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lunes, 23 de febrero de 2015

Siempre Dices Oscars


Leen tus ojos que he vuelto a los Oscars. Nunca digas nunca, siempre dices Oscars. 
Juro que no lo planeé. Anoche me preparaba para no-ver la gala, tal y como conseguí el año pasado, y, cual hipnotizado por un arcano conjuro, me vi buscando un streaming online, conectando la tele al ordenador y apagando la luz a las cinco y media de la madrugada. 
Hábrase visto semejante desfachatez. Otra vez, otra vez, señor mío: hice exactamente lo contrario a lo que me prometí.
Échale la culpa a Julianne Moore, atribúyelo a que el nivel medio de las películas de este año ha aumentado un pelín - aunque ninguna me mató lo suficiente para hacerle un team de apoyo -, o entiéndelo a través del cierto suspense que había en dos de las categorías principales.
O acaso fue algo parecido a aquello que hacemos cuando nos gusta alguien poco recomendable. Dijimos que no volveríamos a meternos por ese camino y, de repente, ahí estamos, andándolo, preguntándonos si es tarde para regresar.


Tras este disclaimer de entrada, - en realidad, he visto los Oscars porque me ha salido de los mismos y también porque he podido -, entremos en la faena de la crónica. 
Otra cosa que distaba de mis planes: escribir nuevamente sobre esa ceremonia gastada por sí sola y agotada en mis demandas de entretenimiento. 
Si no ha sido divertida ni me ha motivado gran cosa, tampoco ha dolido. La cuestión ha estado entre descansar de tantos años de ceremonias y no esperar absolutamente nada de esta. Ni siquiera buscarle una racionalización. Sólo verla.
Para sintetizar el feeling, cuando decían "Birdman", yo entendía Bergman. 
Pero lo de Julianne lo deseaba con ojitos jóvenes y corazón palpitante. ¿Hay alguien que no quisiese esa reunión del rojo y del oro?
A lo que iba. 
Hace unas semanas, leí unas palabras de Jessica Lange, actriz querida y multipremiada, que hablaba de los discursos de agradecimiento. Ella aseguraba que los entendía como una recompensa a un trabajo en concreto y, por tanto, había que nombrar a los que lo habían hecho posible, fácil y/o inspirado. Decía que ella nunca agradecía ni a Dios ni a su madre y consideraba pretencioso prorrumpir en instante cumbre con un premio en la mano.


Me pregunto qué pensaría Jessica Lange de la gala de anoche, que fue la prueba fidedigna de que no basta con ganar el Oscar, hay que lanzar el súper discurso para vencer de verdad.
Sinceridad o probidad de las palabras de los premiados aparte - en la mayoría de los casos, están fuera de toda duda -, el nivel emotivo del discursismo se ha hecho ingrediente indispensable en ceremonias como ésta. No hay que agradecer al equipo, se debe poner al personal como una moto. 
Si se rastrean antiguas entregas de los Oscars, sorprende lo apagado del conjunto y como muchos grandes simplemente decían un "Thank you" y para casa. 
Los abucheos que se llevaron Richard Gere, Vanessa Redgrave o Michael Moore por politizar y significar sus momentos en el escenario ahora serían considerados etiqueta.
Dar una interpretación definitiva con la estatuilla en la mano es ingrediente del espectáculo, hasta el punto de que anoche se hizo la parte más esperada, importante y elogiosa.


Espectáculo que cada año está más buscado de lo "over-the-top". 
Como sucede en muchos blockbusters de la actualidad, la Academia se ha olvidado por completo de la progresión dramática y el tono está continuamente en lo alto.
Es una manera de atraer la atención de las esquivas audiencias y sus más suculentas capas demográficas, pero también un modo inmediato de cansarse. No sólo es la elevación del tono - el volumen de la televisión norteamericana además está altísimo -, sino la sobreproducción de los números musicales, de las intervenciones y hasta del presentador. Sólo el In Memoriam ha conocido una súbita minimalización.
Se entiende que, si se tiene a Neil Patrick Harris, éste debe hacer de muy Neil Patrick Harris. El chico estupendo haciendo de chico estupendísimo. El presentador apareció así forzado, con una sonrisa buscada y, sin embargo, delatora de cierta incomodidad. No hay descanso para los sobreactuados.
Con todo, la respuesta no está - ni debería emplazarse - en el host, sino siempre en la escasa chispa del guión. De ahí ni el más pintado puede salir.


Todo es apoteósico y exagerado en los Oscars, con un refuerzo camp, lleno de divas y nostalgia, que se intensifica con las ediciones.
Quizá para conectar con el público gay, potencial devorador de estas cosas, aunque, a grandes rasgos, con cualquier cazador de lo sentimental y lo ultraemocionado.
Este año, el diva showdown fue cosa de Lady Gaga que irrumpió para homenajear "Sonrisas y Lágrimas" (The Sound of Music), clásico que anda de aniversario.
La Gaga cantó muy bien - todos los que cantaron anoche estaban en soberbia voz - y, al finalizar, se abrazó a Julie Andrews, a quien llamó incomparable, con el aplausómetro desbordado. 


