miércoles, 21 de enero de 2015

Corte Clásico


Por el camino de la belleza, habrás oído esta pregunta, en más de una ocasión.
- ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
Vale afinar la respuesta y confiar en la bondad del peluquero que, si se descuida, nos convierte en Grace Jones, todo sea por la modernidad y el estilismo.
Cuando era niño, no me hacían la pregunta a mí, sino a mi madre.
- ¿Cómo le cortamos el pelo al nene? - dijo cierto peluquero.
- Cortito. Y clásico.
Sospecho que el peluquero - que era, más bien, un barbero - ignoraba qué era eso de clásico o quizá quería mi opinión. ¿Clásico? El nene ya es grande, tal vez desee algo más a la moda.
- ¿Quieres que te corte el pelo como a esos niños?
Los aludidos giraron sus rapadísimas cabezas. Sólo un mechón de pelo, disparado hacia arriba como Tintín, se había salvado de la maquinilla.
Yo dije que no, que lo quería clásico. Nunca me vi en las modas. No tanto porque no las quisiera, sino porque jamás me he sentido cómodo con la idea. No tuve nunca ninguna intención de ponerme un pendiente cuando todos los chicos de mi clase se agujerearon sus prepúberes orejas y jamás, gracias a los Cielos, me he tatuado ninguna gilipollez en el cuerpo.
- ¿Cómo quiere usted su vida? ¿Cómo se la recorto?
- Clásica, por favor.
¿Fue mi madre quien me hizo clásico? ¿Simplemente sugería o me señalaba donde estaba lo confortable, lo de siempre, lo que no implica riesgo alguno? Dicen los proverbios que lo clásico no envejece, no desaparece, no hace el ridículo. Es la seguridad del cuadrado en un mundo de espirales.


Hace unos meses, conversaba en el Facebook con uno de mis seguidores y me dijo:
- Es que tú eres muy clásico. 
Se refería a mis gustos cinematográficos, pero, de algún modo, me recordó a esa generalización que han hecho muchos sobre mis tendencias. La genuina atracción por lo antiguo.
No es la primera vez que alguien me dice que soy muy clásico. Lo he oído en muchas ocasiones y con intenciones más bien destructivas. Hay gente que es muy ignorante y se siente en desventaja; otra, que era clásica antes y pregona que lo ha superado.
Lo peor es que, más de una vez, me he sentido acomplejado por mi predilección por los gloriosos ayeres y, durante cierto tiempo, renegué de ellos como San Pedro.
Fue raparse el pelo, como aquellos niños, aunque siempre me dejé un mechón,  Ese con el que ser identificado. 


En términos cinematográficos, el regreso a casa ha sido espectacular, porque me fui de ese cine clásico de mis amores con la intención de no volver. San Pedro de mí.
Sé que no soy el único cinéfilo que lo intenta. De hecho, recuerdo un libro que escribió un crítico que aseguraba que era hora de librarse de la "picadura del cine clásico", o la inclinación a vanagloriar las películas de antaño sobre las producciones de ahora.


Recuerdo un foro que frecuentaba hace mucho tiempo donde formaba parte de "la secta del cine clásico", como nos llamaba cierto caballero, que consideraba lo nuestro un problema a resolver.
¿Cómo se libra uno del cine clásico?
La respuesta, queridos míos, es que le den por ano a todo el mundo, especialmente a los ignorantes que atacan por complejo de inferioridad.
El cine clásico es maravilloso, iluminador, poético, conmovedor y hermoso hasta decir basta. No es el único cine, pero es el cine.
- ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
- Como a Tyrone Power, por favor.
Pero, ¿qué entendemos por cine clásico? Ay, qué difícil es definir y cuantísimo debemos hacerlo para comprender de lo que hablamos. Digamos que es la etapa fundacional del consumo cinematográfico en el mundo y, como entonces se valoraba la calidad y la factura para vender un buen producto, hete aquí que las películas estaban hechas con una mayor ambición cultural.
El cine de antes cuenta el mundo al que se dirigía, tanto directamente como por omisión, desde sus recetas de buen gusto hasta sus magnos temores, desde sus sueños de felicidad hasta sus previsiones de desastre. El cine ha sido entretenimiento, testimonio y, como bien señala Godard, un aliado de la industria de los cosméticos.
Si Hollywood es quien se ha apropiado del término clásico para definir la buena racha de sus viejos estudios y sus grandes estrellas, el clasicismo cinematográfico es internacional. 
Pero, sin mucho apurar, se puede concluir que el león de la Metro, el pitido de la RKO y las titilantes caras de los astros del cine norteamericano de los años treinta, cuarenta y cincuenta son la expresión más pura de nuestro cautivo por el cine antiguo.


Es un cine tan antiguo que parece mentira que todavía conserve frescura. Al fin y al cabo, hablamos de las películas que veían nuestros abuelos. 
Recuerdo perfectamente a mi abuelita dejar de coser y mirar hipnotizada la televisión. Veía la imagen de Greta Garbo al final de "La Reina Cristina de Suecia".
- Esa mujer, con lo guapa que era, se retiró y no volvió jamás.
El cine adoraba divulgar sus propias leyendas y, como el arte popular por excelencia, sus imágenes vivieron en la psique colectiva, para contagiarse a generaciones venideras, a través de la reposición, el homenaje o el simple comentario.
- Esa mujer, con lo guapa que era, se retiró y no volvió jamás.
Cuando yo crecía, las películas clásicas vivían en televisión. 
Detrás de esos ciclos y retrospectivas, estaban las manos de grandes cinéfilos, que las seleccionaban y las emitían, una y mil veces. 
Recorrían la programación de la cadena cultural por excelencia - La 2 -, pero también se colaban en sesiones de tarde y hasta en altas madrugadas de canales privados. 
Llenaban el espacio insomne. Porque a todos los cinéfilos nos gusta la noche y nos gusta ver cine por la noche.


