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viernes, 5 de septiembre de 2014

Notas de "El Manantial"


En cierta tensa velada, Maria, la hija de Gary Cooper, se acercó a Patricia Neal y no dudó en expresarle su opinión sobre la relación que ésta mantenía con su padre. La opinión era un escupitajo, en público. 
Sucedió cuando Patricia había entendido que lo suyo con Gary era imposible y, además de recibir el abucheo de todo el mundo, quedó embarazada sólo para que Cooper le pidiera que abortara.
Patricia se fue para no volver, se arrepintió del aborto y quizá también de haber hecho pública su relación con el astro cinematográfico, que estaba casado y le llevaba más de veinte años.


Patricia Neal sobrevivió a ese escándalo y a cosas mucho más graves, e incluso experimentó lo que la mujer de Gary Cooper cuando descubrió las infidelidades de su propio marido, el escritor Roald Dahl. 
Quizá por verla en igualdad de condiciones o porque el tiempo había pasado, Maria Cooper accedió a reencontrarse con Patricia Neal y la cosa se dijo pacífica y sin saliva de por medio.


La pregunta es: ¿Por qué Patricia Neal y Gary Cooper desvelaron su relación adúltera? ¿Por qué no la mantuvieron lejos de los focos del modo en que indiscreciones tamañas se ocultaban en el Hollywood de entonces? La respuesta está en la misma película donde su romance había comenzado. Era, por supuesto, "El Manantial" y, para situarnos, andamos por el año 1949.


En "El Manantial", Gary Cooper interpretaba al visionario e idealista arquitecto enfrentado a un sistema que pretende asimilarlo y Patricia Neal era la bella cronista de arte que lo comprende más que nadie, se enamora de él y se aleja porque no quiere ver cómo un mundo mediocre destruye a un genio.
"El Manantial" se estrenó entre una audiencia muy sorprendida y, estilísticamente, es una de las joyas de King Vidor, a nivel visual y melodramático. Es una película inolvidable por extravagante, fuertemente expresionista y con los ojos de loca de la Neal bien puestos a disposición de los acordes de Max Steiner.


Si eras seguidor de las madrugadas de "Cine Club" en La 2 quizá cazaste esta película del modo que lo hice yo: bajando el volumen para no despertar a todo el mundo con el siempre atronador musicón de Steiner. 
"El Manantial" me causó una profunda impresión, por entonces, un adolescente. 
Si la has visto, no podrás olvidar la escena en la que Patricia llega con el caballo y le da unos fustazos a Gary en toda la cara.
A mí también se me quedó grabada otra imagen, o más bien, la imagen producto de la decisión del protagonista, que prefiere trabajar en una cantera antes que sacrificar su arte por el dudoso gusto de las masas.
Esa muestra de integridad ha influido en mi pensamiento hacia la escritura y, hasta hace poco, dudaba si era bien o para mal.


Después de verla, se la proyecté a mi padre y él, terminada la sesión, hizo un gesto de desagrado y dijo: "Esto es un rollo anticomunista". 
Oh, la diferencia generacional, Mi padre es de los que leían las películas y yo soy de los que vibran con sus estilos.
Como mis opiniones siempre han estado ideológicamente a la izquierda, desde entonces desarrollé con "El Manantial" una relación amor-odio, diríase igual de caldeada que la que mantienen sus protagonistas.
Ahora puede decirse que es una de las películas de mi vida y que, si tuviera que elegir el sentimiento, es amor, sin duda.


Resultó curioso descubrir el dato hace unos años de que, pese al morbo de la relación entre Gary Cooper y Patricia Neal, la película no fue un éxito en 1949 y la Warner hasta perdió dinero con ella, además de recibir el palo de la crítica.
Pero "El Manantial" sí suscitó la curiosidad suficiente en el público para instigar qué había detrás de esa oda al individualismo. 
El mismo título de crédito revela que todo partía de una novela, escrita por la pensadora rusa Ayn Rand.
"El Manantial" publicada unos años antes, conocía nueva vida en ventas gracias a la película de Vidor, que ella misma había exigido guionizar.


