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martes, 8 de julio de 2014

La Eternidad Según Olivia de Havilland


En su cuaderno vital, se escribieron muchas ambiciones, esas que vivirían a la altura de su delicada belleza, cual venida de un cuento de hadas. Ahí fue donde se rubricó: ser una gran actriz, destacar entre todos, vivir para siempre. 
Hace una semana, Olivia de Havilland le ganaba otro pulso a la vida y cumplía 98 años con la intención de cumplir el tercer propósito. 
Se impone la admiración, esa a la que está acostumbrada desde hace más tiempo del que llevamos nosotros sobre la Tierra. 
Aquel tiempo en el que se reveló como una actriz luchadora, siempre pendiente de un hilo, victoriosa, adicta a sorprender, premiada, querida.


Poco tenía que ver con las heroínas tranquilas de sus primeros años. Olivia emprendía y se la reconocía independiente. 
Como muchas actrices de Hollywood, las de nombre propio, las que buscaron mejor interpretación y menos glamour, Olivia es un símbolo de feminismo sin declararse nunca feminista. La alergia a conformarse, ahí estuvo la clave.


Aunque ahora las crónicas recuerden más la enemistad con su hermana Joan Fontaine que sus victorias interpretativas, Olivia de Havilland fue quien abrió aguas a otra manera de entender a los actores de Hollywood, para los que ganó el respeto y el cuidado que merecían. Su triunfo parecía puntuar lo evidente: las estrellas eran la llave de la emoción por el cine.
Esa llave la guardó Olivia en muchas de sus apariciones, desde adorables hasta magníficas, atravesando por momentos realmente memorables. 
Escrupulosa como pocas, su técnica actoral ha resistido mejor el paso del tiempo que los empeños de muchas de sus contemporáneas. Y, sin duda, resta la apreciación de siempre: a pesar de los honores y los premios, Olivia es una gran subestimada.


Quizá el mismo epíteto que se le puede poner a toda mujer que sale de la sombra de una segunda fila y se gana el pan con la fuerza de sus dorados ovarios. 
De delicada tenía sólo las facciones; de resistente, ahí lo demuestra soplando nonenagenarias velas cada primero de julio.


El primero de julio de 1916, nació Olivia Mary de Havilland en Tokio, de padres británicos asentados en la capital japonesa. La vena artística estaba en la familia, apaciguada, aplazada en los deseos de la madre, Lillian, que renunció a su carrera por seguir a su negociante marido, que le devolvió infidelidades como pago.
Al año siguiente de Olivia, nació Joan, y las dos niñas crecieron entre las crecientes disputas de sus padres. 
Lillian puso la excusa de la salud de sus hijas para mudarlas al cálido clima de California, y ese fue sólo el motivo del divorcio. El padre volvió a Japón con su amante, la criada japonesa, que se convertiría en su segunda esposa. Lillian se casó también por segunda vez, con el estricto George Fontaine.
El divorcio, la mala relación con su padrastro y la obsesión de Lillian por devenir a Olivia en la gran actriz que ella nunca fue se dijo la trastienda y causa freudiana para la rivalidad entre las hermanitas, que duraría de por vida y aún alienta crónicas fascinantes.

Con su hermana Joan Fontaine

Encamarada a una representación teatral, Olivia de Havilland fue cazada por Max Reinhardt, el primer cautivado por la naturalidad escénica de la nena, a quien llevó al teatro y luego a Hollywood.
El encanto fue inmediato, entre la distinción británica de Olivia, su impecable y envolvente voz y esa limpia hermosura de niña buena, de amplia frente, ojos tiernos y labios para besar y no parar.
La Warner le firmó contrato y la suerte llegó en 1935 cuando aceptó colocarse al lado de un desconocido actor tasmano. 
La película se llamaba "El Capitán Blood" y el tasmano era, por supuesto, Errol Flynn.
El público se enamoró de la pareja desde el primer momento. Él era el romántico pirata y ella, la distinguida dama que cierra el parasol para unirse a la aventura. Guapos a rabiar - él siempre más que ella, todo hay que decirlo - e ideales para acción de época y amor de los ayeres.
Ocho películas juntos, que los pasearon también por el western y la comedia, donde repitieron la química y fijaron una de las parejas más imperecederas del celuloide. 


