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martes, 1 de julio de 2014

La Comedia Según Carole Lombard


Magnífico encuentro de cerebro y hermosura, Carole Lombard despuntó como la perfecta personalidad femenina de los años treinta.
Desde inadecuados papeles que la desaprovechaban hasta alcanzar el puesto de la actriz mejor pagada de su época, la Lombard encontró la receta en ser ella misma, guiada desde el momento en que se despejó la incógnita e irrumpió su especialidad: la screwball comedy.
El público la reconoció por aquellas ocasiones en las que interpretaba a adorables tarugas de voz desafinada, que hacían reír en sazonados disparates; sus personajes se despeinaban, gritaban de miedo y corrían de habitación en habitación.
Siempre sin perder un dorado ápice de su platina cabellera ni de resultar irresistiblemente romántica.


Aunque identificada con las risas, Carole era mujer de talentos y transitó entre comedias y melodramas donde se las arreglaba para combinar presencia regia con gesto doméstico.
Carole Lombard, en muchos sentidos, es una rareza y un icono de protofeminismo.
"He vivido bajo un código masculino para encajar en un mundo de hombres, aunque al mismo tiempo nunca olvido que el primer trabajo de una mujer es elegir el correcto color del pintalabios".
Quizá esa frase resuma su imagen, entre chica glamourosa y de señorita relajada, de maneras un tanto masculinas y aficiones deportivas. Así, la ideal pareja del más macho de Hollywood, Clark Gable, que se enamoraría locamente de ella y no pararía hasta convertirla en su esposa.
Como las más fabulosas historias de éxito y sonrisa, el revés del destino esperaba artero y el tiempo arrebataría la posibilidad de más Carole Lombard, entre noticias de accidente y el estruendo de la tragedia.


Nuestra historia comienza en Indiana donde nació Alice Jean Peters, hija de un matrimonio acaudalado. La familia conoció menos riqueza cuando el padre decidiera divorciarse y la madre agarrara a los niños para instalarse en Los Ángeles.
Sería el director Allan Dwan quien escogiera a la niña para su primera película, un pequeño papel de debut a los doce años.
La breve experiencia picó la curiosidad de madre e hija y, mientras se sucedían pruebas infructuosas y puertas cerradas, creció Alice Jean entre la voluntad de convertirse en una actriz, de nombre Carole Lombard.
Los inicios de Carole Lombard fueron irregulares y, de hecho,  tardaría un par de décadas en conjugarse con una personalidad consistente.
Por entonces, era socorrida damisela ingenua en aventuras silentes que la entendían de bonito adorno, aunque siempre señaló su época con Mack Sennet como el principio de su importancia como cómica.
Entre tropiezos y contratos terminados, llegó el sonoro y la voz ronca y sexy de Carole le sirvió para perpetuarse, tanto como su nuevo estilo flapper, más agresivo y acorde con los tiempos.


Sería por aquellos primeros años treinta donde se tropezaría con los dos hombres de su vida y sus dos maridos.
En primer lugar, William Powell.
Formaban una pareja explosiva: ella, deslenguada, extrovertida, amiga de todo el mundo; él, suave, distinguido, distante.
El matrimonio duró lo que dura una idea descabellada: era genial verlos juntos, pero todos entendieron que aquello estaba condenado a acabar.


Si el matrimonio con Powell la puso en boca de los mentideros hollywoodienses y aumentó su popularidad, también fue instrumental el éxito de "No Man Of Her Own", drama romántico que la emparejaba, por primera y única vez en pantalla, con Clark Gable. 
Se cuenta que entonces no hubo entre los actores la pasión que florecería años después, aunque los buenos números en taquilla por verlos juntos quizá decían lo que Clark y Carole todavía no sabían.

Con Clark Gable en "No Man Of Her Own"

Pero, ¿cuándo nació Carole Lombard, la que todos amaron y amamos?
Sucedió en 1934, cortesía de Howard Hawks y "Twentieth Century", emblemática comedia loca sobre los egos artísticos, donde Carole se vio las caras con el divo John Barrymore.
Hawks y Barrymore le sugirieron a Lombard que parase de actuar y se dejase llevar.
"Una chica maravillosa. Loca como una cabra", diría el director, tras la experiencia.

