jueves, 23 de enero de 2014

La Ducha Divina


Nueve días hace que el termo del agua caliente hizo plof y se rompió.
No me dio explicación ni aviso, aunque llevaba soltando una gota de ruido insufrible desde que volví de vacaciones.
En plena tarde, me dijo: adiós, amigo, ahí te quedas con enero y duchas frías, que te vendrán bien, con tanto polaco y tanto porno.
Tres años hace que sucedió lo mismo, así que cundió la preocupación, explicable si vives en un edificio viejísimo como el mío. Cuando se rompe algo, sólo puedo pensar en obras complicadísimas y dilatadas en el tiempo, durante el cual vagaría entre hoteles y casas de amigos, que me permitiesen usar sus cuartos de baño, sus lavadoras y sus hombros para llorar por el agua que paró de fluir una vez en un sueño.
Además de la muerte del calentador, el agua salía toda llena de óxido, con un tono marrón ideal para morirse del asco. Así que llamadas a casero, fontanero y paciencia, mucha paciencia española. 
Los cazos de agua hervida fueron solución durante los cinco días que estuve sin termo funcional y preguntábame yo cómo era posible la vida otrora, con semejante agonía de frío/calor que proporciona bañarse gatunamente. En fin, fue cuestión de acostumbrarse y también de joderse.
Viajaba al pasado cuando me metía en la ducha, pero me actualicé más que nunca, cuando esa misma tarde llegaba, por primera vez a mis manos, un smartphone.
Oh, gran paradoja. Cazo de agua y Whatsapp. 


Tras años de resistirme a cambiar de terminal - el anterior tenía teclas y sólo servía para llamar y enviar sms -, por fin, caí. Y he de reconocer que me gusta, me sirve. Si por servir, entendemos una utilidad estilo "consultar algo en Internet sin levantarse del sofá".
¿Por qué ahora?, preguntaría el avezado guionista. ¿Por qué ahora el teléfono si te negabas tantísimo a actualizarlo, si el anterior aún funcionaba?
Daría la respuesta, más o menos verdadera, de que es un regalo de Reyes de mi madre, que me quiere consumista y wasappeador. Y el hecho de que ella, que nunca supo utilizar ni un VHS, le dé al smartphone con una destreza que ni Tom Cruise en "Minority Report", también influiría.
Ya era hora, dirá cualquier curioso preguntado al respecto por la calle, ¡que no hay mayor señal de vejez que repudiar los artefactos del mañana!
Pero, si me colocan bajo una luz cegadora estilo interrogatorio policial y me inquieren porque aceleré los trámites la última semana para adquirir un móvil nuevo, subiría la ceja cual actriz de los ayeres y mi silencio administrativo sería elocuente como para decir:
- Por ese chico de Polonia.


Si leíste el blog hace dos semanas, el suspense quedó en aquel mensaje que mandaría el viernes a un chaval que había conocido previo a las Navidades, muy tímido, muy mono, muy poco despierto a la hora de reanudar la comunicación conmigo.
Le envié ese sms, sí, y contestó con el desinterés suficiente para entender que muchas ganas no tenía de tercera cita. Tengo mocos, aseguró.
Aplacé hasta el domingo la idea de empezar a olvidarlo. Y el domingo, sin noticias, le di un cero al asunto. Al día siguiente, se rompió el termo. Al otro, llegó el smartphone. Quizá sí me veía en Whatsapp, lo mismo se animaba, cocía mi subconsciente.
Días de duchas infernales y ahí aparecieron en la lista de Whatsapp, no sólo el polaco, sino unos cuantos ligues de hace tiempo, de noches perdidas, uno detrás de otro.
Parece que me miraban, como esperando por una respuesta, o quizá pendientes de hacer ellos una pregunta. Era una sensación extraña. No recordar sus caras en un primer momento y, al ver las fotos, volver inmediatamente a la noche que estuve con cada uno, lo que decían, lo que hacían, lo que sentí cuando se acabó. 
El polaco no tenía foto y el estado era una flecha, sobre la que se colocaba enigmáticamente la palabra "Soon" (Pronto, en inglés). 
El viernes me escribió un Whatsapp, ¿o fue el domingo? Da igual, todavía no había llegado el calentador del agua, pero leí la notificación y pareciera como si lo hubiera hecho. Tan poco elocuente como siempre y a fuerza de mi habitual tarea de arrancarle las palabras a este sosoman por excelencia, entendí que quería que nos viésemos un día.
Pensé que, durante ese tiempo de desinterés, quizá había estado liado con otro. Era para ponerse celoso y cagarse en él, pero lo comprendía. Es lo que hay que hacer. No centrarse en un maromo, sino conocer varios, diversificar el foco. Te gustará más el primero a priori, pero el tercero puede ser el que buscas.
Buen consejo, ¿verdad? Yo no me lo aplico nunca.