¿Se repetía el amor detrás de las cámaras? Él escribió en sus deliciosas memorias que se enamoró de ella de inmediato. 
"Olivia era preciosa y distante", poco adicta a soportar sus bromas de seductor. 

Ideal Lady Marian en "Robín de los Bosques"
Ella, enterada mucho tiempo después, se sorprendió, reconocida que también deseaba a Errol, quién era ella para resistirse a los encantos de Flynn. 
Reconoció que hizo bien en contenerse - "lo contrario me hubiese arruinado" -, mientras aseguraba que el hecho de que Errol Flynn estuviese casado fue determinante.

Con Errol Flynn en "Dodge City"

Por entonces, Olivia ya pedía más carne dramática que la de gritar por ayuda al héroe del bigotito. 
La Warner se resistió desde el principio, porque, como buen estudio clásico, era fan de la repetición y el arquetipo. Conflictos similares había tenido con James Cagney y Bette Davis, que perdieron respectivas demandas y volvieron al trabajo.
Aún así, los jerarcas dijeron que sí la primera vez que Olivia quiso nadar a sus anchas. 
David O. Selznick buscaba a Escarlata O'Hara, decían los titulares, pero también a Melania Hamilton. 

Como Melania en "Lo Que El Viento Se Llevó"

Olivia dio su primer golpe de fuerza al perseguir incansablemente a Selznick para conseguir ese papel. Ella misma ha contado cómo se ganó el favor de Ann, la mujer de Selznick, y cómo aparecía de improvisto en cenas del productor para obtener el sí, mediado por el obligado préstamo del estudio.
"Lo Que El Viento Se Llevó" es la película que ha fijado a Olivia de Havilland en la Historia del Cine más que ninguna otra. 
Melania bien pudo ser mera comparsa del más estimulante rol de Escarlata, pero, como de costumbre en la De Havilland, hizo mucho con poco y su aparición en la película contiene muchas de las toneladas de emoción de la leyenda fílmica. 
Melania, la chica buena que se despide como una gran señora. No quedaron pañuelos.

Con Vivien Leigh en "Lo Que El Viento Se Llevó"

Convencida de que ganaría el Oscar a la mejor actriz de reparto, la sorprendente victoria de su compañera Hattie MacDaniel la rascó y, como buena obsesiva, se prometió que mejor lo recibiría otro año, como actriz principal.
De vuelta a la Warner, ésta pareció ignorar su victoria con Selznick y, de nuevo, sombrilla y tafetán al lado de Errol Flynn en "Murieron Con Las Botas Puestas". Fue su última película con él.
"Pasear por la vida a su lado, señora mía, ha sido el mayor de los placeres", le decía Custer a su esposa previo a misión suicida en la película, escena que cobra ahora una emoción al ser lo que le dice el viejo Errol a su Olivia antes de despedirse cinematográficamente.

Con Errol Flynn en "Murieron Con Las Botas Puestas"

1941 fue un arma de doble filo. La Paramount la demandaba para el primero de sus patitos feos: la profesora embaucada por el gigoló de "Si No Amaneciera", inusual melodrama, que la devolvía a la terna por el honor de la Academia. 

Con Charles Boyer en "Si No Amaneciera"

Que le ganara esa noche su hermanita Joan Fontaine no fue bueno ni para la difícil relación que tenía con la victoriosa ni con el imposible acuerdo que tenía con la Warner.
Llegó la demanda. Al final de su contrato de siete años, la Warner penalizó a Olivia por haber rechazado papeles y la obligó a extender su período con el estudio. Ella denunció y, al contrario de lo sucedido con Cagney y Davis, se salió con la suya.
Fue un hito, todavía señalado como "la demanda De Havilland", que impulsó parcelas de libertad creativa para los actores de Hollywood y los alivió de los asfixiantes estudios y sus rigurosos métodos de trabajo.
Para Olivia, fue cuestión de aguantar la respiración y esperar. Dijeron que no trabajaría más en el cine, pero a lo largo de tres años de parón, no hizo más que tomar impulso.
Cuando regresó en 1946, demostró que no había quien la hundiese. 
Estrenó cuatro películas en un solo año. Entre ellas, el simpático thriller de gemelas "The Dark Mirror", bien informada ella de disputas fraternales.

