jueves, 21 de noviembre de 2013

El Amante de Los Hombres


Hoy voy a dar una noticia que parará los rotativos de la prensa internacional.
Me gustan los hombres, me encantan, los deseo a todas horas, descansaría mejor si pudiera saciarme de ellos. 
Qué notición. Seguro que te pilla desprevenido, en shock, deberás aceptarlo. Si mi madre pudo asimilarlo, tú también. 
Sé que no te lo esperabas. Después de tantos días del maromo, quedaban dudas, sí.


Si me dieran a elegir entre pasar una velada con el artista más inspirador de todos los tiempos, con la película favorita que aún no he visto, con la comida más suculenta del mundo, con la gente que me hará rico con mis escritos o, bien, con cualquier chico que pase en ese momento por la calle, yo elegiría lo último sin el menor asomo de duda.
Los hombres tienen la suficiente capacidad de fascinación en mí que hasta el simple hecho de contemplarlos sea doloroso. 
Cuando veo alguno que me gusta por la calle, he de apartar la mirada. Y, aunque tenga un tipo de hombre - ojos azules, moreno, pecho peludo, mayor que yo -, pese a que sea fan de los tíos buenos, en realidad, me gustan todos los hombres. Son pocos los que desperdiciaría. 
Y no me hace falta acostarme con ellos. Los persigo en mi imaginación y es ahí donde los hago míos. Donde respiro ese olor, la fragancia intoxicante de la que están hechos los sueños.


El sexo y el deseo son más que mis impulsos; calibran el grado de entusiasmo que tengo por la vida en ese instante, las ganas de conectar con los demás. Si no tengo ganas de follar, es probable que esté triste, deprimido o renegado del mundo. Soy feliz cuando estoy acompañado por un hombre y seguiré sonriendo cuando se marche.
Me encantan los hombres. Cómo están hechos, cómo huelen, cómo hablan, cómo miran, cómo les crece el pelo en el pecho, cómo tosen, cómo se suenan, cómo se ríen. 
Me encantan sus genitales y sus culos. Como dijo un amigo, me gustan tanto las pollas y los huevos que soy incapaz de entender cómo a alguien no pueden gustarle.


Yo, el amante de los hombres, los amé desde bien pequeño. 
Podría decir que los primeros fueron el príncipe de la Bella Durmiente o Christopher Reeve, pero hoy no hemos venido aquí a hablar de platonismos. Así que te contaré sobre el "masaje".
En realidad, fue una broma de niños, aunque jocosamente significativa. 
Yo tendría seis o siete años y apretaba las pichas de dos de mis compañeros, que se reían de mi ocurrencia, pero también parecían disfrutarla. El "masaje", donde sobaba por primera vez una polla ajena, fue mi primer peldaño como amante de los hombres. 
Oh, me avergonzaría de ese "masaje" con la culpa católica y heteronormativa que define la educación de este mundo, así que acercarse a los hombres y demostrar deseo por ellos fue cosa para emplazar a la imaginación secreta.
Desde que empecé a masturbarme, sólo pensaba en tíos buenos. Un pectoral, una axila peluda, Marky Mark sonriendo en calzoncillos, eso era suficiente para paja.
Oh, aquellos tiempos, qué fácil era erotizarse. 
Y aquella lujuria por lo masculino era también un secreto que no me contaba ni a mí mismo, cual disociación. Siempre pensando en machos para correrme y no era capaz de decirme la palabra "homosexual".


Pasó el tiempo y el amante de los hombres pudo, por fin, encamarse con otro amante de los hombres. Para ser sinceros, fue una decepción. Supongo que le pasa a toda la gente que ha visto demasiado porno: es ir a comprar el juguete y ver que no es tan glamouroso como lo contaba el anuncio.
Mis primeras veces terminé por considerar el sexo como algo demasiado oloroso y sucio. Tardaría en entender que esa es precisamente la gracia del asunto. Había contemplado tanto folleteo en pantalla e, irónicamente, no sabía lo más importante: se acude a él porque destruye nuestros protocolos, pone patas arriba lo que nos enseñaron, hace disfrutar de aquello que la civilización atribuye a la animalidad.
De todos los hombres con los que he estado, cuyo número debe pasar el centenar, he sentido verdaderamente a muy pocos, pero siempre he salido satisfecho, de un modo u otro. Malos rollos no recuerdo ninguno y, si me he arrepentido de estar con algún tío, ha sido porque el pobre era un orco de Mordor. 
En realidad, no tengo que rendir cuentas de nada en particular y me lo he pasado bien, sí. El sexo es divertido hasta cuando es incómodo y absurdo y, quien diga lo contrario, debería follar más.


