martes, 23 de diciembre de 2014

Mujeres, Pecado y Hollywood 'Pre-Code'


Nuestra actual posibilidad de buscar y encontrar casi cualquier obra cinematográfica ha llevado a la caza de clásicos ignorados o poco divulgados y, entre esas capturas, un capítulo muy especial lo compone el Hollywood Pre-Code, o las películas realizadas en los primerísimos años treinta, previos al fortalecimiento del código de censura. 
Oh, pero, ¿qué ven mis ojos? ¡El pecado, el sexo, el vicio en una película de nuestros abuelos! ¿Acaso Barbara Stanwyck está en un burdel? ¿Es que ese baile de Joan Crawford es un quítame allá esa minifalda? ¿Miriam Hopkins está pensando en hacerse un trío? ¿La buenecita de Norma Shearer se va de farra? ¿Están fumando opio? ¿Acabo de oír que han llamado mariquita a un personaje? 
Y, sobre todo, ¿de dónde han salido esas mujeres contradictorias, poderosas, malvadas sin pedir perdón, ordinarias cuando la ocasión lo requiere y siempre, siempre bien lucidas de lencería?


Las películas Pre-Code no son todas buenas, pero la mayoría son altamente fascinantes.
Componían un episodio olvidado en la Historia del Cine que sólo ha renacido en los últimos tiempos, entre la reedición de algunos de los títulos más polémicos, el desarrollo de análisis al respecto y la emisión de varios documentales. El Pre-Code está de moda.


Como decíamos, por Pre-Code, se entiende todo el cine norteamericano anterior a 1934, de manera general.
Si apuramos, nos quedaríamos con lo producido entre 1930 y 1934. Es decir, con los primeros años del sonoro. 


Y, para estudiar más de cerca el fenómeno, habría que aislar las películas netamente Pre-Code, hechas y diseñadas para escandalizar al público.
Así, tendríamos títulos con imágenes y sensaciones Pre-Code como "Marruecos", "La Parada de los Monstruos" o las comedias de Lubitsch, pero, además de ser más conocidas, éstas tenían ulteriores intenciones y se distinguen de los sensacionalistas dramas súper Pre-Code de mujeres malvadas y sexualizadas, como "Carita de Ángel", "La Pelirroja" o "Hembra". Sí, hoy hablaremos de éstas últimas.
Hay muchas ironías en el Pre-Code y también muchas precauciones a tener en cuenta antes de aventurarnos. 
En realidad, el Código de Censura ya existía. Lo carcajeante es que películas de esa calaña se estrenaron después de que Will Hays redactase su legendario memorándum sobre los síes y noes que debían regir el cine norteamericano. 
Sin embargo, durante esos primeros años, el Código fue un papelajo que nadie se tomó en serio, un gesto político, diseñado por la industria para evitar ingerencias de Washington. 


Por otro lado, el cine Pre-Code no era tanto un aireado muestrario de trangresión y libertinaje como sí un diagnóstico de represiones sexuales y conductuales.
Como todo cine de impacto, busca soliviantar a los espectadores con situaciones que van en contra de su moral.
El público de entonces no se diferenciaba en gran medida del que vendría después; de hecho, aborrecía muchas de esas películas y juzgaba a sus personajes, aunque no dudaba en llenar los cines para verlas.


Para los espectadores contemporáneos, también hay que decir que el Pre-Code es sorprendente e identificable sólo si se compara con el cine posterior, desde 1934 hasta los años sesenta. Es decir, con los años más divulgados del clasicismo hollywoodiense. 
Que quede claro. En el Pre-Code nadie aparece desnudo ni se dicen palabrotas ni hay sexo explícito ni declaraciones de amor libre, y la mayoría de los malvados encuentran castigo o piden redención al final. 
Pero, a fuerza de la comparación, otros muchos detalles serían impensables años después y son los que las hacen tan distintas. 
Entre ellas, cosas tales como que un hombre y una mujer aparecieran tendidos en la misma cama o que la desnudez siquiera se insinuase.


Estos dramas y comedias netamente Pre-Code estaban protagonizados por estrellas en ciernes. Barbara Stanwyck, Clark Gable, Joan Crawford, Jean Harlow, James Cagney; fueron las películas que los hicieron famosos y, de algún modo, fijaron sus personajes arquetípicos. 
Sin embargo, en esa temprana ocasión y bajo la mayor permisividad, esos arquetipos iban más allá. Por ejemplo, los galanes de Clark Gable podrían ser hombres muy peligrosos y sexualmente agresivos, mientras los sórdidos orígenes de los personajes malévolos de la Stanwyck no quedaban a la imaginación.
Lo más relevante del Hollywood Pre-Code no es tanto la irrupción del vicio y el pecado en un cine tan antiguo como sí el germen de un cine femenino y protofeminista que moriría estrangulado tras 1934. 
Las mujeres del Pre-Code son lo que más se echaría en falta años después y lo que, de algún modo, aún no ha reaparecido en el cine de Hollywood.

Confesaban los sorprendidos ver a Norma Shearer en sus primeras películas - "La Divorciada" y "Un Alma Libre" - incorporando a inquietas románticas que sofocan la infelicidad y el desamor con copas de champán y amantes de una noche,
En ese sentido, también irrumpe la hermosa Sylvia Sidney en la no menos hermosa "Merrily, We Go To Hell", afinadísimo melodrama sobre la destrucción de una historia de amor y la entrega a la disipación que conllevan los amargos finales.


