Mostrando entradas con la etiqueta Escarlata O'Hara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escarlata O'Hara. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de junio de 2014

Llora, Tío


Anoche tuve un sueño. Oía llorar en a la habitación de al lado. Una mujer joven sollozaba sin consuelo. La mujer era una mezcla de mis hermanas, todas mis compañeras de piso y las amigas que he tenido a lo largo de mi vida. Era una de ellas, aunque ninguna en particular.
- ¿Por qué lloras, hija?
- Mi... mi madre - me decía, tartamuda, sin poder tranquilizarse.
- ¿Qué pasa? ¿Se ha muerto?
- Nooooo - decía, llorando con más fuerza. - Está mala de la garganta.
- Ah.
- ¡Y la culpa es tuya! 
- ¿Eh?
- ¡Te di todos los Strepsils y no dejaste ninguno!
Dicen que las mujeres lloran mucho y los hombres no sabemos cómo. Dicen que no lo hacemos. Que ya deberíamos en los momentos cumbre, cuando una lágrima puede expresar lo que estás sintiendo. Si muchos lloraran más, serían menos violentos, dicen, aunque esa es una idea bastante peregrina. Hay cabrones muy llorones.
Una canción muy famosa de Miguel Bosé aseguraba que los chicos no lloran, tienen que pelear. Más que abogar por el seco lacrimal de los varones, aludía a su precaria educación sentimental. Durante generaciones, a lo largo de las épocas, el género masculino ha sido poco brillante en terrenos sentimentales. Propagar que la delicadeza es una debilidad no debió ayudar mucho al adecuado progreso en las materias del corazón.
Siempre que veo "Lo que el viento se llevó", me maravilla ese momento donde Escarlata O'Hara manipula a Ashley y Melania con sus lágrimas. 


Yo quiero hacer eso y nunca me ha salido. Una vez estaba perdiendo una discusión con un amigo y, borrachos los dos, yo quería echarme unas lágrimas al final para enternecerlo y que su victoria en la disputa fuese menos.
Lo que me salió fue un quejido lastimero, un tanto patético, con lágrimas secas y carita de Dawson, a lo que mi amigo, aún más enfadado de lo que estaba, remató:
- Esto no es un melodrama, Josito.
Tengo amigos que sufren porque son incapaces de emocionarse hasta la lágrima. Y, de repente, están viendo una final de "Operación Triunfo" y, bam, se echan a llorar lo que no lloran desde bebés.


Los hombres sí lloran. Lo hacen muchísimo y es mentira que no sepan cómo. Lloran con el fútbol, con la guerra, con las injusticias, cuando mueren sus amores o cuando deshaucian a sus madres. Cuando no pueden hacer nada por evitarlo, cuando todo está perdido, cuando ganan los malos.
Es el auténtico desconsuelo lo que mueve al lacrimal del más recio. Arruga la cara y, mientras abandona el campo de la derrota, ay, qué pena.


Lloran cuando se pierde o con el final de "Toy Story 3". Hay que atacar donde duele. Conmover a un hombre que nunca llora es acertar de pleno, porque apelas al niño que una vez fue, al que tiene ahí dentro, acallado. 
Suena una música que recuerda algo perdido y hasta el más tieso hijo de puta hace rodar lágrimas de sal por sus rústicos carrillos. Nació llorando, algo recordará de la dinámica.


En cierta ocasión, oí a un vecino muy machista echándole la bronca a su hijo de ocho años. El pobre niño se echaba a llorar y el padre se enfadaba más:
- Y no me llores, coño, que sckhfciurwghcfiyrew!
El niño lloraba más, hasta que entendía. Se sorbía los mocos, se contenía un poco y las lágrimas caían sin ruido. Estaba aprendiendo a llorar como un hombre. Para dentro, en silencio. Apartando la mirada. Quitándose las lágrimas a manotazos, como si quemaran.
Los hombres sollozan mucho y a su pesar.
- He llorado tanto que no te lo puedes imaginar - me decía otro amigo cuando venía de romper de mutuo acuerdo con su novia. Oh, se acabó el amor que fue tan sublime, ¿quién es el guapo que no llora?
- Qué dolor, qué dolor - repetía, y yo recordaba aquello de que no hay nada que dé más tristeza que ver a un grandullón destrozado en sollozos. 
Esos sollozos que consiguen el amor y la guerra, los dos acontecimientos que lo cambian todo en la vida de las personas.


