lunes, 28 de julio de 2014

Matthew Goode


Recuerdo la tarde en la que vi "Match Point" en el cine, pero, sobre todo, recuerdo el murmullo de admiración que suscitó la belleza insolente y refinada de Matthew Goode entre el público que me acompañaba.
Me consta que dicho murmullo no sólo se despertó en esa proyección, sino también en otras salas, otras agendas, otras latitudes.
¿Empezó ahí el culto por el caballero de hoy? Sin duda, pero no ha sido la única ocasión.


Tengo la costumbre de encontrarme al bueno de Goode en cosas predilectas, joyas raras o piezas de esplendor, donde su media sonrisa socarrona y sus brillantes ojos son la guinda del pastel. 
A primera vista, es demasiado delgado, ambiguo y upper-class para mi gusto y, aún así, me encanta. 


Como las presencias más sutiles, Goode tiene un gran poder de persuasión, un encanto indiscutible y, profesionalmente, elige bien hasta cuando se equivoca. Tan bien elige que ahora está en mi serie favorita del momento. 
Goode is truly good, de lo más exquisito que se pueda encontrar en los actores de su generación.


Favorito de muchas y de muchísimos, Matthew Goode debe popularidad y pistoletazo a Woody Allen y su "Match Point", aunque su participación en esa película definió mucho de las estrechas coordenadas donde se mueven sus ofertas de trabajo en Hollywood. 


Él mismo lo dijo: "Cuando se trata de actuar, es muy limitado ser inglés. Es cuestión de traer al niño pijo y, así, todos los papeles que me han brindado tienen que ver con mi acento o con alguien de dinero y título".


Entendido el estereotipo desde el primer día, Goode se ha movido entre cumplirlo periódicamente y contradecirlo para las mejores excepciones. 
Era obvio que sería Charles Ryder en el innecesario remake cinematográfico de "Retorno a Brideshead", mientras fue fascinante su elección para incorporar a Ozymandias en la fastuosa, infravalorada "Watchmen", quizá la única película de superhéroes en la que un actor de su talla podía participar.


Al año siguiente, era el fantasmagórico novio de Colin Firth en "A Single Man", muerto y nunca olvidado en las restallantes imágenes del debut en la dirección del cineasta Tom Ford. 
Ford, reconocido adicto a la belleza, la incrementó con Goode. Y, en definitiva, nos daba mucha más pena que el protagonista perdiera un churri así. 


Tras el tropiezo de "Leap Year", intento de devenirlo en nene de comedia romántica, la cosa se las ha pintado poco noticiable hasta su regreso a las notas de la crítica con "Stoker", interpretación aplaudida que lo ha vuelto a poner en juego.


Nunca ajeno a la televisión, su irrupción en series como "Dancing on the Edge" o miniseries como "Death Comes to Pemberley" se limitaba a los márgenes de su british patria, donde prefiere trabajar y vivir, según ha manifiestado repetidas veces.
Por eso, fue tan raro como sorprendente verlo entrar en "The Good Wife", con acento norteamericano y envuelto en el acontecimiento más trágico de la ultraveleidosa quinta temporada de mi amada serie. 


Más raro y más sorprendente que Matthew haya llegado para quedarse y su personaje se revele como el nuevo interés sentimental de Alicia Florrick en los próximos capítulos. 
2014 será el año donde conoceremos a fondo al asistente del fiscal Finn Polmar, personaje con el que Goode aterriza en el primetime yanqui.


Aunque otra cosa distinta a la sofisticación se dice contraria a esa cara, Goode lucha por encontrar la mayor variedad posible en sus aventuras y seguirá compaginando su nuevo rol televisivo con otras películas y, a su vez, éstas vividas y rodadas entre las dos costas.


Es lo más parecido al novio que quieres, sí, aunque lamento decirte que Matthew lleva felizmente unido desde 2007 a una tal Sophie Dymoke, con la que tiene una hija.
Así, me temo que contemplar esos pícaros ojos de imperial azul, matizados por intrigantes ojeras, esas afiladas facciones de plan inexplicable y esa sonrisa amplia, de dientes irregulares, que derrite hasta al más recio de la concurrencia, quedará emplazado a las imágenes y a los suspiros.


