martes, 15 de enero de 2013

Noches de Claudette Colbert

 

Su estilo nació del feliz encuentro entre un óptimo maquillaje y la naturalidad de una chica de ciudad. Su sofisticación se contó desde aquella mirada exquisita, tierna y cómplice, que vivía tranquila en un mundo de visones, joyas y art-decó.
La década de los treinta fue su reino y ella se preciaba en convencer en los más variopintos papeles. Fuera zorra bíblica, madre superiora o heredera enamorada, Claudette Colbert era siempre primera clase.
El público la quería a rabiar.


Puso de moda a las mujeres que no se arredraban. 
Las heroínas de la Colbert eran como ellas: decididas, dinámicas, siempre hacia adelante, pese a los errores, con la sonrisa en los labios, sin un ápice de cursilería, preparadas para el amor. Porque el amor se contaba en Hollywood con los brillantes ojos de Claudette.
Lo único que se le resistió a Claudette Colbert fue el paso del tiempo. Para una mujer mordaz y optimista, que se entregaba a la comedia loca, que bebía champán entre risas, que sacaba el pulgar para pedir transporte; para una mujer así, dejar paso y hacer papeles de madre se le reveló como un trago indigesto.
Sin embargo, siempre le quedó el cariño profundo de la audiencia, quien la convirtiera en una de las estrellas más rotundas de la época fundacional del Hollywood sonoro. 
Con ella, hubo muchas más burbujas.


Nacida en Francia, Emilie Claudette Chauchoin conservó el joie de vivre, pero se hizo criatura neoyorquina desde muy pronto. 
Perfiló su nombre artístico y su flequillo, mientras paseaba sin fortuna ni preparación teatral, con la decisión de ser actriz en un momento donde todos los cines cerraban ante la quiebra económica.
Su única película muda fue un fracaso y lo siguiente se hacía un tanto irregular, pero pronto cazó la atención de los críticos y los espectadores. 
Su golpe de suerte le vino de la mano de Ernst Lubitsch. En "The Smiling Lieutenant", le robaba la película a Maurice Chevalier y Miriam Hopkins.

Con Maurice Chevalier en "The Smiling Lieutenant"

Por entonces, Claudette estaba casada con el también actor Norman Foster. Nunca vivieron juntos, y la versión oficial fue que la madre de Claudette no podía ver a su yerno. El extraño matrimonio terminaría en el mismo momento que Claudette ponía a Hollywood a sus pies.
Sus dos colaboraciones con Cecil B. DeMille inauguraban el furor por la Colbert, que nunca aparecería tan sexy como incorporando a dos legendarias pecadoras.

"El Signo de la Cruz"

En "El Signo de la Cruz", era la viciosa romana Popea y, en una viciosa escena, la patricia se bañaba desnuda. 
Fue una imagen sólo posible antes de la implantación del código de censura Hays, y muchas veces se ha señalado como un clásico del erotismo cinematográfico. 
Sin ir más lejos, se le ven los pezones.

Wardrobe malfunction

Cecil B. DeMille la volvería a llamar para que fuera su "Cleopatra".
Una de las películas más deslumbrantes del pionero director, Claudette fue reina del Nilo, tal y como sería emperatriz de aquel decisivo 1934.

Una "Cleopatra" art-decó

Fue su año de gloria. Además de "Cleopatra", el mundo quiso llorar con ella en la primera versión de "Imitación A La Vida". 
Claudette era la madre viuda que se convierte en empresaria de los pancakes, gracias a la receta de su amiga y criada afroamericana; de los harapos a la riqueza, y, en el camino, la vida.

Con Louise Beavers en "Imitación A La Vida"

Pero si "Cleopatra" e "Imitación A La Vida" venían con el sello del éxito, Claudette no lo tuvo tan claro cuando se sintió apresada en "Sucedió Una Noche", comedia que no quería hacer.
"Acabo de intervenir en la peor película", comentó a una de sus amigas. 
Oh, mujer de poca fe. De la noche a la mañana, "Sucedió Una Noche" se hizo la comedia romántica que mata a todas las comedias románticas, contada y sentida a través de la América de la Depresión, esa de donde había llegado y triunfado la propia Claudette. 
La culpa la tenía Frank Capra.