Pero ese escenario sin grandes aditivos, esa Lady Gaga sin Gaga, la ausencia de theatricality, la devoción sin retuneos a las canciones de la película y las ínfulas de streisandismo me dieron cierto resquemor en mi butacón.
Ese resquemor de que, incluso cuando exageran, los Oscars blanquean, sosiegan, hacen straight. 
Gaga no ha ido a los Oscars como Gaga, del mismo modo que Tom Hanks nunca ha ganado por una comedia ni los cuatro premios de John Ford sucedieron por ninguno de sus westerns.
"Échate pokerfeis", decían los memes de las redes sociales, para simbolizar la desorientación del personal ante una artista que suple el colapso de su carrera y su imagen con un giro a lo convencional. Un "mira lo que valgo sin peluca".
A pesar de todo, hay que decir que las principales películas premiadas y litigantes de este año han sido escasamente Oscars, al menos a ojos vistas, y coronar "Birdman" es una apuesta por cierta inquietud fílmica que la Academia, ni en sus vertientes menos graduadas, ha querido celebrar en pretéritas ocasiones. 
Como he dicho, el nivel general ha mejorado con respecto a anteriores ediciones, pero ninguna de las multinominadas me ha calentado más de un pie. 


"El Gran Budapest Hotel", la película que no empieza nunca, sólo ha sido testigo de mi decreciente interés por Wes Anderson a lo largo de los años.
"Birdman" es divertida, aunque superficial y le falta un tercer acto, por no hablar de lo fatal que me cae su ampuloso director. 
Richard Linklater tiene la sutileza de la que Alejandro G. Iñárritu siempre ha carecido, pero "Boyhood", tras una primera parte conmovedora, se me reveló como una paliza de cuidado y con un espíritu muy convencional como motor de sus emociones y conclusiones.
En cambio, he aplaudido el segundo premio consecutivo a Emmanuel Lubezki, ese tremendo director de fotografía, responsable de las imágenes más pregnantes de los últimos tiempos.
Jessica Chastain, que le dio el premio de anoche, lo sabe bien, porque nadie la ha retratado mejor que él, según órdenes de Terrence Malick. Sí, soy de los que apoyan el amanecer como fe dramática.
La pedrea actoral fue también querida por mí y bebida de todas las previsiones. 
El único que guardaba cierta intriga era el premio al mejor actor protagonista. 
Se gestó la oportunidad de darle reverencia a la carrera de Michael Keaton, pero Eddie Redmayne venía con el infalible SAG bajo el brazo e interpretando a un persona real deshauciada por una enfermedad incurable.
Oro puro para estos galardones. 


Eddie, el más joven y nuevo de los cuatro intérpretes galardonados, se ha ganado las mejores letras de las crónicas con su sensible discurso, contrastando con el serio J. K. Simmons, oscarizado por "Whiplash"; laborioso Simmons, esa presencia secundaria y televisiva tan querida, inolvidable en la serie "Oz", también como villanísimo de pavorosa presencia.
Si Eddie le dio a la sensibilidad y J. K. a la sensatez, Patricia Arquette se adueñó de la noche.
Su discurso en los Globos de Oro había sido también un iceberg. Como en éste, la siempre modesta Patricia y su poquita voz entraba con gafas y un papel escrito. 
Y, de repente, toma.
Si en aquel honró a su madre y a todas las madres con una escritura sincera y acerada, éste, de repente, se tornó reivindicativo y exigió igualdad salarial para las mujeres. 


Etiqueta y buena oportunidad.
Patricia interpreta con delicadeza una mujer de carne y hueso en "Boyhood" y ella, que nunca ha sido mucho ni tampoco menos, sabe de lo complicado que se ponen las cosas laborales para las mujeres de Hollywood, esas que no deben engordar, esas que han de llenarse de bótox y resistencia para sobrevivir y aspirar a un simple papel. Esas, como Octavia Spencer, a las que el Oscar no sirve para nada. Esas que aún cobran menos que sus compañeros.
El discurso de Arquette fue aplaudido a rabiar, sobre todo por Meryl Streep y Jennifer Lopez, las dos reinas del cotarro por méritos distintos. 
Jennifer, por ser el florero de Versace y Meryl, por representar una venerable generación de intérpretes. 
Ambas, duras como el acero, con la tranquilidad de que todo lo que tienen se lo han ganado por sus santos ovarios y por sus inmejorables representantes. 
Y los dos, un poco como cabras. No faltan a una, ya se sienten como en su casa. Benditas sean.


Yo entendía Bergman y me dormía a la hora del lobo, sí, pero a propósito de mujeres, estuve oído avizor al sobre que leyó Matthew McConaughey. 
Al fin y al cabo, he visto estos Oscars sobre todísimo por presenciar el momento esperado durante veinte años.
En 1994, vi el primer coño rojo de mi vida - Robert Altman, se te echa de menos -, y la dueña de dicha pelirrojez natural ya se robaba el cine en aquella magnífica "Vidas Cruzadas". 
Se lo han podido dar tantas veces - y la mayoría ni siquiera ha estado nominada -, que sinceramente, llegué a pensar que Julianne Moore nunca ganaría un Oscar. 
Oh, esa actriz generosa, de carrera impecable, que ha compaginado películas comerciales con ambiciosos proyectos dramáticos sin perder una peca. Si se ha equivocado alguna vez, no me acuerdo.
Cada vez que digo "¡Qué vergüenza!", me acuerdo de la farmacia de "Magnolia". Y, si no has visto "El Fin del Romance", debes hacerlo.
Una mujer tan adorable, tan volcánica desde lo mínimo, tan dúctil y siempre tan identificable. Sí, ya era hora para Julianne Moore.