Yo me hice cinéfilo oficial a los catorce años. No fue el principio de mi amor por las películas, pero sí cuando empezó la locura. Cuando empecé a comprar revistas de cine y cuando comencé a grabar todo lo que emitían.
Fue también cuando nació en mí eso tan decisivo que es el gusto discriminatorio. Es decir, distinguir lo bueno y lo malo. Una actitud tampoco muy moderna, porque vivimos en el tiempo del "todo vale" y "me gusta la basura". Pero yo, clásico, sostengo que es esencial esculpirse un paladar para cualquier apreciación: saber lo que está bien y oler lo que es una mierda.
Como todas esas revistas y programas cinematográficos estaban dirigidos y rubricados por señores y señoras de cierta edad, también tengo a quien echarle la culpa de que le ponga un 10 a "Gentleman Jim" y "Bésame, Kate" sin pestañear, mientras pocas películas de este siglo XXI alcanzan esa votación en Film Affinity. De hecho, creo que sólo son cuatro.  
Por entonces, seguía la corriente a los que sabían más que yo. Años más tarde, me rebelaría cual hijo pródigo contra los padres venerables, dejaba de comprar revistas de cine y denunciaba a los carcas.
En la rebeldía, no sólo estaba el simple consumo y apreciación de las películas.
- ¿Qué ha hecho el cine clásico con mi vida? - declaré, rojo de indignación.
La cinefilia es una cosa muy bendita y también muy jodida, especialmente si germina en edades conflictivas, porque motiva tu visión del mundo y la consecuente frustración.
Creo que he hablado ya del brutal contraste entre las películas que veía cuando era adolescente - aquellos musicales de Minnelli, qué cosas fastuosas eran - y el vulgar instituto donde estudiaba. Yo no me escapaba de clase a drogarme; me iba a casa a meterme el chute de Cine Club.


El hecho de que fuera clásico implica la visión clásica que he tenido de la vida. Mis expectativas han sido clásicas, mis sentimientos también lo son. Cuando me hice mayor, tuve que entender que ese chico que se aproxima no tiene por qué encerrar una historia de amor, ni por qué significar nada. Ni siquiera va a tener un final. Y, sobre todo, la chispa de la conversación no estará asegurada.
Cuando era más joven, pedía el corte clásico y pensaba que aquel que he conocido y me ha sonreído era el personaje que faltaba en mi historia.
Así me lo contaron las películas, así me lo creí.


He oído muchas opiniones contrarias al cine clásico, tanto de conversos como de simples detractores. Un profesor mío me calificó de "cinéfilo asqueroso", arguyendo que lo mío era una enfermedad que él también había padecido. Es hora de derribar los mitos aprendidos, me dijo, y acercarse a lo nuevo. Que jodan al Gran Gatsby y a Margarita Gautier, concluyó.
También he escuchado ataques a su antigüedad en todos los sentidos, tanto técnica como moral, y soporté a una tipeja que afirmó que todo eso era "arqueología del cine". La gente es especialmente palurda cuando despacha con una sola frase, sí.
Cierto es que el cine clásico tiene sus limitaciones, tanto en su tiempo como en este. Y muchas veces me pregunto donde empieza la fascinación por su plástica y empieza la apreciación por su calidad. Oh, amigo, tiene ambas cosas, por eso es tan bueno. Y, en sus limitaciones, se encuentran también sus virtudes: su rudimentariedad es lo que lo hizo más expresivo y su censura aseguró su sofisticación.
No es modélico en muchos aspectos y odio cuando Hollywood intenta remedarlo, estilo "El Paciente Inglés", "War Horse" y todas esas atrocidades que niegan la Historia del Cine y encima las premian.
El cine añejo guarda muchas lecciones perdidas, pero es irrepetible. Hay que verlo, no emularlo.
Es también un error tacharlo de candoroso, de inofensivo, de artesanal, de correcto. La verdad es que no todo el cine clásico es clásico.


Muchas de las grandes películas son manieristas, barrocas, extrañas, inclasificables. Son de la época en que no se paraba de producir y se colaban las anomalías, las cosas raras, las sutiles subversiones, los estallidos de genialidad. No todas son cómodas, ni idealistas.
Al respecto, el otro día vi una serie B llamada "Black Angel" . Oh, Dios, qué película tan desoladora.
Creí morir de tristeza al final y sin necesidad de un golpe de impacto. Sólo con una simple y elocuente imagen, donde toda la historia cobraba su pesimista, hermoso significado.


Y muchas películas de los ayeres se arriesgan y caen en el ridículo. 
Esto último está en relación con lo que arguía un periodista de The New York Times en un impecable artículo sobre las interpretaciones femeninas de hoy en día, esas que buscan el Oscar. Ninguna se entrega al melodrama - definido por el cronista como "la hermosura del exceso" y "la tragedia doméstica" - y todas se quedan en un término medio y abotargado, ese que los pedantes aplauden y consideran meritorio.
El Hollywood actual teme ese exceso en sus dramas. Antes, se relamía y se rebozaba de gusto en él.


Dos cosas son inmensamente valorables del celuloide antediluviano. 
En primer lugar, la búsqueda de la factura, que hoy es inconcebible. Las películas contemporáneas son lujosas, pueden ser buenas, pero todas tienen fallos y hay demasiadas que naufragan en sus intenciones. Podrían ser mejores.
En el cine clásico, las películas estaban hechas con la voluntad de que no pudieran ser mejores. Es la continua búsqueda de la excelencia, nivel obsesión.
Y, en segundo lugar, pero no menos importante, la duración. Hoy, dos horas y media de metraje y ya me verá usted la cara de desmoralizado. Antes, en noventa minutos, el mundo.


Generalizo y divago, como siempre. Si hay una lección que aprendí bien es esa de que hay cine bueno, malo y regular en todas las épocas. Hay clásicos que están sobrevalorados, sin duda.
Pero el atractivo de esa época arcana parece inmarchitable y más contundente que el de ninguna otra. Renegué tres veces como San Pedro y volví a él, tirado en el suelo, pidiendo perdón, deslumbrado ante su magnificencia. Ahora, que ya me considero con un gusto particular, a salvo de profesores y de opiniones ajenas, digo sí. Una y mil veces. Es grande, es sabio, es bello.
Y, todavía me pregunto, ¿por qué la hipnosis? Empiezan y ya estoy clavado con su simple impronta, con la primera nota de sus bandas sonoras, con el cigarrillo que enciende Joan Bennett.
¿Será porque son cosas viejas? De hecho, muchos títulos emblemáticos de los ochenta están adquiriendo ahora una prestancia que no tenían en su momento de estreno. Considerada la primera época de decadencia del cine comercial, sus más genuinos productos lucen mejor con unos años encima. ¿Es acaso eso de que el tiempo cura y mejora?
Lo dicho: corte clásico.
Siempre me gustó lo viejo, lo reconozco. De hecho, me gustan los hombres mayores que yo, como regla general. Y he estado con algunos muy mayores. ¿Será por qué quizá sabían quién fue Judy Garland?
- Porque me gustan así, cojones. Las películas, los hombres, la vida. Clásicos, bonitos, bien hechos, buenos - dije para concluir la discusión y cerré con un portazo.
Ahora el cine clásico no es sólo el pasado del cine, sino también el mío. Son las películas que vi hace mucho tiempo, que están relacionadas con mis primeros años de existencia. Entonces ya eran viejas. Para mí, adquieren otro grado de vejez, otro toque de memoria. Son otro pasado distinto a su propio pasado.
Sus escenarios, sus músicas, sus actores. A ti también te gustan y te atraen profundamente, lo sé. Tyrone Power era el más taquillero para tu abuela y, ochenta años después, ha protagonizado uno de los post más leídos de los últimos tiempos en "IAV".