El Pre-Code no sólo jugaba con las mujeres complejas, sino con las empoderadas. 
Barbara Stanwyck en "Carita de Ángel" es una mísera prostituta que se las arregla para ascender socialmente pasándose por la piedra a los hombres de una empresa entera. Tal como te lo estoy contando, aunque, al final, claro está, se redime por amor.


También se redime en el último minuto la Ruth Chatterton de "Hembra", pero, oh, qué diversión hasta entonces. Es la historia de la dueña de una súper empresa que se beneficia a sus más laboriosos secretarios, atrayéndolos a su piscina art-decó. 
Las mujeres así eran descifradas como malas también en aquellos años, sí, pero en lugar de castigarlas severamente, se les concedía una segunda oportunidad. Esa segunda oportunidad que las femme fatales de los años cuarenta no tendrían casi nunca.


Una que se sale con la suya y de una manera muy gozosa es "La Pelirroja", interpretada por la incomparable Jean Harlow.
"La Pelirroja" es otra espabilada que maneja a su jefe de tal modo que éste se mete en su sujetador sin haberlo planeado. Nunca después quedó retratado de esa manera cómo los hombres se pelelizan de una manera tan patética por una mujer. 
Todavía "La Pelirroja" da vértigo, porque su protagonista es una perra del demonio, el tono es muy duro y el final es tan deliciosamente irresponsable que sólo propicia una abierta carcajada.


¿Qué pensaba el público de entonces de estas mujeres? Las opiniones eran variadas, pero todo significaba un gran escándalo. Escándalo que se traducía en buenos dividendos para los magnates de Hollywood, aunque los quebraderos de cabeza eran muchos y serían decisivos.
En primer lugar, hay que decir que películas como "Carita de Ángel", "Hembra" o "La Pelirroja" obedecían a una moda. 
Digamos que la moda consistía en poner el mundo al revés. Lo vemos en "Hembra", donde se cambia el género del personaje: el habitual empresario follasecretarias es ahora una mujer y a ver qué pasa con el giro. Todo para propiciar un efecto entre cómico y soliviantador.
Esa moda, como todas, pereció enseguida y el público comenzó a demandar películas más amables, sin antihéroes en primera plana y con valores genuinamente norteamericanos.


Pero fueron tanto los ataques de la Iglesia Católica como las amenazas de boicot lo que obligó a que Hollywood desempolvase el Código Hays y empezase a aplicarlo.
Fue una cuestión económica, que no moral. En los Estados del Medio Oeste, la reacción a las películas pasaba por demandar numerosos cortes y remontajes para poder ser estrenadas. Elaborar una copia alternativa requería más dinero para no perder ese mercado.
La ofensiva de la Iglesia Católica pasó por señalar los títulos por los que los feligreses cometían gravísimo pecado si acudían a las salas. Entonces, que los parroquianos obedeciesen significaba perder millones de espectadores.


La Legión por la Decencia acusó a "El Signo de la Cruz" de ser el emblema de la Hollywood decadence. La ironía, ya lo comentamos, es que se trataba de una película religiosa.
Cecil B. De Mille, chef de espectáculos Pre-Code tan desopilantes como "Madam Satan", firmaba otro espectáculo orgiástico que acababa en castigo divino, pero espectáculo orgiástico, al fin y al cabo.
Ahí estaba Claudette Colbert retozando en leche de burra o Elissa Landi tentada por una patricia de lésbicas intenciones.


Tanto "La Pelirroja" como "El Signo de la Cruz" fueron el culmen del cine Pre-Code, el acabóse y el se acabó. 
Fueron inmensamente taquilleras, pero sus remontajes y la denuncia de las ligas de moralidad terminaron para siempre con el incumplimiento del Código Hays. A partir de entonces, nacería el cine clásico que mejor conocemos: reprimido, saneado, heroico, castigador de lo inmoral e ilegal y donde el sexo quedaba inferido, cuando no anulado.
Los personajes femeninos también quedaron relegados a una simpleza en su dibujo. Norma Shearer interpretaría a más mujeres con problemas maritales, pero ninguna entregada al placer y el alcohol como aquella de "La Divorciada". Las malvadas de la Stanwyck siempre serían castigadas con la cárcel o la muerte, incluso aunque se redimieran por amor y se arrepintieran de sus pecados. Y la falda de Joan Crawford ya no era el motivo del suspense; la flapper debía convertirse forzosamente en dama.
El cine Pre-Code no sólo terminaba, sino que se relegaba al entierro. Muchas de esas películas son muy poco conocidas porque pocas pudieron ser reestrenadas debido a que sus viejas indiscreciones incumplían el Código. Incluso un clasicazo como "Trouble In Paradise", de Ernst Lubitsch, no resurgiría hasta los años sesenta.


Hoy las películas Pre-Code despiertan a un inevitable arqueo de ceja. 
En primer lugar, porque atestiguan la perpetua obsesión del público cinematográfico por ver piernas de mujer y gente desobedeciendo los mandamientos.
Volver a ellas es darse cuenta de que no hay nada nuevo bajo el Sol y que nuestros abuelos vivían tan horny como nosotros.