Con Clark Gable en "Sucedió Una Noche"

Es su interpretación emblemática y, de manera imprevista, le dio el Oscar. 
Pensando que no iba a ganar, ni siquiera acudió a la ceremonia. La atraparon en una estación de tren, Travis Banton le improvisó un traje y la llevaron hasta la gala de la Academia para recoger su premio.

Shirley Temple le entrega el Oscar

La corona de Hollywood le sentaba bien a Claudette Colbert que, aunque siempre versátil, fue mucha más Claudette en el género de la screwball comedy. 
Se cuenta que no era comedianta de las físicas, sino de las que observan, se ríen y sueltan el comentario preciso. 
En cualquier caso, Claudette parecía decir sus líneas como si hubiese sido construida en la fragua de la ironía.

Con Joel McCrea en "The Palm Beach Story"

Apreciada generalmente por sus compañeros y acomodada en la constelación hollywoodiense, Claudette triunfó por su impecabilidad y venció a pesar de sus manías. Su perfeccionismo estaba en sintonía con su éxito, aunque se contradijese muchas veces.
Acomplejada por un bulto del lado derecho de su cara, pedía expresamente a todos los cámaras que sólo registrasen el lado izquierdo. 
Se hizo una demanda tan brutal, que hasta hubo que remodelar decorados para cumplir con ella. 


La iluminación era tal condena para Claudette que, en palabras de Myrna Loy, llegó a saber más del tema que los directores de fotografía.
Así, no extrañó que su primera película en color, "Drums Along the Mohawk", a las órdenes de John Ford, fuera un infierno por los nervios de la Colbert.
Claudette también fue popular por sus astronómicas peticiones salariales, algunas negociadas fuertemente por su hermano Charles. Como han dicho muchos, Claudette era cara y exigente, precisamente porque lo valía.
Como las mujeres trabajadoras de otro tiempo, su vida privada fue el precio. Sólo su matrimonio con el cirujano Joel Pressman tuvo garantía de durabilidad. Tener hijos y abrazar la tranquilidad jamás estuvieron en los planes de la Colbert.


Llegó la edad y volvió la guerra. Claudette Colbert perdía las ganas de marcha, esas que había desplegado en clásicos para Lubitsch o Sturges, y se entregaba a los papeles de mujer honrada y honrosa, cálidas señoras del hogareño frente.
El mayor ejemplo y su papel más aclamado fue la (im)paciente esposa de "Desde Que Te Fuiste", inacabable melodrama, hinchado por David O. Selznick, que recogía las experiencias de las mujeres que se quedan en casa, mientras los hombres batallan en la Segunda Guerra Mundial.
La grandilocuencia de Selznick no pudo con la autenticidad de Claudette, que se ganó de nuevo a su audiencia, jamás tan identificada con ella.

Con Jennifer Jones y Shirley Temple en "Desde Que Te Fuiste"

Los años cincuenta empezaron con mal pie. Perdió una oportunidad dorada cuando se rompió la espalda y no pudo interpretar a Margo Channing en "All About Eve", siendo sustituida por Bette Davis.
Salvo el éxito de "The Egg and I", los siguientes años asistieron a un declive en la excitación por Claudette Colbert.
Se hizo esporádica y se sintió fuera de lugar. Aparecía con frecuencia en televisión y, tras interpretar a la madre de Troy Donahue en "Parrish", le dijo a su agente que no quería más cine, porque sentía que no había nada más para ella.


Se apartó de sus temidas cámaras, aunque pisó con frecuencia los teatros de Broadway y Londres. Su última aparición fue televisiva, ochentera y aclamada, cortesía de "The Two Mrs. Grenvilles".
Con la sensación del deber cumplido, Claudette se retiró a Barbados. Piropeada por todos los amantes del cine clásico, recibió homenajes y dio las gracias, entregando su mirada tranquila y exquisita, inasequible al tiempo.
El corazón de esta gran impecable fue quien fallaría demasiadas veces. En 1996, Claudette moría a la edad de 92 años.