- ¿Cómo quiere que le corte el pelo?
- Con ese romanticismo elegante, con esas imágenes de sombras y luces, con esos objetos que adquieren discurso, con ese mundo donde se nota el decorado y aún así emocionarse hasta la lágrima es increíblemente fácil.
Ahora el cine clásico es más que el gusto por lo desfasado, ese que había que superar, defender o criticar hace un par de décadas. 
Hoy está el doble de lejano y, por tanto, habla de una civilización perdida en el tiempo. Muchas de sus películas cobran auténticas capacidades alucinatorias: son un verdadero what the fuck.
A la vez, es curiosa su vigencia. O la simple prueba de que la Historia y las historias se repiten. Puede usted mirar una comedia de los años treinta y entender que lo que vivimos hoy ya sucedió una noche.
¿Recomiendo el cine clásico? Sí, por favor. Ya no hacen ciclos en la televisión y las generaciones venideras lo desconocen, qué fatal.
Así, que habrá que volver a él. En palabras e imágenes, en imitaciones a la vida y terceros secretos.
Se me está poniendo cara de juglar. Pero qué menos que soltar mis brotes psicocinéfilos y, por el camino de la locura, divulgar la belleza de lo que nunca muere.

domingo, 18 de enero de 2015

Donde Están Los Maricones


- Follan, Patricia, follan.
Cuando se escribe, se puede ser elegante, pero siempre hay que buscar la precisión. Y la expresividad, por supuesto.
Rememoro hoy una clase de Guión, cuando una compañera, a quien llamaré Patricia, escribió la siguiente línea: "Los protagonistas se besan y dan rienda suelta a sus pasiones".
El profesor se burló del eufemismo y aseveró que eso de dar rienda suelta a las pasiones también podría significar que los protagonistas hacen caca.
- Follan, Patricia, follan - sentenció.


Sé que tengo cierta fama de señor glamouroso y nada chabacano en mis escritos, aunque nunca he huido de las palabras "follar" y "pollas" cuando estoy hablando de follar y pollas. Muchos considerarán esos términos como cosa muy ordinaria, pero cursilería es evitarlos. Hay que decir lo que se quiere decir. Y tanto "polla" como "follar" son dos palabras muy exuberantes, sexys y, de paso, me recuerdan lo que desearía estar haciendo en este momento.
Entonces, entienda usted el título del post, compréndalo.  Maricones, sí, maricones.
- ¿Dónde están los bares de maricones? - me pregunté el otro día. Todos cerrados y desaparecidos. Los bares, no los maricones.


Maricón. Qué palabra tan complicada. Es un insulto, es un grito de guerra, es una vulgaridad o incluso una muestra de cariño y jocosidad. La historia de nuestras vidas es la historia de darle la vuelta al término.
La palabra "maricón" está asociada, de manera general, a la opinión que se tiene reservada hacia los caballeros que nos vemos atraídos por otros caballeros. Considerada una cosa antimasculina e incluso depravada en otros tiempos y otras latitudes, referirse a un hombre de ese modo es la manera habitual de rebajarlo, caricaturizarlo, reírse de él y marginarlo.
Es un insulto de gran fuerza, porque acaba en una "o" de imponente acento y, cuando se usa, se grita como señal de alarma. Se detecta y, entonces: ¡MARICÓOOON!
Pero los que han sido llamados maricones no son sólo los homosexuales. Y de hecho, muchos homosexuales nunca han recibido ese insulto.
Porque maricón es la palabra para clamar, ante todo, por la más mínima muestra de ternura hacia otro hombre, por cualquier apropiación del género femenino y por la señal de la falta de ánimo o esfuerzo. Es el clamor ante lo que se considera debilidad. Es que un hombre se parezca a una mujer.
Oh, anomalía.


- ¿Ese monedero verde es tuyo, Josito?
- No, es de mi hermana.
- Ah, menos mal, es que eso ya era demasiado maricón.
La superación de esas situaciones viene a la aceptación de que sí, soy maricón, qué te pasa. Si estoy entre amigos, es probable que nos refiramos entre nosotros de ese modo y hay mujeres que lo usan como muletilla para acabar sus frases. Muy fuerte, maricón. ¡Pero, maricón! Qué tal estás, maricón. Como dice la RAE, ahora es ese insulto grosero, con su significado preciso o sin él.
Hay quien asegura que es una palabra más digna y menos gringa que la políticamente correcta "gay" que, digamos, representa la aceptación post-Stonewall, la progresiva asimilación de la homosexualidad en Occidente y quizá un regalo. Una palabra bonita - gay, alegre - para enmendar todas las horribles que la Historia nos ha dedicado.
En todo caso, la palabra maricón y todos los insultos dedicados a los homosexuales cuentan más nuestra universalidad que la profiláctica "gay". Es lo que superamos, es lo que reconvertimos de la tristeza al orgullo.
De algún modo, que uno se acepte como maricón es más importante que se declare gay. Hay una diferencia, sutil quizá, notoria también. Los caballeros homosexuales que me lean saben de lo que estoy hablando: pronunciarse gay asimila en sociedad, afirmarse maricón declara la guerra.
¿Es la palabra para definirnos? ¿Es la que debemos aceptar? En todo caso, maricón viene de María. Es decir, que la etimología misma encierra el significado despectivo: hay algo femenino en ser homosexual.
Incluso cuando los homosexuales nos referimos entre nosotros como maricones no sólo expresamos camaradería, sino también cierta soterrada tendencia a rebajarnos los humos mutuamente o a puntualizar que uno está haciendo o diciendo algo demasiado femenino.