Bien es cierto que es adictivo. Cuanto más lo haces, más quieres. Cuanto más lo practicas, más piensas que todavía te queda mucho por aprender de sus misterios. 
He tenido épocas en las que no pensaba en otra cosa. En mi caso clínico, se lee que nunca he disfrutado con los roces relámpago, estilo encuentros de Grindr, cuartos oscuros y demás esquizofrenias, por las que he pasado con más puntual curiosidad carriebradshawiana que auténtica necesidad sexual.
A mí me gusta el cortejo y el ligoteo de calidad. El quickie está muy lejos de la conexión buscada, vive a millas de mi deseo por los hombres. Me gusta besarlos, acostarme con ellos, abrazarlos, respirarlos, aunque no signifique nada.
Yo me bajo los pantalones como parte de una historia, no como consecuencia de un calentón súbito.
En mi libro de dulces pecados, se escribe que he hecho algún que otro trío y he participado en dos orgías.
Aunque la idea del sexo con muchos me entusiasma, su materialización se me ha revelado decepcionante por altamente estresante. Creo que soy demasiado vago para tanto ajetreo.
Al final, prefiero estar con uno, dedicarle toda mi atención, ¿para qué más?


Me encantan los hombres. A veces, miro a esos actores ideales de las películas y me descubro atontado, examinándolos de arriba abajo, se llamen Gary Cooper, Stephen Boyd, Franco Nero o Michael Fassbender.
- Qué bueno está, qué bueno está, qué bueno está - repito, como hipnotizado.
Me encantan los hombres, sí, pero es curioso lo lejos que estoy de muchos ellos, casi siempre. Lo poco que me relaciono de verdad con los que conozco. Las escasas aventuras sentimentales que he disfrutado. Las reservas que tengo hacia acercarme a los que realmente me gustan.
Porque los hombres me dan miedo. 
A la hora de la verdad, son el terreno inseguro, el pantano donde mis pies flaquean y terminan por hundirse. Me da pavor la opinión que se puedan formar sobre mí, el daño que sean capaces de infringirme, las negativas sorpresas que esconden. Que se descubran en el momento en que me descubran a mí. Los hombres son, en realidad, el espejo de mí mismo, porque yo también soy un hombre.
Como yo, pecan por omisión. 
Es lo que no hacemos lo que más desespera. Muchas mujeres se vuelven locas por eso; entre hombres, se trazan kilómetros de incomunicación, con las palabras no dichas, las piedrecillas nunca tiradas a la ventana, las llamadas teléfonicas jamás atendidas, los orgullos siempre antepuestos y la timidez triunfante.
El deseo, el temor y la frustración, unidas en traumática soga, de donde cuelga el suspense de nuestra vida. Quizá sea esa la gracia. Y lo que más me gusta sea lo que más debo comprender. Lo que contemplo con más ansia sea lo que tengo con mirar con más atención.
La noticia que parará los rotativos internacionales sería que este amante de los hombres debería, simplemente, amarlos mejor.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Los Nazis y Las Películas


El cine creció en el mejor y el peor de los tiempos, parafraseando a Dickens.
En los años veinte y treinta del siglo pasado, fue cuando el invento de feria se transformaba en el poderoso medio de comunicación que hoy conocemos.
Y, en aquellas décadas, irrumpían las vanguardias artísticas y el glamour de las formas, quienes ribetearan de imaginería y cultura a las imágenes del cine. 
Pero bien lo sabemos: también fue la era del fascismo y la inevitable llegada de otro colapso bélico internacional.
El cine encontró su mayoría de edad frente a los nazis y la Segunda Guerra Mundial, que se convertirían en temas recurrentes, para entender lo que había sucedido, para contarlo al público, para adornar dramas y, en definitiva, para servir de trastienda y contrapunto a muchas de las películas más aclamadas.

Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en "Casablanca"

El cine demostró su poder durante ese proceso histórico y encontró tres de sus valías: el escapismo, la propaganda y la capacidad testimonial. 
Las mejores películas alemanas de los años veinte contaron la pavorosa situación del país, a golpe de expresionismo. 
Las grandes obras de Murnau, Lang o Pabst nos traen la decadencia en todos los estratos de un país sacudido por la humillación y la crisis económica, donde los valores se hundían en el sumidero, mientras surgían las ideas totalitarias como terrible respuesta.

