Mostrando entradas con la etiqueta Maria Cooper. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maria Cooper. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de septiembre de 2014

Notas de "El Manantial"


En cierta tensa velada, Maria, la hija de Gary Cooper, se acercó a Patricia Neal y no dudó en expresarle su opinión sobre la relación que ésta mantenía con su padre. La opinión era un escupitajo, en público. 
Sucedió cuando Patricia había entendido que lo suyo con Gary era imposible y, además de recibir el abucheo de todo el mundo, quedó embarazada sólo para que Cooper le pidiera que abortara.
Patricia se fue para no volver, se arrepintió del aborto y quizá también de haber hecho pública su relación con el astro cinematográfico, que estaba casado y le llevaba más de veinte años.


Patricia Neal sobrevivió a ese escándalo y a cosas mucho más graves, e incluso experimentó lo que la mujer de Gary Cooper cuando descubrió las infidelidades de su propio marido, el escritor Roald Dahl. 
Quizá por verla en igualdad de condiciones o porque el tiempo había pasado, Maria Cooper accedió a reencontrarse con Patricia Neal y la cosa se dijo pacífica y sin saliva de por medio.


La pregunta es: ¿Por qué Patricia Neal y Gary Cooper desvelaron su relación adúltera? ¿Por qué no la mantuvieron lejos de los focos del modo en que indiscreciones tamañas se ocultaban en el Hollywood de entonces? La respuesta está en la misma película donde su romance había comenzado. Era, por supuesto, "El Manantial" y, para situarnos, andamos por el año 1949.


En "El Manantial", Gary Cooper interpretaba al visionario e idealista arquitecto enfrentado a un sistema que pretende asimilarlo y Patricia Neal era la bella cronista de arte que lo comprende más que nadie, se enamora de él y se aleja porque no quiere ver cómo un mundo mediocre destruye a un genio.
"El Manantial" se estrenó entre una audiencia muy sorprendida y, estilísticamente, es una de las joyas de King Vidor, a nivel visual y melodramático. Es una película inolvidable por extravagante, fuertemente expresionista y con los ojos de loca de la Neal bien puestos a disposición de los acordes de Max Steiner.


Si eras seguidor de las madrugadas de "Cine Club" en La 2 quizá cazaste esta película del modo que lo hice yo: bajando el volumen para no despertar a todo el mundo con el siempre atronador musicón de Steiner. 
"El Manantial" me causó una profunda impresión, por entonces, un adolescente. 
Si la has visto, no podrás olvidar la escena en la que Patricia llega con el caballo y le da unos fustazos a Gary en toda la cara.
A mí también se me quedó grabada otra imagen, o más bien, la imagen producto de la decisión del protagonista, que prefiere trabajar en una cantera antes que sacrificar su arte por el dudoso gusto de las masas.
Esa muestra de integridad ha influido en mi pensamiento hacia la escritura y, hasta hace poco, dudaba si era bien o para mal.


Después de verla, se la proyecté a mi padre y él, terminada la sesión, hizo un gesto de desagrado y dijo: "Esto es un rollo anticomunista". 
Oh, la diferencia generacional, Mi padre es de los que leían las películas y yo soy de los que vibran con sus estilos.
Como mis opiniones siempre han estado ideológicamente a la izquierda, desde entonces desarrollé con "El Manantial" una relación amor-odio, diríase igual de caldeada que la que mantienen sus protagonistas.
Ahora puede decirse que es una de las películas de mi vida y que, si tuviera que elegir el sentimiento, es amor, sin duda.


Resultó curioso descubrir el dato hace unos años de que, pese al morbo de la relación entre Gary Cooper y Patricia Neal, la película no fue un éxito en 1949 y la Warner hasta perdió dinero con ella, además de recibir el palo de la crítica.
Pero "El Manantial" sí suscitó la curiosidad suficiente en el público para instigar qué había detrás de esa oda al individualismo. 
El mismo título de crédito revela que todo partía de una novela, escrita por la pensadora rusa Ayn Rand.
"El Manantial" publicada unos años antes, conocía nueva vida en ventas gracias a la película de Vidor, que ella misma había exigido guionizar.


