miércoles, 11 de junio de 2014

Emociones del Melodrama


Para sus defensores, el melodrama es el género de las emociones. Para sus detractores, es el subgénero de ciertas emociones. 
¿Quién teme al melodrama?, diría la Historia del Cine, que lo conoce muy bien y, aunque lo haya evitado en muchas ocasiones, se deja seducir una y otra vez por sus resortes, por sus historias, por sus crescendos.
El melodrama no murió ayer ni nació en el siglo pasado. No es de la época de tu abuela, ni es coto del cine. No es sólo el florido dramón de tarde de domingo que hace llorar a tu madre - y a ti mismo si te descuidas -, y su misión no se limita a arrancar las lágrimas.


Si algo lo define, es la exageración, para propiciar emoción directa y natural en el público. 
Nació en el siglo XVIII en la escena teatral, y sus condimentos artificiales para levantar a la audiencia de sus asientos y poner la boca en O iban acompañados de una orquesta. De ahí lo de melodrama: drama con música.
Ese escenario de trampas, giros, ocurrencias y precipicios argumentales ha sido tomado con escasa seriedad desde el primer día y decir "melodrama" o "melodramático" se usa por muchos como un término peyorativo, aludiendo a la escasa sutileza del conjunto, a sus personajes estereotipados y a su sensacionalismo.
Aún así, el melodrama se las ha arreglado, no sólo para confirmarse como un género popular, mutable e imperecedero, sino también para colarse en la tinta de los grandes genios.

"Europa '51"

Muchos prohombres han escrito y dirigidos melodramas de gran calado, que hablan de la expresividad universal de los temas que suele versar y de cómo los aborda,
Parafraseando a Sidney Lumet, el drama a secas es la historia que emerge de sus personajes, mientras en el melodrama son los personajes quienes emergen de la historia.

"Antes De Que El Diablo Sepa Que Has Muerto"

Si nos ponemos generosos, podríamos decir que el melodrama está en gran número de pantallas. El cine norteamericano es melodramático de base, pero también buena parte del hispanoamericano, del italiano, del japonés y hasta del alemán gustan de las atmósferas hipercargadas, de las tragedias domésticas enfrentadas a sociedades opresivas y de las cuitas derivadas de la condición femenina.

"Que El Cielo La Juzgue"

El melodrama aparece sin anunciar. 
Si es cierto que hay algunos perfectamente identificables, muchos melodramas o películas melodramáticas se han colado en la retina del público, que no sabía que pagaba por ver un melodrama o que ignoraba que la película no le gustaba por ser precisamente melodramática. 
He ahí "Lo Que El Viento Se Llevó" o "Titanic", vendidas como "historias de amor y catástrofe" cuando su potencia está construida en función de esa acumulación de emociones propia del género.
Por tanto, la primera pregunta de hoy sería: ¿Qué es un melodrama y qué no lo es? 
Pongamos un ejemplo recurrente, aludiendo a dos películas estrenadas en el mismo año, que versan sobre un argumento similar, aunque no podrían ser radicalmente más diferentes: "Imitación A La Vida", de Douglas Sirk, y "Sombras", de John Cassavetes.
En ambas, hay una secuencia donde un chico se entera de que su novia es mulata. Se sienten engañados y ambos reaccionan violentamente.

"Shadows", el antimelodrama

En "Sombras", el tratamiento rehuye por completo el melodrama. Es una película realizada con pocos medios en Nueva York, por el actor John Cassavetes que se estrenaba en la dirección y abría el cine independiente norteamericano. 
La secuencia está tratada con intimismo, delicadeza y sinceridad, beneficiada de la improvisación, donde los gestos, las manos, los tiempos muertos provocan una sensación de dolorosa mediocridad. Vive a la busca de una emoción subterránea, que, para el gran público, resultará aburrida. En cualquier caso, y en 1959, era un soplo de aire fresco en un cine viciado por los estereotipos y la mecanización.
Al otro lado del Atlántico, irrumpía la misma secuencia en Hollywood, y de la mano del maestro del melodrama, Douglas Sirk. 
La secuencia en que Troy Donahue se entera de que Susan Kohner tiene una madre negra no puede ser más tremenda.
Empieza lenta, sibilina, donde él va suministrando la información poco a poco, canallamente, mientras el gesto de ella pasa de la sonrisa a la mueca, mientras la música - jazzística, alocada - empieza a subir poco a poco. La complicada escenografía sirkiana, el apabullante color amarillo del vestido, comienzan los gritos, los golpes, la sangre. La deja tirada en el fango, llorando y llena de mierda. 
Se insinúa que también la viola, pero es ahí donde Hollywood pone el freno bruscamente tras meter la directa.