También deslumbra esa vertiente canalla, dura y sin concesiones que sólo afloraría en el cine negro y nunca de la misma manera.
Y, sin duda, lo más descacharrante es ver a esos hombres manejados por esas divertidísimas vampiresas que toman la iniciativa y piden cama. 
Pero recuperar el cine Pre-Code es también darse de bruces con películas que formalmente no han envejecido bien. 
Es una cuestión de su tiempo, cuando el cine perdió cierta comba y expresividad ante los primeros pasos de la sonorización. Muchas de esas películas crepitan y se desarrollan estáticas, casi obras teatrales largas a ojos modernos.
Las excepciones son precisamente aquellas que rompieron progresivamente con las limitaciones del invento.


Y, por supuesto, está la gran ironía de la censura. Prohibió, higienizó e infantilizó, pero también se impuso como un árbitro de buen gusto. Que el sexo quedara en insinuación, que el cine debiera ser elegante y que los personajes rezumaran valores darían paso tanto al comienzo de la gran comedia norteamericana como a los más emotivos dramas de los últimos años treinta. 
Una película como "La Pelirroja" es estridente, hortera, desmañada; atributos que no se colocan tan fácilmente en títulos de años posteriores. Y es difícil establecer una relación con ella más allá de la propiciada por el asombro y la risa.
En ese baúl de lo irrefrenable, escasean las obras maestras.


Sin embargo, tropezarse con joyas de madurez como "Merrily, We Go To Hell" o presenciar el inicio de la carrera de las grandes estrellas, a golpe de sensuales bailes y ataques de lencería, valen sobradamente la pena de esta gesta llamada aguda cinefilia.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Patrick Wilson


Mientras decidimos sobre el Maromo del Año, no está de más retomar nuestros hermosos lunes y qué mejor que con un hombre para todas las estaciones, gran favorito de servidor y, por ende, impensable que aún no hubiese paseado su belleza por este blog.
Aunque yo jamás le he perdonado que apareciese por los páramos de mi archienemiga Lena Dunham y a pesar de que sus últimas películas confirman la teoría de que ni tiene mucha suerte ni se la busca demasiado, semejante talento y polifacetismo permanecen intactos hasta en el mayor de los infortunios.
De esos hombres de Hollywood que revientan la definición de apolíneo, quien quiera enamorarse de Patrick Wilson del modo en que lo hice yo hace unos años, bien puede revisar "Angels In America", "Little Children" o "Watchmen", aún sus mejores oportunidades de lucimiento, tanto físicamente como talentosamente hablando.
Queremos más de Patrick, siempre lo quisimos.











domingo, 21 de diciembre de 2014

Notas del Suicidio


De repente, el último verano, Robin Williams agarró su cinturón y se colgó. Hacía dos agostos, el director Tony Scott, sin dudar un instante, salió de su coche y se tiró de un puente. La semana pasada, un empresario arruinado, sin célebre nombre, lanzó su coche, armado de una bomba casera, contra la sede del partido gobernante en España, bajo la decisión de llevarse a todos los políticos en su espectacular suicidio. Se quedó en intento, frustración, manos esposadas y bomba sin explotar, pero el suceso cubrió las noticias, las entretuvo, propició una reacción entre el escalofrío y una irremediable simpatía. Si te vas, llévatelos, sí.
Los suicidios no suelen ser simpáticos. El caso de Robin Williams es paradigmático de la profunda tristeza que arrastra. Es más que la muerte, pensamos, es la negación de más días y mejores noches, es la aceptación del fracaso, es la caída de la esperanza, esa que nos ata al mundo y nos libra de la locura de nuestras incertidumbres.
Robin decidió marcharse como la mayoría de los suicidas. En un arrebato de desesperación. Una enfermedad degenerativa entraba en juego y él, que había superado adicciones, descalabros y decepciones, dijo que no podía más. Su suicidio fue, como todos, una declaración. Una declaración de esas que afirman el dicho de que una imagen vale más que mil palabras.


Con Robin, el suicidio fue descifrable. El Parkinson era la respuesta. Con Tony Scott, jamás nos dieron una explicación. Hubo una nota que nunca se hizo pública y la teoría sobre su muerte quedó suspendida en el tiempo. Cosas que olvidar para seguir viviendo, para no ir detrás de él.
Explicación congruente o no, el suicidio no se entiende ni se asimila. Es la idea descabellada por excelencia. Puede entrar en nuestra mente y puede incluso llegar a conquistar la convicción, pero desafiar el último límite de nosotros mismos - la propia preservación - es el enigma que precede a la ya de por sí enigmática muerte.
Cuando decidí escribir sobre el suicidio, me pregunté: ¿es acaso una cuestión de los seres humanos?
Si somos los únicos entes vivientes con conciencia de serlo, somos los únicos con la capacidad de destruirla. Sería lógico.
Pero, ¿no conocen los animales de la desesperación, de la locura, del insufrible padecimiento? Según he leído, poco se ha estudiado del suicidio animal, pero existe. Se ha detectado. Hay seres vivos que hasta explotan repentinamente. Sí, lo decían los proverbios, lo sabíamos: en toda vida, existe una destrucción.


¿Por qué se suicida la gente? Los estudios se aceleraban de sociología y se intensificaban cuando en las comunidades residenciales de la América media, el suicidio adolescente se convertía en una epidemia alarmante. ¿Están tan aburridos? ¿Viven tan alienados? ¿O sencillamente se apuntan a toda moda?
En los paneles clínicos, la voluntad suicida nace de un padecimiento mental. Los enfermos psiquiátricos más graves componen la mayor porción de suicidas efectivos del mundo. Las adicciones, las ruinas económicas y los sucesos calamitosos también conducen al suicidio.
Además de pensar si el suicidio era una cuestión exclusivamente humana, también me preguntaba, ¿por qué unos se suicidan y otros no?
Es decir, gente que atraviesa guerras, hambrunas, violaciones, torturas y todo lo malo y podrido que te puede pasar en la vida, sigue adelante. Se recompone de algún modo insondable y, aunque se noten las costuras de lo padecido, esas botas han nacido para caminar.
Otros, en cambio, no aguantan más una tarde de tedio en el MacDonald's y adiós, mundo cruel.


