martes, 6 de noviembre de 2012

Our Fair Audrey


La criatura más delicada que puso jamás los pies en Hollywood, Audrey Hepburn era una niña tierna y frágil a la vez, concedida de una fuerza ignota, similar a la que demostraría toda gacela frente al mundo.
Audrey fue sentida e intuida, jamás se dijo obvia ni explosiva. Por ello, se la aclamó como la necesaria antitesís a todas las estrellas femeninas cinematográficas de entonces. 
Adolescente eterna de gruesas cejas, largas piernas y delgadísima figura, su estilo fue una revolución que llegó para quedarse.
La onda expansiva de ese calmo huracán arrecia todavía. Porque se dice, se comenta, se rumorea que la elegancia es sencillamente Audrey Hepburn.


Por supuesto, tal invento nunca habría sido cosa americana, sino fina importación de la Vieja Europa, más vieja y arruinada cuando vio nacer y crecer a Audrey.
Su familia, de veleidades aristocráticas, complicadas genealogías y simpatías nazis, se movia entre Inglaterra, los Países Bajos y Bélgica, país este donde nacería la delicada niña.
"Nací para ser amada, nací para amar", diría mucho tiempo después.
Audrey marcó sus pasos al ritmo del ballet desde que se tuvo en pie, y continuó bailando y bailando, mientras su familia pasaba de la prosperidad a la desgracia, y el mundo, de una paz tambaleante a otra guerra total.


Las simpatías políticas cambiaron en la familia, mientras la madre decidía moverse a tierras holandesas, creyéndolas neutrales. 
Audrey sufriría el hambre y la desesperación, siendo infantil testigo de lo que vivía toda una familia mermada por la invasión alemana.
Enfermiza por desnutrida, Audrey bailó también ante la Resistencia holandesa, buscando dinero para la causa, mientras todos intentaban alimentarse de hierba y bulbos de tulipanes.
Llegó la ayuda humanitaria, como caída del Cielo. Audrey se agarró a un bote de leche condensada y no lo soltó. Se puso enferma, pero, esta vez, de comer tanto.
Con la paz, siguió bailando, aspirando a la gloria de la danza profesional, pero el elevado precio de sus lecciones de ballet la llevaron a trabajos free-lance como modelo y extra en algunas películas británicas. 
Aparecería en papeles más relevantes hasta que Colette la apuntaba con el dedo y decía: "Esa es mi Gigi".
En Broadway, Audrey Hepburn protagonizó la traslación musical de la novela de la escritora francesa. 
Sólo bastó el éxito de esta "Gigi" y la delicada gacela ya estaba lista para saltar en el momento más imprevisto.


Su primera película en Hollywood sería rodada, no obstante, en la Ciudad Eterna, y se llamaba "Vacaciones en Roma". 
Desde que la vio y la conoció, Gregory Peck supo que la nueva chica le iba a robar la película. 
Audrey interpretaba a una princesa de incógnito en la capital italiana, decidida a mezclarse entre el mundanal ruido.

Con Gregory Peck en "Vacaciones en Roma"

La niña Hepburn no sólo le robó la película al bello Peck, sino que se llevó el Oscar. 
Entre la sorpresa, las lágrimas y la gratitud, abrazó la estatuilla como había abrazado aquel bote de leche condensada al finalizar la Segunda Guerra Mundial.


El año era 1954, y Hollywood decidía que no le bastaba con una Hepburn. Además de Katharine, demandaba a Audrey. 
La llevaron a la casa de Givenchy, el diseñador al que se atribuye la creación del estilo Audrey. 
Escéptico en un principio, convencido enseguida, Givenchy preparó a Audrey Hepburn para su siguiente papel, aún más definitorio de su imagen. 
La joven oscarizada se tomaba del brazo de Billy Wilder para ser "Sabrina". En esta ocasión, era la hija del chófer, que enamoraba a dos hermanos de la alta sociedad. 