Susan Kohner y Troy Donahue en "Imitación A La Vida"

Es la escenificación del dolor de una mujer presa de un sistema de valores, conseguido con la levadura de los aditivos cinematográficos, sublimada por un director profesionalísimo. 
"Imitación A La Vida" es de todo menos aburrida y fue un éxito comercial, pese a tratar con elementos dramáticos pasados de moda - era un remake de una película de los años treinta - y resultar altamente artificial.
En el momento en que los melodramas de Douglas Sirk eran vistos como el acabóse por gran parte de la crítica, habría que señalar que era un género dado de vuelta, pese a su paradójica vigencia y renovable atracción taquillera. 
Pero, ¿cuándo empezó el melodrama en el cine? ¿Cuándo terminó?


Si nos remontamos ahora al cine mudo, gran parte de las obras de ese período usan el melodrama como manera de atrapar. El género de la expresividad mayúscula era necesario en películas sin más sonido que la música que las acompañaba en los cines.
Es un placer encontrarse melodramas totales, previos a la censura. 
Ahí está Frank Borzage, que, desde "El Río" hasta "El Séptimo Cielo", relata cómo el amor es una conjunción innegable entre el cuerpo y el espíritu. 
Sus personajes se desean con mutua carnalidad y, al separarse, viven en el recuerdo del otro, unidos por la inquebrantable fe que otorgan los sentimientos.

Janet Gaynor y Charles Farrell en "El Séptimo Cielo"

"El Séptimo Cielo" es un melodrama ejemplar, que no sólo juega a las emociones, sino que transmite la sinceridad que hay detrás del director que las maneja. Tiene de todo: pobreza, amor, Dios, separación y guerra.
La guerra es importante en el melodrama, porque consigue un efecto propio del género: que sus protagonistas se separen, que el tiempo pase, que la vida cambie por completo y para siempre.

"El Séptimo Cielo"

Con la llegada del Código de Censura y la victoria del sexismo en el cine norteamericano, la cosa melodramática quedó derivada a las women's pictures, donde el género se reservó a las hembras y sus dolores, aunque no dentro de un tratamiento precisamente feminista. 
Las divas del cine encontraron sus mejores oportunidades de lucimiento interpretando a madres dolorosas, alcohólicas en redención o pecadoras arrepentidas, que iluminaron plateas y hacían llorar al más pintado.

Irene Dunne y Charles Boyer en "When Tomorrow Comes"

Por aquello de la escasa sutileza del melodrama, éste ha sido guante para actrices con un registro, digamos, limitado, que requieren de muecas, miradas tensas y ceños fruncidos, ante escandalosas revelaciones melodramáticas, desde que tu madre necesita un sanatorio mental hasta que tu hija está liada con tu flamante marido.
Hoy vemos esas películas desde una irresistible óptica kitsch, pero hay que entender que estaban hechas con serias intenciones y conmovían profundamente a las mujeres a las que estaban dedicadas, que se veían identificadas, que no liberadas, en esos retratos.

Joan Crawford y Ann Blyth en "Mildred Pierce"

El melodrama siguió adelante, contra viento y marea, y de algún modo, se convirtió en la manera de abordar muchos materiales. 
Es algo que Hollywood aún hace: el tratamiento melodramático de cualquier cosa. 
Por ejemplo, en los años cincuenta, se publicó una novela que destripaba los secretos de una localidad de Nueva Inglaterra, podrida por la envidia y la represión. Su título era "Peyton Place". 
¿Qué hizo el cine cuando quiso adaptar el bombón? Aligerar y melodramón de Lana Turner al canto.

Lana Turner y Lee Phillips en "Peyton Place"

Fue por entonces cuando el sexo volvía al melodrama y, pronto, se hizo el recurso primario con el que jugar. El morbo y las atmósferas morbosas han sido pradera natural del género, más aún desde aquellos años cincuenta. 
Habría que nombrar a Delmer Daves que, curtido en excelentes westerns, transitaba al melodrama tras su precisamente melodramático western "El Árbol del Ahorcado".

