jueves, 3 de julio de 2014

Contarlo Todo


Me pregunto en este día tormentoso si la sociedad del retintín florece en todas partes, es cosa española o se vive más que nunca en mi pueblo. 
En el páramo del retintín es donde usted pillará la verdadera intención de la conversación de los otros, esos cabroncetes que se hacen llamar sus amigos y vecinos. Ojo al retintín, señor mío, ahí está el veneno.
El otro día, digo yo, asombrado ante una noticia:
- Oh, ¡no sabía que habías tenido un hijo!
- Ya, yo es que no soy muy de contar mi vida en el Facebook... - responde la interfecta con retintín y con caída de sonido en las últimas palabras, para que se entienda lo que queda omitido. Es decir:
- No como tú, que lo cuentas todo.
Contarlo todo, oh, contarlo todo. Yo nací para contarlo todo. Crecí con la televisión de los famosos y las entrevistas. Cuando no follaba mucho, cotilleaba la vida de los demás. Cuando follé lo suficiente, empecé a contar la mía.
¿Me quedará algún secreto?, me pregunté una vez, en plena noche, contando ovejitas tras contarme a mí mismo. 
Supongo que sí. Más de una opinión, más de un millón de tristezas. No me hace falta retintín. Muchos me conocerán antes por lo callado que por lo escrito. 
Detrás de la elección de las palabras, por debajo de la voluntad de escribirlas, se cuentan vanidades, inseguridades, miedos a lo que sucederá.
Todo lo que mis espejos y mis narraciones conocen bien.


Desde más años de los confesables, Facebook y otras redes sociales han permitido que nuestras experiencias sean compartidas con el mundo entero. Adónde vamos, qué nos interesa, qué detestamos, con qué frecuencia perdemos el tiempo. 
Por un vistazo al perfil de Facebook de una persona, puede establecerse gran parte de su cáracter, incluso aunque no ponga nada. Ya sabremos mucho: tiene miedo a explicitar vivencias porque hay mucha familia entre sus contactos, es tímido o paranoico, teme el juicio ajeno, prefiere ser verdugo del retintín antes que víctima. Está demostrando algo, es infeliz precisamente por vender imágenes de felicidad, busca aprobación, necesita sexo de manera urgente, tiene que leer más y, sobre todo, mejor.
Facebook es una plaza, donde unos actúan, otros miran y todos se devuelven las miradas.
Que no estemos cara a cara, puede facilitar la expresión de lo que pensamos, pero en Facebook, también hacemos mutis por el foro. Ante las tonterías de gente que se cree muy lista, las publicaciones sonrojantes y otros ejercicios de presunción.
- Como escriba otra soplapollez, lo elimino o le corto las manos, todavía no lo tengo decidido. - piensa el personal mientras le da a "Inicio" y "Perfil" en un baile de clics e infinitud.


Preguntarán también muchos para sí, emplazado al retintín: ¿Por qué Josito Montez lo cuenta todo? ¿No tiene vergüenza o tiene demasiada? 
Estoy deprimido, voy a salir, no me ha gustado el episodio, tengo gases, quiero que Colombia gane el Mundial. Resumen de estados recientes, rubricados por servidor.
¿Es acaso el quehacer de los escritores? Poner ideas por escrito y compartirlas, más que nunca en la era internaútica.
Véase el caso de Lucía Etxebarría que, animada por sus seguidores, ofreció el siguiente paso dentro de ofrecerse a sí misma: enseñar las tetas. En su caso, las tetazas. 
Yo entiendo a Lucía. Muchas veces he estado a punto de hacer un top-less parecido. Porque en esa publicidad del yo no se busca sólo el momento de la confesión o el ánimo para seguir adelante, sino también la urgencia de provocar continuamente una reacción en los otros. Risa, aplauso, incomodidad, lascivia.
Muchas veces he escrito estados con este pensamiento: "cuando estos cabrones lean esto se van a cagar". Aunque, para ofrecer un retrato completo del comportamiento, también diré que la mayoría de las ocasiones, escribo y subo cosas porque me sale de la mismísima.


- Josito, ¿recuperaste por fin aquella cartera que te robaron?
- ¡¿Cómo lo sabes?!
- Hombre, porque lo escribiste en el Facebook. Y en tu blog.
Es curioso cómo me disocio lo suficiente para tener pudor después de no tenerlo. Curiosísimo. 
Cuando me encuentro con mis amigos y me preguntan abiertamente sobre muchos temas que he escrito por Internet, ahí irrumpe la timidez. 
¿Son en realidad el teclado y la pantalla máscara y antifaz? ¿O soy inconsciente del alcance que pueden tener las cosas publicadas, creyendo que estoy en un lugar de confianza e intimidad cuando las redacto? 
Me amparo otra vez en la excusa: soy un escritor - o un sucédaneo de - y los escritores lo contamos todo y no debemos tener pudor de nada de lo que nos inspira.
Así como Truman Capote: suelta el chisme con altura y olvídate de las consecuencias, porque lo importante son las risas y el deleite de los demás ante lo incorregible.


