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martes, 10 de diciembre de 2013

Genialidad y Locura de Vivien Leigh


El extraordinario talento de Vivien Leigh vivía a la altura de su belleza, aunque, como todo en ella, se decía en conflicto, en contraste, en ambivalencia. 
Su rostro en pantalla registraba esos rápidos cambios de ánimo que contaron su expresividad como actriz dramática, pero también deslizaban el dolor de su enfermedad mental, mal diagnosticada, peor tratada.
Vivien Leigh fue una gran enemiga de sí misma y la víctima de sus demonios, mientras su nombre se escribía en la leyenda con sólo un puñado de interpretaciones.
Pese a los aplausos, los premios, la fama, Vivien apareció en menos de veinte películas. 


Los riesgos la motivaban tanto como la destrozaban, los hombres eran refugio y calvario, los retornos se contaban siempre espectaculares. La salud, débil. 
Vivien Leigh era una mujer de apariencia frágil y fuerte al mismo tiempo, que bien sonreía felina o levantaba la ceja derecha en señal de preocupación.
Todos aman a Vivien Leigh, o la amaron alguna vez. Aunque no siempre recibiera buenas críticas, su sensibilidad y ambición jamás pasaron desapercibida. 
De nuevo, se impuso la ambivalencia. "Cuando me llamaron gran actriz, depositaron una enorme carga de responsabilidad sobre mí".
Ya fuera en heroínas shakespearianas, bellezas sureñas o damas marchitas, Vivien se arrogó la capacidad de emocionar y hacer temblar al mismo tiempo. Hay algo pavoroso en lo que transmitían sus interpretaciones, como si en ellas se contasen muchas de sus luchas interiores, algo de su corazón roto.
Con Vivien, podría decirse aquello de que era una actriz decididamente única y uno de los ejemplos de esa regla nunca escrita de que, para ser genial, has de estar como una cabra.


Nacida en la India británica a principios del siglo pasado, Vivian Marie Hartley encontró en la interpretación la medida de sus sueños. Sueños que compartía con su amiga de infancia, Maureen O'Sullivan, y, mientras se dejaban los suspiros en viajar y conocer gente, se subieron a sus primeras representaciones teatrales.
Vivien aseguró que parte de su bipolaridad se debía al distinto carácter de sus padres. Él, un oficial inglés, optimista, decoroso. Ella, una mujer decidida, inconformista, que buscaba genealogías poderosas detrás de su origen y, en ocasiones, decía encontrarlas.
La familia se mudó a Londres y Vivien se enroló en la Escuela de Arte Dramático. Por aquel entonces, se casó con el abogado Leigh Holman, quien le diera una hija y el nombre para su apellido artístico.
La convivencia duró muy poco y estuvo mediatizada por el interés artístico de Vivien, que su primer marido nunca compartió.


En 1935, Vivien Leigh aparecía en su primera película, que ya captó su exquisito rostro, aunque la verdadera excitación residía en los teatros londinenses. Mucho más cuando se conjugaban con el nombre de Laurence Olivier.
Fue Ofelia para su "Hamlet", mientras se enamoraban entre bambalinas y comenzaban a vivir juntos, apartados de la esfera pública, al estar los dos casados. 
Laurence, su Larry, observó por primera vez un episodio maníaco de Vivien, que, nerviosa, insegura, protagonizaba berrinches para luego quedarse callada, en paz, sin saber lo que había ocurrido. 
Ya desde "Hamlet", trascendía su reputación como actriz complicada.


Los productores de "Un Yanqui en Oxford", primera película en Hollywood, señalaron la complicación de la nueva nena a su agente, una vez terminado el rodaje. 
A pesar de todo, Vivien llamaba la atención a cualquier ojo de gusto, mientras,en sus ratos libres, ella leía y releía la novela de moda, escrita por una tal Margaret Mitchell, y se veía claramente en el papel protagonista.
En Estados Unidos, la caza de la mujer para incorporar a Escarlata O'Hara comprendía a todas las actrices y aspirantes de la época. 
Vivien fue descartada en un principio por David O. Selznick, para reencontrarla en el estudio, observando las llamas del decorado, donde se recreaba el incendio de Atlanta.
Fue entonces cuando accedió a hacerle la prueba y, reducida la competencia a cuatro actrices, el papel más norteamericano imaginable fue a parar a una actriz británica.