Para la adaptación, Rand no sólo redactó el libreto, sino que demandó que todos sus diálogos permanecieran íntegros, se negó a que cortaran el larguísimo soliloquio final del protagonista y dijo que Howard Roark, el héroe de su novela, tenía que ser Gary Cooper.
Patricia Neal contó en cierta ocasión que Rand aparecía por el rodaje de vez en cuando, para comprobar que sus diálogos se pronunciaban debidamente.
El motivo de las exigencias de la escritora es el mismo que explica la decisión de Gary y Patricia de ventilar su relación: la filosofía que defiende la historia. 
El individuo frente al resto, la opinión de los demás no importa y la integridad de la obra es la integridad de una persona. Gary y Patricia, motivados por sus personajes, pensaron que no debían ofrecer explicaciones a nadie, mientras Rand quería que la traslación al cine fuera de una pieza, tal y como los diseños del héroe de su novela.
El efecto no fue el deseado en ambos casos. Para Gary y Patricia, decirlo fue arruinarlo, y los dardos de la crítica fueron derechos a los chirriantes que sonaban los diálogos de Rand en la película.


Aunque Ayn lo negara varias veces, "El Manantial" está basada en la vida y obra de Frank Lloyd Wright y la película lo sabe. 
El escenario de la historia se sitúa en las primeras décadas del siglo XX cuando la alta sociedad estadounidense estaba loca por la cultura del pasado y construía sus casas como amalgamas de estilos. 


Los diseños modernistas de Wright eran considerados feos cuando no imposibles, para que la Historia luego contara que se trataba de uno de los grandes artistas de la arquitectura.
La historia de Rand defiende el heroísmo de los mejores, de los importantes, de los genios, de los innovadores, frente a las masas, la prensa, el oportunismo y la avidez de poder. El socialismo, el altruismo y el intervencionismo son criticados hasta la extenuación. 
Valga el dato de que Ayn Rand era rusa. No hay que ser muy listo para saber que fue purgada en su país de origen, del que tuvo que expatriarse tras la Revolución bolchevique.


"El Manantial" es un gigante de ventas perpetuo y despierta a un renovado interés en ciertas épocas.
En esta crisis actual, se ha vuelto a poner de moda en ciertos círculos de Estados Unidos, aunque, ya desde años antes, se había reeditado a todo lujo por una editorial interesada en promover la filosofía individualista de Rand.  
Para no andar con muchas profundidades, diremos que el sistema de pensamiento de esta mujer se basa en la noción del individuo y en su relación con la realidad, considerada objetiva. 
Esta filosofía ha sido especialmente atractiva para jóvenes emprendedores, con su potenciación del yo y su depuración del pensamiento nietzschiano. No hay barreras y la superación es personal.
Los privilegiados la leen y les encanta, porque se ven contados como los verdaderos oprimidos, oh, esos pobres desgraciados que deben pagar impuestos, ser caritativos y sacrificar sus ambiciones en bien del interés general. La novela, en su pasaje más delirante, hasta ofrece un atentado terrorista a favor del buen gusto.
"El Manantial" ha sido considerada como una fantasía neoderechista y es muy cara por el Partido Republicano estadounidense, aunque algunas opiniones de la libertaria Rand - era atea y proabortista, por ejemplo - chocan de lleno con la agenda de dicho partido.
Sin embargo, la noción de un sistema capitalista sin ataduras, dejado hacer, es suculenta para los que aborrecen del intervencionismo del Estado y sus leyes reguladoras, mientras su sistema de valores individuales funciona como un apretar de tuercas a la idea más pura que el norteamericano tiene de sí mismo.
Decir que alguien lee "El Manantial" se cuenta como una característica desfavorable si se incluye en una película o serie.
Puede ser un personaje que no le importa el daño que hace a los demás, porque se considera más importante, como aquel de "Dirty Dancing" que no quiere asumir una paternidad y enseña un ejemplar de la novela de Rand.
Puede ser un empresario hecho a sí mismo, que se niega a responsabilizar de los daños medioambientales que ha provocado o de los despidos laborales que ha firmado sin pestañear, como Tom Skerritt en "The Good Wife". 
O puede ser un personaje que va por libre, no tiene intención de caer bien a nadie en particular y su egoísmo es su única forma de vida, como Sawyer en "Lost".