Para la adaptación, Rand no sólo redactó el libreto, sino que demandó que todos sus diálogos permanecieran íntegros, se negó a que cortaran el larguísimo soliloquio final del protagonista y dijo que Howard Roark, el héroe de su novela, tenía que ser Gary Cooper.
Patricia Neal contó en cierta ocasión que Rand aparecía por el rodaje de vez en cuando, para comprobar que sus diálogos se pronunciaban debidamente.
El motivo de las exigencias de la escritora es el mismo que explica la decisión de Gary y Patricia de ventilar su relación: la filosofía que defiende la historia. 
El individuo frente al resto, la opinión de los demás no importa y la integridad de la obra es la integridad de una persona. Gary y Patricia, motivados por sus personajes, pensaron que no debían ofrecer explicaciones a nadie, mientras Rand quería que la traslación al cine fuera de una pieza, tal y como los diseños del héroe de su novela.
El efecto no fue el deseado en ambos casos. Para Gary y Patricia, decirlo fue arruinarlo, y los dardos de la crítica fueron derechos a los chirriantes que sonaban los diálogos de Rand en la película.


Aunque Ayn lo negara varias veces, "El Manantial" está basada en la vida y obra de Frank Lloyd Wright y la película lo sabe. 
El escenario de la historia se sitúa en las primeras décadas del siglo XX cuando la alta sociedad estadounidense estaba loca por la cultura del pasado y construía sus casas como amalgamas de estilos. 


Los diseños modernistas de Wright eran considerados feos cuando no imposibles, para que la Historia luego contara que se trataba de uno de los grandes artistas de la arquitectura.
La historia de Rand defiende el heroísmo de los mejores, de los importantes, de los genios, de los innovadores, frente a las masas, la prensa, el oportunismo y la avidez de poder. El socialismo, el altruismo y el intervencionismo son criticados hasta la extenuación. 
Valga el dato de que Ayn Rand era rusa. No hay que ser muy listo para saber que fue purgada en su país de origen, del que tuvo que expatriarse tras la Revolución bolchevique.


"El Manantial" es un gigante de ventas perpetuo y despierta a un renovado interés en ciertas épocas.
En esta crisis actual, se ha vuelto a poner de moda en ciertos círculos de Estados Unidos, aunque, ya desde años antes, se había reeditado a todo lujo por una editorial interesada en promover la filosofía individualista de Rand.  
Para no andar con muchas profundidades, diremos que el sistema de pensamiento de esta mujer se basa en la noción del individuo y en su relación con la realidad, considerada objetiva. 
Esta filosofía ha sido especialmente atractiva para jóvenes emprendedores, con su potenciación del yo y su depuración del pensamiento nietzschiano. No hay barreras y la superación es personal.
Los privilegiados la leen y les encanta, porque se ven contados como los verdaderos oprimidos, oh, esos pobres desgraciados que deben pagar impuestos, ser caritativos y sacrificar sus ambiciones en bien del interés general. La novela, en su pasaje más delirante, hasta ofrece un atentado terrorista a favor del buen gusto.
"El Manantial" ha sido considerada como una fantasía neoderechista y es muy cara por el Partido Republicano estadounidense, aunque algunas opiniones de la libertaria Rand - era atea y proabortista, por ejemplo - chocan de lleno con la agenda de dicho partido.
Sin embargo, la noción de un sistema capitalista sin ataduras, dejado hacer, es suculenta para los que aborrecen del intervencionismo del Estado y sus leyes reguladoras, mientras su sistema de valores individuales funciona como un apretar de tuercas a la idea más pura que el norteamericano tiene de sí mismo.
Decir que alguien lee "El Manantial" se cuenta como una característica desfavorable si se incluye en una película o serie.
Puede ser un personaje que no le importa el daño que hace a los demás, porque se considera más importante, como aquel de "Dirty Dancing" que no quiere asumir una paternidad y enseña un ejemplar de la novela de Rand.
Puede ser un empresario hecho a sí mismo, que se niega a responsabilizar de los daños medioambientales que ha provocado o de los despidos laborales que ha firmado sin pestañear, como Tom Skerritt en "The Good Wife". 
O puede ser un personaje que va por libre, no tiene intención de caer bien a nadie en particular y su egoísmo es su única forma de vida, como Sawyer en "Lost".


A todo esto, la pobre Patricia Neal se aplicó la filosofía de "a la plebe no le importa lo que haga con Gary" y lo único que se llevó fue un escupitajo. Eso sí que fue objetivo. 
Este verano, mis habituales reservas hacia la novela terminaron y me lancé a leerla. Es una obra persuasiva, sí. Como todo compendio de filosofía - y más una tan peligrosa y discutible como esta - , lo apropiado es quedarse con lo mejor.
Literariamente, "El Manantial" es mediocre. Rand no es una novelista distinguida - oh, ironía, ella no es Roark - y sus situaciones y personajes se repiten tanto como sus tesis. Páginas, páginas y páginas.
La historia es un melodrama que funciona a través de personajes tipo y situaciones tendenciosas, aunque la lubricidad sadomasoquista que rodea a la relación entre Roark y Dominique tiene esa contundencia que explotaría la película de Vidor que, dicho sea, es muy superior a la novela.


