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martes, 10 de diciembre de 2013

Genialidad y Locura de Vivien Leigh


El extraordinario talento de Vivien Leigh vivía a la altura de su belleza, aunque, como todo en ella, se decía en conflicto, en contraste, en ambivalencia. 
Su rostro en pantalla registraba esos rápidos cambios de ánimo que contaron su expresividad como actriz dramática, pero también deslizaban el dolor de su enfermedad mental, mal diagnosticada, peor tratada.
Vivien Leigh fue una gran enemiga de sí misma y la víctima de sus demonios, mientras su nombre se escribía en la leyenda con sólo un puñado de interpretaciones.
Pese a los aplausos, los premios, la fama, Vivien apareció en menos de veinte películas. 


Los riesgos la motivaban tanto como la destrozaban, los hombres eran refugio y calvario, los retornos se contaban siempre espectaculares. La salud, débil. 
Vivien Leigh era una mujer de apariencia frágil y fuerte al mismo tiempo, que bien sonreía felina o levantaba la ceja derecha en señal de preocupación.
Todos aman a Vivien Leigh, o la amaron alguna vez. Aunque no siempre recibiera buenas críticas, su sensibilidad y ambición jamás pasaron desapercibida. 
De nuevo, se impuso la ambivalencia. "Cuando me llamaron gran actriz, depositaron una enorme carga de responsabilidad sobre mí".
Ya fuera en heroínas shakespearianas, bellezas sureñas o damas marchitas, Vivien se arrogó la capacidad de emocionar y hacer temblar al mismo tiempo. Hay algo pavoroso en lo que transmitían sus interpretaciones, como si en ellas se contasen muchas de sus luchas interiores, algo de su corazón roto.
Con Vivien, podría decirse aquello de que era una actriz decididamente única y uno de los ejemplos de esa regla nunca escrita de que, para ser genial, has de estar como una cabra.


Nacida en la India británica a principios del siglo pasado, Vivian Marie Hartley encontró en la interpretación la medida de sus sueños. Sueños que compartía con su amiga de infancia, Maureen O'Sullivan, y, mientras se dejaban los suspiros en viajar y conocer gente, se subieron a sus primeras representaciones teatrales.
Vivien aseguró que parte de su bipolaridad se debía al distinto carácter de sus padres. Él, un oficial inglés, optimista, decoroso. Ella, una mujer decidida, inconformista, que buscaba genealogías poderosas detrás de su origen y, en ocasiones, decía encontrarlas.
La familia se mudó a Londres y Vivien se enroló en la Escuela de Arte Dramático. Por aquel entonces, se casó con el abogado Leigh Holman, quien le diera una hija y el nombre para su apellido artístico.
La convivencia duró muy poco y estuvo mediatizada por el interés artístico de Vivien, que su primer marido nunca compartió.


En 1935, Vivien Leigh aparecía en su primera película, que ya captó su exquisito rostro, aunque la verdadera excitación residía en los teatros londinenses. Mucho más cuando se conjugaban con el nombre de Laurence Olivier.
Fue Ofelia para su "Hamlet", mientras se enamoraban entre bambalinas y comenzaban a vivir juntos, apartados de la esfera pública, al estar los dos casados. 
Laurence, su Larry, observó por primera vez un episodio maníaco de Vivien, que, nerviosa, insegura, protagonizaba berrinches para luego quedarse callada, en paz, sin saber lo que había ocurrido. 
Ya desde "Hamlet", trascendía su reputación como actriz complicada.


Los productores de "Un Yanqui en Oxford", primera película en Hollywood, señalaron la complicación de la nueva nena a su agente, una vez terminado el rodaje. 
A pesar de todo, Vivien llamaba la atención a cualquier ojo de gusto, mientras,en sus ratos libres, ella leía y releía la novela de moda, escrita por una tal Margaret Mitchell, y se veía claramente en el papel protagonista.
En Estados Unidos, la caza de la mujer para incorporar a Escarlata O'Hara comprendía a todas las actrices y aspirantes de la época. 
Vivien fue descartada en un principio por David O. Selznick, para reencontrarla en el estudio, observando las llamas del decorado, donde se recreaba el incendio de Atlanta.
Fue entonces cuando accedió a hacerle la prueba y, reducida la competencia a cuatro actrices, el papel más norteamericano imaginable fue a parar a una actriz británica.