"The Dark Mirror"

Y, de manera más decisiva, el melodramón "To Each His Own", donde se entregaba por completo a la saga de una madre soltera a la espera de recuperar a su hijo.
La película, de llorar y no parar, colmó sus ansias oscarianas por primera vez y también fue la prueba del respeto que se había granjeado en la profesión con su actitud combativa.

Como Josephine Norris en "To Each His Own"

En los siguientes años, eligió con cuidado y desafío. 
Otra interpretación de elogio fue la chica que, de repente, se da cuenta que lleva mucho tiempo en un manicomio en la tremenda "Nido de Víboras", donde se desglamourizó para ofrecer impactante retrato de la locura femenina.

"Nido de Víboras"

Cuando ya se la elogiaba como la actriz más fina de los años cuarenta, remataba y terminaba la década con "La Heredera", otro patito feo que se las cobra al final, esta vez ante el bellezón de Montgomery Clift. 

Con Montgomery Clift en "La Heredera"

Se cuenta que el público femenino la odió por primera vez por rechazar en pantalla a semejante nene, pero ella se llevó su segundo Oscar y la acertada sensación de que lo había demostrado todo.



Desde entonces, se vistiera de época - "Mi Prima Raquel" - o de contemporánea - "No Serás Un Extraño" -, sus ansias se apaciguaron y sus apariciones cinematográficas se decían de excepción.
Que hubiese rechazado el papel de Blanche en "Un Tranvía Llamado Deseo", pudo ser elocuente para explicar su inevitable antigüedad. Para la actriz que había desafiado un modo de producción, resultaba irónico que pereciese a la par que éste, a lo largo de los años cincuenta, cuando nuevos vientos irrumpían por los cines. 
Cual vieja gloria en los sesenta, se permitió dos paseos por el terror. 

"Lady In A Cage"

El primero, como la mujer que se queda encerrada en un ascensor en "Lady In A Cage" y el segundo, cuando sustituyó a Joan Crawford, despedida y/o excusada del rodaje de "Hush.. Hush, Sweet Charlotte".
Olivia fue requerida expresamente por Bette Davis y brindó su única y verdadera villana para el cine: la hipócrita prima Miriam.

Con Bette Davis en "Hush... Hush, Sweet Charlotte"

La experiencia de participar en una película tan macabra e ir contra su arquetipo de buena no le gustó demasiado y confesó que lo hizo por Bette.
Porque Bette y Olivia se querían mucho, cosa excepcional. Entre toda la sarta de veneno que la loca genial de la Davis dedicó a sus compañeras de profesión, preguntada por la de Havilland, siempre dijo: "Olivia es una amiga". 


No se decían las cosas tan ideales con su propia hermana, Joan Fontaine, relación rota tras la muerte de su madre en 1975. Según cuenta la versión oficial, no volvieron a dirigirse la palabra.


Por entonces, Olivia de Havilland aparecía poco en pantalla y tras dos paseos por el cine catastrofista, se centró en la pequeña pantalla a lo largo de los ochenta.
Pese a cobrarse alguna aparición de renombre, se confesó descontenta con el medio televisivo y, en 1988, se retiró definitivamente.
Se la podía encontrar en París, residencia desde 1960, donde se había establecido con su segundo marido, el periodista Pierre Galante. Pese a separarse en cuestión de una década, siguieron en contacto y, de hecho, ella estuvo a su lado, cuidando y velando su largo cáncer hasta su muerte en los años noventa.
La temida enfermedad ya se había cobrado a su primer hijo, Benjamin, tristes escenarios donde Olivia demostró su fuerza, esta vez sin necesidad de focos y cámaras. 
Durante años rodeada de misterio y llamadas sin contestar, Olivia reaparece cuando quiere, deleitada por la eternidad de "Lo Que El Viento Se Llevó" - "durará para siempre", dice la experta en perdurar - y por el estatus irrepetible de los actores de su época. 


Acudiese a premios, homenajes, honores, con la llegada del nuevo milenio, Olivia de Havilland se ha permitido por penúltima vez su especialidad: dar la sorpresa, levantar el aplauso.


En los últimos años, la irresistible rivalidad con su hermana Joan, vieja historia favorita de la prensa de espectáculos, ha recobrado atención, especialmente cuando se despejaba la incógnita de quién moriría antes.
El pasado diciembre, fallecía Joan Fontaine a los 96 años, en California, muy lejos de su hermana. La familia informó que Olivia estaba "triste y en shock" por lo sucedido. 
Que Olivia haya tenido palabras más elocuentes tras el fallecimiento de Mickey Rooney evidencia que ni la vejez ni la muerte han curado las heridas entre las hermanas.