A todo esto, la pobre Patricia Neal se aplicó la filosofía de "a la plebe no le importa lo que haga con Gary" y lo único que se llevó fue un escupitajo. Eso sí que fue objetivo. 
Este verano, mis habituales reservas hacia la novela terminaron y me lancé a leerla. Es una obra persuasiva, sí. Como todo compendio de filosofía - y más una tan peligrosa y discutible como esta - , lo apropiado es quedarse con lo mejor.
Literariamente, "El Manantial" es mediocre. Rand no es una novelista distinguida - oh, ironía, ella no es Roark - y sus situaciones y personajes se repiten tanto como sus tesis. Páginas, páginas y páginas.
La historia es un melodrama que funciona a través de personajes tipo y situaciones tendenciosas, aunque la lubricidad sadomasoquista que rodea a la relación entre Roark y Dominique tiene esa contundencia que explotaría la película de Vidor que, dicho sea, es muy superior a la novela.


Aunque fastidiado por la iteración, había pasajes que podría escribir en la pared para que no se me olviden nunca más.
Puedo decir que la novela de "El Manantial" me ha revuelto positivamente, incluso por encima de la desfavorable opinión que tengo de ella.
Los diálogos de todos los personajes me parecían cargantes al extremo hasta que hablaba Roark. Esa defensa de la firmeza del carácter y ese descuido absoluto por la opinión ajena me sacudieron lo suficiente para calibrar lo poco que he ejercitado ambas cosas en los últimos años.
También me llevo su defensa del placer que propicia el mismo trabajo, por encima del éxito o del aplauso, y de la necesidad de embarcarse en toda hazaña sin esperar a nadie.
Y la imagen del artista que prefiere trabajar en una cantera se me antoja tan arrebatadora como cuando la vi por primera vez.
Mucho de lo que he emprendido en las últimas semanas se debe a la lectura de esa historia y es verdad aquello que se escribió para verse desde otro planeta: hay que leer a Ayn Rand. 


Más en un mundo donde la mediocridad es la moneda para funcionar y caer bien se dice obligatorio.
Y, como dicen que dijo Meryl Streep, para eso ya no tengo paciencia.

lunes, 11 de marzo de 2013

Besos, Cigarrillos, Tabúes, Incorrecciones


Desde aquellos cigarrillos hasta estos besos gay, desde los olvidados códigos de censura hasta nuestros abultados diccionarios de la corrección política, el mundo cambia y las pantallas lo cuentan.
Sólo hace falta comparar universos de ficción y lenguajes escénicos: esas realidades que escandalizarían a nuestros abuelos y hoy nosotros consumimos con toda tranquilidad, o esas cosas que antes eran inocentes y actualmente despertarían al malpensado.
La censura era quien borraba y desterraba lo que consideraba impropio; ahora lo hace la corrección política, a través de grupos de presión, memorandos y la propia reserva de los creadores.
Entre los códigos escritos y las normas actuales, mucho se ganó y algo se perdió.


En líneas generales, las pantallas contemporáneas se han vestido de explicitud y han podido abordar todo lo que los códigos censores dejaban en los márgenes de lo permitido.
La caída de la censura vivió en consonancia con la pérdida de la inocencia y ha sido inseparable; se perdió la desconfianza en el mundo y se entendió que las pantallas no podían ser limpias.
La ruptura fue a contracorriente y difícil, pero imparable. Desde que se levantó la alfombra, se entendió que el cine no debía ser blanco e hipócrita, sino realista, multirracial y comprometido.
¿El mundo cambiaba a las pantallas o las pantallas cambiaban al mundo? 
El primer beso del cine fue un escándalo y se tachó de suprema obscenidad. Poco después, ya se iba al cine por el beso y por los besos. Siempre fue cuestión de acostumbrarse.
La censura tachaba de imposible todo aquello que concernía a los tabúes sociales, desde la coexistencia interracial hasta la homosexualidad, pasando por el suicidio o las sangrías.
Así, en el cine clásico, hay mucha muerte, pero poca sangre. 