- Te sigo, te sigo, Josito. Me encanta sobre todo cuando hablas de experiencias personales.
- Sé cuando estás mal, sé de tus compañeros de piso, sé lo que sucedió en Londres.
- Ah, sí, sí, sí, yo conozco esa historia. La leí en tu blog.
¿Lo saben todo o conocen las versiones oficiosas que yo brindo, cambiando por conveniencia, aligerando el relato, mintiendo cual Sherezade para que los otros duerman y, de paso, yo también? Da igual. Saben más de lo que cuento. 
La gente es lista y, joder, aunque les escriba la versión más racionada de lo sucedido, formarán a continuación una opinión sobre ti, sobre lo que haces, sobre lo que dejaste de hacer y sobre el hecho de que lo publiques todo en el Facebook. 
Cuando se instiga el refrendo de los otros compartiendo tus dudas existenciales, se obtiene lo contrario. El juicio. 


Toda cosa publicada suscita una reacción, sí, pero nunca es la buscada. Puede que muchos piensen que soy un exhibicionista, que soy infantil, que necesito la acquiescencia de los seguidores para reforzar mi ego día a día, que necesito apagar el ordenador, que ya debiera estar más en Infojobs y menos en Facebook.


La intuición facebookera llega hasta el punto de que sé lo que piensan. 
Yo también pienso muchas cosas cuando releo mis estados antiguos, entre la vanidad y la necesidad de curiosear mi propia Historia.
La mirada en retrospectiva permite calibrar lo que hay detrás de lo que escribí y la fase por la que estaba atravesando. Es lo bonito y lo terrible: contaba y registraba opiniones y experiencias sin tener conciencia del significado de lo que vivía.
Incluso cuando me metía con el propio invento de Zuckerberg, no hacía sino confirmar la supremacía que la red social había agarrado en mi vida: ese diván que mató a todos los divanes y esa palestra que socavó la falta de otras palestras.
¿Es la hora de callarse en el Facebook? La respuesta es noooo. 
A pesar de lo dicho, no lo cuento todo. En realidad, el perfil es como este blog. Entretener de diversas maneras a quien lo quiera leer.  Un día me paso de la raya; al otro, hablamos de Fassbender.
Y existe una nata diferencia. Una cosa es contar tu vida y, otra muy distinta, relatar vivencias. Dígase esto con retintín, para todos mis enemigos.


Tampoco voy a dejar el Facebook, porque temo cualquiera de mis decisiones irrefutables.
- ¡Nunca más! ¡Se acabó! ¡Me harté de mí mismo! ¡Me voy a Finlandia a pescar salmones! 
Últimamente, tengo un escepticismo brutal a eso que llaman "cambiar" - aquí no cambia ni Dios -, mientras he encontrado mejor provecho en asumir las consecuencias de cómo soy y lo loco que estoy.
Lo contaré todo, sí, pero no me asustaré más cuando me paren por la calle y me pregunten si recuperé la ropa tendida que cayó al patio esta misma tarde.
Hay que tener cuidado, sí. Una amiga acabó despedida cuando una opinión suya sobre un producto de la empresa para la que trabajaba corrió viral y llegó hasta a sus jefes.
¿He hecho yo algún comentario así? No lo sé. ¿He perdido la seriedad que se pide a los profesionales el día que relaté que estaba demasiado resacoso para masturbarme con la requerida fuerza? Así no me va a contratar nadie, sí,, aunque mucho me consta que esa seriedad no la tengo ni con la boca cosida. 
Es parte de mi encanto. Dale a "me gusta", por favor.


- ¿Por qué no escribes más en el Facebook? - me decía con ironía un amigo.
En un día, puedo llegar a las diez publicaciones, entre estados, fotos y enlaces. Cuando estaba en Londres, más aún. Lo necesitaba, me sentía solo, dubitativo, congelado por las indecisiones. 
Me atemoricé, volví a salir de mí, regresé a juzgarme. ¿Ahora busco explicarme? Es justo lo que no debería hacer.
Escribir mucho nunca fue malo. Espero que tampoco signifique resultar un coñazo para los demás. 
¿Qué me dices, seguidor? ¿Me das al "me gusta" y ya me quedo tranquilo? ¿O metes los labios para dentro por aquello de callarte la opinión, entendida al retintín?