Vivien Leigh compró billete de ida a Hollywood y la producción de "Lo Que El Viento Se Llevó" se le reveló compleja y agotadora. 
El peso de la película estaba sobre ella, mientras George Cukor, renombrado director de mujeres, era sustituido por el macho Victor Fleming; Vivien se sintió descuidada por éste, mientras debía trabajar largas y penosas horas de rodaje, además de la dolorosa separación de su amado Larry, que se encontraba en Londres.
Más allá de su fama de niña complicada, "Lo Que El Viento Se Llevó" fue la prueba de que, por encima de caprichos y arrebatos, era una actriz trabajadora y disciplinada.
Las inmejorables noticias fueron recompensa. La búsqueda había merecido la pena y estaba claro que sólo una mujer pudo ser Escarlata O'Hara. 
Vivien era la única capaz de contagiar con su simple presencia y un arqueo de cejas esa mezcla de sexualidad, imbecilidad y valentía, esa unión de niña eterna y hembra de armas tomar, esa dicotomía entre señora destruida un día y superviviente al siguiente.
Vivien Leigh ganó su primer Oscar, las mejores críticas de su carrera y un puesto en el corazón de muchos espectadores durante generaciones, largamente emocionados por su interpretación. 
Más que interpretación, había dado vida a un personaje inigualable.


Pese a la llamada al estrellato y un nuevo éxito melodramático con "El Puente de Waterloo", Vivien Leigh desoyó, porque se sentía actriz más que chica de glamour, mientras volvía presurosa a los brazos de Laurence Olivier. 
Tras conseguir los divorcios y ceder la custodia de sus respectivos hijos, Vivien y Laurence se casaron en 1940.


El matrimonio se hizo predilecto de las cámaras y objetivos, si bien sus ambiciones teatrales fueron más decisivas que cualquier película de fama. 
Tras ser acusados de obviar el conflicto bélico internacional, los Olivier dedicaron energías y giras a animar las tropas.
En uno de sus viajes, fue cuando Vivien cayó enferma de tuberculosis. El mismo año sufría un aborto y se sumía en una dolorosa depresión, donde no faltaron momentos de violencia física y verbal hacia su marido.
A lo largo de un viaje en Australia, la relación se quebró para siempre. 
"La perdí en Australia", diría Laurence, mientras ella se entregaba a otros hombres, lloraba y volvía a Larry. 
Él era el testigo y destinatario de todos los ataques de Vivien, ocultada la verdad a los demás. Laurence se convirtió en el enfermero de su esposa.
Temporadas de recuperación y vuelta a los escenarios eran el necesario día siguiente. Vivien, tras la inactividad, decidía volver con ganas.
Su papel de ambición a finales de los años cuarenta era otra dama sureña de mucha nota: Blanche Dubois, la ajada soñadora de "Un Tranvía Llamado Deseo". 
Tras interpretarla en varios escenarios y en rivalidad con Jessica Tandy, que la incorporó en Broadway, Vivien conseguía el rol en la adaptación cinematográfica.
Marlon Brando diría que Vivien era Blanche y, después de que los dos ofrecieran unos recitales indescriptibles de pura genialidad, ella confesaría que la Dubois le hizo más daño que bien.
Dentro de una de las películas más notorias y sexualizadas de su época, Vivien se alzaba con el segundo Oscar y se vivía una buena ratificación de su talento, de sus ojos, de su imaginación como actriz 


Regresaron los demonios, en esta ocasión en el plató de "La Senda de Los Elefantes", donde sería invitada finalmente a abandonar la película, entre sus inseguridades y la turbulenta relación que había iniciado con Peter Finch.
Al final, Vivien necesitó rondas de electroshock para controlar su manía depresiva. Se cuenta que, horas después de salir de uno de esos terribles tratamientos, era capaz de salir a escena sin perder comba.
En 1960, llegaba el divorcio de Laurence Olivier. Anunciado, merecido, tardío. 
Pese a que ella tenía otra relación, nunca superó la pérdida de Larry y la tristeza se intensificó.