Con John Barrymore en "Twentieth Century"

La vanidosa actriz de "Twentieth Century" fue la primera encantadora gilipollas que Lombard ofrecería al cine.
Screwball comedy, decía el cine para Carole Lombard, y así, sus frecuentes heroínas se movían en glamourosos escenarios art-decó listos para el caos, la histeria y demás delicias de los mejores momentos de humor cinematográfico jamás vistos. 
Trabajó para los mejores y junto a los más dúctiles, mientras su caché ascendía sin detenerse.

Con Fred McMurray en "Hands Across The Table"

Su cumbre en la screwball fue, por supuesto, "Al Servicio de las Damas". 
Gozosa de volver a encontrarse con su ex-marido y sin embargo amigo, William Powell, Carole compuso a la perfección a la niña de Park Avenue que asume como misión vital la de proteger a un vagabundo y convertirlo en su mayordomo. 
Las risas estuvieron servidas y también, por primera y única vez, la nominación al Oscar.

Con William Powell en "Al Servicio de las Damas"

Al año siguiente, su nueva pareja era el bello Fredric March en otra lunática y aguda sátira, "La Reina de Nueva York" (Nothing Sacred), en la que Carole interpretaba a una pobre aldeana que le encuentra la sazón a hacerse famosa con el cuento de un falso envenenamiento.

Con Walter Connolly y Fredric March en "La Reina de Nueva York"

Por toda esa sucesión de niñas bobas, fue precisamente a cuenta de Carole cuando empezó el estereotipo de la "rubia tonta", ironía al nacer de una señorita muy lista.
Clark Gable fue quien entendió a Carole mejor que nadie y sólo pensaba en ella. 
Lombard le prestó "Lo Que El Viento Se Llevó" a Gable con la intención de que hicieran la película juntos. Él no quería leer la novela, sólo le pidió una cita. Al día siguiente, la amaba. 
Ella le dijo que votara a Roosevelt. Él se la llevó al campo, le enseñó a pescar y se lo pasaron en grande cuando se compraron un rancho para el tipo de vida tranquila y de espacios abiertos que deseaban.


Para conseguir a Clark, había que casarlo con Carole, pensó David O. Selznick.
Cuenta la leyenda que Gable aceptó finalmente el papel de Rhett Butler para que los jerarcas de Hollywood le ayudasen a divorciarse de su reticente esposa.
En 1940, Clark y Carole, por fin, se casaron.


Por entonces, ella se confesaba necesitada de un Oscar y, como muchos intérpretes, ponerse seria y llorona parecía la respuesta.
La publicidad señalaba que ahora "Carole llora" cuando anunciaron "Made For Each Other", donde se unía a James Stewart en una historia de cuatro pañuelos sobre un matrimonio pobre y sus esfuerzos por criar a un bebé.

Con James Stewart en "Made For Each Other"

Al año siguiente, Carole se vestía de enfermera para otro melodrama:"Vigil In The Night".
Aunque recibió buenas críticas, la Academia ignoró ambos trabajos y, de manera más decisiva, el público no apoyó a la dramática Lombard.

"Vigil of the Night"

Decidida a volver a su mejor registro, llamó a Alfred Hitchcock para que la dirigiera en su retorno a la screwball con "Mr. & Mrs. Smith" (Matrimonio Original), una de las obras más atípicas del genio. 
Lo importante es que Carole reía de nuevo y las plateas lo hacían con ella.

Con Robert Montgomery en "Mr. & Mrs Smith"

Actriz excitante y demandada como pocas, Carole prestó su imagen y valentía a la venta de bonos de guerra a lo largo de todo el país, desde el momento en que éste intervino en el conflicto internacional.
La cosa se las dijo de obsesión y la Lombard y su séquito llegaron a recaudar millones en una sola noche.
A la vuelta de una de sus giras, la madre de Carole dijo que prefería tomar el tren. Carole quería viajar en avión. Se lo jugaron a cara o cruz.
Antes de subir al avión, Carole Lombard, rodeada por los periodistas y los seguidores, dijo: "Antes de deciros adiós a todos, vamos, uníos a mí en un gran grito: ¡V de Victoria!".
Fue las últimas palabras que se le oyeron. Sobrevolando Nevada, el avión se estrelló contra una montaña y no hubo supervivientes.
Carole tenía 33 años.


Las noticias se vistieron de desolación, pero el mundo casi se parte en dos cuando se vio a Clark Gable en el funeral. Estaba roto. Tras intentar suicidarse, se alistó y se fue a matar enemigos en la guerra. 
Volvió, estuvo con otras mujeres, pero nunca fue el mismo, ni como actor ni como persona.