Aunque fastidiado por la iteración, había pasajes que podría escribir en la pared para que no se me olviden nunca más.
Puedo decir que la novela de "El Manantial" me ha revuelto positivamente, incluso por encima de la desfavorable opinión que tengo de ella.
Los diálogos de todos los personajes me parecían cargantes al extremo hasta que hablaba Roark. Esa defensa de la firmeza del carácter y ese descuido absoluto por la opinión ajena me sacudieron lo suficiente para calibrar lo poco que he ejercitado ambas cosas en los últimos años.
También me llevo su defensa del placer que propicia el mismo trabajo, por encima del éxito o del aplauso, y de la necesidad de embarcarse en toda hazaña sin esperar a nadie.
Y la imagen del artista que prefiere trabajar en una cantera se me antoja tan arrebatadora como cuando la vi por primera vez.
Mucho de lo que he emprendido en las últimas semanas se debe a la lectura de esa historia y es verdad aquello que se escribió para verse desde otro planeta: hay que leer a Ayn Rand. 


Más en un mundo donde la mediocridad es la moneda para funcionar y caer bien se dice obligatorio.
Y, como dicen que dijo Meryl Streep, para eso ya no tengo paciencia.

martes, 27 de noviembre de 2012

Reflejos de Gary Cooper


Se contó desde las botas de montar hasta los cigarrillos bien fumados, desde la mirada tranquila hasta la intensidad de su presencia. 
Gary Cooper, estrella y macho de Hollywood, niño de Montana devenido en duradera sensación de las pantallas, emblema de un cine antiguo que sólo podía conjugarse con hombres tan rotundos como él.
Todavía hoy Gary Cooper permanece como uno de los caballeros más hermosos, sensuales y elegantes que han pisado las pantallas. 
"Gary no era listo ni culto. Lo eligieron por su físico, como a casi todos los actores, que, al final, es lo que importa", diría Marlene Dietrich.


Nunca se paró de quererlo, una vez llegó a decirse que era el mayor hacedor de dinero de su país y, solo ante el peligro o en compañía de otros, fue una contradicción andante como todo americano de pro.
Lo explosivo de su imagen y su figura le venía por esa aleación de rusticidad y finura, quizá porque había nacido en plena Montana de padres británicos.
En algún lugar de su camino al estrellato, alguien escribió que no había esperanza en su talento escénico. Pero tan alto como era, tal imagen fidedigna de los héroes del Viejo Oeste, que pronto caería en una sucesión de títulos donde cruzaba las praderas pioneras, desenfundaba ante los canallas y enseñaba a fumar a toda una generación de espectadores.
Fue en la oscarizada "Alas" donde empezaría el mito Gary. Sólo le bastó una escena. 
Lo llamaron gorgeous, mientras el público se quedaba sin aliento ante tanta belleza americana. Carole Lombard encontraría la palabra perfecta: semental.

"Alas"

El semental Cooper se calzaría nuevamente las botas para "The Virginian", primer western sonoro y el que asentaría ese vaquero dandy y cool de los primeros años treinta, que lo grabaría en las bobinas y las retinas de la Depresión.


Lubitsch lo demandó exquisito, y su altura a fuerza de desgarbo servía como irónico guante a comedias de puertas y dobles entendidos como "Design For Living" o "La Octava Mujer de Barba Azul". Sin embargo, la comedia sofisticada le parecería lejana a este Gary, cuyos focos cedería gustoso al entonces incipiente Cary Grant.
Por entonces, también quedó claro que el uniforme le quedaba tan perfecto como el traje vaquero, y ahí estaba, haciendo arder a Marlene Dietrich en "Marruecos", llorando por Helen Hayes en "Adiós A Las Armas" o desatando pasiones coloniales en "Tres Lanceros Bengalíes".

"Tres Lanceros Bengalíes"

Era el huracán Cooper, pero el verdadero sentido de su imagen, la raíz de su carrera, el arado de sus héroes cercanos y corazonables fue cosa de Frank Capra.
Capra lo llamaba Longfellow Deeds y John Doe para dos de sus mejores películas. 
En "Mr. Deeds Goes To Town" y "Meet John Doe", Gary Cooper, a golpe de sátira social, incorporaba a dos cruzados cotidianos, que hacen frente a las adversidades de la época con la simple reivindicación del espíritu humano.
El estilo cooperanio - pausado, exquisitamente intuitivo, apabullante de pura calma - apareció en este par de fábulas caprianas, donde estuvo mejor que siempre.