De un modo elocuente, la alarma ante lo femenino está bastante arraigada en todas las psiques y, como he dicho muchas veces, es uno de los genuinos frutos del machismo.
Yo mismo tengo una relación complicada con la palabra, porque oída con un poco de volumen me hace temblar las patitas, del mismo modo que si me la susurra un hombre al oído con eróticas intenciones, me encanta. Hay veces que tiene gracia; otras, que ninguna.
Ha sido una mala semana para las maricones. O buena, según se mire. Todas las veces que nos tiran al barro, salimos con un garbo que ni Greta. Es la victoria diaria ante el absurdo ajeno. Es lo que decía ayer en el Facebook: somos encantadores, ¿por qué nos odian?
No todos somos encantadores, sí, pero, bueno, ya sabes de lo que hablo. 
En un programa televisivo de telerrealidad, dos señores cantantes de otrora aseguraban que preferían tener un hijo enfermo que maricón. Lo dijeron con las piernas cruzadas y poses y gestos que cualquier recio identificaría como mariconísimos, pero ellos sostuvieron la homofobia en directo y lo peor: lo justificaron tirando de etnia.
Los echaron del programa ante una audiencia que se pirra por estas cosas y la noticia ocupó también los periódicos más importantes, que decían que Los Chunguitos eran muy chungos. 
Para disculparse, dijeron que tenían muchos amigos gays, socorrida respuesta tras ofenderte. Me suena a "los frecuento turísticamente, pero de la puerta no me pasan". Además de homofobia, este mundo tiene un miedo ancestral al vacío, las medias tintas, lo inesperado. No molesta tanto la homosexualidad como la posibilidad de que se convierta en algo más allá de la etiqueta: molesta la homosexualización. Y sigue molestando la mariconez, claro.


Donde están los bares de maricones, pregunté yo, mientras veía las puertas cerradas.
Buscaba a los amigos gays de Los Chunguitos: esa masa uniforme de hombres afeminados, que bailan los éxitos de moda, van al gimnasio, miran altivamente y tienen un brillo romántico en los ojitos de sus delicadas caras. Y follan, Patricia, follan mucho.
¿Es posible contar algo que nos unifique? He ahí esa serie de la HBO llamada "Looking", esfuerzo de sinceridad bastante honroso, aunque no termina de gustar a todos los aludidos. 


A unos parece demasiado seria y, aunque visite los hipersexualizados escenarios del ambiente, es muy poco guarra. 
Cuando salieron las primeras imágenes de Jonathan Groff en leather, nadie podía imaginar que ese episodio fuera tan blanco, tan tímido, tan Jonathan Groff. 
Otros aseguran que es una serie que habla de los gays victoriosos, ricos y con posibilidades de expresarse y ligar un montón, todo eso que es más congruente en la las grandes ciudades.

Los gays de la barriada de abajo soñarán con esa vida, pero la encuentran poco. 
Escasas ficciones retratan a los gays que no follan nunca, que no tienen otros amigos gays, que no salen de fiesta, que nunca han tenido pareja a la que ser infiel repetidamente, que han experimentado poco, que tienen miedo del sexo - o ningún interés en él - o que buscan sin encontrar bares de maricones en sus pequeñas ciudades o pueblos. Sin hablar de los que no han salido del armario y de los que no pueden hacerlo.
Son los gays sin acción, que llevan vidas distintas a las que se nos atribuyen. A veces, por simple elección. Me pregunto si serán la silenciosa mayoría. 
Como vendrá usted sospechando, dar una imagen homogénea del asunto es hundirse en el error. Porque tiene que ver con la vida de las personas. Qué hacen en una etapa, qué dejan de hacer a la siguiente. Y, sobre todo, qué pueden hacer. 
Personalmente, cuando vivía en una gran ciudad, llevaba una vida más parecida a los chicos de "Looking": este me gusta, este no me llama, este me folla contra el árbol. 
Ahora, voy a la búsqueda de los bares de maricones. No soy yo, fue la vida, dijo el proverbio.


¿Dónde están? Sucumbidos ante las aplicaciones de ligue. Habrá que utilizarlas, pero no sé contestar a las preguntas "¿qué buscas?" o "activo o pasivo?". Podría responder "lo busco todo" y "depende de cómo tenga de dilatado del día", pero ya sería imponerse intelectualmente, cosa que hago con notoria frecuencia y fatal resultado.
Y no soy clásico sólo para el cine. Te veo, me ves, nos gustamos, otra copa, ¿no?, allá vamos. Sin tecnología de por medio. Es más fácil, es más divertido. Quizá me puede la timidez, la inseguridad, el orgullo, quién sabe. 
¿Dónde están los maricones? ¿Follarán, Patricia?
La masa uniforme. Dicen que no debieran haber bares de maricones, sino lugares mixtos e integrados. Lo dicen los heterosexuales, claro. Esos que viven y pululan con tranquilidad en un mundo de comportamiento completamente heteronormativo, donde el número de posibilidades de que un homosexual se manifieste con libertad se reduce de manera drástica.
Bien me gustaría no tener que salir de noche, ni gastar dinero, ni beber esos brebajes malvados, ni tener nunca más resaca, ni estar en lugares atestados con una música horrible y rodeado de tipos con los que comparto únicamente el motivo por el que estamos allí. Es divertido en muchas ocasiones, pero la obligación del paripé es lo que me ha matado toda la vida.
Sí, me gustaría encontrar el amor en una biblioteca, pero me puedo pudrir en el libro de tanto esperar.


Recuerdo a mi amiga y seguidora Paloma cuando me decía la verdad: cada vez nos cuesta más salir de marcha y, tengamos veinte años más encima, seguirá siendo la única oportunidad consistente de conocer a alguien, ya sea para una noche de compañía o para prados verdes. 
Si no hay bar de maricones, no se folla. No se hace nada.
- ¿Acaso no follaban, Patricia?
Paloma encontró el amor en mi Facebook, como bien conté hace un par de años, y se cumplió aquello de "sucede cuando menos te lo esperas". ¿Esperaré a que suceda? 
Me pregunto si hay que bailar en el entretanto o, simplemente, no hacer nada. Ni ser un gay estilo "Looking" me trajo lo que buscaba ni tampoco considero que quedarme en casa el sábado por la noche sea la alternativa. 
También podría abrir yo mismo un bar de maricones. No lo tienes, hazlo tú, qué cosa tan contemporánea. 
Suena a una gran idea, pero apártame de las grandes ideas durante un tiempo, por favor. 