¿Queda algún último capítulo, mi querida Olivia de Havilland? ¿Una buena sorpresa como colofón? ¿O sólo esperar a la triste noticia? ¿Firmaste por cien? Dime que sí, por favor. Es la responsabilidad de ser la superviviente en mayúsculas. ¿Cómo te vas a morir ahora?
Dicen que cumplir tanto y llegar tan lejos está sobrevalorado por los que no hemos cumplido ni las tres cuartas partes, así que, con toda probabilidad, ya no tengas nada más que hacer que acurrucarte en tus recuerdos de vida, éxito, testarudez, alegrías y tristezas, y agradecer cada brillo del sol como un juguetón regalo divino.


Si era tu cumpleaños hace una semana, hoy has sido la invitada del segundo aniversario de "Imitación A La Vida", blog que ha estado encantado de celebrarlo con la co-protagonista de uno de sus primeros y más visitados posts - además, tu historia también nos ha traído a este día otros queridos míos como Errol Flynn, Bette Davis y Joan Fontaine - pero, sobre todo, con la última leyenda viva de la farándula en mayúsculas.
Que tu energía y supervivencia sean inspiración para más vida en "Imitación A La Vida". 


Se te quiere con locura, eterna.

martes, 10 de diciembre de 2013

Genialidad y Locura de Vivien Leigh


El extraordinario talento de Vivien Leigh vivía a la altura de su belleza, aunque, como todo en ella, se decía en conflicto, en contraste, en ambivalencia. 
Su rostro en pantalla registraba esos rápidos cambios de ánimo que contaron su expresividad como actriz dramática, pero también deslizaban el dolor de su enfermedad mental, mal diagnosticada, peor tratada.
Vivien Leigh fue una gran enemiga de sí misma y la víctima de sus demonios, mientras su nombre se escribía en la leyenda con sólo un puñado de interpretaciones.
Pese a los aplausos, los premios, la fama, Vivien apareció en menos de veinte películas. 


Los riesgos la motivaban tanto como la destrozaban, los hombres eran refugio y calvario, los retornos se contaban siempre espectaculares. La salud, débil. 
Vivien Leigh era una mujer de apariencia frágil y fuerte al mismo tiempo, que bien sonreía felina o levantaba la ceja derecha en señal de preocupación.
Todos aman a Vivien Leigh, o la amaron alguna vez. Aunque no siempre recibiera buenas críticas, su sensibilidad y ambición jamás pasaron desapercibida. 
De nuevo, se impuso la ambivalencia. "Cuando me llamaron gran actriz, depositaron una enorme carga de responsabilidad sobre mí".
Ya fuera en heroínas shakespearianas, bellezas sureñas o damas marchitas, Vivien se arrogó la capacidad de emocionar y hacer temblar al mismo tiempo. Hay algo pavoroso en lo que transmitían sus interpretaciones, como si en ellas se contasen muchas de sus luchas interiores, algo de su corazón roto.
Con Vivien, podría decirse aquello de que era una actriz decididamente única y uno de los ejemplos de esa regla nunca escrita de que, para ser genial, has de estar como una cabra.


Nacida en la India británica a principios del siglo pasado, Vivian Marie Hartley encontró en la interpretación la medida de sus sueños. Sueños que compartía con su amiga de infancia, Maureen O'Sullivan, y, mientras se dejaban los suspiros en viajar y conocer gente, se subieron a sus primeras representaciones teatrales.
Vivien aseguró que parte de su bipolaridad se debía al distinto carácter de sus padres. Él, un oficial inglés, optimista, decoroso. Ella, una mujer decidida, inconformista, que buscaba genealogías poderosas detrás de su origen y, en ocasiones, decía encontrarlas.
La familia se mudó a Londres y Vivien se enroló en la Escuela de Arte Dramático. Por aquel entonces, se casó con el abogado Leigh Holman, quien le diera una hija y el nombre para su apellido artístico.
La convivencia duró muy poco y estuvo mediatizada por el interés artístico de Vivien, que su primer marido nunca compartió.