Entre sombras y luces, sus últimos años dieron escasos, aunque buenos, frutos, y las películas aún le proporcionaban oportunidades de alcance como "La Primavera Romana de la Señora Stone" o "El Barco de Los Locos".
En el verano de 1967, la tuberculosis volvía y la postraba en su cama londinense. La encontrarían poco después, en el suelo del cuarto de baño, con los pulmones inundados y quizá la paz finalmente hallada.
Moría con sólo 53 años.


"Las actrices duran mucho tiempo y siempre hay maravillosos papeles que interpretar", dijo Vivien, la optimista entre la tristeza, la brillante desde la oscuridad.
Pocas personalidades han logrado tanta fascinación en los espectadores con tan breves momentos, pero tal vez sea la excepción quien ha hecho más intensa la imagen de Vivien Leigh. 
Placer demasiado exquisito esta loca y genial señora. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

"Lo Que El Viento Se Llevó"


Hollywood en estado puro, "Lo Que El Viento Se Llevó" no fue la primera demostración de poder del cine norteamericano, pero sí la definitiva. 
En 1939, cuando el mundo volvía a estallar en conflicto armado, se presentaba la película que venía a resumir todas las películas, relatando la saga de Escarlata O'Hara, la niñata sureña que sobrevivió a la Guerra de Secesión con la simple determinación de no volver a pasar hambre.

Clark Gable y Vivien Leigh

"Lo Que El Viento Se Llevó" es folklore cinematográfico. 
Su nombre pone en guardia, suscita reacción, permite opinión, acelera el corazón de los cinéfilos. Diríase que es parte de la vida de todos los que aman el cine.
Y continúa ostentando el estatus de ser la película más vista de la Historia.

Atlanta en llamas

Hollywood la construyó con sus tradicionales cimientos: el idealismo, el sentimentalismo, el colorido formal y argumental, la manipulación de emociones y todas sus estrategias de imitador a la vida.
El éxito de la operación fue insuperable, pese a ser emulado en tantísimos intentos posteriores. El cine norteamericano se ha acercado en algunas ocasiones, pero nunca ha conseguido esa mezcla exacta entre acontecimiento fílmico, obra transgeneracional y taquillazo perenne.

Leslie Howard y Olivia de Havilland

"Lo Que El Viento Se Llevó" adaptaba la novela de Margaret Mitchell, que rebuscaba en el pasado de los Estados Unidos, utilizando a un personaje prototipo: la dama sureña.
La historia de Mitchell miraba al Viejo Sur esclavista como una genuina víctima de la industrialización, cuyo alto sentido del honor y la nobleza no le fue suficiente para sobrevivir. Un universo barrido por el viento, sepultado en la memoria.

Vivien Leigh y Hattie MacDaniel

"Lo Que El Viento Se Llevó" funciona como una métafora de lo perdido y ello fue precisamente la clave de la impresión que suscitó esta película en la época de su estreno
Si es cierto que retrata la Historia de manera aligerada y melodramática, su mirada a la experiencia del individuo común en un conflicto bélico fue tan astuta como inteligente. 
Se miraba así en el espejo de "El Nacimiento de Una Nación" para contar la Historia a través del retrato de los que miran y padecen la guerra a ras del suelo, entendidos como sus significativos y verdaderos protagonistas.


Otro giro más es el carácter profundamente egoísta de Escarlata O'Hara, una persona que, pese a resistirse, formará parte de los acontecimientos.
Hasta los que sólo pasaban por allí, son actores del pasado, de lo que sucedió, de lo que el viento se llevó. 
Escarlata busca a Ashley y el modo de volver a casa, pero su caminar la llevará por la escalofriante estación de Atlanta hasta sufrir en sus carnes el horror de la destrucción y la posguerra.


La entrada de Escarlata en las mansiones arruinadas - "todo se lo llevaron los yanquis" - es una de las grandes secuencias de la Historia del Cine, al unir el melodrama más aparatoso con la sencilla emoción que trae la imagen de la desgracia.
La tristeza ante la pérdida de todo se transforma en emoción cuando Escarlata decide levantarse y luchar, con su testarudez, con su enorme esperanza. 
Es una mujer que se queda sola en muchas ocasiones, pero siempre se tiene a sí misma.
Al final, Escarlata, el individuo que se decía reacio a participar en el acontecimiento, se convertirá en el símbolo de su época.

"A Dios pongo por testigo..."