Como el también bermellón Redmayne - quien interpretó a su hijo en "Savage Grace" -, Julianne lo ha conseguido por interpretar a una brillante persona con un padecimiento degenerativo y devastador.
El Alzheimer también fue protagonista con el recuerdo a Glen Campbell, astro del country y uno de los cantantes favoritos de servidor, que diagnosticóse con la enfermedad del olvido hace un año y quiso escribir una última canción, nominada anoche. 
Yo deseaba que ganase Campbell - cuyo tema fue interpretado por el pedazo de maromo de Tim McGraw -, pero venció otra llamada a las lágrimas. 


"Selma" traía una canción compuesta e interpretada por John Legend y Common, ambos apoteósicos, a la altura de las circunstancias, haciendo emocionar a un público que no había llorado tanto desde que Fraülein Maria volvió a la casa de los Trapp. 


Además de la Moore, anoche ganó otro Moore: Graham Moore, guionista de "The Imitation Game", reivindicación de la figura del matemático homosexual Alan Turing. 
Antes de que abriera la boca, yo me enamoré del adorable Graham y también di por descontado que era gay. 
Otro discurso hiperexcitado, derecho a las agendas y los lacrimales, donde defendía lo raro y aludía al intento de suicidio que acometió en sus más tristes horas de incomprendida adolescencia.
Lo curioso del asunto ha saltado hoy en las noticias, cuando Graham ha puntualizado que no es gay, sólo extraño. 
Ya no sé si veo doble o he entendido Bergman.


Neil Patrick Harris - que sí es gay y, de hecho, el primer caballero que presenta esa ceremonia que se permite echarle el tejo a Channing Tatum - se consideraba valor seguro, dado su buena experiencia en otros saraos de galardón. Pero la audiencia que siguió la ceremonia anoche en ABC ha sido para dar pocos saltos y es muy probable que Barney Stinson no vuelva a estos viñedos. 
Aunque la retransmisión gobernó la noche, ha sido la gala de los Oscars menos seguida de los últimos siete años. 
Quizá por la discreta popularidad de los títulos en competición - sólo "American Sniper" se ha dicho taquillazo - o, tal vez, por el desperdigado consumo multiplataforma.


Ay, tanto exagerar, tanto cantar a pleno pulmón y tanto hacer exactamente lo contrario a lo que recomienda Jessica Lange y todavía en Wichita se estaban preguntando anoche por qué no daban un nuevo episodio de "Revenge".
Para México, en cambio, todas las enhorabuenas.
¿Y qué decir de los maromos? Ay, hijos míos, poco. La moda de las barbas me gusta, pero esas tan maqueadas, revenidas con esos bronceados artificiales - en serio, ¿qué le pasaba a Chris Pine? - me dieron escasas alegrías. 
Dos chicos de los noventa, Ethan Hawke y Ben Affleck, fueron mis nenes predilectos de la noche. Una madurez de lo más provechosa, en todos los sentidos. 
Y, hablando de maduros, me pongo como tarea pendiente investigar acerca de Tim McGraw. Madre de Sirk, qué señor.  


¿Y la Academia? ¿Qué tarea pendiente tiene? Muchas, cumplidas a trompicones, sin demasiada guía. 
Anoche vivían culposos por la escasa diversidad racial de las nominaciones y, con esa discreción tan anglosajona, no se autocriticaron con pertinencia, sino lo suplieron con discursos de enjundia y enérgico overacting. 
La inagotable, contradictoria búsqueda de la elegancia en el escenario del kitsch. 


¿Y yo volveré a los Oscars? ¿Siempre diré Oscars? Tú lo sabes mejor que yo.
Sí estoy seguro que seguiré protestando desde la platea con el clamor por la autenticidad, más que nunca en el paraje de lo artificial.
Todos a una: ¡Échate pokerfeis!

martes, 10 de febrero de 2015

Caritas Negras


Hace un año, Ellen DeGeneres se subía al escenario del Kodak Theatre para presentar la enésima - y aburridérrima - edición de los Oscars con un chiste inmortal para rematar su discurso de apertura.
- Posibilidad número 1: "Doce Años de Esclavitud" gana como mejor película. Posibilidad número 2: Sois todos unos racistas.
El ataque a la corrección política en una fiesta que se precia en celebrarla y cumplir con ella a razón periódica es casi una genialidad, si ignoramos que la crítica a la propia ceremonia también forma parte de la función. 
En cualquier caso, se subrayaba la obvia presión, esa que dudaba entre premiar a una película que retrataba la esclavitud sin ambages o ignorarla y hacer pasar a la Academia por lo racista que ha sido en tantísimas ocasiones. 
La película ganó, como bien sabemos, y también Lupita Nyong'o, que interpretaba a la esclava que el maligno de Fassbender utilizaba como lienzo de su brutalidad. 
No eran todos unos racistas en esos Oscars, pensaron las buenas personas.
Como película, "Doce Años de Esclavitud" no era para tanto y más bien para poco, al menos en mi humilde opinión, y algunos observadores habían detectado en ella ese muestrario de "culpa blanca", ejercitada y sacada a pasear, más que nunca con los dorados premios a la vista. 


En esta temporada, la cosa se ha vuelto del revés, porque la película de afirmación afroamericana propuesta, "Selma", ha sido escasamente mencionada. Apenas dos nominaciones: mejor película y mejor canción original. 
Se ha dicho ahora que la Academia es racista, o al menos que descuida la diversidad, y además ha perdido una oportunidad histórica: nominar a Ava Duvernay, que hubiese sido la primera directora negra en postularse para el Oscar.