Cuando los futbolistas lloran se consagran como los machos sollozadores del planeta.
James Dean y los otros chicos del Actors Studio fueron los primeros que lloraron delante del mundo, pero los que le dan a la pelota son los campeones de las lágrimas. No paran, es que no paran.
Y los aficionados también. Como todo en el fútbol y demás fastos deportivos, la trivialidad del asunto se rellena con importancia atribuida. Al fútbol se va a descargar emociones reprimidas, sí. ¿Se llora en el fútbol lo que no se puede llorar en otros lugares?


Llora, coño, llora, le podría decir aquel padre a su hijo, si lo ve triste, impotente, amargado, necesitado de una buena llorera. Las lágrimas lo curan todo, pese a su incomodidad y obvio aguafiestismo.
Es mi fiesta y lloro si quiero, dice cierta canción.
La imagen de ella llorando y el con cara de "no sé qué pasa ni qué le he dicho" es muy recurrente.
Ellas saben llorar, dicen. No sé si les resulta inevitable. En mi familia, son todas unas lloronas y una de las imágenes más repetidas de mis infancias son esas lágrimas negras de rímel de Lady Montez cuando veía cualquier chorrada mínimamente emotiva en la tele. 
Si aquellos se contienen demasiado, éstas se reconocen incontrolables. 
- Vete a la mierda, pesada.
- Buaaaaa!
- Cuánto te quiero y cuánto te echaré de menos.
- Buaaaaa!
- Se ha muerto el hámster.
- Buaaaaa!
- Me he comido todos los petit-suisses, lo siento.
- Buaaaa!
- ¿Estás viendo "Tomates Verdes Fritos"?
- Buaaaaaa!


A riesgo de parecer sexista, no diré que todas las mujeres se comportan así ni acusaré a veleidosas hormonalidades. Supongo que es una cuestión de educación. Yo también quiero llorar cuando se comen todos los petit-suisses, pero no me sale. No sé si porque me enseñaron que era marica hacerlo. Los chicos no lloran, tienen que pelear.
A pesar de todo, a mí me gusta llorar y, cuando lo hago con una película o una serie, lo confieso y lo indico como prueba de calidad. Si un melodrama no conmueve, no es melodrama ni es nada.


Será por los futbolistas o por James Dean, las lágrimas de un hombre ahora se entienden mejor que nunca. Quien todavía sostenga que son una debilidad que se reboce en alcanfor.
Así que llora, tío. 
Consagremos este 2014 como el año en que no paramos de llorar. Yo, que nunca lloro espontáneamente, lo he hecho muchas veces en los últimos meses. Como una nenita, con la cara arrugada, sin poder explicar qué pasa. Lloré de pena cuando me despedí de mi peluquera de Madrid, lloré de nostalgia cuando vi el último atardecer tras diez años en la ciudad, lloré de miedo cuando llegué a Londres, lloré de frustración cuando me di cuenta de que me había equivocado. 
Me metí en la habitación deprisa para que mis compañeros de piso no me viesen las lágrimas cuando les dije: "ha sido un placer vivir con vosotros". 
Lloré en el baño del aeropuerto. De cansancio, de alivio, de sueño. Prometí no llorar cuando volví a ver a mis padres. Y no lloré.
El otro día estaba riéndome con mi hermana y, de repente, empecé a llorar. Por todo el tiempo que ha pasado, porque nos hicimos mayores sin darnos cuenta, porque la vida es la historia de nuestros bellos fracasos. Esa historia que, un día, simplemente se acaba. 
Lloremos porque no somos niños. Lloremos como tales. Llora, coño, porque tu madre está mala de la garganta, porque se han acabado todos los Strepsils. Llora porque los chicos sí lloran y todavía tienen que pelear. 
Pelea con las lágrimas, que caigan por esas mejillas peludas con la perfección de los lagrimones de la Virgen del Carmen.


Llora, tío, tanto que no te lo puedas imaginar. Llora porque el amor no llega o porque la guerra ha vuelto. Llórame, coño, que sckhfciurwghcfiyrew!

martes, 10 de diciembre de 2013

Genialidad y Locura de Vivien Leigh


El extraordinario talento de Vivien Leigh vivía a la altura de su belleza, aunque, como todo en ella, se decía en conflicto, en contraste, en ambivalencia. 
Su rostro en pantalla registraba esos rápidos cambios de ánimo que contaron su expresividad como actriz dramática, pero también deslizaban el dolor de su enfermedad mental, mal diagnosticada, peor tratada.
Vivien Leigh fue una gran enemiga de sí misma y la víctima de sus demonios, mientras su nombre se escribía en la leyenda con sólo un puñado de interpretaciones.
Pese a los aplausos, los premios, la fama, Vivien apareció en menos de veinte películas. 


