jueves, 19 de septiembre de 2013

Saber de Rusia


Hay un momento inolvidable en la televisión de este país, acontecido en el certamen de Miss España del año 2001. 
Sucedió en la ronda de preguntas a las aspirantes, ese instante de la gala donde los miembros del jurado hacen preguntas banales para obtener respuestas igualmente banales. 
Las concursantes suelen estudiarse a priori lo que deben decir para salir del paso y, si alguna tiene la oportunidad de demostrar desparpajo andaluz en el interín, hasta puede que gane el primer premio de esa feria de ganado.
En 2001 y para el caso de Miss Melilla, la situación se puso difícil cuando un extraño, extrañísimo miembro del jurado tomó el micrófono y le preguntó:
- Quería que me dijeras, en unas 25 palabras, qué sabes de mi país. Soy embajador de Rusia.
Dicho con acento ruso, claro.
La concursante cerró los ojos como quien soporta un puñal en todo el cuello. 
- ¿Me puede repetir la pregunta, por favor?
- Que qué sabes de mi país, de Rusia.
- Pues, ¿que qué sé de Rusia?. Que es un país con una gente maravillosa, mmmm... Que, en el tema de política, ha tenido algunos cambios. Y, de resto, no sé mucho más.

Miss Melilla 2001

Dicho con acento melillense, claro. 
La pobre muchacha se dio la vuelta, prorrumpió en un "Gracias" roto por los nervios y las lágrimas contenidas, mientras el embajador ruso - que quién sabe cómo había llegado hasta allí - puso cara de descontento.
El público la aplaudió, mientras la secuencia quedaba grabada en los anales de la vergüenza ajena y es recurrente en selecciones de zapping. 
La gente se ríe de Miss Melilla, porque quedó como una boba, que es lo que debes ser supuestamente cuando te presentas a un certamen de belleza.
Pero también debieron preguntar qué hacía ese señor en Miss España. Si nos ponemos suspicaces y xenófobos, hablaríamos de mafias y maletas de dinero, a los que ese certamen, ahora mismo hundido en una justa miseria, nunca se dijo extraño.
Pero pongamos el escenario de que la adorable Miss Melilla hubiese contestado algo como:
- ¿Rusia? Oh, Rusia. Es el país más grande del mundo y cuenta con la mayor superficie inhabitada de la Tierra. Es una república federal semipresidencial, situada en la Eurasia del Norte. Su historia comienza con los eslavos del Este y se extiende a lo largo de siglos, con cristianización, poderosos zares, cruentas guerras, terribles hambrunas y una de las revoluciones más espectaculares de la Historia. De minerales, fuentes energéticas y grupos étnicos, va más sobrada que nadie.
Incluso si la Miss hubiese contestado eso, el embajador hubiese puesto cara de:
- Tú no sabes shit about my country.

El tal embajador de Rusia

Porque, ¿quién demonios sabe algo de Rusia? ¿Quién ha sabido algo de Rusia alguna vez? 
Rusia, el país más grande del mundo, el mayor misterio de todos. Quizá, la única respuesta a sus secretos es que hace mucho frío.
Si me subieran a una palestra, con micrófono, tacones y un peinado rococó, y me pillaran de nuevas con una pregunta así, yo me echaría a llorar y luego, tartamudeando, diría:
- Pues no sé. Vi la película aquella donde Marlene Dietrich hacía de la zarina Catalina. En principio, llegaba a la Corte y la obligaban a casarse con el heredero retrasado. Ella era inocente y sufría mucho. Cuando creció, se volvió una ninfómana muy poderosa y se ganó el Imperio. Peliculón.
El embajador ruso me miraría con gesto de reprobación para decir "you don't know shit". Yo iría a llorar a las bambalinas, mientras diría a mis compañeras:
- Yo sabía más de Rusia, pero es que los españoles somos un cero en hablar en público, especialmente cuando te hacen una pregunta cabrona. ¡De España! ¡Yo sí sé mucho de España!
Dicho con acento canario, claro.

"El Acorazado Potemkin"

¿Cómo escribes sobre un país hermético, extraño, alejado, diferente? Hay películas soviéticas como "Iván el Terrible" o "Los Corceles de Fuego" que parecen caídas de otro planeta. Son incomprensibles en forma y fondo. 
Saber de Rusia no es tan fácil.
En el instituto, tuve que hacer un trabajo sobre un "-ismo" a elección personal. Yo elegí "El Comunismo" que, por entonces, me parecía la idea más romántica del mundo. 
Adoré ese trabajo e, inocente como una Catalina recién llegada a la Corte, entendí la Unión Soviética como ese país tan cañero como para librarse de una opresión terrorífica con un par de huevos. Y el ejército de su parte, por supuesto. 
Todavía no sabía que la revolución, como el amor, es muy complicada. 
Además, cuando redacté ese trabajo, el Muro de Berlín ya había caído. La Unión Soviética volvía a ser Rusia, ese interrogante de la Historia, ese lugar donde nadie se aventura. El día que Napoleón se internó allí, la noche que Hitler decidió marchar sobre su invierno; en esos instantes, los dos perdieron sus guerras.