Monty Clift y Joanne Dru en "Río Rojo"

Sólo basta comparar la flecha que recibe Joanne Dru en "Río Rojo" con la que hiere a Dominique McEliggott en "Hell On Wheels". 
El tratamiento gráfico y dramático es distinto. Joanne apenas se duele; Dominique suda, se retuerce, llora y está a dos pasos de desangrarse hasta la muerte ante nuestros ojos.

Dominique McEliggott en "Hell On Wheels"

La diferencia es abismal.
Pero es muy curioso cómo el cine de antes puede resultar chocante, impropio y hasta escandaloso en muchas ocasiones para el espectador actual. 
Miles de sus situaciones, calcadas en una película contemporánea, serían impensables.
Veíamos el viernes cómo William Powell no paraba de beber en "The Thin Man".
Nick Charles se desvela en plena noche y se sirve un whisky. Y la cosa está tratada con alegría y sin complejos. 
En estos tiempos, cuando alguien bebe mucho en la pantalla, todo el público entiende que tiene un problema. 
Y hasta en la película más transgresora e irresponsable, el alcoholismo será finalmente tratado como un conflicto del individuo y nunca como una celebración eterna, del modo en que hace "The Thin Man". 
Es imposible entenderlo así, porque nuestro cerebro espectador asume culturalmente que beber mucho sólo conduce al sufrimiento.

William Powell en "The Thin Man"

Sucede lo mismo con el tabaquismo. 
La última heroína fumadora que recuerdo es Julia Roberts en "La Boda de Mi Mejor Amigo". Después sólo fumaron los malvados, y ahora no fuma ni Dios.
Incluso en los retratos de época el tabaco no es el apéndice glamouroso de otrora. 
En "Mad Men", el cigarrillo sirve, ante todo, para expresar los temas básicos de la serie: el machismo - esos despachos llenos de hombres soltando humo y fanfarroneando -, la alienación - Betty fumando sola en la cocina -, y la soledad autodestructiva - Don en los bares.

Jon Hamm en "Mad Men"

En "Boardwalk Empire", el doctor que atiende a Jimmy Darmody fuma, y el cigarrillo es visto como expresión de la indiferencia, casi desprecio, que siente el médico hacia sus pacientes.
En otros tiempos, el tabaco marcaba pantallas y dinamizaba puestas en escena. Los actores vendían tabaco y potenciaban su consumo. Y sólo basta ver una película clásica: dan verdaderas ganas de fumar. El tabaco era seducción.
Esa celebración de las drogas legales sería incongruente para nosotros.
La ironía: ahora se puede retratar el consumo de sustancias ilegales con toda aguja y descripción gráfica, pero ilustrar el tabaco como parte de una cotidianeidad, como nada más que un simple pitillo, es imposible y censurable. 
Algún personaje dirá forzosamente que es un hábito asqueroso.

Ida Lupino

Los espectadores actuales también estamos acostumbrados a ver todo tipo de peleas, tundas, patadones y descalabros.
Entonces, ¿por qué resulta chocante ver al bueno de Gary Cooper resolviendo muchos de sus problemas a puñetazo limpio?
Quizá porque nosotros hemos visto tanta violencia que ya la conocemos; es depresora, desfavorecedora, villana, ajusticiable, aunque quede impune. Un héroe no es héroe si pega.
En 1938, el momento del puñetazo limpio de Gary Cooper se aplaudía, se reía y hasta se imitaba en los patios escolares. 
Ahora, un puñetazo en un drama convencional sólo se entendería como la reacción de un antihéroe o como la última opción ante la desesperación, y nunca como el celebrable recurso cómico ni como el atributo del bondadoso.