Con William Holden en "Sabrina"

El público se dejó encantar por Audrey de manera inmediata. Era aquella Cenicienta que extraía elegancia de la sencillez, que conjugaba sofisticación con naturalidad, que además de fina imagen de la moda, era una cálida, sensible y encantadora actriz.
Buscar el secreto se hacía alquimia para todos sus adoradores. Preguntada al respecto, ella aseguraba: "Sinceramente, nunca pensé que triunfaría en el cine con una cara como la mía".


Aunque, bien la definiría Jeffrey Eugenides: "Audrey Hepburn es esa actriz de Hollywood a la que todas las mujeres quieren parecerse y en la que los hombres nunca piensan". 
Audrey, símbolo de belleza, pero nunca de erotismo. Gran ironía.


Querida por todos, demandada por directores y embarcada en muchas películas de éxito, es curioso que sus dos papeles más recordados no fueran diseñados para ella.
De hecho, los aceptó con la sensación de acometer un flagrante miscasting.

En "Desayuno Con Diamantes"

Truman Capote no la quería como Holly Golightly, mientras Eliza Doolittle era un rol para Julie Andrews.  
Pero, en cualquier caso, ¿quién puede pensar hoy en "Desayuno con Diamantes" y "My Fair Lady" sin la presencia de Audrey Hepburn?
Fuera la chica ligerita de los ambientes neoyorquinos o la ordinaria florista que atendía clases de dicción, la pequeña Hepburn convencía siempre.

En "My Fair Lady"

Como "Ondina" en Broadway, allá por su año de Oscar y gloria, Audrey se había topado con Mel Ferrer, también actor de Hollywood, pero de fama y relevancia mucho más discretas.

Con Mel Ferrer en "Guerra y Paz"

Audrey y Mel se enamoraron, se casaron y, según el hijo de ambos, permanecieron juntos más tiempo del que debían. 
Tras doce años de tormentas, reconciliaciones, un par de películas juntos y multitud de prórrogas, portazos y desencantos, se separaron. 
Ella lo acusaría de cruel y controlador, y firmado el divorcio, jamás volverían a dirigirse la palabra.


Tras decir adiós a Mel Ferrer, Audrey Hepburn tomó distancia de Hollywood. 
Incorporó a la ciega asediada de "Wait Until Dark", último papel de lucimiento y ambición, y se fue de vacaciones sin fecha establecida de regreso.
Sucedía a finales de los sesenta, y, en pleno crucero mediterráneo, se enamoraba del psiquiatra italiano Andrea Dotti, al que hacía inmediatamente su segundo marido.


Decidida a llevar una vida más hogareña, Audrey Hepburn espació sus apariciones hasta el punto de la anécdota. 
Todavía quedaron pruebas contundentes de su factor maravilla, que no conocía de edad, sólo se beneficiaba del crepúsculo.

Con Sean Connery en "Robin y Marian"

Las infidelidades de Dotti y la aventura de Audrey con Ben Gazzara auguraron vidas separadas dentro de ese matrimonio, para terminarlo cuando los hijos de Audrey fueron lo suficientemente mayores.
Su último amor duradero fue el actor holandés Robert Wolders, que permanecería a su lado hasta el final.


A su puerta, siguió llamando el cine, pero a ella le quitaba el sueño otro horizonte. 
"No me gusta que se le llame el Tercer Mundo. Es nuestro mundo", diría para explicar su magnífica obsesión.
Sus cercanos dijeron que, durante la última parte de su vida, Audrey se confesaba intranquila en un planeta donde había niños que se morían de hambre. Ella estuvo a punto de perecer por la desnutrición, tantos años atrás, también niña, perdida en una guerra, rascando la tierra para sobrevivir.
Pero nada podía prepararla para el terror que vio en su recorrido por los países donde la llevó la UNICEF. 
Tan conmocionada como esperanzada, se entregó a sus labores humanitarias, siendo una de las primeras personalidades en poner el problema sobre la mesa.