Con su cara de Betty Boop, su flequillo y su halo de señora antigua, Claudette Colbert sugiere hoy la imagen de una época, un icono de glamour y una fiesta de disfraces en sí misma. 
Pero recuperarla es también encontrarse con una actriz curiosamente moderna en su estilo de interpretación riguroso y sin afectación.
"Siempre pensé que actuar es un instinto. O lo tienes o no lo tienes", diría para explicarse. 


Encantadora de tiempos difíciles, sinónimo de elegancias rotundas, Claudette Colbert fue experta en despertar sonrisas. 
Todavía no hay comisura que se resista a ella.

lunes, 14 de enero de 2013

Cabalgata de Hollywood


Los justos y los valientes suelen decir cosas como:
- Esos premios de Hollywood están vendidos y no me gustan nada. Pero espero que gane Fulanito de Tal, porque se lo merece.
¿Hay algo más delirante que una ceremonia hollywoodiana? Sí, los que se declaran enemigos de las ceremonias hollywoodianas.

Hugh Dancy y Claire Danes

Los Globos de Oro, galardones concedidos anoche en gala al efecto, son Hollywood en estado puro: el cacareado anuncio de un desfile de glamour que, en realidad, es una cabalgata kitsch de tomo y lomo. 
Las estrellas pasean sus confitados estilismos ante un griterío mitómano y se dan premios entre ellos, para saciar vanidades, colmarse de autoindulgencia y calentar motores para el momento decisivo: los Oscars, anunciados como la alternativa seria y/o el más alto honor de la industria.

Julianne Moore

Los Globos se confiesan inofensivos, se riegan achispados y hasta el premio honorífico se dice llamar Cecil B. DeMille. Es decir, una chorrada llena de estrellas.
Los concede algo conocido como "asociación de la prensa extranjera en Los Angeles", pero ha sido siempre tan cobista y reverencial al boato de Tinseltown que, a veces, me pregunto qué cosas premiaría si no fuera extranjera. 
En un mundo menos adicto al eufemismo, esos "periodistas extranjeros" podrían llamarse "funcionarios de Hollywood agilizando trámites".

Tina Fey y Jennifer Lopez

La pregunta verdadera es cuándo ver los Globos de Oro en directo se nos hizo tan imprescindible como los Oscars. Sería cómo cuestionarse cuándo empezó a importarnos aquello que no tiene importancia.

Hugh Jackman

Y la respuesta está en la irresistible levedad de esa pantalla del mundo que es Hollywood. Pantalla del mundo y de su país, aficionado a las competiciones, los elogios mutuos y el humor de chascarrillo. Como todo en USA, es fascinante por básico.
Escandalizarlos también se dice fácil. 
Ahí estuvieron Amy Poehler y Tina Fey, brillantes, aunque breves, presentadoras que hicieron un chiste a costa de Kathryn Bigelow y su "Zero Dark Thirty". "En lo que respecta a torturas, me fío de lo que diga una mujer que estuvo casada con James Cameron".
La reacción conmocionada del público, entre el desconcierto y la hilaridad, expresa el singular atractivo de premios como estos. Los chistes parecen los mejores del mundo, simplemente en función de la reacción exagerada. 
Como todos los que por allí pasean, más es un valor. Más kitsch, más lágrimas y más pinta de Audrey Hepburn equivalen necesariamente a ser mayor merecedor.
La cuestión es emocionar a los públicos, de una manera rápida y certera. En ello consiste la profesión de las estrellas.

Anne Hathaway

Si hubo algo propiamente norteamericano de la noche pasada fue la presencia de un former President: nada menos que Bill Clinton. 
Esas presidenciales visitas a saraos celebrities no ocurren en mi país, desde luego. 
En los USA, en cambio, le dedican standing ovation, presenta clip sobre augusto antecesor en el cargo - "Lincoln" - y el aludido - Steven Spielberg - pone cara de Navidades ante el sorpresón.