Los riesgos la motivaban tanto como la destrozaban, los hombres eran refugio y calvario, los retornos se contaban siempre espectaculares. La salud, débil. 
Vivien Leigh era una mujer de apariencia frágil y fuerte al mismo tiempo, que bien sonreía felina o levantaba la ceja derecha en señal de preocupación.
Todos aman a Vivien Leigh, o la amaron alguna vez. Aunque no siempre recibiera buenas críticas, su sensibilidad y ambición jamás pasaron desapercibida. 
De nuevo, se impuso la ambivalencia. "Cuando me llamaron gran actriz, depositaron una enorme carga de responsabilidad sobre mí".
Ya fuera en heroínas shakespearianas, bellezas sureñas o damas marchitas, Vivien se arrogó la capacidad de emocionar y hacer temblar al mismo tiempo. Hay algo pavoroso en lo que transmitían sus interpretaciones, como si en ellas se contasen muchas de sus luchas interiores, algo de su corazón roto.
Con Vivien, podría decirse aquello de que era una actriz decididamente única y uno de los ejemplos de esa regla nunca escrita de que, para ser genial, has de estar como una cabra.


Nacida en la India británica a principios del siglo pasado, Vivian Marie Hartley encontró en la interpretación la medida de sus sueños. Sueños que compartía con su amiga de infancia, Maureen O'Sullivan, y, mientras se dejaban los suspiros en viajar y conocer gente, se subieron a sus primeras representaciones teatrales.
Vivien aseguró que parte de su bipolaridad se debía al distinto carácter de sus padres. Él, un oficial inglés, optimista, decoroso. Ella, una mujer decidida, inconformista, que buscaba genealogías poderosas detrás de su origen y, en ocasiones, decía encontrarlas.
La familia se mudó a Londres y Vivien se enroló en la Escuela de Arte Dramático. Por aquel entonces, se casó con el abogado Leigh Holman, quien le diera una hija y el nombre para su apellido artístico.
La convivencia duró muy poco y estuvo mediatizada por el interés artístico de Vivien, que su primer marido nunca compartió.


En 1935, Vivien Leigh aparecía en su primera película, que ya captó su exquisito rostro, aunque la verdadera excitación residía en los teatros londinenses. Mucho más cuando se conjugaban con el nombre de Laurence Olivier.
Fue Ofelia para su "Hamlet", mientras se enamoraban entre bambalinas y comenzaban a vivir juntos, apartados de la esfera pública, al estar los dos casados. 
Laurence, su Larry, observó por primera vez un episodio maníaco de Vivien, que, nerviosa, insegura, protagonizaba berrinches para luego quedarse callada, en paz, sin saber lo que había ocurrido. 
Ya desde "Hamlet", trascendía su reputación como actriz complicada.


Los productores de "Un Yanqui en Oxford", primera película en Hollywood, señalaron la complicación de la nueva nena a su agente, una vez terminado el rodaje. 
A pesar de todo, Vivien llamaba la atención a cualquier ojo de gusto, mientras,en sus ratos libres, ella leía y releía la novela de moda, escrita por una tal Margaret Mitchell, y se veía claramente en el papel protagonista.
En Estados Unidos, la caza de la mujer para incorporar a Escarlata O'Hara comprendía a todas las actrices y aspirantes de la época. 
Vivien fue descartada en un principio por David O. Selznick, para reencontrarla en el estudio, observando las llamas del decorado, donde se recreaba el incendio de Atlanta.
Fue entonces cuando accedió a hacerle la prueba y, reducida la competencia a cuatro actrices, el papel más norteamericano imaginable fue a parar a una actriz británica.


