jueves, 25 de octubre de 2012

Allen Leech


La irresistible "Downton Abbey" se aproxima al fin de su tercera temporada, a falta de dos episodios que se emitirán en las próximas semanas, para luego regresar a golpe de capítulo especial en Navidad.
Irresistible serie, irregular temporada. El inicio parecía recuperar el plácido retrato de costumbres, maneras y amores de sus primeros tiempos, para repentinamente reinstaurar la cruel lacrimogenia vivida el año pasado. 
Como brutal cambio de tono, ha supuesto un paso en falso dentro de un drama que se presupone equilibrado y refinado.
Tal vez, "Downton Abbey" se revele más cautivadora que perfecta.


En cualquier caso, ha sido un placer reencontrarse con Allen Leech, por primera vez acreditado en el reparto principal de "Downton Abbey" y, en esta ocasión, sin el uniforme de chófer.
Leech interpreta a Tom Branson, el rebelde irlandés que pasó del servicio automovilístico de la mansión Grantham a convertirse en el marido de Lady Sybil.
La unión suscitó mucho escándalo, pero, finalmente, recibió la resignada aceptación de la familia, mientras presenciábamos la realización de una de las historias de amor clave de la serie.

Como Tom Branson en "Downton Abbey"

Branson es uno de esos personajes que dividen mucho a los seguidores de "Downton Abbey".
¿Es testarudo o apasionado? ¿Rebosante de legitimidad o simplemente pesado? Como la propia serie, podríamos decir que resulta más cautivador que perfecto. 


Tal y como es Allen Leech, el actor que lo interpreta, tan rubio, de cara redondita, ojos azules y mirada asimétrica; una monada irlandesa a la que ya habíamos echado el lazo en otras series de época. 
Entre Irlanda y Gran Bretaña, se ha desarrollado lo más importante de su carrera, comenzada ésta a los ocho años de edad para, ahora, a los treinta y uno, recibir un definitivo espaldarazo gracias a su aparición en "Downton Abbey".


En el camino, se pudo verlo y descubrirlo en los ambiciosos terrenos de la HBO, cuando la cadena norteamericana atacaba con aquella monumental "Roma". En el empeño, Leech fue un Agripa muy sexy. 
En otro exposé historicista, Allen intervino en un par de episodios incorporando a uno de los amantes malditos de Catherine Howard; la ocasión se llamaba, por supuesto, "Los Tudor".

En "Los Tudor"

Pero ha sido el éxito internacional de la hermosa y adictiva serie de Julian Fellowes el mayor momento de lucimiento. Y la confianza de los productores para instaurarlo como personaje fijo habla por sí misma.
Sólo hay que ver cómo las opiniones políticas, interclasistas y religiosas de Tom Branson están entreteniendo muchas cenas de los Crawley durante este año.

Recibiendo el apoyo de Lady Mary en "Downton Abbey"

El futuro del personaje, que no ha dejado el pañuelo quieto en los dos últimos episodios, se decidirá en esta recta final de la temporada.


Por mi parte, espero fervientemente que Allen Leech y su Branson continúen, porque su personaje da mucho juego y, además, es uno de esos caballeros que están mejor cuanto más los miro. 
Es lo que se llama un maromo inadvertido, de los que hay que descubrir.


Si puedo pedir más, pediría que, cuando aplaque su tristeza, Tom Branson se descamise junto a algún lago y haga arder de deseo a otra hermana Crawley. Todo para terminar de colmar nuestros instintos de heroínas de novela rosa, en cuanto a cuota de chóferes rebeldes se trata.
Pero bien sabemos que Julian Fellowes es un señor muy fino y en "Downton", nadie enseña carne. Mucha convulsión preeclámpsica, pero de momentos shirtless, nada.


En cualquier caso, su escena en pijama, sus ojos lacrimosos, tan brillantes, y sus entradas en flamante smoking han sido billete inmediato para un jueves maromial. 