"El Último"

Ya en los años treinta se consideró que el aparato de las imágenes en movimiento era mucho más que entretenimiento; podía influir en los espectadores y era capaz de cambiar la opinión pública. ¿Era posible que el cine también declarase la guerra?
Alemania, ya bien ribeteada de nazismo, señaló con el dedo a "Sin Novedad en el Frente" como la película de Hollywood a detestar, esa que osaba retratar la Primera Guerra Mundial desde el punto de vista de los alemanes y además se preciaba en lanzar un sentido discurso pacifista.
Hitler la colocó en su lista de películas prohibidas y Hollywood, como imperio económico, decidió andar con cautela en torno a lo que ocurría en Europa Central. 
Se ha publicado recientemente un libro que habla de ese tácito colaboracionismo, que sacrificó ataques directos contra Hitler por un estreno en condiciones y una taquilla saneada en Alemania y países simpatizantes.
A Hitler le encantaba el cine y, cuando vio "Metrópolis", la llamó su película favorita. 
Era una producción fastuosa, hoy convertida en la obra icónica del cine mudo, que expresaba una ingenua apuesta por la reconciliación interclasista, asunto que deleitaba a los nazis. 

"Metrópolis"

La producción de "Metrópolis" también expresó la separación de la sociedad alemana en cuanto a sus nuevos dirigentes: la guionista Thea Von Harbou era una nazi entusiasta, mientras el director Fritz Lang no tardaría en hacer las maletas.
La UFA, productora del cine germánico, devino en campo de operaciones de la propaganda del Partido Nazi y el mismo Goebbels supervisaría colorines como "Munchausen", que reconvertía la historia del loco viajero en el periplo de un súperhombre inasequible al desaliento.

"Munchausen"

El documental conocía obras maestras de la manipulación, gracias a Leni Riefenstahl. 
Títulos como "El Triunfo de la Voluntad" y "Olympia" son bellezas estéticas de ideología aberrante, que tienen hoy una valía nunca antes encontrada en la Historia hasta el invento del cine: la posibilidad de ver las crónicas de los vencidos.

Leni Riefenstahl

Hollywood se posicionó en el conflicto del bando aliado cuando las cosas empezaron a ponerse feas, aunque aun en una película de 1940 como "Tormenta Mortal" se observa cierta timidez. 
Aunque trata la persecución étnica de los nazis y éstos son tratados como villanos, se evita utilizar la palabra "judíos", diciendo "no arios".

James Stewart y Margaret Sullavan en "Tormenta Mortal"

Tras Pearl Harbor, se acabaron las medias tintas y el nazi vivió su camino a la consagración como el villano definitivo en las películas norteamericanas. 
En principio, con clara vocación propagandística; con el tiempo, como un recurso dramático.
Como la sociedad, el cine norteamericano se fue enterando de los trapos sucios del nazismo de manera paulatina a lo largo de los años cuarenta. Desde ser el enigmático enemigo en la sombra a revelar como el cerdo psicópata y gasificador, sólo fue cuestión de desmantelar los campos de concentración.
Cuando las cámaras de gas de Auswitchz ocuparon primera plana, ya vencidos los nazis, Orson Welles se interesó por comprender las derivaciones del asunto y dirigió "El Extraño", la única película suya que fue un éxito de taquilla.
En ella, se habla por primera vez del nazismo como un cáncer arraigado, que no se solventaría con un armisticio y había que seguir tratando. 
Orson interpreta a un dirigente alemán huido, enmascarado tras la plácida fachada de un maestro de pueblecito yanqui. 

Orson Welles en "El Extraño"

"El Extraño" se hacía todo un clásico de la paranoia, a medida que se descubrían nazis en sitios insospechados y se imponía el juicio de Nuremberg para ajustar debidas cuentas.
Fue "Roma, Ciudad Abierta" la obra cinematográfica que hizo sacudir al mundo, porque hablaba de las víctimas a pie de calle del fascismo, ese brazo ejecutor y depravado que disparaba primero y no preguntaba nunca. 