Muchos se suicidaron en el Berlín de 1945, mientras otros vivieron entre las ruinas y de ellas, salieron, quizá prostituidos, siempre míseros, destruidos, catatónicos. Pero vivos, jodidamente vivos. ¿Por qué no se mataron ante el panorama? ¿Me hubiese matado yo?
Concluyo que no es la situación en sí lo que lleva al suicidio, sino lo que dicha situación llega a perturbar mentalmente. Hay gente que aguanta un maremoto y otra ni un portazo. Es así.
Las crónicas del suicidio, ya sea en Berlín, Wichita o Waco, son gélidas de necesidad. Propician una mueca helada de onda expansiva que no se quita jamás. La familia queda cordialmente destruida de por vida y es probable que alguno de sus miembros siga los mismos pasos. Los amigos, las comunidades también sufren el embate. Es la noción de un fracaso general. "No pidió ayuda" se descifra como un "no pudimos ayudarlo". A la cruda aparición de la muerte de manera imprevista, se suma la culpa.
De ahí la mala prensa del suicidio. Es ese acto egoísta, es ese boomerang que no para de ir y volver, que hace daño a todos, mata a uno y avasalla a tantos. Como dice Cesare Pavese, el suicida es un homicida tímido.
Quizá por ello, el suicidio es de un mal gusto ancestral y dígase tabú en muchas culturas, algunas remontadas a la Antigüedad. El suicidio está feo, es un pecado, es un atentado contra Dios, quien es el que decide esas cosas, y quien se atreva, no recibirá santo sepulcro, mientras sus familiares habrán de sobrevivir bajo un necesario velo de vergüenza.
Ese ataque taimado e hipócrita a los suicidas se contrarresta con la excesiva sacralización del acto en otras sociedades. El suicidio honorable o también llamado haga el favor de tomar la vía rápida para quedar bien.
Hablo de los violentos, innecesarios, inexcusables harakiris para preservar el honor propio con espadas, sangre y tripas desperdigadas.


Suicidio bueno, suicidio malo, qué cosas. El mundo está tan majareta que no entiendo cómo no se ha suicidado todavía.
Como la muerte era una cosa muy afecta al Romanticismo, el suicidio se veía en tiempos tan neogóticos como la idea más emotiva de todas. Uno se mata por amor o por desamor y ya pueden caer lágrimas del Cielo que no habrá escenario más espectacular que irse por propia voluntad con el corazón roto. La excesiva glamourización del asunto, especialmente convincente para ciertas edades atribuladas, hizo la cosa aún más preocupante y aún más tabú, sobre todo cuando lo romántico se conjugaba con un nuevo invento: el cine.
El suicidio es un espectáculo también en el cine y hay más de una secuencia de muerte infligida que está entre lo más poético y hermoso jamás filmado. Esas playas de "Humoresque" o "Ha Nacido Una Estrella", por ejemplo.
Cuando imagino mi hipotético suicidio, pienso en meterme en el océano. ¿Será porque me gusta el mar o porque, otra vez más, me descifro según viejos melodramas hollywoodienses?


En cualquier caso, el suicidio fue cinematográfico desde siempre. En realidad, obedece a la más pura escenificación. La decisión del momento exacto, la disposición de los elementos, el decorado, el grado de dramatismo o violencia, la quietud, el tiempo, la expectativa. Es decir, cine. 
El suicidio articula no sólo el conflicto que lleva a él, sino la personalidad del que lo gestiona. Si alguien quiere descansar, se dormirá. Si alguien quiere sentir, se tirará por la ventana.
Y todo suicida expresará algo, denunciará una situación, señalará un dedo, porque lo hace contra otro u otros.


La soledad y la incomprensión están detrás de muchos suicidas.
En los dramas clásicos, aparecen los más trágicos homosexuales, que sin poder afrontar la pulsión de sus deseos, se matan y libran a la sociedad de un problema menos.
Creíase superado y llegaron las listas de adolescentes que aún se suicidan entre el acoso escolar y la homofobia. Hasta en ese dramático escenario, el suicidio es también un grito de rabia, una denuncia, un dedo corazón levantado contra un mundo intolerante e impasible ante el sufrimiento ajeno.
El suicidio también conoce su vertiente frívola, dígase de aquellos que lo medio intentan, que hablan de él cuando tienen el día flojo, que amenazan con hacerlo u otras maneras de cantar las mañanas. Algunos dan la sorpresa y lo consiguen. Otros, sencillamente, han encontrado en el terror que suscita la sola idea esa manera perfecta de llamar la atención.
Porque el que quiere suicidarse de verdad lo hará. Encontrará el modo y, tarde o temprano, se ejecutará sumarísimamente a sí mismo. Quizá se lleve a otros u otras por delante, tal vez se apague en silencio. En cualquier caso, todos hablarán de él. Su vida estará marcada por ese final. No se recordará tanto lo que hizo como el modo en el que se despachó. Nombrarás a Virginia Woolf, a Robin Williams, a Capucine y la desazón se cernirá sobre sus logros, porque éstos se empequeñecieron ante el más descomunal de los fracasos. 
El suicidio es una mala idea, sí, porque es la última idea que tendrás.
Conviene evitarlo como un ejemplo. El suicidio es la garantía de la nada, no hay duda. Pero, como genuino acto de desesperación y padecimiento, hay que parar de una puñetera vez de juzgarlo con condescendencia.
Cuando el dolor es tan fuerte, vivir sí es la peor idea. Y muchos pensadores afirman que el suicidio no es la negación de la vida, sino su más pura afirmación. Cómo debe ser la vida, cómo no debe ser. Al suicida es lo único que le queda y bien puede hacer con ella lo que considere. Es suya.