Bill Clinton

Le duró poco la cara feliz a Spielberg. Si los Globos pueden apuntar tendencias para los Oscars, anoche no dejaron nada claro sobre si "Lincoln" ganará o no ganará. Como en una película, ha llegado el suspense, queridos espectadores.
Lo más gordo de los Globos fue a parar a "Los Miserables" y "Argo", ninguna de las dos con demasiadas opciones de hacerse con el premio magno de la Academia.
Más luminoso sí se cuenta el camino para Daniel Day-Lewis, Jessica Chastain y Anne Hathaway, tres apuestas cerradas para los inminentes Oscars.

Jessica Chastain

Como suele pasar en los Globos de Oro, se repartió y todos se llevaron parte. Los Globos premian al cine y a la televisión, a las sensaciones nuevas y a los nombres de siempre, a los actores que se convierten en directores y a los directores que se comportan como estrellas.
No sólo para contentar al personal, sino para que el público se familiarice con todos estos títulos de "prestigio" que se estrenan ahora y vaya al cine a consumirlos.
Ya los Oscars se encargarán de dar el veredicto del campeón. Porque en USA, al final, sólo puede ganar uno.

George Clooney, Jon Hamm y Ben Affleck

Al respecto de los premios televisivos, fue un más y, en todo caso, un peor de lo vivido en los Emmy. Varias cosas ya las sabíamos y anoche sólo encontraron rutinaria refutación.

Guapérrimo Damian Lewis

Hollywood es más bien demócrata - ¡viene Clinton, gana "Game Change"! -, la comedia televisiva está en horas bajas - ¿qué demonios es "House of Lies"? -, nadie se atreve a discutir la discutible segunda temporada de "Homeland" y, por pura lógica, Maggie Smith gana en la categoría de Maggie Smith.

Plataforma para que Tina y Amy lo presenten todo

Al final, con tanto buen humor y tantas caras encandilantes, podría decirse que no hay nada malo en las ceremonias de premios. El problema es personal y surge cuando se han visto demasiadas, todo se prevee de antemano y ni las sorpresas parecen sorprendentes. 
Pero, como en el mejor espejo kitsch, a veces asoman instantes genuinos y emocionantes, de esos que recuerdan que no hay business como el show-business.
Y ahí estuvo Jodie Foster, para salvarnos de la apatía galardonística, con su premio honorífico.
Concedió un discurso brillante por barroco y larger-than-life. Y fue uno de esos momentos donde los actores se lucen como imitadores a la vida, desvelando que, detrás de sus éxitos y sus atributos de gloria, se esconden personas luchadoras y sensibles, con ganas de amar y familiares que les quitan el sueño.

Vibrante Jodie Foster

Comentan por ahí que Jodie Foster salió del armario anoche. Perdónenme, señores míos, pero el outing de esta mujer sucedió hace años en otra ceremonia de premios. O la prensa es amnésica o esta mañana no encontró mejor titular.
En cualquier caso, lo que quiso expresar Jodie fue su necesidad de privacidad en un mundo que ha olvidado ese valor. 
El recuerdo a su madre desató la llorera general, y la Foster, ahora con cincuenta años tan confesos como espléndidos, contó sin contar el motivo de su supervivencia en una industria que la conoció desde tierna infante: pura cuestión de fuerza. 


Dirán los justos y los valientes que estos premios de Hollywood están vendidos y no le gustan nada. Y, a la vez, también dirán que Jodie Foster se los merece todos. Ironías, ironías.

viernes, 11 de enero de 2013

"La Gata Sobre El Tejado de Zinc"

 

Irónico fue el triunfo de Tennessee Williams en los años cincuenta, una época especialmente reprimida y conservadora que, no obstante, parecía tener sed de ese espejo de calor y sordidez que el dramaturgo proyectó a través de sus inconfundibles obras.
Su traslación a la gran pantalla se veía tan traumática como necesaria y uno de los más aclamados esfuerzos fue "La Gata Sobre el Tejado de Zinc", dirigida por Richard Brooks.