Esos suspiros a los que Matthew Goode está bien acostumbrado desde el primer día que nos echó el ojo. Pobres de nosotros, que le devolvimos la mirada.

jueves, 24 de julio de 2014

Amor y Truvada


2014 quedará como la fecha en que todos acabamos en el manicomio que nos merecemos, aunque también será el año en que la humanidad dio un paso incalculable en la lucha contra ese virus que marcó a toda una generación.
Si usted está puesto en el tema, leerá ahora la palabra "Truvada" y reaccionará inmediatamente, entre la emoción y el escepticismo. 
Es la píldora que se recomienda como una excelente medida preventiva al contagio del VIH. 
Funciona, dicen, y se recomienda para altos riesgos, mientras advierten que, con Truvada, se necesita la responsabilidad de un tratamiento.
- Y eso es pedir. - pensarán muchos.


Además de la lenta, aunque considerable popularización de Truvada, la Conferencia Mundial del Sida celebrada en Melbourne anunciaba, hace dos días, que un grupo de científicos ha conseguido identificar las células en las que se oculta el virus y expulsarlo de ellas. 
La solución la ha dado un viejo medicamento contra el cáncer llamado Romidepsin. Es la llave para la vacuna, es la manera de que ni siquiera haga falta curarlo. Todavía queda trecho, pero, congratúlate y tira los cohetes: ese motherfucker tiene los días contados.
Desafortunadamente, unas eminencias de la investigación contra la inmunodeficiencia adquirida que se dirigían a esta Conferencia perecieron en el avión derribado sobre Ucrania - ¿y quién tuvo la culpa? ¡el de siempre! -, y se cuenta que los fallecidos tenían más llaves, más claves, más senderos.
El mundo es así. Da un paso de gigante, mientras sigue demostrando que es un lugar lleno de peligros, donde no se salva nadie. Mañana puedes morir injusta, tonta y aleatoriamente, así que amor y Truvada. 
- Como si no hubiera mañana. - dije, cantando.
¿Nuestra reacción básica a la definitiva profilaxis y la posible cura? ¡Ya podemos follar todo lo que queramos y sin látex!
Para no ir derechos al Infierno por nuestra frivolidad, recuerdo que esta solución es un milagro, no sólo para la sex life de los habitantes del Primer Mundo, sino también, y sobre todo, para aspirar a aplacar la terrible pandemia que representa el SIDA en los países subdesarrollados. 
Hasta aquí, mis buenas intenciones. Vayamos a nuestro grano. 
¿La noticia cambiará la vida sexual de nosotros, los homosexuales, los dandys del amor? ¿Cambiará la mía? ¿Cambiará la tuya? 


Yo nací en 1981, el año donde empezó. 
Breves notas de prensa aseguraban que una serie de caballeros estadounidenses eran detectados de un raro cáncer que los devastaba por completo. Cayeron como moscas y el problema tardó un tiempo valiosísimo en ser siquiera escuchado por los grandes poderes, mientras corría rampante por las calles y por la ignorancia.
Qué terrible debió ser esa indefensión, pero también la sensación última de muchos homosexuales en aquellos tiempos, donde la cosa no estaba ni la mitad de aceptada, donde la culpa aparecía generosa en sus psiques y podían pensar, antes de fallecer, en su lecho febril, que morían porque eran maricas, porque lo habían hecho mal, porque Dios les había castigado.
El mismo Dios del reconocido mal gusto.


Yo crecí en la época de películas que decían que meter la polla acarreaba problemas, llámese "Atracción Fatal" o "Instinto Básico". El sexo era peligroso, daba miedo y excitaba más que nunca. La liberación trajo la contrapartida del látex, aunque fue el camino para su debate.
 - Quiero tu amor esta noche - susurraban las eufemísticas canciones de la radio. 
"Póntelo. Pónselo", rezaban los eslóganes, mientras las cámaras registraban la imagen imborrable, trágica de Freddie Mercury en la cama de su últimos días.
Yo me creí el "póntelo, pónselo" y, desde púber, decidí que el día que follara o me follaran debía ser mediante un velo de protección. 
- Aquí no entra nadie sin casco,.
Era lo lógico, porque lógico es evitar la enfermedad y la muerte. Años más tarde, descubrí que dos más dos no son cuatro.
Entre lo más chocante que he entresacado de mis experiencias sexuales, está la verdad de la cantidad de muchachos y señores a los que hay que recordar el asunto del condón. 
Porque muchos lo olvidan, otros se hacen los longuis y hay más de uno que se niega en redondo. Sé que si eres homosexual y has tenido suficiente kilometraje, ahora estarás asintiendo con la cabeza.
La necesidad del sexo seguro se ha entendido a la perfección, pero su aplicación ha sido errática. 
- Ande yo caliente, no me recuerde de la muerte.