Hollywood guardó luto riguroso ante la aciaga muerte de una de sus más selectas damas. Quedaba un título en la recámara: "Ser o No Ser".
En su película póstuma, Carole brillaba como Maria Tura, la actriz polaca que se las ingenia para interpretar la comedia de la vida en frente de un hatajo de nazis.
Obra maestra de Lubitsch, "Ser o No Ser" No sólo era un broche de oro para la vida y carrera de Carole: era su mejor película.

"Ser o No Ser"

Dos años después de su muerte, Louis B. Mayer e Irene Dunne botaron un buque Liberty bajo la atenta mirada de Clark Gable.


El buque se llamaba "Carole Lombard" y, como hizo ella, fue derecho a hacer lo posible por aliviar la guerra, rescatando supervivientes en el Pacífico y trayéndolos de vuelta a casa.
Y si visitas algún día la tumba de Clark Gable, mira hacia la derecha, justo al lado, donde él quiso que colocaran sus restos en 1960. 
Ahí descansa Carole Lombard Gable, lloradísima, nunca olvidada.


Tras ofrecer tantas risas de celuloide, quedaron las lágrimas. El precio de la felicidad fue que un día terminase. La comedia de la vida habló de la realidad de la muerte, imprevista, pendiente de arrastrar a los mejores en su indescifrable plan.
Suerte del cine que quedara el recuerdo de la actriz y la estrella, impreso en imágenes y diálogos, allí donde la cabellera de Carole Lombard todavía aparece tan rubia y despelujada como el primer día.
La inequívoca corona de una reina de verdad.

viernes, 17 de mayo de 2013

"Ser O No Ser"


El humor nace de la distorsión de las miserias humanas. 
Y, en "Ser o No Ser", se abrió la posibilidad de que, de la mayor tragedia, devenga la mayor comedia.
Considerada la obra maestra de su director, esta sátira antinazi, estrenada cuando Hitler era enemigo y peligro, no fue bien recibida por el público de 1942 y generó inevitable controversia entre los opinadores. 
¿Podía algo tan serio como la invasión de Polonia ser escenario y contrapunto de una farsa? 
La coincidencia de la muerte de su actriz protagonista, dos meses antes del estreno, tampoco ayudó demasiado a la original exhibición de "Ser o No Ser". El asunto parecía aún menos gracioso bajo el inconsolable luto de perder a Carole Lombard en un accidente de aviación, precisamente cuando la actriz se encontraba sobrevolando el país en campaña para vender bonos de guerra.
Así, la fina disquisición sobre la interpretación y el escenario como espejos reveladores pasó desapercibida ante las tristes coyunturas y sólo el tiempo apreciaría el brillo de "Ser o No Ser".
Aún hoy, "Ser o No Ser" sorprende por su audacia como comedia, por su entidad visionaria sobre las sombras de lo que ocurría en Europa y también por esa combinación entre complejidad discursiva y ligereza argumental.


Una representación en Varsovia de "Hamlet" es el indicador de un adulterio: cada vez que el actor Joseph Tura (Jack Benny) pronuncia el famoso monólogo, un guapo aviador se levanta de su asiento y abandona la audiencia. 
Detrás del ardid, Maria (Carole Lombard), la bella esposa de Tura y su mayor rival escénica.

Jack Benny y Carole Lombard como los Tura

De la frivolidad de las disputas domésticas de los dos divos, llega la realidad. 
La compañía teatral ha de suspender una obra paródica sobre los nazis, porque puede traerles problemas. De mantener la corrección política a sufrir la realidad de la invasión, apenas pasará un instante.
Y la compañía teatral, destrozada como el resto del país, bajo el yugo de los generales alemanes, se verá envuelta repentinamente en una intriga de espionaje. 
Los actores deberán coordinar fuerzas para proteger a la Resistencia polaca y escapar del país. 


La representación y la mascarada serán sus armas para engañar a los nazis, haciéndose pasar por ellos, persiguiéndolos vestidos como ellos, usando su sobreactuación para dar la más exacta interpretación del nazismo.
Porque "Ser o No Ser" concluye que el nazismo es sobreactuación de dramáticas consecuencias; un hinchar de atributos y acciones, encomendado a la hipérbole y la prepotencia. 