Gary Cooper en "Mr Deeds Goes to Town"

Más desconcertante es ver a Jean Arthur, arrastrándose literalmente por el suelo ante el mismo Gary Cooper, esta vez en "The Plainsman", firmada por Cecil B. DeMille. 
Las mujeres de las películas de DeMille, esas humilladas ante el impasible macho de turno, no encontrarían hueco en ninguna superproducción contemporánea.
También sería extremadamente incorrecto en una película actual de Hollywood el modo en que Robert Taylor mandonea y agarra a Denise Darcel en "Caravana de Mujeres".
Aún así, es más históricamente cierto ese comportamiento sexista entre una pareja en el Oeste norteamericano - sobre todo, al estar formada por un vaquero y una prostituta - que cualquier otro menos ofensivo para nosotros. 
Hoy se le daría a esa relación un enfoque más políticamente correcto y, por tanto, anacrónico.

Denise Darcel y Robert Taylor en "Caravana de Mujeres"

Suele pasar también en el tratamiento de las minorías. 
Nos resulta escandalosa la descripción de los afroamericanos en las películas antiguas. Aparecen muy poco y, en todo caso, como criados de caras graciosas y poco seso. 
El estereotipo de Prissy, la negrita que no se entera de nada en "Lo Que El Viento Se Llevó", fue beneficiosamente superado.
Pero la corrección política lleva nuevamente a la anacronía. 
Ahora es imposible colocar a una Prissy en una película histórica de Hollywood; aunque sea doloroso, entre las consecuencias del racismo, la esclavitud y la marginalidad, se contaban la ignorancia y la abundancia de niñas Prissy. 

Butterfly McQueen en "Lo Que El Viento Se Llevó"

La corrección política destierra la posibilidad de aceptar la verdad incómoda y, especialmente en la ficción norteamericana, se ha pasado de la calumnia a la mordaza cuando se abordan cultura y modos de las minorías.
Además, es un callar no escrito, sometido a la arbitrariedad del lobby de turno y siempre sujeto a cierto ridículo.
El último episodio de "Archer" se mofaba de esa ley audiovisual del silencio. 
En una escena, un policía de la frontera aseguraba que no podía dejar que pasaran mexicanos por la frontera, porque era su trabajo impedir la entrada de terroristas.
El protagonista decía: 
- ¡Pero si los terroristas son otros!
- ¡Son los islámicos! - terciaba una señora.
- No diga eso, señora. En América, no se dice quién. Se deja entrever.
El individuo piensa lo mismo, pero hasta se siente mal al pensarlo, bajo ese código de censura inarticulado, pero fuerte e impregnado ya en su psique.
Sabemos bien que el humorista que lo rompe del todo, puede ir derecho a la cola del paro. 
Los guionistas de "Archer" también lo saben, así que sólo coquetean y ponen el chiste incorrecto en boca de personajes incorrectos, definitiva estrategia para hacerlo inofensivo.
El espectador se ríe y queda cómodo; el lobby aludido, también.

"Archer"

El malpensado es la gran creación de la corrección política.
Y, volviendo a la entrañable ingenuidad del Hollywood dorado, éste funciona como un verdadero festín para inadvertidos significados.
Ahí está una secuencia de "Gentleman Jim", donde Errol Flynn y Jack Carson se despiertan en la misma cama, tras una noche de borrachera. 
Hoy vemos esa escena y subimos la ceja. 
En su momento, eran sólo dos amigos que se despertaban en la misma cama y el público era incapaz de decodificar esa secuencia como algo más.

Jack Carson y Errol Flynn en "Gentleman Jim"

Otra secuencia imposible irrumpe en "Cita en San Luis". La familia se pregunta dónde está Tootie, y alguien informa tranquilamente que está repartiendo hielo con el Señor Neely.
A continuación, aparece la niña Tootie en un carromato, se le ven las enaguas y lo primero que le pregunta al rústico señor Neely es el sexo de su caballo. 
Esa secuencia, completamente inocente en 1944, la calcamos y el público de 2013 entendería que la familia de Tootie está a dos pasos de contactar con la detective Olivia Benson.