Lo brillante de "Lo Que El Viento Se Llevó" reside en la elección de ese personaje central. 
En una historia convencional, la heroína hubiese sido la generosa, noble, cursilona Melania. En cambio, Melania se utiliza subtextualmente como la cándida conciencia de Escarlata, y, por ello, su inconveniente, su antítesis, lo que quiere derribar para conseguir sus propósitos.
Porque Escarlata es caprichosa, mentirosa, artera, aprovechada y, a veces, bastante idiota. E incluso comete un asesinato. ¿Qué otra película clásica tiene una protagonista así?


La O'Hara crea una poderosa sensación de ambigüedad en el espectador; por un lado, se la censura y, por otro, es completamente hipnótica. Una pragmática que hace trizas un camisón para enterrar a un soldado yanqui, que descuelga cortinas para confeccionar el adecuado traje para su prostitución y que hace tratos con los que la humillaron para volver a hacerse rica.
Escarlata es una mujer valerosa pese a su estupidez y, también, la protagonista de una historia de amor que ella creía de odio. Su heroicidad será percatarse de sus errores de cálculo, y sólo al final se dará cuenta de lo que estaba viviendo, del significado de todo que le ha ocurrido.
Escarlata O'Hara es un personaje inolvidable y apasionante precisamente por sus múltiples defectos.


"Lo Que El Viento Se Llevó", con su estructura episódica que la hace parecer más larga de lo que es y con sus excesos melodramáticos no aptos para todos los gustos, ha encontrado, no obstante, las mayores discusiones y polémicas a raíz de su conclusión.
Es quizá el final más extraño de una película norteamericana clásica, por abierto y emocionalmente sofisticado, sin beso ni muerte ni sensación de cerradura. 
¿Es "Lo Que El Viento Se Llevó" la única obra cinematográfica de su tiempo que termina como lo haría una historia de vida? 
Ese "Mañana será otro día" parece la frase que cualquiera diría para terminar su autobiografía. No importó lo que pasó, importa que lo superé, aprendí algo, seguí luchando, miré hacia adelante.


En las tres panorámicas de Tara, aderezadas con esa épica fotografía y la no menos épica banda sonora de Max Steiner, se suceden las tres posibles Escarlatas: la niña que aún no ha empezado a vivir, la víctima de los tiempos y la mujer esperanzada. 
Tres estados de ánimo, tres fases de nuestras vidas. 
"Lo Que El Viento Se Llevó" termina por contar la mayor verdad de la existencia humana: cuando todo se termina, lo mejor es volver a casa.


Historia que se contaba en 1939, cuando el productor David O. Selznick creó esta obra decisiva. 
Los directores, que pasaron en procesión por el rodaje hasta que Selznick decidió quedarse con Victor Fleming y acreditarlo como responsable, jamás importaron un comino, porque "Lo Que El Viento Se Llevó" es una película de productor y, por tanto, cebada de pretensiones, momentos cumbre y opulencia.
Es una película de enormidades, dígase príapica, y, como tal, una empresa cien por cien norteamericana. 
David O. Selznick la confeccionó como lo hubiese hecho la propia Escarlata: inasequible al desaliento.


En todo caso, gran parte de la belleza formal de "Lo Que El Viento Se Llevó" fue culpa de William Cameron Menzies, acreditado como diseñador de la producción. 
Cameron Menzies imaginó la plástica y desarrolló la potencia visual y escénica de la película; ese color brillante, esa rotunda elegancia. 
El look, tan minucioso y visionario, resulta aún impactante y, salvo algunos trucos propios del cine viejo, la factura de la película resiste el paso del tiempo de una manera inaudita. 
Cuesta creer la edad que tiene "Lo Que El Viento Se Llevó", atendiendo a la proeza absoluta que conllevaba armar una producción de semejante calibre, desde la escritura del guión hasta esa imagen impecable en un año donde la fotografía en color todavía era una novedad.


Si hemos hablado del personaje de Escarlata O'Hara como la llave emocional, la cerrajera es, por supuesto, Vivien Leigh, la actriz británica que dio vida al papel más americano que existe. 
El mundo conocía a una mujer terriblemente hermosa, especial, quizá por lo poco que se prodigaría, atribuida de la personalidad necesaria para llevar todo el peso del drama e incrementar su intensidad.


