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lunes, 15 de diciembre de 2014

Mis Bellas Muñecas


Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y el teletexto de Antena 3 me prometía que a las cinco de la madrugada emitiría "El Valle de las Muñecas". 
El título llamaba la atención, sí, y yo juraba que lo había oído antes. Quizá en algún lugar de mi infancia, allí en donde la película había caído de la memoria colectiva para que nadie la volviera a mencionar.
Revisé el reparto. Patty Duke, Sharon Tate, Susan Hayward. Buena pinta. Sólo me quedaba consultar Microsoft Cinemania para leer la crítica del augusto comentarista Leonard Maltin. Oh, le colocaba una solitaria estrella de puntuación y decía que era "terrible". 
No sé por qué motivo, pero ignoré esa crítica, De hecho, fue el primer acto de rebeldía que cometí contra la opinión ajena. Y en toda mi existencia, no han sido tantos como debería. 
Programé la grabación y me fui a dormir. Ignoraba que era el principio de una obsesión, no sabía que sería la película que más veces vería en mi vida ni que ocuparía un lugar especial en mi memoria, en mi educación, en lo que se piensa superado y, de repente, vuelve a resurgir.


Tampoco sabía que, por aquel 12 de diciembre de 1996, la película estaba a punto de cumplir veintinueve años desde su fecha de estreno. 
Dudo que Antena 3 lo supiera. La despachaba a altas horas de la madrugada, como hacía con todo el catálogo de clásicos de la Fox del que disponía por entonces. A veces, repetía esos títulos, dudando que alguien estuviera al otro lado. Era para rellenar esa madrugada, ya fuera con "El Signo del Zorro", "If", "El Favorito de la Reina". O con mis bellas muñecas.
Por entonces, programar y grabar era una cosa endemoniada, casi una apuesta. Sólo había una ocasión para acertar, un dato equivocado en la programación te condenaba y la cadena podía adelantar la hora de emisión, por lo que la película podía aparecer empezada.
Al día siguiente, rebobinando "El Valle de las Muñecas", paré un segundo para comprobar si había llegado al principio y, tras darle al Play, lo primero que vi de la película fue a Susan Hayward ultramaquillada, ultravestida y un tanto vejestorio en un número musical protagonizado por un móvil de figuras psicodélicas, que lucían como una maraña sobre la legendaria actriz. Mi primer "what the fuck?".


Cuando llegué al principio de la grabación, vi que la película se había grabado comenzada. Mierda. Luego calcularía que unos veinte minutos. 
Lo grabado empezaba con Sharon Tate poniendo cara de embarazo mientras Tony Scotti le cantaba en un club nocturno, ante los ojos curiosos de todos. 
"Esa es Miriam, su hermana, no hace nada sin consultarle". 
La presencia de Lee Grant, como una esfinge, imborrable.


Además de emitirlas a esas horas, eran copias para televisión que, por entonces, significaba que los formatos diseñados para pantallas horizontales  - Cinemascope o Panavision - se rompían y adecuaban a la pantalla de tres cuartos. 
Era espantoso para las películas, porque su escenografía estaba basada en la horizontalidad y partida y extendida hacia arriba, quedaba incomprensible y deformada. Las formas se alargaban, los colores se desparramaban por toda la imagen. 
Para una película tan recargada y sesentera como "El Valle de las Muñecas", esa distorsión de la imagen era sólo lo que le faltaba. Esos planos detalle del cigarrillo que Neely tira a la piscina o la peluca de Helen Lawson mojada en el suelo lucían aún más exacerbados con el cambio de formato. Daba hasta miedo.
La película es una experiencia y lo fue la primera vez que la vi. 
Cuenta la historia de tres mujeres jóvenes y sus desventuras en el negocio del espectáculo. Es un mejunje de clichés de dramas backstage bien conocidos.
Estaban todos allí en una película tardía, que se aferraba a un modo de producción clásico y, a la vez, quería abrazar una modernidad. Esa "modernidad" eran el sexo y las drogas, abordado con un tono entre timorato y sensacionalista.