Es, ante todo, una hollywoodización de la obra original, enfrentada desde su planteamiento al Production Code vigente en aquel 1959. 
Sin embargo, las historias de Williams son más que esa cobertura de erotismo, perversión y escándalo, que levantó ampollas, abrió aguas y ponía nerviosos a los censores de Hollywood.
Las obras de Tennessee también se erigen como estudios incisivos y poderosos sobre la naturaleza humana y, en las mejores aventuras cinematográficas que lo adaptaron, el impacto dramático y el espíritu esencial siguen ahí. 
"La Gata Sobre el Tejado de Zinc" es una adaptación aligerada, pero curiosamente impecable, poseída de una puesta en escena exquisita y unas interpretaciones memorables.

Paul Newman como Brick Pollitt

"La Gata Sobre el Tejado de Zinc" nos cuenta los calurosos días de un matrimonio joven, pero sin sexo, desde un dormitorio, dentro de la finca de un patriarca moribundo. 
Maggie derrama sus angustias económicas y su optimismo en recuperar el amor sobre su marido: el antiguo atleta Brick, que bebe como un cosaco y calla sus auténticas razones.
El escenario dramático se intensifica a lo largo del día, al pairo de las revelaciones y los enfrentamientos entre padres, hijos, cónyuges, hermanos y cuñadas. "La Gata Sobre el Tejado de Zinc" es un panorama de disfunción familiar y también un retrato de pasiones.
La cama cobra protagonismo, ese anhelo y condena de Maggie, lo que más desea y su tabla de salvación. Las discusiones más acaloradas se basan en la necesidad machista de la procreación para que las mujeres sobrevivan. 
Al final, la materialista Maggie es sólo heroína y víctima, un personaje simpático desde su complejidad y sus contradicciones. 
El dinero y las posesiones terminan por constituir la pasión definitiva, lo que hace perder la calma a los seres de esta historia, lo que los excita.

Elizabeth Taylor como Maggie, la Gata

Brick, al otro lado del vaso, es el personaje más devastado en la adaptación cinematográfica.
En la obra teatral, representaba otro gran tema de la historia - la relación entre la confusión sexual y la homofobia social -, amparado en el recuerdo de un misterioso amigo y compañero de juegos llamado Skipper. 
Sin embargo, se conserva la esencia de Brick: el temor a la pérdida de la juventud y los días de gloria, el reto de sobrevivir y la imposibilidad de afrontar esa madurez insípida. 
Es decir, esa cara nunca contada del "sueño americano".


Brick clama ante su padre aquello de la "mendacidad", o de cómo la hipocresía se ha dosificado en el sistema por el que se gestionan los seres humanos. 
Aparece el tema esencial de "La Gata Sobre el Tejado de Zinc", recurrente en todo Williams: la dicotomía entre la verdad y la mentira, cómo huimos de aquella y cómo sufrimos por esta.
En "La Gata Sobre el Tejado de Zinc", todos los personajes piden la verdad, pero nadie está preparado para ella.

Paul Newman y Burl Ives

Bajo ese engranaje dramático y simbólico, Richard Brooks dinamiza el escenario, a través de las habitaciones, siguiendo a los personajes, integrando la acción teatral en un lenguaje cinematográfico.
Elizabeth Taylor aparece fastuosa en su primer papel de ambición, mientras Paul Newman lanzaba un órdago de belleza y desazón, en la película que terminó por encontrarlo como estrella, actorazo y tío bueno del siglo.
El resto del reparto, comandado por el impagable Burl Ives, cumple con creces y acentos sureños.