De vuelta de uno de sus viajes por el África desfavorecida, Audrey acudía a una consulta médica, tras sentir dolor y molestia. El veredicto fue el peor y el estado, muy avanzado.
Un inoperable cáncer de colon se la iba a llevar de un día a otro. 
Para su última Navidad, su aliento le permitía reunir a su familia en Suiza. 
Terminada la velada, sus hijos la ayudaron a subir hasta su dormitorio. Audrey se echó en la cama, para conciliar el sueño inmediatamente. 
Con 69 años, la una vez bailarina Audrey Hepburn le perdió el paso a la vida y jamás despertó.


Se la lloró como pocas, entre la revisión necesaria de sus clásicos y la reivindicación de su estilo, para el mundo, para las nuevas generaciones, para contemplarla una y otra vez en las imágenes de la televisión y la publicidad. 
Audrey, la elegante, la exquisita, la tranquila distinguida, cuya importancia se contaba desde las cejas hasta la sonrisa, desde el peinado hasta las lágrimas, desde los cincuenta hasta los sesenta, desde Wilder hasta Donen, desde Cary Grant hasta Albert Finney.

Con Albert Finney en "Dos en la Carretera"

Su paso por el mundo y las pantallas fue cuestión de amor; por ello, pretender sustituirla se vive como la mayor ofensa. Su influencia es indiscutible; replicarla se dice imposible.
Como mitómano acto de fe, como epitafio a su inmarchitable encanto, se suele creer que, de ángel, Audrey Hepburn tenía mucho más que sólo la cara.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Placer Culpable


Podrá usted hablar de series buenas, de edades de oro de la televisión o de madurez catódica, pero no hay mejor ejemplo como "Revenge" para expresar que el público sigue siendo el mismo: ese animal ávido de exceso. 
Todas las ficciones televisivas que están triunfando en estos momentos saben del exceso, algunas del disparate, todas de la bella muerte y, en el caso de "Revenge", del soberano desmadre.


"Revenge" comenzaba la temporada pasada, pretendiendo vestir al culebrón con una métafora de los tiempos críticos. Una emoción oscura como la venganza arremetía contra los ricos y disipados; ese aquelarre que conforman los que gastan, roban y se van de rositas ante la debacle financiera internacional.
La saga de Emily Thorne en unos noirizados The Hamptons venía a saciar las ganas generales de que, por una vez, paguen pecadores por justos.

Los Grayson al completo

Pero en todas las series, hasta las más aclamadas, corre fuerte su condición de producto, por encima de símbolos y nobles intenciones. Y no hay mayor producto que "Revenge", fabricación melodramática para una ABC en horas bajas. 
Esta segunda temporada, iniciada en septiembre, aprieta tuercas y desata camisas de fuerza: los personajes son peones en un juego sin reglas, a veces indescifrable, donde unos ruedan por escaleras, otros caen abatidos por disparos precisos y todos se odian por no poder amarse.
La serie se ha vuelto completamente loca, pero la incoherencia general no parece importar a la audiencia, que se mantiene sana y fiel. Ni a nosotros, que somos más público que el mismo público.
¿Vuelve el culebrón?, preguntóme inquieto ante la nueva temporada de "Revenge". Hasta la ABC sabe la verdadera pregunta: ¿acaso se había ido alguna vez?

Leanne Hunley y Gordon Scott en "Dinastía"

La característica retahíla de excesos sentimentales, arrebatos femeninos, violencias familiares y pugnas por el poder nace de la tradición folletinesca, que, a su vez, sería reciclada y enaltecida por Hollywood.
Éste armó con esas historias el género del melodrama cinematográfico, donde no faltaban grandes divas, altas escaleras y sentimentalismo a chorro.
La llegada de los años cincuenta lanzó el morbo como aditivo imprescindible al melodrama, cuyo futuro ya se decidía: potenciar su sensacionalismo. A mayor exceso, mejor efecto.