Como película esencial de Lubitsch, la realidad y la apariencia es el juego por el que se establece la comedia, donde unos se engañan, otros pactan y todos atraviesan puertas significativas. 
Siempre dentro de un ritmo impecable para una película divertídisima.

Robert Stack y Carole Lombard

Sin embargo, "Ser o No Ser" es la obra más singular de la carrera de Lubitsch, por cuanto aborda una realidad política y no expresa corrosión a través de los escenarios de la alta sociedad, como en la mayoría de sus films precedentes.
En "Ser o No Ser", la coartada lujosa es un minuto entre la soberana ruina de sus personajes, que se visten con trajes, brindan con champán y saludan marcialmente, mientras lo han perdido todo y viven en pequeños apartamentos con tristes estufas.


"Ser o No Ser" parece un ajuste de cuentas de Lubitsch consigo mismo, como si bajara a la Tierra más que nunca, y mirase a su Europa de origen con preocupación, allá de donde escapó a principios de los años treinta. 
Su comentario sobre el nazismo es perfecto y clarividente. Sabía de lo que estaba hablando incluso antes de que se ventilaran todos los pecados de Hitler y sus perros.

El impagable Sig Ruman como el Coronel Ehrhardt

Los chistes aún son heladores, desde el mote "Campo de Concentración" que recibe orgulloso un general hasta ese definitivo gag donde un falso Hitler pide a dos aviadores que salten sin paracaídas. 
Es una de esas películas donde es inevitable pensar al momento siguiente sobre lo que uno se acaba de reír. Y otorga la verdad incómoda de que se puede hacer comedia de prácticamente todo.


Además de su significancia cultural y sus formidables ironías, "Ser o No Ser" es también una entrañable oda hacia los actores y el teatro. 
El espectáculo debe continuar, más que nunca en tiempos poco benévolos, cuando la risa y la distracción despiertan a un valor incalculable.
La película da la oportunidad de que los cómicos sean héroes, que sus líneas aprendidas expresen el espíritu humano en lucha por sobrevivir y que sus improvisaciones de última hora salven la función y, con ella, la vida.


"Ser O No Ser" cuenta el teatro y sus telones como esa decisiva imitación a la vida, donde se representa la existencia humana y allá donde se inmortalizan sus valores y desgracias para que la posteridad no las olvide.

martes, 2 de abril de 2013

El Rey Clark


Clark Gable se ganó la corona de rey de Hollywood entre el furor que despertó su imagen y la afortunada sucesión de un puñado de títulos que lo inmortalizaron en retinas y celuloides.
Como los grandes galanes, tenía el sello de la durabilidad escénica emplazado a la misma altura que su dureza personal. 
En su época de gloria, Clark fue el hombre deseado por ellos, que querían ser como él, y por ellas, que se derretían por su sonrisa.
Cuando intentaron etiquetarlo en los estudios, alguien dio con la clave: Clark Gable es como un leñador en traje de noche.


El bigote remarcó sus labios, matizó su sonrisa chulesca y favoreció su estatus de hombre macho. Era el más macho, decían públicos y expertos, cuando lo veían mangoneando a las actrices glamourosas. No había nada más sexy que Clark, más real, más cercano y, a la vez, más ideal. 
Fumaba, miraba de soslayo, era canalla, y de su ceño fruncido, volvía a surgir una sonrisa tierna. Era la calidez nacida de la masculinidad, era la bondad venida de la fuerza.
Clark Gable, el bello de las orejotas, suponía combinación explosiva y, por tanto, sólo pudo entenderse como el rey.
"No soy actor ni lo he sido nunca. Lo que ve la gente en la pantalla es a mí", diría, consciente de que lo suyo fue una cuestión de estrellato.


William Clark Gable nació en algún lugar de Ohio y su tozudo padre lo inculcaría pronto en trabajos y aficiones masculinas, mientras, inesperadamente, surgían inquietudes artísticas entre pozos de petróleo y partidas de caza.
Teatros, rutas itinerantes y clases de dicción se sucedieron para convertir al afónico Clark en el sensual Gable. 
Muchos años pasaron hasta que llegó a Hollywood, junto a su profesora, representante y primera mujer, Josephine Dillon.
Breves intervenciones en el cine mudo no hicieron cuajar las promesas puestas en Gable, que volvería al teatro, donde se ganaría cierta reputación y el indispensable apoyo de Lionel Barrymore.
El cine sonoro vino acompañado de la Depresión y la sequía laboral, aunque una fructífera prueba para la Metro Goldwyn-Mayer lo puso de nuevo en la mira de las cámaras hollywoodienses.