Es previsible que la gala esté llena de alusiones al respecto, porque es ante todo un programa televisivo; de manera forzosa y desde hace rato, cumplir con cuotas raciales, genéricas y sexuales es una cuestión insorteable. La discriminación positiva la llaman. ¿Sigue siendo necesaria? 
El presidente de los Estados Unidos es negro, cuarenta años después de que su padre tuviera que hacer pis en otro baño. La diosa mediática del país es negra y qué negra: Yanquilandia no se concibe sin Oprah Winfrey. 
Pero todavía la presencia de los afroamericanos en las altas cúpulas es escasa. Aún llenan las cárceles, siguen poblando los barrios desfavorecidos, ocupan las más tristes notas de prensa y levantan las cejas del estereotipo. 
Una serie como "The Wire" nos contaba mucha de la amargura de la marginación de las comunidades afroamericanas.
De manera irónica, la escasa audiencia de la serie en sus originales pases televisivos se entendió con la idea de que el público hace zapping si ve demasiadas caritas negras en su pantalla.


Busquemos explicaciones en uno de mis lugares favoritos: la Historia del Cine. 
La omisión de "Selma" en mayores categorías entretiene las notas de prensa de estos días, pero, en cambio, ha pasado desapercibido el centenario de "El Nacimiento de una Nación". En realidad, es un aniversario que no se ha querido celebrar. 
Como conté hace algunas lunas, es una de las películas fundacionales del cine norteamericano, que relataba la Guerra de Secesión, la ruina del Sur y la emancipación blanca entre el caos de posguerra a golpe de Ku Klux Klan. 
La policía asesina envuelta en sábanas es glorificada en esta odiosa obra maestra de David W. Griffith que, ya en su estreno en 1915, causó muchísima controversia y más de un disturbio racial. 
No sólo por la desconcertante celebración del Klan, sino por la aparición de unos personajes afroamericanos de mucho miedo: alcohólicos, degenerados, violadores, holgazanes, criminales y además tontos. 
E interpretados por blancos pintados de negro.


En aquellos tiempos, se ignoraba la corrección política, pero el daño era el mismo y también se marcaba la tendencia: el cine, como la realidad, iba a ser una cosa mandoneada por blancos ricos. 
La primera versión de "Imitación a la Vida" refleja a la negra que, a pesar de ser millonaria, debe bajar la escalera a su habitación del piso de abajo, mientras el superior está sólo reservado a su amiga blanca. 
Esa película y su remake de los años cincuenta contaron la verdad: perdieron la condición de esclavos, pero seguían perdiendo en todo.


Las reglas del Código Hays prohibieron cualquier referencia o imagen sobre la convivencia interracial, por lo que la mayoría de los actores afroamericanos quedaron relegados a criados, sirvientes y adorables mamis, encubriendo un talento desbordante en líneas cómicas y estereotipos caros a la opinión racista sobre ellos. 
Por entonces, debían entrar por la puerta de atrás y todo lo concerniente pasaba por el espanto del tabú. Cómo eran, qué pensar de ellos, cómo tratarlos. 
La condescendencia ya era el fruto extraño que los blancos reservaban a todos los negros, fueran grandes cantantes o míseros salteadores de caminos. 
A las puertas de la gloria, tocó Lena Horne, la primera artista afroamericana contratada por la Metro Goldwyn Mayer y notoriamente desperdiciada por el estudio. 
Sus apariciones detienen el show y es obvio que podría haber sido más grande que Judy Garland y Fred Astaire juntos, pero esas secuencias estaban debidamente aisladas del resto de la película para poder ser cortadas en su exhibición en los pases por el Sur estadounidense, que aún abucheaba cuando la cosa se ponía demasiado negra. 


Posibilidad número dos: Sois todos unos racistas. 
El racismo hizo acto de aparición en el cine y en todas las mesas entre el hervidero de los derechos civiles.
Las pantallas lo contaron con la valentía que precede al puro miedo. Sidney Poitier fue el principio, el más allá después del negro artista, del "negro bueno", del negro sufriente. Era el negro con dignidad, ese gesto que no pedía, sino exigía. 
Fue el primer Oscar a un actor afroamericano y también el protagonista de "En El Calor de la Noche", que ganó el año que mataron a Luther King.


Los Oscars han vuelto a esas noches negras con periodicidad más bien postergada. 
"Este año tocaba", dijo Denzel Washington con su segundo premio, porque ese año también lo había recibido Halle Berry, que honró a todas las mujeres que intentaron alcanzarlo, que perdieron sus contratos, que abrieron el camino hasta esa puerta abierta. 
Fue muy emocionante - quizá el último momento genuino de emoción en esos premios - y, cuando lo vi, pensé: 
- Les tienen tanta envidia. Son fabulosos, cómo lo celebran, cómo se emocionan, cómo brillan.


Entre la marginación y la fama, perseguidos por sus orígenes, las sagas negras de enriquecimiento siguen siendo tan impactantes como toda la Historia de la negritud. 
El otro día leí sobre Sam Jones III, un joven actor que apareció en "ER" y "Smallville"; tras salir de la pobreza con su carrera interpretativa, el pasado le alcanzó cuando quiso ayudar a un amigo de infancia. 
Ahora mismo Sam Jones cumple condena.