Ay, pensaba que este iba a ser un gran post, pero he divagado más que un mono borracho. Será que no follo, Patricia, entiéndelo.
En fin, quería decir que la gente tiene miedo a que los maricones se acerquen y yo, paúperrimo de mí, tengo miedo a quedarme lejos de ellos.

miércoles, 14 de enero de 2015

Elvis


En tardes muertas, crepúsculos de tedio y noches de promesas perdidas, los dedos se acercaban al sintonizador de las radios y ahí, necesariamente, irrumpía la voz que lo decía todo: Are you lonesome tonight? 
Una voz que era un torrente de terciopelo, de impulsividad, de un lugar mestizo y perdido en la geografía de los tiempos. 
Una voz que todos conocían, una voz que hacía la pregunta exacta: ¿Estás solo esta noche? Suspirar y seguir oyendo a Elvis. Esa era la respuesta. Y lo sigue siendo.


¿Qué decir sobre Elvis Presley que no se haya contado, glosado o inventado ya? ¿Qué decir del hombre sin que hable el mito? ¿Qué decir de la leyenda sin que irrumpa la realidad? ¿Qué decir de las glorias del genio sin que surja la contrapartida de sus fracasos? ¿Qué decir de quién creemos saber tanto y conocemos tan poco?
Elvis es un icono, sí. Es un tótem de la cultura del siglo XX, promocionada, vendida, repetida, seriada, comercializada desde la delicia hasta la náusea. Elvis es esa cara que has divisado antes de saber quién fue realmente y mucho antes de saber lo que significa. Elvis es un axioma, o esa verdad evidente. Renunciar a ella es negar la mayor.
Despertar a Elvis es entender la Elvismanía. Es también difícil hablar del músico, de la estrella, de la cadera en descontrol sin aludir al inagotable seguimiento que ha motivado durante generaciones. Como decía, fue cuestión de sintonizar la radio en una velada solitaria: el mundo se volvió loco.
Entre giras y televisores, desde la carretera hasta las mansiones, de los harapos a la riqueza, con parada en Tupelo, Memphis, Hollywood y Las Vegas, saltando por todos los estilos musicales y definiendo aquel que vive en la personalidad, apareció Elvis Presley en las listas de éxitos y en los corazones generacionales.


Era un símbolo sexual cuando bailaba. Pocas personalidades del espectáculo norteamericano han usado su cuerpo con la potencia de Elvis. Como los grandes artistas, no sólo se conformaba con ofrecer una buena interpretación, sino que brindaba una experiencia.
Su voz era una joya, de esas que no sabes cuándo ha dejado de acariciarte y cuándo ha empezado a follarte. Elvis es puro dormitorio, pero también para las lágrimas, para las confesiones, para intentar conciliar el sueño.


Hubo muchos Elvis, desde el eléctrico rockabilly hasta el barroco crooner, pero nadie lo confundió con otro. No canto como nadie, dijo cuando empezaba. Y era cierto. 
Sus detractores dicen que le robó la música a los negros. Sus admiradores dicen que motivó el encuentro entre las razas segregadas, que abrió las aguas, que popularizó el estilo que lo iba a contar todo sobre nuestros deseos: el rock and roll. 
No fue el primero, pero cualquiera que lo oyera entraba en un estado de revelación. ¿Hay algo antes de Elvis? ¿Acaso hay algo después?


Presley es un artista extremadamente generoso en emociones y sensaciones. Elvis no gusta; a Elvis se despierta. Puede que te haya encantado toda tu vida. Puede que te mueras sin haberlo escuchado. Puede que, un día, simplemente descubras que estás solo esta noche. Y Elvis está ahí, en ese instante y para siempre.
Elvis era un romántico y un ingenuo. El sureño que trataba de "honey", daba besos en la boca a sus admiradoras y, si te gustaba algo suyo, es probable que acabaras siendo el inesperado dueño de un abrigo o hasta de uno de sus Cadillacs,
Elvis es una saga norteamericana, protagonizada por el que no se cree su increíble suerte, el que derrocha, el que se equivoca, el que vuelve a casa. Una y otra vez. 
Y, lleno de sorpresas y excesos, un día concedió la noticia más triste. Su muerte. Pero, ya desde su funeral, corría el rumor: Elvis está vivo.


La historia comenzó en Tupelo, un pueblo de Mississippi. "Éramos pobres, pero nunca nos faltó comida", dijo para hablar de su familia. 
Su madre esperaba gemelos, pero Elvis Aron fue el único que salió vivo del parto. 
En un cumpleaños, le regalaron una guitarra cuando él deseaba una bicicleta. Nunca supo leer música y tampoco lo aprendió todo el primer día. El talento estaba ahí. El trabajo y llegar a la cima fue cuestión de días, semanas, años, decepciones.


Había muchos que se reían de su excéntrico aspecto, de su música infectada de sonidos copiados del gospel, del rythm and blues y del country. Escenarios, grabaciones, concursos, pruebas fallidas. Su adolescencia fue abrir puertas y encontrar otras cerradas y, a bordo de las rutas que definen los escenarios de la América profunda, Elvis Presley, con sus patillas, su guitarra y su pelo engominado, apareció en la portada de un disco. Detrás su manáger, el Coronel Tom Parker, figura benefactora y malhechora al mismo tiempo. 
Era 1955 y fueron muchos quienes llamaban a las emisoras de radio para pedir que pusieran otro tema de "ese cantante negro".
Si hoy Elvis es un asunto tan asimilado como indiscutible, el estilo interpretativo desató la mayor de las controversias. 
También su asunción de la música negra, pero las caderas, oh, aquellas caderas. Había quien veía en esa furia al mismísimo Maligno y más aún cuando Elvis, por fin, llegó a la televisión.


Fue la lucha entre dos presentadores rivales - Steve Allen y Ed Sullivan - y la censura lo que, prácticamente, catapultó a Elvis Presley a su estatus de fenómeno de masas. 
Entre los dos programas, se contaron sus primeras apariciones televisivas y también la primera vez que su movimiento pélvico consternó a los jerifaltes hasta el punto de que la cámara sólo lo registró de cintura para arriba. Ed Sullivan lo había visto en los ensayos y, oh, se le marcaba la polla. Se le aprecia perfectamente y esto es un programa familiar, anunció y Estados Unidos conoció a Elvis fragmentado.
El movimiento de caderas, sus gestos espasmódicos y su libertad de movimientos al son de la música erotizaron al público juvenil y a toda la sociedad ultrareprimida de la década de los cincuenta. 
Elvis es uno de los símbolos de la era, quizá el más depurado, porque era el dios fálico en tiempos de monotonía. Los conciertos se convirtieron en acontecimientos de griterío, anarquía y caos. Las noticias y las opiniones de los bienpensantes sólo lo conjugaban con pernicioso.