Había momentos en que no podía entender el argumento y, además, confundía a las actrices que interpretaban a Anne y Neely. 
Supuse que debía ser por verla empezada, pero, no, la película es así. Está tan desestructurada, que salta de un personaje a otro de repente, le dedica mucho tiempo a uno y luego vuelve a perderlo.
Pero, a medida que se va centrando en la degradación de su personaje estrella - Neely O'Hara -, este se hace inolvidable. 
Neely O'Hara se aísla de los demás y se adueña de la película para bien y para mal. Los gritos, los gestos, las locuras, su estancia en el manicomio, cuando se encuentra a un viejo amigo en silla de ruedas en pleno sanatorio y se lanzan a cantar, cuando le arranca la peluca a la diva enemiga. No podía creer lo que estaba viendo. Era un continuo "¿qué más va a pasar?".
El nombre del personaje ya era un taladro que buscaba enterrarse en el cerebro y allí quedarse. Neely O'Hara. 
A mi profesora de Matemáticas de entonces la llamaban Nelly. Y verla ahí nombrada con el volcánico apellido irlandés de Escarlata era una mezcolanza de calado y espanto.


La saga de Jennifer North era también de traca y tenía su momento esencial en la cinta erótica que protagoniza en Francia. 
La película no sólo juzgaba y castigaba las ambiciones de sus protagonistas, sino arremetía contra todo lo nuevo, lo extranjero, lo licencioso. "El Valle de las Muñecas" es una fantasía de reprimidos con ganas de fiesta, en la que, de pronto, un personaje dice que un tercero es maricón - pionera vez en una gran producción de Hollywood -, aunque el doblaje español se preciaba en sustituirlo por el aún más carcajeante "afeminado". 
Cuando llegó el final, en la nieve, yo no sabía bien lo que había visto, pero era difícil sacudírselo de la cabeza. Recuerdo que escribí en un diario que "El Valle de las Muñecas" me parecía un "delirio", porque nunca ha existido otro modo más rápido de definirla. 
Todo es delirante. Los peinados, los diálogos, las ocurrencias dramáticas, la composición narrativa y visual, las interpretaciones, los trajes, los números musicales y los ultrasesenteros montajes donde se dispara la vida de cada una de las "muñecas".
Como decía, era un Hollywood viejo pasando por moderno y atrevido. Y el desfase es tan brutal que un melodrama sobre los horrores del estrellato acaba dando mucha risa. Por su exceso y su afonía. 
Leonard Maltin, que es un señor muy serio, así lo decía: la película era horrible.


Grabar en VHS era un coñazo, como ya he dicho. Decidí borrar esa "película horrible" por alguna otra buena y bien considerada, para la que no tendría cinta disponible en ese momento. No estaba muy seguro de hacerlo, pero suponía que Antena 3 repetiría "El Valle de las Muñecas" en cuestión de semanas y, así, la tendría entera. 
No la volvió a poner. Jamás. Y comenzó mi obsesión.
Llamé a la cadena varias veces para implorar que la echaran. Tienes que entenderme: era un adolescente alienado y solitario. 
Me obsesioné por todo lo sesentero, aquello que estuviera más cerca de ella. Las melodías más suaves de los Beatles o las primeras películas de Ryan O'Neal y Michael Douglas eran oídas y cazadas en madrugadas, esperando, siempre esperando, que volviera "El Valle de las Muñecas".
Leí que estaba considerada un clásico del camp y que la interpretación de la celebrada actriz juvenil Patty Duke como Neely O'Hara se calificó de "desastre" y le costó una buena transición a papeles adultos. 
Me enteré que estaba basada en una novela de éxito y que fue una de las películas más taquilleras de 1968. 
La busqué en vídeoclubs y grandes almacenes desde el secreto, desde la esperanza triste que se tiene cuando se empieza a vivir. 
"El Valle de las Muñecas". Busca por la V, aunque ya sepas que no va a estar.


Cuando llegaron las primeras conexiones a Internet a mi casa, supe que, por fin, iba a ver porno gay y, por supuesto, soñé con encontrar cosas de "El Valle de las Muñecas". Quizá una copia.
Recuerdo el lento descargar de las webs dedicadas a Sharon Tate y Patty Duke, allí donde se encontraba alguna que otra imagen de la película. En Reel.Com, la definían como "kitschy, over-the-top", mientras yo surcaba por el pesado mar que era la World Wide Web en aquellos últimos años noventa. 
Encontré un vídeoclub online que afirmaba poseerla. No me lo podía creer. "¿Seguro que no es la parodia que hizo Russ Meyer en 1970?". "No, es la que dices".
Por fin, llegó al correo. La portada con Sharon Tate con media teta fuera era tremenda, fruto de una remota edición en VHS, que la hacía lucir como una entrega de erotismo. 
Pero, sí, era "El Valle de las Muñecas", año y medio después, por fin, para mí. Desde entonces, cada vez que no tenía gran cosa que hacer, la ponía.
"Me gustan las píldoras y divertirme. No necesito a nada ni nadie", se desgañitaba Neely O'Hara. Y mi madre, que lo oía desde el otro cuarto, decía:
- Por Dios, qué película tan fuerte.