Pese a que Leech lleva desde niño en la profesión, podría decirse que, con él, todo acaba de comenzar. 
Por lo que a mí respecta, no pienso perderle la pista ni un segundo.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Vida de Narciso


Doctor, he estado leyendo las cosas más locas en la Wikipedia y estoy francamente preocupado.
Buscaba un artículo que relatase el mito de Narciso y Eco para elaborar un post hermoso y melancólico, como sé que gusta a mis lectores, cuando me he topado con un asunto llamado "Trastorno narcisista de la personalidad".
Doctor, he empezado a leerlo y no me lo podía creer.  Es la historia de mi vida, el mor de mi existencia.
Pero tengo mis serias dudas sobre si sufro ese trastorno. La propia Wikipedia advierte que sus artículos médicos nunca deben confundirse con diagnósticos. Es decir, consulte a su doctor. Y, por ello, le consulto a usted.
¿Sufro yo, oh, yo, de trastorno narcisista de la personalidad?
Espere que saque la Moleskine, que tengo apuntado lo que ponía en el artículo. Se lo leo, si me permite, y se lo voy comentando.


Diagnóstico según el Manual de los Trastornos Mentales

1. Tiene un grandioso sentido de autoimportancia (p. ej., exagera los logros y capacidades, espera ser reconocido como superior, sin unos logros proporcionados). Nada triunfa tanto como el exceso, nada me gusta más que la exageración. En mi epitafio, espero que inscriban: "Su blog fue el mejor de todos los tiempos". 

2. Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios. El otro día escribí en Facebook que "Si supiera cantar, sería una súperestrella, de las que llenan estadios, de las que tienen especiales de Navidad, de las que enfocan al público y hay uno llorando". Estoy a régimen y hago ejercicio todos los días. Me miro al espejo con frecuencia. No pararé hasta que tenga el cuerpo de Trystan Bull y hasta que viva un amor del corte de "Downton Abbey". Porque yo me lo merezco.

3. Cree que es "especial" y único y que sólo puede ser comprendido por, o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) que son especiales o de alto estatus. No lo creo, ¡lo soy! ¿Acaso la vida no era eso? ¿Ser como uno quiere ser y buscar a sus iguales? Pero... oh, Dios, cuántas veces he pensado: "Esta gente me sobra"... Oh, Dios, qué amargamente reveladora me está resultando esta lista.

4. Exige una admiración excesiva. Vivo para los "Me gusta" en mis estados del Facebook. Más que la admiración excesiva, me he hecho devoto de la admiración de calidad. Es decir, alguien que no suele adularme demasiado, pero, de repente, en el momento justo, me suelta un piropo. Sí, la admiración, me encanta que me admiren.


5. Es muy pretencioso, por ejemplo, expectativas irrazonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas. Pues sí, pero esto es aplicable a la mayoría de los individuos del sexo masculino.

6. Es interpersonalmente explotador, por ejemplo, saca provecho de los demás para alcanzar sus propias metas. Esto no lo entiendo mucho, doctor. ¿Cuenta vivir de mis padres a los treinta?
7. Carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás. No, doctor, por Dios. ¡No soy Patrick Bateman! Soy un ser sensible al sufrimiento ajeno, demasiado en mi opinión. ¿O me va a psicoanalizar y dirá que sufro porque los demás me hacen sufrir con su sufrimiento? Podré ser egoísta, pero ¿carecer de empatía?
8. Frecuentemente envidia a los demás o cree que los demás le envidian a él. ¡Como todo hijo de vecino!

9. Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios. ¡Jum!


Socorro, doctor, ahora que he vuelto a leerlo, voy a acabar convencido de que sufro ese trastorno narcisista de la personalidad. 
Pero también me pregunto si ser un Narciso no será cosa de nuestros tiempos. Es decir, mire a mi generación. Es la generación del ego; todo es yo y personalizable.
Creamos perfiles, blogs, pantallas adornadas con fotos de nuestras caras, hechas por nosotros mismos, y con la necesidad de definir preferencias, aborrecimientos y otras señas particularísimas. 
Somos pequeñas celebridades en un mundo adicto a la celebridad. ¿No seré más que un pecado entre mil pecados? ¿No cree que habría que revisar ese manual diagnóstico? Y, doctor, ¡hay gente mucho peor que yo en estos aspectos! Le puedo dar nombres.
¿O no reconocer mis problemas narcisistas es otra muestra de narcisismo? Echarle la culpa a los demás. Yo, más que nadie.
Sí, he estado enamorado de mí mismo. Lo estoy, de hecho. Me gusto de un modo avasallante, pero errático. Al estilo Barbra Streisand, necesito que me digan lo bueno que soy para confirmar mi auto-idilio.
La gente es muy políticamente correcta al respecto, bien lo sabemos Barbra y yo. Se valora la modestia, ante todo, y se prefiere que no busques el aplauso ni te beses a ti mismo en público.
Si digo que me encanto, por ahí replicarían que soy un inseguro, que mi timidez la suplo con chulería. Tal vez, tengan razón. Seguramente, me sobran sus opiniones.