Ojalá tú lo contaras todo. Ojalá estas barreras de normas sociales y miedos a las opiniones ajenas no existiesen. Ojalá yo también lo contara todo. Porque muchas veces he estado a punto de contar más y he pensado en el sonrojo ajeno, en la censura de las miradas, en las implicaciones de mi boca demasiado abierta. O  porque no me entendía lo suficiente, porque no podía darle un sentido, porque era incapaz de cobrarle una narrativa.
Ojalá te contase lo que pasó el otro día o lo que quizá suceda mañana. Ojalá me pudieras leer la mente, oír sus relatos, descifrarlos y darme un consejo. 
Ojalá no me juzgaras y estuviéramos de acuerdo. Ojalá lo hicieras y me dieras tu veredicto. Explícito, sin retintín, para que yo pudiera odiarte por decirme la verdad, para que fuera capaz de recapacitar al día siguiente.


Ojalá no necesitara el Facebook ni este blog. 
Ojalá empezara mañana a escribir un libro que me hiciera muy rico, con la inspiración, con el tiempo, con la energía, sin el terror a la opinión de los demás, ni a salirme de mí mismo ni a censurar lo que hago. 
Ojalá no necesitara la aprobación, ni el aplauso, ni el calor ni el amor. Pero lo necesito, joder, lo necesito locamente, día a día, hora tras hora. Ojalá fuera una persona más simple, ojalá fuera más complicado.
Ojalá, de verdad, pudiera contarlo todo, contártelo todo y contármelo todo.
Ojalá, porque si mañana me diagnostican una enfermedad fatal que me llevara al otro barrio en cuestión de semanas y tú me dijeras: "Oh, Josito, se te acabó el tiempo, nunca escribiste un libro", yo querría contestarte:
- Da igual, amigo mío. Todo lo que quería contar sobre esta vida que termina ya lo conté en el Facebook.

miércoles, 2 de julio de 2014

Gays de Mi Celuloide


El espanto de las audiencias contó las crónicas de la represión, más que nunca en el cine, donde el sexo quedó atrapado en la red de aquello que todos repudiaban, aunque sus ebullientes psiques deseaban ver, bajo licencias del decoro, la insinuación y la  puerta cerrada.
El mundo ha cambiado mucho, sí. Y lo que era etiquetado como una trágica desviación hoy es el tema a abordar, el público a seducir y la corrección política que cumplir. 
Homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, travestismo, o el desafío de la cultura del género y los roles fijados para el hombre y la mujer. 
El deseo por el mismo sexo devenido en el magno problema: cuestionar las instituciones familiares clásicas y esa noción de los seres humanos como entes productivos, listos para procrear y entregar nuevos elementos a la sociedad.


La erradicación de la homosexualidad a fuerza de reducirla a un tabú nace precisamente del mismo proceso que los otros tabúes: de la noción de que no significa nada, que no trae bueno y que supone un conflicto para las establecidas normas de la organización social.

Lars Hanson y John Gilbert en "El Demonio y La Carne"

Tanto la sociedad como el cine la consideraban el terreno de lo bizarro, de lo oscuro, de lo raro. La palabra "queer" tuvo mucho tiempo un doble significado: "extraño" y "marica".
Si todo ha cambiado, es innegable que los homosexuales han estado presentes en el cine. El homoerotismo aún más, hasta el punto de que es un estilo reconocible desde el cine mudo hasta los estallidos intencionados y no intencionados del camp.
Como cualquier "minoría", el retrato ha navegado entre lo desfavorecedor, lo nulo y lo condescendiente. Como problema nunca entendible, el gay y la lesbiana han sido motivo de mofa, de caricatura o de recurso grandguinolesco.

Daniela Bianchi y Lotte Lenya en "Desde Rusia Con Amor"

A lo largo de la Historia del Cine, e incluso cuando se han abierto las aguas para los personajes homosexuales con identidad y orgullo reconocibles, se impone un ribeteo de melancolía sobre los relatos. En general, la vivencia de la homosexualidad que nos cuenta el cine es triste, termina en tristeza o despunta desde una tristeza. Los gays y las lesbianas lloran mucho en las películas, incluso hasta en la comedia más petarda, y sufren horrores por el amor que nunca encuentran.
Prepárate a ser diferente, sentencia el celuloide, cambiarán las épocas, pero llorar, mi querido mariquita, mi inasequible bollera, siempre será el precio.