Connie Stevens y Troy Donahue en "Parrish"

Los melodramas de Daves palidecen en comparación con los de Douglas Sirk, pero son muy interesantes, más eróticos y algunos tan escandalosamente menospreciados como "Youngblood Hawke".

Suzanne Pleshette y James Franciscus en "Youngblood Hawke"

El taquillazo de "Peyton Place" pudo ser suficiente para el relanzamiento del melodrama, pero fueron las obras de Douglas Sirk al servicio de Ross Hunter las que hablaron de un giro manierista, que pasó desapercibido entonces.
"Obsesión", "Sólo el Cielo lo Sabe" o "Imitación a La Vida" resumen las hipercargadas licencias que se tomaría el melodrama, remozando viejas y muy moralistas historias, con nuevo frenesí neurótico-sexual. 
El tiempo las revisaría y se encontraría con un remarcable estilista detrás de la cámara, cuya compleja puesta en escena parecía insinuar y contar mucho más que el ultraemocionado, casi onírico relato de la superficie.

"Sólo El Cielo Lo Sabe"

Sirk abandonó Hollywood en 1959, aunque Ross Hunter seguiría produciendo obras similares durante los siguientes años, si bien en manos de directores menos distinguidos. 
Hacia 1966, su revisitación de "Madame X", o la historia de la homicida que se entera de que el abogado que la defiende es el hijo que abandonó tiempo atrás, fue última parada y evidencia de la inadecuación dentro de la inadecuación. 
¿Moría el melodrama?

Susan Hayward y John Gavin en "La Calle de Atrás"

La televisión sería el refugio y también el campo a sus anchas. 
El primero fue "Peyton Place", continuación de la película y el origen mitocondrial del serial de lujo de la televisión. 
Como venía interrumpida por publicidad de jabón para la lavadora, los críticos comenzaron a llamar a estas historias "soap operas" o "sudsers". Óperas del jabón o jabonosas, que aludían al público femenino-hogareño al que iban dirigidas y también a las ilusiones que propiciaban, digna de burbujas.

Ryan O'Neal y Barbara Parkins en "Peyton Place"

Soap operas, culebrones, telenovelas, más lujosas o más cochambrosas, han sido todas repudiadas por el ojo analítico, entendidas como la explotación de los sentimientos humanos, desde sus tristezas por sus amores imposibles hasta sus ganas de hacerse rico. 
Las victorias de estos dramas catódicos nacieron de sus astucias, y muchos de ellos han superado el snobismo de los otros y han hecho su trabajo: parar naciones enteras con la promesa de un siguiente capítulo, aún más emocionante.


Si corrieron nuevos vientos en Hollywood y las escenografías del melodrama clásico nunca han vuelto al cine comercial, el melodrama se desliza hábilmente en los grandes éxitos, incluso el día después de que pasara de moda. 
Cuatro años después de "Madame X", la película más taquillera era "Love Story", que, de nuevo, vendía el melodrama más cursi bajo la faz de una honesta historia de amor.
El posmodernismo adora el melodrama y muchos directores lo entienden como la manera más pura de entender el cine, ya hablemos de Pedro Almodóvar o de Todd Haynes, que se permitía un casi clínico homenaje a Douglas Sirk con "Lejos del Cielo".
Pero la obra que yo citaría de Haynes es su subterráneo cortometraje de debut: "Superstar: The Karen Carpenter Story". 
Una joya que se atreve a contar la historia de la cantante de los setenta con Barbies en lugar de actores.
"Superstar" habla de una trágica vida sucumbida a la anorexia, en función de los muñecos más falsos que existen y bajo las canciones imposiblemente idílicas de los Carpenters. 
Es un corto que expresa cómo entendemos la vida de los famosos: como un tristísimo, artificialísimo melodrama.