En 1935, Vivien Leigh aparecía en su primera película, que ya captó su exquisito rostro, aunque la verdadera excitación residía en los teatros londinenses. Mucho más cuando se conjugaban con el nombre de Laurence Olivier.
Fue Ofelia para su "Hamlet", mientras se enamoraban entre bambalinas y comenzaban a vivir juntos, apartados de la esfera pública, al estar los dos casados. 
Laurence, su Larry, observó por primera vez un episodio maníaco de Vivien, que, nerviosa, insegura, protagonizaba berrinches para luego quedarse callada, en paz, sin saber lo que había ocurrido. 
Ya desde "Hamlet", trascendía su reputación como actriz complicada.


Los productores de "Un Yanqui en Oxford", primera película en Hollywood, señalaron la complicación de la nueva nena a su agente, una vez terminado el rodaje. 
A pesar de todo, Vivien llamaba la atención a cualquier ojo de gusto, mientras,en sus ratos libres, ella leía y releía la novela de moda, escrita por una tal Margaret Mitchell, y se veía claramente en el papel protagonista.
En Estados Unidos, la caza de la mujer para incorporar a Escarlata O'Hara comprendía a todas las actrices y aspirantes de la época. 
Vivien fue descartada en un principio por David O. Selznick, para reencontrarla en el estudio, observando las llamas del decorado, donde se recreaba el incendio de Atlanta.
Fue entonces cuando accedió a hacerle la prueba y, reducida la competencia a cuatro actrices, el papel más norteamericano imaginable fue a parar a una actriz británica.


Vivien Leigh compró billete de ida a Hollywood y la producción de "Lo Que El Viento Se Llevó" se le reveló compleja y agotadora. 
El peso de la película estaba sobre ella, mientras George Cukor, renombrado director de mujeres, era sustituido por el macho Victor Fleming; Vivien se sintió descuidada por éste, mientras debía trabajar largas y penosas horas de rodaje, además de la dolorosa separación de su amado Larry, que se encontraba en Londres.
Más allá de su fama de niña complicada, "Lo Que El Viento Se Llevó" fue la prueba de que, por encima de caprichos y arrebatos, era una actriz trabajadora y disciplinada.
Las inmejorables noticias fueron recompensa. La búsqueda había merecido la pena y estaba claro que sólo una mujer pudo ser Escarlata O'Hara. 
Vivien era la única capaz de contagiar con su simple presencia y un arqueo de cejas esa mezcla de sexualidad, imbecilidad y valentía, esa unión de niña eterna y hembra de armas tomar, esa dicotomía entre señora destruida un día y superviviente al siguiente.
Vivien Leigh ganó su primer Oscar, las mejores críticas de su carrera y un puesto en el corazón de muchos espectadores durante generaciones, largamente emocionados por su interpretación. 
Más que interpretación, había dado vida a un personaje inigualable.


Pese a la llamada al estrellato y un nuevo éxito melodramático con "El Puente de Waterloo", Vivien Leigh desoyó, porque se sentía actriz más que chica de glamour, mientras volvía presurosa a los brazos de Laurence Olivier. 
Tras conseguir los divorcios y ceder la custodia de sus respectivos hijos, Vivien y Laurence se casaron en 1940.


El matrimonio se hizo predilecto de las cámaras y objetivos, si bien sus ambiciones teatrales fueron más decisivas que cualquier película de fama. 
Tras ser acusados de obviar el conflicto bélico internacional, los Olivier dedicaron energías y giras a animar las tropas.
En uno de sus viajes, fue cuando Vivien cayó enferma de tuberculosis. El mismo año sufría un aborto y se sumía en una dolorosa depresión, donde no faltaron momentos de violencia física y verbal hacia su marido.
A lo largo de un viaje en Australia, la relación se quebró para siempre. 
"La perdí en Australia", diría Laurence, mientras ella se entregaba a otros hombres, lloraba y volvía a Larry. 
Él era el testigo y destinatario de todos los ataques de Vivien, ocultada la verdad a los demás. Laurence se convirtió en el enfermero de su esposa.
Temporadas de recuperación y vuelta a los escenarios eran el necesario día siguiente. Vivien, tras la inactividad, decidía volver con ganas.
Su papel de ambición a finales de los años cuarenta era otra dama sureña de mucha nota: Blanche Dubois, la ajada soñadora de "Un Tranvía Llamado Deseo". 
Tras interpretarla en varios escenarios y en rivalidad con Jessica Tandy, que la incorporó en Broadway, Vivien conseguía el rol en la adaptación cinematográfica.
Marlon Brando diría que Vivien era Blanche y, después de que los dos ofrecieran unos recitales indescriptibles de pura genialidad, ella confesaría que la Dubois le hizo más daño que bien.
Dentro de una de las películas más notorias y sexualizadas de su época, Vivien se alzaba con el segundo Oscar y se vivía una buena ratificación de su talento, de sus ojos, de su imaginación como actriz 