¿Ha pasado el tiempo o viven detenidos en la tendencia de la marginalidad? ¿Sufren la mayoría de ese panorama pavoroso de ignorancia, incesto y brutalidad que nos contaba la brillante "Precious"? 
Muchos son como "Stella Dallas" o Molly Brown: ni toda la riqueza del mundo les permitirá franquear las puertas del poder, de la aristocracia, de la finura. Son para muchos la magna expresión del nuevorriquismo, todo bisutería y oportunismo.
Como toda la gente que no es blanca, ni rica de nacimiento, ni hombre, ni heterosexual, ni con educación universitaria, muchos afroamericanos deben demostrar más. Deben convertirse en blancos o deben poner las cuotas de integración sobre la mesa cada año.
El blanqueamiento de la negritud es algo que me enfurece sobremanera, porque es la definitiva señal de la condescendencia. 
En "Lincoln", Steven Spielberg fichaba como la criada negra a Gloria Reuben, que es una señorita fina y más bien sosa, perdiendo la oportunidad de colocar a un personaje más estridente, más ignorante, más histórico, más real; esa mami que, aunque la llamen basta iletrada, se merece la libertad y el voto como todos los demás seres humanos.
Pelear es la cuestión y nunca querré que mueran los negros indignados, esos que chasquean los dedos cuando se enfadan, esos que encubren sus orígenes con oro y anillos, esos que sueñan con que sus hijos vivan en un mundo más justo, donde la policía no desconfíe y baje el arma.
Llenan las ondas de música, la saben meter en las mejores canchas, visten las series más exitosas de la temporada y todavía a Kerry Washington le blanquean la cara en la portada de una revista de moda, como si cierto mundo quedara detenido en los tiempos de Lena Horne.


A propósito de la protagonista de "Scandal", detesto a Shonda Rhimes y sus series me parecen el acabóse, pero celebro su furia y que se indigne cuando la llaman "negra indignada" en el New York Times.
Y amo, amo, amo la nueva sensación de las pantallas catódicas estadounidenses: "Empire". Junto con las series de Rhimes, demuestra que no todos zapean cuando ven caritas negras en sus televisores.
Decía Spike Lee, a propósito de lo sucedido con "Selma", que ya pueden ir jodiendo a Hollywood, en general, y a los Oscars, en particular. 
El cineasta afroamericano más contestatario - y, por ello, más apartado a un lado - decía que hay muchísimas estrellas negras que triunfan en todo el mundo, desde el citado Denzel hasta Will Smith, sin hablar de los astros de la música y del deporte. 
Colocarlos en carteleras es garantía de éxito, algo que la blanca Hollywood se resiste a creer. No apuesta por lo negro y, cuando algo falla, es porque salía un negro.
Probablemente, con las cifras de audiencia que está cosechando "Empire" empiecen a recapacitar. A cinco capítulos emitidos, este súper culebrón protagonizado por afroamericanos se ha convertido en el mayor éxito televisivo de la década.


Creado por Lee Daniels, director de "Precious" y confeso adorador del melodrama - de hecho, un proyecto televisivo suyo que no cuajó fue un all-black remake de "El Valle de las Muñecas" - "Empire" cabalga con el retrato menos condescendiente que han encontrado los negros en la pantalla mainstream.
Ambientada en un emporio discográfico de hip hop, sus protagonistas fundamentan su riqueza bajo el cimiento del narcotráfico, secreto que guardan entre sus horteras oropeles y sus violentas discusiones. 
La serie, que es una mezcla de "Dinastía", "Imitación A La Vida", "Mahogany" y el más tremendo de los reality shows, resulta auténtica por ser totalmente artificial. 


Es un exceso sin medida, ese viejo y buen exceso que ya hacía falta de vuelta en televisión; descacharrante, libre de pretensiones, a la raíz, trasladando la furia de la tragedia clásica a la más vulgar de las existencias nuevorriquistas.
Con números musicales, hijo gay y una malvada toda uñas, rabia, ex-presidio y venganza. 


Esta prometedora "Empire" demuestra algo que parece evidente, también aplicable a las mujeres, a los homosexuales y a todas las etnias y minorías. 
Pueden contarnos con realismo, sí, pero también queremos ser protagonistas de los espectáculos y vivir en los cartelones de la ciudad. 
Apártate, blanquito, que ya estás muy visto.


Para las caritas negras, romper las cadenas y saltar las vallas fue el sueño que ebullió durante generaciones y desfallece el día que alguien hace un juicio sin preguntar o se dispara un arma por un error fatal. 
Sí, amigos, habrá necesidad de discriminación positiva hasta el día que se termine la discriminación real, diaria, tangible.
Aún así, a pesar de los fracasos, de los olvidos, de las injusticias, de que la ausencia de nominaciones se sienta como relegarlos a un baño aparte, los desheredados de la Tierra se la cobran día a día y demuestran la escalofriante dignidad que ha vivido en esos rostros y esas caras desde el principio de los tiempos. 
Malos, buenos, regulares, los negros y las negras del mundo suben los brazos, elevan sus galardones, enseñan sus medallas, gritan con ganas, lloran como nadie y sí, cuando celebran sus triunfos, quizá en ese preciso instante, sientan que las cadenas han caído y son libres, al fin.

lunes, 25 de febrero de 2013

Imitación a Los Oscars


Soñará el nostálgico con una entrega de los Oscars donde los asistentes se llamen Audrey Hepburn o Paul Newman y el elegante vestir no sea un carnaval impostado, sino natural. Al fin y al cabo, antes se vestían así hasta para darse un paseo rápido por el Morocco.
Pero si se recuperan las entregas de los años cincuenta o sesenta, se puede observar que obedecían a una ceremonia bastante grave y parsimoniosa, donde la mitad de los nominados y premiados ni siquiera se encontraban en el auditorio. 
No eran mejores que las de ahora y, de hecho, eran muy toscas y sin emoción.