Rock Hudson y Jane Wyman en "Sólo el Cielo lo Sabe"

Como ninguna década sabe de esa valoración del "cuanto más, mejor" como los años ochenta, éstos fueron el lugar feliz del culebrón, que se aposentó decidido en las noches televisivas.
En comparación con la telenovela diaria, el culebrón nocturno se anunciaba como su prima rica: una apuesta por el lujo, cuando, en realidad, era una hipoteca total al kitsch. 
Estrellas del ayer, malos actores jóvenes, grandes panorámicas, muchas joyas, vestidos fastuosos y una metralleta de argumentos de derribo, servidos con psicología pop, moralina y cosas pendientes que resolver en el siguiente episodio.

Jane Wyman en "Falcon Crest"

Títulos como "Dallas", "Dinastía" y "Falcon Crest" representan todo un capítulo bastante infravalorado dentro de la Historia de la televisión. 
Además de lo entrañables que resultan en retrospectiva, esas series fueron todo un laboratorio del qué se puede hacer y qué no se puede hacer en Catodia.
Que muchas pagaran caro su exceso, ahuyentando al espectador y asegurando su final, podría ser una lección que coronara cualquier proyecto de serie en ciernes.

La "Masacre de Moldavia": famoso y ruinoso cliffhanger de "Dinastía"

Pero está claro que muchos no han aprendido mayor lección de esas series que la más evidente: torna apretada, público devoto.
Así lo pensó Aaron Spelling cuando intensificó el tono de "Melrose Place"; de ser una mediocre dramedia de veintitantos, "Melrose Place" se convirtió en el culebrón emblemático de los noventa, época que decía detestar series del estilo, pero las continuó viendo.
"Melrose Place" cargó las tintas hasta tal punto que las intenciones paródicas aparecieron claras. Se la veía asumiendo su condición de despropósito, al ritmo de las explosiones, los desdoblamientos de personalidad y la caída en la vileza de todos los personajes.
Un legado de "Melrose Place" en las series de hoy es esa necesidad de incrementar la dureza del producto, diríase su condición canalla, a través del odio mutuo, a veces inexplicado, de su dramatis personae. 
 "Revenge" lo cumple a rajatabla, pero, ojo, también "Boardwalk Empire".

Laura Leighton en "Melrose Place"

La condición de placer culpable de los culebrones televisivos ha tenido una especie de refrendo culto en los creadores de series de la última década, parecido al que viviría el melodrama de Hollywood por los directores posmodernos.
Así, Alan Ball, Ryan Murphy y Marc Cherry se han confesado admiradores del camp de las viejas series, introduciendo sus argumentos y sus modelos conductuales.
En títulos como "Nip/Tuck", "True Blood", "American Horror Story" o "Mujeres Desesperadas", está asumida la condición paródica de las estrategias culebronescas; más que vueltas estrictas al culebrón, han sido reinterpretaciones.
Por ejemplo, la condición reprimida y moralista de los antiguos culebrones desaparece en estas relecturas, que vienen firmadas por autores abiertamente gays.
Además, el sexo y la violencia no tienen las restricciones de antaño y se deslizan discursos críticos sobre la sociedad.
En general, estos neoculebrones lucen como grandes collages de todo tipo de referencias de la cultura popular, integradas en un drama fuertemente híbrido.
El espectador que se busca es otro.