Regresaron los demonios, en esta ocasión en el plató de "La Senda de Los Elefantes", donde sería invitada finalmente a abandonar la película, entre sus inseguridades y la turbulenta relación que había iniciado con Peter Finch.
Al final, Vivien necesitó rondas de electroshock para controlar su manía depresiva. Se cuenta que, horas después de salir de uno de esos terribles tratamientos, era capaz de salir a escena sin perder comba.
En 1960, llegaba el divorcio de Laurence Olivier. Anunciado, merecido, tardío. 
Pese a que ella tenía otra relación, nunca superó la pérdida de Larry y la tristeza se intensificó.


Entre sombras y luces, sus últimos años dieron escasos, aunque buenos, frutos, y las películas aún le proporcionaban oportunidades de alcance como "La Primavera Romana de la Señora Stone" o "El Barco de Los Locos".
En el verano de 1967, la tuberculosis volvía y la postraba en su cama londinense. La encontrarían poco después, en el suelo del cuarto de baño, con los pulmones inundados y quizá la paz finalmente hallada.
Moría con sólo 53 años.


"Las actrices duran mucho tiempo y siempre hay maravillosos papeles que interpretar", dijo Vivien, la optimista entre la tristeza, la brillante desde la oscuridad.
Pocas personalidades han logrado tanta fascinación en los espectadores con tan breves momentos, pero tal vez sea la excepción quien ha hecho más intensa la imagen de Vivien Leigh. 
Placer demasiado exquisito esta loca y genial señora. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Lo Que Hollywood Enseñó


Contestar a Hollywood - dudar de sus logros, rebatir su eficacia, ridiculizar sus proezas, insistir en sus deficiencias - es una costumbre habitual en la cinefilia, que se entiende como aquel que replica a un padre temible, al que, a pesar de los pesares, quiere con toda su alma.
A propósito del cine norteamericano, se puede decir que todos sus hallazgos fueron prestados. Sus mejores y más clásicas películas viven de influencias y muchas de ellas están firmadas por directores extranjeros; en ellas, se puede apreciar lo que tomó de las novelas decimonónicas, de la ópera italiana, de las vanguardias artísticas y hasta del Kabuki japonés. Y, cuando se quiso maduro, allá por los años sesenta, se desvivió por imitar a los nuevos y jóvenes directores que le respondían desde Europa y Asia.
¿Cuál es el logro entonces?
Además de su imponente esfuerzo de producción y su musculatura industrial, pasa precisamente por ser capaz de integrar todas sus influencias y hacerlas suyas, de introducirlas en películas inmensamente populares y soberanamente entretenidas, que conquistaron al mundo.


Son muchas las deudas que Hollywood tiene con el resto del planeta, pero hoy hablaremos de cómo el cine norteamericano lo cambió todo. 
Ha vendido gato por oro, nos ha hecho creer que Cleopatra era blanca, que Oskar Schindler era un héroe y, de manera significativa, que el capitalismo es bueno. A sus imágenes, se ha prendido el consumo y el consumismo.
Pero también ha construido los sueños de miles de seres humanos y labrado las inspiraciones de multitud de cineastas. Sin el cine norteamericano, no existiría el cine. Y, sin sus entrañables fallos, no existirían las fabulosas correcciones que llegaron de allende los mares.
Nacido en un momento clave de la Historia, es curioso que el estilo de vida norteamericano en imágenes triunfase y arrasase en los países que fueron sus enemigos durante la contienda bélica. Alemania, Italia y Japón fueron sus mejores aprendices.