Madeleine Sherwood, Elizabeth Taylor y Jack Carson

La película no es tan violenta ni sórdida como la obra original y el mismo Williams abucheó públicamente el resultado. 
En cambio, sí conserva la atmósfera agobiante, de puertas que no se pueden cerrar y discusiones interrumpidas, con esos "monstruos cuellicortos" que aparecen y disparan pistolas de fogueo.
Podría decirse que "La Gata Sobre El Tejado de Zinc" es una película altamente fifties.
Por un lado, se atrevía con un texto polémico, donde los personajes eran infelices, hablaban de "hacer el amor" y faltaban al cuarto mandamiento, mientras el affiche publicitario ilustraba a una voluptuosa Liz en la cama y ligerita de ropa. 
Por otro, esquivaba muchas verdades con la prototípica elegancia reprimida del Hollywood de entonces, pese a que la carga subversiva siga presente detrás de las palabras, dentro de los silencios, después de los dobles sentidos.
Es la ironía final: la película que versa sobre la relación humana con la verdad también la evitaba o, por lo menos, la dejaba debajo de la mesa. Como sus personajes, el público de 1959 todavía no estaba preparado.


En la operación de aligeramiento, también se impuso un final optimista, como sucedió en muchas otras traslaciones fílmicas de los textos de Williams. 
Es también muy propio del cine de los cincuenta: contar una pesadilla y, en el último momento, despertar. Pero, como dijimos a propósito de "Bigger Than Life", despertar no invalida la pesadilla.
Y "La Gata Sobre el Tejado de Zinc", con su taquillazo, su Liz en la cama y su Paul en bata, se convertiría en un clásico para la imaginación colectiva, esa película más sentida que entendida, donde sólo la intención ya suponía una rebelión en el cine norteamericano.


Hoy todavía aparece esplendorosa en colores, rebosante de sensualidad, empapada de neurosis y arrebatada del atormentado e irresistible romanticismo del maestro Tennessee Williams. 
De cuando las películas se atrevieron a enseñar unas garras decididamente felinas.

jueves, 10 de enero de 2013

Matt Dallas


El mundo adelanta, que es una barbaridad. Y ahora confesar públicamente la homosexualidad no supone deshonra, ni anuncio de suicidio, ni siquiera el asesinato profesional que suponía hasta hace pocos años.
Porque outing rima con comeback y Matt Dallas, el imposiblemente lindo "Kyle XY", es la última prueba.


Matt Dallas ha anunciado que es gay en Twitter, esa esquizoide red social que, irónicamente, se ha convertido en el Boletín Oficial del Mundo. 
Y Matt lo ha hecho como Anderson Cooper o su tocayo Bomer; aprovechando que cuenta una cosa, suelta la otra.


En el caso de Dallas, el asunto venía a colación de su compromiso con el músico Blue Hamilton. Para ilustrar su felicidad, Matt posteó foto de novio y perro. 
Sí, podrías decir aquello de "tú, Montez, lo que tienes es envidia", porque sería verdad.


Como el outing sigue siendo noticia, la red y la prensa no paran de escribir sobre Dallas.
Quizá ahora se habla más de Matt que cuando incorporaba su papel más conocido: el adolescente amnésico y de extraño origen de la serie teen "Kyle XY", la misma que ABC Family emitió durante tres temporadas.
"Kyle XY" introdujo la variante de "héroe sin ombligo", y el público adolescente aludido se dejó encantar por el muchacho, si bien el seguimiento postrero no fue el esperado.


Tras la cancelación de su serie, Dallas no ha tenido mucha suerte. Y nadie lo diría con esos ojazos, que pudieran alumbrar más de un producto televisivo en horas bajas.


Ahora, el outing. Por un lado, lo ha traído directo a "El Día del Maromo". Tendrá un público fiel, despertará nuevo atractivo y contará con el respaldo eterno de la GLAAD.
Incluso hasta lo llamen de guest star en "Glee". 


Pero, ¿sigue siendo un arma de doble filo, una decisión arriesgada? Especialmente, para estos chicos que son, ante todo, guapos, aniñados, reclamados en series familiares, diseñadas éstas para públicos conservadores. 
La rancia pregunta que todavía se harán los productores de televisión es: ¿Está América preparada para que el boy next door piense en Blue y no en Sandy?
Y, de fondo, la eterna ironía de que los actores, las celebridades y todos los que interpretan ficciones y otras mentiras piadosas del espectáculo todavía viven obligados a contarnos sus verdaderas vidas.