Sí, tengo ego. He dicho muchas veces que si tuviera un hermano gemelo, me lo follaría. Y el otro día aseguré que el único blog que me gusta es el mío. 
Pero, en realidad, tengo un ego adorable, ¿no cree, doctor? ¿O es mi encanto parte de la estrategia para instigar esa admiración ajena?
Ay, el amarse es una historia difícil, porque todos los vanidosos estamos llenos de dudas. Hoy podría decir que no amo tanto lo que soy como lo que puedo llegar a ser. Pero, doctor, ¡pensé que eso estaba bien! Saberse bueno, soñarse mejor. 
¿Es verdad que tengo ese trastorno? ¿O esas muestras de vanidad son únicamente tendencias, vicios, del individuo cuando quiere defenderse en sociedad? 


En cualquier caso, no creo haberme aislado tanto en mi mismidad como para haber perdido la capacidad de empatizar.
Me preocupa la gente y, lo juro, me gustaría poder acercarme a los que me admiran, más allá de la devoción.
Pero es cierto que, últimamente, me cuesta encontrar interés en las cosas que dicen y viven los otros.
Tal vez, esto sea como el alcohol; cuestión de tiempo. ¿Es la egolatría un camino con parada última en Narciso trastornado? ¿En qué lugar de ese trayecto estoy?


Podría decir en mi defensa que ha habido muchos espejos listos para mi reflejo durante estos años, e Internet ha sido el mayor. 
Une tanto, y, a la vez, separa de todo. Es el embriagante espejo de vanidad donde me veo - y me ven - bellísimo y victorioso sin hacer grandes esfuerzos.
Tal vez, otro mecanismo de los narcisistas es echar la culpa a las nuevas tecnologías, a los padres, al ambiente, a los famosos, a la época, para evitar mirarnos finalmente en el espejo convencional, limpio, sin armaduras ni barreras ni distorsiones. 
¡Maldito freudianismo!
Ahora que lo pienso, querido doctor, en mi infancia debió existir cierto charco de lluvia donde me miré, donde me condené.
Quizá, volvía a casa. Quizá, alguien me había despreciado. Quizá, sólo estaba solo.
La lluvia hacía nacer charcos a lo largo del empinado camino. Y allí me vi, en uno de ellos, y entonces supe que había nacido una historia de amor horrible y maravillosa.
Me agaché y, sin percatarme del olor nauseabundo del lodo, igual al que desprenden los narcisos, mis labios besaron el agua. 
Volví a casa enamorado.


Siempre he creído que, ese día de lluvia, cuando mis labios tocaron su propio reflejo, me libraba de la locura de la soledad.
Pero, por lo que he leído en la Wikipedia, doctor, creo que tendré que venir a verlo un día más a la semana.
¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?

martes, 23 de octubre de 2012

Oh, Claire


A los cinco años, vio un vídeo de Madonna en televisión y supo que había nacido para ser actriz.
Una década después, Spielberg decía que era imposible sustraerse a la sinceridad que transmitía. Baz Luhrmann simplemente diagnosticaba: "Todos aman a Claire Danes".
Ella, la bella Claire, la niña Claire, la emotiva Claire, la que lloraba y sonreía con todo el rostro, se preciaba en tomar decisiones artísticas a los quince años con la ambición de las grandes precoces. No sabía entonces que el trayecto sería arduo y tortuoso hasta para un talento tan evidente como el suyo.


Allá por 1994, Claire Danes se hizo faz generacional cuando se estrenaba "My So-Called Life".
Considerada la primera serie de adolescentes que entendía la adolescencia, al reflejarla como un período de penumbra, somnolencia y sufrimiento, "My So-Called Life" no tuvo suerte en su paso por la ABC.
La cadena depositó escasa fe en la nueva serie, la programó con nulo criterio y nunca supo valorar aquella audiencia que, aunque discreta, se mostraba fiel.