La juventud ya tenía su más definitivo icono de rebeldía, traducido en una música que los aglutinaba en sus angustias y ambiciones, y Elvis, por entonces todo desobediencia, cuero y tupé, contaba que lo rockabilly había llegado para quedarse.
Rítmico, infernal, vaquero, era bello de un modo aniñado e insolente. Elvis gustaba a todos y todas, entre su falocracia y su ambigüedad.
Cuando el servicio militar llamó a su puerta, la fama era tal que se convirtió en un acontecimiento mayor que la publicación de cualquiera de sus discos. 
En el ejército, Elvis descubriría las anfetaminas, el kárate y a su Priscilla.


Volvió y hubo quien aseveró que nunca sería el mismo. Algo se había perdido, pero, en cualquier caso, entraban los planes de su mánager Tom Parker y sus propias ambiciones de convertirse en una estrella del cine. 
Elvis se mudó a Hollywood, donde protagonizaría una serie de películas muy rentables durante años. La mayoría fueron cordialmente destrozadas por la crítica, que, desde el primer día, aludió a sus limitaciones interpretativas. No obstante, sólo una perdió dinero. Y Tom Parker prefería la pasta a cualquier nuevo desafío de la figura elvispreslyana.
Aunque las películas de Elvis son un montón de comedias musicales de insignificante argumento, despuntaron honrosas excepciones. 
"Jailhouse Rock" resumía la figura contestataria de sus primeros años y la magnífica "King Creole" le dio una insólita oportunidad de lucimiento como actor dramático, mientras la más ligera "Viva Las Vegas" lo llevaba a un encuentro fastuoso con Ann-Margret. 


Todas se supeditaban a los números musicales y, en ellos, la película se elevaba por la simple personalidad del artista.
En todo caso, la imagen de Elvis se estaba convencionalizando y su música había cedido rebeldía. Pese a bordarlas, sus canciones dejaron de ser suyas. Él lo diría: se perdió en Hollywood.



Ninguna de sus cacareadas relaciones sentimentales significaron mucho - Natalie Wood, Candice Bergen, Cybill Shepherd - y se casaba finalmente con Priscilla en Las Vegas, allá por 1967, año clave de su carrera, precisamente por tocar fondo. 


Las ventas habían decaído, los críticos no lo tomaban en serio, las revistas ya no hablaban de él, los únicos leales eran sus fans acérrimos.
Entre su matrimonio y el nacimiento de su hija Lisa Marie, se preparó a conciencia para el regreso.
En un especial televisado, Elvis volvía a lo que sabía y de qué manera. 
La esencia aseguró el comeback del que nunca se había ido y su chaqueta de cuero con cuello napoleónico pedía mito para el mito. La música volvió a tomar el foco, el rey recuperó el trono.


Giras y más giras, con Las Vegas como centro gravitorio, definieron al nuevo Elvis, el setentero Presley, más exuberante que nunca, todo baladas, movimientos de kárate y con un vestuario desorbitante sugerido por Liberace. 
Elvis Presley ahora era monstruoso, camp, fascinante. Y su voz, enriquecida con la edad, parecía aún más vibrante. Volvía en cada concierto.


Pero se apagaba. La salud deteriorada, manifestada a ojos vistas con un acordeónico aumento de peso, desató las alarmas entre los que trabajaban con Elvis. Él desoyó hasta el último momento y se subía  a los escenarios cada vez peor, ante públicos más viejos y menos exigentes. Balbuceaba, acortaba sus apariciones. 
La adicción a los fármacos estaba detrás, animando enfermedades congénitas, proveyendo artificialmente el corazón del que no quiere parar su ritmo de trabajo.
En aquel cuarto de baño de Memphis, lo encontraron en el suelo. La arritmia cardiaca y el Demerol habían sido malos amigos. 
Tenía 42 años. No había quien se lo creyera, ni aunque desfilara su funeral, ni aunque apareciera la foto del cadáver en el catafalco, ni aunque se leyera su nombre en la lápida. 
Elvis había muerto.


Sobre sus últimas palabras, reina la discusión, como todo en Elvis. Pero la rueda de prensa previa a su fallecimiento concluyó con un perfecto epitafio: "Espero que no os haya aburrido".
Graceland se convirtió en el eterno lugar de peregrinaje, el sitio más visitado de los Estados Unidos después de la Casa Blanca. Ahí le lloran, cada año, cada día.
Era la mansión que dejaba a la altura de su exacerbada, contradictoria figura: el muchacho anónimo que llegó a ser el Rey. Era una tragedia americana, brillante de éxitos y con el final de esa bombilla que se atreve a brillar con demasiada intensidad.
Murió millonario y su nombre aún se contagia con millones. De dólares y de seguidores. Es una fiebre incurable, esa epidemia de la voz profunda y la media sonrisa. Recuperado en miles y miles de canciones, parodiado en tantas ocasiones, copiado, mirado, revisado y con una nómina de imitadores que irrumpen en sus celebraciones y recuerdan la máxima: para ser grande, hay que rozar el ridículo y, a veces, caer de lleno en él.
Elvis Presley está vivo, dice la leyenda. ¿Por qué tiene dos aes ese Aaron de su tumba si él era Aron?, preguntan los conspiranoicos, los que lo creen escondido en una playa desierta, los que aseguran haberlo visto, los que afirman que Elvis Presley es religión.


Quedaron las incógnitas, abundaron las anécdotas. Todos se cruzaron con él, muchas lo besaron en los labios, otros aplaudieron de pie en sus conciertos y tantísimos aún no han sintonizado ese hotel del descorazón. Are you lonesome tonight?
Elvis Presley es un estado mental. Es a lo que todos artistas deberían aspirar. A conseguir esa vibración personal, íntima y explosiva, sincera y sentimental, espectacular y tan privada de, por ejemplo, su "You've lost that lovin' feelin'" en Las Vegas. 
La canción no sería nada en otros labios. En Elvis, lo es todo.