No hay mejor ejemplo de los bandazos en el tema que lo acontecido en la pornografía homosexual.
Desde principios de los noventa, la cantidad de fallecimientos de actores porno gay obligó a una necesaria remodelación de la industria. Y, de paso, daban ejemplo. El porno gay folla con condón y no abre la boca para tragar el semen, escribiría usted en una tesis superficial. 
El bareback, que consiste en lo contrario, quedó en sórdidos márgenes y era ampliamente despreciado por la comunidad gay. Pero, desde hace unos años, es el que más se vende y crece. 
Grandes productoras se han lanzado al bareback, entre el albor de Truvada, la implicación de pruebas presuntamente infalibles y, sobre todo, la grave crisis del sector.
- Quiero ver una imitación a la vida, pero guarra - dicen los consumidores.
Preocupa siempre el ejemplo. ¿Verlo es querer recrearlo o sólo saciar la fantasía momentánea? 
- ¿Qué me dicen las nuevas generaciones? - pregunto mirando a ese público para quien los cuentos de terror del SIDA son una vieja historia inscrita en un pretérito libro.
Póntelo, pónselo, decían. Dije yo. 
- Ponte un condón, tío.
- Ay, es que te quiero echar ahí todo lo calentito.
Eso sí que es un pillow talk y no lo de Rock Hudson y Doris Day.


Seré sincero. Odio los condones, aunque los haya utilizado siempre. Pero los odio.
Durante mucho tiempo me identiqué como pasivo, porque todo lo que concierne a ponerse un preservativo me parece terriblemente aparatoso. 
No sé qué me dicen los caballeros de la sala, pero cuando servidor actúa como penetrador siente poco más que un cosquilleo y un terrible aburrimiento. No se siente nada, sólo el roce de un látex apretado.
- Póngaselo usted, ande, fólleme.
- ¿Y todo lo calentito? - pregunta la concurrencia.
Aquí no entra nadie sin casco, dije desde muy joven para afirmar mi condición de ser racional y responsable. Si cuento la verdad y nada más que la verdad, en cierta ocasión dejé que un doncel me entrara sin casco y, además, con toda la artillería. 
 - Lo conocía de otras ocasiones y habíamos estado muchas veces juntos. - confieso para buscar la justificación que no tiene.
Nos veíamos y era cómo si divisáramos un delicioso plato de comida que no podíamos esperar para devorar. Supongo que siempre he estado un poco enamorado de él. Él, según me contó una vez, también lo ha estado de mí. 
Hacía tiempo que no coincidíamos y, aquella noche, fuimos a mi casa, andando bien calientes, sin acordarnos de la muerte.
Este caballero era de los que hay que recordarles que se cubran la colita. Pero me dio igual en esa ocasión. Me hice el longuis por primera vez y lo dejé que me follara sin condón y se corriera dentro. Seré sincero: disfruté cada segundo.
- It was the heat of the moment - cantarían los Asia.
A los días siguientes, no disfruté ni un pelo, porque una culpa judeocristiana me invadió y de verdad creíame con todas las infecciones del libro. 
De tanto pensar y comerme la cabeza, llegué a asumir que era seropositivo. Lo sentía, aunque era incapaz de asumirlo ni de hacerme una prueba. Recuerdo que vi un capítulo de "Nip/Tuck" donde trataban el tema con todo morbo y no dormí esa noche. 
Al final, lo olvidé. Es lo que hacen todos: simplemente, lo olvidan.
Mi negación es mínima comparada con muchas cosas que he leído en los últimos años, desde esos pirados que niegan la existencia del virus hasta los que simplemente se entregan al sexo sin protección y, si se infectan, se medican y muy felizmente se reconocen. Supongo que quieren la entrega absoluta, eso que está directamente ligado con el deseo. 
Existen esas sociedades secretas, subterráneas, las mismas que aparecen en los vídeos bareback, entre adictos al sexo, locatis y kamikazes. Algunos están tan mal de la cabeza que buscan el virus, les excita acostarse con seropositivos y encuentran la emoción en el peligro.
Estos tomahawks de la vida son los que debieran tomar Truvada, aunque, como dicen los expertos, son los que menos asumirán la responsabilidad de un tratamiento.
- Ande yo caliente, no me recuerde de la muerte.
El recuerdo del deber choca con su intención del muy felizmente. Felizmente, aunque nadie, nadie, nadie quiere ni contagiarse ni mucho menos enfermar, diga lo que diga, esté el virus dominado o no.