"Superstar: The Karen Carpenter Story"

Es curioso que cuanto más pesados sean los cortinajes que se imprima el cine sobre sí mismo, más se conmueve el personal. 
El melodrama es, por tanto, un género de las masas, cuyos seres se sienten más individualizados al ver y sentirlo. Al fin y al cabo, su argumento básico es el drama de un individuo oprimido y/o enfrentado al lugar donde vive.
Si entendemos la vida de los célebres de manera melodramática y nos emocionan las películas melodramáticas, ¿somos nosotros también melodramáticos? ¿Es contarnos a golpe de melodrama la manera de dar un sentido larger than life a nuestras existencias?

Juanita Moore y Susan Kohner en "Imitación A La Vida"

Y la última pregunta, ¿hicimos nosotros que el cine fuera melodramático? ¿O fue el cine quien nos hizo melodramáticos?
Hay que tensar mucho el labio, abrir bien los ojos y agarrarse el collar de perlas para contestar estas cuestiones.

martes, 10 de junio de 2014

Ochenta Secretos de Sophia Loren


Su frase más divulgada afirmaba que el secreto de su belleza era el spaghetti.
Hace pocos años ella aseguró que jamás había dicho nada de eso, aunque, en el imaginario colectivo, aún la define a la perfección: una señora divertida y ocurrente y, junto con la gastronomía, el producto más exportable de la hermosa Italia.


Fuera por la pasta o por el caprichoso azar de la Naturaleza, Sophia Loren ha sido una mujer guapa, guapísima por encima de cánones, épocas, modas y miopías. No hay equivocación en la abundancia.
Sus perfectas facciones, su mirada gatuna y ese cuerpo para que caiga el Imperio Romano a sus pies han disparado la líbido ajena de manera inevitable. Pero además de deseada, Sophia Loren ha sido querida, entendida, amada.
Sophia, pese a la agresividad que implica su carnalísima hermosura, es una cara que conmueve. 


Y esa combinación, queridos míos, sólo tiene una traducción posible: Sophia es cine.
Hollywood gusta de piropearla con frecuencia y llamarla "tesoro" y "legado", mientras ella aparece rococó por fuera y con una serenidad envidiable como carta de presentación. 
Sophia Loren es la más tranquila de las guapas. Se preocupa por su imagen, pero no parece afligida por ella. Se pone la peluca, se ajusta las gafas, se pinta como una pared, sube al escenario y todos la adoran antes de que abra la boca. 


Sophia es una afortunada, un icono de éxito libre de reproches y juicios. Es la intérprete más célebre de su país, sin haber sido nunca la mejor. Sophia is AMAZING, me dijo uno de sus compatriotas el otro día. 
Y el próximo septiembre, se permite el lujo de cumplir ochenta años entre esas cámaras que aún tratan de registrar el misterio detrás de una de las verdaderas estrellas del séptimo arte.


Si Sophia Loren es mujer de lujos, bien aseguró que las suertes de su vida fueron nacer lista y pobre. No hay mayor impulso que conocer la carencia, no hay mejor guía que la propia inteligencia.
Su madre quiso ser actriz, pero amaneció embarazada de Sophia allá por 1934. La pequeña nació en Roma, ante la previsión de que el padre nunca accedería a hacerse cargo ni de ella ni de su hermana. 
Previamente casado y sin intención de divorciarse, sus pecados por omisión causarían sufrimiento a madre e hijas durante aquellos pobres y tristes años. Sophia juró odiarlo por siempre, aunque, en sus últimos días, decidió perdonar, si nunca olvidar.


El estallido de la Segunda Guerra Mundial y los bombardeos aliados sobre Roma hirieron a la pequeña Sophia en la barbilla y, tras el susto, la familia decidió huir a Nápoles, de donde volverían tras la paz e instalarían un local de refrigerio. Sophia era camarera y los soldados, frecuentes clientes.
Fue el concurso de Miss Italia el boleto de lotería que esperaban para salir de la miseria. 
Sophia quedó entre las finalistas y se le prometió carrera en Cinecittá, estudio en el que actuaría de figurante para costosas producciones.
Acicalada y confeccionada por el cine italiano, de segundas filas escaló a la primera línea y su casi insensata figura, símbolo de opulencia en épocas de carestía, la haría famosa en cuestión de segundos. 
No hay equivocación con dos tetas.


Si hubiese que marcar un papel decisivo, sería la adúltera que pierde su anillo en la pizza para la desternillante "El Oro de Nápoles". 