Si Vivien Leigh está suprema, no habría que menoscabar a Clark Gable, nacido para ser Rhett Butler, personaje de tantas aristas como Escarlata.
Butler es ese encantador canalla, oportunista hoy, heroico mañana, que encuentra en Escarlata la horma de su zapato, el amor de su vida y la trágica oscuridad de sus días; otro superviviente al que, perdido todo, le resta seguir adelante.
Gable lo borda y, para ello, sólo le hizo falta despeinarse el fleco.


Si "Lo Que El Viento Se Llevó" es un relato sobre el pasado perdido, verla hoy es presenciar otro ayer añorado: aquel donde el cine producía obras con la ambición de la eternidad.
Se hacían apostando a lo más alto, sin atender a fórmulas, sólo a la necesidad de encontrar lo único y ofrecer lo excepcional.
¿La respuesta a tamaña empresa? Ahí está, en el público de 1939, en las generaciones que la recuperaron, en los que se obsesionaron con sus imágenes, en los que soñaron con sus grandes momentos, en los que repitieron sus más encendidos diálogos, en los que seguimos regresando a ella de vez en cuando.
Y en todos los que creemos que "Lo Que El Viento Se Llevó" fue, es y será cine en mayúsculas.

"Bésame, Escarlata... bésame una vez".

martes, 30 de octubre de 2012

El Dios y El Hombre


Genial, ególatra, perfeccionista hasta la pura obsesión, Laurence Olivier se convirtió en el actor más aclamado del siglo XX.
Lo cambió todo en la profesión, a fuerza de pisar las tablas de los teatros, de mirar hacia el alma de las cámaras y de reflejarse en espejos de trágicos, cómicos y tragicómicos.
Con la belleza de los hombres del ayer, esos cuya presencia, voz y elegancia enamoraban para siempre, Laurence Oliver seducía desde la profundidad de su mirada hasta el inconfundible hoyuelo de su barbilla. 
Su estilo intrasferible se encontraba en algún lugar entre la calma y la pasión, entre la elegancia y la furia. Pero el verdadero secreto de su talento permaneció inasequible para sus compañeros de profesión, para sus alumnos, para sus espectadores.
Como toda grandeza, otorgada, conseguida, discutida, arrancada a mordiscos, dilatada durante tantísimas décadas, al final siempre reinó la insatisfacción de aquel que sólo quería más y más.
En sus últimos años, le confesaría a su hijo Tarquin que consideraba su carrera como un fracaso. "Mira a Cary Grant, él sí es un ejemplo de triunfo".


Fue Laurence, Larry, o Kim, como lo llamaba su padre, el estricto sacerdote anglicano, que le procuró una dolorosa educación en la religión y la represión para luego lanzarlo al mundo. 
El padre de Laurence Olivier asumió enseguida que su hijo era un gran actor y lo animaría con decisión.
Durante los primeros años treinta, la carrera del joven Laurence empezó a cuajar en las tablas londinenses, si bien los entusiasmos se harían esperar.
Quizá sólo hizo falta ese espinazo de envidia que permite a los grandes hacerse mejores. Sucedía en una producción de "Romeo y Julieta". Se alternaba los papeles de Romeo y Mercucio con John Gielgud; éste recibió mejores críticas que Laurence.
Fue el primer estallido de divismo de Olivier, que irritado, criticó el estilo de interpretación de su compañero, una costumbre que mantendría durante toda su carrera profesional.
Entre el Broadway neoyorquino y el Old Vic londinense, continuarían las obras, se sucederían los éxitos, se escribirían las críticas, cada vez más unánimes, cada vez más seguras de la llegada de un shakespeariano de pro.


Por aquel entonces, Laurence estaba casado con Jill Esmond, también joven talento en ciernes.
El matrimonio, condenado por la infelicidad y la decepción, apenas fue una nota triste en la biografía de Olivier. Ella se diría resentida y abandonada, ese vestíbulo ignorado en la carrera de un astro.
Sin embargo, su hijo en común, Tarquin, y el respeto mutuo los mantuvo unidos por un hilo, delgado pero fuerte, durante todas sus vidas. Ella nunca lo olvidó y no faltó a su funeral.
Pero la mujer decisiva en la vida de Laurence aparecía en las bambalinas, con su mirada fuerte y distraída. Una criatura felina y frágil: la loca, la maravillosa Vivien Leigh.