"Guerra y Paz" (1968)

De un sistema feudal acartonado, bestial, ultramonárquico, Rusia se dio la vuelta como un calcetín y se convirtió en el primer - y quizá último - Imperio comunista de la Historia. Los progresistas lo amaban. Los anticomunistas le veían los cuernos y el tridente en lugar de la hoz y el martillo.
En las películas norteamericanas, era el frío villano que sobaba el gato mientras se pensaba pulsar el botón rojo del colapso atómico. 
En todo el mundo, su imagen se combina con la tragedia de Anna Karenina, con esa especie de reducto de la vieja, vieja, vieja Europa. Tan vieja Europa, que llegaba hasta Asia.
Bailarines, músicos, escritores, cineastas. Rusia es mucho más que su Historia. Rusia está, en efecto, llena de gente maravillosa.

Tchaikovsky

Rusia es fascinante, siempre lo fue. Piensa en esos lugares desiertos de su geografía, en esos países que la circundan - todos acabados en "yán" - y en esas páginas sobre sí misma, sobre sus tristezas y sus alegrías, que nunca ha escrito. País pudoroso para ser tan descomunal.
- Tú no sabes shit sobre Rusia - insiste el embajador.
Y yo le respondería:
- Oh, últimamente sé de un dirty little secret. Porque está en todas las noticias. ¿No odia usted leer las noticias?
Desde el año 2000, poco antes del incidente con Miss Melilla, el señor Vladimir Putin, señor tan intrigante y terrible como el territorio que gobierna, se proclamó presidente de un país cuya salida del comunismo había sido escasamente elegante.
En los papeles desclasificados que nos contó Wikileaks, los estadistas lo definen como "ese país dictactorial controlado por la mafia".


La mafia rusa es muy temible, Putin, también. 
Es un dictador a todos los efectos, que hace lo que le place, encarcela a los que se meten con él, se sube encima de osos, gana al judo y defiende un prototipo de action man devorador. 
Un eslógan recurrente es "Be Like Putin": haz ejercicio, entrégate a los deportes de riesgo, toma lo que, por tu orgullo de macho, te pertenece.

Déjese ganar, buen hombre

La homofobia de Rusia no es nueva ni genuina. 
Se ha filtrado ahora por dos motivos: el desacuerdo político con los Estados Unidos - el caso Snowden, la inminente intervención en Siria - y la traumática occidentalización del país, que ha de pagar peaje en la cuestión gay. 
Deben aceptarla si quieren ser "modernos", si necesitan integrarse en la órbita de Occidente, si quieren librarse, por fin, de su viejo vestido de rusos herméticos. 
Como en la mayoría de países de este planeta, lo gay es un tabú en Rusia, es algo que no se comprende, que se vive como un vicio, que se prefiere a escondidas, que, por ignorancia, se confunde con la pedofilia. Que prefiere no manifestarse o que los homosexuales se vean como "negros de casa": esos que saben donde está su sitio, esos a los que se le perdona la vida.
La violencia y la homofobia son cáncer de este planeta, pero lo sucedido en Rusia le da el rango de crimen contra la Humanidad por la impunidad rampante, por la connivencia, por la cara de póker del señor Vladimir. 
En esos vídeos, que mi estómago y mi corazón son incapaces de aguantar, los skins justicieros graban palizas y torturas. 
Se ríen - quién entiende esas risas - ante el sufrimiento de los mártires. Se filtra en la red y los norteamericanos se lanzan sobre Putin. Obama lo escribe en su agenda para su próximo encuentro con Vladimir. Éste pone cara de póker. Nadie hace nada. Las víctimas mueren, los "justicieros" buscan a otras. 


Es un gamberrismo institucionalizado, porque el gobierno ruso podrá declararse hómofobo o bloquear leyes a favor de nuestros derechos civiles y entenderíamos que lo hace por reaccionario, atrasado o tontorrón. Cuando cierra la boca y no hace nada para condenar crímenes y perseguir culpables, ¡jojó! Se ha pasado usted todos los pueblos de la estepa y la tundra, señor fascista.
Con esos asesinatos e injusticias flagrantes, Rusia se está llenando de la misma mierda que la Alemania de Hitler y la Serbia de Milosevic. El tiempo se lo contará.
Decía Gandhi que los asesinos y los dictadores parecen muy poderosos e imbatibles, pero todos caen, más tarde o más temprano. Es verdad y es mentira. Caen, sí, pero muchos mueren en sus plácidas camas, joder. 
¿Quién hace caer a Putin?
Porque tú, simplemente, no te metes en Rusia. Nadie se mete en Rusia. 
El miedo es el siguiente paso. 
Los dictadores siempre quieren más. Y se me va la imaginación desbocada esta y me veo a Vladimir destruyendo a la decadente América y lanzándose por toda Europa con su política corrige-pecados, con su Holocausto homosexual, con su sentimentalismo ruso, con sus lágrimas de señor trashy, con sus dos perros, con el absoluto asco que es como ser humano.