El lunes llegó el fontanero y me instaló el nuevo termo. Cuando me metí bajo la ducha y cayó el agua, en su perfecta y cálida temperatura, suspiré de alivio, mientras me abrazaba con tranquilidad. Si existe Dios, ese día lo sentí en la puta agua caliente.
Cuando me secaba, comprendí que había mejorado el ánimo. No había problemas en casa, todo funcionaba, y el chico que me gustaba volvería. Algún día, a la cama, quizá también a la ducha. 
Christian Bale era el post de aquel día y, tras una sesión de footing, volví a casa y el polaco me pedía en Whatsapp que nos viéramos esa noche.
- Sólo por un momento, que mañana tengo que trabajar - escribió, con ese desapasionamiento kubrickiano.
Me recorté la barba para que no le picase cuando nos besáramos. Cené rápido. Doblé la ropa. Me alegré de que hubiese vuelto el agua caliente ese mismo día. Y él llegó, a la hora indicada.
Desde que entró por la puerta, empecé a sentirme incómodo. Este caballero es exactamente lo opuesto a una persona entusiasta. Si se alegró de verme después de casi un mes, no sabría decir, porque no lo demostró en absoluto. Pensaba que tenía que ver algo con sus gélidas latitudes de origen, pero, según me dijo esa misma noche, él es así porque es así.
Como en las ocasiones anteriores, era también difícil saber qué quería hacer. Le dije que, si tenía prisa, entráramos en la habitación.
Intuía yo que, si alguien queda con un tío el lunes por la noche, será porque no ha ligado el fin de semana y está loco por echar un polvo.
Me fui a la habitación para que me siguiera, y apareció en el vano, con esa cara de nada y me dijo:
- No, mejor volvamos al salón.
Toda conversación era arrancada por mí, hasta que le pregunté que quería hacer. Y entonces a los cinco minutos de silencio dubitativo, soltó la frase:
- Prefiero que seamos amigos, porque no quiero que te enamores de mí.


En ese instante, podría haber jurado que el termo se había roto de nuevo y toda el agua fría del mundo había caido sobre mí.
No entendía nada.
- ¿Peeeerdona? - respondí.
Y, entrecortado, con la expresión pasiva-agresiva, desarrolló algo como que no le gusta follar con desconocidos ni con amigos. Que prefiere conocer antes a las personas y sólo acceder al lecho si se enamora.
Cosa muy respetable, si no fuera porque se ha acostado en dos ocasiones conmigo y, al menos, en la primera ocasión, me lo tuve que quitar de encima porque no paraba de montarse en mi muy dolorida polla.
- No sé, surgió - dijo, para explicar esas dos noches. Ese verbo "surgir", ay, Dios mío.
Lo único en lo que podía refugiarme en ese momento era el hecho de que se iría en cuestión de media hora.
La tensión se sofocó con conversaciones banales sobre smartphones y nuevas series de gays en la HBO. Le dije que ya lo llamaría para quedar en plan amigos, aunque no tenía ninguna intención de verlo otra vez.
En primer lugar, por puro orgullo. En segundo, porque el pobre es demasiado aburrido para trascender como excitante amistad. Y, en último y vinculante, porque le veo los pelos del pecho asomando desde la camisa y ese chip no se cambia tan fácilmente.


Se fue y la casa me esperaba. 
La cama hecha. El armario cerrado, con su ropa doblada dentro. La encimera de la cocina limpia y callada. La televisión apagada, con el disco duro conectado, lleno de películas y series por ver. El ordenador con el Facebook a la vista y todos los amigos conectados. El smartphone. El maldito smartphone me miraba, preguntándome si ahora lo quería para algo.
En otras decepciones, me he sentido triste y vacío, pero contenido siempre. En esta, estaba a dos segundos de echarme a llorar.
Sería por la montaña rusa que había significado toda la historia. Ahora no quiere, ahora sí quiere, ahora no quiere. Sí, no, sí, no, frío, calor, frío, calor. 
Dos segundos e iba a llorar, tras oír la verdad. Esa verdad dolorosa y humillante, inesperada, que se podría haber ahorrado. ¿Para qué había venido? ¿Para qué había vuelto? ¿Por qué no desapareció como hacen los otros?
Dos segundos e iba a llorar. Quería una pizarra para escribir con tiza: "Parece que aprendo, pero no". Idealizarlo, platonizarme tanto con un chico, ¿otra vez? ¿A estas alturas de la película?
Dos segundos e iba a llorar. Entonces, la casa me respondió y me metí en la ducha. Así no lloraría. Y no lo hice. 
Si existe Dios, esa noche lo sentí en el agua caliente. 