Existe un gran documental, de incalculable valor, llamado "El Celuloide Oculto" que, en plenos y decisivos años noventa, registraba la historia de Hollywood para encontrar subtextos, ironías y personajes homosexuales.
Como cualquiera que le eche un ojo intensivo al catálogo de los ayeres, sorprende encontrar más homosexuales de los que pensaríamos de la época previa a Stonewall. Es la realidad que se sospechaba: que fuera un tabú no significa que no existiese ni se viviese ni que la sociedad lo desconociese.
El Código Hays fue piedra de toque en temas de permisividad, y en su cuarto precepto, considera totalmente prohibido "cualquier inferencia de perversión sexual". 
Entendida como una desviación, la relación con personas del mismo sexo quedó borrada de los planes de cineastas norteamericanos. Pero no sólo la manifestación de la homosexualidad, sino el registro de cualquier tipo de ternura entre hombres y de complicidad entre mujeres.

"Alas"

Véase esta secuencia de "Alas", la primera película que ganó el Oscar, donde los soldados amigos se despiden entre besos y abrazos. Una secuencia preciosa para rematar una película preciosa, que habla de amor, camaradería y amistad. Después del Código Hays, no hubo cosa parecida durante muchos años.
En la época pre-Code, es divertido encontrarse líneas que aluden a la homosexualidad de sastres y diseñadores como sucede en "El Enemigo Público" o en "Dama Por un Día".
- ¿Ese hombre va a entrar mientras se desviste la señora?
- Es Pierre.
- Ah, es Pierre.
Matizando adecuadamente ese "Pierre".

"Dama Por Un Día". A la derecha, Pierre.

La llegada de Will Hays a la aduana peliculera mató a Pierre, pero sobrevivieron algunos personajes mariquitas. 
Franklin Pangborn, presencia imprescindible en un centenar de títulos durante los años treinta y cuarenta, solía interpretar a mayordomos, sastres, botones, recepcionistas y otros especímenes del mundo urbano, todos refinados, relamidos y asexuados, a los que los héroes no dudaban poner en su sitio para deleite del público.

Franklin Pangborn

Es el mariquita como snob de ciudad, del que reírse mientras pasa la cinta métrica por la pierna para medir el traje y, de paso, agarrar muslamen a Gary Cooper.
A pesar de todo lo dicho, los años treinta fue un gran espacio para la androginia y divas como Katharine Hepburn, Greta Garbo o Marlene Dietrich jugaban a vestirse de hombres en sus más refinadas películas.
Los galanes de turno reaccionaban encantados. "Oh, por fin, un macho con vagina", parecen decir sus expresiones ante el descubrimiento del bello travestismo.

Katharine Hepburn como "Sylvia Scarlett"

Si se busca homosexualidad en el cine clásico, se puede encontrar hasta donde fue férreamente omitida. Es evidente que en el noir "Crossfire", el leit-motiv es la homofobia, no el antisemitismo. 
La censura borró el peliagudo tema por otro menos peliagudo, pero el propio escenario no cambia: un hombre invita a unos militares a su casa y acaba asesinado.

"Crossfire"

A todo lo que llamaban perversión, vea usted el relamer del mayor perverso, Alfred Hitchcock, cuya galería de villanos se compone de maricas obsesionados con mamá y amas de llaves obsesionadas con sus señoras. La insinuación, a veces, es apabullante. 
Como todo lo concerniente al sexo en este tipo de películas, no está claro en primera línea, pero se hace que el espectador lo sienta, lo entienda, de un modo subterráneo y del todo magistral.

"Extraños En Un Tren"

Hacia el otro lado del océano, la homosexualidad era aceptada en los márgenes estrictamente artísticos. 
En una película tan antigua como la británica "Las Zapatillas Rojas", los bailarines no pueden ser más maricones y la propia imaginería de la película se viste a su altura.

Robert Helpmann y Moira Shearer en "Las Zapatillas Rojas"

En los circuitos surrealistas franceses, llegan las obras de Jean Cocteau, inevitable enseña de la homosexualidad fílmica en forma y fondo, desde "La Sangre de Un Poeta" hasta "Orfeo", mientras en márgenes aún más underground, casi de porno doméstico, floreció la única película de Jean Genet: el corto "Un Chant D'Amour", poética sobre el amor gay en una prisión.

"Un Chant D'Amour"

De vuelta a Hollywood, las cosas cambiaron a lo largo de los años cincuenta, entre la neurohisteria y las contradicciones de la época que dio a Doris Day, pero también a Tennessee Williams.
Nicholas Ray ya abordó el gay perseguido y romántico con su Plato de "Rebelde Sin Causa", pero "Johnny Guitar" apretó las tuercas con un fabuloso cambio de roles en el género más heteroviril que existe.
Es un clásico gay, no sólo por el conflicto psicosexual entre todos sus protagonistas, sino por el estilo de la película y el simple aspecto de Joan Crawford, maquillada como un mimo y rara, rara, rara como un queer.