Jeffrey Eugenides en su novela-análisis, "Las Vírgenes Suicidas", concluye que el suicidio es el acto de rebelión contra el tiempo, contra Dios, contra el puro azar. Ahora decido yo, por fin, rompo el reloj, ese que marca lo que me queda de existencia, y el tic-tac es mío, para siempre y hasta nunca.
Incluso el sólo pensamiento del suicidio es ese aliviador incorrecto. Dice Nietzsche que con él, se logra soportar más de una mala noche. 
Imaginar la muerte elegida para continuar al día siguiente con la vida, esa cuyo rumbo no podemos decidir. Oh, Dios, déjame mover la ficha, ahora juego yo, aunque sea en la más cruenta fantasía.


El suicidio es horrible, sí. La muerte, también. Pero hablemos hoy de ambas cosas, escribamos sobre los tristes fracasos, pensemos un poco en ellos, lo necesario, porque dan miedo y, como todo miedo, sólo se apacigua al prender de las velas, cuando decidimos avanzar por el pasillo de nuestra oscuridad.
Y a todos los que se fueron por sus propios medios, ahí va mi saludo, mi interrogante, mi inevitable culpa, mi profundo terror a que llegue un día en que, de repente. ese sea también mi juego.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Mis Bellas Muñecas


Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y el teletexto de Antena 3 me prometía que a las cinco de la madrugada emitiría "El Valle de las Muñecas". 
El título llamaba la atención, sí, y yo juraba que lo había oído antes. Quizá en algún lugar de mi infancia, allí en donde la película había caído de la memoria colectiva para que nadie la volviera a mencionar.
Revisé el reparto. Patty Duke, Sharon Tate, Susan Hayward. Buena pinta. Sólo me quedaba consultar Microsoft Cinemania para leer la crítica del augusto comentarista Leonard Maltin. Oh, le colocaba una solitaria estrella de puntuación y decía que era "terrible". 
No sé por qué motivo, pero ignoré esa crítica, De hecho, fue el primer acto de rebeldía que cometí contra la opinión ajena. Y en toda mi existencia, no han sido tantos como debería. 
Programé la grabación y me fui a dormir. Ignoraba que era el principio de una obsesión, no sabía que sería la película que más veces vería en mi vida ni que ocuparía un lugar especial en mi memoria, en mi educación, en lo que se piensa superado y, de repente, vuelve a resurgir.


Tampoco sabía que, por aquel 12 de diciembre de 1996, la película estaba a punto de cumplir veintinueve años desde su fecha de estreno. 
Dudo que Antena 3 lo supiera. La despachaba a altas horas de la madrugada, como hacía con todo el catálogo de clásicos de la Fox del que disponía por entonces. A veces, repetía esos títulos, dudando que alguien estuviera al otro lado. Era para rellenar esa madrugada, ya fuera con "El Signo del Zorro", "If", "El Favorito de la Reina". O con mis bellas muñecas.
Por entonces, programar y grabar era una cosa endemoniada, casi una apuesta. Sólo había una ocasión para acertar, un dato equivocado en la programación te condenaba y la cadena podía adelantar la hora de emisión, por lo que la película podía aparecer empezada.
Al día siguiente, rebobinando "El Valle de las Muñecas", paré un segundo para comprobar si había llegado al principio y, tras darle al Play, lo primero que vi de la película fue a Susan Hayward ultramaquillada, ultravestida y un tanto vejestorio en un número musical protagonizado por un móvil de figuras psicodélicas, que lucían como una maraña sobre la legendaria actriz. Mi primer "what the fuck?".


Cuando llegué al principio de la grabación, vi que la película se había grabado comenzada. Mierda. Luego calcularía que unos veinte minutos. 
Lo grabado empezaba con Sharon Tate poniendo cara de embarazo mientras Tony Scotti le cantaba en un club nocturno, ante los ojos curiosos de todos. 
"Esa es Miriam, su hermana, no hace nada sin consultarle". 
La presencia de Lee Grant, como una esfinge, imborrable.


Además de emitirlas a esas horas, eran copias para televisión que, por entonces, significaba que los formatos diseñados para pantallas horizontales  - Cinemascope o Panavision - se rompían y adecuaban a la pantalla de tres cuartos. 
Era espantoso para las películas, porque su escenografía estaba basada en la horizontalidad y partida y extendida hacia arriba, quedaba incomprensible y deformada. Las formas se alargaban, los colores se desparramaban por toda la imagen. 
Para una película tan recargada y sesentera como "El Valle de las Muñecas", esa distorsión de la imagen era sólo lo que le faltaba. Esos planos detalle del cigarrillo que Neely tira a la piscina o la peluca de Helen Lawson mojada en el suelo lucían aún más exacerbados con el cambio de formato. Daba hasta miedo.
La película es una experiencia y lo fue la primera vez que la vi. 
Cuenta la historia de tres mujeres jóvenes y sus desventuras en el negocio del espectáculo. Es un mejunje de clichés de dramas backstage bien conocidos.
Estaban todos allí en una película tardía, que se aferraba a un modo de producción clásico y, a la vez, quería abrazar una modernidad. Esa "modernidad" eran el sexo y las drogas, abordado con un tono entre timorato y sensacionalista.