El sexo es complicado, señores, hoy, ayer y anteayer.
El VIH es sólo una de las enfermedades de transmisión sexual que se pueden adquirir y el condón sigue siendo inexcusable, especialmente si quieres arrasar con el ganado masculino de tu localidad y también con el de la localidad vecina.
 - Promiscuidad, de tenerte en mis brazos. - rezaría el retuneado bolero. 
El otro día, leía a un caballero que confesaba que buscaba el amor entre sus múltiples compañeros de cama. Oh, qué identificado me sentí. 
Soy tan tonto que, hasta cuando me ligaba a un tipo por la calle, tenía la esperanza de que fuera el hombre de mi vida. Y fui tonto, y tonto, y tonto, una y otra vez. Cuando me creía aprendido y escarmentado, todavía lo fui. Aún lo soy.
¿Qué deseaba? Que acabaran las barreras, que se terminase la incomunicación, que el encuentro pasajero cobrara sentido sentimental, que pudiéramos follar sin velo, en plenitud. 
A veces, no sé si quiero un novio o persigo esa satisfacción de que, con compromiso de por medio, me lo puedo tirar a pelo, forever libre de plásticos intermediarios. 
O por el tiempo que dure dura, o en el caso de que esté dispuesto a fiarme del que me prometa fidelidad eterna. 
Qué rollo de existencia, de verdad.


Seré sincero. La irrupción de Truvada me preocupó. 
Más promiscuidad, menos romanticismo, relacioné de manera inevitable. 
Igual que las aplicaciones de los smartphones para encuentros sexuales han vaciado y condenado a muchos bares de ligoteo, he pensado que la píldora milagrosa mataría la posibilidad hasta de tener una simple conversación con un tipo.
- Truvada y ni al catre, aquí mismo, que ahora no mira nadie.
Comida rápida, mientras los que soñamos con exquisito y excepcional solomillo quedamos aún más atrás de la fila. 
Soy tan bobo que los árboles no me dejan ver el bosque.
- Todos no son iguales, Josito. Él no será igual. - me digo, me repito, me cago en la puta.
Soy tan iluso que he perdido mucha esperanza.
La promiscuidad que domina el ambiente gay me espantó hace milenios, cuando creía que la vida era tan fácil como ir a un bar, conocer a un chico y enamorarte. 
Estuve muchos años sin asumir esa realidad, para finalmente, hacer lo que hacemos muchos: lanzarme al maromeo y guardar la esperanza en la mesilla de noche. Más tarde, queda poco de una cosa y de otra. Lanzarse cuesta, la esperanza anda un tanto naftalínica.
Follar o no follar, ya no es tan importante. Es un accesorio, algo que hay que hacer de vez en cuando, da alegría, sube la autoestima, recuerda que estás vivo. Si eres como yo, hasta te hace latir el corazoncito y te recuerda cómo eres y cómo sigues siendo. 
La emoción se pierde, porque así es la vida, y, quizá por eso, muchos la intentan recuperar con la satisfacción de fantasías cada vez más enrevesadas. Descubren luego que no existe error mayor que doblegar una fantasía a la realidad.


Todavía, después de tanto andar por esas camas y esos corazones, me invade la duda. ¿Soy un reprimido? ¿O todo lo contrario? ¿Demasiado complejo? ¿O no lo suficientemente básico para disfrutar del sexo sin más, para tomar Truvada y entregarme, sin problemas, una vez más, a lo que sea, todo es bueno si está bien?
Qué complejidad truvesca la mía. No entiendo cómo muchos y muchas pueden separar sus emociones del folleteo con tanta facilidad.
- Esto es sólo sexo - aseguran.
Jamás he creído que sea sólo sexo, ni aunque no lleve a nada más. El folleteo es psicología, teatralidad, conflicto individual y necesidad de poner al revés lo que está derecho. La obsesión que despierta está precisamente en lo que a mí me da más pereza: su aparatosidad, su dificultad, su excepción. 
Follar es complicado hasta con apps. Follar era culposo en un tiempo, fue peligroso más tarde. Follar se agota en las parejas, se frustra en los que están solos. Todos se desviven por él, mientras otros lo apuntamos entre lo más granado de nuestras neuras. 
¿Lo hago bien? ¿Lo hago poco? ¿Lo hago demasiado? ¿Lo hago o no lo hago? Quien mucho lo practica, quien escaso lo ejercita, todos se hacen las mismas preguntas, mientras se miran en espejos de atractivo, sujetan cócteles en plena noche, soslayando los ojos para intuir si significan un apetitoso plato para alguien, entre las sombras, entre quien no conocemos. Porque el sexo es el misterio descubierto.
- Tú y yo, Truvada, esta noche.
En resumidas cuentas, hace tiempo que no echo un polvo y tengo que ponerle solución, porque no me hago más joven.