Vivien Leigh compró billete de ida a Hollywood y la producción de "Lo Que El Viento Se Llevó" se le reveló compleja y agotadora. 
El peso de la película estaba sobre ella, mientras George Cukor, renombrado director de mujeres, era sustituido por el macho Victor Fleming; Vivien se sintió descuidada por éste, mientras debía trabajar largas y penosas horas de rodaje, además de la dolorosa separación de su amado Larry, que se encontraba en Londres.
Más allá de su fama de niña complicada, "Lo Que El Viento Se Llevó" fue la prueba de que, por encima de caprichos y arrebatos, era una actriz trabajadora y disciplinada.
Las inmejorables noticias fueron recompensa. La búsqueda había merecido la pena y estaba claro que sólo una mujer pudo ser Escarlata O'Hara. 
Vivien era la única capaz de contagiar con su simple presencia y un arqueo de cejas esa mezcla de sexualidad, imbecilidad y valentía, esa unión de niña eterna y hembra de armas tomar, esa dicotomía entre señora destruida un día y superviviente al siguiente.
Vivien Leigh ganó su primer Oscar, las mejores críticas de su carrera y un puesto en el corazón de muchos espectadores durante generaciones, largamente emocionados por su interpretación. 
Más que interpretación, había dado vida a un personaje inigualable.


Pese a la llamada al estrellato y un nuevo éxito melodramático con "El Puente de Waterloo", Vivien Leigh desoyó, porque se sentía actriz más que chica de glamour, mientras volvía presurosa a los brazos de Laurence Olivier. 
Tras conseguir los divorcios y ceder la custodia de sus respectivos hijos, Vivien y Laurence se casaron en 1940.


El matrimonio se hizo predilecto de las cámaras y objetivos, si bien sus ambiciones teatrales fueron más decisivas que cualquier película de fama. 
Tras ser acusados de obviar el conflicto bélico internacional, los Olivier dedicaron energías y giras a animar las tropas.
En uno de sus viajes, fue cuando Vivien cayó enferma de tuberculosis. El mismo año sufría un aborto y se sumía en una dolorosa depresión, donde no faltaron momentos de violencia física y verbal hacia su marido.
A lo largo de un viaje en Australia, la relación se quebró para siempre. 
"La perdí en Australia", diría Laurence, mientras ella se entregaba a otros hombres, lloraba y volvía a Larry. 
Él era el testigo y destinatario de todos los ataques de Vivien, ocultada la verdad a los demás. Laurence se convirtió en el enfermero de su esposa.
Temporadas de recuperación y vuelta a los escenarios eran el necesario día siguiente. Vivien, tras la inactividad, decidía volver con ganas.
Su papel de ambición a finales de los años cuarenta era otra dama sureña de mucha nota: Blanche Dubois, la ajada soñadora de "Un Tranvía Llamado Deseo". 
Tras interpretarla en varios escenarios y en rivalidad con Jessica Tandy, que la incorporó en Broadway, Vivien conseguía el rol en la adaptación cinematográfica.
Marlon Brando diría que Vivien era Blanche y, después de que los dos ofrecieran unos recitales indescriptibles de pura genialidad, ella confesaría que la Dubois le hizo más daño que bien.
Dentro de una de las películas más notorias y sexualizadas de su época, Vivien se alzaba con el segundo Oscar y se vivía una buena ratificación de su talento, de sus ojos, de su imaginación como actriz 


Regresaron los demonios, en esta ocasión en el plató de "La Senda de Los Elefantes", donde sería invitada finalmente a abandonar la película, entre sus inseguridades y la turbulenta relación que había iniciado con Peter Finch.
Al final, Vivien necesitó rondas de electroshock para controlar su manía depresiva. Se cuenta que, horas después de salir de uno de esos terribles tratamientos, era capaz de salir a escena sin perder comba.
En 1960, llegaba el divorcio de Laurence Olivier. Anunciado, merecido, tardío. 
Pese a que ella tenía otra relación, nunca superó la pérdida de Larry y la tristeza se intensificó.


Entre sombras y luces, sus últimos años dieron escasos, aunque buenos, frutos, y las películas aún le proporcionaban oportunidades de alcance como "La Primavera Romana de la Señora Stone" o "El Barco de Los Locos".
En el verano de 1967, la tuberculosis volvía y la postraba en su cama londinense. La encontrarían poco después, en el suelo del cuarto de baño, con los pulmones inundados y quizá la paz finalmente hallada.
Moría con sólo 53 años.


"Las actrices duran mucho tiempo y siempre hay maravillosos papeles que interpretar", dijo Vivien, la optimista entre la tristeza, la brillante desde la oscuridad.
Pocas personalidades han logrado tanta fascinación en los espectadores con tan breves momentos, pero tal vez sea la excepción quien ha hecho más intensa la imagen de Vivien Leigh. 
Placer demasiado exquisito esta loca y genial señora. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

"Lo Que El Viento Se Llevó"


Hollywood en estado puro, "Lo Que El Viento Se Llevó" no fue la primera demostración de poder del cine norteamericano, pero sí la definitiva. 
En 1939, cuando el mundo volvía a estallar en conflicto armado, se presentaba la película que venía a resumir todas las películas, relatando la saga de Escarlata O'Hara, la niñata sureña que sobrevivió a la Guerra de Secesión con la simple determinación de no volver a pasar hambre.