Lo cierto llegó al día siguiente, cuando desperté y me encontré increíblemente mejor. 
Quizá decírmelo así no estuvo mal - aunque la elección de palabras fue lamentable -, y he debido vivirlo como cuando depilan los pelos de un solo tirón. Te cagas en todo, pero ya pasó. Se cerró, adiós, ahí me quedé, con enero y mis duchas divinas.
He dejado de pensar en lo que él quería, lo que no quería, lo que dejó de interesarle o lo qué pretendía exactamente con la visita del lunes, porque ya sé que no necesito la respuesta para nada.
Sí he concluido que paso demasiado tiempo preguntándome qué desean ellos, qué les gustará de mí, qué les dejará de gustar, qué debo hacer para atraerlos. Y siempre se expresan con sus respuestas sinceritas o sus silencios vinculantes. Yo me quedo con la boca cerrada y las ganas de follármelos una última vez.
Si alguno me tocara en el hombro y me preguntara:
- ¿Y tú? ¿Qué quieres tú?
Quizá, me volvería con cara de loca y le diría:
- No quiero realismo. Quiero magia. ¡Magia!


O mejor le explicaría que quiero fluir, sin óxido, libre, cálido, y deseo que alguien lo haga conmigo. Sin preguntarnos qué queremos o qué esperamos el uno del otro, sino todo lo que estamos dispuestos a improvisar por el camino. 
Como decían en "Grey Gardens":
- Todo lo quiero en esta vida es un compañero de baile.


Y un termo que funcione, of course.

miércoles, 22 de enero de 2014

El Director Como Epidemia


Hoy sabemos cómo se hacen las películas, más que nunca. 
Al menos, su estudio está a nuestra disposición. Podemos comparar cine de diversas épocas, de distintos países, de similares escuelas. 
Y la comparación ha sido posible desde el incierto momento en que se encontró la manera de echar la culpa a alguien del resultado de una película. Es decir, al director.


Desde que el nombre del director ocupó el interés del público, devino en ese señor reconocido como el firmante y responsable de que lo visto sea una mierda o una gloria. 
En otros tiempos, señalar al director era una idea bastante vagabunda.
No es apropiado que usted le eche la culpa a Clarence Brown por "Anna Karenina", ni que piense que Victor Fleming es la batuta detrás de "Lo Que El Viento Se Llevó". Áquella, es una película de estudio; ésta, de productor megalómano.
Tal y como se hacían las cosas en el viejo Hollywood; lo que Frank Capra llamaba despectivamente "el cine comité", hecho por muchos y con la apariencia final de una manufactura.
El cine individualista nació a contracorriente de los intereses industriales, si bien están más unidos y conjugados de lo que muchos están dispuestos a aceptar. 
En Estados Unidos, el auteur ha sido identificado en muchas ocasiones, y la mayoría, de manera equivocada. 
Porque hasta la obra más identificable que se erija en esas latitudes lo hace para ganar un dólar mínimo.
Más que autores, en Hollywood, ha habido firmas personales, que se las han arreglado para imprimir estilo propio y granjearse legión de admiradores. Cineastas cerebrales, casi autistas, sólo han existido en Europa, el Lejano Oriente o en márgenes exóticamente parias, estilo Terrence Malick.
La firma del director, desconocida en la primera mitad del siglo, se hizo ineludible, a la medida que se reconocía al señor detrás de la cámara como ese hombre orquesta.

Alfred Hitchcock

Por definición, el director es el que interpreta el guión, concibe visualmente la película, dispone la escena y conduce a los actores para que expresen el adecuado dramatismo. 
Las ideas personales, el refinamiento y la distinción plástica distinguen a los grandes cineastas de los simples artesanos. 
La necesidad de formar parte del primer equipo, en función de personalizar el cine y hacerse famoso aunque no se salga delante de la cámara, es lo que ha definido la segunda parte de la Historia del medio.
El director es el campeón.