Había momentos en que no podía entender el argumento y, además, confundía a las actrices que interpretaban a Anne y Neely. 
Supuse que debía ser por verla empezada, pero, no, la película es así. Está tan desestructurada, que salta de un personaje a otro de repente, le dedica mucho tiempo a uno y luego vuelve a perderlo.
Pero, a medida que se va centrando en la degradación de su personaje estrella - Neely O'Hara -, este se hace inolvidable. 
Neely O'Hara se aísla de los demás y se adueña de la película para bien y para mal. Los gritos, los gestos, las locuras, su estancia en el manicomio, cuando se encuentra a un viejo amigo en silla de ruedas en pleno sanatorio y se lanzan a cantar, cuando le arranca la peluca a la diva enemiga. No podía creer lo que estaba viendo. Era un continuo "¿qué más va a pasar?".
El nombre del personaje ya era un taladro que buscaba enterrarse en el cerebro y allí quedarse. Neely O'Hara. 
A mi profesora de Matemáticas de entonces la llamaban Nelly. Y verla ahí nombrada con el volcánico apellido irlandés de Escarlata era una mezcolanza de calado y espanto.


La saga de Jennifer North era también de traca y tenía su momento esencial en la cinta erótica que protagoniza en Francia. 
La película no sólo juzgaba y castigaba las ambiciones de sus protagonistas, sino arremetía contra todo lo nuevo, lo extranjero, lo licencioso. "El Valle de las Muñecas" es una fantasía de reprimidos con ganas de fiesta, en la que, de pronto, un personaje dice que un tercero es maricón - pionera vez en una gran producción de Hollywood -, aunque el doblaje español se preciaba en sustituirlo por el aún más carcajeante "afeminado". 
Cuando llegó el final, en la nieve, yo no sabía bien lo que había visto, pero era difícil sacudírselo de la cabeza. Recuerdo que escribí en un diario que "El Valle de las Muñecas" me parecía un "delirio", porque nunca ha existido otro modo más rápido de definirla. 
Todo es delirante. Los peinados, los diálogos, las ocurrencias dramáticas, la composición narrativa y visual, las interpretaciones, los trajes, los números musicales y los ultrasesenteros montajes donde se dispara la vida de cada una de las "muñecas".
Como decía, era un Hollywood viejo pasando por moderno y atrevido. Y el desfase es tan brutal que un melodrama sobre los horrores del estrellato acaba dando mucha risa. Por su exceso y su afonía. 
Leonard Maltin, que es un señor muy serio, así lo decía: la película era horrible.


Grabar en VHS era un coñazo, como ya he dicho. Decidí borrar esa "película horrible" por alguna otra buena y bien considerada, para la que no tendría cinta disponible en ese momento. No estaba muy seguro de hacerlo, pero suponía que Antena 3 repetiría "El Valle de las Muñecas" en cuestión de semanas y, así, la tendría entera. 
No la volvió a poner. Jamás. Y comenzó mi obsesión.
Llamé a la cadena varias veces para implorar que la echaran. Tienes que entenderme: era un adolescente alienado y solitario. 
Me obsesioné por todo lo sesentero, aquello que estuviera más cerca de ella. Las melodías más suaves de los Beatles o las primeras películas de Ryan O'Neal y Michael Douglas eran oídas y cazadas en madrugadas, esperando, siempre esperando, que volviera "El Valle de las Muñecas".
Leí que estaba considerada un clásico del camp y que la interpretación de la celebrada actriz juvenil Patty Duke como Neely O'Hara se calificó de "desastre" y le costó una buena transición a papeles adultos. 
Me enteré que estaba basada en una novela de éxito y que fue una de las películas más taquilleras de 1968. 
La busqué en vídeoclubs y grandes almacenes desde el secreto, desde la esperanza triste que se tiene cuando se empieza a vivir. 
"El Valle de las Muñecas". Busca por la V, aunque ya sepas que no va a estar.


Cuando llegaron las primeras conexiones a Internet a mi casa, supe que, por fin, iba a ver porno gay y, por supuesto, soñé con encontrar cosas de "El Valle de las Muñecas". Quizá una copia.
Recuerdo el lento descargar de las webs dedicadas a Sharon Tate y Patty Duke, allí donde se encontraba alguna que otra imagen de la película. En Reel.Com, la definían como "kitschy, over-the-top", mientras yo surcaba por el pesado mar que era la World Wide Web en aquellos últimos años noventa. 
Encontré un vídeoclub online que afirmaba poseerla. No me lo podía creer. "¿Seguro que no es la parodia que hizo Russ Meyer en 1970?". "No, es la que dices".
Por fin, llegó al correo. La portada con Sharon Tate con media teta fuera era tremenda, fruto de una remota edición en VHS, que la hacía lucir como una entrega de erotismo. 
Pero, sí, era "El Valle de las Muñecas", año y medio después, por fin, para mí. Desde entonces, cada vez que no tenía gran cosa que hacer, la ponía.
"Me gustan las píldoras y divertirme. No necesito a nada ni nadie", se desgañitaba Neely O'Hara. Y mi madre, que lo oía desde el otro cuarto, decía:
- Por Dios, qué película tan fuerte.