El cineasta Yasujiro Ozu confesó que creía que su país ganaría la guerra hasta que vio "Fantasía", de Walt Disney. "Si los americanos podían hacer películas así, nos iban a vencer".
Si hablamos de obra de Hollywood de impacto, debemos empezar, necesariamente, por "Lo Que El Viento Se Llevó".
Ante todo lo que se pueda decir de la película en sí, se impone la verdad de que la saga de Escarlata O'Hara cambió el juego para siempre.
Y toda filmografía nacional que se quiera industria sabe que debe confeccionar una superproducción de similar fasto.


En la India, "Lo Que El Viento Se Llevó" gustó tantísimo que definió el corte de las películas de Bollywood: larguísimas, opulentas, fuertemente coloridas, trágicas, aunque optimistas, donde el protagonista recorre el duro camino de los harapos a la riqueza.


"Lo Que El Viento Se Llevó" contó la Historia a ras del suelo, en el que un personaje ficticio se dice reacio a entender lo que está ocurriendo en su destruido mundo, y, finalmente, se convierte en un símbolo de su tiempo cambiante. ¿El quid de la cuestión? Es un cuento visto desde la perspectiva de una civilización decadente y derrotada.
Derrotado también estaba el Príncipe Fabrizio de Salina de "El Gatopardo" ante un mundo que se arruinaba a sus ojos.
Pese a que su discursiva sea más compleja y profunda, la película de Luchino Visconti es la respuesta italiana a "Lo Que El Viento Se Llevó" y está entendida como superproducción de la misma manera.

"El Gatopardo"

Y en una saga triste y sin colores de procedencia japonesa llamada "La Condición Humana", también encontramos el sello de Escarlata O'Hara. 
Una duración de nueve horas y las suntuosas coreografías de cámara de Masaki Kobayashi nos cuentan el Japón que perdió la guerra, a través de los ojos de un pacifista que sigue adelante, pese a la miseria y el corazón roto.

Tatsuya Nakadai en "La Condición Humana"

"Lo Que El Viento Se Llevó" es ejemplo de que el cine de Hollywood está hecho de momentos cumbre, donde el drama se intensifica y la música sube de volumen, para emocionar, epatar, conquistar los sentidos de los espectadores, tenerlos sujetos. 
Y hacerlos llorar como niños.

Shirley Temple

Si algo descubrieron los cineastas norteamericanos fue la exposición sin vergüenza ni complejos de la pena humana. El protagonista está triste y llora; el espectador hará lo propio. 
El cine de llorar fue de especial relevancia en países donde expresar los sentimientos de esa manera no era habitual.
Así la necesidad de que el espectador llore se convirtió en la urgencia porque la nación entera lo haga. 

Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo en "Los Paraguas de Cherburgo"

Los rudimentos básicos, las estructuras narrativas y las exuberancias formales fueron los crayones con los que se pintó Hollywood. Así se vendió a espectadores de todos los países, necesitados de universos optimistas, historias sencillas de entender e iconos de belleza y erotismo.
La posguerra articuló el cine como una cuestión sentimental, por su entidad de refugio, y en el caso de la triste noche española, "Gilda" y las películas de Alfred Hitchcock se harían santo y seña de toda una generación. 


La adoración por las estrellas fue más allá de la estrategia comercial y se hizo una verdad íntima, apegada a las emociones. 
Ahí tenemos a la protagonista de "Primavera Tardía", de Yasujiro Ozu, que asegura que su prometido se parece a Gary Cooper. 
Sutil consuelo melancólico: si es guapo como una estrella de cine, al menos no será tan terrible casarse con un hombre desconocido.

"Primavera Tardía"

Gary Cooper también era cosa para encomendarse en momentos de aflicción, como demostró Pilar Miró en su película-confesión "Gary Cooper, Que Estás En Los Cielos".
Insiste en esa idea de consolarse con la inalcanzable perfección del macho del Viejo Oeste, ese que librará de todo mal.


Ante la ebullición de los directores internacionales en los años cincuenta, sesenta y setenta, Hollywood atendió, asimiló, desechó. 
Su mayor descubrimiento, venido del Extremo Oriente, se llamó Akira Kurosawa, quizá el cineasta japonés más devoto del gran espectáculo al estilo Hollywood.
En su "Yojimbo", no había nada más y nada menos que una revisión en toda regla del western.