"2001, Una Odisea del Espacio"

Todos los campeones tienen sus hijos putativos y sus devotísimos, que se prenden de sus faldas e imitan, imitan, imitan.
El cine como copia, o la posmodernidad fílmica. No sólo significa que unos cineastas homenajeen a otros, sino que se homenajeen a ellos mismos, especialmente cuando llegan sequías artísticas y sólo queda repetirse cual eructo, quizá para que los fans no se acongojen.
Pero, ¿cómo se detecta un básico homenaje posmoderno?
Veamos esta imagen de "La Leyenda de la Casa del Infierno", donde John Hough pone la cámara a ras del suelo.
Ese plano es orsonwellesiano, dirá el más listo.


Porque, treinta años antes, Orson Welles excavaba el plató, ponía la cámara allá abajo y definía estilo propio con "Ciudadano Kane".


Estilo suntuoso, aparatoso, de lucimiento, que nos entusiasma a los amantes del séptimo arte.
Orson Welles no sólo popularizaba ese plano que mira desde los testículos y profundiza el campo visual, sino que lo repetiría en sus siguientes películas.
Lo descubre, lo potencia, se apega a ello, se le identifica.

"The Magnificent Ambersons"

Tan influyente como Welles es Alfred Hitchcock, cuya intencionada interpretación de relatos de intriga y sexualidad fascinaron a público y crítica, para convertirse pronto en un reconocible tic de tantísimos cineastas. 
Es lo hitchcockiano, primera ocasión donde una moda audiovisual ha devenido en inmitigable plaga bíblica.

"Frenesí"

Podría decirse que todos los cineastas posmodernos son hitchcockianos, en mayor o menor medida.
Es decir, contarlo todo con la mayor dificultad, aparatosidad, banda sonora atronante y planos precipitantes, mientras recrean las secuencias más célebres del maestro sin ningún pudor.

Kim Novak en "Vértigo"

El caso de Brian de Palma es el más reconocible y fue la señal de que el cine se había convertido en un collage, en una obra derivada de otra y así sucesivamente.
La cuestión es que nos gustó la idea. Copia, retunea, dale más sexo y explicitud a la cosa, ironiza, ¡ironiza!

Angie Dickinson en "Vestida Para Matar"

Especialmente socorrido cuando se quiere sublimar un argumento imposible - véase Scorsese en "Shutter Island" o Polanski en "El Escritor" -, lo hitchcockiano es la manera oficial de contar muchas cosas. 
Sin embargo, si Hitchcock nos expresaba todo sobre sí mismo cuando era hitchcockiano, los cineastas que lo imitan son artificiales y mentirosos, quizá porque se ocultan bajo las faldas de otro, en lugar de demostrar lo que son capaces por sus propios medios. 

Bibi Andersson y Liv Ullmann en "Persona"

Un ejemplo de imitación extrañísima es Woody Allen copiando a Ingmar Bergman.
En las primeras películas de Allen, aparecen muchos homenajes al angustiado cineasta sueco bajo un tratamiento humoroso. 
De repente, Woody se puso serio como un funeral y lanzó "Interiores". Una película bergmaniana, pero inexplicablemente anti-alleniana.

"Interiores"

Anti-alleniana, porque el director ya había puesto su firma, ya se había definido, y ahora se estaba menoscabando, en una especie de ensayo/error. 
"Interiores" es una película de interés, pero su alcance es un cero redondo en comparación con "Annie Hall", la pieza alleniana por excelencia, esa que contiene todo el universo personal del autor.

Diane Keaton y Woody Allen en "Annie Hall"

De paso, crea escuela/plaga. Mira estos dos.

Ethan Hawke y Julie Delpy en "Antes del Atardecer"

Cabe preguntarse si Richard Linklater es consciente de la disposición exacta que está replicando o ya lo hace de manera automática.
El automatismo ha suplido al homenaje. Es lo que Bertrand Tavernier denunciaba cuando aseguraba que los directores actuales se saben el cine de memoria.
Cuando buscan la cuadratura del círculo, sólo lo hacen para ser hitchcockianos, allenianos, wellesianos. O kubrickianos.