Kelly Carlson en "Nip/Tuck"

En cambio, "Revenge" se salta esta última conquista y da un paso atrás, colocándose más cerca de Aaron Spelling que de Ryan Murphy.
"Revenge" no se presenta como lo hizo "Nip/Tuck": agresivamente melodramática, consciente de ello y promocionándolo como sello de identidad y faro estilístico. 
Esta "Revenge" se queda en un enigmático término medio. La apariencia es de serie importante y seria en primera instancia, con la susurrante voz de la protagonista inaugurando los episodios y dando una postiza solemnidad a lo que va a venir a continuación: un desordenado torrente de secuencias que desafían la lógica e hipnotizan con sus disparates.
"Revenge" parece querer funcionar a dos niveles: como una serie que engancha a la abuela y, a la vez, despierta una sonrisa perversa en el nieto. 
Abuela y nieto no pueden apartar la vista de la pantalla, porque todo artificio es hipnótico, sea convincente, majadero o ambas cosas.
Una entrevista con Mike Kelley, el creador de esta serie, se me hace necesaria. Es obvio que no se la está tomando en serio, pero ¿hacia dónde se dirige exactamente? ¿O simplemente se deja llevar?

Madeleine Stowe como Victoria Grayson

¿Hasta dónde puede llegar esta "Revenge"?, podría ser el nuevo tagline. 
En uno de sus últimos capítulos, los guionistas no dudaron en tirar a una embarazada de ocho meses por una balconada, tras enzarzarla en una discusión risiblemente mal actuada.
Ya lo vimos en "Dinastía", sí, pero tan avanzada preñez por los aires ha sido la novedad, el paso más allá.
Está claro que el culebrón no se distancia mucho del género de acción: el mamporro va primero.


Cuando se dice aquello de "edad de oro de la televisión", suelo levantar la ceja como lo haría Victoria Grayson, sobre todo teniendo en cuenta que una serie tan inefable como "Revenge" está entre lo más salvable que vio la luz el año pasado. 
Pero también dilucidando que, a pesar de su calidad, de sus hallazgos y de su popularidad, Catodia sigue siendo una cara B para el show-business norteamericano.

Jennifer Jason Leigh como Kara Wallace Clarke

La llegada de Jennifer Jason Leigh lo atestigua. Una actriz otrora escrupulosa para todo lo que tocaba aterriza ahora a una serie que ni hubiese olido hace veinte años, justo cuando coincidía con Madeleine Stowe en "Short Cuts".
Como lo era para los actores de otros tiempos, la televisión sigue siendo esa oficina de empleo eterna. Sea la serie buena, mala o regular, todos acaban allí, especialmente las mujeres cuando llegan a cierta edad. 
Solemos decir que los actores alcanzan buenos guiones u oportunidades de lucimiento en la pequeña pantalla, pero también habría que subrayar que ese éxodo expresa tanto la decadencia de Hollywood como su crueldad, expulsando de los proyectos cinematográficos a todo aquel y aquella que no suene a novedad.


En "Revenge", escasean las novedades y cunden las ironías.
Nos venía a contar la crisis con su argumento prestado de "El Conde de Montecristo". 
Al final, convertida en la distancia intermedia entre "Kill Bill" y "Manuela", acaba expresando nuestros tiempos por lo que significa como producto: un billete al caos, un delirante todo vale.

viernes, 2 de noviembre de 2012

"Lo Que El Viento Se Llevó"


Hollywood en estado puro, "Lo Que El Viento Se Llevó" no fue la primera demostración de poder del cine norteamericano, pero sí la definitiva. 
En 1939, cuando el mundo volvía a estallar en conflicto armado, se presentaba la película que venía a resumir todas las películas, relatando la saga de Escarlata O'Hara, la niñata sureña que sobrevivió a la Guerra de Secesión con la simple determinación de no volver a pasar hambre.

Clark Gable y Vivien Leigh

"Lo Que El Viento Se Llevó" es folklore cinematográfico. 
Su nombre pone en guardia, suscita reacción, permite opinión, acelera el corazón de los cinéfilos. Diríase que es parte de la vida de todos los que aman el cine.
Y continúa ostentando el estatus de ser la película más vista de la Historia.