Y recuerdo eso de "no hiciste nada entonces y luego vinieron a por ti". 
¿Qué puedo hacer yo?, me preguntaba cuando veía las imágenes de chavales humillados y sus torturadores sonriendo a cámara.  
Firmé peticiones de Change.org y aplaudí a Wentworth Miller, a Cher y a los deportistas que quieren boicotear los Juegos de Sochi. 
Soñé con el bloqueo a todos los niveles, sin darme cuenta del poder estratégico, económico y militar de ese país.
Y también fantaseé con encontrarme cara a cara con el Hijode Putin y dispararle en la cabeza, mientras veo su cara de sorpresa a la par que su cerebro diarreico desparramándose por todo el salón de conferencias. Yo también moriría a manos de sus guardias, pero hubiese hecho lo que tenía que hacer.
Lástima que, muerto ese perro, no se acabase la rabia. 
La homofobia de Rusia no se curará sin Putin, lo hará el tiempo, la claridad, qué sé yo. 
La gente es tan tonta que, en vez de condenar todos los horrores que suceden en este mundo, prefiere lanzar dedos acusadores contra lo que ocurre en mi dormitorio.


El mundo no tiene arreglo. No sé si el amor lo salvará, pero está claro que el odio lo destruye. Y la sociedad rusa sabe muy bien de ese odio. Lo saborea a diario.
¿Qué lo cambiará? Quizá, la parodia. Tal vez, nos quede reírnos de Putin, como Chaplin hacía con Hitler. 
Y ver ese anunciado título de porno gay, "Put In On Putin", sea la mejor manifestación, porque contiene lo que pensamos, todo lo ridículo que es y lo fácilmente distorsionable que se presta su figura de macho de tres al cuarto, con una imagen pornográfica con la que masturbarse, con la que menguar su poder de convicción, con la que aumentar el nuestro.
La homofobia no morirá con su muerte, pero la homosexualidad tampoco morirá conmigo.


- ¿Qué sabes de Rusia? - insiste el embajador. Como buen diplomático, quiere paz y concierto.
Con toda probabilidad, la respuesta de que está llena de gente maravillosa es la mejor que puedes dar. Porque todos los países están llenos de gente maravillosa, incluso Rusia. 
Sus existencias y personalidades están dotadas de un factor maravilla, al que ni siquiera prestan atención. Hacen su trabajo, quieren a sus hijos y son valientes para comprender que un día se van a morir. Realmente, son maravillosos.
Ay, y si intentaran algo de respeto, algo de conciencia, algo de abrir un libro, algo de dejarme en paz, a mí y a mis brothers. Algo por salvar el alma y limpiar la casa. 
Y, como diría Miss Melilla, de resto, no sé mucho más.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cine Para Hacer Cine


El día que el cine se ganó a los espectadores, nacieron los cinéfilos, esos seres que se confesaron enamorados de las sensaciones que desprendía la pantalla. 
Algunos de ellos se atrevieron con soñar en aportar su visión y lanzarse sin paracaídas a esa loca aventura que supone ser cineasta.
Porque la Historia del Cine se escribe desde el amor por el medio. Obviamente, no fueron las mismas fuerzas las que impulsaron a David Lynch, a Pedro Almodóvar, a Anthony Minghella o a Brett Ratner. 
Unos directores lo verán como una manera de hacerse rico; otros, como la profesión glamourosa con la que conquistar a las chicas; aquellos de más allá, como el mejor medio de expresión; y unos pocos como la manifestación definitiva de su genialidad.
Pero todos amaron el cine y lo descubrieron desde niños como nosotros.
Las buenas películas hacen adorarlo, pero hoy buscamos esas que van más allá, aquellas que convierten al cinéfilo confeso en un futuro director de cine.
Son las películas que inspiran a hacer películas. Que inspiraron a otros y, si te descuidas, te inspirarán a ti.
El director-cinéfilo por excelencia, Martin Scorsese, habla de sus primeras experiencias en las salas de su infancia con el mismo fervor del que cuenta un despertar sexual. 
"Duelo Al Sol" es señalada como ese imborrable estallido de colores y pasiones que cautivó y estremeció al pequeño Marty hasta el punto de obsesionarse por las películas.