Bah, ante todo y frente a todos, hoy es el día para desearle toda la felicidad a Matt Dallas por su compromiso.
Con esos morritos, el mundo es suyo.

miércoles, 9 de enero de 2013

Canción Para Lidia


Caminar me llevó a la puerta de su local, casi sin pensarlo, hace varias tardes, sólo para verla.
De espaldas a la puerta, mi amiga Lidia escribía cosas en un cristal con un rotulador permanente. Yo carraspeé, crucé los brazos y esperé a que se diera la vuelta, mientras ponía gesto de interesante.
- ¡Josito! ¡Estás aquí! - exclamó.
Me abrazó, me miró con alegría y me tomó de la mano.
Esa fue la última vez que he visto a Lidia. Si tuviera que hablar de la primera, tendría que hacer mucha memoria, hasta el tiempo cuando teníamos diecisiete años.
Al otro lado de la clase, la profesora de Inglés le preguntaba a Lidia cómo se pronunciaba exactamente una palabra. Ella respondía como si hubiera nacido en Londres.
Poco después, me enteraría que sí, de hecho, había nacido en Londres, de cuando sus padres eran emigrantes en Inglaterra.
Lidia vivió allí la mayor parte de su niñez y podría decirse que, si algo sabía de la vida, era cómo hablar en inglés.


Pero el día más impactante sucedió meses después, cuando Lidia llegó llorando una mañana a clase.
Todas las chicas la consolaban y ella, con una cara terrible de no haber dormido, con la mirada del corazón roto, lloraba y lloraba.
El motivo era, por supuesto, un chico mayor que ella. Y, mientras Lidia lloraba y lloraba, las otras se contenían el sollozo, sintiendo lo mismo al estar junto a ella, como viviendo su historia, porque Lidia había sido la primera en saber cómo eran los hombres. Es probable que aquel día, mientras las otras la confortaban, ella sólo pensaba:
- Ojalá le hubiese dicho que sí. Ojalá le hubiese dicho que sí.


Aquel curso escolar tuvo un momento decisivo cuando nos fuimos de viaje a Grecia. Fue cuando Lidia y yo nos hicimos amigos oficialmente.
Yo la seguía mientras compraba. Lidia miraba cada prenda de la tienda, la estudiaba y se tocaba el labio con el pulgar, en señal de meditación. No parecía conforme, y miraba la siguiente, con su cara pálida y alargada y su pelo negro y brillante.
Lidia es como una versión canaria de Mary-Louise Parker, con esa expresión entre el eterno susto y la ternura de una niña grande. Cuando sonríe, dos hoyuelos.


A Lidia fue la primera persona que le conté que era gay. Fue inesperado, y sabría más tarde que la revelación le asustó e incomodó. Tal vez, yo necesitaba contárselo al mundo y, en la faz diplomática de Lidia, encontré un lugar donde nadie me juzgaría.
Lidia y yo nos hicimos amigos entonces, dentro de un gran grupo, de aquellos que se tienen por entonces.
Pero Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos. Fuimos mejores amigos para otros.
Sí tuvimos buenas risas, porque teníamos el mismo sentido del humor. Una profesora hablaba conmigo, y Lidia se paseaba por detrás, imitándola, para hacerme reír.
A Lidia nunca le gustó estudiar. Le costaba prestar atención en clase y solía suspender con frecuencia, aunque fuera a los exámenes notoriamente cargada de "chuletas".
Recuerdo un examen de Historia, donde estaba sentada delante de mí, con la "chuleta" escrita en un kleenex. La pregunta del examen era "Causas de la Segunda Guerra Mundial". Al parecer, no había nada de eso en las furtivas notas de mi amiga, que se inclinó un poco y me dijo, entre dientes:
- Dime una causita, por fa.