Cuando se desarrolla una relación tan íntima y poderosa con algo a esas edades, es difícil calcular el alcance verdadero que tendrá en el resto de nuestras vidas. 
Aún ahora, y de repente, me veo a mí mismo haciendo un gesto o diciendo algo que suena a "El Valle de las Muñecas". 
Cuando alguien dice la palabra "valle", la completo en mi cabeza. 
En otros tiempos, me imaginaba como Anne Welles, la que abandonaba su pequeño pueblo y llegaba a la ciudad, porque quería ver "nuevas caras, nuevos lugares, nuevos escenarios" y decía aquello de "no sé quién soy ni lo que quiero, pero tengo que averiguarlo como sea".
En la película, Anne volvía a casa. Tal y como he hecho yo, muchos años después.
Además de verla tanto, también quise leer la novela original, redactada por Jacqueline Susann, toda una personalidad de los sesenta, que parecía un personaje más de sus propias novelas, bestsellers de entonces que recogían chismes de la farándula con los nombres cambiados.
"El Valle de las Muñecas", que está inspirado en la tragedia de figuras como Judy Garland, Carole Landis o Marilyn Monroe, sigue siendo una de las novelas más vendidas en Estados Unidos. Era ese "libro sucio", ajusticiado por la crítica y devorado por las amas de casa, que lo escondían bajo sus colchones o en baúles del desván. 
Encontré el libro milagrosamente en la biblioteca de mi instituto y lo robé. Todavía está ahí el fruto del único hurto de mi vida, mirándome desde la estantería, y yo sé que lo volvería a hacer. 
Me lo leí en una noche, porque es tan adictivo como las píldoras que cuenta.


Más coherente y descifrable que su adaptación cinematográfica, suele considerarse tan trashy como ésta, aunque, cada vez que lo leo, me impresiona más su potencia, su visceralidad, su falta de tapujos. Es un gran libro sobre mujeres y destrucción, escalofriante en muchos de sus pasajes y de una sinceridad cafre que resulta de lo más liberadora tanto para los que lo leen como para los que queremos escribir.  
Mi obsesión por las muñecas siguió bien nutrida durante los años siguientes. No hubo duda en cuál fue el primer DVD que me compré. Cuando estudiaba Guión en la Escuela de Cine, quise hacer una adaptación de la novela como ejercicio de clase, pero mi honorable profesor de entonces me dijo que nanay. Ya la haré, que no se preocupe. 
Le presté el DVD a mis compañeros y adoraba oír sus estupefactas opiniones al respecto. 
Y, si rastreas los primeros tiempos del anterior blog, encontrarás una serie de posts semanales dedicados enteramente a celebrar el 40º aniversario de la película.
Tan mala, tan divina. Cuando se estrenó en 1967, el crítico Bosley Crowther escribió que era "increíblemente empalagosa y falsa" y que "todo amante de las películas debía darse la vuelta e ignorarla". El país entero fue a verla.
Pero a pocos gustó el resultado y más de una carrera de sus intérpretes y responsables enterró para siempre. 
Sólo emergió como fenómeno de culto cuando se convirtió en un festín para las sesiones de madrugada en los años setenta y a través de esporádicos pases televisivos.


En algún lugar del camino, descubrí que "El Valle de las Muñecas" era un icono gay en Estados Unidos. 
Es un muestrario de divas, que sufren mucho, se drogan, se acuestan con hombres poco recomendables y viven obsesionadas con su apariencia y su reputación. Cosas que son sentidas, identificadas, descifradas por muchos varones homosexuales. El tono exagerado, salido de madre, se deviene en camp o actitud amanerada, y he ahí el encanto.
Pero, cuando yo la descubrí, no sabía que a otros maricones del mundo les fascinaba tanto como a mí. En realidad, no sabía que existían tantos maricones en el mundo. Al fin y al cabo, todo sobre mí era un secreto, una incógnita, un misterio, para ser descifrado con el tiempo.
Tal raro misterio que nunca lo fue. En aquella entrada del diario de mis quince años donde escribí que era "delirante", también anoté que me había masturbado ante la visión del pecho desnudo de uno de los actores. "Creo que soy bisexual", añadí, para mentirme lo justo. 
Parece que fue ayer, pero han pasado muchos años. La he visto tantas veces, más que ninguna otra. Hay ocasiones que la he disfrutado más. Algunas me ha aburrido. "Me la sé de memoria". Otras es como descubrirla. Aunque, sinceramente, siempre echo de menos aquella copia de Antena 3, con todos los colores desparramados y tan horribles.
Cuando salió una edición especial en DVD, un comentarista de Amazon dijo lo que yo sentía: "He muerto y estoy en el Cielo". Karaoke de las canciones - con una píldora saltando sobre las letras - varios documentales, material de archivo sobre el estreno, pruebas de casting, fotos, lobby cards, trailers y un diseño de menús de muchísimo Wow. Y todo empaquetado en una caja rosa, como no podía ser menos.
Además, también incluye un impagable audiocomentario con Barbara Parkins, que interpreta a Anne Welles y es la actriz que se ha tomado con más alegría el fenómeno de culto que arrastra la película. 