Stephen Boyd en "The Oscar" (1966)

La conversión de los premios en espectáculo presumiblemente divertido ebullió en los setenta cuando, entre bambalinas, el cine de Hollywood ya era cosa de las corporaciones y, por tanto, un bien comercializable a nivel internacional.

Ang Lee

La ceremonia de los Oscars ha sido tan criticada y cuestionada, que criticarla y cuestionarla al día siguiente es indispensable y forma parte de la misma fiesta.
Se la ha llamado aburrida, mamotétrica y hortera desde que empezó a retransmitirse por televisión. Ante los ataques, intentar variarla a lo largo de los años ha sido generalmente un error, y hoy aparece más claro que nunca: es un trámite, un ritual.
No se le dedica tanto mimo como a otros productos de la industria y da la sensación de que tampoco se invierte demasiado dinero. O, al menos, no todo el que su pompa y circunstancia esperaría. 
La gala de los Oscars funciona para vender una serie de películas y, como programa de televisión, está para hacerlo y quitárselo de encima. 
Es una tradición: se hace la procesión anual, con todos los ingredientes y sin rechistar. Al acabar, se pasa la aspiradora y adiós, muy buenas.

Michael Douglas y Jane Fonda

En algún momento impreciso, quizá mucho antes de lo que creemos, los Oscars se trocaron en la imitación a los Oscars: una sucesión de ceremonias que no se distinguen entre sí y se borran inmediatamente de la memoria, del mismo modo que las películas que galardonan. 
Hoy se dirá que son la mejor expresión de decadencias propias y asistidas, e incluso que son metáforas de nuestro tiempo, cristalinos espejos del mundo. Ese mundo que se aferra a un modo de hacer las cosas, porque no conoce otro, o porque siente que no hay alternativa posible.
Queda la ironía y la descontextualización, pretendidas o inadvertidas. Recordemos hace unos años cuando James Franco twitteaba justo aquello que no estaba haciendo.
Y, este año, Seth McFarlane entraba con la decisión de anticiparse a las opiniones del día siguiente, con un inacabable prólogo/chiste meta, del que no pudo salir nunca. Seth tenía las ideas, pero ni el ritmo ni el tono. 
Le sobraba la sonrisa de sabelotodo, quizá le faltaba Emma Stone al lado.

Seth McFarlane

Lo de anoche fue malo, pero inofensivo. Porque, en los últimos años, estas ceremonias van tan deprisa, que no hay tiempo ni de detestarlas con genuina intensidad
Como estos festejos suelen confundir espectáculo con cantar muy alto, no faltó procesión de divas canoras, algunas más afinadas que otras, para culminar en la diva definitiva, o la Primera Dama.
En el desopilante momento de la Casa Blanca, Michelle Obama aseguró al mundo que participaba en semejante guirigay por aquello del cine, el arte y la educación. 
Sospechamos que también estaban en juego las intenciones de nueva Jackie, con ese flamante fleco y ese "Welcome to the White House".

Michelle Obama

Michelle leyó el sobre, mano a mano con Jack Nicholson, y el premio gordo fue para "Argo", que compartió la noche con "Life of Pi". 
Spielberg salió castigado por faltar al único e inexcusable mandamiento: "No aburrir". Los Oscars lo incumplen cada dos por tres, pero a sus cineastas no se les perdona.  "Lincoln" aburre a un muerto y, por tanto, no hay pan.
En cambio, las victoriosas, "Argo" y "Life Of Pi", se dicen más o menos ligeras, mientras simbolizan y cuentan la globalización.
Son una mirada occidental a problemáticas del mundo y también dos películas superficiales e inofensivas como la propia gala que las cobija.
Como ésta, tendrán su público natural y sus admiradores devotos.

Ben Affleck y compañía

¿Cuestión de nostalgia? Quizá, es una cuestión personal. ¿Te gustan esas películas? ¿Te atraen esa clase de ceremonias? Si las quieres, te las comes y si no, las dejas.
Por mi parte, les he perdido el gusto. 
Ya no tiene que ver con la seriedad o frivolidad del asunto, ni con la calidad de las películas litigantes, ni con los grados de glamour o desglamour, ni con los inevitables momentos de tedio. 
Hace muchísimos años que las relativicé, y otros tantos que la fascinación por ellas decreció enteros. 
Y, este año, los Oscars, los Emmy y los Globos de Oro me devuelven una enorme nada que no merecerán mis horas de sueño ni mis comentarios al minuto ni el dolor de cabeza.

Jennifer Lawrence

No hubo nada en la ceremonia de anoche que la hiciera peor a otras, pero la cosa se me pintó aberrante y deprimente desde el primer minuto. 
Las actuaciones apiladas, el inequívoco hedor de lo basuresco y la mecánica de siempre. Sobre, premio, discurso, gorgorito, chascarrillo, sobre, premio, discurso, gorgorito, chascarrillo. 
¿Quiero otros Oscars? No, simplemente no son para mí. No los voy a ver más.


Podría decir que me alegré por Tarantino, vibré con mi amadísima Barbra Streisand, pero, en líneas generales, ni celebré lo celebrable ni me indigné con lo indignante. Tenía mis favoritas, pero si hubiesen arrasado, me hubiera quedado tal cual. 
Al final, fue como si no hubiese visto nada. No odio los Oscars, sólo me dan igual.
Quizá porque ya predigo lo que va a ocurrir, tanto dentro de la ceremonia como después de ella. Son casi veinte años siguiendo estas cosas y no hay suspense para mí. Ergo, nada.