Y si hubiera que señalar al consagrador, promotor, al inventor de Sophia Loren, el nombre es Carlo Ponti.
Productor y nombre indiscutible de la filmografía italiana de posguerra, Ponti sería también el amor de la vida de Sophia, y muchos han señalado que significó la figura paternal que ella nunca tuvo. 
Veintidós años mayor, fue vigilante en la sombra, mientras Sophia sólo tenía que ser Sophia.


En Italia, la prefirieron, si era posible, combinada con Marcello Mastroianni. Coincidieron en once ocasiones, a través de las cuales se puede estudiar la evolución fulgurante de las carreras de ambos. En definitiva, hay todo un trecho desde "La Ladrona, El Padre y El Taxista" hasta "Una Jornada Particular". 
Quizá incluso se pueda contar el cine italiano de tres décadas con las películas de Sophia y Marcello.


Enterado de la noticia sobre la italiana de delirio ajeno, Hollywood envió cumplida invitación y, a finales de los años cincuenta, Sophia aparecía espectacular en "La Sirena y el Delfín". 
Tanto en el cine norteamericano como en las más fastuosas superproducciones internacionales, la Loren quedó entendida como la escultural importación de marcado acento e intención decorativa, a la que colocar poseída de Max Factor en pleno Medievo de "El Cid" o divina en Christian Dior para divertimentos como "Arabesco".


Sabe la leyenda que Sophia ofreció pelea y, bien resguardada por sus mentores, dio más de un esfuerzo dramático de mérito. El primero fue en el escalofriante drama neorrealista "Dos Mujeres", donde aparecía afeada por mor de incorporar a la víctima de una violación de guerra. 
El público tuvo un motivo para emocionarse con Sophia, más allá de sus looks, y se convertía en el primer intérprete en recibir un Oscar por una actuación hablada en idioma extranjero.


Confesaría que sólo el hecho de la nominación le resultó apabullante y no quiso acudir a la ceremonia.
No obstante y tras el susto, ha asistido en más de una ocasión, sin complejos y con la sensación de la batalla ganada, incluyendo cuando la Academia le reservaba otro premio, esta vez honorífico en 1990.


Tras "Dos Mujeres", guapa o desglamourizada para la dramática ocasión, Sophia Loren fue un buen reclamo para ir al cine, precisamente en aquellos momentos donde el invento estaba en crisis ante la llegada de la televisión, y la cosa debió internacionalizarse y sazonarse. 
No aseguró siempre el éxito y ahí estuvo en tremendos fracasos comerciales como "La Caída del Imperio Romano" o "El Hombre de la Mancha", pero nunca se la culpó y prevaleció la idea de que era mejor llamarla.


Las llamadas dejarían de ser contestadas a lo largo de los años setenta, cuando Sophia decidió pedir pausa y criar a sus queridos hijos, Carlo Jr. y Edoardo. 
Hasta la Catodia ochentesca la quiso involucrar en sus culebrones de lujo, aunque, desde entonces, ella sólo ha vuelto cuando se lo ha pedido el cuerpo o por ganas de diversión.
La más cordial que emocionante relación con Hollywood se supliría con premios y apariciones especiales, que elogiaban su impactante presencia y su estatus de superviviente. Esa historia de harapos a la riqueza, vivida en Italia, pese a sonar tan americana.


Sobrevivir le queda bien a Sophia, que ha sido perdonada en todo. 
Su matrimonio con Carlo Ponti se enfrentaba a una acusación de bigamia en el momento decisivo de su carrera y la pareja se divorciaba para luego recasarse, con los papeles arreglados y la seguridad de una vida juntos. 
Pese a los chismes sobre alguna que otra indiscreción, ella aseguró que el adulterio no era plato de gusto y, enviudada en 2007, añadiría que nunca podría amar a ningún otro hombre.


Además del cariño de media cinefilia y de un país entero, Sophia también se deja querer por sus dos retoños: uno, conductor de orquesta, y el otro, director de cine, privilegiados espectadores en primera fila de la vida y obra de la diva, responsables de un retiro que nunca fue ocaso, soportes del eterno retorno de la dorada leyenda.  