Joan Crawford en "Johnny Guitar"

Su compañero de generación, Gary Cooper, aún tenía aliento para héroes del western, pero, quizá por su presunta bisexualidad, sus últimas películas están recorridas por cierta duda sobre la heterosexualidad del protagonista. 
Sucede en "El Árbol del Ahorcado", donde se siente más tensión sexual entre Gary y Ben Piazza  - actor abiertamente gay, por cierto - que con Maria Schell. 
Y en "El Hombre del Oeste", hay una secuencia donde uno de los villanos es desnudado, arrastrado por el suelo y humillado en la escenificación bajo coartada de una violación homosexual.

"El Hombre del Oeste"

La llegada de los dolientes gays de Tennessee Williams se tropezó con el aún vigente Código Hays y muchos quedaron entendidos - o naufragados - al doble sentido. 
Fue también la entrada del tema clásico del homosexual que se suicida o es asesinado en el último acto. El gay y la lesbiana como conflictos magnos en una sociedad que los repele de raíz, cuando no pasa por analizarlos freudianamente.
Los primeros homosexuales del cine norteamericano y británico que conocimos en los años sesenta irrumpían en medio de chantajes, deudas del pasado y escandalosas revelaciones de última hora. 


Desde que nos enteramos que Capucine y Barbara Stanwyck han tenido más que transacciones financieras en "La Gata Negra" hasta que oímos que Ricardo Corazón de León durmió con el Delfín de Francia en "El León en Invierno", se contó la boca en O del nuevo público, la necesidad de romper con el Código y la resolución de que este no es mundo para maricas.
El primer bar gay del cine norteamericano se vestía de esa psicosis del soborno y el pasado cobrador. 
Le sucedía a Don Murray en "Advise And Consent", aún así, un hito en el retrato de la vivencia homosexual verdadera y, de nuevo, la ratificación de que no hay nada nuevo bajo el Sol.

"Advise And Consent"

En España, el asunto era tan foráneo al pensar de la era franquista que una película inefable pasó desapercibida por los censores del régimen. 
Se llamaba "Diferente" y la censura no pareció objetar el tono de la película ni las delirantes coreografías, con imaginería macho y mucho tutú.

"Diferente"

Inglaterra demandaba los aires del Free Cinema y ahí está uno de los primeros gay realistas: el Geoffrey Ingham de "Un Sabor A Miel", al ritmo que el homoerotismo volvía ponerse de moda con la lucha desnuda de los dos hombres de "Mujeres Enamoradas".

Alan Bates y Oliver Reed en "Mujeres Enamoradas"

Los años setenta trajeron la liberación sexual a las pantallas, y ahí entraban "Los Chicos de la Banda", o la llegada de la sociedad gay de San Francisco, pujante, agridulce, divertida, llorona, nostálgica y con tendencia al playback.

"Los Chicos de la Banda"

Retratos más complejos de la homosexualidad se vestían de melodrama postsirkiano con el alemán Rainer Werner Fassbinder y se bebían de ancestralidad, antropología y belleza irrebatible con Bernardo Bertolucci.
Fuera en las sombras de "El Conformista" o en las luces de "Novecento", donde el sentimiento entre hombres nace de la propia fraternidad, de la necesidad de acercarse al otro y del miedo a ser como él.

Gerard Depardieu y Robert De Niro en "Novecento"

La paranoia restó y aún no había llegado el "cáncer marica", cuando apareció la película diletante - y dilatante - sobre el ambiente gay: "Cruising", dirigida, curiosamente, por William Friedkin, el mismo que adaptó "Los Chicos de la Banda" al cine.
Malentendida en su momento, quizá porque llegó cuando se iniciaba la necesidad de una corrección política en estas cuestiones, es cierto que "Cruising" nace del temor homófobo a convertirse por proximidad, pero su discurso es más complejo y su relato ofrece menos concesiones.
No es ni siquiera una película sobre la homosexualidad, aunque retrate su lado más desmadrado; es un drama sobre la ruptura de los límites mentales con respecto al sexo y el terror del abandono de lo que se considera moral, higiénico o procedente.
Una película imperfecta, pero interesante, que ha terminado por ser un mito entre la cultura que la consideró repudiable en 1980.