Con el reparto juvenil de "My So-Called Life"

En sus manos, tenían una joya televisiva, emocionante, intuitiva, sensible, calculada al milímetro por los creadores de "Treinta y Tantos". 
Claire Danes, reina de la función, era Angela Chase, la chica enamorada, confundida, injusta en ocasiones, llorosa, despertada al dolor del crecer, tan transparente, tan inteligible; uno de los personajes emblemáticos de la televisión noventera. 
Identificarse con ella no conocía edades.


Claire ganaba el Globo de Oro y miraba con interés los proyectos que se le empezaban a servir sobre la mesa.
Mientras, "My So-Called Life" se despedía con un interrogante tras 19 episodios. La cancelación suscitaba la primera campaña de fans a través de un muy rudimentario Internet para pedir su renovación.
La opción se barajó, pero sin embargo, las dudas de la ABC fueron aún mayores ante una Claire reacia a continuar en televisión, centrada en cumplir con su suculenta agenda cinematográfica.
En cualquier caso, la cadena encontró en esa indecisión la excusa perfecta para el carpetazo total.

Con Jared Leto

Los fans de la serie se sintieron traicionados, pero el culto por la breve y bella "My So-Called Life" sólo se intensificó y nunca ha muerto. 
Hay que verla para entenderlo: tan 1994 y, a la vez, tan imperecedera.


En ese mismo 1994, se estrenó la primera película de Claire: "Mujercitas".
Nadie tuvo ninguna duda de que suyo sería el personaje de la bondadosa y enfermiza Beth, con el que llorar y por el que hacer llorar.

Como Beth March en "Mujercitas"

Para otra revisión literaria, en esta ocasión con el sello de la irreverencia, Claire era elegida por Baz Luhrmann para ser Julieta Capuleto, primer rol protagonista en la gran pantalla.
Con Leonardo DiCaprio, formaba una pareja de calado teenager, que adornó carpetas, alumbró la MTV, dividió a los críticos y motivó que todos y todas quisiésemos enamorarnos a través de un acuario. 

En "Romeo + Juliet"

El caché de la Danes se disparaba, y en el mismo momento que estalló su nombre, comenzaba una inmediata desorientación. 
Se la veía a las órdenes de directores como Coppola y Oliver Stone, pero la excitación general por Claire parecía decaer.

Con Joaquin Phoenix en "U-Turn"

Al cumplir 19 años, Claire Danes anunciaba tiempo muerto. Abandonó Hollywood e hizo las maletas dirección Yale.
Allí estuvo dos años, estudiando Psicología, carrera que nunca terminaría. 
Volver a la profesión artística fue comenzar otra vez y, en esta ocasión, sin la suerte de sus inicios. 
Sacudirse la imagen de la niña Angela Chase, de la Julieta posmoderna, de su imagen de adolescente de mediados de los noventa, parecía tarea de titanes, pero, con paciencia, se elevó poco a poco. 
El regreso se iniciaba esporádico y en papeles de escaso lucimiento, como su breve aparición en "Las Horas" o su flirteo con el blockbuster en "Terminator 3".


En el interín, las revistas del corazón encontraban un festín en 2003, cuando Claire comenzó una relación con Billy Cudrup, justo cuando éste terminaba con una embarazada Mary-Louise Parker. 
Claire y Billy soportaron el vendaval de suspicacias y estuvieron juntos tres años.
Pese a todo, la respuesta sentimental definitiva no estaría en Cudrup, sino que se encontraría en el rodaje de "Evening".

Con Hugh Dancy en "Evening"

En "Evening", Claire Danes era primera línea de un infartante reparto all-star. 
La película, un melodrama romántico bastante decepcionante, le dio, no obstante, la oportunidad de cruzarse en el camino del bello Hugh Dancy. 
Se hicieron amigos, se enamoraron, se casaron tres años después y ahora esperan su primer churumbel.  


Dancy ha sido, quizá, un amuleto de suerte, acontecido en el momento donde ella elaboraba para sí la hoja de ruta de la Claire Danes mayor, rubia, esa que se nos ha revelado aún más intensa, lista e inquieta.
En 2007, Claire hacía un aplaudido debut en Broadway a golpe de "Pygmalion", mientras miraba con ojos frescos y curiosos al lugar donde había nacido para la causa. Tras tantos años, la televisión ya no parecía tan mala idea.
La HBO le daba la oportunidad de ofrecer su interpretación más aclamada desde los noventa. Sería para "Temple Grandin", una historia tan asombrosa que sólo podía estar basada en hechos reales. 