Atlanta en llamas

Hollywood la construyó con sus tradicionales cimientos: el idealismo, el sentimentalismo, el colorido formal y argumental, la manipulación de emociones y todas sus estrategias de imitador a la vida.
El éxito de la operación fue insuperable, pese a ser emulado en tantísimos intentos posteriores. El cine norteamericano se ha acercado en algunas ocasiones, pero nunca ha conseguido esa mezcla exacta entre acontecimiento fílmico, obra transgeneracional y taquillazo perenne.

Leslie Howard y Olivia de Havilland

"Lo Que El Viento Se Llevó" adaptaba la novela de Margaret Mitchell, que rebuscaba en el pasado de los Estados Unidos, utilizando a un personaje prototipo: la dama sureña.
La historia de Mitchell miraba al Viejo Sur esclavista como una genuina víctima de la industrialización, cuyo alto sentido del honor y la nobleza no le fue suficiente para sobrevivir. Un universo barrido por el viento, sepultado en la memoria.

Vivien Leigh y Hattie MacDaniel

"Lo Que El Viento Se Llevó" funciona como una métafora de lo perdido y ello fue precisamente la clave de la impresión que suscitó esta película en la época de su estreno
Si es cierto que retrata la Historia de manera aligerada y melodramática, su mirada a la experiencia del individuo común en un conflicto bélico fue tan astuta como inteligente. 
Se miraba así en el espejo de "El Nacimiento de Una Nación" para contar la Historia a través del retrato de los que miran y padecen la guerra a ras del suelo, entendidos como sus significativos y verdaderos protagonistas.


Otro giro más es el carácter profundamente egoísta de Escarlata O'Hara, una persona que, pese a resistirse, formará parte de los acontecimientos.
Hasta los que sólo pasaban por allí, son actores del pasado, de lo que sucedió, de lo que el viento se llevó. 
Escarlata busca a Ashley y el modo de volver a casa, pero su caminar la llevará por la escalofriante estación de Atlanta hasta sufrir en sus carnes el horror de la destrucción y la posguerra.


La entrada de Escarlata en las mansiones arruinadas - "todo se lo llevaron los yanquis" - es una de las grandes secuencias de la Historia del Cine, al unir el melodrama más aparatoso con la sencilla emoción que trae la imagen de la desgracia.
La tristeza ante la pérdida de todo se transforma en emoción cuando Escarlata decide levantarse y luchar, con su testarudez, con su enorme esperanza. 
Es una mujer que se queda sola en muchas ocasiones, pero siempre se tiene a sí misma.
Al final, Escarlata, el individuo que se decía reacio a participar en el acontecimiento, se convertirá en el símbolo de su época.

"A Dios pongo por testigo..."

Lo brillante de "Lo Que El Viento Se Llevó" reside en la elección de ese personaje central. 
En una historia convencional, la heroína hubiese sido la generosa, noble, cursilona Melania. En cambio, Melania se utiliza subtextualmente como la cándida conciencia de Escarlata, y, por ello, su inconveniente, su antítesis, lo que quiere derribar para conseguir sus propósitos.
Porque Escarlata es caprichosa, mentirosa, artera, aprovechada y, a veces, bastante idiota. E incluso comete un asesinato. ¿Qué otra película clásica tiene una protagonista así?


La O'Hara crea una poderosa sensación de ambigüedad en el espectador; por un lado, se la censura y, por otro, es completamente hipnótica. Una pragmática que hace trizas un camisón para enterrar a un soldado yanqui, que descuelga cortinas para confeccionar el adecuado traje para su prostitución y que hace tratos con los que la humillaron para volver a hacerse rica.
Escarlata es una mujer valerosa pese a su estupidez y, también, la protagonista de una historia de amor que ella creía de odio. Su heroicidad será percatarse de sus errores de cálculo, y sólo al final se dará cuenta de lo que estaba viviendo, del significado de todo que le ha ocurrido.
Escarlata O'Hara es un personaje inolvidable y apasionante precisamente por sus múltiples defectos.