"2001, una Odisea del Espacio"

Si usted quiere montar un plano de inquietud, desapasionamiento y/o torva analítica, atienda a las obras de Stanley Kubrick, otro cineasta de influencia/epidemia, cuyo estilo sería imitado de manera inmediata.
"2001, una Odisea del Espacio" se estrenaba en 1967, y esta cinta de terror italiano se estrenaba tres años después, con esta puesta en escena tan kubrickiana.


La cosa se retuerce cuando el director venerado se convierte en ese mito temible. 
Steven Spielberg, un director capaz y ambicioso, se suele mostrar acomplejado cuando se mete en universos ajenos. Lo estaba en "Inteligencia Artificial", un proyecto que pertenecía originalmente a Kubrick.
¿Qué hace Spielberg? No se olvida del imponente precedente, sino que tiene que homenajearlo, a fuerza de endeudarse con sus imágenes. El resultado es el inevitable pastiche.

"Inteligencia Artificial"

Quizá la respuesta a toda esta necesidad de la copistería esté precisamente en el triunfo del director personal y nada camaleónico. 
Es decir, son buenos para hacer una cosa, pero cuando se meten en otros pagos, corren a revisar los maestros. Sucede en Spielberg, pero también en Martin Scorsese.
Me arremango.
El peligro de apreciar las películas según sus directores es la irregular carrera artística de todos ellos, particularmente en industrias que los aplastan o los asimilan.
Si un espectador viera sólo las películas que Scorsese ha hecho en los últimos veinte años, dudo mucho de que lo considerara un cineasta predilecto.
Si empezara por las anteriores, lo tendría en el panteón y lloraría por recuperarlo.

Harvey Keitel en "Malas Calles"

Martin Scorsese se consagró originalmente como la respuesta a un modo de entender el drama norteamericano, en función de extraer el lado más duro de la existencia y ribetearlo de exuberancia fílmica. 
Digamos que contó lo nunca contado - al menos, en el cine de primera línea estadounidense - y le dio salero cinemático.
Sus películas, que han ido de los harapos a la riqueza, cada vez más espectaculares, más suntuosas y, poco a poco, menos interesantes y más equivocadas, han inaugurado otra tendencia/epidemia que llamaremos scorsesismo. 
Ser scorsesista sería contar la historia de un individuo en función de escenarios de dinero y coerción organizada, mientras la cosa se condimenta con universos retro-horteras, revisionismo y una gramola por banda sonora.

Sharon Stone en "Casino"

El Scorsese agresivo y puntero ha sido imitado hasta la saciedad desde los años ochenta en adelante y aparece en todos lados.
Hasta una película tan marciana como "La Última Tentación de Cristo" ha sido diseccionada en narrativa y estética por legión de cineastas y showrunners televisivos, a la busca de emular sus estrategias.
Es una operación similar a cuando se hace una secuela para sacar los cuartos del público, pero esta vez con intención artística. Si funcionó una vez, funcionará otra.
El más evidente homenaje está en "Boogie Nights", de Paul Thomas Anderson, declaración de scorsesismo en tono, forma y fondo, donde la última escena es un corta y pega del final de "Toro Salvaje".

"Toro Salvaje" vs. "Boogie Nights"

Pero "Boogie Nights" está modelada en la obra más scorsesiana de Scorsese: "Uno de los Nuestros", brillante película, pero también la definidora de su estilo showy.
Es decir, mira lo que hago, mira lo que soy capaz de hacer.
La entrada de Ray Liotta y Lorraine Bracco en el restaurante, a golpe de súper plano-secuencia, era mareante, precipitante y fascinante en 1990.
Hoy el impacto es mucho menor, porque se ha repetido y complicado en muchísimas películas y series posteriores.

Joe Pesci y Ray Liotta en "Uno de los Nuestros"

El propio Scorsese ya se volvía scorsesiano en "Casino", donde apretaba las tuercas. Más planos secuencia, más complicación escénica, más sobreabundancia de forma sobre fondo.
Eso que define al posmodernismo y lo sentencia al mismo tiempo.

Sharon Stone y Robert de Niro en "Casino"

Imitar lo imitado es la última parada y la tendencia se viste de delicuescencia, cuando la cosa se revela superficial o, simplemente, no tiene nada nuevo que ofrecer.
Es el caso de "American Hustle", una película donde David O. Russell imita a Paul Thomas Anderson imitando a Martin Scorsese, para tapar vanamente la continua sensación de deja-vu y también la propia decadencia del formato.
Ese formato donde la cámara se mueve desde la puerta del taxi hasta las cocinas del restaurante, y uno se pregunta dónde quedó el personaje. Es decir, dónde quedó lo que importa.