Cuando se desarrolla una relación tan íntima y poderosa con algo a esas edades, es difícil calcular el alcance verdadero que tendrá en el resto de nuestras vidas. 
Aún ahora, y de repente, me veo a mí mismo haciendo un gesto o diciendo algo que suena a "El Valle de las Muñecas". 
Cuando alguien dice la palabra "valle", la completo en mi cabeza. 
En otros tiempos, me imaginaba como Anne Welles, la que abandonaba su pequeño pueblo y llegaba a la ciudad, porque quería ver "nuevas caras, nuevos lugares, nuevos escenarios" y decía aquello de "no sé quién soy ni lo que quiero, pero tengo que averiguarlo como sea".
En la película, Anne volvía a casa. Tal y como he hecho yo, muchos años después.
Además de verla tanto, también quise leer la novela original, redactada por Jacqueline Susann, toda una personalidad de los sesenta, que parecía un personaje más de sus propias novelas, bestsellers de entonces que recogían chismes de la farándula con los nombres cambiados.
"El Valle de las Muñecas", que está inspirado en la tragedia de figuras como Judy Garland, Carole Landis o Marilyn Monroe, sigue siendo una de las novelas más vendidas en Estados Unidos. Era ese "libro sucio", ajusticiado por la crítica y devorado por las amas de casa, que lo escondían bajo sus colchones o en baúles del desván. 
Encontré el libro milagrosamente en la biblioteca de mi instituto y lo robé. Todavía está ahí el fruto del único hurto de mi vida, mirándome desde la estantería, y yo sé que lo volvería a hacer. 
Me lo leí en una noche, porque es tan adictivo como las píldoras que cuenta.


Más coherente y descifrable que su adaptación cinematográfica, suele considerarse tan trashy como ésta, aunque, cada vez que lo leo, me impresiona más su potencia, su visceralidad, su falta de tapujos. Es un gran libro sobre mujeres y destrucción, escalofriante en muchos de sus pasajes y de una sinceridad cafre que resulta de lo más liberadora tanto para los que lo leen como para los que queremos escribir.  
Mi obsesión por las muñecas siguió bien nutrida durante los años siguientes. No hubo duda en cuál fue el primer DVD que me compré. Cuando estudiaba Guión en la Escuela de Cine, quise hacer una adaptación de la novela como ejercicio de clase, pero mi honorable profesor de entonces me dijo que nanay. Ya la haré, que no se preocupe. 
Le presté el DVD a mis compañeros y adoraba oír sus estupefactas opiniones al respecto. 
Y, si rastreas los primeros tiempos del anterior blog, encontrarás una serie de posts semanales dedicados enteramente a celebrar el 40º aniversario de la película.
Tan mala, tan divina. Cuando se estrenó en 1967, el crítico Bosley Crowther escribió que era "increíblemente empalagosa y falsa" y que "todo amante de las películas debía darse la vuelta e ignorarla". El país entero fue a verla.
Pero a pocos gustó el resultado y más de una carrera de sus intérpretes y responsables enterró para siempre. 
Sólo emergió como fenómeno de culto cuando se convirtió en un festín para las sesiones de madrugada en los años setenta y a través de esporádicos pases televisivos.


En algún lugar del camino, descubrí que "El Valle de las Muñecas" era un icono gay en Estados Unidos. 
Es un muestrario de divas, que sufren mucho, se drogan, se acuestan con hombres poco recomendables y viven obsesionadas con su apariencia y su reputación. Cosas que son sentidas, identificadas, descifradas por muchos varones homosexuales. El tono exagerado, salido de madre, se deviene en camp o actitud amanerada, y he ahí el encanto.
Pero, cuando yo la descubrí, no sabía que a otros maricones del mundo les fascinaba tanto como a mí. En realidad, no sabía que existían tantos maricones en el mundo. Al fin y al cabo, todo sobre mí era un secreto, una incógnita, un misterio, para ser descifrado con el tiempo.
Tal raro misterio que nunca lo fue. En aquella entrada del diario de mis quince años donde escribí que era "delirante", también anoté que me había masturbado ante la visión del pecho desnudo de uno de los actores. "Creo que soy bisexual", añadí, para mentirme lo justo. 
Parece que fue ayer, pero han pasado muchos años. La he visto tantas veces, más que ninguna otra. Hay ocasiones que la he disfrutado más. Algunas me ha aburrido. "Me la sé de memoria". Otras es como descubrirla. Aunque, sinceramente, siempre echo de menos aquella copia de Antena 3, con todos los colores desparramados y tan horribles.
Cuando salió una edición especial en DVD, un comentarista de Amazon dijo lo que yo sentía: "He muerto y estoy en el Cielo". Karaoke de las canciones - con una píldora saltando sobre las letras - varios documentales, material de archivo sobre el estreno, pruebas de casting, fotos, lobby cards, trailers y un diseño de menús de muchísimo Wow. Y todo empaquetado en una caja rosa, como no podía ser menos.
Además, también incluye un impagable audiocomentario con Barbara Parkins, que interpreta a Anne Welles y es la actriz que se ha tomado con más alegría el fenómeno de culto que arrastra la película. 