"Lo Que El Viento Se Llevó", con su estructura episódica que la hace parecer más larga de lo que es y con sus excesos melodramáticos no aptos para todos los gustos, ha encontrado, no obstante, las mayores discusiones y polémicas a raíz de su conclusión.
Es quizá el final más extraño de una película norteamericana clásica, por abierto y emocionalmente sofisticado, sin beso ni muerte ni sensación de cerradura. 
¿Es "Lo Que El Viento Se Llevó" la única obra cinematográfica de su tiempo que termina como lo haría una historia de vida? 
Ese "Mañana será otro día" parece la frase que cualquiera diría para terminar su autobiografía. No importó lo que pasó, importa que lo superé, aprendí algo, seguí luchando, miré hacia adelante.


En las tres panorámicas de Tara, aderezadas con esa épica fotografía y la no menos épica banda sonora de Max Steiner, se suceden las tres posibles Escarlatas: la niña que aún no ha empezado a vivir, la víctima de los tiempos y la mujer esperanzada. 
Tres estados de ánimo, tres fases de nuestras vidas. 
"Lo Que El Viento Se Llevó" termina por contar la mayor verdad de la existencia humana: cuando todo se termina, lo mejor es volver a casa.


Historia que se contaba en 1939, cuando el productor David O. Selznick creó esta obra decisiva. 
Los directores, que pasaron en procesión por el rodaje hasta que Selznick decidió quedarse con Victor Fleming y acreditarlo como responsable, jamás importaron un comino, porque "Lo Que El Viento Se Llevó" es una película de productor y, por tanto, cebada de pretensiones, momentos cumbre y opulencia.
Es una película de enormidades, dígase príapica, y, como tal, una empresa cien por cien norteamericana. 
David O. Selznick la confeccionó como lo hubiese hecho la propia Escarlata: inasequible al desaliento.


En todo caso, gran parte de la belleza formal de "Lo Que El Viento Se Llevó" fue culpa de William Cameron Menzies, acreditado como diseñador de la producción. 
Cameron Menzies imaginó la plástica y desarrolló la potencia visual y escénica de la película; ese color brillante, esa rotunda elegancia. 
El look, tan minucioso y visionario, resulta aún impactante y, salvo algunos trucos propios del cine viejo, la factura de la película resiste el paso del tiempo de una manera inaudita. 
Cuesta creer la edad que tiene "Lo Que El Viento Se Llevó", atendiendo a la proeza absoluta que conllevaba armar una producción de semejante calibre, desde la escritura del guión hasta esa imagen impecable en un año donde la fotografía en color todavía era una novedad.


Si hemos hablado del personaje de Escarlata O'Hara como la llave emocional, la cerrajera es, por supuesto, Vivien Leigh, la actriz británica que dio vida al papel más americano que existe. 
El mundo conocía a una mujer terriblemente hermosa, especial, quizá por lo poco que se prodigaría, atribuida de la personalidad necesaria para llevar todo el peso del drama e incrementar su intensidad.


Si Vivien Leigh está suprema, no habría que menoscabar a Clark Gable, nacido para ser Rhett Butler, personaje de tantas aristas como Escarlata.
Butler es ese encantador canalla, oportunista hoy, heroico mañana, que encuentra en Escarlata la horma de su zapato, el amor de su vida y la trágica oscuridad de sus días; otro superviviente al que, perdido todo, le resta seguir adelante.
Gable lo borda y, para ello, sólo le hizo falta despeinarse el fleco.