"American Hustle"

"American Hustle" es scorsesismo superficial, pero ahí está "El Lobo de Wall Street", que es scorsesismo vulgarizado, más grave porque el propio iniciador de la corriente es quien la firma.
Cuando ya parecía perdido el maestro, intenta replicarse, pero se deja la finura en casa en esta ocasión. 
Porque, eh, el cine ya no puede ser fino.
Ahora es bisutería - cine bling - y efecto, efecto, efecto. Aún así, tras tres efectos, el espectador ya está inmunizado, hundido de banalización, mientras resuena el "esto lo puede hacer mejor" en el aire. 

Margot Robbie y Leonardo DiCaprio en "El Lobo de Wall Street"

"El Lobo de Wall Street" es excelente como bufonada, pero deprimente como obra de su director.
Hete la paradoja: es muy scorsesiana, pero un mal, perezoso Scorsese, quizá porque está imbuido en un universo que no conoce tanto y al golpe de una tecla que no toca de la misma manera.
Exceder, romper los límites y desvergonzarse suponen la estrategia para ocultar su inseguridad. El resultado es bruto, que no brutal, y curiosamente inofensivo.

Lorraine Bracco y Ray Liotta en "Uno de los Nuestros"

No hay vileza en la copia, sólo en la vagancia que se manifiesta a través de ella en muchas ocasiones.
Es como una especie de pesados cortinajes que se ponen los cineastas sobre sí mismos, mientras sus películas escasean de sorpresas y rebosan de ladinos embustes. Oro parecen, plata no son.
Quizá el error está en el principio de la ecuación. En el instante en que se culpa a los directores por encima de las premisas de la industria, de las exigencias de los productores o de los gustos del público. Es decir, que, a veces, sólo pueden hacer la película que es posible hacer.
Pero mucho me consta que estos reyes, puesta su corona, se echan a dormir y adiós, el compromiso, bienvenida, la rica miel.

martes, 21 de enero de 2014

Voz y Vida de Jane Wyman


La nariz cual botón y el fleco bien dispuesto la definieron en Hollywood. 
Sin ser la más excitante de las actrices, Jane Wyman se reveló como una mujer de sorpresas. Como las mejores, dejó la mayor de todas para el final.
La voz ronca también era sello de identidad y lo que contraponía a sus bondadosas sufridoras en aquellos dramas cincuentescos, esos que la prefiguraron como una intérprete seria, a respetar, oscarizada, de aspecto mayor de la edad que realmente tenía. 
De segundas a primeras líneas, gracias a buenos directores y películas prestigiosas, ahí quedó Jane Wyman, una dama desaprovechada, quizá porque su cara la hacía tan inconfundible como raramente demandable. Fue, durante muchos años, uno de los prístinos ejemplos de la escasez de buenos papeles femeninos en el cine norteamericano.
Siempre queda una tercera parte, sobre cuando se tienen las ganas de marcha y se conserva la voz ronca. En esta ocasión, no para expresar sufrimiento, sino para hacer temblar. Y de la manera más deliciosa. 
La televisión sería la última jugada de Jane Wyman y su más afortunada apuesta.


Jane tiene un puñado de interpretaciones memorables en la gran pantalla, pero sólo un personaje inmortal y se lo debe a Catodia: Angela Channing, el papel por el que el público la recuerda y la adora, a razón del megaculebrón "Falcon Crest".
Cambió entonces su imagen de buenecita por un lado canalla, que la hizo más divertida que nunca. De actriz de valía, se convirtió en diva de armas tomar.
Sí, lo mejor, para Jane y para nosotros, llegó al final.


El principio de Sarah Jane Mayfield se cuenta en Missouri, en el momento en que sus padres se divorciaron. La madre abandonó la casa y se mudó de región, mientras el padre moría de manera inesperada. 
Jane crecía en un hogar de acogida, regido por un estricto detective de policía, de apellido Fulke, que definiría una infancia triste. 
Jane la rememoría como un lugar gris, que plagaría de amargura su personalidad.
Desde muy joven y para escapar de la mediocridad, Jane luchó por ser actriz de cine y se cambió la edad para asegurar mayoría de edad en los castings. 
Fue en ellos donde firmó por primera vez como Jane Wyman. 