Darryl Zanuck diría que "sus orejas son enormes y parece un mono". 
Las orejotas preocuparon en principio, pero, como Dumbo, Clark terminó por sacarlas al aire, dejarlas libres y convertirlas en su sello de identidad.
Se puso frente a Norma Shearer y al público le entró el calor. Cuando hizo arder a Jean Harlow en "Red Dust", Hollywood se incendió.

Con Jean Harlow en "Red Dust"

El incendiario Gable disparaba líbidos y parecía conseguirlo sin proponérselo; el hombre había llegado para quedarse y la Metro ya no tuvo ninguna duda de quién iba a ser su galán de cabecera.
Los años treinta se dijeron espectaculares para Clark Gable, que se convertiría en uno de los emblemas de la época. 
No es posible contar la Depresión sin los héroes de Clark, sin su fleco despeinado, sin su mirada de desconcierto, sin sus inconfundibles mohínes, sin su imprescindible mostacho.

En "San Francisco"

Prestado a la Columbia, Gable aceptó a regañadientes el papel de Peter Warne, el periodista acabado que se topa con una heredera a la fuga y, por supuesto, se enamoran.
La película se llamaba "Sucedió Una Noche" y de proyecto modesto se convirtió en señor clásico. 
Gable se descamisaba en una recordada escena y la leyenda cuenta que todos los chicos norteamericanos no pararon de quitarse la camiseta en 1934.

Con Claudette Colbert en "Sucedió Una Noche"

Clark perdió la camiseta, pero ganó el Oscar, validación a una carrera que no había hecho más que empezar y ya se decía impecable. 


Conquistador nato, Joan Crawford, amante y amiga de por vida, lo recordaría como el mejor en todos los sentidos. 
Pero Gable siempre tuvo ojos para Carole Lombard.
Por entonces, ella también se decía fulgurante. Carole, la bella, la comedianta. Lucharon por estar juntos, y, al final, lo consiguieron en 1939.

 
Sería un año muy especial para Clark, porque se estrenaba la película definitiva. 
Desde que la novela de Margaret Mitchell se hiciese best-seller, los lectores tenían claro que sólo Clark Gable podía ser Rhett Butler en la inminente traslación cinematográfica de aquel "Lo Que El Viento Se Llevó".


David O. Selznick también lo sabía, aunque le costó convencer a la estrella.
Clark se mostraba reacio a participar en lo que consideraba "una película para mujeres". 
Finalmente, dijo que sí, con la promesa de que Selznick y Mayer hiciesen lo posible por agilizar el divorcio de su segunda esposa y así poder casarse con Carole Lombard.
Gable aterrizó como el intrépido, fresco, enternecedor canalla que da besos y lo que no son besos a Vivien Leigh. 
En el rodaje, dijo que no a George Cukor, demandó a Victor Fleming y, cuando le revelaron que tenía que llorar por Bonnie Blue, protestó un día para finalmente soltar las lágrimas que nunca había derramado ningún otro galán de su estatura.

Con Vivien Leigh en "Lo Que El Viento Se Llevó"

"Lo Que El Viento se Llevó" se vistió de anticipación, ganó todo lo que tenía que ganar y Gable se casó con Carole Lombard, con lo más parecido a la felicidad entre las manos. 
Las revistas retrataban su vida juntos. Ella había conseguido que él votase a Roosevelt, él le había enseñado a ella a pescar.
Irrumpía la Segunda Guerra Mundial y, cuando Estados Unidos intervino en el conflicto, Carole Lombard inició una gira por el país para vender bonos de guerra. 
Una aciaga jornada, de vuelta de uno de sus destinos, el avión en el que viajaba Carole estalló contra una montaña.
Era 1942. Clark fue a reconocer los restos de su esposa, organizó el funeral, volvió a casa. Condujo a toda velocidad por carreteras desiertas, buscando suicidarse.
Meses después, apareció en el rodaje de "Somewhere I'll Find You", para darle la réplica a Lana Turner. Estaba delgado y destrozado, pero quiso trabajar. 
Pasó el tiempo, pero todos en Hollywood lo sabían y lo dijeron siempre: tras la trágica muerte de Carole Lombard, Clark no volvió a ser el mismo.