Anna Magnani en "Roma, Ciudad Abierta"

Hollywood calcó ese esquema a su gusto; el nazi quedaba aislado de la realidad, sólo se entendía como el villano supremo e irredimible, cuya maldad moría cuando él lo hacía. Esa visión del fascismo tiene una considerable vigencia, la de entender al nazi como un alien.
Serían los directores europeos de izquierda de los años setenta quienes hablaran de las múltiples aristas del fascismo, que tuvo muchos responsables, que pervive en muchas políticas, que puede repetirse, que quizá resida dentro de nuestra más oscura naturaleza.

Ingrid Thulin y Dirk Bogarde en "La Caída de los Dioses"

En la operística "La Caída de los Dioses", Visconti señalaba a la burguesía aristocrática como la culpable del florecimiento del nazismo en los años treinta, entre su sed de poder y su decadencia moral. Se los retrata como pervertidos sexuales y depravados tiburones, que entendieron a los nazis como los ideales perros de presa hasta que éstos los devoraron.
Vittorio de Sica articuló otra responsabilidad, más inquietante: no hacer nada. 
Una acaudalada familia judío-italiana es incapaz de reaccionar frente a lo que ocurre y su idílico jardín, antes infranqueable, será sólo el testigo de su espantosa abulia, que los condenará a los campos de concentración, sin que su estatus social pueda evitarlo. 
Sucedía en la brillante "El Jardín de los Finzi-Contini".

Dominique Sanda en "El Jardín de los Finzi-Contini"

Bernardo Bertolucci ofrecía "El Conformista", una de las películas más hermosas de la Historia del Cine, donde se entiende el fascismo como la espantosa moda de una era, a la que se apuntaron muchos al considerarla como "normalidad".
Para un protagonista con un grave conflicto psicosexual, hacerse brazo armado de la política en boga será la manera de ocultarse y ser aceptado.

Stefania Sandrelli y Jean-Louis Trintignan en "El Conformista"

En el cine norteamericano, se tomó nota y brindó "Cabaret", donde se imitaba el estilo de "La Caída de los Dioses", entendiendo la sociedad alemana de los años treinta como un paraje de desolación económica, gamberrismo institucional, disparate estético y disipación moral.
La sexualidad bizarra y sin límites atribuida al nazismo reaparecía en "El Portero de Noche", donde la parafernalia nazi quedó asociada al sadomasoquismo. 
Lo fascista se hacía fetiche y muchos clásicos del cine erótico han jugado con esa fría violencia como recurso explotativo.

"El Portero de Noche"

Si el nazismo ha servido para fustigar la sensibilidad del público - "Marathon Man", "La Decisión de Sophie" -, escasas son las miradas a una realidad incómoda: el colaboracionismo.
La colaboración puede ser activa, pero triunfa cuando es por omisión. La ascensión de líderes tan terribles fue posible sólo porque alguien cerró la ventana y se desentendió de lo que ocurría.
Así nos los contó "Lacombe, Lucien", de Louis Malle, donde un adolescente francés se convierte en perro de los nazis como modo de crecer; la película retrata la idea fascista como un instinto ancestral del ser humano, la necesidad de poder, de cazar, de aprehender un mundo que no entiende.

"Lacombe, Lucien"

Y "El Tambor de Hojalata" nos ilustra el nazismo como parte decisiva de la vida de toda una generación, que llegó incluso hasta el umbral de las personas que se negaron a madurar y saber exactamente qué narices estaba ocurriendo.

"El Tambor de Hojalata"

Existen tantas películas sobre el nazismo y los nazis que puede entenderse su problemática como en el mejor libro de Historia.
Y, todavía, las miradas suelen ser superficiales o maniqueas, como en el caso de "La Lista de Schindler", una película cinematográficamente impecable, si bien depositada en manos de un director ingenuo que sólo es capaz de retratar lo sucedido como una dicotomía entre buenos y malos, entre brazos ejecutores y cuerpos desnudos que corren. 
"La Lista de Schindler" da una imagen escrupulosa del Holocausto, aunque no expresa nada: cambia la verdad de su personaje principal para hacerlo un héroe - Spielberg no podría abordarlo de otra manera - y se apoya en los colores y las trompetas para rematar la obra. 
Es curioso que una película tan buena sea, por otra parte, tan equivocada.

Liam Neeson en "La Lista de Schindler"

La frivolización del nazismo, el fascismo y el Holocausto pasa precisamente por opinar mucho y no saber gran cosa. 
Su insistencia en las imágenes y los argumentos de películas, series y documentales no ha sido siempre garantía de verdadera intención testimonial, sino más bien aval de su confirmación como un accesorio más de la cultura de masas.
Es quizá lo que expresa Tarantino con "Malditos Bastardos": el nazismo en pantalla popular no es más que un pulp fiction. 
El avispado Quentin hasta le cambia el final al asunto para dejar KO a esas audiencias que se creen muy cultas por saber que Hitler no murió así.