Vivien Leigh compró billete de ida a Hollywood y la producción de "Lo Que El Viento Se Llevó" se le reveló compleja y agotadora. 
El peso de la película estaba sobre ella, mientras George Cukor, renombrado director de mujeres, era sustituido por el macho Victor Fleming; Vivien se sintió descuidada por éste, mientras debía trabajar largas y penosas horas de rodaje, además de la dolorosa separación de su amado Larry, que se encontraba en Londres.
Más allá de su fama de niña complicada, "Lo Que El Viento Se Llevó" fue la prueba de que, por encima de caprichos y arrebatos, era una actriz trabajadora y disciplinada.
Las inmejorables noticias fueron recompensa. La búsqueda había merecido la pena y estaba claro que sólo una mujer pudo ser Escarlata O'Hara. 
Vivien era la única capaz de contagiar con su simple presencia y un arqueo de cejas esa mezcla de sexualidad, imbecilidad y valentía, esa unión de niña eterna y hembra de armas tomar, esa dicotomía entre señora destruida un día y superviviente al siguiente.
Vivien Leigh ganó su primer Oscar, las mejores críticas de su carrera y un puesto en el corazón de muchos espectadores durante generaciones, largamente emocionados por su interpretación. 
Más que interpretación, había dado vida a un personaje inigualable.


Pese a la llamada al estrellato y un nuevo éxito melodramático con "El Puente de Waterloo", Vivien Leigh desoyó, porque se sentía actriz más que chica de glamour, mientras volvía presurosa a los brazos de Laurence Olivier. 
Tras conseguir los divorcios y ceder la custodia de sus respectivos hijos, Vivien y Laurence se casaron en 1940.


El matrimonio se hizo predilecto de las cámaras y objetivos, si bien sus ambiciones teatrales fueron más decisivas que cualquier película de fama. 
Tras ser acusados de obviar el conflicto bélico internacional, los Olivier dedicaron energías y giras a animar las tropas.
En uno de sus viajes, fue cuando Vivien cayó enferma de tuberculosis. El mismo año sufría un aborto y se sumía en una dolorosa depresión, donde no faltaron momentos de violencia física y verbal hacia su marido.
A lo largo de un viaje en Australia, la relación se quebró para siempre. 
"La perdí en Australia", diría Laurence, mientras ella se entregaba a otros hombres, lloraba y volvía a Larry. 
Él era el testigo y destinatario de todos los ataques de Vivien, ocultada la verdad a los demás. Laurence se convirtió en el enfermero de su esposa.
Temporadas de recuperación y vuelta a los escenarios eran el necesario día siguiente. Vivien, tras la inactividad, decidía volver con ganas.
Su papel de ambición a finales de los años cuarenta era otra dama sureña de mucha nota: Blanche Dubois, la ajada soñadora de "Un Tranvía Llamado Deseo". 
Tras interpretarla en varios escenarios y en rivalidad con Jessica Tandy, que la incorporó en Broadway, Vivien conseguía el rol en la adaptación cinematográfica.
Marlon Brando diría que Vivien era Blanche y, después de que los dos ofrecieran unos recitales indescriptibles de pura genialidad, ella confesaría que la Dubois le hizo más daño que bien.
Dentro de una de las películas más notorias y sexualizadas de su época, Vivien se alzaba con el segundo Oscar y se vivía una buena ratificación de su talento, de sus ojos, de su imaginación como actriz 


Regresaron los demonios, en esta ocasión en el plató de "La Senda de Los Elefantes", donde sería invitada finalmente a abandonar la película, entre sus inseguridades y la turbulenta relación que había iniciado con Peter Finch.
Al final, Vivien necesitó rondas de electroshock para controlar su manía depresiva. Se cuenta que, horas después de salir de uno de esos terribles tratamientos, era capaz de salir a escena sin perder comba.
En 1960, llegaba el divorcio de Laurence Olivier. Anunciado, merecido, tardío. 
Pese a que ella tenía otra relación, nunca superó la pérdida de Larry y la tristeza se intensificó.


Entre sombras y luces, sus últimos años dieron escasos, aunque buenos, frutos, y las películas aún le proporcionaban oportunidades de alcance como "La Primavera Romana de la Señora Stone" o "El Barco de Los Locos".
En el verano de 1967, la tuberculosis volvía y la postraba en su cama londinense. La encontrarían poco después, en el suelo del cuarto de baño, con los pulmones inundados y quizá la paz finalmente hallada.
Moría con sólo 53 años.