¿Las causas de la separación? Oh, Dios, de eso sí que no me acuerdo, pero cualquiera que haya tenido un grupo de amigos, sabe que se rompen.
No sé cuándo ni porqué nuestros amigos comunes se distanciaron de Lidia, porque yo no estaba muy presente por aquella época. Ya estábamos en la universidad, más distantes, pero aún todavía niños que se pelean y sufren porque los demás no son lo esperado.
Durante una década, no supe nada de ella. Poner kilómetros de distancia tampoco ayudó. No la volví a ver, ni me la crucé, ni supe si había acabado los estudios, si se había hecho mayor o, al menos, si lo había intentado, como yo.
Podría decir que la olvidé. 


Llegó el Facebook, o cómo el pasado nos alcanzó para enmendar las soledades del presente. Recibí un mensaje de Lidia, que se alegraba de encontrarme. Esperaba que hubiese olvidado los malos rollos de la adolescencia y que la aceptara como amiga.
En su foto de perfil, aparecía tal y como era ella. Fue como bajar la escalera y ver en la entrada a quien no esperabas ver nunca más. Y, en esos casos, la emoción es mayor.
La agregué y hablamos, y me lo contó todo. Lo que hacía, con quien salía y las ganas que tenía de saber de mí. Dónde estás, has vuelto a casa, has encontrado el amor, qué piensas hacer.
Luego me diría que mandó similar mensaje a nuestros otros amigos, pero ninguno quiso contestar. Lidia y yo nunca fuimos los mejores amigos, pero ser olvidadizos y nada rencorosos nos permitió una segunda parte, que ninguno imaginó.


Lidia se había hecho mayor, sí. Estaba más centrada, tenía muchos proyectos empresariales y enseñar inglés era su herramienta. Tenía una relación estable, aunque no podía independizarse.
Vivía en un hilo, pero con la mente clara, contradictoria como muchas mujeres, entre la duda y la firmeza, entre la seguridad y la incertidumbre.
Me contó también que aquel que le había hecho llorar a los diecisiete años se había convertido en uno de sus amigos más fieles.
- Por fin, lo superé.
Ella, que no era buena para estudiar, mostraba el valor del que yo carecía para trabajar. Como una ironía, la vida nos había puesto del revés. Ahora era yo quien debía preguntarle a Lidia, en pleno examen de la vida, sin saber contestar la pregunta:
- Dime una causita, por fa.


Carraspée y ella se dio la vuelta.
- Josito, ¡estás aquí!
La otra tarde, me enseñó su local, donde comparte negocios con otra chica, para enseñar inglés, para divulgar; un mundo particular de Lidia.
Lidia no tiene las respuestas, sufre la crisis como todos, pero no se detiene. Es inquieta. Si tuviera que escribir un propósito de 2013, escribiría: "Ser como Lidia".
Ella enseña inglés a través de un sistema dinámico, de conversaciones. Dice que le inspiró la experiencia de su padre, que emigró a Londres sin saber decir ni "Hello". Detrás de las mejores empresas, siempre parece existir un acto de amor.
Y, como acto de amor, sus amigos la ayudan en todo lo que se propone. Porque Lidia está llena de amigos.
Aquella tarde, hablamos de inglés, de las cosas que nos teníamos que decir, mientras pasábamos la tarde, bebíamos té y mirábamos a nuestro alrededor. Recordamos cosas de nuestros amigos perdidos, del viaje a Grecia, de nuestras risas.
- Claro que me acuerdo. No sabes cómo me acuerdo. Me acuerdo continuamente - me dijo ella.
Lidia y yo diremos que nunca hemos sido los mejores amigos, pero ninguna amistad me ha durado tanto.


- Me gustaría tener una vida - le confesé la otra tarde - Ya sabes, un trabajo, un perro, un hogar.
- Oh, Josito, ¿no te das cuenta? - contestó ella - Esto es la vida.
Esa frase no sólo fue oír la verdad, sino escuchar justo lo que necesitaba en ese momento. La "causita" del examen de la vida.
Anocheció y pareció como si no hubieran pasado más de quince años para nosotros. Ella se tocó el labio inferior con el pulgar, meditando.
Yo la miré como si nunca la hubiera visto antes.