Jennifer Jones en "Duelo Al Sol"

Pero "Duelo Al Sol" no lo convirtió en cineasta. No es un título que, por sí mismo, ofrezca la posibilidad de que un don nadie sea capaz de dedicarse al medio en un futuro. 
Es una producción de David O. Selznick y, como todo el Hollywood que se escribe a sí mismo en letras mayúsculas, luce creado en una tierra lejana, muy lejana.
En 1946, funcionaba como la última demostración de poder de su productor, que no quería una cabalgada de diez jinetes; la quería de sesenta. Sólo por el placer travieso de conseguirlo y multiplicarlo por seis.
"Duelo Al Sol" habla de la entidad priápica del cine industrial, pero no es la película que podemos hacer, hoy y aquí. 
Obras como "Duelo Al Sol" hicieron de Scorsese un cinéfilo, pero serían títulos como "On The Waterfront" los que sembraron la semilla, los que brindaron a un chico de Queens la idea de que crear cine puede ser más que un sueño. 
Son las películas que contaron que el cine está en todos lados, está aquí, está en ti.

Marlon Brando y Eva Marie Saint en "On The Waterfront"

"On The Waterfront" se ambientaba en las calles donde Martin crecía. Era un cine realista, y no por ello necesariamente mejor, pero hacía protagonista de una producción hollywoodiense lo que nunca había sido considerado digno. Y, oh, parecía tan auténtico, tan sencillo.
Es lo que permitió que Scorsese supiese que tenía que algo que contar. Sobre las calles, sobre sus "Malas Calles". 
Fue una película que le inspiró a hacer películas. 
En primer lugar, realistas, sucias, ahorradoras, porque el escalón de la consagración pasa por la sinceridad, la revelación del mundo propio, aquello que conoces de primera mano, esa espina existencial que debes quitarte. 
Luego, el Cielo es el límite y, si las cosas funcionan, no sólo contarás las malas calles, sino hasta "La Edad de La Inocencia", con más presupuesto y más caprichos a saciar que cualquier Selznick.

Harvey Keitel y Robert de Niro en "Malas Calles"

Películas que provocan a hacer películas, cinéfilos que se convierten en directores de cine. ¿Qué película ha inspirado - e inspira más- que "Al Final de la Escapada"?
En el mundo intelectual de la Francia de finales de los cincuenta, el cine se debatía en escuelas, en cafeterías y en dormitorios y, cuando sus teóricos saltaron a la pantalla, irrumpía como la revolución más ambiciosa de toda la Historia del medio. Revolución francesa, por supuesto.
Jean-Luc Godard, niño terrible de la Nouvelle Vague, debutaba con "Al Final de la Escapada", o la película posible. Es decir, barata de presupuesto, rica de novedades.

Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo en "Al Final de la Escapada"

"Al Final de la Escapada"  habla de muchas cosas. 
Es la posibilidad de hacer género, de hacer estilo, de hacer poética, de poner todas las previsiones del espectador patas arriba y, a la vez, trasladar el cine al raso de la calle. 
Sus protagonistas se pasean por París, los transeúntes se dan la vuelta al descubrir que son grabados y la cámara nos cuenta desde los disparos a los besos. Godard, como amaba el cine, bien sabía que era kiss kiss bang bang.
Esta obra iniciática se inmiscuye en la complejidad de la intimidad, bucea en las multiplicidades del montaje y rastrea las pulsiones emocionales que propician la imagen y el sonido. Y es intensamente romántica.
"Al Final de la Escapada" juguetea con los tópicos y con la superación de estos. Juguetea con el cine, con picardía, a placer, sin necesidad de los millones de David O. Selznick.

Jean-Paul Belmondo en "Al Final de la Escapada"

En todo momento, ofrece a los demás cinéfilos la verdad de que pueden hacer la película que quieran, lejos de estudios, de demandas populares, de modas, de cánones.
La Nouvelle Vague, en general, y Godard, en particular, contaron - y cuentan - que el mundo espera por tu película.
Quizá, tu película no interese, tal vez, te acusen de pretencioso o, sencillamente, no resista el paso del tiempo. Pero, hey, ¿quién sabe? Lo mismo eres un genio.
Es significativo que Godard dedicara ese debut cinematográfico a Monogram Pictures, productora de serie B norteamericana, que, de manera inadvertida, le había brindado la imagen de que se apaña con mucha imaginación.
La Nouvelle Vague fue el toque oficial de trompeta: la admiración por las películas, su discusión, su teorización y su apasionamiento desde la distancia se trocaban en acción decidida. 
El cine dejaba de ser una institución llevada por profesionales y, con el faro del europeísmo, sincerarse, transgredir y provocar fueron los verbos que las imágenes debían conjugar.
Los años setenta fueron el mejor laboratorio para esa clase de artista - como el caso de Scorsese -, pero también nos topamos con la contradicción andante. 
Es decir, con Orson Welles.
A diferencia de Scorsese o Godard, el caso de Orson fue al contrario. De tenerlo todo a disposición para elaborar su primera obra, irrumpieron luego los harapos: pedir prestado, cancelar rodajes y clamar por remontajes.
Aunque alienada por estas dificultades, la pulsión creativa de Welles nunca murió.