"Las actrices duran mucho tiempo y siempre hay maravillosos papeles que interpretar", dijo Vivien, la optimista entre la tristeza, la brillante desde la oscuridad.
Pocas personalidades han logrado tanta fascinación en los espectadores con tan breves momentos, pero tal vez sea la excepción quien ha hecho más intensa la imagen de Vivien Leigh. 
Placer demasiado exquisito esta loca y genial señora. 

martes, 24 de septiembre de 2013

El Espejo de Gene Tierney


Ante ella, como norma nunca escrita, por reverencia debida, sin explicación pedida, hay que empezar y terminar con su belleza, esa que se contó leyenda desde el primer día.
Sus ojos, sus labios, sus rasgos, su delicadeza. Gene Tierney tenía una hermosura natural tan profunda que mirarla significaba conmoverse. Todavía hoy emociona.
Darryl Zanuck, el jefe de la Fox, el que la convirtió en estrella de Hollywood, sentenció que Gene había sido la mujer más hermosa que conociera cámara cinematográfica.
El secreto se vivió en ese encuentro alquímico entre la sensualidad irrebatible y la clase personal.
Gene, como las mejores guapas, era una tía buena con alma, una promesa de fiereza femenina con un toque de sofisticación.


Su estilo interpretativo consistía en valerse de esa belleza, en usarla como arma arrojadiza dramática. 
Sin ser la mejor actriz del mundo, era minuciosa y sensible en todas sus apariciones. Y cuando estuvo bien dirigida o en el momento en que alcanzó un papel copernicano con su imagen, incluso se las dijo brillante.
Gene, oh, pobre Gene. Era rica desde niña, lo tenía todo, incluso los sueños. El mundo y la vida se los arrebataron. 
La suya es una de las historias más trágicas de Hollywood, porque, a diferencia de la mayoría, no se buscó ninguna de sus desgracias. Le cayeron encima, a golpe de los brutales azares de la enfermedad y la locura.  
Su primer marido, Oleg Cassini, dijo que Gene Tierney era la "más afortunada de las desafortunadas; todos sus sueños se cumplieron, a un precio".
Sí, la belleza tenía un precio. También la gloria y Gene, la esplendorosa, tropezó con la oscuridad demasiadas veces.


Gene Eliza Tierney nació en una próspera familia de Nueva York. Su padre se había hecho de oro como corredor de seguros y era nombre repetido entre la alta sociedad.
A Gene no le faltó todo lo que una familia venida a más podía ofrecer: clases de francés, exquisita educación, baile de debutantes y la sensación de que la vida estaba allí, a la vuelta de la esquina, para obtenerla.
La joven Gene, que había demostrado inquietudes artísticas desde niña, se aburrió pronto de las fiestas y los cócteles y comunicó a sus padres que quería ser actriz.
Su padre entendió que la interpretación sólo era honrosa si se vivía en un teatro y, mientras costeaba los estudios dramáticos de su amada y hermosa hija, se preocupó en promocionarla hasta la saciedad. A Gene le costaría quitarse esa vigilancia durante los años siguientes.
Sus primeros papeles en Broadway llamaron la atención por su exótica hermosura, que lucía desaprovechada en segundas filas. 
En poco tiempo, todos hablaban de Gene Tierney en Nueva York y las promesas valían el módico precio de un billete de avión. Ese que Zanuck compró para ir a su encuentro.


Su primera película fue "El Regreso de Frank James", donde Gene apareció en Technicolor, al lado de Henry Fonda. 
A continuación, la Fox se plegó ante ella y la mimaría durante la década de los cuarenta hasta convertirla en una de las más reconocibles actrices de la época.
Su estilo se puso de moda. Como Ingrid Bergman, era señorita delicada y libidinosa Venus por el precio de una. Era, como Ingrid, un ideal de hembra.
Su papel emblemático se llamó "Laura", película que resumía a Gene y al estilo de toda una época. En ella, era la chica de sociedad que aparece muerta una mañana y sus amistades son los sospechosos.

Con Dana Andrews en "Laura"

La película fue un duradero éxito y también la primera ocasión donde Gene Tierney se puso a las órdenes de Otto Preminger, oficioso director de cabecera a lo largo de su trayectoria.
Si "Laura" fue rol de leyenda, al año siguiente entregaría una interpretación sorprendente de puro sobrecogimiento en "Que El Cielo La Juzgue". 
Sus suaves y beatíficas facciones, de perfección angular, eran la irónica fachada de una psicópata enamorada cuyos celos son tan destructivos que riman con asesinato.

Como Ellen Berent en "Que El Cielo La Juzgue"

Fascinante melodrama noir en colorines, que impresionó a toda una generación, se convirtió en el mayor éxito de la Fox y todavía vale un escalofrío. 
Gene Tierney recibía su única nominación al Oscar por esa iniciática aparición del Mal en pantalla bajo una cara angelical.
Los años siguientes continuaron la buena racha y Gene se decía laboriosa. Por entonces, estaba casada con Oleg Cassini, diseñador de vestuario en nómina de la Fox y padre de sus dos hijas.