Clark Gable y Vivien Leigh

"Lo Que El Viento Se Llevó" es folklore cinematográfico. 
Su nombre pone en guardia, suscita reacción, permite opinión, acelera el corazón de los cinéfilos. Diríase que es parte de la vida de todos los que aman el cine.
Y continúa ostentando el estatus de ser la película más vista de la Historia.

Atlanta en llamas

Hollywood la construyó con sus tradicionales cimientos: el idealismo, el sentimentalismo, el colorido formal y argumental, la manipulación de emociones y todas sus estrategias de imitador a la vida.
El éxito de la operación fue insuperable, pese a ser emulado en tantísimos intentos posteriores. El cine norteamericano se ha acercado en algunas ocasiones, pero nunca ha conseguido esa mezcla exacta entre acontecimiento fílmico, obra transgeneracional y taquillazo perenne.

Leslie Howard y Olivia de Havilland

"Lo Que El Viento Se Llevó" adaptaba la novela de Margaret Mitchell, que rebuscaba en el pasado de los Estados Unidos, utilizando a un personaje prototipo: la dama sureña.
La historia de Mitchell miraba al Viejo Sur esclavista como una genuina víctima de la industrialización, cuyo alto sentido del honor y la nobleza no le fue suficiente para sobrevivir. Un universo barrido por el viento, sepultado en la memoria.

Vivien Leigh y Hattie MacDaniel

"Lo Que El Viento Se Llevó" funciona como una métafora de lo perdido y ello fue precisamente la clave de la impresión que suscitó esta película en la época de su estreno
Si es cierto que retrata la Historia de manera aligerada y melodramática, su mirada a la experiencia del individuo común en un conflicto bélico fue tan astuta como inteligente. 
Se miraba así en el espejo de "El Nacimiento de Una Nación" para contar la Historia a través del retrato de los que miran y padecen la guerra a ras del suelo, entendidos como sus significativos y verdaderos protagonistas.


Otro giro más es el carácter profundamente egoísta de Escarlata O'Hara, una persona que, pese a resistirse, formará parte de los acontecimientos.
Hasta los que sólo pasaban por allí, son actores del pasado, de lo que sucedió, de lo que el viento se llevó. 
Escarlata busca a Ashley y el modo de volver a casa, pero su caminar la llevará por la escalofriante estación de Atlanta hasta sufrir en sus carnes el horror de la destrucción y la posguerra.


La entrada de Escarlata en las mansiones arruinadas - "todo se lo llevaron los yanquis" - es una de las grandes secuencias de la Historia del Cine, al unir el melodrama más aparatoso con la sencilla emoción que trae la imagen de la desgracia.
La tristeza ante la pérdida de todo se transforma en emoción cuando Escarlata decide levantarse y luchar, con su testarudez, con su enorme esperanza. 
Es una mujer que se queda sola en muchas ocasiones, pero siempre se tiene a sí misma.
Al final, Escarlata, el individuo que se decía reacio a participar en el acontecimiento, se convertirá en el símbolo de su época.

"A Dios pongo por testigo..."

Lo brillante de "Lo Que El Viento Se Llevó" reside en la elección de ese personaje central. 
En una historia convencional, la heroína hubiese sido la generosa, noble, cursilona Melania. En cambio, Melania se utiliza subtextualmente como la cándida conciencia de Escarlata, y, por ello, su inconveniente, su antítesis, lo que quiere derribar para conseguir sus propósitos.
Porque Escarlata es caprichosa, mentirosa, artera, aprovechada y, a veces, bastante idiota. E incluso comete un asesinato. ¿Qué otra película clásica tiene una protagonista así?


La O'Hara crea una poderosa sensación de ambigüedad en el espectador; por un lado, se la censura y, por otro, es completamente hipnótica. Una pragmática que hace trizas un camisón para enterrar a un soldado yanqui, que descuelga cortinas para confeccionar el adecuado traje para su prostitución y que hace tratos con los que la humillaron para volver a hacerse rica.
Escarlata es una mujer valerosa pese a su estupidez y, también, la protagonista de una historia de amor que ella creía de odio. Su heroicidad será percatarse de sus errores de cálculo, y sólo al final se dará cuenta de lo que estaba viviendo, del significado de todo que le ha ocurrido.
Escarlata O'Hara es un personaje inolvidable y apasionante precisamente por sus múltiples defectos.