"Temple Grandin"

La Tv-movie nos transportaba al mundo de una granjera autista, que desarrolló un talento para la ingeniería ganadera, promoviendo medidas más económicas y menos dolorosas para las reses. En el camino, una mujer y una personalidad más grande que la vida.
Claire Danes aceptó el reto y lo bordó. Y Hollywood, ante cualquier actriz que demuestre tal voluntad de transformarse, sólo se sabe hincar el pie en la tierra y bajar la cabeza.
Claire se llevó todos los premios importantes del año.


En el horizonte, irrumpía el proyecto de una serie para Showtime, que contenía un papel bombón para toda actriz inteligente. 
El libreto se llamaba "Homeland" y el personaje, Carrie Mathison, una obsesiva agente de la CIA, que busca desenmascarar las intenciones antipatrióticas que se esconden tras la impecable fachada de un héroe de guerra.

"Homeland"

El año pasado, "Homeland" se estrenaba con gran éxito, siendo el único estreno de la temporada que colmó todas las expectativas. 
En el buen hacer y el impacto, jugó un papel decisivo la fascinante interpretación de Danes. Se metía en la piel y los nervios de una mujer de acción, dramáticamente aquejada de un escalofriante trastorno bipolar, condición que afectará progresivamente a su carrera, su investigación y su reputación.
Que se llevara los galardones de mejor actriz televisiva de este año no sorprendió a nadie, pero, además, en los últimos Emmy, se acompañaba de la alegría de que Damian Lewis y la serie también se llenasen de oro.

Con Damian Lewis en los Emmy
Sucedía en esos mismos premios Emmy, donde 17 años antes, la niña Claire había acudido nominada por "My So-Called Life".
Ahora, con bebé a bordo, segunda temporada de "Homeland" en emisión, tercera confirmada ayer mismo, alguna que otra película en ciernes, los caminos son excitantes y las promesas, bien altas, como siempre en la Danes.

De incógnito en Beirut para "Homeland"

Para contarla, podría decirse que Claire Danes es una de esas mujeres que parecen haber tocado su techo de belleza sólo para superarlo una vez más, una de esas actrices que sorprenden al que no la vio venir desde el principio y una de esas personalidades que aún tienen mucha batalla que prestar. 
Con ella, el idilio nació para ser renovado.
 

Y sólo tiene 33 años. Diríase una niña.

lunes, 22 de octubre de 2012

Mátame, Showrunner


Nada triunfa tanto como el exceso, que diría la condesa dowager de "Downton Abbey".
Y el exceso triunfa en Catodia. Si la última semana pasara a la Historia de la televisión, bien lo podría hacer por la cantidad de muertes que ofrecieron los argumentos de las series dramáticas.
Todas las que servidor sigue - que son muchas - atestiguaron una muerte como mínimo. Todas fueron asesinatos, menos un suicidio en "Sons Of Anarchy" y el parto agravado de "Downton Abbey". 
De los asesinatos, sólo encontró justicia el de "Law & Order: SVU".
El mayor número de bajas se registró en "Boardwalk Empire", pero la más viciosa serie, sobre todo atendiendo a sus intenciones gráfico-realistas, fue "Sons Of Anarchy", que narró un total de tres muertes horribles; en realidad, nada comparado con la brutal temporada que está ofreciendo en ese sentido.

Kim Coates en "Sons Of Anarchy"

Desde los inicios, la violencia y la muerte en la ficción han sido recurrentes y preocupantes. 
Por un lado, viven un proceso de frivolización inmediato, que se intensifica cuando el objetivo es comercial. Y, por otro, se encuentran con los distintos niveles de sensibilidad del público, que no sabe si observarla, disfrutarla o censurarla.
En cualquier caso, la ilustración de la agresividad no tiende tanto a contarla, como a estilizarla para la audiencia y, de paso, insertarla en un marco tan inteligible como satisfactorio. Así, asuntos aleatorios e irracionales como los actos violentos o los accidentes fatales encuentran sutilmente una lógica dentro del codificable universo de la ficción.