Y, cuando los flashes se han disparado en Cannes, de nuevo a la búsqueda de sus ochenta secretos, éstos quizás se resuman en la risa de Sophia Loren, en su instransferible sentido del humor, en ese mismo lugar de ironía donde han de ampararse vidas y carreras tan fabulosas.
No hay equivocación con Sophia.


lunes, 9 de junio de 2014

James McAvoy


En un mundo que se prefiere deprisa, lo apropiado es capturar la imaginación del público de manera inmediata. Y, así, todos quieren a James McAvoy. 
Sólo hace falta una mirada a su cara para que se despierte en el ojo ajena una simpatía tan instántanea como duradera. 
Es el everybody's favorite, incluso entre los que aún no son capaces de recordar su nombre.


Cuando se le ha visto hace pocos días en un partido benéfico jugando a fútbol, creo que me acercé a la solución del enigma detrás de su encanto. "James McAvoy es el niño del que te enamoraste cuando estabas en la escuela", pensé. 


Quizá por lo pequeño - no tanto, mide un metro setenta, pero sí en comparación con las torres masculinas que gusta mostrar el cine - o por ese físico aniñado, sin pretensiones, a quien confiar cualquier cosa imaginable.
Los fans del adorable McAvoy, que son legión creciente desde mediados de la década pasada, se congratularán con la ascensión a los cielos hollywoodienses que está protagonizando James en estos momentos. 
Sin prisa, porque el estrellato de pega y el boato de las premieres no están en su lista de deseos, pero con la marcha bien puesta. 
La suerte ha sido destacar en blockbusters, mientras se trabajaba laboriosamente una reputación como actor serio en segundas y buenas filas. James McAvoy elige con cuidado, pisa con fuerza.


Recordemos 2006 como piedra de toque.
Si las mejores críticas se las llevaba por "El Último Rey de Escocia", yo lo descubría deslumbrante y trágico en la excelente "Expiación", que confirmaba su inevitable andar por los dramas de época.

Como Robbie Turner en "Expiación"

Siempre gusta y generalmente encanta, incluso a pesar del empeño. 
Ahí estaba con Hugh Jackman y Michael Fassbender en el programa de Graham Norton, bailando "Blurred Lines" y co-protagonizando una entrevista que vendía una falsa camaradería y una aún más falsa alegría de hacer el tonto en televisión.
La cara de paripé de McAvoy, confeso detractor de estos fastos promocionales, ha sido de premio. 


Si Hugh es el plato más suculento que se me ocurre y Fassy crea obsesión, mi corazón hablaría al final y siempre diría McAvoy. Es el atributo de lo especial, con quien iniciar un noviazgo épico y morir juntos a los ochenta años sin apartarnos la mirada. Promesa de romanticismo en metro setenta. 


Se citaba en la entrevista del susodicho trío calavera que, a diferencia de Hugh y Michael, a James lo olvidaban en listas de los más sexys y malditas sean esas listas, porque James es guapo a morir. Esa barba pelirroja mata a todas las barbas pelirrojas y no encuentro las palabras para definir esos ojos, que me parecen tan culpables del éxito de los "X-Men" como los efectos especiales y el despliegue de medios.


Son muy elogiadas sus ondulantes, dibujadísimas cejas y, respondido al respecto, James aseguró que eran su pasaporte para interpretar a venerables magos cuando rondara la setentena. Gran predicción y mejor esperanza de que su reinado de encanto dure más que las vidas sumadas de Olivia de Havilland y Angela Lansbury.


Como ellas, se reconoce british, pero del mágico - y también muy maromialmente favorito - reinado de las Highlands, donde nació hace treinta y cinco años. Edad muy bien llevada, todo hay que decirlo.
Quería ser cura cuando era pequeño, afirman las biografías, aunque, más bien, con el ansia de ver el mundo como misionero. 
Y sí, ha visto el mundo, pero bajo los hábitos de la tortuosa, magnífica carrera de la interpretación.


Por estas latitudes londinenses, encontró el papel televisivo que lo ganó para la causa, incorporando a la voz de la razón en la ultraácida "Shameless". 
En "Shameless", su novia en la ficción se trocaría en amor de la realidad. Y la afortunada- también madre de su hijo - se llama Anne Marie Duff, también actriz, aunque menos noticiable.