Lo juro: cuando escriba una novela, Elvis sonará de fondo. Esa es la luz, la dirección, el objetivo. El encuentro de lo grande a través de lo pequeño, de lo romántico a través de lo sexual, de lo espectacular a través de lo personal.
Así que, amigo mío, si aún no lo ha hecho, sintonice esa radio y únase a lo insuperable. Eso que se graba en los muros de la memoria, de los que sueñan despiertos y de los que se atreven a desafiar la realidad y escribirlo, gritarlo, pensarlo, desearlo y sentirlo: Elvis está vivo.

lunes, 12 de enero de 2015

Clase y Horterez


Sabe usted bien de mi amor por los melodramas clásicos y la vertebral importancia que han tenido en mi vida. De algún modo, la reflejan y la cuentan, por lo que expresan abiertamente, por lo que significan de manera implícita o por las actitudes que se transfieren. ¿Era yo melodramático o me hice melodramático de tanto verlos? Ambas respuestas son correctas. 
El otro día me puse un título esencial que, a pesar de recordar a la perfección, sólo lo había visto en una ocasión. 
Hablo de "Stella Dallas", dirigido por King Vidor, allá por 1937. 
La película debe la mayor parte de su atractivo a la interpretación de Barbara Stanwyck; Stella Dallas es uno de sus mejores papeles, su personal favorito y muy decisivo en su mitificación. 


"Stella Dallas" es un cuento de maternidad y sacrificio, temas clave en los dramas para mujeres, y como en los más crueles y potentes, al final, no quedan pañuelos. Es una película muy lacrimógena; quizá por eso, sólo la había visto una vez. Hay que ir preparado.
La protagonista es una mujer de clase obrera que tiene una hija tan encantadora que es recibida en los círculos de la alta sociedad. Stella Dallas pronto se convierte en un obstáculo para la ascensión de su querida hijita por una cuestión de forma: es una señora estridente y de gustos pretenciosos que no tiene la más mínima clase.
En una escena clave, Stella se pasea en medio del country club vestida poco menos que como un árbol de Navidad. Los amigos de la hija se ríen de ella, sin saber quién es. Y la hija, avergonzada, sale corriendo de la cafetería sin ser vista por la basta de su madre.
Finalmente, Stella se enterará de la opinión de la aristocracia sobre su aspecto, mientras la película la representa cada vez más vulgar, más sobrevestida y sobremaquillada, manifestando su inadecuación de una manera progresiva.
La hortera tiene que dejar paso. Su hija pasa la puerta giratoria, pero ella no puede acceder a lo selecto, a lo elevado, porque, sencillamente, no es fina ni tiene la necesaria educación.


La pobre Stella Dallas no conocía la máxima de la elegancia - "menos es más" - y tampoco estaba enterada de otras lecciones de la separación social más efectiva de todas: la que diferencia a los que son refinados de los que no lo son. 
Es el clasismo en su máxima expresión, porque dicta que, aunque tenga usted dinero e intención, nunca traspasará la puerta. Jamás dejará de ser lo que fue. Y cuanto más lo ambicione y se le vea el plumero, más persona de mal gusto será. 
La concepción popular de la horterez nace del fenómeno del nuevorriquismo. Los "nuevos ricos" son detectados enseguida como despilfarradores, ostentosos y con ademanes de pretensión. 
En realidad, es la opinión que las familias ricas de toda la vida tienen reservada para los recién llegados, aquellos que mirarán con lupa y quizá nunca acepten en sus filas, pese a mantener negocios con ellos e incluso aunque los dichos advenedizos estén más forrados.


El dinero no toma las riendas en esa apreciación; lo toma el sentido de la clase. 
En los años formativos de Estados Unidos, ese cerrar de puertas está presente en el espíritu de muchas sagas. 
Un caso real es Molly Brown, la campesina que descubrió un filón de oro en sus tierras y se hizo multimillonaria de la noche a la mañana. 
Repudiada en la alta sociedad internacional por su campechanía y falta de modales refinados, Molly es el emblema de la enriquecida inasimilable.


En "El Gran Gatsby", el héroe de la historia es un nuevo rico y toda la historia es una metáfora de la imposibilidad de traspasar unas puertas, incluso con todo el dinero del mundo. Los Buchanan rechazan su traje rosa y su sentimentalismo. Ellos son la aristocracia, el reducto de la dominación británica, aún presente en los años de las meteóricas fortunas americanas, que proporcionaba el oro, el petróleo o el contrabando de licores.
Esa oposición entre los viejos fortunones y los nuevos billetes es también la oposición entre el Viejo Continente, entendido como fino, culto e historiado, frente al Nuevo, que es básico, cursi y habla como si mascara un eterno chicle.


Así pues el kitsch. Hay gente que no sabe de estilo ni sabrá nunca, dicen las reglas del protocolo, de la educación y de todo lo que significa sentarse a la mesa como si se tuviera un palo por el culo. 
Hay gente que sólo se pone más abalorios babilónicos encima, como Stella Dallas, y, cuando abre la boca, deja en evidencia lo que ya sospechábamos: es un hortera.
Y la separación social pervive, lógicamente, cuando no hay dinero de por medio. Y lo ha hecho históricamente entre blancos y demás etnias, entre barrios altos y barrios bajos, entre universitarios e iletrados, entre norteños y sureños, entre urbanitas y pueblerinos. 
Es usted un basto, porque no sabe hablar, porque grita mucho, porque no se ha leído un libro en su vida, porque acaba de agarrar un palo y se aproxima hacia mí.


La huida de la horterez y la bastez cuenta la historia de muchas sociedades. Sin ir más lejos, aquí en mi tierra, hay un término para definir a la gente cafre: magos. 
No tiene nada que ver con los señores que hacen magia y supongo que, lingüística mediante, será una derivación de "majos". 
En principio, era la manera de nombrar a la gente del campo. Ahora, cuando te dicen "mago" es aludir a lo poco fino que eres, desde los rústicos rasgos faciales que tienes hasta las ocasionales patadas al diccionario que propinas. 
Todos huimos de parecer magos por estas latitudes del mismo modo que siempre terminamos haciendo alguna magada. 