Chill Wills y Margaret O'Brien en "Cita en San Luis"

Sólo haría falta que el Señor Neely saludase a Tootie al pasar por su casa.
Antes, no había nada malo en la amistad de una niña con un señor del pueblo; en estos tiempos, es cortesía de lo creepy, es grandguignol para Wisteria Lane.
No hay que ir tan lejos. 
En Youtube, se encuentra un anuncio de McDonalds, llamado "Daddy's Girl", que cuenta el blanco idilio entre un padre y su hija, con el restaurante de comida rápida como su momento especial.
En los años ochenta, ese anuncio era simplemente cursi. Hoy resulta terrorífico, porque las imágenes cobran un doble significado, vinculado con la alarma social que puede desprender una relación tan estrecha entre padre e hija.


Cuando la alarma social choca con el tabú, lo desvirtúa hasta en su potencial cómico. 
Hacia principios de los noventa, este país se moría de la risa con un sketch del dúo Martes y Trece. 
Su título era "Mi marido me pega", y Millán Salcedo interpretaba a una mujer maltratada que lloraba en televisión.


Años más tarde, el tabú del maltrato doméstico se convirtió en primera plana periodística y preocupación social de alto nivel, y ese sketch dejó de hacer gracia. 
Hoy a ningún comediante se le ocurriría ni siquiera pensarlo. Algo semejante en televisión equivale a denuncia y ostracismo.
Porque los cómicos saben siempre que pueden jugar con tabúes, pero no con alarmas sociales. 
Veamos el caso de un irreverente como Sacha Baron Cohen. Su Borat besa a una chica para luego afirmar que es su hermana.
El chiste es grueso, porque juega con el tabú del incesto. Sin embargo, Cohen es consciente de que si la respuesta fuese "Es mi hija" o "Es mi mujer y le pego todos los días", el público mayoritario consideraría que es un hijo de puta y que el chiste no tiene ninguna gracia. 

Sacha Baron Cohen en "Borat"

¿Por qué? Quizá, porque desciframos que un hombre se acueste con su hermana como algo más descabellado, más ficticio, más alejado de nuestra realidad y, por tanto, más gracioso por improbable, que el hecho - sórdido, real, presente, reconocible - de que maltrate a su mujer o que abuse de un menor a su cargo.
Todos los cómicos más bestias, los showrunners más trangresores o los presentadores de premios más incorrectos entienden que sus chascarillos sólo deben andar por la punta de ese iceberg que representa la corrección política, o toda la colección de tabúes, decencias, alarmas sociales, profilaxis, extractores de humo y demás represiones de la sociedad contemporánea.
Al final, en la retahíla de chistes y ocurrencias de los que se llaman irreverentes o destroyers, sólo hay un juego bastante artificial con la represión propia y ajena.
Hay quien ve en ese triunfo de la corrección política una forma de totalitarismo o una buena intención de la sociedad que acaba siendo contraproducente para el individuo, reprimido de lo que piensa y/o ignora en torno al mundo que le rodea.
Obviamente, no reírse con "Mi marido me pega" es síntoma de que ya no se tolera una situación horrible.
Y también es preferible una pantalla llena de besos gay antes que de cigarrillos. Los cigarrillos no son buenos, y los besos gay, lo mejor del mundo. 

Jake Gyllenhall y Heath Ledger en "Brokeback Mountain"

Pero resulta curioso cómo este presunto reino nuestro del "todo vale" no lo es tanto, al fin y al cabo.
Unos códigos se cambian por otros, y más que progreso en sentido estricto, se produce un reemplazo sintomático de normas y expectativas sociales ante lo que ocurre en la vida y lo que deseamos ver en las pantallas.

martes, 27 de noviembre de 2012

Reflejos de Gary Cooper


Se contó desde las botas de montar hasta los cigarrillos bien fumados, desde la mirada tranquila hasta la intensidad de su presencia. 
Gary Cooper, estrella y macho de Hollywood, niño de Montana devenido en duradera sensación de las pantallas, emblema de un cine antiguo que sólo podía conjugarse con hombres tan rotundos como él.
Todavía hoy Gary Cooper permanece como uno de los caballeros más hermosos, sensuales y elegantes que han pisado las pantallas. 
"Gary no era listo ni culto. Lo eligieron por su físico, como a casi todos los actores, que, al final, es lo que importa", diría Marlene Dietrich.