"Malditos Bastardos"

Cualquiera que piense un poco debiera saber que el nazismo es mucho más que la estrategia narrativa para que se odie automáticamente a un personaje. 
Es la gran advertencia de la Historia, que no nació con Hitler ni murió con él. Amaneció de una crisis económica, se nutrió de la vanidad humana y creció con la connivencia de los más poderosos.


En cualquier caso, acertada o erróneamente, las películas contaron el mayor desastre del espíritu humano desde todos los puntos de vista y la sociedad se enteró de lo que había sucedido.
Por ello, el cine, que una vez fue parte decisiva de la Historia, tendría que serlo otra vez y narrar con la misma energía y denuncia lo que pasó después, lo que vino más allá, lo que ocurre hoy. Lo que sabemos y lo que ignoramos de nuestros días y nuestras existencias.
Una imagen vale más que mil palabras, mil imágenes cambian el mundo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Voz y Oro de Barbra Streisand


La nariz de las pantallas, la señorita inasequible al desaliento, la importancia despuntada al fuego de milagrosa cuerda vocal. 
"Cuando yo canto, la gente se calla", resumióse Barbra Streisand.
Voz de oro, más reputada, perseguida y admirada que ninguna otra mujer cantante del siglo, Barbra combinó su extraordinario talento con una voluntad de hierro desde el primer día.
A salvo de catástrofes, de escándalos, de otros peligros de la fama,  Barbra Streisand se cuenta como la decisiva victoria de la personalidad, que, a fuerza de críticas, sólo se ha reafirmado.


Ante cualquier consideración, no hay duda de que Barbra es una diva de pies a cabeza, con todo lo que significa. 
Es ególatra, apabullante y parodiable, desde sus gorgoritos hasta sus largas uñas que acarician a sus amados compañeros de reparto, a los micrófonos y a las cámaras cinematográficas.
Polifacética, inquieta, celosa de su propia imagen, aterrorizada de ciertos escenarios, siempre esperada en eternos regresos, la Streisand vive.
Barbra es ese tótem del entretenimiento, ese nombre de la cultura pop, que no sucumbe a las modas y aún ocupa un espacio tan inverosímil como considerable en los éxitos discográficos.


El cine es la sombra alargada que se proyecta sobre ella, aquello a lo que llegó tarde y aquello de lo que se fue pronto, mientras se dice más cómoda en los estudios de grabación, donde se recoge su voz, exuberante, cálida, neoclásica, imposiblemente emocional.
Voz que se ha hecho más grave con el tiempo, pero continúa asegurándole el cetro de reina indisputable.


Barbra Streisand se cuenta en función de una saga rags-to-riches, tal como se imaginó desde niña, fraguada en el deseo de ser como Judy Garland.
Barbara Joan Streisand nació en el hervidero judío del barrio neoyorquino de Brooklyn; a los quince meses, su padre murió, dejando a la familia en la pobreza.
Los años eran difíciles, mientras Barbara crecía y acudía finalmente a la yeshiva de Brooklyn, donde completó sus estudios y definió pronto sus constantes artísticas.
Su voz se educó en clases, pero sobre todo, maduró en nightclubs, a donde fue llevada y traída durante sus años de adolescencia. Los locales donde creció como artista eran frecuentados por hombres homosexuales, público potencial desde entonces.
Desde el circuito gay de Greenwich Village, las noticias de la vibrante Barbra se hicieron llegar hasta las puertas del gran negocio del espectáculo. 
Barbara, no. Barbra, dijo ella, sustrayendo una letra. No quería cambiarse el nombre pero, a la vez, lo detestaba. En su proverbial necesidad de ser única, se comió una "a".


En Broadway, televisiones y radios, se oyeron los trinos de la joven Streisand con mucha admiración y fue una sensación inmediata, vivida a lo largo de la década de los sesenta.
Su encuentro con Judy Garland dejó entre sordos y emocionados a los espectadores, que sólo quisieron más Barbra. La televisión se rindió a darle especiales, mientras irrumpía en conciertos tan memorables como el Happening en Central Park.
El estilo musical de Barbra siempre ha sido devoción retrófila, pero la distinción fue el físico, que se decía intacto y hablaba de orgullo judío y también de declaración feminista. 
Barbra era especial, una niña que lo sabía todo, incluyendo lo mucho que valía.
La invitación para Hollywood se coló bajo la puerta y, nerviosa y decidida como acostumbra, se lanzó hacia su primera película: un biopic musical de Fanny Brice, legendaria cómica de Broadway.