¿Contemplará Anne Marie con mucho thrill las cifras que recauda la película que, tanto para bien como para mal, ha marcado la primavera?  
El escandalazo que apartó a Bryan Singer de cualquier tentativa de pasearse para promocionar "X-Men: Days of Future Past" hacía sufrir a los pronósticos. 
Se confió y se ganó con los mejores que venden una película - los tíos buenos - y en la insaciable avidez por más aventuras de cómic en la gran pantalla. 


Casi me da un síncope con "First Class", pero confío en Singer - xmenianamente hablando, of course - y le daré una oportunidad a "Days of Future Past", aun a riesgo de que me salgan espumarajos con la boca, como suele sucederme con el noventa por ciento de las películas de superhéroes.
Y, con ese trío protagonista, tengo la sensación de que no habrá mal que por maromo no venga. La retina entretenida, requisito mínimo.


Para los pacientes cazadores de cosas con mayor enjundia, la expectación debe localizarse en "The Disappearance of Eleanor Rigby", película en tres partes que veíamos pasear en Cannes. 
Por allí estuvo McAvoy, encantador al lado de otra pelirrojez de impresión de nombre Jessica Chastain y con las miras a la complicada distribución de esa tripartita mirada a la vida de un joven matrimonio.
¿Lo próximo? Ser Victor Frankenstein en nueva mirada al mito de Mary Shelley y volver a Charles Xavier en 2016.  
¿Sólo eso, Imdb? ¡Más, queremos más McAvoy!


Ya lo he dicho: no deseo más ni menos que toda una vida con James McAvoy.

jueves, 5 de junio de 2014

Así de Loco


Todo es posible en la guerra, dicen.
Los soldados soportan el fuego enemigo tras las trincheras, esperando las órdenes, deseando que acabe el fuego, suspendiendo por un instante el apabullante deseo de volver a casa.
Alguno se volverá loco y cometerá una estupidez. Trepará de entre las trincheras, cargará contra los enemigos y morirá en cuestión de segundos, abatido por los tiros de su decisión. No lo juzgues, entiéndelo. Ese soldado sólo quería que la guerra terminase. Así de loco estaba.
Cualquiera puede convertirse en ese soldado. En realidad, lo somos todos. La presa de nuestras decisiones. Porque lo más terrible de las decisiones es que nacen de una convicción. Una avasallante convicción que nace de esa neblinosa tierra que linda entre el autoengaño y la autoafirmación.


Hoy soy la presa de dos decisiones. La primera, que quiero abandonar Londres y volver a España cuando termine este mes. La segunda, que he de resucitar "Imitación A La Vida".
Ambas cosas son fruto del mismo pensamiento lógico que me llevó a hacer lo contrario hace unos meses. Quizá, entonces, era necesario que todo cambiara para que volviera a ser como está. No lo sé. He de hacer frente a mis decisiones, adonde me lleven, a la verdad que me descubran.
Por mis huesos que no sé el momento preciso en que descubrí que la aventura inglesa no era la más granada de las opciones que podía haber tomado.
Tal vez, cuando leí días antes de la partida la siguiente frase en un libro:
- Para los europeos, la vida es un juego. Para los británicos, el cricket es un juego.


Quizá comenzó cuando esperaba en la estación de Surrey Quays, el primer día, con una maleta enorme y el sol castigando, mientras veía pasar la gente y emergió ese axioma que podríamos apuntar en toda empresa vital que emprendamos:
- La realidad es igual en todas partes.
No, no puedes escapar de ti mismo. Y yo no he podido hacerlo. Ese fue el primer error de la ecuación. Pretender borrar una realidad escribiendo encima. Wrong, very wrong.
Si hay alguna culpa, me la echaría a mí. También llegué desinformado a este lugar. Quizá por esa desinformación o exceso ilusorio, tendía a imaginarme una ciudad más limpia, más eficiente, más diversa, más encantadora, más abierta. Londres no es nada de eso. No sé si alguna vez lo ha sido.
No la detesto, ni siquiera me impone. Sólo me parece una insensatez. Y, si usted calibra la estupidez de una tierra por lo mucho que se ha sublevado a las grandes tiendas, a las corporaciones, al trabajo por encima de la vida, Londres debe alinearse entre lo más tonto del planeta.