Nunca se paró de quererlo, una vez llegó a decirse que era el mayor hacedor de dinero de su país y, solo ante el peligro o en compañía de otros, fue una contradicción andante como todo americano de pro.
Lo explosivo de su imagen y su figura le venía por esa aleación de rusticidad y finura, quizá porque había nacido en plena Montana de padres británicos.
En algún lugar de su camino al estrellato, alguien escribió que no había esperanza en su talento escénico. Pero tan alto como era, tal imagen fidedigna de los héroes del Viejo Oeste, que pronto caería en una sucesión de títulos donde cruzaba las praderas pioneras, desenfundaba ante los canallas y enseñaba a fumar a toda una generación de espectadores.
Fue en la oscarizada "Alas" donde empezaría el mito Gary. Sólo le bastó una escena. 
Lo llamaron gorgeous, mientras el público se quedaba sin aliento ante tanta belleza americana. Carole Lombard encontraría la palabra perfecta: semental.

"Alas"

El semental Cooper se calzaría nuevamente las botas para "The Virginian", primer western sonoro y el que asentaría ese vaquero dandy y cool de los primeros años treinta, que lo grabaría en las bobinas y las retinas de la Depresión.


Lubitsch lo demandó exquisito, y su altura a fuerza de desgarbo servía como irónico guante a comedias de puertas y dobles entendidos como "Design For Living" o "La Octava Mujer de Barba Azul". Sin embargo, la comedia sofisticada le parecería lejana a este Gary, cuyos focos cedería gustoso al entonces incipiente Cary Grant.
Por entonces, también quedó claro que el uniforme le quedaba tan perfecto como el traje vaquero, y ahí estaba, haciendo arder a Marlene Dietrich en "Marruecos", llorando por Helen Hayes en "Adiós A Las Armas" o desatando pasiones coloniales en "Tres Lanceros Bengalíes".

"Tres Lanceros Bengalíes"

Era el huracán Cooper, pero el verdadero sentido de su imagen, la raíz de su carrera, el arado de sus héroes cercanos y corazonables fue cosa de Frank Capra.
Capra lo llamaba Longfellow Deeds y John Doe para dos de sus mejores películas. 
En "Mr. Deeds Goes To Town" y "Meet John Doe", Gary Cooper, a golpe de sátira social, incorporaba a dos cruzados cotidianos, que hacen frente a las adversidades de la época con la simple reivindicación del espíritu humano.
El estilo cooperanio - pausado, exquisitamente intuitivo, apabullante de pura calma - apareció en este par de fábulas caprianas, donde estuvo mejor que siempre.

"Mr. Deeds Goes To Town"

Fue entonces cuando Hollywood lo lanzaba como una de sus caras más reconocibles, uno de los cimentadores de su mito, en función de validarse frente a un público atenazado por la crisis y la vuelta del fragor bélico.
En "El Sargento York", Cooper interpretaba al famoso campesino que tornó su pacifismo en acción heroica, símbolo entonces de la necesaria intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. 
En la película, Cooper leía la Biblia, miraba con esos ojos y luchaba con la virilidad de los mejores. No extrañó a nadie que ese año le tocara un Oscar como una catedral.

"El Sargento York"

Héroe doméstico y, a la vez, divino. Era todo lo que querían ser otros. Era un espejo en el que mirarse e inspirarse.
Hemingway lo amaba platónicamente, lo veneraba, y aplaudió de emoción cuando lo eligieron de protagonista para dos adaptaciones de sus novelas.
Cooper respondía: "En mi vida, creo me habré leído poco menos que media docena de libros". Era el tarugo adorable, aquel que acudir cuando todo se va a la mierda. 