Con Omar Sharif en "Funny Girl"

En la escena que daba comienzo a "Funny Girl", Barbra aparecía en pieles, se miraba al espejo y decía:
- Hola, maravillosa.
Se metió al público - especialmente, al femenino - en el bolsillo desde el pistoletazo de salida, y "Funny Girl" fue un compendio de su ductilidad. Cantaba, bailaba, era graciosa en sus líneas y lloraba por amor cuando tocaba. William Wyler aseguró que, a efectos prácticos, la película la había dirigido Barbra.
Esta completísima interpretación de show-woman recibió la esperada ovación y el Oscar a la mejor actriz.


La Streisand se subió al escenario del Grauman y le dijo a la estatuilla: "Hola, maravillosa".
Se iniciaba esa relación amor-odio que Barbra ha tenido siempre con los Oscars.
En el público, aplaudía Elliot Gould, primer marido, padre de su hijo Jason y quien la acompañara esos primeros años de la Streisand en Hollywood.

Con Elliot Gould

Si bien "Funny Girl" fue un triunfo, los dos musicales que protagonizó a continuación - "Hello, Dolly!" y "On A Clear Day I Can See Forever" - decepcionaron en taquilla y deslizaron la posibilidad de que la romántica Barbra quizá había llegado demasiado tarde a un cine cambiante.

Con su hijo Jason, en el set de "Hello, Dolly"

Cayó de pie y se auguró una Streisand distinta durante la década de los setenta, erigida como una de las estrellas feministas de aquellos años. 
Barbra controló muchas de sus nuevas películas y mutó de ser la nueva Judy Garland a simplemente Barbra Streisand.
Ryan O'Neal la definió entonces como "la persona más pretenciosa de Hollywood".

Con Ryan O'Neal en "¿Qué Me Pasa, Doctor?"

Precisamente junto a Ryan, demostró su impecable timing para la comedia en "¿Qué Me Pasa, Doctor?" y, dos años después, ofreció una interpretación memorable frente a Robert Redford en el melodrama recapitulativo "Tal Como Éramos".

Con Robert Redford en "Tal Como Éramos"

Su interés por modernizarse fue más benigno en el cine que en la música, donde su voz lucía inapropiada cuando se la aventuraba en tentativas más rockeras o disco. 
Apostó por volver al terreno donde estaba más cómoda con "The Broadway Album" y recuperó la ovación acostumbrada.
Pero fue su colaboración con Barry Gibb quien le diera uno de sus éxitos más resonantes, "Guilty", que contenía el temazo del siglo: "Woman In Love".
Los fracasos comerciales que supusieron "The Main Event" y "All Night Long" la divorciaban relativamente del cine a finales de los setenta y, de hecho, sólo ha intervenido en seis películas desde entonces.
Pese a la chulería que demuestra continuamente, Barbra es una artista insegura en muchos terrenos. Durante años, ha dicho que no a muchas aventuras y tiene pánico a cantar en directo. 
En una ocasión, dijo que su egolatría era sólo la máscara que se había puesto desde temprana edad para ocultar sus miedos viscerales.
Aún así, en 1982, venció el obstáculo más importante y cumplió un sueño largamente perseguido: ponerse detrás de las cámaras.


"Yentl", historia de una niña judía que se hace pasar por hombre para estudiar en un universo ancestral, fue un debut impresionante, por su delicadeza escénica y pulso narrativo, aunque la película, netamente Streisand, dividió a la concurrencia de manera inevitable.
Ganó el Globo de Oro como mejor directora, pero la Academia omitió su nombre en la tanda de nominaciones.
"En Hollywood una mujer puede ser una actriz, una cantante, una bailarina. Pero que no sea mucho más", diagnosticó Barbra, con toda la razón de mundo.
Con "Yentl", se convertía en la primera mujer de la Historia que dirigía, producía, escribía y protagonizaba una película. 
Y cuando la cámara miraba, iniciática, a Mandy Patinkin con deseo y delectación, cualquiera comprende porqué no debe ser la última.