En los años treinta, apareció como extra en muchas películas y, a finales de la década, ya se alzaba con roles de amplitud en musicales de baja categoría. Por entonces, era una rubia manufactura de estudio, sin demasiada distinción, un tanto frívola.
Tras un brevísimo primer matrimonio, Jane Wyman se casaba por segunda vez con otro actor de segunda fila llamado Ronald Reagan.

Con Ronald Reagan

Durante los ocho años de matrimonio con Ronald, Jane se preparó para su ambiciosa transformación artística, que viviría entre el fleco perfilado y las ganas de drama. 
Hubo tiempo para que Jane diera a luz tres hijos. El último retoño nació prematuro y murió el mismo día, triste episodio que sería decisivo para la caída del matrimonio con Reagan.
Jane aludió a las diferencias políticas para explicar el poco entendimiento con Ronald. Por entonces, él se decía demócrata y ella perteneció a la vieja guardia republicana desde el primer día hasta el último.
Otros aluden a que todo terminó desde que Jane pisó el set de "Belinda" y conoció a Lew Ayres, con el que tuvo una breve relación.
El divorcio de Reagan coincidió, en todo caso, con el momento decisivo en la carrera de la joven Jane Wyman. 
Su primer papel de carne era la paciente novia del escritor alcohólico de "Días Sin Huella" (The Lost Weekend). 
Las críticas fueron elogiosas para ella, si bien el foco de la función estaba en Ray Milland.

Con Ray Milland en "Días Sin Huella"

Primera nominación al Oscar arribaba con uno de sus escasos papeles antipáticos: la realista madre de "El Despertar", agreste dramón en Technicolor con Gregory Peck, niño rubio y un ciervo como adorable mascota.
Lo siguiente fue, por supuesto, "Belinda". 

"Belinda"

Quien conocía a Jane Wyman por entonces, no se llevó más que una absoluta impresión cuando la vieron en "Belinda", porque nadie esperaba una interpretación tan emotiva y refinada. 
Interpretaba a la pobre niña sordomuda que vive en un pequeño pueblo costero; un desalmado la viola y la embaraza y, para colmo, el pueblo la vilipendia. 
Semejante historia recibía el más estilizado tratamiento por Jean Negulesco y la interpretación de Wyman le traía el Oscar y el unánime aplauso.


Desde entonces, quedó identificada con esa imagen de Minnie Mouse y con el melodrama, en todas sus variantes.
El Oscar le pesó más que benefició y cuesta rastrearla - más aún en papeles interesantes -, aunque Jane Wyman encontraría la oportunidad de trabajar con dos grandes directores.
Para Alfred Hitchcock, fue la heroína de "Pánico en la Escena", donde se sintió un tanto acomplejada frente a Marlene Dietrich y trató de embellecerse, mientras trabajaba por llevar el peso de una de las películas menos acertadas del maestro.

"Pánico en la Escena"

En plenos años cincuenta, Jane Wyman caía en las manos de Douglas Sirk para dos piezas claves del melodrama, aunque por entonces fueron entendidas como la lacrimogenia ideal para actrices señoronas como ella.
En "Obsesión", se quedaba viuda y ciega casi al mismo tiempo, y la culpa la tenía Rock Hudson. 
No hay mal que por Rock no venga, así que el dramón hizo llorar a las plateas, devolvió a Wyman al cetro de taquillera e hizo una estrella del bello Hudson.

Con Rock Hudson en "Obsesión"

Rock se acercaría años después a Jane Wyman en una fiesta hollywoodiense para elogiarla delante de todos, llamándola la mejor y más paciente compañera de escena que pudo tener un nervioso principiante como él en "Obsesión".


Aunque formaban una pareja un tanto rara, Jane y Rock repitieron en "Sólo el Cielo Lo Sabe", peliculón de altura, que contaba la historia de amor entre una viuda y su jardinero. 
Sublimada por Sirk hasta la enésima potencia, también es la interpretación cinematográfica más acertada de Jane Wyman - al menos, para quien esto escribe -, donde sus grandes ojos expresan a la perfección toda la melancolía femenina y opresión provinciana que la película denuncia.
De nuevo, Jane Wyman obligaba a agarrar pañuelos a la concurrencia con sus mujeres dolientes. 