"Lo Que El Viento Se Llevó", con su estructura episódica que la hace parecer más larga de lo que es y con sus excesos melodramáticos no aptos para todos los gustos, ha encontrado, no obstante, las mayores discusiones y polémicas a raíz de su conclusión.
Es quizá el final más extraño de una película norteamericana clásica, por abierto y emocionalmente sofisticado, sin beso ni muerte ni sensación de cerradura. 
¿Es "Lo Que El Viento Se Llevó" la única obra cinematográfica de su tiempo que termina como lo haría una historia de vida? 
Ese "Mañana será otro día" parece la frase que cualquiera diría para terminar su autobiografía. No importó lo que pasó, importa que lo superé, aprendí algo, seguí luchando, miré hacia adelante.


En las tres panorámicas de Tara, aderezadas con esa épica fotografía y la no menos épica banda sonora de Max Steiner, se suceden las tres posibles Escarlatas: la niña que aún no ha empezado a vivir, la víctima de los tiempos y la mujer esperanzada. 
Tres estados de ánimo, tres fases de nuestras vidas. 
"Lo Que El Viento Se Llevó" termina por contar la mayor verdad de la existencia humana: cuando todo se termina, lo mejor es volver a casa.


Historia que se contaba en 1939, cuando el productor David O. Selznick creó esta obra decisiva. 
Los directores, que pasaron en procesión por el rodaje hasta que Selznick decidió quedarse con Victor Fleming y acreditarlo como responsable, jamás importaron un comino, porque "Lo Que El Viento Se Llevó" es una película de productor y, por tanto, cebada de pretensiones, momentos cumbre y opulencia.
Es una película de enormidades, dígase príapica, y, como tal, una empresa cien por cien norteamericana. 
David O. Selznick la confeccionó como lo hubiese hecho la propia Escarlata: inasequible al desaliento.


En todo caso, gran parte de la belleza formal de "Lo Que El Viento Se Llevó" fue culpa de William Cameron Menzies, acreditado como diseñador de la producción. 
Cameron Menzies imaginó la plástica y desarrolló la potencia visual y escénica de la película; ese color brillante, esa rotunda elegancia. 
El look, tan minucioso y visionario, resulta aún impactante y, salvo algunos trucos propios del cine viejo, la factura de la película resiste el paso del tiempo de una manera inaudita. 
Cuesta creer la edad que tiene "Lo Que El Viento Se Llevó", atendiendo a la proeza absoluta que conllevaba armar una producción de semejante calibre, desde la escritura del guión hasta esa imagen impecable en un año donde la fotografía en color todavía era una novedad.


Si hemos hablado del personaje de Escarlata O'Hara como la llave emocional, la cerrajera es, por supuesto, Vivien Leigh, la actriz británica que dio vida al papel más americano que existe. 
El mundo conocía a una mujer terriblemente hermosa, especial, quizá por lo poco que se prodigaría, atribuida de la personalidad necesaria para llevar todo el peso del drama e incrementar su intensidad.


Si Vivien Leigh está suprema, no habría que menoscabar a Clark Gable, nacido para ser Rhett Butler, personaje de tantas aristas como Escarlata.
Butler es ese encantador canalla, oportunista hoy, heroico mañana, que encuentra en Escarlata la horma de su zapato, el amor de su vida y la trágica oscuridad de sus días; otro superviviente al que, perdido todo, le resta seguir adelante.
Gable lo borda y, para ello, sólo le hizo falta despeinarse el fleco.


Si "Lo Que El Viento Se Llevó" es un relato sobre el pasado perdido, verla hoy es presenciar otro ayer añorado: aquel donde el cine producía obras con la ambición de la eternidad.
Se hacían apostando a lo más alto, sin atender a fórmulas, sólo a la necesidad de encontrar lo único y ofrecer lo excepcional.
¿La respuesta a tamaña empresa? Ahí está, en el público de 1939, en las generaciones que la recuperaron, en los que se obsesionaron con sus imágenes, en los que soñaron con sus grandes momentos, en los que repitieron sus más encendidos diálogos, en los que seguimos regresando a ella de vez en cuando.
Y en todos los que creemos que "Lo Que El Viento Se Llevó" fue, es y será cine en mayúsculas.

"Bésame, Escarlata... bésame una vez".