Con Vivien Leigh

Cuando ambos se encontraron y se enamoraron, entre telones y estrenos, con la promesa del éxito más cerca que nunca, fue entonces cuando comenzó todo para Larry.
Él decía odiar el cine, pero Samuel Goldwyn se las apañó para que Laurence corriera a la llamada de "Cumbres Borrascosas", donde interpretaría, por supuesto, a Heathcliff.
Con Merle Oberon en "Cumbres Borrascosas"

Vivien hizo las maletas y se presentó en Los Angeles. Quería a Larry, pero también quería el papel de Escarlata O'Hara. Consiguió las dos cosas.
Al año siguiente, Laurence Olivier y Vivien Leigh eran celebridades conocidas internacionalmente. Ella se alzaba con el Oscar, mientras él era el misterioso, bellísimo Maxim de Winter para la "Rebeca" hitchcockiana.

En "Rebeca"

Olivier le pedía el divorcio a Jill Esmond. Ésta se lo negó, aferrada a su dignidad, pero finalmente cedió. Laurence se casó con Vivien Leigh, inaugurando veinte años de amor, infelicidad y locura.
Los brutales cambios de humor de Vivien, sus inexplicables arrebatos, sus larguísimas depresiones; todo tenía el diagnóstico del desorden bipolar. En aquellos tiempos, ese trastorno no recibía ningún tratamiento efectivo, por lo que Vivien aseguraría tormentas, infidelidades y la necesidad de ser continuamente cuidada.
"La perdí en Australia", diría él, país donde se embarcaron en una gira ruinosa y ella acabó encaprichada de Peter Finch.
Un día, le decía a Larry que lo quería sólo como un hermano. Otro, que no podía vivir sin él. Al siguiente, no se acordaba de nada.
"A pesar de todo, todavía le quedaba la inteligencia de ocultar su enfermedad mental de todo el mundo, menos de mí", escribiría él en su autobiografía.
Laurence se llevó la peor parte y la acabaría abandonando en 1960. Ella quedó destrozada, él lleno de culpa de por vida.


Y mientras transcurría la vida, o a costa de ella, Laurence Olivier encadenaba noches de estreno, ovaciones y reputaciones delante y detrás de las cámaras.
Su habitual reticencia por el cine, que le llevó a rechazar muchos papeles y boatos de estrella, se terminaba cuando dirigía tres adaptaciones del Bardo: "Enrique V", "Hamlet" y  "Ricardo III", protagonizadas por él, cómo no.

"Enrique V"

Aclamadas como una lectura tan rigurosa como innovadora de las obras de Shakespeare, Olivier trasladó la tramoya teatral hasta unas películas de gran hermosura, donde hoy se puede recuperar aquello que decía cierto crítico: "Olivier dice las palabras de Shakespeare como si las estuviera pensando".
Sin embargo, nada fue fácil para Laurence Olivier. Tanto por su legendario carácter como por la escasa confianza que suscitaba su figura en muchos empresarios, se las vio y deseó para financiar sus proyectos más ambiciosos.

Con Claire Bloom en "Ricardo III"

Pauline Kael aseguró que el fracaso de su proyecto de trasladar "Macbeth" al cine demuestra a la perfección la perversidad de Hollywood. Quizá, lo demuestre más que los productores decidieran que no era un protagonista con el suficiente caché estrellístico para "Seconds" y lo reemplazaran por Rock Hudson.
Laurence Olivier era una estrella extraña; un hombre venerable del que nadie dudaba, pero nunca suscitó los histerismos del más tradicional star-system. Quizá, porque no había nada vulgar en Larry, ese lado terreno, sencillo en que el público del cine gusta de asirse.
El ejemplo de la inadecuación hollywodiense de Olivier aparece prístinamente en "El Príncipe y La Corista", donde Marilyn Monroe le roba la función desde el primer momento.

Con Marilyn en "El Príncipe y La Corista"

En Londres, más indiscutible, Olivier sería llamado como fuerza viva en la creación del National Theatre, donde vetó a los que envidiaba y tuteló a nuevas generaciones, que, aterrados y hechizados por él, crecieron artísticamente al ritmo que marcaba. Entre ellos, se encontraban nombres tan queridos como Maggie Smith o Anthony Hopkins.
Para el cine, todavía cumpliría el sueño de trasladar uno de sus éxitos teatrales más resonantes, "The Entertainer", donde había coincidido con Joan Plowright, tercera mujer, madre de sus tres hijos menores y finalmente, su viuda.