Orson Welles en "Fraude"

Pongamos el ejemplo de su última producción completa, "Fraude", una película que invita a hacer películas, por lo apasionante de su construcción a todos los niveles.
Originalmente, era un documental para rastrear la vida y personalidad de Elmyr de Hory, un infamous falsificador de arte, que se jactaba del hecho de que museos importantes colgaban sus copias como piezas auténticas sin que ningún experto las hubiese detectado.
"Fraude" basaba su investigación según la biografía desveladora de Clifford Irving. Hete aquí que, en medio de la producción del documental, saltó la noticia que el biógrafo tampoco era trigo limpio. 
Irving había perpetrado otra biografía, esta vez de Howard Hughes, donde el escritor aseguraba haber contactado en exclusiva con el recluido magnate. 
Éste lo desmintió y otro falsificador quedó al descubierto.

Clifford Irving y su mono en "Fraude"

Orson Welles nos lleva en "Fraude" a través de su propio discurrir. La película piensa a la vez que nosotros y arriba a la conclusión de que todo artista es un mentiroso fabuloso. Y el primero es el mago, el mismo director, el magnífico Orson.
Las innovadoras técnicas de montaje, los juegos de sincronización y las multitexturas de "Fraude" cautivan y su propia condición de película barata, on the making, nos instiga a hacer nuestro propio truco, nuestra propia estafa, nuestra propia película.
Pero no todo es oro, bien lo sabía Orson Welles. La genialidad no es suficiente, ni siquiera la reputación. Hacer una película es difícil; hacer la segunda, un milagro.
Ahí está Richard Rush, un nombre apenas conocido, que realizó una película que invita a hacer películas: "The Stunt Man".

Peter O'Toole y Steve Railsback en "The Stunt Man"

Una comedia bizarra, incisiva y un tanto exasperante sobre un especialista que cree que el director ha desplegado un plan para matarlo en pleno rodaje de una secuencia de acción. 
"The Stunt Man" es cine dentro del cine y se mueve con la antisintaxis vindicada por el cine europeo de los sesenta. 
No es extraño que "The Stunt Man" recibiera elogios de Truffaut y Godard cuando la descubrieron en televisión y preguntaron quién narices era el hombre detrás de esa joya inclasificable.
La lamentable realidad es que "The Stunt Man" se había estrenado de tapadillo, años después de su finalización y, ni sus tres nominaciones al Oscar ni los piropos de la crítica, la salvaron de la indiferencia general.


Rush no volvería a dirigir en décadas para ninguna major y la única que se le ha brindado ha sido - fígurate - el desastroso ero-thriller "El Color de la Noche" en 1994.
El cine, como el mundo, tiende a absorber gustosamente a las personalidades, sobre todo cuando se ponen demasiado bravías. 
Y, desde que se producen menos películas y más caras producciones, llegar hasta el templo se cuenta trabajo de Hércules.
No obstante, cuando todo parece absorbido sin remisión por el elitismo de las corporaciones y los consumos mass-media, surgen fenómenos que expresan esa capacidad de realizar películas desde la simple pasión por hacerlas.
Ahí está "Hedwig & The Angry Inch". 
De por sí, inspira a producir nuestro proyecto, porque es desvergonzada, libre de forma y muy romántica. 
Aunque lo que invita a seguir el camino de su creador y estrella, John Cameron Mitchell, se relata en el documental que recoge los pasos que se dieron hasta ese film.

"Hedwig & The Angry Inch"

Lo que empezó como una obra de teatro que se interpretaba entre amigos se subió a las tablas de los confines de Nueva York, para irse internando poco a poco hasta tocar los límites de Broadway. 
La adaptación cinematográfica se hizo necesaria y John Cameron Mitchell llegó a los Globos de Oro, mientras se hacía figura indispensable del indie.
El boca-oreja llevó a la fresca "Hedwig" desde una improvisada chorrada de loca hasta la creación de uno de los últimos grandes musicales del siglo pasado.
"Hedwig & The Angry Inch" nos recuerda que el cine es muchísimo más que recetas de buen gusto. 
Además, también ejemplifica que este medio no es cosa de una persona. No es lugar para egoísmos, porque hasta los más autores cuentan con equipos acordes, esos que comparten su visión, que la refuerzan con el trabajo duro, que la hacen posible. 
Y, sobre todo, encontrar y conectar con el público potencial, ese que espera ansioso que toques esa tecla nunca tocada o largo tiempo olvidada. 