Así que esta noche te esperaré, en mi lecho de pecado, con los brazos cual faraón en su catafalco y una sobredosis de Truvada. 
- Oh, ironía, morí en el camino de la salud y la profilaxis.
Qué rollo de existencia.

miércoles, 23 de julio de 2014

Te Odio, Obra Maestra


Lamento informarle que hay malas personas que han firmado grandes películas. No hay que ir tan lejos: la mayoría del cine que adoramos es una plétora de dudosos valores, bajo seductoras estéticas y licencias de entretenimiento. 
¿Hay que estar de acuerdo con lo que vende una película para amarla? ¿Pueden las más horrendas ideologías engendrar hermosuras fílmicas? Hoy respondemos que no a la primera pregunta y sí a la segunda. 
Es así de duro y así de fascinante: hay obras maestras que son odiosas.

"Olympia"

El magno debate sobre la relación entre la ideología, la vida privada de los artistas y sus trabajos no es nuevo. 
Descubrir que el autor favorito es un criminal, apoyó a los nazis o, sencillamente, hace mucho el gilipollas se suele decir descorazón para los amantes de su obra. ¿Por qué? Contemplándola y disfrutándola, se crea con ella una relación íntima, donde emocionarse con el resultado y estar de acuerdo con el firmante se desean unidos.
¿Puede existir la apreciación de la pieza independientemente de la personalidad u opinión política del autor? Difícil. 
Si se recomienda que, ante los trapos sucios, los espectadores hagan oídos sordos y contemplen exclusivamente lo que está en la pantalla, nadie puede abstraerse por completo de las verdades que hay detrás. 
Los propios artistas saben que, cuando se desvela una indiscreción, su obra está necesariamente condenada, en mayor o menor medida.

Roman Polanski

El cine tiene dos vertientes: autoría e industria. Ambas están mediatizadas.
La autoría recoge la visión de un director y, por tanto, también su ideología. El cine industrial asume la función de vender un sistema de valores, vivido en el materialismo, la exaltación patriótica en tiempos decisivos o la represión conductual. 
Es la verdad. Gran parte del cine clásico es conservador, la mayoría de sus estrellas eran votantes republicanos y muchos de los mejores directores asumían los textos más reaccionarios, ingenuos y etnocéntricos que se puedan concebir. 

"Tres Lanceros Bengalíes"

Buscar la doble vertiente de hombres talentosos con ideologías rancias ha sido habitual caza mayor de muchos críticos y pensadores, que no se pueden creer que amen la obra de señores de derechas, religiosos, machistas, o las tres cosas al mismo tiempo. 
No sólo sucede en el cine clásico de Hollywood, sino a propósito de nombres veneradísimos del séptimo arte, responsables de milagrosas películas con mensaje apestoso. 
Vayamos al grano. Dos de los títulos más importantes de la Historia del Cine son, por un lado, una exaltación melodramática del Ku Klux Klan y, por otro, un documental propagandístico a mayor gloria del Partido Nazi.


Cuando se estrenó "El Nacimiento de Una Nación", empezó el cine como un acontecimiento, para bien y para mal.
Las hazañas técnicas y narrativas de la obra de D. W. Griffith abrieron las aguas para el espectáculo romántico e hipnótico del que Hollywood se haría experto. Es una película que lo inventó todo. 
Pero sus peregrinas conclusiones también hablaron de las limitaciones ideológicas y la alta capacidad ofensiva del celuloide norteamericano.

Lillian Gish en "El Nacimiento de Una Nación"

"El Nacimiento de una Nación" cuenta la Guerra de Secesión desde el bando sureño, su fracaso y su dura posguerra. 
Los afroamericanos - interpretados por blancos pintados de negro - son los villanos de la función y asaltan a héroes y heroínas. Áquellos para salvar a éstas se ponen unas sábanas y fundan el Ku Klux Klan para restaurar su poder y someter nuevamente a los otrora esclavos. 
La película cuenta la recuperación de ese poder desde un modo épico, celebrando la llegada del Ku Klux Klan para salvar a la pobre Lillian Gish.

"El Nacimiento de Una Nación"

La indignación que suscitó "El Nacimiento de una Nación" fue inevitable, a lo que, tanto Griffith como Lillian Gish, sostendrían que no habían hecho una película racista, únicamente establecido una serie de hechos en función de una visión melodramática. 
Sólo hay que verla: es la puesta a disposición de una cantidad masiva de recursos artísticos para decir que la Historia ha de ser blanca.
La controversia fue entendida por Hollywood que, astuto e hipócrita, vendería la misma tesis de una manera más disimulada. 
En la respuesta sonora y en color a "El Nacimiento de Una Nación", aparece el Ku Klux Klan sin aparecer.