He oído y leído voces que me han prometido calma y tiempos mejores, pero he preferido mirar a las caras de la gente que reside aquí, a los inmigrantes que han sufrido la similar decepción que yo y a  las personas que, como yo, desean marchar a otro lugar más benévolo. 
En mi caso, querer aliviar una década en una gran ciudad con otra aún más grande, más pesada, más cara, más empobrecedora, más triste... No, no ha sido mi idea más brillante.
¿Luchar contra el engendro mecánico por aquello del "ya que estoy aquí"? El precio es cambiar el entusiasmo vital por caras largas, almas quemadas y sueños aplazados indefinidamente. Todo eso es lo que define a la gente que lleva aquí más tiempo del que debería. 
El mundo es demasiado agotador y la vida, demasiado corta, para estar demostrando a nadie, ni a mí mismo, todo el estrés que soy capaz de soportar.
Escribe conmigo en un papel:
- Si no lo sientes, simplemente no lo hagas.
Supongo que lo único que me retendría aquí sería el temor a ser juzgado. Y no. Prefiero hacer lo que me salga del pito. Estoy así de loco. 


Ah de la experiencia. Sí, es cierto.
Prevalecen muchas evidencias. Cosas que he de corregir o, en todo caso, afrontar de mí mismo. Pero también la convicción de que puedo ser lo que quiero en cualquier lugar del mundo. Si todo es igual en todas partes, lo bueno se encuentra en cualquier sitio. Y por qué no cerca de casa. Más barato, más tranquilo, incluso más posible. Mejor ser cabeza de ratón que cola de león.
Como las dos heroínas más queridas del cine, después de tanto caminar por el mundo, llega la certeza de que volver al hogar no es fracasar. Es ley de vida.
Es en Londres donde he entendido que pude hacer muchas cosas en España, que las puedo hacer todavía. Y, si no, a otro lugar. De nuevo, las maletas. 
- ¿Profesión? 
- Dando vueltas - contestaré.  
Deseo muchas cosas en esta vida, pero mi única y verdadera súplica es encontrar un buen sitio para vivir y crear, un lugar donde tenga un mínimo de tranquilidad o, al menos, una estación de paso donde renovar las fuerzas después de tanto vagar sin rumbo, bajo falsas convicciones, a la búsqueda de recetas mágicas que no existieron. 


Si sigo narrando la verdad, diré que no hay nada que me haya descarrilado más en estos últimos días que las malditas dudas. Porque sí, la decisión de regresar estaba tomada, obedecía a un pensamiento, tenía mis razones.
Pero ese temor a equivocarme una vez más ha sido lo que me ha tumbado en la cama, lo que me ha desesperado y lo que vislumbré que me iba a quebrar hasta que, sencillamente, concluí que mejor no esperaba un sí de los otros. Ya no me espero ni a mí mismo. Carretera y manta.
Londres ha sido más bueno que malo, escribiré siempre. Y gracias a esta aventura, rompí rutinas y conocí a gente amable y generosa, con la que he compartido piso, alegrías, locuras y alguna tristeza. Amigos, de los que hacen mejor persona y más inspirado escritor.
Gracias a la bella aventura, volví a la vida y entendí el verdadero valor de las equivocaciones. El modo en que éstas deben lanzarme hacia otras cosas, antes que frenarme y entristecerme como solían con anterioridad. 
Aún me quedan unas semanas, todo puede pasar. Y aún no he comprado el billete de vuelta. 
Sí, crear suspense es mi pasión. 


Entre decisiones y rectificaciones, "Imitación A La Vida" rebrota con fuerza, para contarte lo que te prometió: que el esplendor está en el propio viaje.
Llegue a mi destino o no lo consiga, este será el sitio para dar los oportunos alaridos, para decirte que perdí el aliento, para suspirar por recuperarlo, para asegurarte que estaba equivocado. Para irme y para volver. Siempre vuelvo, no lo dudes nunca. 
Para escribirte que esperé a que se terminara la batalla, que regresé a casa y que la encontré tal y como estaba.
Mi felicidad y mi tristeza, a ser posible escrita en estas líneas. Mis realidades y mis maneras de escapar de ellas. Ya me conoces, para qué contarte más.


Empezamos el lunes, con todas las secciones conocidas, cuatro días a la semana, saltando de la trinchera, porque así es la vida. 
Y yo, amigo mío, estoy así de loco.