Al Pacino en "Cruising"

La década tenía reservado un problema más grande que "Cruising" y las temidas siglas de la destrucción inmunológica eran también terror del cine que, de nuevo, debía ajustarse las lentes y ver qué hacer. Ignorarlo y tratarlo con celofán volvieron a ser las hipócritas respuestas.
Dramas comprometidos aparecerían en cuestión de unos años, primeros testigos del cine homosexual indie norteamericano, bastante irregular, aunque generalmente sincero y siempre contra viento y marea.
De esa corriente, nacería Gus Van Sant, que entregaría la ultratrístima "Mi Idaho Privado", donde dos heartthrobs de Hollywood no tuvieron complejos en besarse y decirse "te amo, tío".
Entre Rose Troche y el colorido de "Priscilla, la Reina del Desierto", se llenaban las revistas de cine con la sensación de que la antigua perversión era ahora la curiosidad del mundo. ¿Es verdad que sentíamos más que nadie? ¿Quién podía contarnos mejor? ¿Nosotros o cualquiera? ¿Aisladamente o formando parte de la sociedad? Preguntas, preguntas, preguntas, aún sin resolver.

"Las Aventuras de Priscilla, Reina del Desierto"

Aún sin resolver están muchas reacciones del público. Recuerdo con especial desagrado "Mejor... Imposible", una película estomagante donde Greg Kinnear interpreta a un patético gay apaleado. Quizá mi desagrado venía rematado por las carcajadas de la audiencia cada vez que Jack Nicholson le decía "maricón". Una y otra vez.
Carcajadas del público que también se oyeron cuando Jake Gyllenhaal y Heath Ledger se reencuentran en "Brokeback Mountain" y se dan un morreo apotéosico. 
Todavía hace gracia e incomoda que dos chicos se besen. "Son tan monos", pensarán algunos.

Jake Gyllenhaal en "Brokeback Mountain"

La pregunta, de nuevo: ¿Quién nos retrata mejor? ¿Ang Lee o los indies? ¿Tom Ford o Clint Eastwood?
El cine gay, sea devenido en melodrama hollywoodiense o limitado en trapito independiente, es como cualquier otro: el azaroso recorrido por contar algo. Afinar, desafinar o aburrir hasta las moscas, ahí bailan propios y extraños.
¿Ayuda la corrección política? Como toda, sirve como el paraguas que se ponen muchos para protegerse de los aludes de mierda de nuestros enemigos. Protege, sí, pero impide ver el sol.
¿Socorre la comercialización de la homosexualidad, su estetización, su introducción en la sociedad a través de la heternormatividad? Esto sí que no. No ayuda una mierda.

"El Desconocido del Lago"

De Francia, han llegado dos pequeñas grandes películas en los últimos años: "El Desconocido del Lago" y "La Vida de Adele". 
Son ejemplares, por su contundente realismo, por la sinceridad del discurso y por el compromiso de la experiencia individual que ofrecen. Saben de lo que están hablando y afinan con belleza.

"La Vida de Adele"

Y cuentan otra vez lo que cuenta el cine sobre nosotros: oh, tan hermosos, oh, tan desnudos, oh, tantas lágrimas.
Aventuro que las mejores imágenes sobre gays, lesbianas y demás dandys del amor no sólo aspiran a testimoniarnos con rigurosidad, sino también a ofrecer un espejo elocuente donde mirarnos y entendernos, con el que calibrar victorias, asumir fracasos y mejorar para el mañana. 
Y para luchar, claro. Siempre para luchar.

martes, 1 de julio de 2014

La Comedia Según Carole Lombard


Magnífico encuentro de cerebro y hermosura, Carole Lombard despuntó como la perfecta personalidad femenina de los años treinta.
Desde inadecuados papeles que la desaprovechaban hasta alcanzar el puesto de la actriz mejor pagada de su época, la Lombard encontró la receta en ser ella misma, guiada desde el momento en que se despejó la incógnita e irrumpió su especialidad: la screwball comedy.
El público la reconoció por aquellas ocasiones en las que interpretaba a adorables tarugas de voz desafinada, que hacían reír en sazonados disparates; sus personajes se despeinaban, gritaban de miedo y corrían de habitación en habitación.
Siempre sin perder un dorado ápice de su platina cabellera ni de resultar irresistiblemente romántica.