"Hedwig & The Angry Inch"

Ante lo dicho, la conclusión de hoy ha de ser una pregunta: ¿Cuándo hacemos tú y yo una película?

martes, 17 de septiembre de 2013

Brillo y Dureza de Susan Hayward


Ardiente en rojo, mesmérica de pies a cabeza, Susan Hayward entraba cual huracán en escena, torcía los labios y soltaba esa voz especial como ella, rota y ronca a costa de dos paquetes de cigarrillos al día.
Su cabellera pelirroja, su exquisito busto y su aspecto de mujer-mujer la llevaron de los harapos a la riqueza, aunque fue su dureza personal lo que le permitió hacerse sitio en una industria cuya escalada nunca se dijo sencilla.
Al final, atesoró lo que deseaba: dinero, fama, el Oscar. Porque Susan Hayward era hija de su país, una ambiciosa con ansias de riqueza, más preocupada por logros materiales que por auténticas glorias.
"Nunca me he pensado estrella de cine, sólo una chica trabajadora que llegó hasta lo más alto y nunca cayó", diría para contarse.


Su técnica interpretativa en sus empeños más celebrados fue discutible - poca sutileza, mucha gestualidad - aunque, en todo momento, se impuso como una personalidad de impacto.
Costaba apartar los ojos de ella, se la viera a lomos de un caballo, apurando penúltimo trago de scotch o renunciando al amor por el honor.
La fascinación hoy prevalece, quizá por esa imagen desfasada de mujer volcánica, de señora de armas tomar, cuyo único miedo sería llegar y pasar desapercibida. 


Y Susan Hayward es una verdadera diva. Temperamental, vibrante cuerda de melodramas, más grande que la vida. 
Sin ser tan talentosa como la Stanwyck ni tan revolucionaria como la Davis, Susan se conjuga sin problemas con un raro, remoto, contundente esplendor.
O ese factor que llamaban estrellato.


Edythe Marrener era el nombre detrás de la actriz y el barrio neoyorquino de Brooklyn, el mediocre lugar donde había nacido.
Su infancia fue pobre, aunque no desgraciada. En cualquier caso, los apuros económicos de sus primeros años serían señalados por ella misma como el fuego donde se coció su empuje vital.
Ya pisaba las tablas en sus años escolares, aunque Edythe se veía más futuro como secretaria. Un golpe de casting y se hizo nombre en las carpetas de las agencias de modelos neoyorquinas.
Vestía y devestía ropa de firma en 1937 cuando llegaron las noticias de Hollywood. "Se busca a Escarlata O'Hara".
Edythe hizo las maletas para presentarse en Los Ángeles, con la determinación de nunca volver a pasar hambre.


El papel de la O'Hara no fue para ella, como bien sabemos, aunque su prueba gustó a los cazatalentos y se la llamó para firmar un contrato como figurante.
Edythe quería más, pero el desánimo no la impidió cumplir con su trabajo mientras aspiraba a primeras líneas.
En 1939, por fin, Susan Hayward era una realidad, vestida de época, al lado de Gary Cooper en la aventura "Beau Geste".
Tan bonita y tan roja, Cecil B. De Mille la llamaría para la stravaganza sureña "Reap The Wild Wind" y las líneas de Hollywood se llenaban, poco a poco y sin prisa, con el nombre de Susan.


Los años cuarenta fueron carrera de fondo.
Por un lado, demandaba más carne dramática y se le resistía. Por otro, las columnas de cotilleo registraban las tormentas de su matrimonio con Jess Barker, actor de serie B y padre de sus hijos gemelos.
Acabó en divorcio y en postrero intento de suicidio por Susan. La salvaron, ella agitó su melena de superviviente y proclamóse más Hayward que nunca.
Detrás de las cámaras, se la reconocía como una republicana convencida, una mujer tradicional, poco amiga de casi nadie, de personalidad profesional, respetuosa y más bien fría. Gustaba de vivir el calor en privado y era amante de los hombres machos.
Cuando olvidó a Jess Barker, otro agreste sureño, de nombre Floyd Chalkley y con rancho incluido, ocupó su loco corazón y su dedo anular.


Por entonces, ya había conseguido su sueño en Hollywood: que la vieran como una actriz buena, válida, digna de figurar por encima del título.
Lo decisivo se llamó "Smash-Up: The Story Of a Woman", primera y verdadera oportunidad de lucimiento.
Interpretaba a una cantante de night-club dipsómana, la cosa se sintió de escalofrío y la nominaron al Oscar. Como no lo ganó, le entró la obsesión.
Y, durante los años siguientes, las interpretaciones más esforzadas de Susan Hayward obedecen a toda la lista de trucos necesarios para conseguir un Oscar: borrachas, celebridades o celebridades borrachas.