En el audio y con esa voz tan cautivadora, Barbara cuenta anécdotas, se ríe con los diálogos y manifiesta su nulo arrepentimiento de haber participado en "El Valle de las Muñecas", mientras descubre cosas que ya sospechábamos: muchos de los trajes les eran incómodos y casi todo lo que llevaban en el pelo era postizo.
Precisamente, el momento cumbre es la revelación de que la malvada diva Helen Lawson lleva peluca. 
Barbara cuenta que todo el equipo estaba presente en el rodaje de esa escena y el mismísimo Richard Zanuck bajó a presenciarlo. 
"Y nadie tenía idea de que esa secuencia daría tanta risa. Era una escena dramática interpretada dramáticamente por Patty y Susan y para todos los que estábamos allí", asegura la Parkins.


También cuenta el odio que le tenían al director, aquel eficiente, siempre gris Mark Robson, que vivía más preocupado en fotografiar las píldoras con belleza antes que hablarles a sus actrices sobre los efectos que producía y el proceso de degradación que causaban.
Patty Duke, para quien hablar de esta película era rememorar la peor experiencia de su carrera y aquella que fastidió muchas de sus expectativas profesionales, se lo ha tomado con el humor requerido sólo en los últimos años y ante el ánimo de sus seguidores. Aún así, no duda en calificar a Robson como "el más malvado hijo de perra que he conocido en mi vida". 

Patty Duke, Mark Robson, Lee Grant, David Weisbart, Jacqueline Susann y Barbara Parkins

Además de los terrores vividos en el rodaje, del enfado de Jacqueline Susann ante lo que habían hecho con la adaptación de su novela, de los millones de dólares ganados y del repudio absoluto que acompañaría las notas de prensa al respecto, la reputación de "El Valle de las Muñecas" acrecentaría su condición infamous cuando Sharon Tate fallecía brutalmente dos años después a manos de la banda de Charles Manson.
De repente, la película era espectral.


"De un modo extraño, todo lo que pasa en "El Valle de las Muñecas" nos pasó a nosotras. Sharon murió trágicamente, Patty sufrió una crisis nerviosa y yo abandoné Hollywood", dice Barbara Parkins para incrementar la capacidad obsesiva de esa gran anomalía, de esa película, oh, tan mala. 
¿Es mala?, me pregunto yo.
Era la primera película mala que me gustó. Es la única ineptitud cinematográfica que me ha gustado nunca. Para mí, está por encima de su calidad o sus deficiencias. 
Dicen que le otorgo más de lo que tiene, como buen gesto posmoderno. 
Yo la vivo alucinante, mesmérica, como quien echa la luz de una antorcha sobre una pared de jeroglíficos indescifrables, que hablan de un tiempo y un cine, perdido, arruinado, hermosísimo en su decadencia como lo fue en su esplendor. 


Esa música, esa fotografía. La película es un melodrama, un desfile de moda, un musical, un cuento de terror y la más absurda de las comedias. Todo amante de las películas debe mirarla. No gustará a todos, pero es raro que deje indiferente. Y, si se tiene sentido del humor, si se ha visto mucho cine clásico o si se tiene cierto gusto por lo old-fashioned, es probable que encante.
"El Valle de las Muñecas" es un estado de ánimo, es enfermedad crónica, es de esas cosas de las que tendría que hablar si quiero escribir mi autobiografía. Es como esos amores de verdad, que no vale la pena explicar, sólo esperar para volver a ellos, únicamente acelerar el momento del reencuentro.
Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y mis bellas muñecas se grababan sigilosas en aquella madrugada de la cinta de vídeo, mientras yo dormía, en esa placidez del que no sabe lo que está tramando la vida.   

domingo, 14 de diciembre de 2014

Ecce Maromo


La vida y las ocupaciones me tienen más apartado de lo deseado de estos hogares de la escritura y la imagen, aunque soy bien consciente de que debo cumplir dos tradiciones: la primera, mis eternos retornos y, la segunda, que aquí no se acaba el año sin elegir al tío más bueno de entre los tíos más buenos.


Así que voilá, hete aquí, tachán, la imprescindible elección del Maromo del Año, concurso de belleza y encantos, en función de lo que han vistos estos ojos durante 2014. ¿En serio creías que iba a llegar la Navidad sin este sufragio de sufragios?
Como de costumbre, repite el ganador de la pasada edición y llegan cinco nuevos candidatos al trono. Elegidos según mi gusto personal, claro está, y según el ruido que han dado en este año de emoción y furia.
Los machos elegidos son:

BEN AFFLECK




HENRY CAVILL




SCOTT EASTWOOD




JAMES MCAVOY



CLIVE STANDEN



DEREK THELER


Todos los años, tengo mis dudas razonables. Este puedo asegurar que me resulta imposible decidirme. Pero la cuestión, una vez más, es que sólo puede ganar uno.
La única manera de votar se encuentra en el widget de la columna de la derecha del blog, dispuesto exclusivamente para la ocasión.
No se aceptan votos en comentarios o mensajes.


La elección del Maromo del Año durará hasta el 31 de diciembre, donde sacaremos las trompetas, portaremos la corona de laurel y glosaremos al ganador en un post muy exclusivo, con un montón de fotos y un millón de babas.


Como diría nuestra amiga Athena, esto es la fiesta de la democracia. Y añado que esto sí que es una regeneración del sistema. ¡Vota!