Sus héroes ya no eran dandys, ahora eran el reposo de una América redefinida. Cooper era, como rezaba una de sus películas, el orgullo de los yanquis.
Si era bonhomía en celuloide, el Gary Cooper de la vida real se conocía como un sátiro glotón y revientacamas de mucho cuidado.


Todo se lo comía. A todas se las comía. Hay cronistas que no se andan con rodeos: "Gary Cooper se acostó con todas y cada una de sus compañeras de reparto". 
Los habituales cazadores de bisexualidades hollywoodienses también han hablado de escarceos con hombres; de hecho, el diseñador Cecil Beaton afirmó mantener una aventura con el machote.

Con Lupe Vélez

Lupe Vélez fue el primer amor público y publicitado de Gary Cooper, a tenor de las sonadas broncas que protagonizaba la mexicana al irrumpir en el rodaje de "Marruecos". Tenía motivos: Marlene también tuvo ración de Gary.
En 1933, Cooper se casaba con la que sería su esposa durante toda su vida, Veronica Balfe. Un matrimonio que vivió entre las tormentas de la infidelidad, hasta el que pareció un punto de no retorno, al pairo de otro caldeado rodaje.
En "El Manantial", Gary se veía las caras con una veinteañera Patricia Neal. 
Película tan hot dio paso a un romance hot. El escándalo estuvo servido, y Maria, la única hija de Cooper, llegó a lanzarle un escupitajo a Patricia Neal para explicitarle su opinión sobre el asunto.

Con Patricia Neal en "El Manantial"

Las cosas se agravaron cuando Patricia anunció embarazo y Gary le pidió que abortara. Neal, deshecha, se dio la vuelta y no regresó.
Al cabo de los años, Gary se reconciliaría con su esposa y tanto ésta como su hija llegarían incluso a firmar una paz duradera con Patricia Neal.

Con Veronica Balfe

La década de los cincuenta pillaba desprevenido al gran Cooper y un par de fiascos parecieron condenarlo a cierto ocaso. 
Pero los tranquilos golpean dos veces, y apareció "High Noon", la película de Gary Cooper por excelencia.

"High Noon"

Le dio su segundo Oscar, mientras aparecía el vaquero desencantado en un Oeste distinto, más cercano a la realidad atribulada de una posguerra paranoica. 
Cooper, como anticomunista declarado, representaba irónicamente al héroe metafórico de los perjudicados por las listas negras de McCarthy. 
Él había defendido aquello llamado "valores americanos", pero nunca dio nombres ni le gustó lo que ocurría.
"Gary fue conservador, pero no derechista", diría Patricia Neal para definir a un hombre que sentía antes que pensaba, que miraba más que entendía, que hacía lo que creía justo y prefería navegar solo.
Es decir, más norteamericano que el chicle.


En 1961, la Academia de Hollywood se sentía aún en deuda con él y le concedía un Oscar honorífico. Su gran amigo, James Stewart, lo recogió en su nombre.
"Estamos muy orgullosos de ti", dijo Jimmy, "todos nosotros". Stewart no pudo reprimir las lágrimas. 
Al día siguiente, la prensa contó el porqué: Gary Cooper se moría de cáncer.
La enfermedad fue fulminante y se lo llevó con sesenta años. 
En su funeral, media profesión acudió a despedirlo, entre lágrimas de tranquilidad, esa misma tranquilidad que su mirada firme y pura concedió tantas veces a las plateas que soñaban con tipos como él.
Los héroes de Gary tocaban la tuba, callaban o sacaban las pistolas. Y, en todo momento, el mundo parecía un lugar decididamente más seguro con Cooper, infinitamente más hermoso.
Gary Cooper fue el lugar donde vivían los buenos de verdad.


Oh, sí, puedes decirlo y repetirlo: Ya no quedan hombres como Gary Cooper.