Aunque identificada con las risas, Carole era mujer de talentos y transitó entre comedias y melodramas donde se las arreglaba para combinar presencia regia con gesto doméstico.
Carole Lombard, en muchos sentidos, es una rareza y un icono de protofeminismo.
"He vivido bajo un código masculino para encajar en un mundo de hombres, aunque al mismo tiempo nunca olvido que el primer trabajo de una mujer es elegir el correcto color del pintalabios".
Quizá esa frase resuma su imagen, entre chica glamourosa y de señorita relajada, de maneras un tanto masculinas y aficiones deportivas. Así, la ideal pareja del más macho de Hollywood, Clark Gable, que se enamoraría locamente de ella y no pararía hasta convertirla en su esposa.
Como las más fabulosas historias de éxito y sonrisa, el revés del destino esperaba artero y el tiempo arrebataría la posibilidad de más Carole Lombard, entre noticias de accidente y el estruendo de la tragedia.


Nuestra historia comienza en Indiana donde nació Alice Jean Peters, hija de un matrimonio acaudalado. La familia conoció menos riqueza cuando el padre decidiera divorciarse y la madre agarrara a los niños para instalarse en Los Ángeles.
Sería el director Allan Dwan quien escogiera a la niña para su primera película, un pequeño papel de debut a los doce años.
La breve experiencia picó la curiosidad de madre e hija y, mientras se sucedían pruebas infructuosas y puertas cerradas, creció Alice Jean entre la voluntad de convertirse en una actriz, de nombre Carole Lombard.
Los inicios de Carole Lombard fueron irregulares y, de hecho,  tardaría un par de décadas en conjugarse con una personalidad consistente.
Por entonces, era socorrida damisela ingenua en aventuras silentes que la entendían de bonito adorno, aunque siempre señaló su época con Mack Sennet como el principio de su importancia como cómica.
Entre tropiezos y contratos terminados, llegó el sonoro y la voz ronca y sexy de Carole le sirvió para perpetuarse, tanto como su nuevo estilo flapper, más agresivo y acorde con los tiempos.


Sería por aquellos primeros años treinta donde se tropezaría con los dos hombres de su vida y sus dos maridos.
En primer lugar, William Powell.
Formaban una pareja explosiva: ella, deslenguada, extrovertida, amiga de todo el mundo; él, suave, distinguido, distante.
El matrimonio duró lo que dura una idea descabellada: era genial verlos juntos, pero todos entendieron que aquello estaba condenado a acabar.


Si el matrimonio con Powell la puso en boca de los mentideros hollywoodienses y aumentó su popularidad, también fue instrumental el éxito de "No Man Of Her Own", drama romántico que la emparejaba, por primera y única vez en pantalla, con Clark Gable. 
Se cuenta que entonces no hubo entre los actores la pasión que florecería años después, aunque los buenos números en taquilla por verlos juntos quizá decían lo que Clark y Carole todavía no sabían.

Con Clark Gable en "No Man Of Her Own"

Pero, ¿cuándo nació Carole Lombard, la que todos amaron y amamos?
Sucedió en 1934, cortesía de Howard Hawks y "Twentieth Century", emblemática comedia loca sobre los egos artísticos, donde Carole se vio las caras con el divo John Barrymore.
Hawks y Barrymore le sugirieron a Lombard que parase de actuar y se dejase llevar.
"Una chica maravillosa. Loca como una cabra", diría el director, tras la experiencia.

Con John Barrymore en "Twentieth Century"

La vanidosa actriz de "Twentieth Century" fue la primera encantadora gilipollas que Lombard ofrecería al cine.
Screwball comedy, decía el cine para Carole Lombard, y así, sus frecuentes heroínas se movían en glamourosos escenarios art-decó listos para el caos, la histeria y demás delicias de los mejores momentos de humor cinematográfico jamás vistos. 
Trabajó para los mejores y junto a los más dúctiles, mientras su caché ascendía sin detenerse.

Con Fred McMurray en "Hands Across The Table"

Su cumbre en la screwball fue, por supuesto, "Al Servicio de las Damas". 
Gozosa de volver a encontrarse con su ex-marido y sin embargo amigo, William Powell, Carole compuso a la perfección a la niña de Park Avenue que asume como misión vital la de proteger a un vagabundo y convertirlo en su mayordomo. 
Las risas estuvieron servidas y también, por primera y única vez, la nominación al Oscar.

Con William Powell en "Al Servicio de las Damas"

Al año siguiente, su nueva pareja era el bello Fredric March en otra lunática y aguda sátira, "La Reina de Nueva York" (Nothing Sacred), en la que Carole interpretaba a una pobre aldeana que le encuentra la sazón a hacerse famosa con el cuento de un falso envenenamiento.