En el audio y con esa voz tan cautivadora, Barbara cuenta anécdotas, se ríe con los diálogos y manifiesta su nulo arrepentimiento de haber participado en "El Valle de las Muñecas", mientras descubre cosas que ya sospechábamos: muchos de los trajes les eran incómodos y casi todo lo que llevaban en el pelo era postizo.
Precisamente, el momento cumbre es la revelación de que la malvada diva Helen Lawson lleva peluca. 
Barbara cuenta que todo el equipo estaba presente en el rodaje de esa escena y el mismísimo Richard Zanuck bajó a presenciarlo. 
"Y nadie tenía idea de que esa secuencia daría tanta risa. Era una escena dramática interpretada dramáticamente por Patty y Susan y para todos los que estábamos allí", asegura la Parkins.


También cuenta el odio que le tenían al director, aquel eficiente, siempre gris Mark Robson, que vivía más preocupado en fotografiar las píldoras con belleza antes que hablarles a sus actrices sobre los efectos que producía y el proceso de degradación que causaban.
Patty Duke, para quien hablar de esta película era rememorar la peor experiencia de su carrera y aquella que fastidió muchas de sus expectativas profesionales, se lo ha tomado con el humor requerido sólo en los últimos años y ante el ánimo de sus seguidores. Aún así, no duda en calificar a Robson como "el más malvado hijo de perra que he conocido en mi vida". 

Patty Duke, Mark Robson, Lee Grant, David Weisbart, Jacqueline Susann y Barbara Parkins

Además de los terrores vividos en el rodaje, del enfado de Jacqueline Susann ante lo que habían hecho con la adaptación de su novela, de los millones de dólares ganados y del repudio absoluto que acompañaría las notas de prensa al respecto, la reputación de "El Valle de las Muñecas" acrecentaría su condición infamous cuando Sharon Tate fallecía brutalmente dos años después a manos de la banda de Charles Manson.
De repente, la película era espectral.


"De un modo extraño, todo lo que pasa en "El Valle de las Muñecas" nos pasó a nosotras. Sharon murió trágicamente, Patty sufrió una crisis nerviosa y yo abandoné Hollywood", dice Barbara Parkins para incrementar la capacidad obsesiva de esa gran anomalía, de esa película, oh, tan mala. 
¿Es mala?, me pregunto yo.
Era la primera película mala que me gustó. Es la única ineptitud cinematográfica que me ha gustado nunca. Para mí, está por encima de su calidad o sus deficiencias. 
Dicen que le otorgo más de lo que tiene, como buen gesto posmoderno. 
Yo la vivo alucinante, mesmérica, como quien echa la luz de una antorcha sobre una pared de jeroglíficos indescifrables, que hablan de un tiempo y un cine, perdido, arruinado, hermosísimo en su decadencia como lo fue en su esplendor. 


Esa música, esa fotografía. La película es un melodrama, un desfile de moda, un musical, un cuento de terror y la más absurda de las comedias. Todo amante de las películas debe mirarla. No gustará a todos, pero es raro que deje indiferente. Y, si se tiene sentido del humor, si se ha visto mucho cine clásico o si se tiene cierto gusto por lo old-fashioned, es probable que encante.
"El Valle de las Muñecas" es un estado de ánimo, es enfermedad crónica, es de esas cosas de las que tendría que hablar si quiero escribir mi autobiografía. Es como esos amores de verdad, que no vale la pena explicar, sólo esperar para volver a ellos, únicamente acelerar el momento del reencuentro.
Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y mis bellas muñecas se grababan sigilosas en aquella madrugada de la cinta de vídeo, mientras yo dormía, en esa placidez del que no sabe lo que está tramando la vida.   