"Yojimbo"

Y, como decíamos la semana pasada, Italia puso oídos y manos a la obra para crear el spaghetti-western, según el esquema de "Yojimbo" y revolucionando un género por el camino. 
Cambiaba el paisaje, replicaba las faltas de Hollywood, si bien es evidente que los artífices del spaghetti-western amaban América con obsesión.
Sergio Leone contó Estados Unidos desde la fascinación y su fastuoso epílogo cinematográfico se llamó, cómo no, "Érase Una Vez En América".
Aparece como el supremo pastiche del género gangsteril y como el definitivo homenaje a las formas y tragedias que Hollywood vendió como propias.

"Érase Una Vez En América"

El exceso y la lacrimogenia son dos factores esenciales para entender la conquista de Hollywood, pero también su revestimiento estético. Hablo del uso del color.
"Lo Que El Viento Se Llevó" puso el color como condición inexcusable para perpetrar grandiosidad. Y qué colores. 
Amarillo, azul y rojo pintóse el Technicolor y, desde esa paleta básica, se contó otro episodio del hipnótico kitsch del cine norteamericano.

Jane Wyman y Rock Hudson en "Sólo El Cielo lo Sabe"

El cromatismo restallante expresaba lujo, pero los melodramas de Douglas Sirk lo aprovechaban para cernirlo amenazadoramente sobre sus protagonistas. Ese uso del color imposible para remarcar tensiones sería bien atendido por cineastas extranjeros.
Rainer Werner Fassbinder, compatriota e hijo putativo de Douglas Sirk, calcó la escenografía de su maestro para contraponer la artificialidad circundante con el sufrimiento propio.

"Todos Nos Llamamos Alí"

Y para Luchino Visconti, heredar el color hollywoodiense era señal de lujo, pero también expresión de la decadencia.

Helmut Berger en "La Caída de Los Dioses"

Esa identificación del rojo como motivo del gran drama se halla también en la paleta de directores contemporáneos. Es el caso de Wong Kar-Wai, que vistió de colores hollywoodienses su ecléctica e internacionalista  "In The Mood For Love".

"In The Mood For Love"

También rojo para el mexicano Arturo Ripstein en la propiamente titulada "Profundo Carmesí", donde, además, la protagonista asegura que su amorcito es igual que Charles Boyer.
Nuevo guiño a la pegada del viejo Hollywood, que iba con facilidad de la obsesión hasta la alienación.

"Profundo Carmesí"

François Truffaut era uno de los amantes del cine norteamericano que lo contradecía a la par que lo honraba. 
Una de sus películas se llama, sin más preámbulos, "La Noche Americana". El título obedece a las curiosas noches de los títulos del Hollywood clásico, donde se puede observar que están rodadas de día.

Jean-Pierre Léaud y François Truffaut en "La Noche Americana"

"La Noche Americana" ganó el Oscar a la mejor película extranjera, premio que funciona como esa llamada a los mejores del cine internacional y, a veces, una elección mucho más acertada y arriesgada que el premio gordo de la noche.
Esos Oscars han sido entendidos como las propias superproducciones: un acontecimiento mundial, al que hay que atender, desde Nueva Escocia hasta Bujumbura.
Los productos de Hollywood saben de la anticipación y del evento. Hacerse necesarios es esa lección que enseña a todo país o filmografía que aspire imitarlo. 

El japonés Ken Watanabe y la francesa Marion Cotillard en "Inception"

Lástima que, tras ser deslumbrante y después de madurar, encontrase la incómoda realidad de que no tenía que ser bueno para seguir conquistando al mundo entero. 
Fue entonces cuando, también aprendido de una lección europea, descubrió que era más decisiva la promoción que la calidad de las películas.
Hoy continúa siendo el imperio que fue, dividido en todas las ramas posibles del entretenimiento, infiltrado en los lugares más recónditos del planeta, gracias a las nuevas tecnologías.
Sus títulos ganan siempre y el mercado internacional es precisamente quien salva muchos de sus errores domésticos.


Hollywood es el temible rey que porta la Biblia del cine en sus manos.
Podríamos entender que todo lo que se ha hecho fuera de sus límites son los añadidos a ese texto sagrado, los justísimos apuntes, los márgenes necesarios, que dieran fruto a un texto revisado.
Texto que se olvida en función de estrategias de marketing, modas o el simple hecho de que todo lo hacen - y lo hicieron - para ganar dinero. 
Aún así, entre sus imágenes, pervive un generoso espacio para otro factor que los hizo merecedores de esa corona: la dulce, dulcísima sorpresa.