Bradley Cooper

Aventuro que todo va ir bien para Ben Affleck, pero no tanto para Anne Hathaway, mientras la mayoría de los títulos nombrados y celebrados serán incapaces de fijarse en el imaginario colectivo. Ese imaginario inmisericorde que avanza a más velocidades a medida que pasan los años.
Porque el tiempo corre. Esa es la verdad que recoge hasta algo tan anacrónico como los Oscars. 
Hace poco más de dos años, vindicábamos a Adele. Ahora, en un abrir y cerrar de ojos, tiene un Oscar, después de pasar por todas las sopas. 
¿No es pavorosamente rápido?

Adele

Al final, concluyo que sí hay un gran poso de nostalgia. 
De cuando las cosas se hacían y celebraban con la intención de la posteridad y no ante el apuro de una efímera noche de ratings.

lunes, 18 de febrero de 2013

Pestiños Por Premios


Hoy y ayer, lo que ha hecho simpáticos y digeribles a los Oscars son los actores.
Hay algo deslumbrante en ver a las estrellas con una estatuilla dorada y soltando esos discursos; como hemos dicho muchas veces, son sus interpretaciones definitivas. 
Se pasean, sonríen, saludan, triunfan, con una casi imperceptible sensación de automatismo, la misma que sólo puede asegurar la cohorte de estilistas, asesores y consejeros que tienen detrás.
Este próximo domingo, no fallarán y volveremos a verlos.

Anne Hathaway en "Los Miserables"

Pero los Oscars son una hez para el cine, una mala influencia que se ha vuelto gangrena.
Desde el primero de sus días, sus confusiones y equivocaciones han sido muchas. Entre ellas, que una buena intención equivale a una gran película. 
Pese a lo dudoso de la mayoría de sus decisiones, su consagración como premios claves de la industria fue imparable y jamás ha cesado. Todos quieren un Oscar, incluso los que manifiestan su desprecio hacia ellos.
Lo trágico es que, en la carrera hacia los premios, los cineastas se pierden a sí mismos.
Pongamos el caso de Steven Spielberg, quizá el más preclaro director que ha vivido acomplejado por la falta de simpatía que muchos de sus títulos han despertado entre los académicos.
Ni "En Busca del Arca Perdida" ni "E. T., El Extraterrestre" tuvieron nada que hacer frente a "Carros de Fuego" y "Gandhi". 
Spielberg no pareció darse cuenta que sus dos películas, aunque no oscarizadas, eran el doble de importantes, decisivas y maravillosas que las premiadas, que hoy son recordadas única y precisamente por haber ganado el Oscar. 

"Carros de Fuego"

La humillación que sintió frente al devastador ninguneo hacia "El Color Púrpura" potenció la obsesión de Spielberg por llevarse el premio, como si no bastase ser el director más taquillero de la Historia y el gran cazador de la imaginación más básica del público, con una carrera tan exuberante como emocionalmente generosa.
Así que tomó el espíritu judío de "Carros de Fuego", lo sumó a la biografía del gran hombre vista en "Gandhi", lo llenó de intenciones, sumó la duración y se puso serio, muy serio. Así, su larguísima biografía del gran hombre rescatador de judíos le aseguraría finalmente el premio.
Los Oscars que ha ganado Spielberg son cosa de "La Lista de Schindler" y "Salvar al Soldado Ryan", llenas de virtudes, dirigidas de manera impecable y más tristes que el funeral de un niño.
Y, al final, quedaba la sensación de que Steven era mucho más convincente cuando nos contaba que había extraterrestres en el jardín antes que abordando verdades históricas. Él mismo lo ha considerado un problema durante su trayectoria cuando se trataba de su gran virtud.
Hacer llorar es fácil, marcar a toda una generación con un marciano feo, no.

Tom Hanks en "Salvar Al Soldado Ryan"

Ahora, Steven, más desorientado que nunca, desea un tercer premio y propone "Lincoln". 
Es su primer coñazo de principio a fin, donde ni siquiera se muestra entrañablemente pueril en sus conclusiones, ni saca a relucir ese apabullante cinematic flair que siempre ha poseído. 

"Lincoln"

"Lincoln" es un plato de gachas de dos horas y mil de duración, donde una escena contesta a la otra, donde el mensaje está claro desde el primer minuto y donde, como novedad, no satisface a su audiencia, sino la aburre de muerte. 
Pero el Oscar, o el prestigio de los señores graves y viejos, lo conduce a hacer películas graves - esta "Lincoln" - o viejas - "War Horse".
No es el único director protagonista de ese declive, y quizá más desazonador es el deshielo de Martin Scorsese. 
Es demencial que el señor Scorsese haya tenido más oportunidad de alzarse con la estatuilla con "El Aviador" o "Hugo" que con "Toro Salvaje" o "Goodfellas"; estás últimas sucumbieron en su momento ante "Gente Corriente" y "Bailando con Lobos". 

Martin Scorsese, en el set de "Hugo"

Su único Oscar, por la floja "The Departed", podría demostrar una verdad de fondo: en realidad, te lo darán el día que te toque. 
Si la noche está despejada, si lo último de Clint Eastwood no arrasa en los corazones, si la decisión es aburrida o, últimamente, si no hay alguna película que piropea el legado de Hollywood. 
El año pasado, vencía el piropo que lanzó "The Artist", y en la ceremonia del domingo, tiene muchas posibilidades de que gane el piropo de "Argo", un título tan gris como la cara de su director y estrella, pero trufado de intenciones, que, en los Oscars, es lo que cuenta.