"Sólo el Cielo Lo Sabe"

Por entonces, la televisión ya se decía nicho habitual de Jane y, poco a poco, centraría toda su atención. 
Para Disney, aún brindaría alguna intervención de popularidad, como la autoritaria tía de "Pollyanna" - quizá la más clara avanzadilla de Angela Channing -, para que, a finales de los sesenta, entrara en un estado de semi-retiro profesional.
Mientras, su vida doméstica le había ganado la partida en muchas ocasiones.
Sus cuatro bodas habían terminado en divorcio y ella culpó a su propia inconstancia como esposa. Tal vez el abandono materno que sufrió en la infancia sea la freudiana respuesta. 
A pesar de ello, Jane Wyman era conocida por el valor que concedía a sus amistades, su maravilloso sentido del humor y sus afiladas apreciaciones.
Un lado de su carácter que sólo asomaría en 1981, cuando la CBS estrenaba nueva serie de conflictos familiares, rivalidades económicas y lubricidades rústicas. 
Se llamaba "Falcon Crest", certificado bouquet del exceso ochentesco, donde la reina del cotarro era Jane Wyman.


"La gente está acostumbrada a verme en papeles suaves, pero creo que se habituarán a verme como Angie".
Su gesto de cándida paloma se trocaba en malevolencia, a medida que la matriarca de los viñedos hacía de las suyas, sólo para recuperar una y otra vez el control de la vitivinícola heredad. 
Nunca había sido tan perra en imágenes y cundió la impresión en el público, similar a la vivida con "Belinda", pero en el sentido opuesto.
Angela Channing le dio sazón a una actriz que hasta entonces sólo había podido ser interesante. Y, hasta cuando la serie era especialmente tremebunda, la réplica punzante que pronunciaba la grave y envolvente voz de la Wyman se las arreglaba para mantenerse perfecta. La sonrisita era siempre el remate.
La oportunidad televisiva concedió una popularidad mundial a Wyman, muy parecida a la que vivirían otras actrices poco usadas en el Hollywood de los cincuenta, como Angela Lansbury o Joan Collins. 


La atención en la Wyman además estuvo mediada por el morbo, porque mientras ella reinaba en televisión, su ex marido Reagan era el presidente del Gobierno estadounidense.
A toda pregunta, declinó hablar de él, aludiendo a que no lo consideraba de buen gusto. 
Sólo rompió el silencio, muchos años después, cuando acudió al funeral de Ronald y aseguró que habían perdido a un gran hombre y un gran presidente. 
Según se cuenta, había votado por él en todas las ocasiones.


"Falcon Crest" duró nueve años en antena y Jane lo convirtió en su reino natural. Muchos actores la consideraban tan temible como su personaje y otros tantos fueron cordialmente despedidos a petición expresa de la estrella. 
En los últimos tiempos, Jane Wyman se decepcionó con los derroteros que estaba tomando la serie, a lo que se sumó su mala salud. 
En la temporada final, apenas apareció en un par de episodios, tras sufrir una grave crisis diabética y hepática. 
Enterada de que "Falcon Crest" sería cancelada, Jane se levantó de la cama y corrió a participar en el final. El médico se lo desaconsejó, pero ella sabía bien que tenía que despedir a su Angela Channing.
Así fue y sólo se la volvería a ver en pantalla en un episodio de "La Doctora Quinn". Anunció retiro inapelable y se mudó a un rancho de California.


Tras verla, muy carcamal, en el funeral de Ronald Reagan, las siguientes noticias sobre Jane llegaban en 2007, de la mano de sus hijos.
Con unos noventa años que se contaban odisea, la vieja Jane se había echado a dormir y no había despertado más.


Cuando recibió el Oscar por interpretar a la sordomuda "Belinda", Jane Wyman dijo, irónica: "Lo he ganado por cerrar la boca, así que tendré que callarme más a partir de ahora".
Afortunadamente, no cumplió la promesa y habló muchas veces, con esa voz tan particular, lo mejor después de sus ojos.
Gracias a su voz, oímos a sus heroínas sirkinianas decir cuánto amaban a Rock Hudson y, gracias a sus ojos, se nos contaba la tristeza de poder perderlo, mientras se miraban en aquellas ventanas llenas de nieve, ciervos e ilusiones.
Gracias a su voz, oímos, cada semana, la necesidad de que Falcon Crest volviera a ser suyo y sólo suyo, como si acaso hubiese podido ser de alguien más. Gracias a sus ojos, la televisión fue ese lugar al que mirar, más que nunca y para siempre.


Sin ser la más grande, muchas veces lo pareció.