Es la misma fuga de la entera civilización: escapar de la barbarie y de todo lo que recuerda a ella. De manera profunda, es la pugna entre lo que aspiramos a ser y lo que dejamos atrás. 
Volviendo al melodrama, otro que plantea esa lucha y lo hace con madre doliente de por medio es, por supuesto, "Imitación A La Vida". 
Cargado además con el potente tema de la raza - la madre de Sarah Jane la entorpece porque es negra -, la maternidad tiene una simbología propia: la mamá es la tierra, esa que nos atrapa en nuestra necesidad continua de elevarnos, de trascender nuestra condición de animales. 


La finura como coto privado de los sueños explica gran parte de nuestro encanto por la ficción. Al menos, por un tipo de ella. 
La elegancia ultrarefinada se llama glamour, porque motiva la hipnosis en su mezcla privada de perfección y distinción. Así, soñamos con universos glamourosos, donde todo es elevado y deseable.
El cine clásico de Hollywood debe su propia glamourización a eso de la clase, la continua sensación de riqueza, la nula ofensa estética y el saber estar. 


Es curioso que se autodefina como elegante cuando, en su propia esencia, es infinitamente kitsch. 
Sus mismas estrellas eran nuevos ricos - Barbara Stanwyck era una niña pobre de Brooklyn, sin ir más lejos - y toda la opulencia, temas y temores de las películas que producían era genuinamente norteamericanas. 
Por ejemplo, esos melodramas, comedias, musicales y thrillers concuerdan e insisten, una y otra vez, que el enriquecimiento material no trae la felicidad.
¿Era acaso la lección moral que se recordaban a sí mismos?


Cuando era adolescente y veía esas películas, me las creía y las vivía muy intensamente. Lo peor es el contraste tan brutal que se producía con la realidad que me rodeaba. En realidad, todavía sucede.
Es la voluntad de querer vivir en un mundo donde la gente sea delicada y, además, buena. 
Está claro que son posturas irreconciliables en más ocasiones de las deseadas y tanto aristócratas como brutos gustan de intercambiarse los papeles, especialmente los peores. Y las líneas son difusas. Cada vez más.
Pero yo buscaba seres como los que salían en las películas: con sentido del humor, con frases justas y con ojos dispuestos a enamorarse. La gente fina ideal, con la clase suficiente para decir I love you en el momento preciso.
Sé de muchos que buscan a esa gente. Cuando emigran a países del Norte, cuando viajan a las ciudades, cuando se hacen pasar por blancos, cuando aprenden modales o cuando se casan con gente importante. Sé también que muy pocos la encuentran, porque no existen los finos de I love you. Al menos, no existe una sociedad que sea fina de I love you. 
Sólo seres disgregados, de esos que se creen las películas y sueñan con imitarlas a la vida. 
La única solución es seguir llamándonos en la oscuridad, aunque teniendo presente que todos hacemos caca, todos tenemos legañas en los ojos y todos cambiamos de opinión, podemos ser crueles y nunca poseemos la fase precisa y refinada para terminar una chispeante conversación. 
También dicen que decir I love you no es tan importante.


Probablemente, si saliera a la calle y dijera: "¡Oh, amo esta ciudad, ¡es divina! ¡la amo!" y, acto seguido, me pusiera a bailar cual Gene Kelly, la gente miraría con pasmo para luego decir: "Ya se emocionó el muy basto". 
También lo dirían si me observaran con unos escrupulosos modales en la mesa, acudiendo a eventos vestido de pulcros trajes de chaqueta o dirigiéndome a todo el mundo con palabras entresacadas de un poemario.
La finura es lo que todos quieren y, a la vez, tanto critican en los demás, especialmente cuando la ven como una presunción que ajusticiar.


Recuerdo ahora un profesor de la Universidad. Él se hacía un señor muy intelectual y un tanto arrogante, lo que motivaba que ciertas compañeras de clase se enfureciesen y mencionasen un pasado no tan elevado. "Su hermana es poco menos que una terrorista y él se limpió la boca del pan con aceite antes de ayer".
No hay nada como echar abajo, sí. Es la única explicación a las coordenadas diferenciales entre finura y horterez. Eres el más paleto, ¡léete un libro! Te haces el lord inglés, ¡bájate del caballo! 
Como vivimos en tiempos irreverentes, lo hortera y lo basto han encontrado diariamente su vindicación en todas las formas posibles. 
Desde el descubrimiento de lo estridente hasta la proliferación de fusiones musicales, para conectar con el público que adora el glamour, pero lo quiere aleado con ostentación, formas brutas e impactantes y sonidos directos y viscerales. 
Explíquese así el éxito de Jennifer Lopez o del reggaetón, que van derechos a la gente que no puede ser fina ni intentándolo. 
En realidad, hay algo honroso en ese triunfo: es la tan esperada venganza de Molly Brown.


Todavía nos aferramos a la verdad: por mucho que implique una diferencia social injusta y brutal, es mejor ser educado que ser bruto. Es mejor leer un libro que darle patadas a un balón. Y es mejor hablar con serenidad que estar dando becerridos desde que usted se levante hasta que se acueste.
Muchas veces he intentado relacionarme con gente, digamos, poco cultivada y salgo más escaldado que Viridiana. 
Qué cruel es la existencia social. Tal como si fueran Stella Dallas, ¿hay que apartar a los brutos de nuestros sueños?


Quizá el problema no esté en los modales. 
Puede usted ser mi amigo si no sabe agarrar la cuchara, si se chupa los dedos o si dice "pograma". Y puede usted ser mi enemigo si es primo de Emma Thompson, está leído y entendido en cinco idiomas, doscientos másters y trescientas cucharadas de caviar y es el hijo de puta más grande que ha conocido televisor.
Pero la vertiente básica es la ignorancia. Los brutos no son brutos por ser brutos, sino porque son ignorantes. Y los finos pueden ser los más brutos de todos cuando no han aprendido ninguna de las lecciones de sus selectos colegios.
La ignorancia no pasa por los libros que se han leído ni por los estudios que se han podido superar, sino en el provecho mental que se saca de las experiencias. La ignorancia se cura con el aprendizaje de los errores. Con un "menos es más" interior. Léase un libro de estilo, pero que sea bueno.
Es la ignorancia lo que destruye las cosas particularmente hermosas de la vida: lo que es fino de verdad y lo que es bruto de manera enternecedora. 
Tengamos clase y seamos horteras hoy, my friend. Seamos como nuestras madres o todo lo contrario.
Seamos lo que seamos, déjeme ahora que me tire un pedo, por favor, y enseguida hablamos de amor.