"Topaz", de Alfred Hitchcock

El espectador es un ser humano que tiene miedo a la muerte y la destrucción, pero irónicamente, la espera, la entiende y la desea en un relato. 
Entre sus conflictos internos, su necesidad de schadenfreude y la búsqueda de emociones fuertes, se entiende esa escalada de una ficción cada vez más virulenta.
Nuestras abuelas se preocupaban por la familia del extra que caía rodando por la montaña. Ahora, no sólo entendemos ese daño colateral, sino que es probable que también seamos capaces de digerir que ni siquiera el más cruento asesinato quede resuelto por la ley y el orden.
Es la victoria de lo canalla, que indaga en emociones aún más complejas; dignas y propias de una época de crisis integral. Viendo la injusticia en la ficción quizá aplaquemos nuestra frustración ante la injusticia del mundo. Quizá la entendamos.

Ashton Holmes en "The Pacific"

Así, los productos televisivos, de ser el reposo de la bonhomía en otro tiempo, se han convertido en contundentes miradas al mal funcionamiento, al cinismo o, directamente, al Infierno. 
En el camino que va desde los sucesos del 11 de Septiembre hasta la debacle de las finanzas mundiales, las series más aclamadas y las que despiertan culto están protagonizadas por cabrones, delincuentes, perdedores y otras variantes del mito del antihéroe.
Un personaje que solía relegarse a los márgenes ahora ocupa el centro de la escena. Y acompañado de todo lo que conlleva; es decir, la oscuridad, el fracaso, la agresividad y la muerte.
La serie violenta se ha convertido en el nuevo escapismo, en la forma última de entretenimiento.

Michael Imperioli en "Los Soprano"

Y se impone la pregunta de siempre: ¿Es esa violencia frivolizada una cosa ofensiva, un liberador o una instigadora de emociones oscuras en la audiencia? 
Ante todo, la violencia mediática es un producto y, como tal, altamente consumible.
En relación a esa idea, cabría apreciar un aspecto de esa violencia en la ficción audiovisual: cómo se cuenta, cómo se refleja. Y la respuesta es sexy, muy sexy.
El erotismo se encuentra en la línea entre lo oblicuo y lo sorprendente, y así es como se retratan las piezas escénicas que atienden a agresiones, donde los ejecutores y/o las víctimas suelen estar interpretados por gente físicamente atractiva; el espectador tiende a sentirse aterrado y completamente excitado, sin poder apartar la vista de la pantalla. 

Ray Stevenson y Jason Gedrick en "Dexter"

Esa violencia sexy se ha manifestado en todos los estratos de la ficción y, sobre todo, cuando se aborda la violación; a veces retratada como poco más que un polvo duro por un realizador un tanto machista y bastante ignorante. 
Es lo que sagazmente señalaba Pauline Kael a propósito de la escena de la violación en "La Naranja Mecánica": Stanley Kubrick se había cuidado de que la víctima fuera una pelirroja bien pechugona.

Evan Peters en "American Horror Story: Asylum"

Esta última semana, Catodia insistía en la idea. El asesino de "Dexter" marcaba músculo, y a un personaje de "American Horror Story" lo lisiaban mientras le practicaban una felación.
Pero, sobre todo, irrumpía en la orgía final a tiros de "Boardwalk Empire", donde el súper malvado, súper depravado Gyp Rosetti salía ileso, desnudo, ensangrentado y enseñando una polla enorme. 
Ni que decir que una de las bajas de ese final de episodio era una pelirroja pechugona.

Bobby Cannavale en "Boardwalk Empire"

¿Dónde está exactamente la intencion de estos productos en su acercamiento a la agresividad? ¿Aspiran a contarnos subtextualmente la tristeza de nuestros tiempos? ¿O sólo excitarnos con aquello que nunca hemos presenciado? ¿Son realistas o explotativos? ¿Ambas cosas?
"Sons Of Anarchy", una serie otrora excelente, es paradigmática de la confusión. 
En esta temporada, se ha agudizado su condición de producto alborotador antes que su calidad de drama interesante. 
Los estallidos de violencia son cada vez más recurrentes y perversos, y las muertes, tan retorcidas y borderline, que ha llegado a preocuparme el estado de salud mental de Kurt Sutter, creador y showrunner.
Es pasar al nivel "Spartacus", donde el espectador sólo espera truculencia y mamporro. Pero, en "Spartacus", su estilo paródico y su estética de cómic propician un necesario distanciamiento. 
En "Sons Of Anarchy", la cosa se presenta presentista, realista y, por tanto, insoportable.
Que sea el protagonista de "Sons Of Anarchy" el responsable de la muerte más dura de la semana pasada - lo suficientemente dura para que me haya descolgado de la serie - insiste en esa apabullante hegemonía del antiheroísmo en la Catodia contemporánea.