Con Joan Plowright

Su relación con los nuevos actores fue previsiblemente tensa y criticó duramente el Método que popularizaría el Actors Studio. Sonoras fueron sus burlas en el rodaje de "Marathon Man", al presenciar la ordalía de preparación a la que se lanzaba Dustin Hoffman.
"La interpretación es una técnica... ¿Pero un método? Creía que cada uno teníamos nuestro propio método", aseguró.
La interpretación, la interpretación, ¿acaso hubo algo más, algo mejor para Olivier?
Todos sus hijos lo llamaron distante, indiferente, un hombre al que se veía más afectado cuando no tenía trabajo que cuando sucedía algo en la familia.

Oscarizado "Hamlet"

Hacia los años setenta, cundió la preocupación por sus finanzas y heredades, y Laurence comenzó a aceptar papeles que, en otros tiempos, hubiese rechazado de plano. 
Se le vio en todo tipo de empeños cinematográficos y televisivos, junto con aplaudidas, aunque puntuales, vueltas a sus amados teatros. 

Con Dustin Hoffman en "Marathon Man"

Se hacía el momento de dejar paso, de recibir todos los jubileos, de oír las palabras de aquellos que se prestaban a calibrar su importancia. 
Recibió un Oscar honorífico entre los aplausos de aquella industria hollywoodiense con la que siempre mantuvo una relación fría y poco fluida. Dio un discurso extraño y balbuceante, como si el gran actor de repente sufriera de pánico escénico. Pero ya no tenía nada que demostrar. 
Brillante, digno y respetable en todo lo que hizo, Olivier fue despidiéndose de la vida. 
Murió en 1989, a los 82 años.


Su autobiografía se consideró incompleta, censurada y aligerada ante las súplicas de Joan Plowright, así que restó vía libre para el escrutinio y la opinión sobre la vida personal del insuperable papá de la dicción exquisita y la emoción segura.

"The Entertainer"

Su presunta bisexualidad ha sido festín favorito de los biográfos no oficiales. 
Desmentida por su viuda y su hijo mayor, la chismología nos cuenta datos que apuntan a un Larry "excéntrico", socorrido adjetivo para definir a los artistas que mantenían esporádicas relaciones homosexuales en tiempos pretéritos.
Él había contado en sus memorias la traumática experiencia de su primera noche de bodas, donde fue incapaz de rematar la faena con Jill Esmond, lo que prácticamente asentó el tono amargo de ese matrimonio. Olivier dijo que su reprimida educación religiosa era la respuesta a esa dificultad sexual.
Pero levantar la ceja de escepticismo, como hacía Larry en sus interpretaciones, es lo apropiado.
Se cuenta que estuvo involucrado sentimentalmente durante muchos años con el actor cómico Danny Kaye, aun estando casado con Vivien Leigh.

Con Danny Kaye

Otra leyenda recurrente dice que su amigo David Niven lo sorprendió, desnudo en la piscina y besando a Marlon Brando.
Que los dos mejores actores del mundo y, además tan tíos buenos, se hubieran liado más que una cuestión de verdad o leyenda, parece un sueño erótico con el que dormirse todas las noches.
Sólo el Cielo lo sabe.
Laurence Olivier es de esas personalidades tan fuertes, de tantísimo alcance, pero rodeadas irónicamente por el simple enigma, por la verdad de que nunca se les conoció en absoluto como personas. Qué querían, qué deseaban, hacia dónde se dirigían; ni los que estaban a su alrededor podrían contestar.


Y el divo aún se sentía fracasado en el último momento, tal y como confesaba a su hijo Tarquin, como si todavía le faltara otro telón, otro aplauso, otro epíteto a su exacerbada gloria. 
Pero su legado se cuenta por sí solo. 
Sir Laurence Olivier dejó su propio nombre tallado en ese tótem que eleva su sombra sobre todos los que pisan las escaleras de los teatros con intenciones de gloria interpretativa.


Fuera el mejor o no, la corona siempre fue suya. Y quizá lo siga siendo.
Sospecho que estas excelencias tan rotundas son irrepetible cosa de otros tiempos.