecas" simbolizó la caída del Hollywood clásico como ninguna otra película de su tiempo.

Patty Duke como Neely O'Hara en "El Valle de las Muñecas"

Toda esta incompetencia se toparía con la inesperada fascinación de muchos espectadores, especialmente las nuevas generaciones, que veían esos camp classics como alucinantes vestidos viejos, alienados en sí mismos, horteras sin saberlo, cursis sin remisión, hundidos en su ruina estética.
Y el camp se convertía en acto contracultural durante los años setenta. 
Porque el camp también era la vindicación de las amaneradas poses de los gays, la ruptura de los límites canónicos y el abrazo de la posmodernidad. Surgió la verdad: el mal gusto vende, mueve y simboliza.
El chef fue, obviamente, John Waters, que, nostálgico e irreverente, asumía la ineptitud ajena y añeja como estilo propio.

Divine en "Pink Flamingos"

En todo caso, el camp empleado como sátira es muy anterior a Waters. 
Se evidenciaba ya en Robert Aldrich, que usaba la estridencia como crítica de las poses hipersentimentales del star-system - por ejemplo, en "¿Qué Fue de Baby Jane?" -, y sería aún mejor sintonizado en la novela de Gore Vidal, "Myra Breckinridge", que diseccionaba la mitomanía popular ante las formas básicas, repetitivas y kitsch de las películas de Hollywood.
La reivindicación del camp en los setenta lo hizo grito de guerra, señal de divismo y opción para muchos cineastas, que lo incluyeron de fondo y forma en sus obras. Empezamos por Fassbinder, seguimos por Almodóvar y no terminamos ni con Luhrmann.
Podría decirse que el camp intencionado ha sido una respuesta a un modo heterocéntrico de entender el cine, donde se había supervalorado lo sereno, lo equilibrado y lo viril.
Hoy es un estilo que triunfa en televisión, en música, en cine. La sobrecarga voluntaria, el camp deliberado. 
La cultura de masas ya no pide permiso, se imbrica en el celuloide y hasta se viste de arte en la paleta de creadores.


Sin embargo, las clásicas definiciones de camp chocan ante estas prácticas deliberadas. Porque el camp verdadero era el que salía sin querer, expresaba ineficacia y ejemplificaba un modo de producción en caída libre hacia el desastre.
El camp de moda no desborda límites, sólo se apunta a corrientes de exceso, cada vez más establecidas. 
Ante ello, y revisando la canónica definición de Susan Sontag, se han propuesto discriminaciones y relecturas. 
Una de las más lúcidas la ha dado el cineasta Bruce LaBruce, que separaba y redefinía, mientras encontraba un ejemplo reciente de camp no intencionado bastante curioso: "J. Edgar", de Clint Eastwood.

Armie Hammer y Leonardo DiCaprio en "J. Edgar"

LaBruce observaba camp tanto en el estilo de la película como en las interpretaciones de Leonardo DiCaprio y Armie Hammer. 
Sin duda, porque la película resume dos motivos clásicos para que se produzca el camp sin quererlo: el declive de un modo de hacer cine y la contención del producto ante la temática abordada.
En "J. Edgar", quedó en evidencia, más que nunca, el hartazgo de las películas biográficas con pretensiones testimoniales, risibles caracterizaciones y el ansia del Oscar. Un género agotado, con poco que ofrecer y sin tracción genuina.
Y también aparece la timidez en cuanto a una realidad aún incómoda como la homosexualidad, más en Hollywood y entre manos heterosexuales. Así, Clint Eastwood, Leonardo y Armie no se atreven a llegar al meollo del tema y se abotargan en una ridícula y afectada superficie.
Como sucedía en "El Valle de las Muñecas" o "The Oscar", la escasa profundización en el tema calentito se suple con sobreactuación. Ergo, camp.

Stephen Boyd en "The Oscar"

Encontrar camp no deliberado se cuenta como toda una labor de caza mayor, porque siempre ha sido un raro placer encontrarse con algo lo suficientemente pretencioso, saturado o delicuescente para caer en el más inesperado de los despropósitos.
La pregunta es el porqué del eterno cautivo por esos muestrarios de incapacidad y afonía.
Quizá porque nuestra realidad nunca fue armónica ni una plétora de buen gusto, sino, más bien, desequilibrada, chillona y tontorrona.
Nuestra es también esa lucha por conseguir algo sublime y desafinar como burros en el entretanto.
En definitiva, más veces de las admitidas, el cine malo nos ha contado muchísimo mejor que el bueno.