Con Amy Irving y Mandy Patinkin en "Yentl"

A excepción de su esforzada interpretación de "Loca", los años ochenta se encontraron con Streisand en páginas de revista, en labores de activismo y en sus citas discográficas.
Serían los noventa tiempo para un comeback a todos los niveles.
Volvía a la dirección con el drama "El Príncipe de las Mareas", demostraba su poder e influencia colocando a Clinton a las puertas de la Casa Blanca y, por primera vez en mucho tiempo, decía que sí a un concierto.
Llamado, sin más preámbulos, "The Concert", fue un éxito fabuloso, que revitalizó su figura y su voz en retinas y oídos. 
La acusaran de azucarada, tenía un público constante, que le perdonaba sus excesos y hasta los celebraba. Trinaba la Streisand, ganaba más fans.
Y su reputación como icono gay estaba fuera de toda duda.


En 1996, volvía por tercera - y hasta ahora, última - ocasión a dirigirse a sí misma en "El Amor Tiene Dos Caras".
Era la apoteosis de Barbra, donde, una vez más, un actor buenorro le dice en una escena que es guapísima, mientras le sujeta con delicadeza su picassiana faz.
La película es tal desmadre streisandesco que es inaguantable hasta para muchos de sus fans; por ejemplo, servidor.
Por entonces, y a rebufo del estreno, se nos relataba su amor decisivo con James Brolin.
Barbra, reconocida seductora, quien tuviera notorios romances con señores muy atractivos, decidía sentar la cabeza y decir "sí, quiero" por segunda vez, con miras de disfrutar los años de madurez al lado del canoso Brolin.

Con James Brolin

Desde entonces, salvo irrupciones inesperadas en comedias, Streisand se afirma como criatura de micrófonos, media melena y uñas, siempre uñas.
Se hace de rogar como es costumbre, pero ahí que publica discos, allá que revienta las taquillas de sus celebrados conciertos, acullá que vuelve a los Oscars.
En una ocasión, para darle el premio a Kathryn Bigelow, la primera mujer directora en recibirlo. En la última, para cantar "The Way We Were" en homenaje al fallecido Marvin Hamslich, bordador de gran parte de su repertorio.


Muchos la cuestionan, otros la imitan, se cuenta que es cursi y blanda en todo lo que gorgoritea. Pues sí, ¿y qué?
Sus admiradores también consideramos que es una diosa de la escena, un astro de la música, una actriz maravillosa y una cuestión sentimental, a la que colocar cualquier epíteto de grandeza no es suficiente.
Por favor, ponme "He Touched Me" ahora mismo y, si no me levanto de la silla en la última estrofa, es que estoy muerto.


 "Soy sencilla y compleja, generosa y egoísta, fea y bella, perezosa y emprendedora", se definió.
Barbra Streisand es también la imagen de una señora que no cambia para agradar a nadie en particular, ni en su físico ni en su manera de ser. Su admirable autenticidad no reside en sus orquestadas melodías, sino en su fidelidad a sí misma.
Y en quererse mucho, claro. Se sabe que el primer fan de Streisand es Streisand.
"Oh, Dios, no me envidies. Yo también tengo penas", dijo, mirando al Cielo, bien segura de su deidad.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Jamie Dornan


La elección de Christian Grey ha tenido un nivel de suspense y controversia que no se recordaba en Hollywood desde los tiempos de Escarlata O'Hara. 
¿La notable diferencia? Todas las actrices soñaban con ser la O'Hara, mientras todos los actores han salido huyendo como alma que lleva el Razzie de eso llamado "Cincuenta Sombras de Grey".


A menos que cuente usted con un guionista con libertad o un director genial, de libros malos salen malas películas. 
Y me consta que, de un libro espantoso - quizá llamarlo libro sea exagerado -, se engendrará otro peldaño más hacía el vacío; esa escalera al abismo que, aunque cueste creerlo, el cine comercial todavía nos demuestra que no ha recorrido por completo.
El casting final ha esclarecido que es una película para hacer famosos a sus protagonistas, mientras el proyecto se construye y materializa con intenciones de complacer a las lectoras, propiciar saga y que suceda exactamente lo mismo que con las novelas: todo el mundo dice que son una mierda y se consumen como si fueran diamantes.