Con Dana Andrews en "Mi Loco Corazón"

Así, Susan fue la heroína que se embaraza soltera y acaba cebada de licor en "Mi Loco Corazón", incorporó a Jane Froman, la cantante que quedó paralítica en "Con Una Canción en Mi Corazón" y se lanzó a un festival de excesos en "Mañana Lloraré", donde la escalofriante historia de la alcohólica Lillian Roth viste como un clásico del camp. 

"Mañana Lloraré"

A pesar de que la interpretación es de todo menos ejemplar, es imposible dejar de conmoverse en la escena cumbre de "Mañana Lloraré", cuando anda escaleras arriba, sin aliento ni más vasos que devorar, derecha a una oportunidad en Alcohólicos Anónimos.
Susan era una mujer tan guapa y fuerte que verla de borrachuza y trágica motivaba agarrar todos los pañuelos y no dejar seco ni uno. 
Entre estas películas aplaudidas, quedaron otras mejores, menos noticiables en su día y hoy muy recuperables, donde Susan estuvo más fina a las órdenes de Joseph L. Mankiewicz en "House Of Strangers" o Nicholas Ray en "The Lusty Men".

Con Richard Conte en "House of Strangers"

Con las fuerzas intactas, se permitió otro tour-de-force de los suyos para nueva biografía, esta vez como Barbara Graham, vulgar señora condenada a la cámara de gas.
Sucedió en la brillante "Quiero Vivir".
Aunque la boca seguía adicta a la mueca, el personaje duro de la penada se benefició del carácter de la propia Hayward.
Tanto la película como Susan son difícilmente olvidables, y la Academia, por fin, le dio la estatuilla que le había quitado el sueño.

"Quiero Vivir"

Como las grandes actrices de su época, Susan Hayward había probado que era insumergible. La edad no había sido un problema al fin y al cabo; sólo la había hecho más poderosa en escena. Sus exigencias fueron tan altas como sus apuestas y la yanqui había vencido.
Con la sensación del deber cumplido, se dijo esporádica mientras llegaban los sesenta. Aún se permitía algún retorno, a golpe de melodrama lujoso, desde la llorosa heroína de "La Calle de Atrás" hasta su desternillante divona Helen Lawson en la desternillante "El Valle de las Muñecas"·. 
Una de sus últimas intervenciones memorables aparece en "The Honey Pot", donde, de nuevo a las órdenes de Mankiewicz, ofrecía lo más parecido a una parodia de su ultrafemenina imagen.


El fallecimiento de su segundo marido la entristeció y cambiaba de rústica residencia, mientras se decía aficionada a los escenarios abiertos, a saborear sus victorias, a respirar aire puro.
No fue aire puro lo que había respirado en cierta ocasión, allá por 1956.
En "The Conqueror", uno de los rodajes más caóticos de su carrera, el equipo se instaló en un lugar de Utah, donde, supuestamente, estuvieron expuestos a toxinas radioactivas.
No se sabe si fue la causa, pero salta a la vista de que todos los actores que trabajaron en esa película - incluyendo John Wayne, Pedro Armendáriz y Agnes Moorehead - sucumbieron al cáncer años después.
Susan fue diagnosticada de un tumor cerebral en 1972 y supo enseguida que el telón estaba echado para ella.
Retirada, se permitió un último capricho de estrella. 
"Quiero ir por última vez a los Oscars", le dijo a los médicos. Éstos le recomendaron que se quedara en cama.
Ella se vistió de fuerza, se puso una peluca, se pintó las cejas y allí apareció en el escenario, del brazo de Charlton Heston, para leer el sobre a la mejor actriz.


Nunca se la volvió a ver en público. 
Al año siguiente, moría en su residencia hollywoodiense para que sus restos se trasladaran hacia su pacífico y solitario rancho de Georgia.
Se marchaba con 57 años y el sabor de la aventura en los labios.


"No sé cómo relajarme. La vida es demasiado corta para relajarse", había dicho la infatigable, la decidida, la dura. 
Prensara el cigarrillo, arreara bofetones o suplicara por un día más a tu lado, Susan Hayward no estaba para bromas y hacía su trabajo: emocionar, cautivar, seducir, ser mejor que ella misma, y así ganarse el cheque y el público al mismo tiempo.
La leyenda cuenta que, por el arduo camino desde Brooklyn hasta nuestras retinas, incluso la vida fue posible.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Wentworth Miller


El largo trago de amargura que hemos degustado cual veneno durante este verano tiene el nombre de Rusia.
Las noticias sobre los estragos de su reacción homófoba me han puesto enfermo, me invitan a apearme del mundo y, tal vez para aplacar la rabia, deba escribir algo más extenso sobre todo lo que siento y pienso al respecto este próximo jueves.
Como no hay grandes males que por pequeños bienes no vengan, nuestro caballero de hoy nos arrancaba una sonrisa de júbilo entre la sensación de bodrio.
Así, cuando el actor británico Wentworth Miller recibía una invitación del citado país para un sarao festivalesco, él les contestaba que ni de coña, que él es gay, que por ahí no asoma.