"Lo Que El Viento Se Llevó"

Ashley, Rhett y Frank Kennedy vengan el ataque que sufre Escarlata en "Lo Que El Viento Se Llevó", pero la manera de hacerlo queda en off; en la novela de Margaret Mitchell, queda bien claro que se han unido al Klan.
Es la llegada de cierta corrección política dentro del mismo pastel: la Historia contada por los vencedores y los dominantes. 
"Lo Que el Viento Se Llevó" habla también de ese revés que supone la prueba del tiempo sobre buenas intenciones que han quedado viejas. 
Muchos afroamericanos encuentran hoy lógicamente indignante los papeles de Mammy y Prissy, cuando, pese a sus limitaciones, fueron pioneros en la representación fílmica de los negros.

Hattie MacDaniel en "Lo Que El Viento Se Llevó"

La victoria del gran papá blanco sobre etnias entendidas como inferiores y atrasadas recorre gran parte del mejor entretenimiento hollywoodiense. Lo dicho: aventuras cojonudas de repugnante ideario. 
Ahí están sagas coloniales como "Tres Lanceros Bengalíes", donde se juega al exotismo sólo a la espera de que los machos alfa se impongan sobre las malvadas fuerzas del independentismo.

Gary Cooper, Richard Cromwell y Franchot Tone en "Tres Lanceros Bengalíes"

Contar la dominación como si los dominantes fuesen las víctimas es una costumbre que aún no ha perdido Hollywood y es ese trecho que va desde "La Carga de la Brigada Ligera" hasta "Argo".
Exaltaciones de la vida militar, timoratas mujeres con sombrilla y la Historia convertida en una fantasía. 
Poco tiene que ver "Murieron Con Las Botas Puestas" con la verdadera vida del General Custer y, pese a la mueca de fastidio que puede incurrir el espectador comprometido con la verdad, sobresale el inmenso talento de Raoul Walsh en unas escenas de batalla inigualables.

Errol Flynn en "Murieron Con Las Botas Puestas"

Si Hollywood vendió que el capitalismo y la dominación internacional es cosa buena, heroica y celebrable, quedó en moco de pavo comparado con lo que sucedía en los años treinta alemanes. 

Leni Riefenstahl

Una actriz, de nombre Leni Riefenstahl, quedó gratamente impresionada por un discurso de Adolf Hitler, se convirtió en simpatizante del Partido Nazi y, de paso, en el brazo estético-cinematográfico del Führer.
Sus dos documentales más célebres, "El Triunfo de la Voluntad" y "Olympia", la convierten en una de las grandes directoras de la Historia del Cine, otro de esos talentos que, prácticamente, lo inventó todo. 
Ahora bien, son piezas al servicio de su amo. Y qué amo.

Hitler en "El Triunfo de La Voluntad"

Una vez caído el nazismo, Riefenstahl pasó la vida asegurando que había realizado una obra holística, sin opinión sobre lo capturado, aunque, como bien le señaló Susan Sontag, la elección de esos encuadres vendía. Sus obras eran propaganda.
"El Triunfo de la Voluntad", un documental fascinante y terrorífico - aunque también tedioso e iterativo -, puede ser estudiado desde muchas maneras, pero resta la conclusión de que aquellos animales sabían sobre belleza. 
De hecho, su dominio de la belleza fue precisamente una de las claves de su poderío.

"El Triunfo de La Voluntad"

Las ansias de superioridad llevan al despliegue de maniobras artísticas, a la búsqueda de hermosuras convincentes. 
La escritora rusa Ayn Rand alcanzó reputación mala y buena con "El Manantial", donde, separándose del sovietismo de su país de origen, narró la necesidad del individualismo contra viento y marea. Un mensaje seductor, con su aquel, pero tremendamente peligroso.
En el cine, se hizo la adaptación cinematográfica a la altura, con Gary Cooper y Patricia Neal demasiado bellos para ser tocados por el resto de los mortales y ahí que se lanzan a disquisiciones sobre el arte, los magníficos y las despreciables masas.
La película es única; su mensaje neoderechista, demencial.

Patricia Neal y Gary Cooper en "El Manantial"

Las cosas se complicaron desde la llegada de la ola conservadora y anticomunista, por lo que las tentativas del progresismo quedaron borradas de la paleta del celuloide norteamericano. 
El cine se hizo aún más elusivo de mensaje, si bien es verdad que se intuyen los valores de complacencia y materialismo hasta  - o precisamente - en las más inofensivas películas.
Otras dejaban clara la postura y ahí está otra obra maestra, cuya calidad vive entre su oportunismo y sus dudosas conclusiones. 
Se trata de "La Ley del Silencio" (On The Waterfront), hermoso drama sobre un conflictivo barrio portuario, controlado y silenciado por los mafiosos. La película no tendría sentido sin conocer a quien la firma: Elia Kazan.
El gran director odiado, Kazan, hombres de simpatías izquierdistas que dio nombres durante la caza de brujas de McCarthy y, repudiado por tantos, eligió "La Ley del Silencio" como una afirmación de lo que había hecho.
La película es una apología de la delación, realizada en el momento más cargante y candente de la paranoia anticomunista, y, a pesar de todo, hay que verla para adorarla. 