Ben Affleck en "Argo"

La hegemonía de las buenas intenciones en lo oscarizable explica porqué, en la categoría de mejor dirección, sí Zeitlin y no Bigelow, porqué sí Spielberg y no Tarantino. 
Kathryn y Quentin han hecho películas que no traicionan su estilo, sino lo potencian. En cambio, Zeitlin y Spielberg han perpetrado dos producciones benignas, con todas las cartas sobre la mesa.
Y el cine nunca vivió de benignidad, sino de astucia, visión y compromiso con el arte. Es, por eso, que los Oscars se confirman, una vez más, como un atentado contra la personalidad de los cineastas.
Además, nominar a nueve o diez películas al año ha terminado por enterrarlos en su voluntad de premios para la eternidad. Según ellos, "The Blind Side" estaría enciclopédicamente en la misma categoría que "Las Zapatillas Rojas" o "Sunset Blvd.". 
Subir el ratio no ha servido sino para montar más mierda al carro, cumplir con sus cuotas anuales y ofrecer todas esas películas condenadas a la amnesia ajena. En esto último, George Clooney es todo un rey. ¿Quién se acuerda de "Michael Clayton" o "Up In The Air"? Ambas estuvieron nominadas a la mejor película y sólo sirvió para venderlas entonces y olvidarlas después.
Y, si las intenciones son decisivas en las oscarizables, el toque overblown es el remate. La culpa hipótetica la tendría el productor David O. Selznick, que entendió que producción larga y grande equivalía a importancia y prestigio. La jugada le salió con "Lo Que el Viento se Llevó" y "Rebeca", pero nunca más.
Un ejemplo perfecto es "Desde Que Te Fuiste", nominada como mejor película en 1944; una historia sencilla, de mujeres esperando por el regreso de sus hombres desde la guerra, recibía un tratamiento grandilocuente, hinchado, impropio y lleno de momentos apoteósicos.
Todo en un coñazo de tres horas de duración.

Robert Walker y Jennifer Jones en "Desde Que Te Fuiste"

Aunque esa fórmula no funcione siempre, sigue siendo la brújula. Si la película es un mazacote monumental, los Oscars la tendrán en necesaria consideración.
El propio Martin Scorsese se sumergía en la ambiciosa "Gangs Of New York", prototipo de película hinchada en duración y expectativas. 
Las intenciones de un Scorsese loco y powelliano aparecían empequeñecidas y perdidas, porque se notaba a un Martin reprimido por la postrera necesidad de ganar un Oscar. 
Irónicamente, cohibirse le llevó a fallar estrepitosamente, y fallar a no conseguir el premio.

Leonardo DiCaprio en "Gangs Of New York"

Tenía a Miramax detrás, ese imperio del cine falsamente independiente y otro vendido a los laureles de la Academia.
El "Pulp Fiction" de Miramax perdió frente a "Forrest Gump"; la revancha pasó por hacerse agradable y nada gamberro. 
Así, Miramax asaltaba oficialmente el fortín y daba golpe de Estado, cuando "Shakespeare In Love" derrotó a "Salvar al Soldado Ryan".
Ahora, todos los años, Harvey Weinstein y los suyos se pasean amenazantes con sus producciones y siempre rascan premio. 
En esta edición, su apuesta es la sobrenominada "Silver Linings Playbook", otra película que se las da de loca y se pone pronto el sedante de la comedia romántica. 
Curioso que esa treta, diseñada para complacer a la audiencia, la haya indignado mayormente, que no se ha comprado ese final fraudulento.

Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en "Silver Linings Playbook"

Este despliegue de efectos para convencer a la Academia es intenso, notorio y flagrante y, como apuntamos, impreciso, porque, al final, se premiará lo que deje la marea.
Hay tendencias, pero nunca certezas. Y tampoco se puede resumir exactamente el estilo Oscars, ni sus tendencias políticas e ideológicas. Viven para complacer, hasta cuando son injustos.
Podríamos sostener la teoría que los Oscars demostraron de qué lado estaban el año de la "caza de brujas" cuando premiaron a los conservadores Cecil B. DeMille, John Ford y Gary Cooper en la misma noche. 
Pero, en esa edición, también le dieron galardón al guionista blacklisted Carl Foreman.

Cecil B. DeMille

Más recientemente, cerraban la boca con figurada mordaza a todos los premiados en 2003 para que callasen sobre la guerra de Irak, pero no terminarían la ceremonia sin galardonar a Michael Moore, de quien sabían perfectamente que la iba a armar en el escenario.

Michael Moore

Los Oscars han distinguido a Ron Howard por encima de David Lynch y Robert Altman y, durante toda su Historia, han dado pábulo a memeces conservacionistas, anticuadas o coyunturales para, de repente, dar premios gordos a películas tan incómodas como "American Beauty" o dar en la diana con "El Padrino" y "El Padrino II".
Los Corleone han sido, quizá, la única vez que la Academia ha acertado de lleno en su consideración de lo qué es la mejor película del año.


Como dijo y repitió Woody Allen, los Oscars no son serios. Y, por tanto, no deberían ser más que la medida de sí mismos. 
Así que, cineastas de verdad, quitadlos de vuestra agenda y haced vuestro trabajo: buenas películas. Películas vuestras, propias, no de otros.