Con Walter Connolly y Fredric March en "La Reina de Nueva York"

Por toda esa sucesión de niñas bobas, fue precisamente a cuenta de Carole cuando empezó el estereotipo de la "rubia tonta", ironía al nacer de una señorita muy lista.
Clark Gable fue quien entendió a Carole mejor que nadie y sólo pensaba en ella. 
Lombard le prestó "Lo Que El Viento Se Llevó" a Gable con la intención de que hicieran la película juntos. Él no quería leer la novela, sólo le pidió una cita. Al día siguiente, la amaba. 
Ella le dijo que votara a Roosevelt. Él se la llevó al campo, le enseñó a pescar y se lo pasaron en grande cuando se compraron un rancho para el tipo de vida tranquila y de espacios abiertos que deseaban.


Para conseguir a Clark, había que casarlo con Carole, pensó David O. Selznick.
Cuenta la leyenda que Gable aceptó finalmente el papel de Rhett Butler para que los jerarcas de Hollywood le ayudasen a divorciarse de su reticente esposa.
En 1940, Clark y Carole, por fin, se casaron.


Por entonces, ella se confesaba necesitada de un Oscar y, como muchos intérpretes, ponerse seria y llorona parecía la respuesta.
La publicidad señalaba que ahora "Carole llora" cuando anunciaron "Made For Each Other", donde se unía a James Stewart en una historia de cuatro pañuelos sobre un matrimonio pobre y sus esfuerzos por criar a un bebé.

Con James Stewart en "Made For Each Other"

Al año siguiente, Carole se vestía de enfermera para otro melodrama:"Vigil In The Night".
Aunque recibió buenas críticas, la Academia ignoró ambos trabajos y, de manera más decisiva, el público no apoyó a la dramática Lombard.

"Vigil of the Night"

Decidida a volver a su mejor registro, llamó a Alfred Hitchcock para que la dirigiera en su retorno a la screwball con "Mr. & Mrs. Smith" (Matrimonio Original), una de las obras más atípicas del genio. 
Lo importante es que Carole reía de nuevo y las plateas lo hacían con ella.

Con Robert Montgomery en "Mr. & Mrs Smith"

Actriz excitante y demandada como pocas, Carole prestó su imagen y valentía a la venta de bonos de guerra a lo largo de todo el país, desde el momento en que éste intervino en el conflicto internacional.
La cosa se las dijo de obsesión y la Lombard y su séquito llegaron a recaudar millones en una sola noche.
A la vuelta de una de sus giras, la madre de Carole dijo que prefería tomar el tren. Carole quería viajar en avión. Se lo jugaron a cara o cruz.
Antes de subir al avión, Carole Lombard, rodeada por los periodistas y los seguidores, dijo: "Antes de deciros adiós a todos, vamos, uníos a mí en un gran grito: ¡V de Victoria!".
Fue las últimas palabras que se le oyeron. Sobrevolando Nevada, el avión se estrelló contra una montaña y no hubo supervivientes.
Carole tenía 33 años.


Las noticias se vistieron de desolación, pero el mundo casi se parte en dos cuando se vio a Clark Gable en el funeral. Estaba roto. Tras intentar suicidarse, se alistó y se fue a matar enemigos en la guerra. 
Volvió, estuvo con otras mujeres, pero nunca fue el mismo, ni como actor ni como persona.


Hollywood guardó luto riguroso ante la aciaga muerte de una de sus más selectas damas. Quedaba un título en la recámara: "Ser o No Ser".
En su película póstuma, Carole brillaba como Maria Tura, la actriz polaca que se las ingenia para interpretar la comedia de la vida en frente de un hatajo de nazis.
Obra maestra de Lubitsch, "Ser o No Ser" No sólo era un broche de oro para la vida y carrera de Carole: era su mejor película.

"Ser o No Ser"

Dos años después de su muerte, Louis B. Mayer e Irene Dunne botaron un buque Liberty bajo la atenta mirada de Clark Gable.


El buque se llamaba "Carole Lombard" y, como hizo ella, fue derecho a hacer lo posible por aliviar la guerra, rescatando supervivientes en el Pacífico y trayéndolos de vuelta a casa.
Y si visitas algún día la tumba de Clark Gable, mira hacia la derecha, justo al lado, donde él quiso que colocaran sus restos en 1960. 
Ahí descansa Carole Lombard Gable, lloradísima, nunca olvidada.


Tras ofrecer tantas risas de celuloide, quedaron las lágrimas. El precio de la felicidad fue que un día terminase. La comedia de la vida habló de la realidad de la muerte, imprevista, pendiente de arrastrar a los mejores en su indescifrable plan.
Suerte del cine que quedara el recuerdo de la actriz y la estrella, impreso en imágenes y diálogos, allí donde la cabellera de Carole Lombard todavía aparece tan rubia y despelujada como el primer día.
La inequívoca corona de una reina de verdad.