Marlon Brando en "La Ley del Silencio"

¿Y qué decir del machismo y del sexismo? Más que nunca en los cincuenta. 
Cuántas mujeres conozco que adoran "Siete Novias Para Siete Hermanos", el boyante musical basado en "El Rapto de las Sabinas", cuyo complaciente mensaje acerca de la dominación machista sobre la nena doméstica no aguanta una auditoría. 
¿Quién puede resistirse a los Pontapee? ¡Nadie! Así de artero es el medio que amamos.


El cine machista que, como he escrito muchas veces, es hegemónico, impregna películas amadas por ambos sexos, pese a las descacharrantes conclusiones a las que arriban.
"El Hombre Tranquilo", de John Ford, juega a la nostalgia de aquellos días donde las mujeres eran mujeres y los hombres les recordaban que eran hombres.
- Le traigo este buen palo para que le pegue mejor - dice una viejecita a John Wayne, desde el momento en que se dedice a meter a Maureen O'Hara en vereda.
La película, firmada por un director conservador, es una fiesta, sí, pero también un pozo de incorrecciones impensables hoy día.

Maureen O'Hara y John Wayne en "El Hombre Tranquilo"

Como suele suceder en el sentimental, reaccionario cine fordiano, la cosa se pinta de tal generosa emoción que todo es irresistible. 
En esa mirada tan delicada a pasados imaginarios y paternalismos bonachones, muchos señalan lo que ahora dicen de Clint Eastwood: Ford es un humanista, un contradictorio, un abuelete que sabe más del mundo que nosotros. 

John Wayne y Constance Towers en "The Horse Soldiers"

Hay que buscar la explicación del porqué nos encantan sus películas. 
Aún así, deben entenderse en función de su tiempo; la conservaduría de una película se suele comprender si está fechada en 1958, pero no se tolera diez años más tarde. 
Ford, para dar una puntada final, firmó sus dos últimas películas honrando a lo que solía dejar en segundo plano: los indios en "Cheyenne Autumn" y las féminas en "Siete Mujeres".

"Siete Mujeres"

Precisamente la condición femenina se denuncia en un melodrama realizado en pleno franquismo. 
A diferencia de la Alemania nazi, ningún director al servicio expreso del dictador pasó de la medianía y el cine de esos primeros años es bastante baldío. 
Directores personales aparecieron poco a poco y, en 1951, el divo Manuel Mur Oti firmó "Cielo Negro", la historia de una pobre costurera que se va quedando ciega en un Madrid oscuro de necesidad. 
La potente "Cielo Negro", de imborrables imágenes, es una película que expone la inútil escapatoria de una mujer bajo un sistema de valores, pero el final, oh, el final. 
Después de poner la directa, "Cielo Negro" mira al Cielo.

Susana Canales en "Cielo Negro"

Las obras religiosas son entendidas como populares por los intelectuales y que un director de renombre crea en Dios es algo para no creer. 
Sí, los hay fervorosos y algunos tan deslumbrantes como el danés Carl Theodor Dreyer, maestro del drama metafísico.
En su obra cumbre, "Ordet", Dreyer reflexiona sobre la posibilidad del milagro. 
Es otra película embebida de valores de antaño que emociona desde éstos. Tocada con tanta finura como severidad, conmoverse con el final de "Ordet" es inevitable hasta para los no creyentes.
Esa es la auténtica magia de los maestros, hacernos cómplices de su visión del mundo y de la vida, sin que estemos necesariamente de acuerdo con ella.

"Ordet"

La última película de Dreyer se llamó "Gertrud", donde el adulterio de una mujer se castiga entre planos irrepetibles. 
Una de las obras maestras más odiosas de la Historia que cuenta otra más de esas historias en las que una fémina en busca de la felicidad queda como un zapato.