Se alistó en la aviación, quizá para aplacar el inconsolable luto y llegó a formar parte de misiones ofensivas en Europa. Hitler lo adoraba y ofreció recompensa para quien se lo trajese vivo y bien atado.
Terminada la guerra y a su regreso a Hollywood, Clark se sintió insatisfecho con las películas que le ofrecía la Metro Goldwyn Mayer. Cuando acabó su contrato, no quiso renovarlo.
En su vida privada, volvió muchas veces a los brazos de Joan Crawford, llegó a casarse con la socialité Lady Ashley y tuvo rumoreados romances con muchas compañeras de reparto.
Entre ellas, Grace Kelly, de edad suficiente para ser su hija, mientras rodaban "Mogambo" en África, remake de "Red Dust". 
Clark, entendido como perenne, hizo el mismo papel, veinte años despues, con actrices mucho más jóvenes, recurrente fórmula de la época. 

Con Grace Kelly en "Mogambo"

Se hizo más esporádico y exquisito con el tiempo y hasta llegó a crear una productora propia, mientras, entre matrimonios, confesaba que quería ser padre.
"The Misfits", a las órdenes de John Huston, se reveló como una ordalía insuperable. El rodaje, eternizado por los caprichos y ausencias de Marilyn Monroe, fue un infierno desde el primer momento y, además, Clark se demandó unas exigencias físicas impropias para su edad y estado de salud.
Sufrió un infarto como colofón, pero sostuvo que "The Misfits" era la mejor película que había hecho y la única que le había dado la oportunidad de actuar de verdad.

Con Marilyn Monroe en "The Misfits"

La deteriorada salud, incrementada por el tabaquismo y una brutal dieta de adelgazamiento, le cobraron la factura y el corazón.
Era 1960, y Clark Gable moría a los 59 años. 
Su funeral fue silencioso, aunque abarrotado de todos los compañeros de profesión y firmamento, que lo atesoraron como la gran estrella que había sido.
Sus restos quedaron por siempre colocados al lado de ella: su nunca olvidada Carole Lombard.


Al poco tiempo de morir, nacía su hijo, John Gable. ¿Su único retoño biológico?
Allá por 1934, en su año de gloria, Clark Gable protagonizaba "Call Of The Wild", junto a Loretta Young.
Clark y Loretta mantuvieron una relación sentimental bastante ardiente durante el rodaje. 

Con Loretta Young en "Call Of The Wild"

Tras el final de la producción, Loretta huía del país en dirección a Europa, sin aparente motivo.
Regresó al año siguiente y traía consigo un bebé, de nombre Judy, de quien dijo haber adoptado durante su largo viaje.
Cuando le veían las orejas a Judy, los rumores empezaban en Hollywood y terminaban en el patio de la escuela; la niña creció entre la suspicacia y la negativa de Loretta Young a contarle nada.
Cinco años después de la muerte de Clark Gable, Judy se enfrentó a su madre y le exigió la verdad de una vez por todas. 
Entre sollozos, Loretta confesó: Judy era la hija biológica de Clark Gable y Loretta Young, cuyo nacimiento fue escondido en algún lugar de Europa.
Loretta también le recordó a su hija que se iría a la tumba sin confesar la verdad públicamente, porque aquello había sido un pecado mortal.
Judy recordaría entonces una tarde perdida cuando, siendo niña, recibió una visita. Era un hombre a quien sólo había visto en la pantalla de cine. 
Aquel hombre pasó el día con ella, le preguntó por su vida, se interesó por sus juegos y, antes de marcharse para no volver nunca, le dio un beso en la frente.


"Doy a cada papel todo lo que soy, todo lo que fui y todo lo que espero ser", dijo el señor Clark Gable, adorado y repetido.
Nunca hasta la saciedad, porque nunca hay suficiente si el caballero sonríe, si calienta el corazón, si hace mejores a todas las películas, si pone de moda el descamisamiento, si sigue brillando, robando la escena, volviendo la mirada, besando a la O'Hara, besándolas a todas, para besar así al público que quiso coronarlo tantas veces.


Le cantaba Judy Garland aquello de Mr. Gable, you've made me love you. 
Ante el amor, él, por supuesto, sonrió. Sonrió hasta el último momento.