"Mr. Deeds Goes To Town"

Fue entonces cuando Hollywood lo lanzaba como una de sus caras más reconocibles, uno de los cimentadores de su mito, en función de validarse frente a un público atenazado por la crisis y la vuelta del fragor bélico.
En "El Sargento York", Cooper interpretaba al famoso campesino que tornó su pacifismo en acción heroica, símbolo entonces de la necesaria intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. 
En la película, Cooper leía la Biblia, miraba con esos ojos y luchaba con la virilidad de los mejores. No extrañó a nadie que ese año le tocara un Oscar como una catedral.

"El Sargento York"

Héroe doméstico y, a la vez, divino. Era todo lo que querían ser otros. Era un espejo en el que mirarse e inspirarse.
Hemingway lo amaba platónicamente, lo veneraba, y aplaudió de emoción cuando lo eligieron de protagonista para dos adaptaciones de sus novelas.
Cooper respondía: "En mi vida, creo me habré leído poco menos que media docena de libros". Era el tarugo adorable, aquel que acudir cuando todo se va a la mierda. 


Sus héroes ya no eran dandys, ahora eran el reposo de una América redefinida. Cooper era, como rezaba una de sus películas, el orgullo de los yanquis.
Si era bonhomía en celuloide, el Gary Cooper de la vida real se conocía como un sátiro glotón y revientacamas de mucho cuidado.


Todo se lo comía. A todas se las comía. Hay cronistas que no se andan con rodeos: "Gary Cooper se acostó con todas y cada una de sus compañeras de reparto". 
Los habituales cazadores de bisexualidades hollywoodienses también han hablado de escarceos con hombres; de hecho, el diseñador Cecil Beaton afirmó mantener una aventura con el machote.

Con Lupe Vélez

Lupe Vélez fue el primer amor público y publicitado de Gary Cooper, a tenor de las sonadas broncas que protagonizaba la mexicana al irrumpir en el rodaje de "Marruecos". Tenía motivos: Marlene también tuvo ración de Gary.
En 1933, Cooper se casaba con la que sería su esposa durante toda su vida, Veronica Balfe. Un matrimonio que vivió entre las tormentas de la infidelidad, hasta el que pareció un punto de no retorno, al pairo de otro caldeado rodaje.
En "El Manantial", Gary se veía las caras con una veinteañera Patricia Neal. 
Película tan hot dio paso a un romance hot. El escándalo estuvo servido, y Maria, la única hija de Cooper, llegó a lanzarle un escupitajo a Patricia Neal para explicitarle su opinión sobre el asunto.

Con Patricia Neal en "El Manantial"

Las cosas se agravaron cuando Patricia anunció embarazo y Gary le pidió que abortara. Neal, deshecha, se dio la vuelta y no regresó.
Al cabo de los años, Gary se reconciliaría con su esposa y tanto ésta como su hija llegarían incluso a firmar una paz duradera con Patricia Neal.

Con Veronica Balfe

La década de los cincuenta pillaba desprevenido al gran Cooper y un par de fiascos parecieron condenarlo a cierto ocaso. 
Pero los tranquilos golpean dos veces, y apareció "High Noon", la película de Gary Cooper por excelencia.

"High Noon"

Le dio su segundo Oscar, mientras aparecía el vaquero desencantado en un Oeste distinto, más cercano a la realidad atribulada de una posguerra paranoica. 
Cooper, como anticomunista declarado, representaba irónicamente al héroe metafórico de los perjudicados por las listas negras de McCarthy. 
Él había defendido aquello llamado "valores americanos", pero nunca dio nombres ni le gustó lo que ocurría.
"Gary fue conservador, pero no derechista", diría Patricia Neal para definir a un hombre que sentía antes que pensaba, que miraba más que entendía, que hacía lo que creía justo y prefería navegar solo.
Es decir, más norteamericano que el chicle.


En 1961, la Academia de Hollywood se sentía aún en deuda con él y le concedía un Oscar honorífico. Su gran amigo, James Stewart, lo recogió en su nombre.
"Estamos muy orgullosos de ti", dijo Jimmy, "todos nosotros". Stewart no pudo reprimir las lágrimas. 
Al día siguiente, la prensa contó el porqué: Gary Cooper se moría de cáncer.
La enfermedad fue fulminante y se lo llevó con sesenta años. 
En su funeral, media profesión acudió a despedirlo, entre lágrimas de tranquilidad, esa misma tranquilidad que su mirada firme y pura concedió tantas veces a las plateas que soñaban con tipos como él.
Los héroes de Gary tocaban la tuba, callaban o sacaban las pistolas. Y, en todo momento, el mundo parecía un lugar decididamente más seguro con Cooper, infinitamente más hermoso.
Gary Cooper fue el lugar donde vivían los buenos de verdad.


Oh, sí, puedes decirlo y repetirlo: Ya no quedan hombres como Gary Cooper.