lunes, 29 de octubre de 2012

Mejor Vendido


Toda vida encuentra su imitación en el arte. Y todo arte encuentra su imitación kitsch.
La literatura lo tiene en el bestsellerismo, o todos aquellos fenómenos editoriales donde la función del entretenimiento prima sobre el valor artístico de la obra.
Es difícil definir qué es un best-seller y qué no lo es; en cualquier caso, si aquel abogado de la Corte Suprema estadounidense dijo aquello de "Sé lo que es pornografía cuando la veo", podríamos decir que se sabe que es un best-seller cuando se lee.
Entre los habituales cocineros de best-sellers, se viven todos los matices del gris, desde aquel que sabe escribir y ofrecer novelas más que dignas hasta el fariseo al que podríamos cortar las manos para que no vuelva a tocar un teclado en su vida.
En todo caso, el bestsellerismo podría entenderse como la literatura de masas, que tiene la misma función para un lector que lo tendría una canción pop: la atracción inmediata a través de un mensaje pegadizo, sencillo, sexy.
El lenguaje asequible y un universo de identificaciones simples se encuentran entre las estrategias de éxito, pero el marketing desplegado será lo decisivo para ese triunfo.
En resumen, los best-sellers son las novelas recomendadas por la vecina, pero nunca avaladas por el crítico literario.

"Los Juegos del Hambre"

La literatura explotativa tiene su origen en el propio inicio del mercado editorial, y a ella, se adosa toda la tradición de folletines, pulp fictions, novelitas rosas, sensacionalistas y/o pornográficas, que consolidaron un submundo editorial sumamente atractivo para los cazadores de la cultura basura.
La sigilosa escalada de novelas trash a los más altos escalafones de venta tiene que ver necesariamente con la llegada del consumismo.
Las novelas trash se llenaban de lujo y excepción, cuando, en el fondo, han seguido siendo las mismas y cumpliendo su tradicional cometido.

"Gigante"

Para venderse, para confundir al público, los best-sellers suelen llenarse de presunción, de cursilería; así, muchos viven trufados de romanticismo barato, de filosofía de baratillo, de vano historicismo. Parecen oro, pero plata no son. 
Entre los vicios bestsellerescos, se encuentran sus excesivas longitudes - confundiendo tamaño con importancia -, su escasa sutileza y la vacuidad que desprenden.
En realidad, estas novelas no cuentan nada nuevo ni cambian al que lo lee, incluso aunque lo entretengan y lo emocionen. Por ello, serán olvidadas.

"Imitación A La Vida"

Porque los best-sellers harán mucho ruido y se venderán como rosquillas, pero desaparecen.
Es el caso de autores como Harold Robbins o Fannie Hurst, vendídisimos en su momento; hoy nadie los recuerda y sus obras viven en la descatalogación, siempre pendientes de alguna anecdótica reedición.
Aún así, su carácter coyuntural les ha concedido un interés sociológico e histórico en retrospectiva.
En "Imitación A La Vida", pueden rastrearse antiguos modelos de género y raza, mientras "Los Insaciables" tuvo una importancia significativa en la "revolución sexual" de los sesenta, con su pionera descripción de una fellatio.

"Los Insaciables"

Para Hollywood, han sido un postre demasiado suculento para negárselo a sí mismo, y sus agendas de adaptación están bien al corriente de toda saga libresca que venda más de lo que la sensatez dicta.
En el fondo, adaptar el libro de moda siempre ha sido más fácil y menos riesgoso que abordar una venerable obra literaria. Y, de hecho, muchos de los esquemas profundos del cine norteamericano están impregnados de ese tipo de historias.
Por ejemplo, el romanticismo aligerado y basuresco de las novelas femeninas más exitosas de principios del siglo XX serviría de base a la tradición del melodrama de Hollywood, que importaba sus modelos argumentales fundamentados en el exceso y el estereotipo, sus protagonistas de nombres rimbombantes y sus básicas artimañas de emoción.
"La Calle del Delfín Verde"

El cine norteamericano escribiría muchas páginas de su Historia precisamente con la adaptación de un best-seller: nada menos que "Lo Que El Viento Se Llevó". 
La edulcorada visión de la Guerra de Secesión escrita por Margaret Mitchell supuso un impacto de largo alcance, al conectar su nostalgia de otros tiempos con una época tan transitoria y conflictiva como la década de los treinta. Fue la primerísima vez que el clamor popular pidió película expresa; Hollywood aceptó el reto y ganó.
"Lo Que El Viento Se Llevó" fue un fantasma de dedos alargados para ese mismo Hollywood, que buscaría sin tesón una novela parecida para crear una película parecida. 