martes, 17 de septiembre de 2013

Brillo y Dureza de Susan Hayward


Ardiente en rojo, mesmérica de pies a cabeza, Susan Hayward entraba cual huracán en escena, torcía los labios y soltaba esa voz especial como ella, rota y ronca a costa de dos paquetes de cigarrillos al día.
Su cabellera pelirroja, su exquisito busto y su aspecto de mujer-mujer la llevaron de los harapos a la riqueza, aunque fue su dureza personal lo que le permitió hacerse sitio en una industria cuya escalada nunca se dijo sencilla.
Al final, atesoró lo que deseaba: dinero, fama, el Oscar. Porque Susan Hayward era hija de su país, una ambiciosa con ansias de riqueza, más preocupada por logros materiales que por auténticas glorias.
"Nunca me he pensado estrella de cine, sólo una chica trabajadora que llegó hasta lo más alto y nunca cayó", diría para contarse.


Su técnica interpretativa en sus empeños más celebrados fue discutible - poca sutileza, mucha gestualidad - aunque, en todo momento, se impuso como una personalidad de impacto.
Costaba apartar los ojos de ella, se la viera a lomos de un caballo, apurando penúltimo trago de scotch o renunciando al amor por el honor.
La fascinación hoy prevalece, quizá por esa imagen desfasada de mujer volcánica, de señora de armas tomar, cuyo único miedo sería llegar y pasar desapercibida. 


Y Susan Hayward es una verdadera diva. Temperamental, vibrante cuerda de melodramas, más grande que la vida. 
Sin ser tan talentosa como la Stanwyck ni tan revolucionaria como la Davis, Susan se conjuga sin problemas con un raro, remoto, contundente esplendor.
O ese factor que llamaban estrellato.


Edythe Marrener era el nombre detrás de la actriz y el barrio neoyorquino de Brooklyn, el mediocre lugar donde había nacido.
Su infancia fue pobre, aunque no desgraciada. En cualquier caso, los apuros económicos de sus primeros años serían señalados por ella misma como el fuego donde se coció su empuje vital.
Ya pisaba las tablas en sus años escolares, aunque Edythe se veía más futuro como secretaria. Un golpe de casting y se hizo nombre en las carpetas de las agencias de modelos neoyorquinas.
Vestía y devestía ropa de firma en 1937 cuando llegaron las noticias de Hollywood. "Se busca a Escarlata O'Hara".
Edythe hizo las maletas para presentarse en Los Ángeles, con la determinación de nunca volver a pasar hambre.


El papel de la O'Hara no fue para ella, como bien sabemos, aunque su prueba gustó a los cazatalentos y se la llamó para firmar un contrato como figurante.
Edythe quería más, pero el desánimo no la impidió cumplir con su trabajo mientras aspiraba a primeras líneas.
En 1939, por fin, Susan Hayward era una realidad, vestida de época, al lado de Gary Cooper en la aventura "Beau Geste".
Tan bonita y tan roja, Cecil B. De Mille la llamaría para la stravaganza sureña "Reap The Wild Wind" y las líneas de Hollywood se llenaban, poco a poco y sin prisa, con el nombre de Susan.


Los años cuarenta fueron carrera de fondo.
Por un lado, demandaba más carne dramática y se le resistía. Por otro, las columnas de cotilleo registraban las tormentas de su matrimonio con Jess Barker, actor de serie B y padre de sus hijos gemelos.
Acabó en divorcio y en postrero intento de suicidio por Susan. La salvaron, ella agitó su melena de superviviente y proclamóse más Hayward que nunca.
Detrás de las cámaras, se la reconocía como una republicana convencida, una mujer tradicional, poco amiga de casi nadie, de personalidad profesional, respetuosa y más bien fría. Gustaba de vivir el calor en privado y era amante de los hombres machos.
Cuando olvidó a Jess Barker, otro agreste sureño, de nombre Floyd Chalkley y con rancho incluido, ocupó su loco corazón y su dedo anular.


Por entonces, ya había conseguido su sueño en Hollywood: que la vieran como una actriz buena, válida, digna de figurar por encima del título.
Lo decisivo se llamó "Smash-Up: The Story Of a Woman", primera y verdadera oportunidad de lucimiento.
Interpretaba a una cantante de night-club dipsómana, la cosa se sintió de escalofrío y la nominaron al Oscar. Como no lo ganó, le entró la obsesión.
Y, durante los años siguientes, las interpretaciones más esforzadas de Susan Hayward obedecen a toda la lista de trucos necesarios para conseguir un Oscar: borrachas, celebridades o celebridades borrachas.