Con Oleg Cassini

Una crisis matrimonial abrió la brecha para un aluvión de pretendientes. Gene tuvo romances con Tyrone Power, con John F. Kennedy, con Aly Khan.
También fue lisonjeada por Howard Hughes pero, sin capacidad de sorpresa ante la riqueza ajena, le dio calabazas a cambio de una amistad de por vida.
A mediados de los cincuenta, se despertaron las alarmas en Hollywood. ¿Qué le pasaba a Gene Tierney? La chica dorada lloraba y sufría más de la cuenta.
Fue en el rodaje de "La Mano Izquierda de Dios" cuando Gene tocó fondo. Compartía protagonismo con Humphrey Bogart, que entendió lo que sucedía. 
"Bogey se dio cuenta, porque tenía una hermana con los mismos problemas", recordaría Gene.
¿Qué le había pasado a Gene?, se preguntaban mientras la llevaban a un psiquiátrico. 
Muchos decían que todo había empezado con Daria. 
Oh, Daria, su pobre Daria.
Una década antes, cuando América estaba en guerra, Gene Tierney acudió a Hollywood Canteen, lugar de refresco para soldados de permiso, donde las estrellas del cine solían echar una mano y servir a los pobres muchachos, para que se fueran a la batalla con la alegría de haber sido atendidos por actores famosos.
Gene sólo acudió en una ocasión y acabó contagiada de rubéola. Estaba embarazada y su hija, Daria, nació prematura, con problemas físicos y un severa minusvalía mental.
Se cuenta que los extremos cuidados que conllevó Daria fueron largamente costeados por Howard Hughes.

Con Daria

La desgracia avivó la crisis con Oleg Cassini  hasta terminar en divorcio y aseguró la ruina de su paz mental. Las depresiones eran frecuentes; el desorden bipolar, ese diagnóstico que nunca llegó.
Un día, un hombre se acercó a ella y le contó que se habían conocido en Hollywood Canteen. Que él había roto la cuarentena de su enfermedad y la había besado en la mejilla.
Ella lo oyó impasible, con el corazón destrozado, para decir mucho después:
- Fue entonces cuando ya no me importó ser la actriz favorita de nadie.
La historia - inspiración obvia para "El Espejo Roto", de Agatha Christie - se decía más triste que todas las que Gene pudo haber incorporado en el cine.
En el psiquiátrico, recibió electroshocks y perdió recuerdos. 
Le dieron el alta y todos esperaban por su vuelta, aplazada, siempre disculpada.
Un día la encontraron en lo alto de un edificio, en el borde, mirando al vacío. Tiempo después, un seguidor la reconoció trabajando en unos grandes almacenes y se lo contó a la prensa sensacionalista. Hollywood le ofreció una película entonces, pero Gene no era capaz de soportar el estrés.
Mientras luchaba por ponerse de pie, conocería a W. Howard Lee, magnate del petróleo, con quien se asentaría en Houston, entre prosperidad asegurada, partidas de bridge y promesas de retorno.


Su regreso en 1961 se decía en un papel secundario para Otto Preminger en el drama político "Advise and Consent". 
Demostró que todavía era la misma mujer de rompe y rasga y no había olvidado ninguna de sus lecciones interpretativas.
Se abría la posibilidad de una segunda carrera como actriz de reparto, aunque, si los fantasmas se habían disipado, el desinterés iba en aumento.
Se retiraría a finales de la década de los sesenta de manera definitiva, diciéndose cómoda en Texas. Sólo se la pudo ver en una miniserie allá por 1980.
Había pasado mucho tiempo desde "Laura", pero las reposiciones televisivas de sus clásicos todavía la elogiaban como magna exquisitez fílmica.
Fumadora empedernida, el vehículo a la otra vida se llamó enfisema en 1991.
Gene Tierney tenía 70 años y su nicho permanecería solitario y a la espera, hasta muchos años después, hasta el día que enterraron a Daria a su lado.


El público que la descubrió y se enamoró de ella en los años cuarenta la solía conjurar bajo la canción de "Laura", esa que rezaba que era "el rostro entre la niebla, los pasos que se oyen desde el vestíbulo".
Casi como una broma de tal desoladora beldad, aún se puede recuperar a Gene Tierney, la afortunada de las desafortunadas, la estrella fugaz, demasiado brillante y perfecta para durar.
Gene era, sencillamente, un reto a Dios.