Aventuro que "Cincuenta Sombras de Grey" revitaliza algo que, tras la democratización del porno, se creía perdido: el interés por el "libro sucio". 
La literatura erótica tiene augustos referentes, aunque, buena o mala, siempre se acudía a ella por la curiosidad, eso que mueve ahora a devorar este nuevo humo, que ha encontrado inevitable adaptación cinematográfica. 
Ya ha movido fecha de estreno para aumentar la intriga; se vería el próximo verano en principio, pero los responsables han pensado que es una date movie y los chicos llevarán del brazo a sus novias el día de San Valentín de 2015.
Será cuando los espectadores tortolitos observen en pantalla que es hora de salpimentar sus camas con un poco de violencia teatralizada.


La necesidad de que te aten con la corbata, te traten como una puta y te la metan por el culo me parece muy respetable - al escribir esto, me han entrado ganas a mí -, pero "Cincuenta Sombras de Grey" viste de femenino aquello que, en otros empeños, se acusa de machista. Es decir, no es más que el resultado de amanerar una fantasía extraída directamente del más rancio y menos imaginativo porno heterosexual. Y, para colmo, está escrito como el mismísimo ano.
En estas novelas de medio pelo, el responsable no sólo es un maestro en ataduras y cadenas, sino que además debe ser rico, tener estilo y estar súper bueno, nivel chico de anuncio. 
Que hayan elegido a un modelo británico para incorporarlo me parece inspiración divina. 
Si en las adaptaciones de las viejas novelas de Jacqueline Susann se elegían inadvertidamente a los actores más inexpresivos para protagonizarlas, ahora se elige a un guapo de Calvin Klein, que abulta en calzoncillos, mira a cámara con impostada vulnerabilidad y se deja barba de tres días para rematar.


El Entertainment Weekly nos daba la primera foto promocional al respecto y la cosa pinta seductoramente basuresca y basurescamente seductora, con Dakota Johnson mirando con la tierna fragilidad de su madre - Melanie Griffith - y Jamie Dornan rodeándola entre sus amenazantes brazos, de cuyas manos cuelga la inconfundible corbata. 
Los amantes del verdadero trash queremos que la película sea graciosa; quizá tendremos que conformarnos con que no aburra a las piedras.


Todos lo dicen: Jamie es un chico realmente atractivo. Demasiado delgado para mi gusto, aunque cuesta apartar la mirada de él. 
Mejor para ese papel y esa película que Charlie Hunnam, el original elegido, cuya espantada me parece digna de comedia loca. Lo veo saliendo de ese rodaje, agarrándose los pantalones en plena carrera y con música de Benny Hill.
Charlie se fue, las fans respiraron tranquilas y, pese a que lloraron por Matt Bomer, la decisión irrevocable se llamó Jamie Dornan. De manera inmediata, se le buscó en el Google Imágenes mucho más que en el Imdb.


A Dornan se le puede encontrar en mil anuncios de moda, aunque ya dio un debut llamativo como el Conde Fersen de la "María Antonieta" de Sophia Coppola, película para la que también se necesitaba belleza de anuncio de fragancias. 
Por entonces, también se le dirigía el ojo y objetivo a Jamie Dornan, porque estaba ennoviado con Keira Knightley, otra criatura de reconocido metabolismo acelerado. Duró unos años y quedaron pastos más verdes.
El pasado abril, Jamie se casaba con la también actriz Amelia Warner.


Reconozco que llamóme la atención el bello Jamie desde "María Antonieta" y he tenido breves oportunidades catódicas para reencontrame con él. 
Fue sheriff en "Once Upon A Time" durante varios episodios y, si yo sostenía que los asesinos son cada vez más atractivos, "The Fall" fue el último e inenarrable ejemplo cuando pone a este sexy barbado a matar morenitas pechugonas, también con parafernalia sadomasoquista de por medio.


Es congruente que esa interpretación de buenorro peligroso haya sido ticket y pasaje para Christian Grey, el multimillonario cool que enseña su miembro viril a Anastasia Steele y ella sólo puede decir:
- Madre mía...


"Madre mía" dirá Jamie cada vez que llega a Belfast, su lugar de nacimiento hace treinta y un años; me cuenta la Wikipedia que Dornan es primo segundo o tercero de Greer Garson, la misma que seguro elevaría la ceja con aquella nobleza de qualité que se gastaba ante la lectura de "Cincuenta Sombras de Grey".
De momento, su monísimo primo se prepara para soportar estoicamente un bombardeo que ni la Señora Miniver. 
Me cae bien Jamie, así que sólo deseo que sea leve y para bien.