"Gertrud"

Gracias al cine por Louis Malle y "Los Amantes", inusual ocasión donde adulterio y felicidad riman en las pantallas. Obra detestada en su tiempo; hoy ya no tan odiosa. 
Es el tiempo lo que define el aprecio o desprecio y son nuestros valores actuales los que entran en juego. 
Malle se movía en esa coordenada entre corrección e incorrección, con el asco del público hacia sus tabúes. Ahí el incesto en "El Soplo al Corazón" o la prostitución infantil en "Pretty Baby", obra de franqueza hoy impensable.

Brooke Shields en "Pretty Baby"

La extremada violencia que pinta el cine desde "Bonnie & Clyde" ha dado lumbre a sucesión de grandes películas inaguantables, si bien es cierto que, como la cosa agresiva no tiene techo, mucha visceralidad se ha perdido también con el paso de los años.
"A Quemarropa" era joya intragable de pura agresividad en su estreno, como también "La Naranja Mecánica", obra maestra ampliamente odiosa, ese controvertido caos moral servido por un director plenipotenciario.

"La Naranja Mecánica"

La violencia en grandes peliculas venía refrendada por la discusión inevitable en torno a sus ocurrencias. Preocupaban títulos como "Harry, El Sucio" o "Perros de Paja", donde el individuo se toma la justicia por su mano y se saciaba el gozo más animal del creador y del espectador.

Dustin Hoffman en "Perros de Paja"

El autor que esto escribe se identifica progresista, pero no está de más poner ejemplos de obras maestras impregnadas hasta el empape de ideología izquierdista, a veces expresada de manera sorprendentemente plana.

"El Acorazado Potemkin"

Las obras del maestro soviético Sergei M. Eisenstein son el accesorio visual de la Revolución Rusa, de fuerte ideología comunista que, aún así, se las arreglan para conmover y convencer a cualquiera. 
"El Acorazado Potemkin" y "Octubre" se valen de los recursos más expresivos para sostener políticas en alza, entre el avant-garde y la más desvergonzada propaganda.

Lenin en "Octubre"

Otra obra maestra de ideología comunista, casi como una respuesta obrera a "Lo Que el Viento se Llevó", es "Novecento", de Bernardo Bertolucci. 
Una película de infinita hermosura, pero tan maquillada en su descripción de los bondadosos pobres y los malvadísimos ricos que resulta más un súper cuento de hadas que una compleja narración sobre los orígenes del movimiento obrero.

"Novecento"

Sucede algo parecido en "La Lista de Schindler", exquisitez cinematográfica donde el director no se muestra muy hábil en sus conclusiones: descripción del Holocausto y final de cuento de hadas
Y, cuando ingenuidad y Dios ya parecían desterrada de la paleta de los artistas, hete ahí "El Árbol de la Vida", otra película de mensaje ultrarreligioso. 
No es tanto como que Terrence Malick crea en Dios, sino que lo haga de una manera tan blanda. "El Árbol de la Vida" es gloria cinematográfica y una chorrada espiritualista al mismo tiempo.

"El Árbol de la Vida"

No he de estar de acuerdo contigo para quererte, rezaría la conclusión. 
Bien es cierto que no siempre es cierto. 
Personalmente, soy incapaz de desarrollar ninguna simpatía por John Wayne o Charlton Heston, y si algún director de derechas hace una mala película, suelo decir: "Y encima es facha." Es otro gozo animal: echar abajo al rival. 
Tal era mi sorpresa con "The Dark Knight Rises", donde Christopher Nolan demostraba que, además de pretencioso, es capaz de rodar la Escalera de Odessa al revés y en pleno 2012. Como su obra es mediana, la delicuescencia de su ideología parece peor.

"The Dark Knight Rises"

Penúltima pregunta. ¿Podría usted ver las películas de Woody Allen con la misma mirada si se llegara a probar lo que afirma Mia Farrow? 
Quién lo concibe. Que director tan sensible e inteligente abusara sexualmente de una niña se escapa de cualquier lógica. 
Si Allen incurre en lo que denunciaba en "Delitos y Faltas", ésta se convertiría directamente en una obra maestra odiosa.

Woody Allen y Mia Farrow en "Delitos y Faltas"

Estudiando el caso, rastreamos la calculada venganza de Mia Farrow como el motor detrás de las acusaciones, dudosas por el modo en que han sido formuladas. ¿Tenemos que entender que es mentira? ¿Lo necesitamos para seguir disfrutando de su cine? Sí. 
Pese a todo lo dicho, las películas no son un ente en sí mismo ni viven alejadas de cualquier consideración extra, porque su misma contemplación está mediatizada por la implicación que tiene en nuestras vidas. 
Esa contemplación existe pareja a nuestros deseos y nuestros conflictos y, aunque el director nos lleve la contraria, preferimos que lo haga con la dulzura del convencido y no con la hipocresía de los culpables.