Si "Lo Que El Viento Se Llevó" es un relato sobre el pasado perdido, verla hoy es presenciar otro ayer añorado: aquel donde el cine producía obras con la ambición de la eternidad.
Se hacían apostando a lo más alto, sin atender a fórmulas, sólo a la necesidad de encontrar lo único y ofrecer lo excepcional.
¿La respuesta a tamaña empresa? Ahí está, en el público de 1939, en las generaciones que la recuperaron, en los que se obsesionaron con sus imágenes, en los que soñaron con sus grandes momentos, en los que repitieron sus más encendidos diálogos, en los que seguimos regresando a ella de vez en cuando.
Y en todos los que creemos que "Lo Que El Viento Se Llevó" fue, es y será cine en mayúsculas.

"Bésame, Escarlata... bésame una vez".

jueves, 1 de noviembre de 2012

Ray Stevenson


Buena prueba de que los directores de casting eligen a los villanos de las series pensando en nuestros jueves maromiales es Ray Stevenson, el altísimo, guapísimo actor británico, al que ahora podemos ver y disfrutar en la actual temporada de "Dexter".
Stevenson siempre ha sido un macho alfa de los que hay que tomar aliento antes de contemplarlos. Es como Clive Owen y Liev Schreiber: un hombre de los de toda la vida.


En otros tiempos, con esa apostura sin aditivos, quizá hubiese sido una estrella de Hollywood; ahora, los blandengues de los productores norteamericanos sólo lo requieren para papeles de tipo duro.


Es curioso, porque la dureza no es únicamente la clave del magnetismo de Ray Stevenson.
Desde que lo conocimos, sabemos que concede cierta sensación de afabilidad y un destello de criatura entrañable, que lo hace aún más ardiente, más maridable.


Todos los que saben del poder de Ray Stevenson conocen esa serie de la HBO que viajaba al Imperio Romano, con un sentido del derroche y la excepción que se ha visto pocas veces en la pequeña pantalla.
Junto con Kevin McKidd, Ray protagonizó la magnífica "Roma", interpretando al legionario Tito Pullo, un ser contradictorio, que oscilaba entre su férreo sentido de la lealtad y la necesidad de sofocar todos sus instintos. 
Tito Pullo era un animal tan temible como hermoso.


Stevenson estaba súper bueno en "Roma" y concedió una interpretación muy carismática, que le permitió aterrizar en algunas producciones hollywoodienses.
Pero ha quedado bien claro que el cine ha sido inferior a todo lo que Ray ha hecho en televisión.
Es celebrable que ahora haya vuelto a Catodia después de intervenir en cosas como "Los Tres Mosqueteros" o "Thor"; me imagino lo que habrá sido aprenderse esos libretos tras haber pasado por "Roma".


Ahora es el malvado de la séptima temporada de "Dexter", y este inglés de raíces irlandesas - buena mezcla - adopta acento ucraniano para incorporar al capo de la mafia Isaak Sirko.
Sirko guardar motivos más que personales para asegurar el terror entre la policía de Miami Metro y acabar con nuestro adorado Dexter Morgan.
La llegada de Ray, en calidad de estrella invitada, coincide con una mejoría notable de "Dexter", que ha levantado el vuelo tras caer en un tedioso desastre el año pasado. 
"Dexter" vuelve a ser buena, y, para mayor alegría, el malo es Ray Stevenson.


Junto a una querida seguidora de este blog, hemos llegado a la conclusión de que Ray Stevenson hubiese sido también una elección perfecta para interpretar al marido de Kalinda Sharma, en lugar de ese horror que han puesto los creadores de "The Good Wife".


Queremos más Ray, sí, y como presencia fija en otra serie.
No cabe duda de que el tiempo le está sentando exquisitamente, con unas canas que son el auténtico acabóse, de lo bien que le quedan.
La mirada azul de Stevenson es de las que fulminan sin proponérselo, rematado por ese metro noventa y tres y el completo empaque de una sencilla, embriagadora, bendita virilidad.


Gustándome tantísimo - ya desde "Roma" y ahora mucho más -, sólo me pregunto porqué he tardado tanto en dedicarle un jueves. 
Mayor maromo que él, pocos.


Pero nunca es tarde, y, con Ray, jamás.