El outing de Wentworth Miller ha sido para aplaudir hasta que las manos sangren; entre otras cosas, porque ha hablado de la importancia de las figuras públicas en estos graves asuntos. Más allá de sus dotes artísticas y su deseo de privacidad, hay ocasiones en que tienen que dar un paso adelante, brindar ejemplo y enseñar el dedo ordinario si es preciso.
Wentworth, conocido por ser Michael Scofield en la serie "Prison Break", llevaba leyendo rumores en torno a su homosexualidad desde que se hiciese cara televisiva, allá por 2005.


Entre los miedos y las reservas, nunca dijo nada y hasta llegó a negarlo cual San Pedro, preguntado al pairo en un par de entrevistas. 
Porque no sólo Rusia es homófoba, sino también Hollywood. Desde luego, no con ese grado de violencia esquizoide, pero sí de una manera más sibilina. 
A muchos actores se les disuade de una salida armarística por aquello del "no te van a creer con un pistolón y una rubia al lado".
El machismo de los magnates cinematográficos se contagia al estilo de las superproducciones, se beneficia del miedo a públicos reacios a aceptar estrellas gay y, como resultado, los actores se acobardan en nombre de sus carreras.


Quizá como Matt Dallas, Wentworth ya no tenía nada que perder, porque tampoco ha ganado mucho por el camino.
Con "Prison Break", se ganó los fans y la atención pero, salvo apariciones puntuales - y algún que otro cambio de peso nivel acordeónico -, lo único importante de Miller ha sido rubricar bajo seudónimo el guión de "Stoker".


Ahora, tiene 41 años - ¿puedes creerlo? - y una necesidad de contarlo todo, que ha pasado por relatar un intento de suicidio, acaecido en sus años de adolescencia. 
Wentworth ya es el nuevo portavoz de los derechos LGBT y la GLAAD lo acoge bajo sus alas.
La prensa vuelve a hablar de él, mientras los fans agradecen la honestidad y llegan otros nuevos. ¿No ves cómo era para bien, alma de cántaro?


Además del outing, hoy, que es lunes maromial, también celebramos lo mono que es Miller.
Los rasgos hipnóticos de Wentworth vienen de una mezcla racial considerable, aunque lo mejor siempre han sido los ojos que, unido al pelado, le dan un aire a hombre del futuro, superación perfecta y hairless para tiempos mejores. 
Gay, no gay, albañil o carpintero, este bellezón anda bastante desaprovechado y no sé si ha tenido que ver el encasillamiento en el convicto evadido, su homosexualidad - confesa ayer, sabida desde el primer día - o lo gordete que se puso hace unos años. 
Como ha vuelto a la palestra y la ha pintado de arcoiris, esperemos que Ryan Murphy o algún otro showrunner de nuestro equipo lo llame prontamente para algún papel de enjundia.


Haciendo memoria, ya se puso brevemente a las órdenes de Murphy en aquella serie de finales de los noventa llamada "Popular", en la que Miller intervino como un chico que quería ser cheerleader y era lo suficientemente bitchy para conseguirlo. 
Sí, había pistas y hasta pruebas evidentes.


Mucha gente asegura que no le importa la orientación sexual de los actores - quizá prefiere no saberla - y yo mismo siempre he dicho que celebraré el día en que no sean noticia.
Pero, si Brad va con Angelina delante de las cámaras, ¿por qué no Neil Patrick con David? 
Y, hoy por hoy, como continúa el panorama, todos los outings son necesarios, válidos y hasta milagrosos.


Si los actores armarizados al completo decidieran dar el paso de Wentworth, cambiarían las cosas en Hollywood de manera drástica y también a lo largo del mundo, especialmente en aquellos lugares donde el problema principal es la ignorancia en torno a la homosexualidad. 
Nadie duda a estas alturas de lo que muchísimo que valió el giro a la verdad de Rock Hudson, ni tampoco las recientes confesiones de nenes como Ricky Martin, Anderson Cooper o Matt Bomer.
Se me ocurre ponerme idealista, hasta romántico, y pensar que la sinceridad de Wentworth llega hoy hasta el hogar de algún adolescente ruso y lo invita a tener esperanza, a ensoñarse con el día en que interprete su privado prison break. 
Oh, la libertad, aún más guapa que Wentworth Miller.