"Lo Que El Viento Se Llevó"

Tras la colección de películas río, basadas en inacabables novelas de pioneros y damas sureñas, el cine dio la bienvenida al libro escándalo, iniciado y avivado al calor de la década de los sesenta.
Los favoritos a adaptar fueron Harold Robbins y Jacqueline Susann, confeccionadores de best-sellers picantes, horteras y chismosos. En esencia, solían ser una colección novelada de cotilleos de Hollywood y la jet-set internacional, con los nombres de los protagonistas convenientemente cambiados.
En los albores de la prensa rosa, supusieron todo un éxito, también por su lenguaje procaz a la hora de narrar coloridos actos sexuales.
Las adaptaciones hollywoodienses optaron por integrar los candentes argumentos en sus coordenadas de melodrama clásico. El resultado del híbrido fue tan explosivo como lamentable. 
Aún así, películas tan hilarantemente malas como "Los Insaciables" o "El Valle de las Muñecas" arrasaron. A los films se contagiaba el propio marketing editorial que implican los best-sellers, donde el autobombo está por encima de lo que realmente se vende. 
Otros dijeron aquello de que el público recibe justamente lo que se merece.

Jacqueline Susann y las chicas de "El Valle de las Muñecas"

La relación entre las novelas de entretenimiento y el cine ha sido irregular, pero generalmente fuerte y mutuamente beneficiosa.
El triunfo de una adaptación cinematográfica puede servir de dinamizadora a una carrera literaria, asunto que se ha vivido desde Stephen King hasta Anne Rice, pasando por J.K. Rowling. 
Por ello, y más en los últimos tiempos, los best-sellers se construyen implícitamente con la mira de ser convertidos en guiones para películas y series. Cualquier escritor con sentido del dólar sabe que debe labrar el camino para que la novela que redacta sirva de abono para Hollywood.
Se encuentra hasta en George R.R. Martin y su saga de "Canción de Hielo y Fuego", best-sellers fantásticos cuya calidad se encuentra por encima de la media, pero donde lo destacable es su condición, secreta pero evidente, de provechosa Biblia para una serie de televisión. Tal como ha sucedido.


Sea cual sea la canción, cántela usted bien, sea lo más sublime o lo más tonto. Y ahora nos irrumpen fenómenos editoriales cuyo atractivo es el magno misterio.
Ya no se ponen en juego las intenciones comerciales, sino la dudosa capacidad de dedicarse al oficio. En este mundo patas arriba, parece una nueva plaga biblíca que muchos escritores triunfantes no sepan ni escribir.
Es triste que la terrible Stephenie Meyer se haya convertido en lectura de cabecera para toda una generación de adolescentes, pero más que Dan Brown lo haya sido para tantos adultos. Y no sólo por su ínfima calidad, sino por lo ínsipidas, amorfas, nada sorprendentes, escasamente carismáticas, totalmente estafantes que resultan esas historias.
El cine, como los lectores, no ha discriminado y ha hecho sus habituales confecciones cinematográficas, taquilleras, plúmbeas, descartables.
En comparación, aquellos Robbins y Susann, tan cuestionados en otros tiempos, parecen unos literatos de mucho postín. Eran unos trileros, pero, al menos, tenían ese sentido de la prosa y esa perversión que ha de tener todo el que quiera dedicarse a la ficción.


Si hay que acercarse con curiosidad a toda manifestación cultural, independientemente de su trascendencia, bien es cierto que, en la cosa pop, no debería usted perder el tiempo. Una serie cuenta lo mismo que cualquier best-seller, quizá de manera más entretenida, y no hay dolor.
En otros tiempos, sin tantas ficciones televisivas, sin acceso directo a la pornografía, el consumo de best-sellers calentitos estaba más que justificado. Pero ahora es una total farsa, la imitación de la imitación, sobre todo, porque cada vez son peores, más cursis, más viles.
Inscribidlo en mi lápida: leer un pestiño no es leer.


Y todavía se da otro paso hacia al abismo con "Cincuenta Sombras de Grey", firmado por una tal E.L. James, señora que se está haciendo de oro con una saga que no satisface ni siquiera a los que suelen disfrutar con los best-sellers.
Bajo la apariencia de infalible erotizante femenino, se vende el best-seller definitivo: no sólo es una mierda, sino que encima aburre. Cincuenta toneladas de basura.
Es la victoria de la nada, repetida desde el instante en el que no se para de hablar del libro y se sigue vendiendo, a pesar de haberse demostrado probadamente que no sirve ni para matar el rato dignamente.

Borreguismo

Es el traje nuevo del emperador, con el que Hollywood también corre a vestirse.
Ya busca a Christian Grey como buscó a Escarlata O'Hara; quizá también se imponga la sorpresa con el candidato finalmente elegido, como ocurrió en 1939. 
En todo caso, ser el protagonista de la adaptación de una novela de éxito ya no es vía directa ni al Oscar ni a la inmortalidad, sino al encasillamiento, al descrédito y a un bonito Razzie. 
Para ser sincero, he escrito todo este post sólo para decir lo siguiente: mi querido Henry Cavill, mantente lejos de esa epidemia.