Con Dana Andrews en "Mi Loco Corazón"

Así, Susan fue la heroína que se embaraza soltera y acaba cebada de licor en "Mi Loco Corazón", incorporó a Jane Froman, la cantante que quedó paralítica en "Con Una Canción en Mi Corazón" y se lanzó a un festival de excesos en "Mañana Lloraré", donde la escalofriante historia de la alcohólica Lillian Roth viste como un clásico del camp. 

"Mañana Lloraré"

A pesar de que la interpretación es de todo menos ejemplar, es imposible dejar de conmoverse en la escena cumbre de "Mañana Lloraré", cuando anda escaleras arriba, sin aliento ni más vasos que devorar, derecha a una oportunidad en Alcohólicos Anónimos.
Susan era una mujer tan guapa y fuerte que verla de borrachuza y trágica motivaba agarrar todos los pañuelos y no dejar seco ni uno. 
Entre estas películas aplaudidas, quedaron otras mejores, menos noticiables en su día y hoy muy recuperables, donde Susan estuvo más fina a las órdenes de Joseph L. Mankiewicz en "House Of Strangers" o Nicholas Ray en "The Lusty Men".

Con Richard Conte en "House of Strangers"

Con las fuerzas intactas, se permitió otro tour-de-force de los suyos para nueva biografía, esta vez como Barbara Graham, vulgar señora condenada a la cámara de gas.
Sucedió en la brillante "Quiero Vivir".
Aunque la boca seguía adicta a la mueca, el personaje duro de la penada se benefició del carácter de la propia Hayward.
Tanto la película como Susan son difícilmente olvidables, y la Academia, por fin, le dio la estatuilla que le había quitado el sueño.

"Quiero Vivir"

Como las grandes actrices de su época, Susan Hayward había probado que era insumergible. La edad no había sido un problema al fin y al cabo; sólo la había hecho más poderosa en escena. Sus exigencias fueron tan altas como sus apuestas y la yanqui había vencido.
Con la sensación del deber cumplido, se dijo esporádica mientras llegaban los sesenta. Aún se permitía algún retorno, a golpe de melodrama lujoso, desde la llorosa heroína de "La Calle de Atrás" hasta su desternillante divona Helen Lawson en la desternillante "El Valle de las Muñecas"·. 
Una de sus últimas intervenciones memorables aparece en "The Honey Pot", donde, de nuevo a las órdenes de Mankiewicz, ofrecía lo más parecido a una parodia de su ultrafemenina imagen.


El fallecimiento de su segundo marido la entristeció y cambiaba de rústica residencia, mientras se decía aficionada a los escenarios abiertos, a saborear sus victorias, a respirar aire puro.
No fue aire puro lo que había respirado en cierta ocasión, allá por 1956.
En "The Conqueror", uno de los rodajes más caóticos de su carrera, el equipo se instaló en un lugar de Utah, donde, supuestamente, estuvieron expuestos a toxinas radioactivas.
No se sabe si fue la causa, pero salta a la vista de que todos los actores que trabajaron en esa película - incluyendo John Wayne, Pedro Armendáriz y Agnes Moorehead - sucumbieron al cáncer años después.
Susan fue diagnosticada de un tumor cerebral en 1972 y supo enseguida que el telón estaba echado para ella.
Retirada, se permitió un último capricho de estrella. 
"Quiero ir por última vez a los Oscars", le dijo a los médicos. Éstos le recomendaron que se quedara en cama.
Ella se vistió de fuerza, se puso una peluca, se pintó las cejas y allí apareció en el escenario, del brazo de Charlton Heston, para leer el sobre a la mejor actriz.


Nunca se la volvió a ver en público. 
Al año siguiente, moría en su residencia hollywoodiense para que sus restos se trasladaran hacia su pacífico y solitario rancho de Georgia.
Se marchaba con 57 años y el sabor de la aventura en los labios.


"No sé cómo relajarme. La vida es demasiado corta para relajarse", había dicho la infatigable, la decidida, la dura. 
Prensara el cigarrillo, arreara bofetones o suplicara por un día más a tu lado, Susan Hayward no estaba para bromas y hacía su trabajo: emocionar, cautivar, seducir, ser mejor que ella misma, y así ganarse el cheque y el público al mismo tiempo.
La leyenda cuenta que, por el arduo camino desde Brooklyn hasta nuestras retinas, incluso la vida fue posible.