Charlie Hunnam y Ryan Hurst en "Sons Of Anarchy"

Pero, de manera curiosa, no hay verdadera irreverencia en la esencia de todas estas series agresivas, porque, en el fondo, los valores morales siguen siendo los mismos. 
Se jode al espectador, poniéndolo contra las cuerdas de todo lo que cree y todo lo que piensa, pero, a la vez, se lo reconforta con los mensajes bien conocidos. 
Es la vieja explicación de porqué una cadena tan ultraconservadora como FOX alentase el estreno de dos espectáculos trangresores en su momento como "Los Simpsons" y "Cops".
Parecen cuestionar valores, pero sólo se valen del escándalo y la iconoclastia para reivindicarlos.
Si estudiamos atentamente series como "Breaking Bad" o "Weeds", podemos observar que jamás se legitima el tráfico de drogas como una salida profesional, por mucho que se ironice la situación. Se habla de sus miserias, de sus soledades, de la infelicidad del dinero fácil y de que incumplir la ley conlleva una inmediata corrupción personal.

Anna Gunn y Bryan Cranston en "Breaking Bad"

En el caso de los reality shows, esos programas nos presentan gente que suele preocuparse mucho por su imagen, pero no tiene clase ni sentido del ridículo ni autoestima.
Además, la realización de los reality acentúa lo plástico del escenario para refutar la vacuidad de sus protagonistas, los mismos que se lanzan al grito y la descalificación como expresión implícita de su incapacidad para comunicarse con el mundo. 
La vergüenza ajena que provoca en el espectador lo hace sentirse superior a lo que está viendo y, por tanto, reconfortado.

Peleándose por 'The Situation'

Al final, los relatos de lo negativo, lo desagradable, lo agresivo y lo mortífero dan el mismo calor a la audiencia que los cuentos que contaba la abuela. 
Y, en el fondo, son como una canción heavy: sonará muy dura, pero está hablando de amor.

Kurt Sutter y Maggie Siff en "Sons Of Anarchy"

En cualquier caso, los showrunners y jerifaltes de las series deberían recordar que el hecho de que el protagonista sea un antihéroe no conlleva necesariamente que lo contado sea profundo.
Y usar el fallecimiento de un personaje como continuo recurso para dinamizar una serie es de guionista vago.
Especialmente, si la muerte viene producida por un accidente. Y más cuando el accidente está escrito por Shonda Rhimes.

Cheryl Leigh y Eric Dane en "Anatomía de Grey"

Es el showrunner jugando a Dios, o al "Doom 2", aún no lo tengo claro. 
Incluso en la última muerte de "Downton Abbey" aparece ese capricho de emperador. 
No fue un asesinato, pero fue una puerta muy poco sutil: con la estructura de un episodio de "ER", se nos entregó un ABC del melodrama. 
Para los que hemos visto mucho, el fallecimiento de "Downton" fue el sota, caballo y rey de siempre. No hubo verdad en esa muerte, sólo sensación de acumulación, de exceso.
La propia serie ya lo dijo en uno de sus diálogos: nada triunfa tanto como el exceso.

Allen Leech y Elizabeth McGovern en "Downton Abbey"

En otra época, los cien bailes de Fred Astaire y Ginger Rogers. Ahora, las mil muertes de "Sons Of Anarchy". Ambas consumibles imitaciones a la vida; ambas significativas cultural y sociológicamente.
Y, al final, si el reinado del Bien en las ficciones de otros tiempos llegó a despertar desconfianza en el espectador, el  consumo del Mal terminará por deslizarse desde el feliz masoquismo hasta el absoluto tedio y la inequívoca alienación.
No es tanto como que el espectador se desensibilice o no - eso siempre dependerá de la persona -, sino que encontrará la descripción de la vileza poco interesante y hallará revolucionario que una serie esté protagonizada por gente buena o, al menos, normal. 
Es aquello de querer a los Carpenters después de los Rolling.

Kyle Chandler en "Friday Night Lights"

Así, el espectador verá la última masacre de gángsters televisivos, donde hasta el apuntador teme por su vida, y se confesará necesitado de un retorno de "Los Osos Amorosos". 
Lo oportuno sería combinar cuentos del Bien y cuentos del Mal, pero bien se sabe que de modas y extremos, vive y vivirá la Historia.